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28 nov. 2013

CONCIERTO DE NOTHING PLACES

Corre un aire endiabladamente frío mientras me acerco al Teatro del Arte (TDA) para asistir al concierto de Nothing Places y tal es mi alegría que, en un alarde de juventud ya irremediablemente perdida (y de locura también), desabrocho el penúltimo botón de mi camisa y pretendo llegar de ese modo, empujado por el viento helado que se cuela entre mi cuello, antes a mi cita. Craso error que vuelve a demostrar, una vez más, que la experiencia sirve de bien poco. Retorno, entonces, el nacarado apósito textil a su lugar de origen, tal es el hálito que me congela, y resuelvo llegar más bien "como pueda" al recinto mencionado. Tiempo habrá durante el concierto para coger el calor tan necesario para esta osamenta encorvada.

Nothing Places es una banda (¿o un proyecto musical, debería mejor decir?) formado por dos grandes músicos, Emilio Sáiz a la guitarra eléctrica y Xavi Molero a la batería. Ocasionalmente, como en el caso que nos ocupa en este concierto, participa el padre de Emilio, Suso Sáiz, de sobra conocido por todos los aficionados en edad de merecer (y con ello no me refiero exclusivamente a los mayores, si no a todos aquellos que ya tienen cierto conocimiento de la historia musical de nuestro país). Editaron a finales del año 2012 un disco titulado "Buffet Libre" y vienen, desde hace tiempo, demostrando que un tipo de música, el suyo, el que nace del convencimiento, la pasión y la aventura, tienen cabida y aceptación entre los aficionados.

Nos situamos entonces en el recoleto escenario del TDA en esa gélida noche del 27 de noviembre y, apoyados en un manejable botellín de Estrella de Galicia (¿porqué no dar publicidad a esta marca de cerveza, cuando se lo está haciendo tan bien patrocinando festivales y eventos musicales más que interesantes?) nos disponemos a dejar manosear nuestro cerebro, sin ataduras de ningún tipo, liberados de clichés y dogmas estilísticos al uso (o de moda), directos a territorios que, no importa haber sido explorados previamente, nunca han dejado de conmocionarnos.

Confieso que me sorprendió muy gratamente el comienzo de Suso Sáiz, a solas con su guitarra y su "mesa de mezclas" (desconozco el término electrónico del artefacto lleno de lucecitas y botones que tenía a su lado). Su propuesta, tenue, leve, intensos acordes de largo recorrido, abiertos a un sin fin de interpretaciones, donde el mismo silencio conjugaba una suerte de pulso medido con un sonido eminentemente espacial y eléctrico, me transportó a un plano de inicio tántrico que preparó, y facilitó también, la entrada en escena de la guitarra de Emilio y la percusión de Xavi.

Y en esa clave, en ese descubrimiento inicial de voladuras mentales, neuronas abiertas como alvéolos sedientos de sensaciones, me dejé transportar a geografías seguramente fascinantes, valles y rocas de ébano cristalino (esa misma noche, ya en la cama, tuve un sueño de "escalamiento" pétreo que pareció dar la razón a mi subsconciente). Y debo hacer una corrección semántica en este momento porque lo que entró en escena, la protagonista del concierto, no fueron realmente Emilio y Xavi (Suso en su parte), si no la música en sí.

Música compuesta con una estructura atemporal, con un comienzo, desarrollo y final  de canciones (corto significado dadas las secuencias anímicas que provocaban) cuyas líneas rítmicas y melódicas hacían que los instrumentos (guitarras y percusión, la voz de Emilio susurrando más que cantando) adquirieran protagonismo autónomo. Los solos de guitarra decidían, ellos mismos, su extensión y significado, la batería apostó por consolidar y dar firmeza a las distorsiones que propiciaban las cuerdas electrificadas, sobre electrificadas muchas veces por la utilización de elementos electrónicos y pedales que creaban un muro de sonido hermosamente chirriante, desesperadamente espacial.

Y el oyente, el espectador cómodamente sentado en un ambiente más semejante a un "lounge" urbano, con la guardia baja, noqueado por las rupturas rítmicas y melódicas de cada tema, que el intérprete (Emilio en este caso) sabía anticipar por los gestos de su cuerpo, muchas veces convulso; Xavi casi siempre la mirada fija en el guitarrista, con una permanente mueca bucal que parecía temer el desboque final de una batería, también protagonista autónoma, que ansiaba seguir horadando un tiempo que se tornaba limitado, tan cortas se nos hacían las interpretaciones de los temas interpretados.

Al final del concierto, y en esos momentos el papel de Suso fue especialmente eficaz, el círculo fue cerrándose paulatinamente y ese tantra del que hablé al principio tomó nueva carta de naturaleza. La música decidió tornarse en recitación oriental y el silencio fue adquiriendo mayor incidencia. Los músicos, extasiados después de un prolongado y orgánico viaje, susurran numeraciones aparentemente incomprensibles y uno de ellos se arrodilla. Emilio junta sus manos y hace una reverencia lunar, se incorpora y lentamente abraza a sus compañeros. El fondo musical se mantiene en una reverberación crepuscular que me recuerda, felizmente, aquel concierto al que asistí algún mes de 1974. Fripp y Eno. Tan alto llegó el alcance. Si pasa la música por su lugar, no teman en encontrarse con ella.


1 comentario:

  1. Corrección debida sobre el título del primer (y hasta el momento único trabajo) de la banda. Responde al mismo homónimo nombre y no, como se indica en el post, a "Buffet Libre". Mis disculpas a los autores del mismo.
    JdG

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