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25 nov. 2013

EL CANTO DEL CISNE





SCREAMING TREES                   "DUST"
Salen carrillones de humo blanco por las chimeneas del pueblo y me pregunto si podré concluir algún significado a esas volutas que se dibujan en el aire. (Un aire helado de cuchillas de acero que marea un viento despiadado de finales de Noviembre). Grises de fondo de cacerola, a veces blanquecinas sin llegar a fundirse del todo con el horizonte ya nevado de las montañas, volutas que se abren caprichosamente en un abrazo de segundos para morir por el nuevo empuje de otras recién nacidas. Se elevan y quizás transporten el espíritu de los inquilinos de la casa, sus últimos pensamientos no cuajados en palabras, un humo apenas constituido que, conservando el aroma tenue del césped y la tierra mojada, muestra el despertar de un niño, sus ojos abiertos a un cielo con alma de algodón.

Estamos en 1995 y seguramente a los miembros de Screaming Trees se les habría pasado por la cabeza elucubraciones como la anteriormente expuesta, tiempo no les faltaría. Cuatro años de silencio desde la publicación de su anterior "Sweet Oblivion" darían para mucho, sin contar una temporada intermedia en que hicieron unas sesiones con Don Fleming y que no concluyeron en nada positivo. Además, ya elegido el que iba a ser el nuevo productor de éste su nuevo disco, "Dust", George Drakoulias (con excelentes antecedentes en grabaciones de Black Crowes, Jayhawks o Tom Petty), ven como por su entonces apretada agenda de trabajo (todo el verano de ese año lo emplea en la edición del box-set del artista de Florida), se extiende más el tiempo para cuajar y culminar sus nuevas canciones, retrasando en definitiva la entrada en los estudios Capitol y Sunset Sound de Hollywood hasta ese otoño de 1995.

En esos momentos los de Ellensburg jugaban con las cartas a su favor. Habla Gary Lee Conner: "Fue una suerte que ocurriera este nuevo retraso, pues escribimos la mitad del album mientras esperábamos. Tuvimos tiempo de escoger las mejores canciones y la verdad es que todas ellas acabaron sonando mejor que en las maquetas", y corrobora su hermano Van: "Ahora nos interesa hacer algo que podamos escuchar dentro de diez años. Por eso la gestación de "Dust" ha sido tan larga, porque queríamos hacer un album atemporal". Y sin duda alguna este período de tiempo, lo suficientemente largo para madurar ideas y componer los temas definitivos del disco, hace que éste su último trabajo sea un auténtico canto del cisne, una obra de grandeza simple y sobrecogedora, culmen perfecto para la carrera de una de las bandas más singulares e importantes de la última década del pasado siglo.

No se ha movido la banda un ápice de la temática que les diera cierta carta de naturaleza en sus anteriores trabajos. Todos aquellos imaginables conceptos que puedan permitir reflejar la desolación, y la falta de esperanza posible, aparecen en los textos de las canciones. Soledad, ruptura, desasosiego, oscuridad de bocas heladas, cielos yacentes, muerte liberadora, inviernos  de silencio, días mortecinos, prisiones interiores de las que difícilmente se puede escapar, paisajes explorados por mentes apagadas, oraciones finales engarzadas por cadenas doradas, en forma de "gospel", que dejan entrever una última redención, quizás ni querida por unos protagonistas que deambulan sin concierto, empujados hacia un destino desconocido, ingrato y sin aparente final.


Pero si es esa la lírica, rota y agobiante en su amargura, la propia música que nos sirven los Trees es de una belleza majestuosa. Hay una línea rítmica, que sobrevuela toda la grabación, de una riqueza de catedrales de ébano, pura arquitectura del mejor heavy-metal y garaje psicodélico, arabescos que recogen las mejores tonalidades góticas del post-punk, arcadas acústicas que coronan bóvedas de esplendor vaticano, atmósferas y ecos de Canterbury, aristas del más añorado haz luminoso, vértice de sus bosques hermanos de Seattle (Nirvana, Soundgarden, Mudhoney, Alice In Chains...), puentes de Brooklyn (desde allí se embarcan...) y piedras angulares de Stonehenge (hasta allí llegan). 

Y junto a esa línea rítmica hay otra melódica, muchas veces creada y reforzada por la propia voz de un descomunal Mark Lanegan, que ahonda y taladra esos cielos de cáscara de huevo, transportándonos a un paraíso sónico donde se descerrajan las horas muertas y todo adquiere una pátina de besos de hierro, de muerte entre libélulas. En pocas recientes audiciones, lo aseguro (excepción para el "This Is The Sea" de The Waterboys), he llegado a experimentar tal sentimiento de plenitud cósmica, de ser uno con todos, envuelto y arropado por una naturaleza interior tan exuberante, tan prolongada en su intensidad, como simples cascadas de nubes puedan tornarse en crepitar de hogueras al instante de un guiño, o contemplar una hoja de roble abrir su corazón hasta provocar un vómito de rocío.

Si "Sweet Oblivion", además del relativo éxito de ventas (300.000 copias en un año), supone la consolidación creativa de Screaming Trees (su grandeza se refuerza escucha tras escucha hasta alcanzar cotas de brillo incuestionable), "Dust" es el último peldaño al que sube la banda y mirando desafiantes al mundo, como queriéndole decir, "esta es nuestra obra magna, tomadla, disfrutadla si queréis y dejad que su simiente fructifique", se despide de todos aquellos que creyeron en ellos, dejándoles (dejándonos) un legado de inmensa riqueza. Desde la portada del disco (obra de Mark Danielson) la figura rota de un rey desdentado, ¿acaso un guerrero torturado?, yace exánime entre azules pilares de mármol trasversal. Su muerte anuncia el óbito de la banda. Screaming Trees los grandes perdedores de la película "grunge" (otros se llevaron el éxito masivo, algunos con mucha menor calidad) quedan como lo que siempre fueron. Una banda más allá de la convención musical de la época (y eso que no era nada desdeñable), más cercanos a la arqueología del futuro que a la cercanía del laurel inmediato.

Mención especial para dos personajes de este maravilloso album. Bentmont Tench, teclista de la banda de Tom Petty, que aparece en todos los temas del disco y Andy Wallace (mano derecha de un gran protagonista en la historia del "grunge", Butch Vig), encargado de las mezclas finales en The Hit Factory de Nueva York. El primero hace volar a la banda como nunca antes lo habían hecho; el segundo eleva a la categoría de genios a los, casi siempre, postergados ingenieros de sonido.

8 comentarios:

  1. Un disco que tenia olvidado, tal vez cegado por Sweet Oblivion. ni tan siquiera recordaba a Tench en el mismo. Gracias por recordarmelo

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    1. Para mí este "Dust" es mejor disco que el "Sweet Oblivion", sin desmerecer un ápice el segundo. Creo que es la culminación perfecta del grupo.
      Saludos,
      Javier.

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  2. Pues un poco lo que dice Bernardo con respecto al Sweet oblivion y eso que tengo amigos que me lo recomendaron con mucha frecuencia. Un abrazo.

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    1. Idem, eadem, idem, que decíamos cuando aun estudiábamos latín. De lo dicho a Bernardo, me refiero...
      Saludos,
      Javier.

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  3. Una joya este disco de los Screamin' Trees. Para los que, como yo, crecimos con el rock de los 90 y aún no teníamos mucho "background" en el rock clásico de los 60 y 70's, este disco fué un gran motivación para iniciar una búsqueda y emprender viaje en la siempre estimulante arqueología del rock. Un abrazo!

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    1. Ya sabía yo que a tí este disco te pone especialmente.
      Abrazos,
      Javier.

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  4. Con sweet oblivion, obras cumbres de los 90. No sé que decirte más, era una vuelta de tuerca más, la consagración de la banda y su paso a la historia con mayúsculas de la música rock.

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    1. Totalmente de acuerdo Antonio. Con cosas así es fácil no disentir.
      Saludos,
      Javier.

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