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5 mar. 2013

SAN LORENZO

 
 
El Hermano Lagarto, como cualquier otro cuadrípedo que se precie, tiene también el afán de catalogar las experiencias vividas en el transcurso de sus rutas. Tal es así que, después de la última ruta efectuada el pasado 15 de Febrero entre El Escorial y Zarzalejo, atravesando el puente y la calzada romana, para volver por la falda de La Machota hasta la silla de Felipe II, se preguntaba cúales iban a ser los protagonistas de la misma, aquellos que ronroneaban por más tiempo dentro del baúl de la memoria, y así dar título y contenido al relato de la misma.
 
 
 
Acaso lo fueron los distintos animales que se cruzaron por su camino, legítimos poseedores de los campos y prados visitados; caballos y rucios de variado pelaje, vacunos de distinto tamaño, gatos despistados en la inmensidad de la pradera, altísimas aguilas, lagartijas mimetizadas con las piedras y tiernos cervatillos. O quizás fueran otros animales, esta vez mecánicos, los que usurparon vivamente la atención del paseante. Helicópteros de crudo aleteo, aeroplanos de alcance lejanísimo, trenes de fluir ordenado, vehículos abandonados, todos formando parte del paisaje.
 
 
 
En esa lucha se encontraba el Hermano Lagarto cuando, sin previo aviso, hacen su aparición los distintos y genuinos participantes de la hermana Naturaleza. Árboles de innumerables familias (algunas distinguidas, robles y chopos, pinos serranos y abetos); piedras cortadas por patrones caprichosos, muchas enormes, como catedrales en escala; caminos y senderos, pocas veces rectos como la vida misma, siempre celosos guardianes de la sorpresa para el caminante; campo, tierra, ramas, césped, cercados, puertas (¿puertas al campo?, si), cortezas, flores, hojas, alambradas, musgo, fuentes, arroyos, charcos, barro, montañas y peñas, aire bueno y alguna basura.
 
 
 
 
 
Pero, ¿qué queda cuando se cierran los ojos y todo se torna diapositiva?. Colores. Lechoso de un cielo que no se atrevía a mostrar todo su esplendor, pardo y cuero de la arboladura diseminada por los valles y zonas abiertas, verde de tinieblas en los altos, verde enjoyado en los prados; líneas de blanco perfiladas en las cumbres de las montañas, grises moteados en los troncos de los árboles, tenue marrón de manos en las hojas diseminadas por los suelos, a veces crema otras ceniza en los caminos. Plata vieja, oro consumido en las peñas.
 
 
 
 
Mais, helá (¿se dice así en francés?)..., no hay ni final ni principio para la imagen que definitivamente se adueña poderosamente de una ruta como la descrita. Si, ya lo habrá alguno adivinado. El Monasterio de San Lorenzo tiene tal capacidad de seducción en su presencia que puede absolutamente con todo. Su perfección arquitectónica casi duele a la vista, su magnificencia silencia cualquier otro protagonismo. Es tal la fuerza que imanta que se oye hasta el rezo de los reyes allí enterrados. No podía ser de otra manera. Visto desde cualquier situación, elevado o a ras de suelo, entre las ramas de los árboles, con o sin el ojo de cíclope, su presencia acumula en un instante siglos.

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