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24 feb. 2014

UNAMUNIZÁNDONOS




MIGUEL DE UNAMUNO               "ENSAYOS"
¿Existe algún vínculo entre la elección temporal de la literatura que se lee y la edad del lector?. ¿Puede pensarse que conforme vamos creciendo en años optamos, mayoritariamente, por seleccionar nuestra lectura hacia terrenos más serios, prescindiendo de una literatura más banal?. Creo sinceramente que no. Mi abuelo materno, que fue uno de los poquísimos humanistas (en el sentido renacentista de la palabra) que he tenido la suerte de conocer, grandísimo lector y propietario además de una importante biblioteca, terminó su larga vida leyendo las novelitas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía. A la inversa, en lo que estrictamente se refiere a la edad del lector, cuantas veces en nuestra primera juventud (o adolescencia) nos hemos enfrentado a grandes obras, filosóficas, ensayísticas, incluso novelísticas que,  una vez leídas,  no han llegado a cuajar completamente en nuestra entonces incipiente cultura literaria. La literatura como mero ejercicio de ocio, sin entrar en elucubraciones intelectuales, tiene afortunadamente mucho de pasatiempo y, en ese apartado, poca importancia debería tener la edad para inclinar la voluntad de un lector hacia obras más o menos serias y complejas.

No obstante no deja de ser cierto que, conforme nos vamos haciendo mayores y nuestro apetito sexual decrece, tendemos a sublimar las acciones que puedan representar un ejercicio más pasivo, más de índole puramente personal o individual (y no por ello menos enriquecedor)  frente a aquellas otras de exacerbada energía orgánica, como si naturalmente buscáramos un balance emocional que compensara las pérdidas biológicas con otras ganancias, más propias de la misma vida interior. Y ocurre a veces, también, que la lectura de determinados autores nos sirve como agente inmunizador frente a esas carencias que, ley de vida, a todos nos llega. Obras y escritores que actúan como catalizadores, potenciando el gusto por la lectura serena, la reflexión, la recogida de un fruto que ya puede considerarse maduro. Miguel (don Miguel) de Unamuno y Jugo es uno de esos autores.

Conocía bastante más la obra novelística y poética de don Miguel y debo decir, y creo que en ello concurriré con muchos de sus lectores, que ambas son magníficas. En todos los formatos que utiliza, sea independientemente prosa o poema, late al unísono un contenido casi concurrente. El ansia por encontrar un significado trascendente a la vida, bien sea desde los mismos quehaceres humanos de los protagonistas de sus obras, bien desde sus mismos versos; en ambos casos estableciéndose un riquísimo diálogo externo e interno, uno normalmente cruzado con el antagonista que siempre suele aparecer en sus novelas, el otro canalizado hacia el propio poeta narrador. No había, hasta ahora, dado cuenta del don Miguel ensayista, aquel autor que, a la luz fulgurante de su vastísima cultura humanística, muestra al lector interesado todo un cúmulo de conocimiento e interpretación personal que, entre ensayo y ensayo, vienen a conformar lo más sustancial de las propias creencias del escritor bilbaíno.

Los ensayos más conocidos de don Miguel., "Vida de Don Quijote y Sancho", "Del sentimiento trágico de la vida", "La agonía del cristianismo", "Prólogos" y "Aforismos y definiciones" están publicados en el tomo X de sus Obras Completas, publicados por la Biblioteca Castro (al amparo de la Fundación José Antonio de Castro). Entre las páginas de éstos sus libros palpitan los sentimientos más propios y auténticos del escritor vasco. Desde el ensalzamiento del ideal humano de Don Quijote, trasunto de locura de amor, como ejemplo vital a seguir, hasta el necesario apartamiento de la razón lógica para entender su postura ante el hecho de la fe (y de la esperanza en la trascendencia), pasando por la argumentación de la lucha del hombre por ser sobrehumano, por ser cristiano (muy curiosa y concluyente aquí su visión sobre la orden religiosa de los jesuitas), terminando en una serie de escritos a modo, muchos de ellos, de prólogos para obras de otros autores (excelente, por reseñar solamente uno, el dedicado al filósofo e historiador italiano Benedetto Croce). Todo él , todo el Unamuno pensador, se asemeja a un vívido torrente de conocimientos, interpretaciones, pasiones intelectuales y credos que no dejan impasible, haciéndole partícipe, al lector atento.

Unamuno se nos muestra en sus ensayos a carta cabal, sin tapujos ni medias tintas. Se podrá o no estar de acuerdo en muchos de los términos y conclusiones a las que llega el escritor bilbaíno pero, también a fuerza de ser honesto con uno mismo, no puede el lector quedar incólume ante el planteamiento que, casi obsesivamente, nos presenta don Miguel en éstos sus ensayos. La necesidad perpetua y permanente de la duda, como mayor signo y reconocimiento vital de nuestra propia existencia y, lo más importante, el anhelo innato por trascender, por no morir del todo, por (con)vivir en y para los demás, y así, poder (sobre)vivir eternamente en uno y en todos. Reproducir, para finalizar, unas breves palabras de don Miguel que cuadra con lo indicado anteriormente, de lo que era perfectamente consciente el autor: "Todo escritor que se estime ha de aspirar a ser continuamente discutido, a no ser nunca del todo y por todos aceptado".


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