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26 feb. 2013

DICKENS & COPPERFIELD y III


La última parte de mis comentarios sobre la obra de Dickens van a ir dirigidos, entre otros,  a la ciudad de Londres, escenario natural de muchas de las escenas que se desarrollan a lo largo de la novela. El entorno urbano que limita las andanzas de nuestros protagonistas se sucede entre la zona de la Torre hasta The Temple, un poco pasado el puente de Blackfriars, siempre en la orilla de la City, teniendo como punto de referencia obligado la catedral de Saint Paul. En ese "reducido" (de acuerdo a las magnitudes actuales de la capital inglesa) espacio tienen lugar las andanzas más juveniles de David para, posteriormente y coincidiendo con los acontecimientos más ligados a su etapa más estable, dirigirse hacia el norte, hacia la zona de Highgate, entonces una población totalmente separada de la ciudad.


Charing Cross, cerca de cuyo ámbito callejero, se sucedían las primeras vivencias del casi aun niño David, contratado en una fábrica de betún. Fleet Street y las zonas aledañas a la actual estación de ferrocarril mencionada, donde tantas veces se hace añlusión a la casa de hospedaje The Golden Cross, punto de llegada y salida habitual en los viajes desde Londres a Yarmouth y viceversa. O el afamado Doctor´s Commons, epicentro de las excéntricas actividades jurídicas de los abogados y procuradores de entonces, donde el joven David tiene que pagar una suma importante por entrar y, sin cobrar un solo penique durante su estancia, pierde todo cuando decide salir de tan exclusivo cuerpo social. Flota en todas las páginas donde la ciudad de Londres aparece un ambiente de miseria, desolación, fuerte división social, abigarramiento de la población conforme nos acercamos a las orillas del río, donde las casas se confunden con derruidas construcciones fuera de servicio, y una atmósfera más aireada, apareciendo casas con pequeños jardines, caminos aunque polvorientos bien delimitados, vegetación menos sujeta a la descomposición del trato humano y mercantil, conforme nos vamos desplazando hacia el norte de la ciudad.



 El postrer aspecto que merecería reseñarse sería el del impacto poderoso que tienen algunos de los episodios relatados en el libro. Siendo evidente que esta obra, que fue la primera que Charles Dickens escribió en primera persona, acumula multitud de imágenes, muchas de ellas domésticas pero no por ello lejanas a la intensidad de lo narrado, hay para mí dos concretamente que me causaron honda impresión. Ambas de fuerte imaginería romántica. Una de fuerza telúrica, como fue la tempestad que sucede en las playas de Yarmouth, donde una "goleta de España o Portugal,  cargada de fruta o vino" (sic) naufraga y da lugar a una de las escenas más conmovedoras y geniales del libro, la coincidencia en la que dos antagonistas se enfrentan, uno como naúfrago Steerforth, otro como salvador Ham, ambos rivales en el amor de Emily. La otra, banal si se quiere, pero también localizada en un entorno encrespado, esta vez entre las montañas de Suiza, lugar escogido por el protagonista para su exilio y reencuentro con la actividad que posteriormente le daría fama y posición, la escritura.



  Sería injusto terminar sin hacer mención al artista H.K.Browne, más conocido como "Phiz", autor de las magníficas ilustraciones que abundan en el libro. Su trazo exacto lo hace mucho más interesante al ser capaz de captar el perfil de los sentimientos de los personajes retratados que, sin ser cuestión menor, diluyen acertadamente la mera observación técnica de la imagen expuesta. Cada ilustración aparecida recoge y complementa fielmente el espíritu del texto al que se refiere, y esta labor es de gran ayuda para hacer más fácil y grata la lectura de un libro de tal volumen.

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