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28 feb. 2014

DERRY EN EL CENTRO DEL UNIVERSO



THE UNDERTONES
..."It is old but it is beautiful, and its colours they are fine
It was worn at Derry, Aughrim, Enniskillen and the Boyne
My father wore it as a youth in bygone days of yore,
And on the Twelfth I love to wear the sash my father wore"...
"The Sash"

Es ésta canción folkórica, sin duda la más popular y conocida entre los unionistas protestantes de Irlanda del Norte, la que ya estarían más que hartos de escuchar los hermanos John y Vinny O´Neill y su compañero de clase Bill Doherty, miembros de la comunidad católica de Derry  (Londonderry para los protestantes), cuando todos los 12 de Julio los orgullosos partidarios de Su Majestad desfilaban (y lo siguen haciendo) por las calles de la capital más septentrional de la nación irlandesa ocupada, conmemorando la victoria de Guillermo III en 1690 . Dejemos este espinoso asunto y ocupémonos de los chavales mencionados, temporalmente ubicados en Agosto de 1974, cuando ninguno de nuestros protagonistas ha cumplido todavía los diez y seis años. El mencionado trío, algo completamente normal a esas edades, se entretenía más bien en fantasear sobre una serie de actividades que, aun lejos de ser su futura profesión, les apasionaba mucho más que cualquier otra cosa. Sus diálogos bien podían sucederse de esta manera:
-"¿Quieres entrar en nuestro grupo?
- Está bien.
-¿Quieres más panchitos?
- Claro"

Ser miembro de una banda que entonces no existía, que tampoco disponía (salvo un par de maracas y un viejo micrófono) de instrumentos musicales, ni por supuesto contaba con ninguna composición, (por no tener no tenía ni nombre), solo podía tener visos de realidad en las mentes todavía infantiles de un grupo de mozalbetes norirlandeses. ¡Y que orgullo pertenecer a esa banda invisible!. Fuera de la época veraniega, en los itinerarios de vuelta de la escuela que compartían, los hermanos O´Neill solían llevar a Bill a su casa, lugar que se convertiría con el paso del tiempo en algo más que el centro de reunión de la pandilla. Allí, los martes y los jueves a partir de las 13:30, escuchaban ensimismados el listado de los 30 mejores "hits" que entonces radiaba la BBC en su programa "Radio One". Esa actividad, que daba pie a numerosas discusiones entre los miembros juveniles que acudían a la cita, vino a suponer el afianzamiento de la unidad del grupo, tanto a nivel de la amistad que se profesaban como de la idea, antes manifestada, de seguir adelante con la ilusión de seguir formando parte de una banda inexistente.

Llegó un momento en que tuvieron que decidir el reparto de los instrumentos del grupo imaginario, cuestión fácil si tenemos en cuenta que las guitarras ya estaban previamente adjudicadas para los hermanos O´Neill y la batería para el mismo Bill Doherty. El bajo correría  a cargo de otro asíduo a las reuniones musicales, Michael Bradley. Pero, ¿qué pasaba con el cantante?. Billy propone a un compañero de clase, un tal Feargal Sharkey, conocido en toda la St.Peter´s Secondary School por su chaquetón cruzado de color rojo, (entonces rarísima prenda que él lucía con sumo orgullo) y además, no por ello menos admirado, porque era también un alumno aplicado y con talento que ganaba de calle todos los premios en los certámenes de canto de la escuela (cuestiones ambas que le producían algún que otro problema con los típicos envidiosos de su indudable carisma). Resuelto este vital asunto solo quedaba dar el paso más importante. Ver lo invisible y hacer realidad lo inexistente, cuestión que no dejaron del todo resuelta.

A finales de 1975 la banda consigue un préstamo para financiar la compra de los instrumentos necesarios, siendo Mr. O´Neill el avalista necesario. El hermano de Feargal se ofrece amablemente como transportista del grupo, utilizando su furgoneta Ford Escort y, también cuestión importante, consiguen un local donde ensayar. Ya solo quedaba el buscar una primera actuación, asunto que zanja el mismo Feargal al conseguir un bolo ante una tropa de unos 60 "boy scouts" de entre nueve y once años. El tema es que, justo antes del bautizo en los escenarios, el guitarra solista Vinny O´Neill decide abandonar el grupo y es sustituido, casi a trancas y barrancas, por el hermano pequeño de la familia, Damian, decisión que no dejó de ser adecuada en tanto el benjamín de los O´Neill disponía entonces de mejor equipo (guitarra y amplificador) que su hermano mayor. No debió entonces importarles demasiado el salir a actuar por primera vez sin ningún nombre, quizás en aquél momento todavía no se creerían estar haciendo realidad lo que siempre habían soñado o, mejor aun, al ver como la audiencia pasaba ampliamente de ellos, la mayoría de los scouts correteando y chillando por la sala en maravillosa anarquía, percibieron que la invisibilidad seguía siendo una realidad patente en el grupo.

No ocurrió lo mismo en la segunda actuación de la banda y, sin saberlo entonces, ese acontecimiento originó una pequeña gran disputa entre el resto de los miembros y Feargal. Cuando el presentador del concierto les pregunta por su nombre ellos, paralizados, se quedan sin saber qué contestar. Feargal, de naturaleza ágil y carácter extrovertido, suelta un rotundo The Hot Rods y, ante la mirada incrédula de sus compañeros, así son anunciados. No le importaba un carajo que hubiera entonces, Febrero de 1976, otra banda en Londres llamada Eddie & The Hot Rods, así como tampoco le importó un ardite cambiar el nombre del grupo en la siguiente actuación en el Waterside Youth Club a Little Feat, "ignorante" de la existencia de la ya entonces conocida banda norteamericana. El caso es que, antes que en otro posterior concierto le diera a Feargal por anunciarse como The Rolling Stones y (qué grandísima oportunidad perdida, continuar siendo un maravilloso plagio de la realidad), el propio Billy Doherty decide bautizar a la banda como The Undertones. No es mal nombre, hay que reconocerlo.

Mientras la "fuerza aérea" del 76 seguía su curso (siempre que hablo de ese año lo menciono de esa manera) y The Undertones continuaban ensayando, componiendo y actuando en los locales juveniles de la zona de Derry, siempre en un estilo muy rythm & blues, con pocos temas propios y muchos "covers" de entonces (existe una primera gran versión del "Gloria" de Van Morrison y sus Them), hay un período mágico que cambia totalmente el rumbo de la banda. John Peel, ya clausurado su mítico programa "Top Gear" y contratado por la BBC para su "Radio One", empieza a radiar a mansalva  a Ramones, Iggy Pop & The Stooges, MC5, Shadows of Knight y otras luminarias de la recopilación "Nuggets". Parece que en un instante han quedado repentinamente obsoletos los Rolling Stones, Dr. Feelgood y Eric Clapton y, lo que entonces empezaba a asombrar tan solo a unos pocos, se convierte en el nuevo camino a seguir. La semilla del punk explosiona con todo su vigor. Las contundentes bases rítmicas, la tensión iridiscente de las guitarras, la cortedad temporal de los temas, todo ello enmarcado en una agresividad primitiva, liberando aquellas neuronas atrapadas en las melodías y estilos consolidados años atrás, hace acto de presencia con una fuerza volcánica y radioactiva. Afortunadamente The Undertones, un grupo cuya media de edad en esa época no sobrepasaba los 18 años, se inmiscuye rápidamente en esa onda y, fruto de esa decisión, empiezan ya a crear y consolidar una actitud y estilo por los que serán ampliamente reconocidos y admirados.

El local adecuado en Derry para darse  a conocer en ese preciso momento es el famoso "The Casbah", un auténtico garito entre Beachwood Avenue y Broadway, cuna del orgulloso punk norirlandés. Los días de concierto atiborrado normalmente de gente joven aparentemente sin compromiso afectivo (si a alguien se le ocurría llevar allí a su novia ya sabía que la perdía al día siguiente), olor cargado a cerveza "Smithwicks" (50 peniques la pinta), humo de "Embasseys" (se de buena tinta que el fabricante exportaba a determinados países africanos una versión de la marca con el doble de alquitrán permitido en Inglaterra) y penetrante aroma de orines. Estamos ya a principios de 1977 y The Undertones, ya punks confesos (aunque alejados de las premisas políticas y sociales, reivindicativas de sus primos ingleses) se convierten en cabeceras de muchos de los carteles que el local publica en la época. La continuidad en los conciertos les permite empezar a sumar unas ganancias económicas (40 libras a la semana) que, aun no pueden evitarlo, les sirve para ir cancelando el préstamo de unos años atrás y, lo mejor, actualizar el equipo de instrumentos.

Empieza a crecer su fama y, poco tiempo después, actúan en un par de ocasiones en Dublín, también con éxito aunque en la segunda son testigos de un Altamont a la irlandesa cuando un joven asistente es apuñalado y muerto a pocos metros del escenario. Un testigo acusa inexplicablemente a Bill Doherty de ser el autor del apuñalamiento y a duras penas logran convencer a la policía local de su inocencia. Afortunadamente su retorno a casa se plasma con la posibilidad de grabar un tema en un sello de Belfast, cuestión que se presenta gracias a un tal Terri Hooley (habría que hacer un monumento a este tipo), a la sazón propietario de una tienda de discos y productor de varias bandas locales. El disco contiene la canción "Teenage Kicks", desconocida inicialmente fuera del ámbito geográfico de la banda, pero gracias a la emisión constante del querido y añorado John Peel en "Radio One" (de hecho llegó a considerar a la pieza como "la mejor canción de rock de la historia") se convierte en un éxito inmediato. Siguen participaciones en "Top of the Pops", las primeras giras por el Reino Unido y la posibilidad de firmar su primer contrato discográfico, quedando también pendiente la búsqueda de un mánager que gestione sus futuros intereses como banda ya algo encumbrada.

Toda esta vorágine de acontecimientos, acaecidos entre Septiembre y Octubre de 1978, no debe hacernos olvidar que dentro del grupo existía entonces una tensión latente entre Feargal Sharkey y el resto de sus miembros. Un Feargal, ya comentamos anteriormente su carácter lanzado y sin complejos, que se impone (sin necesidad de consenso previo) como portavoz de la banda y que, en muchas ocasiones y sin importar el temario de sus declaraciones, choca con los propios pensamientos e ideas de los hermanos O´Neill, de Billy y Michael.  Situación de tensión que llega incluso a alcanzar su cenit días antes de la grabación del celebrado "Teenage Kicks" y que se resuelve, me atrevería a decir que en falso, cuando entre todas las partes deciden que la salida del cantante de la banda se producirá una vez terminada la grabación; hecho que afortunadamente no sucede pero que pone de relieve una fractura cierta en la amistad de sus miembros que, año a año y producida muchas veces por piques adolescentes (no olvidemos sus edades), va minando su convivencia.




A finales de 1978, y después de un concierto en "The Casbah" al que asiste un representante del sello americano Sire (el mismo de sus admirados Ramones), Feargal y Billy vuelan a Londres para negociar los términos del contrato que les ligará con dicho sello. Las condiciones propuestas no es que fueran perfectas pero, teniendo en cuenta que parten de su propia bisoñez (y el consejo de un abogado de Belfast, poco o nada experto en los entresijos de la industria discográfica), no se puede decir que fuera totalmente leonino. De hecho un anticipo de 10.000 libras de la época les pareció a los miembros del grupo un pellizco suficiente para empezar a pensar en la grabación de su primer Lp. A un lado dejaron, por ignorancia, la negociación de lo verdaderamente importante, los porcentajes de los royalties a percibir por todas las grabaciones a publicar en un futuro, asunto que conllevaría la ruptura posterior del contrato en 1982 y del que se encargaría su recién nombrado mánager Andy Ferguson.

El Lp primero homónimo de The Undertones, grabado en Mayo de 1979, nos ofrece entonces un cúmulo de canciones que destacan por su pujanza punk, con un manejo instrumental ya ciertamente cualificado por los muchos ensayos y actuaciones anteriores del grupo y, además, por una temática lírica que, palmariamente, se aleja de los textos reivindicativos y de reflejo (y condena) social que propugnaban grupos hermanos como Sex Pistols o The Clash. Su estilo, más adecuado quizás si lo viéramos como un cruce de influencias entre Ramones y Buzzcocks,  presenta a la audiencia vivencias banales del día a día,  recogiendo los pensamientos más inocuos de una juventud universal que no importaba el lugar donde pudiera vivir, tan válida podría ser su imagen en el mismo Derry como en Montevideo. Admiración indudable por el sexo contrario la mayoría de las ocasiones, cuando no algún desencuentro que no salpicará de sangre los tabloides del día siguiente, sin dejar de lado alguna mención a problemas internos entre adolescentes aun con las ideas no demasiado claras, las canciones se van sucediendo en un ambiente de juerga de amigotes más que de fiesta con chicas y novias invitadas. La acidez instrumental, la rapidez melódica de las canciones, el fulminante estruendo de fondo originado, ayudan al oyente a abandonarse y a bailar como miembro de pleno derecho de la comunidad internacional del acné tardío. Todos sus temas, por no desmerecer sin motivo a alguno de ellos, hacen del album un perfecto producto de diversión, atemporal en tanto se sigue escuchando con la misma frescura hoy que hace 35 años.


Me queda, después de meditarlo en repetidas ocasiones, la buena imagen de un grupo como The Undertones que en un ambiente realmente hostil (en la década de los 70 se producen muchos de los acontecimientos más terroríficos de la lucha del IRA contra el gobierno de ocupación inglés, además de escalofriantes enfrentamientos entre las comunidades católica y protestante) supo centrarse en su propio mundo interior de sueños, anhelos e ilusiones para transmitir a sus seguidores una feliz rutina civil. No debió ser fácil, pero lo consiguieron. Grupos como ellos, definitivamente roto en 1983 (hasta entonces aguantó con ellos nuestro amigo Feargal Sharkey, que seguiría entonces una carrera en solitario,... y también los hermanos O´Neill, que formarían a partir de entonces los más exitosos That Petrol Emotion), y vuelto a la palestra en 1999 con Paul McLoone como cantante, demuestran que la música puede servir como vínculo de unión y ejercicio pacífico. Algo que parece olvidarse con demasiada facilidad.










24 feb. 2014

UNAMUNIZÁNDONOS




MIGUEL DE UNAMUNO               "ENSAYOS"
¿Existe algún vínculo entre la elección temporal de la literatura que se lee y la edad del lector?. ¿Puede pensarse que conforme vamos creciendo en años optamos, mayoritariamente, por seleccionar nuestra lectura hacia terrenos más serios, prescindiendo de una literatura más banal?. Creo sinceramente que no. Mi abuelo materno, que fue uno de los poquísimos humanistas (en el sentido renacentista de la palabra) que he tenido la suerte de conocer, grandísimo lector y propietario además de una importante biblioteca, terminó su larga vida leyendo las novelitas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía. A la inversa, en lo que estrictamente se refiere a la edad del lector, cuantas veces en nuestra primera juventud (o adolescencia) nos hemos enfrentado a grandes obras, filosóficas, ensayísticas, incluso novelísticas que,  una vez leídas,  no han llegado a cuajar completamente en nuestra entonces incipiente cultura literaria. La literatura como mero ejercicio de ocio, sin entrar en elucubraciones intelectuales, tiene afortunadamente mucho de pasatiempo y, en ese apartado, poca importancia debería tener la edad para inclinar la voluntad de un lector hacia obras más o menos serias y complejas.

No obstante no deja de ser cierto que, conforme nos vamos haciendo mayores y nuestro apetito sexual decrece, tendemos a sublimar las acciones que puedan representar un ejercicio más pasivo, más de índole puramente personal o individual (y no por ello menos enriquecedor)  frente a aquellas otras de exacerbada energía orgánica, como si naturalmente buscáramos un balance emocional que compensara las pérdidas biológicas con otras ganancias, más propias de la misma vida interior. Y ocurre a veces, también, que la lectura de determinados autores nos sirve como agente inmunizador frente a esas carencias que, ley de vida, a todos nos llega. Obras y escritores que actúan como catalizadores, potenciando el gusto por la lectura serena, la reflexión, la recogida de un fruto que ya puede considerarse maduro. Miguel (don Miguel) de Unamuno y Jugo es uno de esos autores.

Conocía bastante más la obra novelística y poética de don Miguel y debo decir, y creo que en ello concurriré con muchos de sus lectores, que ambas son magníficas. En todos los formatos que utiliza, sea independientemente prosa o poema, late al unísono un contenido casi concurrente. El ansia por encontrar un significado trascendente a la vida, bien sea desde los mismos quehaceres humanos de los protagonistas de sus obras, bien desde sus mismos versos; en ambos casos estableciéndose un riquísimo diálogo externo e interno, uno normalmente cruzado con el antagonista que siempre suele aparecer en sus novelas, el otro canalizado hacia el propio poeta narrador. No había, hasta ahora, dado cuenta del don Miguel ensayista, aquel autor que, a la luz fulgurante de su vastísima cultura humanística, muestra al lector interesado todo un cúmulo de conocimiento e interpretación personal que, entre ensayo y ensayo, vienen a conformar lo más sustancial de las propias creencias del escritor bilbaíno.

Los ensayos más conocidos de don Miguel., "Vida de Don Quijote y Sancho", "Del sentimiento trágico de la vida", "La agonía del cristianismo", "Prólogos" y "Aforismos y definiciones" están publicados en el tomo X de sus Obras Completas, publicados por la Biblioteca Castro (al amparo de la Fundación José Antonio de Castro). Entre las páginas de éstos sus libros palpitan los sentimientos más propios y auténticos del escritor vasco. Desde el ensalzamiento del ideal humano de Don Quijote, trasunto de locura de amor, como ejemplo vital a seguir, hasta el necesario apartamiento de la razón lógica para entender su postura ante el hecho de la fe (y de la esperanza en la trascendencia), pasando por la argumentación de la lucha del hombre por ser sobrehumano, por ser cristiano (muy curiosa y concluyente aquí su visión sobre la orden religiosa de los jesuitas), terminando en una serie de escritos a modo, muchos de ellos, de prólogos para obras de otros autores (excelente, por reseñar solamente uno, el dedicado al filósofo e historiador italiano Benedetto Croce). Todo él , todo el Unamuno pensador, se asemeja a un vívido torrente de conocimientos, interpretaciones, pasiones intelectuales y credos que no dejan impasible, haciéndole partícipe, al lector atento.

Unamuno se nos muestra en sus ensayos a carta cabal, sin tapujos ni medias tintas. Se podrá o no estar de acuerdo en muchos de los términos y conclusiones a las que llega el escritor bilbaíno pero, también a fuerza de ser honesto con uno mismo, no puede el lector quedar incólume ante el planteamiento que, casi obsesivamente, nos presenta don Miguel en éstos sus ensayos. La necesidad perpetua y permanente de la duda, como mayor signo y reconocimiento vital de nuestra propia existencia y, lo más importante, el anhelo innato por trascender, por no morir del todo, por (con)vivir en y para los demás, y así, poder (sobre)vivir eternamente en uno y en todos. Reproducir, para finalizar, unas breves palabras de don Miguel que cuadra con lo indicado anteriormente, de lo que era perfectamente consciente el autor: "Todo escritor que se estime ha de aspirar a ser continuamente discutido, a no ser nunca del todo y por todos aceptado".


20 feb. 2014

EL ARCA ESTABA EN YUCATÁN



THE GUN CLUB         "THE LAS VEGAS STORY"
Pónganse en situación. Una avioneta Cessna 150 sobrevuela los manglares costeros de la península del Yucatán, inicio del verano de 1984. Es su quinto o sexto viaje transportando a dos estrafalarios pasajeros norteamericanos, alojados desde hace semanas en uno de los muchos hoteles del más austral estado mexicano. En su historial turístico constan varios vuelos sobre gran parte de la costa, desde Rio Lagartos hasta Sisal, aterrizando una vez (contra pronóstico) en una pista clandestina que se desvía de la población de Pisté hacia las ruinas mayas de Chichén Itzá, paralela a  la interestatal 180. Además de las visitas a distintos restos arqueológicos de la cultura maya (en uno de ellos aparecieron, ante al natural estupor del resto de acompañantes, semi-desnudos con los rostros pintados de excrementos de aves), tuvieron tiempo para sumergirse en los cenotes de Ikkil y Samula, experimentar con lavativas estomacales (preparadas con una mezcla de supuesta milpa aborigen fermentada y cazón) y, con ferviente dedicación, beber en abundancia el codiciado balché, vino sagrado de la antigua cultura autóctona. Pero ahora mismo nuestros protagonistas, que habían llegado al país semanas antes para someterse a una radical cura de desintoxicación, vuelan  casi a ras de las sabanas cercanas a Mérida. Desde allí tomarán otro vuelo hasta la capital federal de la nación. Un par de horas de aburrida espera en alguno de los numerosos bares del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México y, ya suficientemente colocados, vuelta a casa, a Los Ángeles.

Los pasajeros que regresan a California son Jeffrey Lee Pierce y Brian Tristan según consta en sus pasaportes, aunque éste último es más conocido en ciertos ambientes como Kid Congo Powers. Mientras Jeffrey, amodorrado contra la ventanilla del avión, no da señales aparentes de vida, su compañero Brian, (cuyo ADN genético nos muestra a un indígena americano de nuevo cuño, con antepasados mejicanos y apaches de la Arizona) rememora los últimos años pasados en compañía de su compañero de vuelo. Nitidamente recuerda a ese tipo tan extraño que hacía cola a la entrada de un concierto de Pere Ubu, mitad de 1979 en uno de los muchos clubes de Los Ángeles. Lleva en la solapa de su brillante impermeable negro de vinilo una gran chapa de Blondie, calzaba unas pequeñas botas vaqueras blancas que cubren media parte de sus cortas piernas y, para resaltar aun más su bizarra presencia , el pelo aparecía planchado en distintas mechas de colores casi imposibles. Unas cuantas cervezas adelante y, como quien no quiere la cosa, nuestro Kid Congo ya ha sido convencido para formar junto a Jeffrey Lee lo que sería el embrión de la banda The Gun Club, haciéndose cargo de la guitarra en The Creeping Ritual, nombre que dan a un combo que tendría como base musical a Bo Diddley, Marvin Rainwater, Winston Rodney Burning Spear, Marty Robbins y el primer Little Richards. Un sonido enmarcado en estructuras básicas  de blues, construido para otorgar a la guitarra un sonido lo más abierto posible, mezclado con tonalidades  de la entonces escena inglesa y del "no-wave" neoyorquino.

Aquel su primer concierto en el Hong Kong Cafe de Chinatown refulge en la mente de nuestro particular héroe, finales de 1979. Ha pasado poco tiempo, coincidiendo con la salida de la primigenia base rítmica del grupo, cuando él y Jeffrey Lee deciden el cambio de nombre, ya como The Gun Club, y reclutan al bajo y al batería de The Bags (una conocida banda angelina que se movía dentro de la órbita de Kim Fowley), Rob Ritter y Terry Graham. Siguen a marchas forzadas las nuevas sesiones de ensayo con los nuevos miembros del grupo y, a las pocas semanas, según reconoce el propio Kid,  profundizando en una versión del famoso "Preachin´The Blues" de Son House,  "descubren" su verdadero y genuino sonido, una suerte de "beat" rítmico que va cambiando de acuerdo a las variaciones vocales, muchas veces ajenas éstas a un recitado convencional, que les permite romper los acordes del tema o mantenerlos en suspensión, a la espera de una nueva improvisación que les abra paso hacia la melodía final. Para ellos era como " si sonara como Patti Smith y The Slits" y, a raíz de este nuevo "descubrimiento" van componiendo los temas más importantes del que sería su primer larga duración, "Jack On Fire", "She´s Like Heroin To Me", "Railroad Bill" o "For The Love Of Ivy".

En un lugar indeterminado de la ruta de vuelo entre las costas de  Nayarit (allá donde en 1532 Diego Hurtado de Mendoza fue por última vez avistado en su buque "San Marcos") Jeffrey Lee sufre un repentino vómito. Nadie, aparte de él mismo, parece percibirse de tan molesta situación. Un repelente vaho de alcohol y papilla de analgésicos se mezclan con restos de hamburguesas, jitomates y opaco tabasco Heinz. De una forma autómata Jeffrey coge una servilleta y se limpia los restos del naufragio. A su lado Kid Congo Powers se encuentra en una fase de cortos y profundos ronquidos agónicos, sus sonidos inconscientemente emulando aquellos descarnados insultos que Jeffrey dirigía a las escasas audiencias que asistían a los primeros conciertos de The Gun Club en Los Ángeles...."¡bastardos, hijos de puta, follamadres perdedores, joderos todos!"..., para a continuación lanzar contra el suelo del escenario un menudo ejemplar de la Biblia y pisotearlo con saña. Si su pretensión entonces era servirse de la agresividad del punk para deconstruir la propia música que interpretaban, bien que lo consiguieron (además de crearles un aura de malditismo y repulsión popular). Ciertamente alarmado por sus ronquidos Kid se despierta y, sintiendo como sus ojos empiezan a lagrimear profusamente, vuelve su mirada hacia la mano derecha de Jeffrey, coge la servilleta y se la pasa con rabia por la cara.

Es en uno de esos conciertos en Los Ángeles cuando, ¡cómo no recordarlo Kid! (diciembre de 1980), la banda recibe la inesperada visita de The Cramps, recien mudados a California desde Nueva York. Su entonces guitarra Bryan Gregory acaba de abandonar el grupo y Lux e Ivy intentar reclutar un nuevo guitarrista. Parece que les gustó lo suficiente el estilo y la desmadejada figura de Kid Congo y le proponen de inmediato su entrada como nuevo miembro del grupo. Kid , buen muchacho, lo consulta previamente con Jeffrey Lee y éste le recomienda no pensárselo ni un solo minuto. Ya se relame el chaval en dulces ensueños junto a una de las bandas más selectas de aquellos tiempos cuando, imponderables de los inhibidores enzimáticos de su organismo, los poderosos efluvios tóxicos emanados de la servilleta de Jeffrey Lee entran en acción y Kid, sus defensas orgánicas debilitadas por años de excesos (pese a su juventud), pierde el conocimiento. Estamos, en este momento del relato sobrevolando la Isla Tiburón, la más grande del golfo de California, apenas a una hora de aterrizar en el aeropuerto de Los Ángeles, territorio sagrado de los indios seris.


No es seguro que Kid Congo recuperara plenamente el sentido hasta la llegada a destino, acompañando en este supuesto a un Jeffrey Lee Pierce que ya entonces olía a pura defecación; más bien las figuras de ambos se asemejaban a las de dos lagartos de Sonora aplastados por las ruedas de una pick-up Toyota. Lo que si es cierto es que la azafata de turno (aquella de Brooklyn, ¿recuerdan?) se gastó todo un pulverizador de colonia intentando apaciguar el nauseabundo olor de la fila 23. Y es así que (ya no se distingue donde concuerda la realidad y la ficción, y si el tiempo diera para mucho más ) nuestro héroe indígena se reencuentra con Jeffrey Lee casi tres años y medio después en Australia, al inicio de la salvaje gira que The Gun Club dio allí a comienzos de 1984. Kid, ya liberado entonces de sus compromisos con The Cramps, ha sido llamado por un desesperado Jeffrey para paliar la repentina salida de su anterior guitarra, Stuart Dotson. Allí se encuentra con su primer camarada de The Creeping Ritual, el batería Terry Graham, y con una belleza gótica, Patricia Morrison, que sustituyó hacía algunos años al bajo a Rob Ritter. Australia, entonces incendiada por las hordas post-punk y el maravilloso estigma de grupos como The Beast Of Bourbon, les acoge con los brazos abiertos.

Nuestro avión procedente de México D.F. con destino a Los Ángeles ya sobrevuela Inglewood e iniciará, en unos 10, 15 minutos, las maniobras de aproximación al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Curioso ver como, al igual que se tratara de un proceso telepático, Kid Congo rememora aquí el retorno de la banda desde Australia. La entrada, poco tiempo después, del grupo en los estudios Ocean Way para grabar su siguiente album, "The Las Vegas Story", un trabajo conceptual ideado por Jeffrey y por él mismo que, inicialmente, pretendía ser un panegírico de la decadencia de la ciudad de Nevada para convertirse, al poco tiempo, en una desconsolada imagen de la América de Ronald Reagan. El giro total al estilo anterior del grupo ya está claramente acordado por ambos. Nada de punk-blues, ni de barridos psychobillies, ni señas de identidad que pudieran suponer una repetición de sus obras anteriores ("Death Party" y "Miami"). Ni por asomo repetir en la producción con Chris Stein, al que acusan de haber desvirtuado en gran parte el sonido de su segundo album. Buscan a un productor que asimile y de forma a su nueva concepción musical, un sonido que recogiese básicamente las distintas capas de guitarras al estilo Television, crudas y elegantes, enmarcadas en un trasfondo de free-jazz, en tanto que esta vía les propiciaba una libertad interpretativa que anhelaban emular. Piensan en gente como Tom Verlaine, John Cale, David Lynch, Mitch Easter, Prince..., hasta que finalmente se deciden por Jeff Eyrich, profesional que ya tenía cierto renombre al trabajar anteriormente con T-Bone Burnett.

Cuando ya nos acercamos a la pista de aterrizaje es cuando Jeffrey por fin despierta. Todavía medio aletargado observa una cómica mueca en la boca de Kid Congo. Ignora, cómo saberlo entonces, que éste está ahora recordando las sesiones de grabación del "The Las Vegas Story" en el Ocean Way Studios. Como se adueñaron (por algunas noches y sin permiso del propietario) del equipo "vintage" de grabación de Ry Cooder (entonces trabajando en la banda sonora del "Paris, Texas"), de la llegada una madrugada de una gigantesca limusina blanca, desde donde descienden apresurados Stevie Nicks y su cohorte para, al poco tiempo, encerrarse todos y atrancar las puertas de los lavabos del estudio (tanto el de mujeres como el de hombres), o de la participación del entonces pianista de Julio Iglesias en alguno de los temas, al igual que hicieron los hijos del cantante Andy Williams, Andy y David, a la sazón dos reputados intérpretes barítonos. Todo fue una fiesta. Animal Records, el sello de Chris Stein, había sido recientemente comprado por Chrysalis y el presupuesto de grabación no reparó en gastos. Kid aprovecha entonces, cuando ya la mueca de su boca se ha tornado en un no disimulado bostezo, para estirarse en la butaca. Busca perezosamente en su chaleco mejicano de gamuza una botellita completa de Jack Daniels Old No. 7 y se la lleva a los labios. Después de saborear brevemente su líquido dulzón se la pasa a Jeffrey. Éste erupta suavemente y la vacía de un solo trago.


Al poco de esta recreación histórica, donde muchos de los datos reseñados responden a la más estricta veracidad, The Gun Club se embarcaron en una extensa gira por los Estados Unidos y Europa que les llevó más de seis meses. Al final de la misma, ya en Londres, la banda decide no volver a su país. La situación política propiciada por el conservadurismo a ultranza de Reagan les parece insoportable. Además, las relaciones personales con Jeffrey Lee Pierce parece que habían llegado ya a un punto de no retorno. Éste último inicia una breve carrera en solitario, antes de reagrupar de nuevo a la banda, Patricia Morrison entra a formar parte de The Sisters Of Mercy, al igual que hace nuestro querido Kid Congo Powers con Nick Cave And The Bad Seeds. Pero son estas otras historias que, con algo de paciencia, pudieran ser contadas en otra ocasión.


Esta casa agradece fervientemente a la web fromthearchives.org, toda la enorme base documental, ya sea en texto o fotográfica, de la que es propietaria y que nos ha servido para redactar esta entrada.






15 feb. 2014

EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA




ELLIOTT SMITH              "FIGURE 8"
He sido, lo reconozco, abducido inexplicablemente por una desconocida materia extraterrestre. Algo,  o alguien,  ha coaccionado mi voluntad de una manera fragante , transportándome  hacia una nave espacial ufológica de difícil descripción técnica. Entre las primeras imágenes que ahora puedo recordar no aparece ningún garaje, ni taller mecánico, ni hangar abandonado entre suburbios urbanos, tampoco las típicas herramientas desparramadas por el suelo, iluminadas por un fenomenal contrafuerte de luz de plata. (No tuve la suerte de presenciar ninguna imagen de "thriller"  americano..., tampoco)

¿Qué fue entonces?

Lo que inicialmente recuerdo fue un agradable picor en las palmas de las manos, sensación que se acrecentaba paulatinamente hasta provocar una especie de helado cosquilleo metálico. Una leve malla de acero pretendía enrollarse entre mis brazos, anhelando formar una madeja irisada, pero sus nervios se revolvían descontentos como si fueran arañados por las aristas de unos acantilados feroces, tan lóbregos como aquellos sueños geográficos que "Catherina Tekakwhita tuvo junto al nacimiento del río Mohawk"*. ¡Ah! Leonard Cohen, ayúdame, tú que aún transitas entre los pasillos del Chelsea Hotel.

Si.

Hay trescientos silencios entre los primeros párrafos de Babilonia y los del monte de Cthulhu, aquel pictograma soñado del "Amanecer Naranja del Delta de Seda*" nos abre la puerta a  este mundo de hollados caracoles, sus estrías llorando con lágrimas cuarteadas por siglos y líquenes inexplorados, aquellas que acaban vaciándose en valles donde solo vuelan libélulas de un despiadado marfil nublado. Y en sus altísimos vértices, como en las torres desmochadas de Jericó, se enroscan las serpientes eléctricas de Brooklyn, luces inexpugnables de un neón brillando entre ladrillos blancos. 

Y así me ensueño entre las vertientes de las grandes montañas, como una huella más, como un alud. Han pasado las páginas del libro de las grandes aventuras alpinistas entre mis dedos y siento el escalofrío de haber estado donde nunca estuve, y aun dudo ante ese último escalón de hielo, poco antes de llegar  a  la cima donde reina el ojo acústico. Todo sucede acorde al ritmo antiguo de las primeras autopistas inglesas, aquellas del "Radio On*" de Chris Petit, entre los primeros pilares remozados tras los estragos de la Luftwaffe, en un blanco y negro de Afga y de Hasselblad, cuando los cigarrillos Embassy iban desde la boca de Marlene a los labios de Winston, una suerte de nostálgico cabaret unía  a las tropas, siempre vencidas.

Y parece que de ninguna manera puedo parar esas líneas horizontales que se precipitan como latigazos entre el asfalto, y es así que no me impiden contemplar la minúscula orografía de las grietas del pavimento, y también me prohíben saborear los grumos de alquitrán, tan queridos, ahora cuando ningún cabo queda aquí arriba, una nada estratosférica rodea hasta el vaivén de mi estómago. Añorar la basura de los arcenes, las latas oxidadas, paquetes de tabaco amoratados por la lluvia de siempre, restos de animales atropellados, sus pellejos resecados formando parte ya del paisaje lunar, cristales de brillos descatalogados, cruces de piedra con flores.

Desde aquí arriba, tan alto. Una orquesta de tristes laúdes engarza una misteriosa canción para los Orones. Como el llegar a una cima donde se alcanza lo que sin remedio cae, así,  tan alto llegué. Y ver un país de nubes donde las alas han quedado estáticas pero aun remueven rascacielos y portaaviones de algodón, y hay un breve fulgor ante tantas miradas antiguas que causan un eco eterno, inmortal. Aquellos jardines que van cayendo en cascada entre tormentas azules, sus rayos atrayendo a gigantescos lepidópteros que crean Áfricas y otros Orinocos y sus afluentes de nuevo. No pude imaginar tanto espacio, tantas diademas de color, tanto aire, tanto esperma desperdiciado entre las garras cerradas del tiempo.


Espero. Si, espero, a que pase un segundo de vida más, y otro y otro más, hasta hacerlos respiración, para juntarlos todos con las miradas de aquellas bellezas apalachianas de 1979. Y sentirme a mí mismo, y conmigo a todos los hombres, y a aquellos a los que apenas miré, hacerlos míos también. Es así que cuando camino por esta hondonada cósmica contemplo extasiado cómo se mueven ellos, su desplazamiento pacífico, su deambular de levitación y gestos lúdicos. Como un gigantesco apéndice sin fin ni principio, la oreja perfecta ondea el sonido, la lengua siempre palpitante en la boca de millones de palabras, todas ellas nuevas, cada vez que se pronuncian.

Así entonces se desplaza la epidermis del universo, por esas venas que son cauces de planetas, flujo sanguíneo del Danubio marciano, entre cráteres de cebollas atómicas. Sube por fin un halo de nieblas retrasadas, despidiéndose de las heladas superficies de los "Lagos Lunares*", hasta el lugar donde me encuentro, no demasiado lejos de las revueltas del sueño más profundo. Desde allí espero la llamada de los juncos inamovibles, aquellos que en su vaivén reflejarán mi última voluntad. La de abandonarme aquí, así, para siempre. En el talud fluido del mármol.

Elucubraciones varias después de la repetida audición del "Figure 8" de Elliott Smith.

* "Beautiful Losers", Leonard Cohen (Panther, 1973)
* Amanecer Naranja del Delta de Seda. Cosecha de la casa bajo la influencia de H.P.Lovecraft
* "Radio On", película de Chris Petit, 1979. Una de las pocas "road-movies" inglesas. Imprescindible.
* Lagos Lunares. Cosecha de la casa bajo la influencia de la uva verdejo.







12 feb. 2014

LA MUÑECA EN LA MANO DE JOHNNY THUNDERS.




NEW YORK DOLLS                "TOO MUCH TOO SOON"
Sucede con cierta frecuencia que nos parece haber vivido con anterioridad un acontecimiento que está ocurriendo en este instante, ahora mismo. La mente hace una suerte de barrido de imágenes y, de forma velocísima en apenas unos pocos segundos, tenemos representada ante nuestra vista interior toda la secuencia, pasada, presente y, como momento más atrayente, la futura anticipación del final fílmico. Cuando esta experiencia viene a rememorar el lado más feliz de la existencia no es fácil, entonces, que se de en aquellos músicos que han carecido de éxito en su carrera profesional y, es por esto, que hoy se me antoja hacer un pequeño homenaje a una banda que mereció mucho más de lo conseguido. Sirva esta entrada como su pequeño "flashback" sentimental.

New York Dolls es un grupo de corta vida, apenas 7 años desde su inicio en 1971 hasta su disolución en 1977. Bien es cierto que dos de sus miembros originales, el cantante David Johansen y el guitarrista egipcio Sylvain Sylvain, siguieron estirando el hilo del grupo durante muchos años más (de hecho creo que siguen en la brecha todavía), representando una especie de parodia musical e imaginaria que les ha permitido seguir ganándose la vida, pero no es esta madeja la que nos interesa desenmarañar. La que de verdad nos importa es la que hace aguja desde el mismo año 1971 cuando, procedentes de un grupo anterior conocido como The Actress, Johnny Thunders, Billy Murcia y Arthur "Killer" Kane entran en contacto con David Johansen y Sylvain Sylvain para formar la banda objeto de nuestros comentarios de hoy.

Durante ese mismo año (1971) los New York Dolls (gran nombre que expresa más que fielmente su imagen y actitud provocadora) se curten en muchos de los garitos que proliferan a lo largo y ancho de la Gran Manzana hasta que, en 1972 y en una de sus actuaciones en el Mercer Arts Center, un Rod Stewart entonces de paso en la ciudad les invita a ser sus teloneros en los distintos conciertos que como The Faces estaban a punto de comenzar en Londres. Allí actúan entonces apadrinados por el futuro escocés de oro no sin que, lamentablemente y al final de su estancia, un luctuoso hecho les golpee  severamente. La muerte por asfixia del batería colombiano Billy Murcia, en una de las numerosas fiestas "after-show" londinenses en noviembre de ese mismo año, les enfrenta a la necesidad de volver a su Nueva York natal y plantearse su futuro inmediato.

Ya de vuelta a casa, y después de varias audiciones en las que llegó incluso a presentarse un tal Mark Steven Bell (nombre posterior, Marky Ramone), Jerry Nolan fue el batería elegido para sustituir a Murcia. Nolan, otro neoyorquino de Brooklyn, era ya conocido por la banda al haber actuado como telonero de los Dolls con su banda "Shakers" antes de que éstos iniciaran su excursión fatídica por Inglaterra, y estaba además plenamente imbuido por el imaginario andrógino y convulsivo del momento, marca patentada de la casa "dollyana", al haber tonteado previamente con gente de Kiss y Suzy Quatro. Así que, a comienzos de 1973, nos encontramos ya con la MkII de los New York Dolls, aquella que grabó sus dos únicos discos con el sello Mercury y que, en definitiva, fueron los que vivirían la perentoria fama del grupo. David Johansen a las voces, Johhny Thunders y Sylvain Sylvain a las guitarras solistas y rítmicas, Arther Kane al bajo y Jerry Nolan a las baquetas.

El siguiente año, 1973, es el de la publicación de su primer album homónimo. Trabajo producido por un brillante Todd Rundgren que, a pesar de cosechar excelentes críticas en los medios de la época, apenas vende unos pocos miles de ejemplares. Un año después aparece este "Too Much Too Soon", producido esta vez por George "Shadow" Morton (conocido por su trabajo previo con las estupendas The Shangri-Las). Comparado con el anterior disco, aquí aparecen las aristas estilísticas un tanto más depuradas, las guitarras de Johnny y Sylvain suenan más nítidas. Morton fue capaz de crear un ambiente de alto voltaje rítmico donde, al protagonismo de las guitarras, se añadían mezclas dominadas por capas de efectos de sonido adecuados a cada canción, además de coros femeninos (¿o eran realmente ellos?) que reforzaban el ambiente andrógino y rompedor de la grabación.

Todo ello enmarcado por un grupo de canciones propias de Johansen y Thunders más otras tantas versiones de "covers" de segunda fila, de autores como Archie Bells & The Drells, The Cadets, Leiber & Stoller o Sonny Boy Williamson, que dieron al disco un tono final de brillo oscuro, de acera cubierta de basura a punto de ser mojada por una manguera a presión. Un auténtico ejercicio de "lumpen" urbano que tiene como protagonistas a los "chicos", a los "boys" tantas veces llamados a la acción callejera, invitados a fiestas incontroladas (las que siempre echaban de menos), bailes esquizofrénicos con competidores advenedizos, encontronazos con sañudos policias, cuando no heridos por la aparente superficialidad de sus chicas (más aun cuando ellas no aceptan sus proposiciones sexuales), trasuntos todos ellos de perdedores felices en sus momentáneas derrotas, reflejos de una ciudad obsesionada en enseñar sus vicios para hacer arte de ello. Y cuando el paisaje urbano se les hace pequeño, ¿por qué no recurrir al exotismo de la jungla o del lejano Oriente?. Todas las plataformas pueden tener cabida.

Una sucesión de temas como "Babylon", "Stranded In The Jungle", "Who Are The Mystery Girls?", "(There´s Gonna Be A) Showdown", "It´s Too Late", "Puss ´N´ Boots", "Chatterbox", "Bad Detective", "Don´t Start Me Talkin´" y "Human Being" merecen un puesto en el pequeño olimpo de la banalidad roquera, con mucha mayor razón si están "interpretados" con la fuerza y la convicción de los New York Dolls. Porque de esa banalidad crean puro expresionismo musical moderno, un rock lleno de colores "camps" y trazos similares a violentos brochazos. Y la audiencia del momento (aunque peores fueron los ejecutivos discográficos), apenas sin enterrarse de nada. 

Su imagen de entonces, en el histrionismo más "kitsch" y posiblemente repelente del "glam", su agresiva provocación andrógina, mostrando descaradamente nuestro yo femenino (que con seguridad convertía a Jagger en un pacato aficionado), la ruptura que su presencia y estilo supusieron contra la cultura "underground" del entonces todavía vivo hippismo (y su música y su floritura ya medio ajada), fueron elementos fundamentales para hacer de ellos unos auténticos iconos de lo que siempre ha sido el rock, además de abanderados de lo que posteriormente sería el punk. Y ante todo ese cúmulo de grandeza, un mercado que no les acepta como se merecieron, que rehuye por demasiado atrevida su apuesta y que provoca que la banda se disuelva al poco tiempo.



"Making that split
better move quick
better not slip
better get hip
I done plead the fifth
going for a hoot
 I thought I´d shout"
("Puss ´N´ Boots")

Valga este breve apunte de la mejor poesía urbana de los New York Dolls para refrendar mi admiración por una de las mejores (y lamentablemente más olvidadas) bandas americanas de siempre. ¡Va también por usted Mr.Johnny Thunders!.

4 feb. 2014

LAS TRANSFORMACIONES DE LOU REED.



VICTOR BOCKRIS            "LAS TRANSFORMACIONES DE LOU REED"
Acabo de terminar la lectura del "famoso" libro de Victor Bockris, "Las transformaciones de Lou Reed" (editorial Celeste, 1997), empujado por la aun latente emoción causada por la reciente desaparición del artista neoyorquino, y estoy cabreado. Podría decir que ese disgusto me sobrevino al constatar, como se hace bien patente a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas, el malévolo (por no emplear otro calificativo más fuerte, no por ello menos merecido) carácter de la personalidad de Lewis Allen Reed. La razón definitiva que apuntala el enfado que describo viene dada cuando leo en la página 384, apenas a diez del final del libro, lo siguiente: "Cuando Kurt Cobain murió de sobredosis en un hotel de Roma durante la primera semana de marzo de 1994, llamó (se refiere a Sylvia, la por entonces mujer de Lou) a Lou para sugerirle que enviaran flores y una nota. "No", respondió Lou". Ahora me entero que una de las más sabias decisiones que tomó el amigo Reed en su existencia fue negarse a manifestar públicamente su pesar por la muerte de un colega, todavía vivo entonces, aunque por poco tiempo, eso si.

 Esta anécdota, que puede parecer banal,  plantea una pregunta de fondo del máximo interés académico. Si la información de Bockris sobre la muerte de Cobain es a todas luces inexacta, ¿cabría entonces pensar que todo (o parte) del cúmulo de información que baraja (y publica) el autor sobre la vida de nuestro protagonista está realmente contrastado, dándole en definitiva al trabajo final la consideración de biografía fidedigna?. Más vale que corramos un tupido velo sobre el asunto y, además de refrendar con nuestro texto tanto el clamoroso error del autor como el de los correctores de la editorial que publicaron el libro original a mediados de 1994, "Transformer, the Lou Reed Story" (y de la editorial española que lo hizo en 1997, que bien podría haber incluido un desmentido en nota a pie de página), nos centremos brevemente en el propio contenido del libro.

Históricamente hablando el libro de Bockris cubre desde 1959 hasta 1994, desde el momento en que Lou es sometido a unas escalofriantes sesiones de electrochoque, con el fin de combatir su homosexualidad, en el Hospital Psiquiátrico Estatal de Creedmore, hasta que rompe la relación con su esposa Sylvia Morales y consolida su vínculo sentimental con Laurie Anderson. Durante esos 35 años asistimos a las aventuras (y desventuras) de un Reed irremediablemente influenciado por su entorno más cercano. El de su propia familia, enmarcado por un odio patente hacia sus padres (motivado quizás por las sesiones hospitalarias mencionadas anteriormente, aunque esto no queda suficientemente aclarado), hasta su paso y licenciatura (en Lengua y Literatura Inglesa)  por la Universidad de Siracusa, plataforma que Lou aprovecha para profundizar y afianzar su amor por la literatura y la entonces incipiente música rock (allí conoció a Garland Jeffreys y al mismo Sterling Morrison, creando la primera de sus bandas, LA & The Eldorados), así como para empezar a cultivar una imagen de doble vertiente; la una dedicada a su indomable afán por convertirse en "el más loco de los locos del campus universitario" (un psiquiatra probablemente diría que, con su estrafalaria y corrosiva actitud, estaría intentando crearse una personalidad propia ante una multitud de alumnos convencionales), la otra a experimentar hasta el límite (normalmente en sus niveles más groseros) en sus relaciones personales, tanto en el aspecto afectivo (su amistad con el poeta Delmore Schartz y la relación con su primera novia Shelley Albin o la curiosa admiración por su compañero Lincoln Swados), como también en el aspecto puramente sexual. Literatura, rock incipiente, drogas y alcohol a mansalva, bisexualidad que pretende ser promiscua, y un comportamiento de personaje muy en la onda de su idolatrado Lenny Bruce, conforman la carta de presentación de Lou antes de su definitiva llegada a Nueva York. 


Y ya en Nueva York sucede la mayoría temporal de la historia de Lou. Asistimos a una muy primera época (verano de 1964) en que el artista se ejercita como "escritor de canciones a destajo" en la compañía Pickwick International (ubicada en Long Island City), y su traslado posterior a la gran urbe; los primeros contactos con el expatriado John Cale en la primavera de 1965 (y la profunda admiración inicial por el músico galés que, por entonces, pertenecía al renombrado Theatre Of Eternal Music de La Monte Young) y Angus McLise (que propiciaría su conexión con Andy Warhol y su Factory). La creación de una muy efímera primera formación musical que respondiera al nombre de The Primitives (ya entonces Lou había compuesto temas como "Heroin" y "Waiting For My Man", aunque aun no las ejecutaban en directo)
para, al poco tiempo, convertirse en The Warlocks (aquí ya con Sterling Morrison a la guitarra rítmica), plataforma en la que ya ensayaban canciones como "Venus In Furs", "Black Angel´s Death Song" o "Wrap Your Troubles In Dreams",  hasta dar definitivamente con The Velvet Underground, nombre sacado del título de una novela de sexo suburbano, en edición barata de bolsillo, , con la que se presentó un día uno de sus colegas, Tony Conrad, en el fétido apartamento que todos compartían en Ludlow Street. 


 La entrada de The Velvet Underground en la onda de Andy Warhol y su Factory es uno de los capítulos en la vida de Lou que mejor quedan reflejados a lo largo del libro. La influencia personal y artística que el, entonces ya consagrado artista de Pittsburgh (hablamos de febrero de 1966), ejerciera sobre "su alumno preferido" Lou Reed fue inmensa. Pero así mismo sería  justo decir que ambos personajes, alimentados por unos egos de dimensiones estratosféricas, se sirvieron mutuamente para alcanzar las cotas de notoriedad que anhelaban. Andy, guiando a la banda en cuanto a imagen y reflejo del más fascinante glamour de la época, patrocinando los primeros conciertos del grupo y financiando, en buena parte, la grabación de su primer Lp "The Velvet Underground And Nico", consigue hacer de ellos, en muy poco tiempo, la marca musical de su proyecto multi-artístico (con evidentes ambiciones de lucro económico también); Lou, se sirve de ello para patentar su primera imagen culta y elitista, aprovechando para ejercer sin cortapisas un comportamiento sexual desinhibido (marca de la casa), y sacando a la postre las primeras lecciones que consolidarían su siguientes intentos por encaramarse al estrellato del firmamento rock. En el transcurso de estos acontecimientos hay guerras soterradas entre los principales contendientes. Lou contra Andy al imponerle éste a Nico como cantante en el primer album, Andy contra Lou al no satisfacerle aquél económicamente por los beneficios obtenidos por las ventas de ese primer trabajo, Lou contra John Cale, celoso de su protagonismo y de la clara influencia y preponderancia musical de éste último, situación que produce su despido y posterior sustitución por Doug Yule, Sterling contra Lou alineado con John, solo Moe (condición que mantendrá durante gran parte de su vida) parece que apoya y comprende a un Reed cada vez más caprichoso.


Otra de las partes más entretenidas del libro de Bockris nos presenta al Reed inmediatamente alejado de una Velvet Underground que da las últimas bocanadas sin su presencia. Nos enfrentamos ahora a la titánica lucha de Lou por transformarse de nuevo, partiendo de cero, sin querer basar su nueva propuesta en lo logrado con sus antiguos compañeros, desechando su más reciente pasado. Viviendo la ciudad al límite, en las aristas de sus más arriesgados contornos, de las más oscuras calles y lóbregos garitos recogiendo vivencias que le pudieran servir para crear su propio corpus literario de canciones. Exprimiendo al máximo la resistencia corporal con la ingesta inmisericorde de "speed" y alcohol, marcando un ámbito de actuación donde solo cabrían los por él mismo elegidos, hombres y mujeres, novias trasvestis, ejecutivos musicales amigos (y algún que otro enemigo) "partenaires" en su alocada carrera por encontrar su nueva personalidad musical y, al mismo tiempo, intentando controlar artísticamente todos los productos discográficos que pudiera su entonces febril mente alumbrar. Toda la década de los 70, sin duda la mejor a nivel creativo de Lou, fue una continua batalla por encontrar y consolidar su propio y nuevo lenguaje, apoyándose muchas veces en amistades que le ayudaron, con las que acabaría peleándose (caso de David Bowie), sirviéndose otras tantas de los consejos nunca olvidados de Andy Warhol, antaño su mejor valedor y, por mucho que durante esa década Lou siguiese enfrentado con él y criticándole públicamente, en la intimidad (junto a un hermano Cale) el verdadero referente paternal.


La década de los 70 termina con un Lou Reed más que mermado físicamente, aborrecido por una gran parte de sus amigos y conocidos (sentimiento que él mismo compartía a la inversa) y prácticamente arruinado. Desde lo más alto de su cúspide, propiciada por un reconocimiento internacional (que no le satisface totalmente) de las grandes obras creadas entonces y, al mismo tiempo, enfurecido por sus fracasos tanto inmerecidos ("Berlin") como buscados ("Metal Machine Music"), Lou se enfrenta a la siguiente década con la lección bien aprendida. Fuera drogas y alcohol, fuera ambivalencia sexual, fuera falta de control económico en sus trabajos. Igual que supo valerse de otras personalidades (Cale, Warhol, Bowie) para mantener su "status" la década pasada, en esta nueva se servirá de un personaje que hará de él un ser, si no diferente en su atribulado y feroz carácter, si claramente enfocado a la visión crematística del negocio, intentando, eso siempre, mantener la excelencia creativa a la que nunca renunció. Hablamos de Sylvia Morales, la mujer con la que contrae matrimonio el día de San Valentín de 1980. Su presencia a partir de ahora, otorga a Lou la tranquilidad de saberse cobijado por una persona que mira al detalle sus cuentas, organiza sus giras, asesora en sus contratos, engorda sus cuentas bancarias y, cómo no, también le sirve como colchón para cebar en ella todas sus frustaciones pasajeras y fortuitas, con o sin la razón de su lado. Esa situación estable y casi convencional, que a varios de los miembros de sus distintas bandas les parecía el colmo del aburrimiento cuando iban de gira (nada de drogas, ni alcohol, ni fiestas post-conciertos), sirve a nuestro personaje para mantener un alto nivel creativo, que se manifiesta en obras del tamaño de "The Blue Mask", "New York" y "Magic And Loss", al tiempo que le abre nuevos caminos de reconocimiento internacional (por instituciones de prestigio, nacionales y extranjeras) y suculentos contratos con empresas privadas (American Express y Honda).

Ya en los 90, la última parte del libro de Bockris, aparece un Reed que ha recogido los frutos de su disciplinada década anterior y al que, en el año 1992, se le ofrece la oportunidad histórica de una nueva reunión con los antiguos miembros de Velvet Underground, la grabación de un album en directo ("MCMXCII") y la gira que les lleva por gran parte de Europa, anulada en su siguiente vertiente americana y una de las causas de su posterior alejamiento de su mujer Sylvia. Poco tiempo antes (en 1990), y como homenaje y saldo de cuentas con su amado Andy Warhol (muerto inesperádamente en 1987), él y John Cale publicarán el album homenaje "Songs For Drella". Ambos hitos discográficos son, quizás, las reseñas más interesantes, además de su encuentro y unión sentimental con Laurie Anderson, de esos primeros cuatro años con los que se cierra definitivamente el libro.

Trabajo el de Bockris, muy bien traducido por Roger Wolfe, que sirve para contrastar lo que muchos sabíamos, aunque no en los escabrosos detalles que nos muestra el autor. El endiablado y soez carácter de un portentoso talento artístico, su maldad innata, su crueldad muchas veces gratuita y humillante. También su lado bondadoso e inmaduro, egoísta y, muy al final, altruista. Quedan suficientemente bien relatados por el autor todos y cada uno de los grandes discos de The Velvet Underground y de Lou Reed (casi siempre usando las voces de críticos musicales de los medios de las distintas épocas), así como todos aquellos músicos (además de Cale y Bowie) que le ayudaron a encontrar su propia voz como intérprete (mención especial para Mick Ronson, Steve Hunter, Dick Wagner y Bob Quine, todos guitarristas, en este apartado). También, para finalizar, página  a página, se nos muestra una fascinante ciudad de Nueva York, desde los inicios del "underground" a mitad de los 60, pasando por los canallas y desbordados 70, hasta una cierta y acusada impersonalidad que refleja el "boom" económico y financiero de los 80 y 90. Muy recomendable, a pesar del increíble gazapo reseñado al comienzo.