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22 dic. 2014

FLASHBACK 4





FLASHBACK ISSUE 4 (WINTER 2013)
Inicio esta breve crónica sobre el número 4 de la revista "Flashback" intentando concentrarme al mismo tiempo en la escucha y valoración del último disco de Buffalo Killers "Heavy Reverie", grupo que nada tiene que ver con las bandas y contenido que habitualmente aparecen en esta magnífica revista inglesa. Publicación que, a la fecha de esta entrada, ya lleva 5 números publicados y que, por su propio concepto musical y público lector al que va dirigida, está concebida como plataforma de información y conocimiento exhaustivo de las bandas que tuvieron su momento creativo durante las décadas de los 60 y 70 (salvo alguna rara excepción). Tarea harto complicada, como digo,  esta de intentar mantener a la par la atención entre dos distintas realidades sensoriales, una "en vivo" mientras los surcos de "Heavy Reverie" siguen su curso implacable (y mi talento calificador se esfuerza en mantenerse ecuánime), y otra enmarcada en recuperar del más inmediato recuerdo las impresiones de la lectura del mencionado número 4 de la revista. El resultado de tamaña hazaña creo que será mejor apreciado por aquellas personas acostumbradas a cierto comportamiento bipolar.

Al margen de las revistas más conocidas del sector ("Rolling Stone", "NME", "Uncut", "Mojo", "Q"...), "Flashback" constituye una de las plataformas de cultura musical más importantes recientemente aparecidas. Sus números, además de informar sobre un amplio abanico de bandas, estilos, información sobre sellos, crítica de discos, publicaciones literarias y opiniones conectadas con múltiples aspectos de la historia del rock, suelen estar centrados en material ligado mayoritariamente a una banda en concreto. Mientras en los tres números anteriores la parentela elegida respondía a los nombres (tan queridos...) de Mad River, Tomorrow y Mighty Baby, en éste cuarto número le cabe a la excelente banda londinense Trees el privilegio de ser portada de la revista. Sobre ese grupo seleccionado se suele desarrollar un extensísimo y exhaustivo estudio biográfico que abarca toda la historia del conjunto, desde sus orígenes y antecedentes hasta su época actual, caso de que alguna de ellas haya visto la oportunidad de relanzar su carrera musical.


Trees es , por lo tanto, la banda escogida en este número de "Flashback". Conocí al grupo, permítanme que haga un poco de historia personal, allá por 1970 cuando CBS publicó en nuestro país su célebre recopilatario de bandas del sello "Llena Tu Cabeza De Rock", un disco que ha sido fundamental en mi educación musical. Trees allí aparecía con su tema más conocido, "In The Garden Of Jane Delawney", homónimo del mismo primer Lp que grabaron en el mismo año de 1970. Ni que decir tiene que el tema, además de ser uno de mis favoritos en la recopilación, me dejó tocado de por vida. Si uno ya de por sí tiende a lo romántico, el tono y el ambiente de la canción, tan extraordinariamente recreado por la espléndida voz de Celia Humphris, concibieron en mí una parte bien importante de lo que ha sido hasta ahora la banda sonora de mi existencia.

No solo de ése "In The Garden Of Jane Delawney", siendo como lo es de capital significado para identificar el sonido y el espíritu de la banda, habla el articulista David Biasotti en este "Flashback" 4. Lo hace, con intensidad e inmensa erudición, también de la trayectoria vital del grupo. Sus inicios como tal, sus primeras actuaciones, sus grabaciones y originales contactos con la industria discográfica, la personalidad de los distintos miembros, el ambiente de la época (primeros años de la década de los 70) en una Inglaterra inmersa en la revitalización del folk autóctono y la conexión con el rock californiano, las críticas de sus discos (tan sólo dos, siendo el segundo "On The Shore" objeto de un completo estudio) y las causas de la defunción de la banda se agolpan en párrafos de innegable valor biográfico para el aficionado..., (mientras estas palabras dibujan la valla de un prado improvisado, Dean Wareham con su "Heartless People" se esfuerza en incrementar la valoración de su Lp homónimo de este año...)

Además del extenso material dedicado a Trees, el número 4 de "Flashback" atiende asuntos de indudable interés para el aficionado curioso. Artículos sobre la revista neoyorquina "Go", una de las pioneras en la información relativa al amplio escenario del pop y del rock internacional de la época. Disecciones sobre los discos preferidos de bandas actuales como Blood Ceremony o de productores ingleses como Peter Eden (ligado a artistas como Donovan, Clive Palmer o Heron, entre muchos otros). Disertaciones sobre las excelencias del sonido monoaural frente el estereofónico a cargo del gran Patrick Lundborg  (una de las plumas más eminentes en la historia del rock, fallecido este año), o argumentaciones de indudable interés como el que dedica Aaron Milenski a las semillas "sixties" y "early-seventies" del punk. También se complace el lector con artículos dedicados al género "exploito", aquel que durante los 70 inundó los anaqueles de los supermercados con discos de artistas y bandas desconocidas, todos ellos y ellas dirigidas a ensalzar las corrientes estilísticas y los hits del momento. (Su lectura me deparó la agradable sorpresa de encontrarme en mi colección, y yo sin saberlo, con uno de los más celebrados artefactos de la época y estilo "exploito", el "Psychotic Reaction" de la banda fantasma californiana The Fire Escape)

Y si todo esto no fuera poco, no siéndolo desde luego para el codicioso lector de este tipo de publicaciones, el número 4 de "Flashback" ahonda en el clímax del aficionado con artículos sobre grupos cuasi-desconocidos como Wilkinson Tri-Cycle o Fraction (onda cristiana), algunos de más renombre como Mandrake Memorial (de los que me prometo indagar más) y July, para terminar con una prolongada y suculenta entrevista con Beverly Kutner, más conocida como Beverly Martyn por su matrimonio con el gran John Martyn, tan extraordinario compositor e intérprete como poli-toxicómano y violento marido que, a la postre, truncó la carrera musical de la artista de Coventry. Su recorrido vital desde su llegada a Londres (huyendo de una familia fragmentada), las fiestas interminables del "swinging London",  hasta su paso por el Nueva York urbano de la mano de Paul Simon (con quien ejerció como compañera sentimental) hasta el Woodstock rural, donde coincidió con el Dylan recién recuperado de su accidente motociclista, su conexión final con un Nick Drake a punto de tálamo, es un cúmulo de hechos históricos de gran valor documental.


La crítica de discos y de libros (Harry Nilsson, Scott Walker, The Beach Boys, The Runaways, Cactus, "The War On Record: 1961-2008", el rock y su influencia en los años de la guerra del Vietnam,  "Art Of The Dead", breve pero sustanciosa crónica de los mejores diseñadores gráficos del San Francisco hippy que enlaza, en siguiente artículo, con "Com/Co, The Diggers & The Haight", ideológos del momento, el dibujante Robert Crumb y su "The Complete Record Cover Collection", o "The Rhino Records Story", dando cumplida cuenta de los avatares de este fértil sello americano, son algunos de los temas tratados en el apartado que analiza las distintas obras musicales y literarias que llegaron a la redacción de la revista. 

Como conclusión, para todos aquellos que tengan la ocasión de hacerse con esta magnífica publicación inglesa, imposible prácticamente de encontrar en kioscos (más fácil hacerlo en tiendas de discos o vía "internet"), no dejen escapar la oportunidad. Su lectura, además de ser un arsenal de magnífica y contrastada información, depara al aficionado musical momentos de enorme placer..., mientras en este momento Drive-By-Truckers suena con su "English Oceans", intentando subir algunos peldaños en la calificación final de este 2014.




17 dic. 2014

SURCOS



THE WIPERS                        "YOUTH OF AMERICA"
Queda solamente visible una leve línea rosada en el helado cielo de Diciembre, momentos después de que desde un cúmulo hinchado de nubes anaranjadas emanara un fulgor de repollos en erupción. Como recogida por el calor intrauterino de un vientre cósmico, la luz tiene la templanza del azafrán planchado por el inminente atardecer, sus ángulos de plata se abren hacia el firmamento de un desierto totalmente azul. En ese momento previo a la primera oscuridad universal, cuando los colores se difuminan en surcos opacos, entremos en el círculo del día que termina antes de tiempo. De los astros aun invisibles se alza una señal oculta,  y sonará el pífano de las primeras estrellas que caen como nieve invisible. Penetremos entonces en el mundo que se torna oscuro y seamos delicadas larvas de la imaginación.

Hablar de The Wipers hoy en Diciembre, cuando las luces que nos imponen en nada se asemejan a las que quisiéramos espiar, supone una gimnasia de desnutrición necesaria. Queden alejados los genéricos que ensalzan el rock por el rock, el punk como estilo más identificado con el grupo de Portland, la industria musical como soporte de la demanda social, los contratos como garantía jurídica de autores y grupos, lo "cool" y lo "fashion" como adjetivos impuestos. Volvamos al instante perpetuo de la falta de peso, de ingravidez y del desnudo. Permitámonos viajar de nuevo hacia el huevo cósmico, al origen y la génesis de la misma música como resumen de todas las artes, el más fidedigno espejo del ansia de trascendencia humana. Allí, en ese estado embrionario, donde el sólo flujo simbiótico fuera nuestro alimento, quizás encontremos a The Wipers.

Y hablar de The Wipers es proferir el nombre de su más significado pope, Greg Sage, un hombre iluminado que quiso dar una nueva dimensión a la misma música, aquella que primara la propia experiencia sensorial del oyente sobre el producto terminado. Para este loable fin Greg se vale de su destreza y pericia en lo que es esencial en el propio proceso creativo de un disco, su labor puramente industrial, el ingenio mismo de la plancha y torneado de un vinilo. Desde su adolescencia poseedor de la maquinaria necesaria para la fabricación de estos soportes de acetato (facilitado por un padre inmerso entonces en la industria musical), Greg se dedica durante interminables horas a escudriñar, valiéndose del microscopio anejo a la plancha de torneado, los surcos producidos por la grabación y a embrujarse, también,  ante la distinta modulación que del empleo de diferentes instrumentos van apareciendo sobre el polímero. De esa venerable enajenación mental Greg saca una conclusión primaria, la necesidad de dibujar el sonido en base al propio decurso polimórfico de los surcos grabados.

La siguiente decisión de Greg es valerse de su dispositivo para crear su propia música, actividad que tendría que estar íntimamente ligada al descubrimiento visual antes reseñado y que, dado lo revolucionario de su concepto, le obligaría a enfrentarse al mundo musical amparado por una concha protectora de "no contaminación" por los usos convencionales del mercado de la época, abogando en definitiva por una independencia a ultranza. Fabricación, grabación, maquetación, producción en su estudio y distribución propia que le llevarían a la creación de su sello Trap Records, sello que también pone a disposición de aquellos grupos de su Portland natal con los que comulga estéticamente. Explorar, en definitiva,  un nuevo territorio donde The Wipers funcionaran más como proyecto experimental que como grupo de rock, donde la falta absoluta de clasificación de su opción quedara enmarcada como una ineludible apuesta por la independencia antes mencionada.

Como bien podrá sospechar el lector maduro, el eslabón que viene a fallar en la cadena ideada por Greg Sale es el necesario acuerdo final con las discográficas para distribuir sus grabaciones. Su falta inicial de financiación le obliga a contratar con un sello independiente de la zona, Park Avenue Records, del que confía le ayude para conseguir que sus productos lleguen a un número de compradores mínimamente aceptable. Greg se embarca en 1980 (él mismo como guitarra) junto a Sam Henry (batería) y Dave Koupal (bajo) en la grabación de su primer Lp, "Is This Real?", en su propio estudio . Aunque no es este su primer trabajo, hubo un anterior EP "Better Off Dead" (editado, eso sí, en su propio sello Trap Records) en 1978, aquí encontramos a una banda sin duda influida por el tono punk del momento, no tan orientado a la línea politizada de algunos de los grupos coetáneos ingleses, aunque no sin dejar de tener un cierto acento reivindicativo, empañado, eso sí, por un ambiente grisáceo y húmedo, muy característico del propio clima de la costa noroccidental americana.

Las críticas a este "Is This Real?", que acentúan sin dudar el alineamiento de la banda en el punk ortodoxo, canciones rápidas y cortas, instrumentación tensa, áridos mensajes de cuestionamiento social, llevan a Greg a plantearse un cambio de dirección que resuma de una manera más clara su propuesta inicial, la autarquía estilística y la desclasificación musical. Así nace entonces el germen del que será su segundo trabajo en 1981, el legendario "Youth Of America", también distribuido por Park Avenue Records, y que nos ocupa hoy. De la banda se ha caído el batería Sam Henry (que entrará al poco a formar parte de los Napalm Beach, otra banda veterana de la escena punk de Portland, en cuya casa residió durante algún tiempo en el mismo 1981 una tal Courtney Love) y la sección rítmica ha sido ampliada con un nuevo bajo, Brad Davidson que reforzará al entonces itinerante miembro original  Dave Koupal, y otro Brad, Naish esta vez, a la batería. 

Este "Youth Of America", que tuvo entonces escaso éxito en Estados Unidos y algo más en Europa, está ideado entonces como reacción de la banda ante la acepción generalizada al encuadrarles dentro del estilo punk. Con tal motivo varios de los temas que aquí se incluyen tienen una extensión temporal mayor de las acostumbradas en ese género musical (4:25, 6:30 y hasta 10:30 minutos), pero no es esta exclusivamente la diferencia con el anterior "Is This Real?". Sin prescindir en ningún momento de la tensión rítmica, fundamentada en el choque constante del sonido de los bajos (instrumento, dicho sea de paso, que mejor epitomizaba la imagen sonora que Greg Sage sacó de sus primeras experiencias musicales), la guitarra del mismo Greg se distorsiona en bucles armónicos que muchas veces alcanzan ecos similares al garaje psicodélico californiano, al mismo krautrock alemán y a un space-rock cortante. El piano, usado con deliberada precisión en varias de las entradas y puentes de los temas, dispensa a la grabación en su momento una riqueza musical difícil de imaginar en su disco anterior. La batería de Brad Naish refuerza también la intensidad melódica del disco, unas veces robusteciendo la tensión, otras ampliando el curso rítmico hacia niveles más elevados.

Si accedemos (ya era hora, ¿no?) al análisis algo pormenorizado de los temas que componen este "Youth Of America" nos obsequiamos con algunas de las ideas que hemos ido transmitiendo a lo largo de esta entrada. El "Taking Too Long", canción con la que comienza la cara A del disco, es una pieza que calificaría como sofisticada, en el sentido de que es la que quizás más se aleje del tono afilado a la vez que extravertido de la obra; adornos de guitarra arropados en un tempo relajado al que acompaña un piano vibrante. "Can This Be", un retorno a la orientación tensa del punk, tono metálico y aristas agudas. "Pushing The Extreme", pieza que me gusta especialmente, recoge una atmósfera antigua, macabra y abrasiva al mismo tiempo. Greg suavemente aullando en el texto "so you think your soul is free?...(sic), equivalente a un bramido diabólico que le otorga un aire de corrientes góticas, melodía sofocante para el yuppie al que critica, "through your mirror there is such vanity"...(sic). "When It´s Over", pieza en su mayor parte instrumental y que cierra de una forma casi apocalíptica la cara A. Atmósfera casi operística, base rítmica endiabladamente rápida, líneas de piano que ascienden acompañadas por la guitarra, en un traqueteo de ferrocarril desbocado y al final un susurro de Greg, "in the land of dreams I find myself sober"..., "do you think we´ll ever be saved?"..., "All be over!" (sic). Auténticamente excepcional esta pieza.

La cara B tiene tan solo dos temas. El primero es "No Fair", pieza con un calado dramático en el que el cantante recuerda al oyente la historia americana del momento (estamos en la entonces America de Reagan, no olvidemos el dato). Un eco reverberado,..."it´s no fair" (sic),  resuena una y otra vez para terminar en un fundido rítmico que deja al oyente precariamente colgado en la nada. Fabuloso tema que da entrada a la última canción (10.30 minutos sublimes), la misma "Youth Of America", una suerte de experiencia que intenta copiar el mismo sonido de la vida, o mejor la propia iniciativa de Greg emulando un emotivo "State of the Union" para la juventud americana de los 80. Intensidad sostenida por el motor interno de una pesadilla bellísima, turbinas que elevan su vapor con la dejadez propia del desastre que se avecina, dirigida a una clase trabajadora alienada (mayormente seguidora del punk) a la que pide el esfuerzo final de una suerte de revolución cultural. El final, que es también el principio de la esperanza (después tantas veces frustrada) no puede ser más emocionante.


Lamentablemente el mayor éxito de The Wipers ocurre solamente cuando Kurt Cobain les reivindica como padrinos de Nirvana (y también al interpretar varios de sus temas); antes su alcance fue relativamente escaso en América, aunque mayor en Inglaterra sobre todo y en algunos países de Europa. Otros grupos como Melvins, Dinosaur Jr., Mono Men, Hole, Poison Idea, Nation of Ulyses o Mudhoney les reconocen como gran y fructífera influencia. Incluso Thurston Moore les alaba sin cesar y, además de interpretar en ocasiones varios de sus temas en solitario, los considera como fuerza motora en la inspiración del último album de Sonic Youth, "The Eternal". A partir de la publicación de "Youth Of America", la carrera de The Wipers, hasta el 88 en una primera etapa, y del 93 hasta el 99 en la última, intentó no alejarse demasiado de la idea original de su creador Greg Sage. Creo firmemente que lo consiguió en gran medida, además de hacerlo también en sus grabaciones en solitario. Invito a los lectores que hayan tenido la santa paciencia de llegar hasta estas líneas a que descubran, si es que no lo han hecho todavía, a este auténtico visionario de la música, Greg Sage, y a una de las bandas más importantes en el historial secundario del rock, el que tantas veces supera a aquel al que pertenecen las grandes estrellas.






8 dic. 2014

HAY VIDA EN GETXO



RAMIRO PINILLA (1923-2014)                 "IN MEMORIAM"
Entro en una librería con la premeditada intención de hacer tiempo antes de un concierto. Camino lentamente entre las estanterías apiladas de libros, muchos de ellos aparecen ante mi vista con sus títulos y autores medio borrosos ya que he olvidado las gafas en casa y apenas puedo distinguir los textos en la distancia. En una esquina al final del pasillo principal (la librería está formada por una gran nave diáfana donde los libros quedan distribuidos lateralmente, también en anaqueles que ocupan buena parte de la zona central de la estancia), encuentro varios libros de Ramiro Pinilla, uno de mis escritores favoritos. El autor bilbaino ha fallecido el 23 de octubre, casi un mes antes de este recorrido libresco, y me decido como pequeño homenaje a comprar una de sus obras. Elijo "El cementerio vacío", segunda entrega de la serie policíaca que tiene por protagonista al singular librero y detective getxotarra Samuel Esparta.


Conocí a Ramiro Pinilla a principios de 2005, al poco tiempo de publicar "La tierra convulsa", primera parte de su famosa e imprescindible trilogía "Verdes Valles, Colinas Rojas". La lectura de esta obra inmensa, por su amplitud y volumen cuanto por la extensión temporal que abarca, me deparó momentos de gozosa alegría. Uno que, no sabe bien la razón, siempre ha tenido cierta querencia por todo lo vasco, encontró en Pinilla a un autor con una muy profunda y convincente fuerza para transmitir al lector gran parte de la energía y vigor de la raza eusquérica, versión contemporánea. Su conocimiento y análisis de la razón de ser y del comportamiento de un pueblo, delimitados ambos (en la trilogía reseñada) al espacio temporal que supone el inicio de la masiva industrialización en la Vizcaya de finales del siglo XIX, para concluir con la aparición de ETA y sus primeros atentados en 1959 (el franquismo ya plenamente instalado en toda la geografía nacional), se narran (ficción y realidad dándose profusamente la mano) de una manera amplia y sin complejos. Tanta holgura hay para entrar en la comprensión ideológica del primer nacionalismo vasco como, de igual manera, reconocer la valiosa aportación al desarrollo del país que tuvieron los inmigrantes que, a miles, se instalaron en sus territorios. Y si es ancho el camino de la comprensión y del reconocimiento de ambas realidades, asimismo lo es cuando el autor critica con dureza los ámbitos, mentales y prácticos, que el nacionalismo trato de imponer como separación entre unos y otros. A los maketos solo les quedaban (salvo honrosas excepciones literarias), agarrarse a los mitos de impureza de sangre y simiente de la barbarie pro-revolucionaria.

Toda la simbología euskalduna que abunda en la trilogía "Verdes Valles, Colinas Rojas" queda un tanto disminuida en la siguiente obra que leí del autor. En "La Higuera" se ofrece al lector una muy lograda simbiosis de la resistencia de la propia tierra y de la gente autóctona ante la masacre ética y moral que supuso el franquismo. La higuera crece año a año como alegoría del crimen no olvidado, como fermento que generación tras generación va creando la levadura necesaria para mantener viva la imagen de la ignominia causada a todo un pueblo, aquel que recogió de los propios nervios de sus raíces étnicas el rechazo a la imposición de las armas. Al poco, ya infectado por la prosa de Pinilla, siempre cercana aun a fuerza de pasajeros circunloquios, me encontré  con "Las ciegas hormigas", una novela que algunos, más expertos, ya tildan de legendaria. La fuerza activa de una pequeña comunidad rural que, ejemplificando la singularidad de un linaje secular de luchadores, moviliza a todos sus miembros para conseguir de una imprevista desgracia natural el máximo beneficio.

Termino esta breve entrada con una mera reseña a la última adquisición del autor vizcaíno. "Los cementerios vacíos", trasunto en su título de una de las más hermosas y enigmáticas leyendas que cubren la rica fabulación vasca, aquella que habla de los cementerios costeros y como los enterrados, al cabo del tiempo, se deslizan hacia el fondo de la mar para encontrarse con sus seres queridos, también desaparecidos. Ello en el entorno de una investigación por un crimen inciertamente adjudicado a un maketo. Lo peculiar del protagonista, a la vez detective y escritor, otorga a la novela una dimensión de ficción que enriquece de forma magnífica su lectura. 

Queda pendiente la adquisición de las dos otras series que conforman esta última trilogía detectivesca del autor, la última "Cadáveres en la playa" publicada en el mismo mes del fallecimiento de Pinilla, además de sus otras obras, "Seno", "Antonio B el Ruso, ciudadano de tercera", "Los cuentos" y "Aquella edad inolvidable". Alguna de ellas tocará la puerta estas navidades, el resto confío en que se irán incorporando poco a poco. Un sorbo de txakolí, y de fondo musical el "Shining On Everyone" de The Fakeband, tratarán de emular el ambiente fresco de Getxo, aquel que a veces tanto deseamos por estos secarrales castellanos.









3 dic. 2014

RAREZAS VI. BLANCO Y NEGRO





MILT MATTHEWS INC.                         "FOR THE PEOPLE"
Es conocido por los aficionados el hecho de que a finales de los 60 y comienzos de la siguiente década, una época de relevante mezcla en el campo musical, muchas bandas de rock al otro lado del charco combinaron sus raíces culturales al objeto de alumbrar propuestas de mayor amplitud y calado artístico. Esta empresa, más propia de músicos alojados en las grandes urbes de las costas americanas, ya se había producido con bastante antelación en el mundo del jazz, cuando músicos negros y blancos colaboraban y publicaban al unísono obras de singular valor multiracial. Ejemplo, por quizá mencionar uno de los más significativos, es el que alumbra Miles Davis junto a músicos e instrumentistas blancos como Gil Evans, David Holland, Bill Evans, John McLaughlin o Joe Zawinul. A las raíces iniciales del blues, big-band-swing, posteriores bebop, cool y fussion, se agregaron en el caso del jazz, ya a comienzos de los 70, cepas propias de educaciones más clásicamente europeas, dando lugar, para mayor deleite de sus seguidores, a distintos estilos musicales agrupados en lo que genéricamente conocemos como fusión.

Dentro de este ambiente de apetitoso revoltijo estilístico, bandas como The Blues Project, Blood, Sweat And Tears, Chicago Transit Authority, The Electric Flag, The Flock, Lighthouse, Rare Earth, en el lado blanco, Santana, Osibisa, Funkadelic/Parliament, Mandrill, Sly & The Family Stone, entre muchas otras en el lado negro y latino, encendieron las suficientes antorchas para iluminar una corriente que creció y se consolidó durante aquellos años. El éxito de estos grupos, mayor para algunos o de menor profundidad para otros tantos, no fue más que la punta de un iceberg que lamentablemente menguó la audiencia de otras bandas que, por su calidad y apuesta, bien merecieron mucha mayor repercusión. Una de ellas fue la Malt Matthews Inc.

La banda que nos ocupa hoy se forma en el Nueva York de finales de 1969, territorio más que abonado para experiencias musicales de todo tipo. Milt Matthews, cantante muy en la onda de registros de un grande como Otis Redding, junto a su hermano Carl Matthews al bajo, crea su banda homónima valiéndose de otros dos músicos blancos, Randy Burney a la guitarra solista y Tommy Byrd a la batería. En 1971 graban en Washington DC para Catalyst Records su segundo disco "For The People", una propuesta que pretendía combinar estilos como el blues y el gospel con el rock para (el texto de disco habla de una "ofrenda para las nuevas audiencias"),  ampliar el panorama de una escena musical que se suponía creciendo a la luz de nuevos horizontes. El disco, a pesar de las buenas críticas entonces recibidas, no cosecha ni de lejos los niveles de ventas esperados y Milt, sin llegar a descomponer oficialmente el grupo, se deja llevar por una suerte de olvido obligado.

Y si antes hablábamos de la peculiar voz del principal protagonista, en ese bucle "reddingniano", es porque Milt Matthews se zambulle en una magnífica onda soul que, gracias a los muy logrados arreglos de Bert DeCoteaux, otorga al disco un característico sonido Atco y Stax en no pocos de los temas que componen este "For The People". A esa atmósfera de embrujo gospel y blues tan cálida, perfectamente ensamblada por una producción sobresaliente a cargo de Beau Ray Fleming (que en el momento de la grabación compaginaba este trabajo con la entonces última obra de Mandrill), se añade una guitarra de Randy Burney que cabalga por olas de fuzz sin cortapisa ninguna, sus pedales modulando cadencias y sonidos íntimamente ligados al Hendrix más académico. También coros femeninos que se ajustan muy convincentemente al ambiente de demanda social que tienen muchos de los textos de las canciones (esos "brothers and sisters", aquellos "time to go home"..., que pretenden convencer al oyente de la necesidad de sujetar la diáspora de valores necesarios para la reivindicación racial que se iniciaba entonces. Marvin Gaye lo logró posteriormente con mayor gloria)

En aquellos años, y sobre todo en muchos de los primeros trabajos que las nuevas bandas publicaban, no era nada extraño que además de sus propias composiciones se incluyeran versiones de otros artistas. Tal es el caso en este singular "For The People". A las composiciones propias de Milt, "Can´t See Myself Doing You Wrong", que me recuerdan poderosamente al mejor Traffic de "Last Exit", "Oh Lord (You Gotta Help Me)", aromas del Harrison de "All Things Must Past", "That´s What I Feel (Like A Burning Fire)", el fuzz de Randy Burney emulando la paleta de Blue Cheer y The Electric Prunes y "Disaster Area", con un claro toque del "Masterpiece" de Temptations, se añaden covers más que conocidas. El "Hard Day´s Night" de John y Paul, "The Thrill Is Gone" de B.B. King, "Runaway People" de Arlester Christian y el "Presence Of The Lord" del Clapton de Blind Faith. Todo un elenco de versiones bien escogidas que la Milt Matthews Inc. enriquece con sus propias interpretaciones. 


Debo agradecer a Joaquín, mi antiguo dealer de Rock´n´Roll Circus en Madrid, el que me aconsejara la adquisición de esta joya allá por el año 2010. Reconozco que, desde entonces, cada audición es un auténtico regalo, y no solo por la intrínseca calidad de la obra, que la tiene y mucha, también como evocación por la encomiable labor que supone la recomendación de obras desconocidas para los compradores que, como es mi caso, en no pocas ocasiones se deja llevar por las sabias sugerencias de los más entendidos. Si en algo se llegan a fiar de éste que suscribe, y no porque sea más versado que muchos de los que me puedan leer, háganme caso en este lance y dense una zambullida en la tan corta, pero magnífica, obra de esta efímera banda americana.


Entrada dedicada a Peck McGregor, Diana, Diego y Manuel.

25 nov. 2014

EL GUARDABOSQUE MAYOR



ERNST JÜNGER                  "SOBRE LOS ACANTILADOS DE MÁRMOL"
Existe un breve estertor en el sueño que se asemeja al eco final producido por la tecla de un piano. Esa resonancia que antecede momentáneamente al silencio primero de la mañana, cuando salimos de un sueño de magia y nos enfrentamos a la realidad metálica de la historia inconclusa de cada jornada. Esa somnolencia que nos deja la noche pasada, si apenas podemos recordar su narcosis bañada en brumas, quisiera que permaneciera durante todo el día, y andar por la casa como un espectro, atravesar las paredes sin esfuerzo aparente y llegar hasta el otro lado del espejo. Ser como el vuelo primero de la cortina que recibe el aire y elevarme con él hasta el techo de la estancia. Hablar con el secreto de la madera del piso, de los muebles viejos, de la lámpara apagada seis o siete horas antes y preguntarla, si es que aun lo recuerda, cómo me contempló su luz cenital antes de dormir. Adentrarme en esa pequeña muerte que propicia la oscuridad para resucitar antes del amanecer, como si ya el sueño fuera la única y exacta realidad a la que juego.

Leer, más que leer, vivir en el silencio de las páginas de "Sobre los acantilados de mármol" de Ernst Jünger, hora a hora, día a día, apenas una semana, es como la lenta caída en un abismo de luz. Cada palabra, cada frase, las imágenes poderosas que propugnan sus distintos escenarios, el mismo relato semejante a una sutil pesadilla, envuelve al lector haciéndole partícipe de la misma historia que otros, como él antes y como él después, volverán a vivir. Geografías simbólicas donde los grandes y fértiles valles mantienen, sin aparente esfuerzo climático, el resplandor de la vida plena; acantilados de frontera en los que refulge una pátina de fulgor dorado; desde sus cimas divisándose las tierras bajas de pastoreo, con sus viejos árboles y dioses tallados y, al otro lado, distanciados apenas por unos enigmáticos territorios flanqueados por turbas, ciénagas y juncales, el bosque..., y el Guardabosque Mayor.


La vieja crónica, no por ello desgastada en su terrible significado, de la lucha entre el bien y el mal. Un Bien cuyos protagonistas, de acuerdo con la propia necesidad de la narración, se nos muestran frecuentemente como elementos convencionales, al uso de sus propias labores campesinas las más de las veces, otras como guías guerreros y espirituales de una comunidad que lucha por evitar la propagación de la tiranía. Un Mal, prodigiosamente descrito en el libro, que parte con la ventaja del secular miedo anclado en el corazón de todos los hombres, también de la necesidad arbitraria de un orden que haga desaparecer cualquier atisbo de diferencia.

Junto a ellos, y sin duda como pieza más sugerente de la novela, un cúmulo de intérpretes no humanos, animales y espacios de abrumador misterio, botánica teológica y lengua y palabras de sentido y significados crípticos. Dogos de Cuba y lebreles de infantería, víboras lanceoladas y águilas primigenias; nieblas y fuegos redentores, aves incendiadas, orquídeas de perfil invencible, espejos paralizadores, jeroglíficos en las grietas, pieles humanas sin vida, de cera transparente. Sueño y espíritu como antítesis a la violencia descarnada; parálisis e inmovilidad ante el máximo fragor de la batalla, todo sumido en una niebla que anega las tierras bajas y sube, como remolinos premonitorios, hasta las cumbres de los acantilados, último altar donde un sacerdote moribundo oficiara la salvación redentora.

Ernst Jünger (1895-1998), paradigma de la Kultur germánica del siglo XX, quiso con esta obra, escrita a finales de 1939, oponerse al despótico régimen político que Hitler y sus secuaces nazis instauraron en su país. Sus premoniciones, en cuanto a las consecuencias que su totalitarismo ideológico y su militarismo genocida supusieron para el resto del mundo, se encuentran como símbolos patentes a lo largo de la novela. Los primeros y más sagaces lectores de la obra presintieron que las escenas narradas iban mucho más allá de un mero relato  y, cuando ya finalizada la conflagración mundial en 1945, contemplaron la inmensa plenitud de la destrucción, las devastadoras consecuencias de la derrota de todos, constataron cómo sus temores y sospechas se habían hecho lamentablemente realidad. 

Jamás imaginé, antes de enfrentarme al libro, a Jünger como un escritor de ciencia ficción. La lectura de esta obra bien podría alinearle en la corriente del "1984" de George Orwell, en cuanto a la denuncia y premonición de la barbarie que la ideología tiránica puede imponer a los hombres. Pero ahora, todavía al ascua del calor de sus páginas, me atrevo a considerar al autor alemán, por lo menos en este colosal trabajo, como arquetipo de la mejor novela del género, aunque solo haya sido una la que le pueda encumbrar a ese privilegiado tabernáculo.


18 nov. 2014

TIEMPO DE BRUJAS





CRESSIDA                              "CRESSIDA"     
Hubo un tiempo, ya quizás lejano pero que revuelve su hojarasca de vez en vez, en que fuera que las cosas se sucedían de forma más natural. El recoger un trozo de musgo y oler la humedad de tantas lluvias pasadas, todas ellas acumuladas en un ínfimo espacio de geografía verde y suave, transportaba al observador hacia lugares donde concurrían los recuerdos casi olvidados, aquellos en los que la marmita de los druidas era bálsamo para la gente sencilla. Contemplar las hojas lobuladas de los robles con sus tonos de cuero eternizado, alcanzar desde el suelo una piedra y admirarse con su brillo escondido, también con su diminuta orografía de planetas, pasar la mano por un tronco y recoger en la mano un liquen de pequeñas ramas caprichosas, sus estrías semejantes a neuronas dibujadas por dioses antiguos. Estas, y otras muchas más, actividades del hombre curioso se daban más y mejor en otras épocas, cuando el hombre y la naturaleza porfiaban por ser un mismo conjunto, un resumen de sensaciones milenarias que enriquecían con sencillez al caminante sosegado.

En ese espacio diluviano, cuando en la música rock casi todo era nuevo, se desarrollaba la apuesta de una banda como Cressida, tablado en el que convergen unos músicos ingleses que inician su carrera en la primera mitad de la década de los 60. Era entonces, si, cuando la escena cambiaba constantemente de escenario, sus protagonistas convencidos en buscar nuevos caminos de expresión, aquellos que aunaran el aun corto sendero recorrido por el género con otras raíces que recogieran la mezcla de culturas rurales y urbanas. El folk, el jazz melódico, la primera psicodelia de hadas y de Alicia, el originario rock contundente, ya consolidado en su instrumentación rotunda de guitarras y poderosa base rítmica, el nacimiento del estilo progresivo como expansión hacia territorios donde el músico, también el oyente, pudieran alcanzar cotas hasta entonces no holladas.

Allí y entonces, en esa atmósfera de iniciación para tantos, cabía la posibilidad de encontrar obras tan genuinas como el primer álbum de nuestros invitados de hoy, de título homónimo, y originariamente editado por el añorado y prestigioso sello Vertigo en 1970. Cressida (nombre cuya elección no queda clara entre los propios miembros de la banda, unos inclinan su preferencia por la mera belleza de la palabra, otros lo engarzan con la obra "Troilo y Cressida" de Shakespeare) acoge en su primera y legendaria formación a músicos como John Heyworth y Angus Cullen, la base cenital del grupo, profunda hermandad tanto en la labor compositiva como en el desarrollo y mantenimiento de su idea estética. Peter Jennings, imprescindible en su aportación instrumental, uno de los teclistas más poderosos e imaginativos que he escuchado en mi trayectoria como oyente, y que contribuirá vigorosamente a dar a la banda su sonido y estilo más característico. Kevin McCarthy al bajo e Iain Clark a la batería, formarán una base rítmica anclada en la vieja escuela, escuetos en su expresión, tremendamente incisivos en su labor de apuntalar un murmullo sin grietas.


Y es con esa mencionada alineación con la que alumbran una obra, esta "Cressida" tocaya, que viene a significar para este prosista una de las obras más significativas (también desconocidas) del folk-progresivo inglés de la muy primera década de los 70. Estilo musical el suyo que ancla su andamiaje en una bella confrontación entre los teclados, como instrumento claramente predominante, y la voz. Es entonces "Cressida" un trabajo donde el órgano Hammond B3 de Peter Jennings y la voz de Angus Cullen nos embarcan, para los menos conocedores del grupo entraremos en comparaciones, por terrenos ya entonces recientemente explorados por bandas como Procol Harum, Caravan o Brian Auger & His Oblivion Express. En la voz, y en la atmósfera creada por su propia narración, The Moody Blues serían quizás la referencia más obligada. La guitarra de John Heyworth, a lo largo del disco gracilmente hermanado con la belleza casi catredalicia de los teclados, genera unas veces con logrados ecos acústicos, otras con riffs de hermosísima extensión eléctrica, un ambiente de progresión melódica que nos transporta hacia reverberaciones de grutas limpias, a espacios donde la repercusión rítmica vuela con alas de nubes tan altas.

Para que los ya curiosos e interesados puedan entrar en detalles, decir que mientras la cara A muestra a la banda en su versión de mayor contundencia instrumental, temas como "Winter Is Coming Again", "Cressida" o "Depression" revelan el virtuosismo absoluto de su exquisita estructura rítmica, en la cara B, canciones como "Spring 69", "Down Down" o "Tomorrow Is A Whole Day" manifiestan la mejor versión baladista del grupo, una suerte de cánticos dirigidos hacia una dilatación melódica que los eleva al mejor "soft-prog" posible. Otras alhajas repartidas a lo largo del disco, "Time For Bed", "Home And Where I Long To Be", "One Of A Group", "Light Is My Mind" o "The Only Earthman In Town", siempre la balanza entre teclados y voz perfectamente engarzada, apuntalan una interpretación musical que raya muchas veces  con la mejor génesis de la sorpresa.


Hoy, cuando contemplo cómo las parejas, incluso tan cercanas físicamente entre sí, se comunican vía ipod (o como se llame ese infernal artilugio), cuando las visitas a los mejores museos se pueden hacer directamente desde el sillón del hogar, o cuando parece que una gran parte de nuestra existencia pretenden hacerla pasar por el aro de la virtualidad, es el tiempo en el que más me aferro a las épocas pasadas, aquellas en las que contemplar un simple acebo tintinear con el viento daba lugar al desfile impávido de las brujas.



31 oct. 2014

RECUERDO DE PORTUGAL



ANTONIO LOBO ANTUNES               "YO HE DE AMAR UNA PIEDRA"
Después de un largo período de sequía, climática y de producción, vuelvo a las andadas para mayor agravio de mis pocos lectores. Sequedad impuesta por los propios caprichos de la existencia que, si bien me ha mantenido relativamente ocupado con la organización de ciertas rutas literarias e históricas, también me ha anestesiado en una especie de "dolce far niente", velado estado de semi-inconsciencia donde los días pasan sin apenas gloria y con mayor pena. La reivindicación de la pereza, se da uno cuenta según avanza en la edad, debería quedar exclusivamente señalada para aquellos que, de tanto camino que les quede por recorrer, puedan permitirse el sumar sin más un día a su calendario, ajenos al hecho de llenarlo con mayor o menor contenido. Lamentablemente ya no es mi caso.

Y entre las ocupaciones que me han entretenido durante estas últimas semanas quisiera recalcar la lectura de un libro de Antonio Lobo Antunes, escritor que se encuentra junto a Pessoa, Saramago y Eça de Queirós entre mis favoritos del país vecino. "Yo he de amar una piedra" es su título y fue publicado originalmente en el año 2004, el mismo en el que también salió a la luz su magnífica obra "Buenas tardes a las cosas de aquí abajo", de muy grato recuerdo.

Lobo Antunes no es un escritor en absoluto fácil. Su estilo está basado en una suerte de narrativa que mezcla acciones sin aparente continuidad, indagando en escenarios que a simple vista no guardan relación entre sí, y que obliga al lector a un esfuerzo continuado de atención e interpretación. Si además añade a esta dificultad un (des)lineamiento de actuaciones y pensamientos concatenados, que asíduamente suponen una fractura expositiva y un salto geográfico entre frases, palabras y diálogos, el lector se halla las más de las veces en un territorio donde los anclajes convencionales de interés por el texto pueden quedar fácilmente pulverizados. Valga un ejemplo cogido al azar, página 368:
...
"(la linterna
-Dentro de poco un aguzanieves)
y con la aguzanieves el mar o sea no exactamente olas, no exactamente peñascos, no exactamente paquebotes, un cambio de viento, qué viento, una alteración de la luz, una agitación distante, la linterna a mi
-El mar
y debía ser el mar, era por fuerza el mar porque una mujer"
...

Vuelto a leer el texto, dos o tres veces, y es algo que ocurre constantemente, el lector va encontrando dentro del aparente desorden un significado algo más claro y nítido, aunque en su totalidad muchas veces germine también una pequeña larva de desasosiego. Nos invade una especie de inquietud ya que el resplandor no es suficientemente explicativo; no nos es dado aprehenderlo o entenderlo en su integridad ni siquiera con varias lecturas. Acción, pensamientos instantáneos, sensaciones físicas, ligamen de símbolos, abismos entre palabras, algunas de ellas sirven de amarre cuando la descripción queda demasiado diluida, lo mismo ocurre a lo largo de todo el texto con párrafos enteros que, gracias a la bondad perentoria del escritor, permiten al lector un cierto seguimiento racional.

Y cuando ese desgarro del estilo, que cabalga por el libro desbocadamente, se incrusta en mi interior me permite jugar al mismo juego al que se entregan los personajes de la novela, el recuerdo. Van pasando las páginas, el hilo del argumento da fuertes puntadas o, en no pocos momentos, se torna en un filamento apenas visible. Mi imaginación vuela entonces con los personajes de la novela hacia otros ámbitos, los míos propios, mis recuerdos personales que se entremezclan con los de los protagonistas en sus distintos escenarios, fotografías, consultas (parte del ambiente sucede en hospitales, decorados donde Lobo Antunes, médico, se mueve como pez en el agua...), visitas familiares, últimos relatos con los que finaliza el libro.

El lector que ya conozca a Lobo Antunes compite con indudable ventaja frente a aquellos que se asomen a él por primera vez. El lisboeta se posiciona, como el pintor ante un cuadro, con un lienzo vacío de contenido que comienza a rellenar por la esquina más inesperada. Sus siguientes trazos ocurren en un ángulo completamente contrario, con trazos también disconformes y colores antitéticos a los primeros empleados. Salta al centro y pergeña un esbozo de perfiles abstractos que parecen opuestos entre sí, recula constantemente hacia un origen que cambia con cada imagen, crea entre tanto una tenue red de araña que va sedimentando un guión peculiar que, poco a poco, va enmarañando al lector. Otras veces, cuando el aguijón de la comprensión parece preparado, suelta inesperadamente a su presa y deja que camine libre, siempre por un filo aguzado por el ansia de conocer el siguiente paso.


Magnífica la traducción de Mario Merlino para la edición de abril de 2006 en DeBOLS!LLO, Barcelona. Digna de reseña la labor de Merlino cuando, como es el caso, es éste un libro que en tantos instantes combina el puro relato de la acción con el pensamiento más diluido, la palabra repetitiva que se retrotrae hacia tiempos pasados, embarcando, de igual manera, a los protagonistas hacia un presente que requiere, deliberadamente sin lograrlo, concisión y fijeza. Su "modus" de traducción coincide plenamente con el espacio original que pretende imponer el autor portugués y esto, a la larga, facilita si cabe su lectura.

10 oct. 2014

LA CHARCA IDEAL



RAFAEL ARGULLOL                           "MALDITA PERFECCIÓN"
Al margen de las conocidas como "novelas-río" (estilo en el que ando algo metido últimamente), y como contrapunto a una trama inicial que normalmente continúa en otras obras que mantienen la misma historia, siquiera alteradas por el paso del tiempo, existen ensayos literarios que son como profundas charcas de ideas. Pozas donde quedan flotando las percepciones que un autor viene a expresar sobre distintas materias, algunas de ellas manteniéndose en la misma superficie de la acuosidad, dada su mayor relevancia y significado, otras, las más pesadas y difíciles de digerir, quedando ancladas en el leve tálamo de su profundidad. Esa pequeña balsa natural, que debido al fango acumulado muy pocas veces se nos presenta como transparente y cristalina, refleja no obstante las formas de aquellos elementos más próximos que, contemplados a ras de su superficie, sirven para acercarnos a una realidad que queda al alcance de la mano, en la trayectoria de aquella visión que con más atención las contemple. Tal es el caso de la penúltima obra publicada por el filósofo y ensayista, también poeta y catedrático universitario, catalán Rafael Argullol (Barcelona, 1949), "Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza" (Acantilado, 2013).

Siguiendo con el símil acuoso, bien podríamos imaginar que,  nunca de forma premeditada pero, eso sí, arrostradas por un destino inapelable, aparecen en la limitada parcela de la charca una serie de burbujas que caprichosamente van y vienen, impulsadas por un hálito de energía fugaz que las ven nacer y morir en cuestión de pocos segundos. Cada una de ellas, en su mayor o menor prolongación de vida, en su menor o menor tamaño, vienen a representar la existencia concreta de un autor y de una, o varias, de sus obras a comentar por el ensayista. Las burbujas de más grande envergadura, más proclives también a una más rápida explosión, nos muestran aspectos interesantes de artistas célebres como Miguel Ángel, Shakespeare, Goethe, Hölderlin, Nietzsche, Víctor Hugo, Thomas Mann y Pablo Picasso. Otras de menor tamaño, y más tendentes a su permanencia, nos hablan de Lucrecio, de Rilke, de Dostoievsky, de De Chirico, de Di Lampedusa, de Mark Rothko. Unas y otras, cruzándose y entrelazándose entre sí, crean algunas de mayor formato que, impulsadas por el propio soplo del ensayista, crecen de tal manera hasta que sus ondas se confunden con la totalidad del fluido. Éste, el ensayista, como un demiurgo plenamente consciente, dirige la acción desde la orilla de la pequeña laguna y, a veces, como adormecido por tanta belleza, lanza piedras de profundidad contra la superficie.

Y ocurre que hay todo un crucero naval en el trayecto que va de orilla a orilla. Un viaje impulsado por la idea de la obra de arte como más fidedigna representación del Hombre y de la Naturaleza. Autores célebres, como los mencionados, que actúan como pilotos y manejan el timón mejor forjado para hacer avanzar la nave en la que, desde Noé, sigue embarcada la raza humana. Travesía que en función del esfuerzo y sacrificio de los timoneles, contando también con las vicisitudes propias del clima artístico, arribará a un puerto donde lo aprendido tornará en mercancía de intercambio. Tal es el precio a satisfacer; más cultura, mayor conocimiento para rellenar la, casi siempre, insatisfecha mochila de la existencia.

El lector enamorado ante la calidad de la obra narrada, aquel que la come y hace de su placentera digestión una enseñanza que intenta abarcarla en su totalidad, se sorprenderá gratamente por el rum-rum que se irradia desde el mismo estómago de la poza. Desde los jugos que emanan del propio fluido emergerán a la superficie palabras y adjetivos definitivos, aquellas palabras que forjan por liberarse, estos epítetos que buscan enconadamente delimitarlas, ambos intentando febrilmente capturar el meollo de las mejores ideas, propicias a la huida muchas veces. "Movimiento ", "geografía mítica", "fuentes de otredad", "modernidad espectral", "pintura metafísica", "silencio escuchado", "futuro permanente", "enigma", "utopía biológica", "ideas de luz", "claroscuro"..., en tantas otras el ensayista armado de claridad, sutil verbo y pluma correosa.

Los remos del autor, éste Argullol del que solamente había leído su muy recomendable "La atracción del abismo" (Editorial Destino, 1983), bogarán también, en una suerte de "eterno retorno", hacia lo más profundo de la misma charca. Y tal sucede cuando, sumergido en su escafandra de visionario y de viajero hacia lo íntimo, nos narre las visiones propias del mundo abisal del agua estancada. Comentarios que abarcan el espíritu de los continentes, la personalidad propia de algunos países y ciudades, el entramado y el andamiaje de la poesía, las ráfagas intermitentes que han definido siglos y movimientos artísticos, y que se utilizan como faros espectrales para iluminar el núcleo más oscuro de lo ya acontecido. Pasado, presente y futuro. Brillo, desanclaje e incógnita aterradora.


7 oct. 2014

COSECHA DEL OTOÑO




ESPERANDO EL OTOÑO.
Todavía no ha llegado, aunque está listo para hacerlo, el color de crepúsculo brillante del Otoño, la estación predilecta de los románticos. Y mientras voy culminando un último trabajo consistente en toma de notas, muy inspiradoras para futuras entradas, me enfrento al ansia y a la necesidad, biológica, del cambio de color. Ya ciertamente cansado del alargado tono rubio y tostado del Verano, espero con expectación el primer fulgor del cielo y de las uvas, el resplandor de un limón que se torna cobrizo para terminar, casi extenuado, en un rojo eclesiástico.

30 sept. 2014

LA REVOLUCIÓN SERÁ EN VIVO




GIL SCOTT-HERON                   "PIECES OF A MAN"
Coincido con numerosos críticos y ensayistas literarios en el hecho de resaltar la coincidencia de que muchos de los protagonistas de las mejores obras narrativas, desde la segunda mitad del siglo pasado hasta el presente, aparezcan ante nuestros ojos como auténticos héroes sin atributos. Parece como si el ocaso y decadencia de nuestra más reciente civilización se viera abocada a trasladar el vacío existente como el escenario más adecuado para dar pie a sus pequeñas o grandes historias. Obras como "El hombre sin atributos" de Musil, "Ulises" de Joyce o "Esperando a Godot" de Beckett (por mencionar unas pocas de las más representativas) nos trasladan a un entorno donde los personajes se alejan del estilo épico y totalizador del siglo XIX para, acuciados por un pesimismo congénito a la propia humanidad, mostrarnos en la falta de un carácter fuerte y decisivo la peculiaridad activa del hombre moderno.

Pienso, igualmente, que esa singularidad de la ficción literaria no se da afortunadamente en bastantes de los artistas y músicos de las penúltimas generaciones. Como si huyeran de una invención que les alejara de la realidad (también de los sueños) de su vida cotidiana, muchos de ellos intentan trasladar al oyente sus propias vivencias (además de las experiencias acumuladas), en una suerte de compromiso con la sociedad que les tocó vivir en su momento.Uno de esos músicos fue Gilbert Scott-Heron, trovador de la comunidad negra de su país, auténtico ejemplo de sintonía entre la situación de las clases menos favorecidas en los Estados Unidos de las últimas décadas y, el mismo artista, baluarte de la voz y el texto como arma de denuncia y látigo de las clases dirigentes.

Su propia vida, la de un ciudadano más que aspira a ejercer las oportunidades que la Ley de Derechos Civiles de 1964 le reconoce, es un modelo donde significativamente la decepción y la rabia toman carta de naturaleza. Nacido en 1948 en el Chicago del aluvión inmigrante negro de los estados del Sur, criado en el Tennessee donde la segregación racial es la norma social de convivencia, mudado al Bronx y al Chelsea de Nueva York, ghettos negros e hispanos entonces, sus experiencias alcanzan los más altos grados de exclusión y, al mismo tiempo, sirven de caldo de cultivo para una toma de conciencia militante y prolongada en el tiempo. Su talento natural para la escritura (manifestada incluso antes de encontrarnos con un Gil adolescente), y su paso posterior por la universidad Lincoln de Pensilvania (donde decide dedicarse a la carrera de escritor), sirven para que nuestro Gil pueda practicar su lírica de una forma mucho más concluyente y decisiva.

Los encuentros de Gil Scott-Heron con Brian Jackson en la universidad, un músico muy alineado entonces en el desarrollo del soul como estilo genuinamente negro (posteriormente estudioso de la fusión de ese género con el jazz) y participante destacado en la Midnight Band que liderará en sucesivas grabaciones con el propio Gil, y con Bob Thiele en el Nueva York de los últimos 60, le persuade para dedicar definitivamente su actividad hacia el campo de la música. Este último Thiele, entonces productor de grandes artistas del jazz (desde Louis Armstrong hasta John Coltrane), le guía hacia las enseñanzas de una composición melódica que, desde sus primeras grabaciones hasta el final de su trayecto profesional, le servirán de genuina expresión musical. Ritmos de fusión de jazz, blues y soul, a veces adornados con claros arreglos de pre-música-disco, acompañados por una voz de gran calidez y entonación, muchas veces semejante al "spoken word", harán que de acuerdo con muchos críticos musicales aparezcan los primeros antecedentes del posterior hip-hop y rap negro. La anteriormente citada lírica militante y de denuncia social concederán a nuestro artista una dimensión que pocos de sus pares de entonces llegaron a tener.

Y si hablamos de "spoken word", aunque sea de pasada, debemos referirnos al primer trabajo compuesto por el artista de Chicago. Un "Small Talk at 125th & Lennox" que no deja de ser un sorprendente ejercicio de poesía callejera, musicada en base a una selección previa de sus poesías. Obra publicada en 1970 y que, además de contar con excelentes músicos como Ron Carter (bajo), Bernard "Pretty" Purdie (bateria) y Hubert Laws (flauta y saxo alto), muestra por primera vez uno de los temas que más y mejor representarán a nuestro protagonista, el famoso "Revolution Will Not Be Televised", canción con la que se abre el album que hoy comentamos, el "Pieces Of A Man" de un año posterior.

Este "Pieces Of A Man", clara continuación temática del anterior, nos presenta entonces a un artista que abarca tanto la visión de compromiso social como la del compositor que se sirve de su talento poético para crear una obra de enorme alcance lírico. Frente a los versos incendiarios que buscan provocar la reacción de sus hermanos de raza y clase (en el mismo "Revolution Will Not Be Televised", "Save The Children" y "The Prisoner"), aquellos que relatan la pura miseria de la adicción ("Home Is Where The Hatred Is"), el ahogo existencial de una vida sin valores ("A Sign Of The Ages", "The Needle´s Eye"), la inviabilidad de la apariencia ("When You Are Who You Are") o la fractura de ese hombre sin atributos que comentábamos al principio ("Pieces Of A Man" y "Or Down You Fall"). Toda esta temática de desgarro se torna en sugerencia de alivio y curación en canciones como "Lady Day And John Coltrane" y "I Think I´ll Call It Morning" empleando, como el resto de las canciones mencionadas, todas ellas palabras y frases de una riquísima representación plástica, de un muy alto significado poético además.

No solo el futuro más inmediato de Gil Scott-Heron le llevó por esta misma orientación compositiva. Sus posteriores grabaciones hasta su muy postrera de 2010 "I´m New Here" (y recuerdo especialmente ahora la obra que quizás tengo más "trabajada", el "The First Minute Of A New Day" con la Midnight Band de Brian Jackson), le mantienen en las mismas cimas de altura expresiva. Ni los prolongados espacios (más de una década desde 1993) de silencio, ni los problemas legales que arrostró por su posesión de estupefacientes, pudieron calmar su pacto de compromiso con los suyos, con todos nosotros en definitiva. Gil Scott-Heron fue un auténtico hombre con atributos.