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8 mar. 2013

CRISTINA IGLESIAS


La exposición de la escultora donostiarra Cristina Iglesias en el Edificio Sabatini del Museo Reina Sofía de Madrid es ciertamente singular. Entra el espectador en un mundo donde se enfrenta a elementos comunes. Hierro, agua, metales, telas estampadas, miniaturas arquitectónicas, geologías, sombras, laberintos, jaulas, apenas luz.



El recorrido visual, salvo el que se contempla en sus obras puramente pictóricas (con un dorado antiguo), es atemporal, no tiene principio ni fin. El espectador se siente transportado a una experiencia distinta, donde debe buscar sus propios anclajes, sus propias referencias ya que parece que los objetos están sumergidos en el aire, en el espacio, en el agua, en una luz de alabastro apagada, fuera de su alcance.




Siempre me ha atraido la geografía de los objetos, los pequeños detalles que hacen de la orografía un mapa nuevo, un descubrimiento que se observa más con los ojos del alma que con los del cuerpo. Y allí, en este tipo de contemplación, de alumbramiento, Cristina Iglesias es una auténtica maestra. Se holla un planeta virgen porque el espectador lo visita por primera vez, y si hubiera otra visita el espacio descubierto ofrecería nuevas sorpresas.




Colores apagados, viejos, reconcentrados en su mundo cromático interno, más cercanos a la ruina abandonada que a la galería luminosa, más propicios a la selva frondosa que a la intensidad del rayo. Óxido, cauces con limo, cárceles oradadas, senderos sin salida, moles de cemento contra ondas metálicas, venas abiertas de los árboles.




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