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31 ene. 2014

RECTIFICAR ES DE SABIOS.




THE ROLLING STONES           "SOME GIRLS"
Cerca de medianoche acontece un súbito apagón en casa y me acerco renqueante a la claraboya de la buhardilla. El cielo tiene un extraño aspecto brillante, un azul añilado que aun no ha llegado a ser pizarroso pero que muy pronto quedará hipnotizado por el inmenso ojo de la lechuza. Adivino las luces centelleantes de dos aviones que vuelan hermanados en el infinito, altísimos en un viaje que presumo les pueda llevar a Roma o a Beirut. Y desde aquí abajo imagino que los pasajeros estarán contemplando el resplandor cobre y limón ácido de mi ciudad desde sus ventanas, advertidos rutinariamente por alguna azafata que, pocos instantes después, añoraría a su hijo pequeño, en ese momento supuestamente atendido por su suegra Hellen en los Brooklyn Heights de Nueva York.

No entraba en mis planes dedicar una entrada a los de Dartford de forma inminente, ni siquiera a medio plazo, tan asumida tengo su historia, tan consciente soy de la inutilidad de decir algo más sobre la banda inglesa, que me parecía tarea baldía aportar un grano más de arena, sin duda insignificante, entre dunas de desiertos interminables. Dos años después de la publicación del "Black And Blue" en 1976, servidor ya era un devoto seguidor del primer punk y de la "new wave" y consideraba, como muchos otros de mi generación, que los Rolling Stones estaban ya algo superados y que, muy a su pesar, poco podrían aportar en ese excitante momento de cambio y revolución. Mis pocos ahorros de entonces, sabia decisión, fueron gastados en la compra de los discos que los nuevos grupos e intérpretes de esa época prodigiosa sacaron a la luz. Decidí entonces dejarles a un lado, nunca olvidarlos, quizás en cuarentena temporal a la espera de un posterior rescate. Decisión que, con el paso del tiempo y a la vista de las obras que la banda iba sucesivamente publicando, me pareció correcta y oportuna. En una palabra, consentí en "castigarles sin postre" y marcar en mi ideario musical un antes y un después. Óptimo desde "The Rolling Stones (England´s Newest Hit Makers)" hasta "Black And Blue", ignorado desde "Some Girls" en adelante. Catorce años maravillosos, eso sí. 

"Some Girls", si. Pasa el tiempo (tan despacio) y surgen comentarios, leo artículos en los medios, compro libros, escucho algunos singles del disco (el "Miss You" nunca me puso a tiro de nada) y no reacciono. Me hago mayor (tan deprisa) y me acogotan los sudores fríos del zahorí, rata entre platos y amplificadores, seguidor de colecciones, completista de artistas, grupos y sagas, investigador de vida y milagros varios de protagonistas hechos fetiches a fuerza de idolatrarles. Nada pasa, solo el tiempo (tan despacio), tiempo que se convierte en mármol antiguo década a década. Algo, no obstante, me dice desde el interior de mi mazmorra que quizás debería dar una oportunidad a este disco, "Some Girls", que si tanto el río suena por algo será, ya han entrado en juego las innumerables listas de entendidos en la materia, aficionados de bien, que califican este disco como "el último gran disco de los Rolling Stones" y tildan de poco menos de infame a aquél que no lo tuviera en su colección. Hasta que, al fín, una fría y ventosa noche de noviembre de 2013 me decido, y compro el vinilo reeditado. (Estaba en oferta, también cuenta)

Si he admirado, y lo seguiré haciendo, a The Velvet Underground es porque sacan luz de la sombra y si, de igual manera, soy fan de los Rolling Stones (no me lo tomen a mal, desde ahora solo hasta "Some Girls") es porque su música es luz perpetua, no importa su presencia en el claroscuro de la noche o en el fulgor del amanecer, su resplandor se asemeja a la de la esfinge a cuyo altar acudimos todos a depositar nuestra corona de laurel. Y "Some Girls", más vale reconocerlo tarde como en mi caso, no defrauda al oyente acostumbrado a dejarse balancear por ese tan encantador arrullo "stoniano", fuerte y agresivo en cualquiera de sus formas estilísticas, dulce como un beso a deshora de aquella que siempre pensamos inaccesible. 

El album es un perfecto compendio de lo que debe ser un buen disco de rock, un cúmulo de canciones que busquen, o por lo menos intenten, la perfección, y en "Some Girls" éstas se dan. Hay una tensión contenida y amable en gran parte de las canciones, no aquella propia de la mejor viola atonal de John Cale (la que más me sorprende, hasta ahora), más bien un choque de palma contra palma cuando hemos conseguido el triple que nos da el partido, el dulce trompazo de cadera contra cadera cuando bailamos en la discoteca, el pálpito que queda en las ingles cuando nos separamos del otro cuerpo. Y para ello la banda reforzó, como signo de identidad del disco, una línea de guitarras directa, agresiva y brillantísima (gran trabajo el del ingeniero Chris Kimsey). Qué bien se compenetra Kiz con Ronnie, la solista saltarina de aquél con el "pedal steel" expansivo de éste, una batería de Charlie precisa y curtida, perfectamente acoplada a la velocidad de la grabación, a veces aquietada, otras trotona como un simón. Bill cumple con creces, afortunadamente se le escucha en todas las canciones y Mick, que ya por entonces quería mostrar sus recientes adelantos con la guitarra (escuchar su aportación en "Far Away Eyes"), pone además la guinda vocal con algo más que su característica chulería, con convicción, modulación agresiva o susurrante en su caso, un gran trabajo el suyo. Ian McLagan (ex Small Faces, The Faces) al piano eléctrico, Sugar Blue a la armónica, Mel Collins (ex King Crimson, Camel, Alan Parsons Project) al saxo y Simon Kirke (ex Free, Bad Company) colaboran, entre otros, a dar lustre a la grabación.


The Glitter Twins, ya ubicados a últimos del 77 y primeros del 78, momento en que tiene lugar la grabación del disco en los estudios de EMI en París, son conscientes de la necesidad de aportar a su nueva obra los estilos e imagen (la atractiva portada de Peter Carriston no deja de ser un reclamo perfecto) que por entonces causaban sensación. La música disco triunfaba en todas las pasarelas y el punk escupía su rabia por las aceras.  Así "Miss You", es una canción que refleja fielmente el brillo de las lentejuelas en los "mirror balls", o "Shattered", en el otro extremo más punk-new wave, con sus acordes y percusión cortantes y acelerados, da un guiño cómplice a la nueva generación de oyentes comprometidos con el cambio. Temas otros que son pura orfebrería "stoniana", bien en sus variantes balada-disco "Beast Of Burden" (magnífica cadencia melódica) o clásicas como "Imagination" (versión del original "Just My Imagination" de los Temptations), toques "country" (la sombra de Gram Parsons seguía siendo alargada) en "Far Away Eyes" (excelente recitación aquí de Mick), revoltijo de rythm & blues clásico en el muy brillante "When The Whip Comes Down" y en el conciso y potente "Lies", el blues más arrastrado de "Some Girls" (objeto en su día de una ridícula controversia por su supuesta exaltación racista y machista), el "nuevaolero" azote de "Respectable" y, para mí, la auténtica joya del disco, "Before They Make Me Run", un himno "outlaw" que recoge lo mejor del "Exile".

Hay también un trasfondo muy destacado en el disco y es la querencia de la banda, que me imagino muy influenciada en este caso por el petulante de Mick Jagger, por la ciudad de Nueva York. En muchos de los textos aparece mencionada la nueva Sodoma. La aparición de sus calles congestionadas por paisanaje de todo tipo, su ambiente de lujo y exceso decadente, degradación social, vicio, muerte y sexo perpetuo, plataforma donde empieza y culmina todo lo nuevo, gran creadora de banalidad, devoradora de la voluntad de sus aduladores, es tomada más que con denuncia con no disimulada admiración, como una recomendación para todos aquellos que quisieran estar en el lugar adecuado, viviendo a la última moda de la capital del mundo. Convencido estoy de que los Glimmer Twins estudiaron el muy positivo efecto comercial que los textos y el ambiente imaginado del disco podrían causar a sus oyentes. Tan es así que "Some Girls", desde su publicación en Junio de 1978, llegó enseguida al número 1 del Billboard 200 y al 2 del UK Top 50 (no pudo sobrepasar al "Saturday Night Fever", ver para creer)


"Some Girls" no llega a la cima del póquer del grupo ("Beggars Banquet", "Let It Bleed", "Sticky Fingers" y "Exile On Main Street") y se queda, y no es mal nivel, a la altura de un "Goats Head Soup", "It´s Only Rock´N´Roll" y "Black And Blue". Lástima que a partir de entonces no diera la banda  la talla de antaño. Ya sabemos lo del excesivo protagonisno de un Jagger auto-divinizado durante la siguiente década, su intención de dirigir la música hacia los derroteros impuestos por la moda de cada momento, la lucha (?) de Kiz por mantener el primer y originario espíritu de Dartford y, como colofón, la deriva que sumó a la banda en una atonía creativa que todavía perdura. Dicho esto, no obstante, igual que rectifiqué en su momento con este magnífico "Some Girls", admito cualquier sugerencia o recomendación que los interesados en que corrija mi actitud sobre el trabajo posterior de la banda quieran hacerme.


Entrada dedicada al insigne bloguero y hombre de música Savoy Truffle, artífice verdadero del cambio de rumbo.






27 ene. 2014

RAREZAS II / DRAGONFLY




"DRAGONFLY"
Habíamos dejado a nuestros héroes The Legend ya instalados de vuelta en la bella ciudad de Durango, Colorado, antes del verano de 1968. Muy cercanos los días de sus últimos y controvertidos conciertos en la ciudad tejana de El Paso y, no tan lejanos (por lo menos nunca en los ecos de su intensidad) los acontecimientos vividos en Los Ángeles desde es mismo inicio de año. La banda subsiste en una especie de resaca emocional, "maremagnum" de recuerdos y vivencias, "pastiches" mezclados en un tiempo presente que, como en una turbulencia kaleidoscópica, parece ofrecerles, frente a la imagen descompuesta de una traición grisácea, el anhelo por un futuro más brillante y colorido. En la pequeña escena de Colorado el grupo inicia su recuperación y, para ello, ahonda y se esfuerza en consolidar un estilo por el que llegarán a ser conocidos, si bien parcialmente. "Ese esfuerzo de transición y hard-rock que suena como una expedición ascendente al altar del "fuzz-pedal..." (sic), según la acertada expresión de uno de los mayores conocedores de la banda, Aaron Milensky. ( Flashback Issue 2, Winter 2012)

Y ya que seguimos en Colorado, y sin salirnos demasiado del guión, la corta trayectoria de The Legend no debería pasar por alto la existencia de "The Family Dog" en Denver, uno de los grandes lugares de referencia musical a finales de la década de los 60 fuera del entorno costero de California. Su lejanía, más de 2.000 kilómetros en línea recta desde San Francisco, no fue nunca obstáculo para que las bandas más conocidas asentadas en la bahía y en la gran conurbación de Los Ángeles, viajaran a la capital del estado para actuar en vivo y, así, muchos de los grupos residentes en la ciudad tuvieron la oportunidad de verlas en directo y empaparse de los distintos estilos y experimentos musicales que muchas de ellas habían ya en cierta medida consolidado. Tal es el caso de nuestros amigos de The Legend que, ya en los últimos días de diciembre del año anterior, esta vez como Jimmerfield Legend,  habían actuado en su escenario junto a Soul Survivors y el The Box Tops de Alex Chilton. (No hubo lugar para mayores alegrías musicales ya que la policía local se encargaría de hostigar con saña a "The Family Dog", de tal manera que su dueño, Barry Fey, tuvo que clausurarlo a finales de Marzo de ese mismo año de 1968).



Un afortunado golpe del destino viene a impulsar la historia de la banda, y lo hace, curiosamente, a través de uno de los productores-tiburón que habíamos dejado en Los Ángeles en la entrada anterior. Mientras giraban asíduamente por la escena local aparece de improviso Marty Brooks y queda, literalmente, alucinado con el nivel musical de sus pupilos. Éstos, que ya prácticamente, habían desechado cualquier atisbo de grabar en un próximo futuro un nuevo disco, escuchan con delectación, pero también con cierta cautela (muy presente aún el fiasco de su primera experiencia con MegaPhone Records a principios de año) los comentarios elogiosos de su mánager y productor asociado quien, de vuelta a Los Ángeles, convence a su socio Tony Sepe para proponer a la banda la grabación de un nuevo trabajo, esta vez con temas compuestos por los propios miembros de la banda y bajo la batuta de un productor de prestigio.

La banda, convencida por sus "mecenas", vuelve a Los Ángeles, aunque entonces ya no cuenta con uno de sus miembros, el teclista Ernie McElwain. En Junio de ese año los encontramos trabajando a las órdenes de Richard Egizi, productor elegido, en los I.D. Studios de North Hollywood. La construcción del album, basado fundamentalmente en composiciones propias, está abierta al flujo de todo tipo de ideas que puedan surgir tanto de los propios músicos como del productor. Lo mismo ocurre con los arreglos, función a la que se dedica con ahínco todo el grupo, como si se tratara de una sola unidad. Una vez completadas las sesiones, Richard Egizi se pone en contacto con Hank Cicalo, experto ingeniero conocido al haber trabajado previamente con gente como The Monkees y Carole King, y él se encarga de hacer las últimas mezclas en los Amigo Studios de la misma localidad.

¿Qué es lo que contiene la grabación y lo que, en definitiva, quedará como nuevo trabajo del grupo? Temas que van desde fuzz guitarreros de ilimitada expansión, y ya entramos en los títulos del disco, como "Blue Monday", hasta combinaciones psicodélicas que mezclan trotes melódicos lentos y acelerados en "Enjoy Yourself", elucubraciones entre teclados eléctricos y guitarras con descomunales riffs costeros en "I Feel It", experimentaciones puras en "She Don´t Care", "Darlin´" y "Mile Away", ésta última abierta a múltiples direcciones y con final abrupto, o guiños de art-pop brillante en "To Be Free", "Crazy Woman", "Time Has Slipped Away" y "Portrait Of Youth" (concomitancias en éste último caso con el "Portrait Of You" de The Who, una de las referencias declaradas por el grupo), sin dejar de lado espectaculares versiones blueseras del "Hootchie Coochie Man" de Willie Dixon y una incursión barroca en una pieza instrumental, "Trombodo", que arrullándose en un fragmento del "Concierto De Aranjuez", da pie para adentrarse en una excentricidad armónica creada por el propio productor Richard Egizi.

Lamentablemente, incluso antes de que terminaran las sesiones de grabación, las relaciones entre el grupo y los productores-tiburones fueron de mal en peor. Escarmentados por su experiencia anterior y por el mal ambiente reinante, los músicos exigen a los productores que les liberen de sus obligaciones contractuales, cuestión que éstos les aseguran con tal que la grabación puede finalizarse. Al final de la misma se encuentran con que habían perdido los "copyrights" de las composiciones, última carta que se guardaron Marty y Tony en su degenerada labor de robo e intromisión. Ésta es la gota que colma la paciencia de la banda que decide, paso seguido, su disolución. Ruptura a la que también contribuye la situación mental de alguno de los miembros, Gerry Jimmerfield, no era de extrañar,  había sufrido con anterioridad algún que otro ataque severo de nervios.



Sin banda que pueda promocionar el postrer trabajo de The Legend, el nuevo album aparece en Octubre de 1968 bajo el nombre de "Dragonfly", un título inspirado por el insecto que aparece en la pintura de la cubierta, obra que el productor Marty Brooks compra a un artista callejero de Sunset Strip, personaje empapado en ácido y que, por lo visto, solo se comunicaba con sus semejantes mediante sonidos que emulaban a los de distintos animales. Sin nombre de la banda en la portada, ni referencia alguna a los músicos autores del disco, la mayoría de los críticos coincidieron en apuntar que la decisión del título fue un claro reflejo de la necesidad de alejarse de la frustrante experiencia de la grabación anterior.

Una lástima porque Dragonfly, o The Legend II si quisiéramos aplicar una secuencia más lógica a los acontecimientos narrados, supuso con su postrera obra no solo un verdadero paso adelante en la historia del grupo, sino una forma clara y diáfana de plasmar el engarce entre la música que se estaba haciendo a finales de los años 60 y lo que vendría inmediatamente después. Perfecto ejemplo del tipo de rock progresivo que ciertas bandas, como The Legend, estaban entonces creando. Grandes referencias del primer hard-rock como "Vincebus Eruptum", "In-A-Gadda-Da-Vida" o "Steppenwolf" no habían llegado todavía. Antes de Led Zeppelin, antes de Grand Funk, o antes de MC5, antes también de la larguísima onda de bandas de hard o heavy que inundaron la década de los 70, existió un grupo como The Legend, ¿o deberíamos decir una banda como Dragonfly? La solución final no tendrá continuidad.




23 ene. 2014

DOS BILBAÍNOS DE PRO.





JON JUARISTI             "MIGUEL DE UNAMUNO"
Adentrarse en la obra de don Miguel de Unamuno es labor de alto calado emocional. Bien sea en su novelística (o "nivolística", ¿deberíamos decir?), poesía, ensayos filosóficos y profanos, relatos de viajes, artículos periodísticos, en todo y en parte supone una enorme gratificación para el lector. Más que un mero autor, escritor o poeta, Unamuno fue un auténtico humanista, extraordinario acumulador del saber antiguo y del de su época, y como tal, se sintió afortunadamente obligado a transmitir sus amplísimos conocimientos y opiniones no solo a sus alumnos y lectores coetáneos, que le acompañaron en su ciclo vital también, sino a todos aquellos que en el tiempo futuro le sobrepasaron, siendo sus otras vidas la esperanza y la obsesión suya perpetua por la inmortalidad del hombre. Sin duda, su prolífica obra e inmenso significado le colocan como el gran intelectual español del siglo XX, el más representativo de la generación del 98 y el de mayor influencia social de los últimos 150 años.

Recoger todo el cúmulo de sabiduría, experiencia, comportamiento y compromiso intelectual de un personaje de tal envergadura en un libro biográfico no es tarea fácil. Lo logrado por su paisano bilbaíno Jon Juaristi con su "Miguel de Unamuno", un título más de la excelente colección de "Españoles Eminentes" de la editorial Taurus, merece mucho más que elogios. Su prosa excelente, además de erudita y englobadora al manejar con gran acierto un compendio ingente de datos biográficos, bibliográficos e históricos, siempre resulta atractiva al usar en todo su texto un lenguaje actual y alejado de academicismos, cercano al lector interesado y sin olvido para aquellos que se acercaran por primera vez al autor vasco. A fuerza de ser justos, este libro es tanto un éxito para el propio Unamuno, en tanto actualiza su particular y extensa visión del mundo y del hombre, además de dar a conocer su amplísima obra, como del mismo Juaristi, que logra crear un trabajo de entidad propia, un corpus que emana vida "juaristiana" desde sus primeras páginas, tan personal es su interpretación, tan acertado el enfoque memorialístico de los actos y acciones del biografiado.

Lo más interesante del libro es la conexión entre la obra y la vida de Unamuno y cómo éstas, íntimamente relacionadas, van creando al hombre que fue don Miguel. Tan solo aprendiz curioso en su principio vital, alumno de gran talento y capacidad asimiladora en su estancia universitaria en Madrid (siempre detestó la ciudad), personaje ya con cierto protagonismo social, tanto en el Bilbao anterior a la última década del siglo XIX, como en su larga etapa en Salamanca a partir de 1891 (45 años en total en la ciudad castellana). En ambas escenas locales arrebatadoramente comprometido con ideas y doctrinas que le llevan a militar en corrientes afines al socialismo republicano, en la última, la salmantina, cuna de su sobrecogedora conmoción espiritual, también plataforma de su telúrica lucha contra la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía borbónica, mas, ¡hay!, allí se desarrolla el escenario de su vergonzosa (y convencida) adhesión a las fuerzas militares que se alzaron contra la República, ya desengañado del régimen al que tanto contribuyó para su llegada. Su último acto público, en las postreras fechas de octubre de 1936, en el que se enfrenta valientemente al general Millán Astray y parece "recobrar" cierta dignidad política, no sirve más que como perentoria catarsis ante una muerte en soledad que le libera, al fin, el postrero día de ese año infame.


Muy recomendable su lectura para todos aquellos interesados en la impresionante figura, por méritos humanos e intelectuales de enorme importancia, de un hombre que marcó un antes y un después en la historia reciente de nuestro país. Para los que no conozcan su obra (el personaje evidentemente es común patrimonio de todos los españoles, por lo que sería lógico entender que a todo el mundo le suena su nombre), magnífica ocasión para adentrarse en la "intrahistoria" (al que el autor Juaristi sabe en este su libro sacarle el máximo jugo, valga la redundancia si recordamos el segundo apellido de don Miguel) del escritor vasco. A todos, en definitiva, la obra biográfica de Juaristi invita casi inexorablemente a leer a Unamuno, a dejarse vencer y convencer por su inigualable prosa, a ser más buen hombre como él siempre pretendió, a soñar una vez más en la eterna caricia de la inmortalidad, como él siempre anheló.


21 ene. 2014

RAREZAS I / THE LEGEND I





THE LEGEND
Comienzo hoy una nueva sección a la que he bautizado como "Rarezas". Aparecerán en ella bandas o artistas que casi nunca, salvo para los muy entendidos (entre los que no me encuentro evidentemente, aunque mi contacto con esas "rarezas", valga decirlo,  pocas veces ha sido ocasionado por la casualidad), han asomado por encima de la superficie primera que conforma el gigantesco iceberg de la música rock. El objetivo de esta sección es dar a conocer esas bandas y artistas a todos aquellos que ignoraran su existencia, también colocarlas en el panel del recuerdo de esos otros aficionados que, conociéndolas, las tengan algo olvidadas. Espero que entretenga al lector curioso, tanto al que se inicie como al ya ducho.

El honor de inaugurar esta sección la tiene una banda americana, originaria de El Paso (Texas) y sus zonas limítrofes, aunque sus seguidores les tienen más y mejor ubicados en la ciudad de Durango (Colorado), "a beautiful town nestled in pine-covered mountains", ya que allí fue donde residieron y ejercieron como banda durante una gran parte de su vida artística. Su nombre, The Legend o, más exactamente, Dragonfly. No, no pretendo confundir al interesado y, si es paciente como así lo espero, confío en aclararle suficientemente la razón de este intrincado doblez.

Guiémonos por uno de los miembros de la banda, el personaje más atractivo por ejemplo, no solo por ser el "alma mater" del sonido de la banda con sus guitarras Fender Telecaster y Super Reverb del 65, si no también por ser disléxico y, consecuentemente, encontrar muchísimas dificultades en el aprendizaje del instrumento (dificultades que, con gran esfuerzo e incansable dedicación, va resolviendo con el transcurso del tiempo).William Randolph Russ III, Randy  para los amigos. Aunque nacido en Florida en 1946 su familia se establece en la localidad fronteriza de El Paso. Allí forma sus primeras bandas, The Emeralds y The Instigators, y no le falta tiempo para cruzar el puente y ver al gran Long John Hunter (una de sus reconocidas y grandes influencias) en un club llamado "The Lobby", ya en la ciudad mejicana de Júarez. A la ruptura de The Instigators Randy forma una nueva banda, The Infants of Soul, mientras socorre pecuniariamente a su mujer e hijo trabajando en una zapatería...(..."I hated it!, smelly feet and all that stuff"...) y es entonces cuando recibe una llamada telefónica desde Durango, algunos de aquellos amigos que formaron sus primeros grupos le requieren para que se una a su entonces banda, The Lords of London.

Vemos entonces, nos situamos a mediados de 1967, a Randy instalado en la ciudad homónima de la bella villa vizcaína ensayando (y de qué manera, ya saben porqué...) con los que iban a ser sus compañeros de banda, Gerry Jimerfield (voz y guitarra rítmica, líder del grupo), Ernie McElwaine (teclados), Jack Duncan (bajo) y Barry Davis (batería) en un contexto donde las influencias soul y blues se amalgamaban con las más puramente inglesas de The Who, Kinks, Yardbirds, sin obviar a las que, como guitarrista, Randy más atendía, Jeff Beck, Jimi Hendrix y el Clapton de Cream. A mediados de ese mismo año el grupo cambia de nombre. De The Lords of  London (homónimo de otra banda canadiense que por entonces tuvo un cierto hit comercial) a The Jimerfield Legend, posteriormente acortado como The Legend. Se suceden las actuaciones en vivo y la banda adquiere una cierta repercusión local. Es tiempo de ahorro y pensar en buscar un sello para grabar sus canciones. Movámonos a California entonces, donde ya tenían hecho un primer contacto en Los Ángeles, para negociar un contrato en condiciones.

El contacto inicial resulta ser un fiasco y, en un segundo intento, la banda contrata con un pequeño sello llamado Megaphone Records, sus ejecutivos, tiburones de la época (que se sepa sus nombres para escarnio y eterno menosprecio: Tony Sepe y Marty Brooks, que además ya las habían tenido con un tal Mickey Dolenz), manejan abundante pasta fresca procedente de una inversión extraña (no, no es lo que se imaginan). Mientras la banda se instala en un motelucho de Sunset Strip, a razón de 12 $ de gasto total diario, los capitostes del sello, que también exigían a sus pupilos ser los productores ejecutivos de la grabación (sin tener ninguna experiencia previa en tal actividad), gastan el dinero a manos llenas. Estamos ya en Febrero de 1968 y, atendiendo un compromiso previo en Colorado, la banda vuelve a su estado de residencia para realizar varios bolos, no si antes dejar grabado en un par de estudios de Hollywood un total de 4 temas. Cual sería su sorpresa cuando a la vuelta a Los Ángeles se encuentran que Tony y Marty han contratado a músicos de sesión para finalizar la parte instrumental del album, trabajo que queda lejos del sonido que la banda ofrecía en ese momento en directo y que, lógicamente, produce una situación de alta tensión. Si tenemos además en cuenta que los dueños del sello pretendían, con el fin de promocionar el album (completado con diversas versiones de "covers" de la época), que el grupo girara presentando un disco que realmente "no era suyo", podemos fácilmente entender que el malestar originado les llevara a pensar en dejar la ciudad californiana y refugiarse en su Durango del alma. "Sixties exploitation" a la carta, un menú nada raro en la historia de centenares de bandas de entonces.

El album, titulado meramente como "The Legend", según los estudiosos posteriores (la crítica pasó totalmente de él, y yo no lo he escuchado nunca), no dejó de ser un trabajo sorprendentemente aceptable. Aunque le faltaba, hablo por boca de otros, "la energía de una banda real, era no obstante un acertado compendio de pop garajero de los últimos 60 con toques psicodélicos y algún arreglo Motown, un disco en definitiva al que raramente se le podría considerar como comercial en la época". Haciendo de tripas corazón (había que comer y pagar facturas) la banda acepta girar para promocionar el ingenio de marras. Un presupuesto limitado obliga a incentivar la imaginación, tal es así que deciden rotular su furgoneta con el motivo "The Legend and Megaphone Records", además de pintar sus caras en la carrocería del vehículo, y de repartir los singles y el Lp entre los estudiantes a las salidas de los "high schools" de la zona de Hollywood. Habría que haberlos visto, ¡toda una imagen del "stardom" al que gran parte de los artistas de rock siempre han aspirado, y a pocos pasos de las residencias de las grandes estrellas ya consagradas, vecinas del mismo barrio!

Antes de que The Legend se refugien definitivamente en Durango, los fementidos de Tony y Marty aun tienen tiempo y ganas de sacar un par de singles más del trabajo inicial. El primero en Abril de 1968. Cuenta con la participación a la voz de un colega tejano de la banda, un tal Mike Kelly, con una voz portentosa de soul blanco (en 1968 era muy raro ver a blancos cantar soul), que graba dos "covers" de confección pop: "I Love The Little Girls (With The Shirley Temple Curls)" (maravilloso título) y "I Know". El segundo, un mes después, contiene dos temas propios de la banda, "Portrait Of Youth" y "Enjoy Yourself", ambos se incluirían en el único Lp que grabarían como Dragonfly, y suenan mucho más a lo que realmente ya representaba el sonido del grupo, una apisonadora taladrando un muro, las guitarras de nuestro amigo Randy zumbando con su "pedal fuzz" garajero y Barry Davis emulando al mejor Keith Moon con unos redobles contundentes. Cuando este segundo single muere (de inanición, nadie apenas lo compra), el grupo decide dejar definitivamente la ciudad angelina y se dirigen a Waco, Texas, donde dan sus dos últimos conciertos antes de regresar a Durango, en realidad uno solo ya que al inicio del segundo fueron expulsados debido a su atronador sonido.


The Legend que, a mitad de 1968 era una formidable banda de directo, había también cuajado de forma intensa entre sus propios miembros, tanto así que en esa época empiezan sus primeras experimentaciones en formatos de canciones con una extensión más prolongada, explayándose en interludios de guitarras rítmica y principal que propiciaba un sonido mucho más potente y cohesionado, facilitando al mismo tiempo una más intensa presencia de una base rítmica más contundente. Están a punto de dar el salto y convertirse en la primera banda "proto-hard" de sonido arrollador, antes incluso que los primeros Blue Cheer, Savage Resurrection o SRC. ¿Lo harán como The Legend o como Dragonfly?. El lector interesado tendrá su premio en la segunda parte de esta conmovedora historia.

13 ene. 2014

ALICIA HA VUELTO A CANTERBURY




CARAVAN                   "IN THE LAND OF GREY AND PINK"
..."Hobbits are an unobtrusive but very ancient people, more numerous formerly than they are today; for they love peace and quiet and good tilled earth: a well-ordered and well-farmed countryside was their favourite haunt. They do not and did not understand or like machines more complicated than forge-bellows, a water-mill, or a hand-loom, though they were skilful with tools. Event in ancient days they were, as a rule, shy of "the Big Folk", as they call us, and now they avoid us with dismay and are becoming hard to find" (The Lord Of The Rings, Prologue I, Concerning Hobbits. J.R.R.Tolkien)

A mediados de 1960 el último "hobbit" reconocido de la edad moderna (para otros vendría a ser el postrero "beatnick" o el primer "proto-hippie"), un australiano llamado Daevid Allen, se instala en la casa de los padres de Robert Wyatt en Lydden, en un medio destartalado caserón llamado "Wellington House" situado apenas a 10 millas de la ciudad de Canterbury, desde el siglo VII cuna del cristianismo inglés y solar de los muy recomendables "Cuentos" de Geoffrey Chaucer (y la no menos celebrada película homónima de Pier Paolo Pasolini). Daevid, harto de una sociedad ultraconservadora y pacata como la australiana de la época, armado casi exclusivamente de su profusa colección de discos de jazz, música oriental y cuadernos de poesías propias, elige el viaje iniciatico como culminación de una aventura de conocimiento personal a gran escala, sin fronteras previas ni objetivos previamente trazados. Desconocemos la razón por la que su peregrinación en Inglaterra le llevara al hogar de los Wyatt, gente liberal "a la inglesa", es decir, con su punto de excentricidad (nunca de esnobismo), contrastada tolerancia política y religiosa y, casi siempre, un prurito de carácter traumatizado a consecuencia de una sexualidad que nunca conseguiría evitar su puritanismo, marca de origen del país. Se comentó en su día, según cuentan algunos conocedores de la familia, que los padres de Robert llegan en algún momento a expulsar a Daevid de su casa acusándole de ser el causante de una tentativa de suicidio de su hijo, cuestión que no queda del todo clara toda vez que el mismo Robert se traslada a Londres a mitad de 1962 para reunirse con su camarada australiano.

A principios de 1963, seguimos en la capital británica, Daevid, Robert y Hugh Hopper, que también frecuentaba la casa de Wyatt en Lydden, forman el Daevid Allen Trio, banda que sería el embrión del primer gran grupo progresivo de la música inglesa, los muy celebrados The Wilde Flowers. Y de este grupo seminal, como ya muchos saben, saldrían las dos grandes bandas (entre otras de menor valor, aunque no importancia) que confirmarían el llamado "sonido de Canterbury", Soft Machine y Caravan. Sonido que se bautiza por la prensa de entonces como "de Canterbury" (caracterización de la que nunca estuvo conforme Wyatt) ya que esos The Wilde Flowers deciden abandonar Londres y establecerse de nuevo en su campiña original de Kent, propiciando que tanto los músicos de la banda original como los de las otras mencionadas, vuelvan a convivir y trabajar en un entorno alejado de las presiones y los turbios manejos del negocio discográfico de la "city" (mucho más sangrantes entonces que ahora), más propicio, en definitiva, a seguir unas coordenadas más enraizadas en una cultura hippie, campestre y comunal. (El gran Ronnie Lane lo haría años más tarde en Gales).

Si a los nombres ya mencionados de Daevid, Robert y Hugh, se suman los de Mike Ratledge y Kevin Ayers (ambos también eran asiduos visitantes del caserón de "Wellington House"), y añadimos los de los primos Sinclair (Richard y David), Pye Hastings y Richard Coughlan ya tenemos el ejército armado que conformaría el todo y las partes tanto de The Wilde Flowers como de sus bandas hijas, Soft Machine y Caravan. Esta segunda banda, objeto en definitiva de nuestra entrada de hoy, queda inicialmente relegada a un segundo plano si comparamos el alcance y éxito de su primera grabación homónima con la que tuvieron sus hermanos de Soft Machine, pero a menos que queramos introducirnos en una discusión sobre las causas y efectos de esta diferencia de trato (cuestión que no deja de tener su interés) tampoco deberíamos centrarnos ahora en esta disyuntiva. Que se sepa, no obstante, que mientras los Soft (como se los conocería al poco tiempo en Inglaterra) anclaron su estilo progresivo en una mayor componente jazzística, Caravan lo hizo en base a un mayor gusto por el desarrollo de melodías pop, sin olvidar tampoco en ambos casos su gran querencia a la improvisación, extensión musical de muchos de los temas que vino a significar un primer acercamiento para una audiencia joven, todavía no acostumbrada a temas y canciones que superaran los 3 ó 4 minutos de duración. (De hecho, serían los "colleges" de las numerosas universidades inglesas los principales seguidores iniciales del estilo)

Esa primera obra homónima de Caravan de la que hablábamos, grabada en el sello americano MGM/Verve en Octubre de 1968, muestra a una de las bandas instrumentalmente más eficientes del panorama inglés de la época, calidad a la que llegan gracias a las innumerables horas de ensayo y giras que hacen desde su formación en diciembre del año anterior. Ese primer trabajo, un híbrido de jazz y psicodelia, tiene el honor junto a The Nice, con su "Ars Longa Vita Brevis" y a "The Cheerful Insanity Of Giles, Giles And Fripp" de los hermanos Giles y Robert Fripp, de ser una de las primeras obras de un rock auténticamente progresivo (en el sentido más literal de la palabra) que se iría abriendo paso en una escena entonces dominada por una miríada de grupos que practicaban un estilo mayoritariamente alineado con el blues-rock. Lamentablemente la falta total de distribución de un sello, que ante la falta de éxito se retira poco tiempo después del mercado inglés, hace que la repercusión de la obra sea mínima. A principios de 1970 la banda firma con Decca/London y consiguen que su segundo album, "If I Could Do It All Over Again, I´ll Do It Over You", una mezcla de jazz clásico y folk inglés tradicional, alcance una audiencia mucho mayor, gracias también a la aparición de la banda en programas de TV tan señalados como "Top Of The Pops".

Ese éxito de su segundo album les da pie para presentarse en 1971 con lo que para muchos, entre los que me incluyo, viene a ser su obra maestra, "In The Land Of Grey And Pink", un compendio de su mejor música melódica, mezcla de folk, jazz, toques de música clásica de fantasía (nueva acepción de la casa...), e incluso de "hard-rock" de la muy primera hornada, todo ello recreándose en una atmósfera de gran belleza lírica e instrumental. Su contenido está centrado en una pieza-suite de 23 minutos, "Nine Feet Underground", donde no solamente brilla un inspiradísimo David Sinclair, con unos teclados distorsionados en base a un "fuzz" muy logrado, sino también el resto de los miembros, perfectamente conjuntados, recreándose en un ambiente de ensoñación campestre, de leña crepitando, de bondad y buenas vibraciones. Y alrededor de ella, se entrelazan otras canciones de gran riqueza instrumental, sus melodías siempre desarrollándose en torno a una idea común de total armonía musical, como si la misma interpretación fuera un todo narrativo ligado por una simple intención, aquella que deviene de una historia sencilla, la que busca la emoción de los cuentos, la ilusión de los niños, la magia de la infancia.

Textos donde no falta el humor, "Golf Girl", o la referencia a los arquetipos medievales (castillos, dragones y caballeros), "Winter Wine", distintos protagonistas cercanos a los "hobbits", como los "grimblies" de "In The Land Of The Grey And Pink", o seres extraños que llaman desde el mar a los hombres, "Aristocracy", bondadosos cerdos voladores en "Love To Love You (And Tonight Pigs Will Fly)", todo ello aderezado con la sorpresa inocente de una Alicia que se torna posteriormente en prisionera de su propio juego. La portada, obra de la dibujante Anne Marie Anderson,  al desplegarse facilita al oyente su inmersión en un mundo de misterio ingenuo y fantasía sin peligro (aparente). Un album, en definitiva, ideal para perderse entre los "hobbits" que nos sirvieron de prólogo a la entrada.




Este fue el último trabajo de la formación original de Caravan. Los Sinclair (David y Richard), Pye Hastings y Richard Coughlan, con la muy encomiable ayuda de Jimmy Hastings a los vientos y David Grinsted (además de instrumentista auxiliar en varios temas, ingeniero de sonido y de mezclas en los estudios de grabación). David Sinclair dejaría el grupo para unirse a Robert Wyatt en Matching Mole, aunque retornaría después para incorporarse en la grabación del quinto trabajo de la banda. Su andadura inmediatamente posterior (durante la década de los 70), y su conexión con otras formaciones progresivas de gran prestigio (Richard Sinclair en Hatfield And The North), elevaría la categoría del grupo al estatus de culto. Estatus que, a fecha de hoy, se sigue afortunadamente manteniendo.

Entrada dedicada al batería originario del grupo, Richard Coughlan, una de las lamentables y numerosas bajas de músicos y artistas acontecidas el año pasado, de infausto recuerdo, solo por ello.

11 ene. 2014

LUIS CERNUDA, UN COLOSO ENTRE OCÉANOS




LUIS CERNUDA, EPISTOLARIO 1924-1963
Edición James Valender. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2003

Enfrentarse a una obra epistolar resulta por lo general un paso atrevido, más que nada porque obliga muchas veces al lector a encontrarse con el alma más doméstica del autor, alma y espíritu que la más de las veces quedan desnudos en esas páginas por las que discurre la vida diaria del mismo, pudiendo ocurrir, con relativa frecuencia, que el devenir más rutinario del escritor, en este caso el del poeta sevillano Luis Cernuda (1902-1963), suponga a la larga cierta decepción para el lector. Afortunadamente esta desagradable sensación no se da en este "Epistolario" de más de 1.150 páginas, sin contar prólogos y aquellas que se refieren a la bibliografía e índice onomástico. La rutina del poeta queda felizmente alejada de la vacuidad de la monotonía del calendario, y aunque se da cierta repetición cansina en los acontecimientos que el autor da a conocer a sus distintos destinatarios, nunca llega a oscurecer lo que en definitiva viene a mostrar la largísima retahila de documentos epistolares entre Cernuda y sus receptores, la intensa vida literaria y humana de uno de los mejores poetas españoles de siempre.

Decir que Cernuda nunca fue un personaje de fácil comprensión viene a ser el marco exterior por el que han discurrido "oficialmente" muchas de las biografías, anotaciones eruditas y trabajos de todo tipo que sobre el autor proliferaron durante la primera mitad del siglo pasado. Afortunadamente esa visión externa quiebra su injusta redoma encauzándose para bien a partir de la década de los 60, tiempo en el que jóvenes poetas como Jacobo Muñoz desde Granada, Jaime Gil de Biedma desde Barcelona, Angel Valente desde Madrid, (sin olvidar el importante papel que jugó en este cambio Camilo José Cela desde Palma de Mallorca con sus "Papeles de Son Armadans") tornan el malévolo eje de esa cansina visión contraria al artista para convertirla, afortunadamente, en crisol y espejo de una de las más fecundas y espléndida páginas de la lírica hispana.

Y más vale, efectivamente, centrarse en la visión de Luis Cernuda como poeta, y regocijarse en su trabajo (reflejado en muchas de las páginas del "Epistolario") por dotar a su propia voz de un perfil autónomo que pudiera deparar a su "corpus" lírico de un muy alto nivel emocional que, evidentemente, bebe y asimila otras fuentes e influencias (Garcilaso, Góngora, Bécquer, Campoamor, fray Jerónimo de Sigüenza, Juan Ramón Jiménez o Jorge Guillén),  y las hace fluir como un río caudaloso de brillantes reflejos, delta que se ensancha en un mar interior de bellísimas imágenes románticas, oníricas y, me atrevería a decir (pese a lo contradictorio del término) de maravillosos vuelos subterráneos. Perspectiva esta que queda muchas veces reflejada en sus cartas, sobre todo en aquellas dirigidas a sus admiradores y estudiosos seguidores, tanto nacionales como extranjeros, y que facilita al lector el encuentro con el verdadero Cernuda, creador de arriesgados versos cuya belleza  dibuja  cielos de deslumbrante valor imaginativo. Por otra parte, sus referencias eruditas y bibliográficas (fue autor de varios trabajos sobre el particular)  sobre grandes autores de la lírica española e inglesa, sin olvidar la francesa (aunque en menor medida), deparan al lector momentos de muy agradable lectura, resaltando, como lo hacen, la faceta de estudioso de un entorno poético que, además de reflejar su gran conocimiento del tema, le sirvieron para publicar varios trabajos literarios y disponer de un mínimo de emolumentos económicos con los que poder sobrevivir.

Transcurren las páginas del "Epistolario" por un espacio temporal que abarca desde los territorios puramente nacionales de Sevilla, Málaga y Madrid, hasta aquellos extranjeros de Toulouse, Glasgow, Edimburgo, Cambridge, Londres, Massachusetts, México y Los Angeles, donde el poeta ejerce su actividad como escritor, profesor de literatura española en distintos colegios y Universidades y, en la faceta más interesante del libro, como fiel testigo de una época de gran complejidad social y política. La dictadura de Primo de Rivera, el advenimiento de la II República, la Guerra Civil, el exilio, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, se asoman a sus páginas a veces con detalle minucioso (los bombardeos alemanes en Londres), otras veces como meros comentarios pasajeros. Su desapego y resquemor de España, como país y paisanaje, nunca como paisaje (sigue recordando a menudo las esquinas y olores de su Sevilla natal), se profundiza según pasa el tiempo, muchas veces causado por la falta de reconocimiento, y crítica desfavorable, que su obra tiene entre sus pares, poetas, recopiladores, antólogos y prosistas, y queda reflejado patentemente en su obra última, "Desolación de la Quimera", otras veces ese rechazo se ocasiona al preferir el poeta la distancia geográfica, escudo ante un realidad española entonces paupérrima y que le desagrada enormemente.


Finalizar mencionando el rico elenco de personajes contemporáneos (y antiguos) que pasan por el matasellos de su cartas. Los mejores poetas y escritores nacionales y extranjeros. Opiniones para todos los gustos, y que muy a menudo sirven para confirmar, o variar,  el conocimiento inicial que pudiera tener el lector sobre los mismos. Juan Ramón Jiménez, Guillén, Salinas, Bergamín, Altolaguirre, Prados, Hinojosa, Rejano, Alberti, Lorca, Aleixandre, Alonso, Ortega, Unamuno, Madariaga, Marañón, Azorín, Baroja, Sánchez Albornoz, Octavio Paz, Lezama Lima, Gide, Valery,  los "poetas metafísicos" ingleses del siglo XIX (y su más que interesante conexión con los poetas místicos españoles del siglo XVII), editores, Martínez Nadal, Diez-Canedo, Carlos Barral, Cela, etc..., además de las revistas literarias de la época, españolas, mejicanas, cubanas, colombianas, inglesas, todo un crisol de la cultura literaria del pasado siglo al alcance del lector interesado.

El ingente trabajo de recopilación (son casi 1.000 las cartas incluidas) y la edición del libro, obra del hispanista inglés James Valender, merecen un aplauso sin paliativos, así como la cuidadosa publicación hecha por la Residencia de Estudiantes que, al calor del centenario del nacimiento del poeta sevillano celebrado hace dos años, lo dio a la luz el pasado 2012.

"Los marineros son las alas del amor,
Son los espejos del amor, 
El mar les acompaña,
Y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
Rubio es también, igual que son sus ojos,
...
Si un marinero es mar,
Rubio mar amoroso cuya presencia es 
Cántico,
No quiero la ciudad hecha de sueños
Grises;
Quiero ir sólo al mar donde me anegue,
Barca sin norte,
Cuerpo sin norte  hundirme en su luz rubia"

"Los marineros son las alas del amor", de "Los placeres prohibidos" (La Realidad y el Deseo)





8 ene. 2014

LOS MEJORES CHICOS DEL EAST-END




SMALL FACES                   "THERE ARE BUT FOUR SMALL FACES"
Pasaron los últimos días de diciembre como versos incompletos. Un clima desdibujado, ayudado por una inexistente luz del cielo, hicieron de esos días una desilusión patente. La gran rueda de la noria se abrillanta con el montaje de la Navidad, y se mezcla subrepticiamente con las celebraciones del comienzo de año que, por exigencias del guión, debe además significar una nueva apuesta por la regeneración, los buenos deseos y las expectativas de un tiempo mejor para todos. Comenzamos, poco minutos después de terminar las campanadas, a caer en la cotidiana realidad de una vida casi siempre semejante a la experimentada justo un año antes, cuando repetimos el mismo ciclo y vislumbrábamos la línea de un nuevo horizonte, el mismo que vemos ahora repetido y que atisbaremos mañana.  Penélope ha dado una nueva puntada al hilo de la historia.

Afortunadamente este hecho, semejante a la idea del eterno retorno, se da en otras ocasiones (para nada banales) en las que el oyente se reencuentra con determinados grupos musicales que, también por exigencias del guión (sentimental en este caso), han supuesto parte importante de la educación musical del mismo. Hablamos hoy, en esta particular ruleta del dios Cronos, del quinto dedo meñique de la mano que mece la cuna del rock británico (adivinen los nombres de los cuatro restantes), Small Faces. Y de unos Small Faces recién llegados al sello del diletante y conocido (por su ligazón con el cuarteto de Dartford)  Andrew Loog Oldham, Immediate Records.

1966 había sido un buen año para la banda del East End londinense. Su single "All Or Nothing", al igual que ocurrió con otros cuatro de los que publicaron en años y meses inmediatamente anteriores, llegaría a la cima del "UK Top 20 " en ese mismo año. Su merecida fama como los verdaderos representantes de la escena "mod " inglesa debería tenerles más que contentos. Los numerosos fans del grupo, que acudían en masa a sus conciertos por todo el país, seguían reuniéndose expectantes en el café-bar "Two I´s" de Wardour Street y en los garitos del Soho "The Scene Club" y "Flamingo Allnighter Club" y escuchaban embelesados el nuevo "hit" que el sello Decca había publicado en noviembre de ese mismo año 1966, "My Mind´s Eye".

 Pero Marriott, Lane, McLagan y Jones no estaban para nada satisfechos. Se adivinaba en un próximo horizonte el "Summer Of Love" del siguiente año, la atmósfera musical se estaba coloreando a pasos agigantados, colores que también traían trazas de liberación sexual, de experimentación con nuevas sustancias alucinógenas, de ciertas reivindicaciones políticas (mayoritariamente agrupadas en torno a la confrontación contra una sociedad demasiado aburguesada y conservadora, además de la tan de moda entonces oposición a la guerra de Vietnam). Small Faces querían dejar de ser la típica banda para "teenyboppers", deglutidores a mansalva de "hits" y modales acordes con el "Swinging London" de la época, y asemejarse a unos Beatles, Rolling Stones, Yardbirds, Beach Boys, Jeff Beck o Eric Clapton, que ya estaban en marcha hacia un camino de experimentación musical y lírica, allí donde pudieran fluir libremente sus experiencias interiores y abandonar su visión más banal como compositores, todo ello sin olvidar en absoluto su gusto por las raíces negras, su querencia por los sonidos de la Tamla y de Stax y el blues de Muddy Waters, el "beat" de Booker T. and The MG´s y el soul de Otis Redding,  y esa agresividad y energía que les habían caracterizado en años anteriores como uno de los grupos más potentes y excitantes de la escena inglesa.

El paso siguiente supone romper con su entonces mánager Don Arden (también lo era en aquellos tiempos de los célebres The Move) y firmar con el nuevo y más interesante sello del momento, Immediate Records, dirigido por el mencionado Andrew Loog Oldham. Estamos ya en febrero de 1967 y la banda se instala en el 22 de Westmoreland Terrace, Pimlico..., y si quisiéramos nos podríamos asomar al típico piso comunal del Londres de la época, donde músicos amigos (Mick Jagger, Paul McCartney, Rod Stewart...) entran y salen con frecuencia y total libertad; fiestas y "happenings" de todo tipo se suceden, la más nítida impresión del momento parece que fuera el desbarre más absoluto de algunos miembros notables del ya consagrado "stardom" musical, pero no vamos a centrarnos en ello, toda vez que lo más significativo es que en ese lugar la banda consigue estrechar aun más sus propios vínculos personales y, como consecuencia de ello, refrendar una nueva idea de grupo que les posicionara, de una vez por todas, en una pasarela donde ya estaban mostrando sus poderes los verdaderos hombres, ya no los adolescentes a los que se les asemejaba muy a su pesar.

En Junio de ese año 1967 Immediate Records publica el primer single de la banda en su sello, "Here Comes The Nice", una auténtica oda a uno de los nuevos protagonistas de la época, el traficante de drogas que provee de parcelas comprimidas de felicidad a los miembros de la élite artística (ya no hablamos del "cannabis" o del "speed" de la escena "mod", sino del ácido lisérgico importado desde la dorada California),  increíblemente dejada pasar por la censura de la época, donde ya se manifiestan las señales distintivas de la nueva etapa musical del grupo. Nueva etapa que ha tenido mucho que ver con el cambio radical de actitud que la banda contempla. Frente a la constante exposición de la misma en interminables y extenuantes giras y conciertos, donde básicamente se muestra al público la imagen de una banda fabricante de "hits", frontón de alaridos juveniles y espejo de la moda de Carnaby Street, a un grupo cohesionado en torno a las directrices musicales más en boga en ese momento, psicodelia entroncada con raíces negras. Dejar de ser una banda de directo al cien por cien para convertirse, gracias a las nuevas técnicas de grabación que los Olympic Studios les ofrecen (y a la total libertad creativa que Andrew Loog Oldham les asegura) en una banda de estudio, sin olvidar lógicamente las giras que realizarían conjuntamente con los artistas y grupos entonces contratados por el sello (PP Arnold, Chris Farlowe, The Apostolic Intervention, Billy Nicholls, The Nice)

Muy poco tiempo después se publica el primer trabajo de la banda en Immediate Records, inexplicablemente con el mismo título con el que se editó su primer album con Decca, "Small Faces". Un auténtico conglomerado de grandes canciones forman su esqueleto. "(Tell Me) Have You Ever Seen Me", "Things Are Going To Get Better", "My Way Of Giving", "Green Circles", "Become Like You", "Talk To You", "Show Me The Way", "Up The Wooden Hills To Bedfordshire" (ésta última de McLagan), entre otras. Entramado que tiene a Steve Marriott y a Ronnie Lane como verdaderos arquitectos de su sonido y de su lírica, compositores y productores del disco que, en una rica labor conjunta, conforman uno de los pilares en los que se sustenta la más inicial y genuina apuesta psicodélica inglesa. Pop lisérgico y psicodélico, "garaje-rock", pop barroco, piezas de arquitectura "pre-metal" o "heavy-rock".

Disco éste que tiene su contrapartida en América, donde CBS, como distribuidora en Estados Unidos de los productos elaborados por Immediate Records, propone y consigue la edición de un album similar aunque con título y set de canciones algo diferenciadas. Así nace "There Are But Four Small Faces", también con portada diferente a la inglesa, los miembros de la banda aparecen fotografiados en un entorno campestre (realmente un campo lleno de ortigas aledaño a un descampado ferroviario) y atildados con ropajes plenos de amoebas, nadando en estampados de seda y terciopelo. Es sin duda esta edición de mayor calidad que la inglesa al incluir dos auténtica joyas dentro del cancionero tradicional de la banda. Un "Itchycoo Park" que captura fielmente el ambiente "hippie" de entonces (y que llegó a ser el único "Top 20 hit" que consiguieron los británicos al otro lado del charco) con un texto de alta calidad poética también y que, sobre todo, incorpora las nuevas técnicas de grabación del entonces muy inicial "mono phasing system" (invención del ingeniero de sonido George Chkiantz, con la aquiescencia del maestro Glyn Johns), efectos especiales que asemejaban el sonido de los "jets" supersónicos, en cuanto a su compresión y expansión aérea, y que se ensamblan en las partes finales e iniciales de la batería y teclados, y el famoso "Tin Soldier", para muchos (entre los que me incluyo) el mejor tema que jamás grabaron los londinenses, con la ayuda inestimable de una maravillosa P.P. Arnold a las voces, un auténtico "tsunami de sonido, furia, pasión y potencia instrumental" como Tony Calder (socio de Andrew Loog Oldham en Immediate Records) acertadamente calificaría.

Lástima fue que Small Faces no pudieran aprovechar el relativo éxito de "Itchycoo Park" para darse mejor a conocer en América y lograr, como sus entonces pares ingleses, un mayor reconocimiento y popularidad internacional. Ni Andrew Loog Oldham, temeroso de perder el control sobre la banda, ni tampoco, dicen las comadres del sector, un Steve Marriott que fracasa en convencer a Peter Frampton en incorporarse como guitarra solista a la banda (potenciando de esa manera un nuevo y más brillante instrumentista ante una exigente audiencia americana,) propician esa expansión tan necesaria para la supervivencia de la banda. The Faces, ya fuera Steve Marriott y con unos imponentes Rod Stewart y Ron Wood, de alguna manera suplen esta carencia original y logran, en buena hora pero ya tarde, que la brillante historia de la banda del East End tuviera un final más feliz.










2 ene. 2014

II RUTA BAROJIANA


No desde hace mucho, cada 28 de Diciembre, además de celebrarse el día de los Santos Inocentes (cruel evento quizás más creíble ahora con los actuales bombardeos en la ciudad siria de Alepo), nuestro solitario guía rutero conmemora la fecha en que don Pío Baroja, el único tal moldeado, el auténtico especimen libertario, vio la luz primera en este mundo, allá en la ciudad de San Sebastián, año de 1872, cosa tan antigua que nos parece ya más estampa de "La Ilustración Española y Americana".Y en esa fecha señalada un pequeño grupo de admiradores del escritor guipuzcoano, su recuerdo siempre perenne, nos juntamos alrededor de la estatua erigida en la cima de la Cuesta de Moyano de Madrid para rendirle un merecido, trashumante y peregrino homenaje.

Ruta cuyo guión se articula como un "flashback" cinematográfico, un retorno consentido, un camino inverso en la historia del escritor como vecino de Madrid. Desde esa cuesta de Moyano, con sus casetas de madera de libros de viejo y usados (que él ayudo a asentar definitivamente en ese lugar), paseando brevemente por un Retiro coloreado por un tibio sol de final de diciembre, recorriendo los distintos domicilios donde habito don Pío, empezando por el último, los primeros en el ecuador de la ruta, al final el hogar intermedio de su estancia en Madrid. Todo un ejercicio que emulaba, a la inversa, aquellos recuerdos que su sobrino Julio Caro Baroja dejó escrito en sus memorias: "Salíamos pronto. Casi después de comer. Nos metíamos calle Mendizabal abajo, en el anchurón destartalado de la Plaza de España y por la calle Leganitos subíamos hasta la Puerta del Sol. De allí, siguiendo la calle de Alcalá, alcanzábamos la Cibeles y de la Cibeles íbamos hasta Atocha, a la feria de los libros del Botánico". ("Los Baroja")

Calle entonces de Ruiz de Alarcón, hay una elegancia clásica en todos los portales, balcones, aceras y esquinas del barrio de los Jerónimos, su último y quizás más conocido domicilio en Madrid. Un hombre de 70 años, ya derrotado en los albores de la década de los 40, se asienta náufrago en esa España helada de la postguerra. Tiene aun alguna fuerza para componer su magna obra memorialística ("Desde la última vuelta del camino" en tres tomos) y ejercer como anfitrión de una de las más celebradas tertulias de la época. Una literaria, que bien poco le importaban a un don Pío, ajeno completamente al devenir de la vida cultural de esos tiempos,  la otra organizada a la lumbre de sus mejores amigos de entonces, pocos íntimos pero mucho más jocosos y ricos en anecdotarios.

En la siguiente elipsis temporal nos acercamos a la Puerta del Sol, registro infalible de la vida nacional, de entonces y de ahora también, y desde allí deambulamos por los primeros domicilios en los que habitó inicialmente la familia de don Serafín Baroja y doña Carmen Nessi, padres de don Pío. Nos detenemos en el número 2 de la calle Misericordia, caserón aledaño del impresionante Monasterio de las Descalzas Reales, donde nuestro protagonista vivió su juventud y escribió los primeros libros de su trilogía "La vida fantástica". Caserón ya inexistente, cuyas sombras antiguas ya no rememoran el aroma dulzón de la pastelería "Viena Capellanes", regentada entonces por su familia, sus perfiles urbanos sustituidos por un precioso edificio novecentista que afortunadamente alberga una conocida librería, no pudiera haber sido mejor el recuerdo y homenaje.


Corre un viento helado mientras bajamos por la calle Leganitos hasta el anchurón de la Plaza de España, que cruzamos ateridos por aquellos fantasmas del otoño de 1936, los mismos que bombardearon la postrera casa que visitamos hoy, la de la calle Alvarez Mendizabal en el barrio de Argüelles. Domicilio que comparte don Pío con su hermano Ricardo, la familia de su hermana Carmen y su madre. Hogar también de la imprenta Caro Raggio y de aquel escenario teatral , "El Mirlo Blanco", plataforma de un don Pío muy poco conocido como dramaturgo aficionado.



El último esfuerzo, ya nos posee un cansancio feliz (y un hambre que reclama su peaje), para dirigirnos al antiguo Cuartel de la Montaña, actual cerro que acoge un Templo de Debod de cromos y turistas, mirador que alargaba la vista hacia los arrabales del Madrid de primeros del siglo XX. Fronteras donde se asentaba la vida, muchas veces miserable, de las clases populares de entonces, tan bien reflejadas por don Pío en su trilogía "La lucha por la vida". Cruzamos de nuevo la calle Ferraz para dirigirnos a la Plaza de Guardia de Corps, destino final. Un sinfín de hojarasca baila a nuestros pies empujada por un viento irreductible. Nos esperan los vinos y las tapas que premiarán una ruta, la "II Barojiana", que sirvió de humilde homenaje al mejor escritor posible, don Pío Baroja y Nessi.