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23 dic. 2012

LA CARTUJA DE PARMA II






STENDHAL. "LA CARTUJA DE PARMA" II
Hay muchos anclajes a lo largo de la novela que la hacen especialmente atractiva para el lector. Uno de ellos es el de los protagonistas. Y aquí Stendhal crea un cuarteto de grandes personajes que, sin duda, son y serán reconocidos en la historia de la literatura universal.

Dos hombres, Fabricio del Dongo, joven patricio, segundón del marquesado lombrado del mismo nombre, presunto ejemplo de la fuerza juvenil y libre, arquetipo del hombre nuevo sin lastre que le ate con el Antiguo Régimen, espíritu esclavo de las dulces tiranías del amor y de los instintos más nobles. El otro, el conde Mosca, ministro del interior en la corte del príncipe de Parma. Maduro, astuto, casi maquiavélico, culto , diáfano perfil del ser acostumbrado al poder pero también altruista, prendido en su amor incólume a la duquesa Sanseverina y dispuesto, con ella, en su plan de elevar al mayor rango ecelesiástico y social a su protegido Fabricio, y de protegerlo ante las amenazas y peligros a los que se enfrenta.

Dos mujeres. Gina Pietranera, la duquesa de Sanseverino, entre los 30 y los 40 años de edad (ateniéndose al desarrollo del tiempo novelado),   formidable fuerza de la naturaleza femenina, sagaz e inteligente cortesana, apasionada, bellísimo imán que atrae a todos los hombres y causa celos en las mujeres. Juega su papel con astucia felina y, como contrapunto, cuando le toca desprenderse de su patrimonio sentimental, lo hace sin mácula, siempre orientada hacia el fin de buscar el mayor provecho de su gran amor, Fabricio. La otra, Clelia Conti, también joven como su gran amor Fabricio, se debate entre la obediencia a su promesa, religiosa al final, de no ver ni hablar a su amado (aunque la ruptura de este compromiso sea punto clave en la misma novela) y la inmolación impuesta en doble vertiente, bien ordenarse como monja o casarse contra su voluntad con un noble y rico heredero.






Y también está la ciudad de Parma como una de las grandes protagonistas de la novela. Sus palacios, sus calles empedradas, iglesias y conventos, la torre Farnesio, escenario de muchos pasajes inolvidables de la obra, quizá los mejores, el río, los arrabales y sus caminos hasta el lago Como y la frontera. También la misma cartuja, solo mencionada en la última página del libro, retiro final del protagonista, última escala donde Fabricio rumiará en paz el fracaso final de sus anhelos.

Mención sobresaliente para los viajes de Fabricio. Hasta los Países Bajos para asistir a la batalla de Waterloo, narración fascinante (huele a pólvora, a charcos, a sudor de caballos, a lluvia que moja las heridas de los combatientes...) que me recordaba al mejor Tolstoi de "Guerra y Paz" (después me enteré,  el autor ruso se basó en gran medida en la forma en que el francés cuenta la batalla para relatar las de los aliados contra Napoleón en Ulm y Austerlitz), su vuelta a Parma, su estancia en Nápoles, sus huidas y sus encuentros en los lagos fronterizos, paisajes que rememoran su feliz infancia.

Nos encontramos, sin duda, ante la gran novela de Italia escrita por un no italiano, un francés fascinado con el país transalpino, con sus gentes y su cultura, con sus ansías de vida y trascendencia. Obra cumbre de la literatura universal. En menos de un mes fuí uno de los hombres más felices del orbe.





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