HOME                     LINKS                       CONTACT                      

30 may. 2014

EL ÚLTIMO VIAJE DE JACK




LA VANIDAD DE LOS DULUOZ                        JACK KEROUAC
Oh viejo Jack, si estás en algún sitio conocido, aunque solamente sea en aquel en el que habitan los elegidos, ese desvencijado almacén que debemos descubrir por sus relatos y por nuestra santa intuición de bebedores, muéstrate de nuevo y marca el camino a seguir, semejante a aquel que nos enseñaste a finales del 57. Haz que tu aliento de cobre viejo tome nueva vida y dicte unas pocas palabras, aunque sean incomprensibles, para todos aquellos que, como nosotros, últimos seguidores de las curvas hacia ninguna parte, precisamos de un guía, alguien que nos cuente de nuevo como salpicaban sus oraciones los solistas de jazz de la calle 52, mojados hasta los huesos por el mejor alcohol barato canadiense, cegados por nieblas de humo de Virginia. Haznos entonces alguna señal, podría ser semejante a la que mostrabas a las innumerables nubes que bajaban por el Hudson, y seguiremos tus indicaciones sin pestañear, dichosos por llegar derrotados a cualquier cuartucho del Village y, tumbados a lo largo de una desvencijada alfombra persa, entonar los acordes secretos al compás del "koto" japonés. 

He visto a una mujer de gigantesca belleza suburbana, su boca orillada por los más hermosos labios posibles en un atardecer de la Linea 2. Y eran una concha de carne celestial, esa bulba externa que al abrirse solo podía mostrar un halo de bienestar para los demás, pasajeros sumidos en un sórdido traqueteo hacia los oscuros rincones de la eterna rutina. Sentada sin elevar sus ojos más que esporádicamente, de un azul semejante a las crestas de los delfines del estrecho, con la mirada perdida hacia al suelo y una tenue sonrisa que mostraba una tristeza infinita, un canto silencioso de paz y resignación. ¿Donde irás nueva musa de los sonidos de los ferrocarriles, esposa de mis manos que quisieran recoger las tuyas y besarlas, aspirar el dulce sabor de la pérdida, acompañarte hasta la estación donde finalmente abras tu boca y vea salir de ella todos los mares que añoro?

Jack Duluoz, genuina mezcla de los vientos de la costa este americana, nos cuenta su pequeña y gran historia del adolescente de Lowell, Massachussets, cuando a finales de la década de los 30 busca su propio camino como estudiante y jugador promesa de fútbol americano. Protagonista en un país que aún conserva la deliciosa diferencia entre la ingenuidad de los paisajes rurales y la pujanza industrial y cosmopolita de las grandes urbes. Mundos e imágenes de casas de madera con sus porches de malla metálica, primeras borracheras con sus compañeros colegiales, (algunos fieles en su amistad durante muchos años), playas desérticas donde corre un viento helado en invierno, innumerables tardes de lluvia que hacen más grises las olas y sucias las nubes de algodón, vecindarios llenos de ecos polacos, griegos, judíos, helados, cervezas, cánticos absurdos e ingenuos de una generación que muy pronto entrará en el horror ya presentido de la II Guerra Mundial.

Su paso por el Brooklyn de aceras calientes, por la Universidad de Columbia, los encuentros de fútbol que le enfrentan con otros equipos de la liga universitaria, sus desavenencias con el entrenador, las aspiraciones por que le sea reconocido su valor como deportista destacado, sus primeras relaciones con la que posteriormente sería su primera mujer, personaje en la sombra a quien va dirigido el libro a modo de carta y relato de sus vivencias escondidas. Un Nueva York vibrante donde tienen cabida cualquier tipo de situaciones y, aun siendo aparentemente normales, nunca banales ante el empuje narrativo del viejo Jack. Barrios, aceras, personajes de paso y protagonistas de escenas que muestran vívidamente la pujanza de una ciudad que siempre está al límite de su expresión urbana. Cines, libros, comentarios interminables sobre aquellos escritores por los que se pronuncia Jack y su grupo de amigos y, al momento, sin dar apenas respiro al lector, salida a la calle y vuelta al bullicio febril de las esquinas del Village, correrías nocturnas por los puentes y sentir la velocidad torrencial de un millar de pensamientos cruzando por un cerebro que todo lo quiere abarcar.

Y los viajes como entrenamiento para que el escritor se engarce con la América eterna de las praderas, hacia el sur del aroma criollo, vagabundo crepuscular de toda una posterior generación de compatriotas. Impulso que refleja el ansia estremecedora por vivir y contar la gran historia de una nación adormecida, arquetipo de una sociedad enferma de soledad y búsqueda del éxito a ultranza. Navegación por los mares de Terranova hasta la bahía de Baffin, viejos cargueros que proveen de armamento y material militar a las bases americanas, atenazados por el miedo a los submarinos alemanes. Su llegada a Inglaterra en 1943, siempre de cara a un mar que le trata a menudo con la dureza metálica de los supervivientes, recordando aquella frase genial de Shakespeare, "Gran Bretaña, la isla que empuña el cetro", y vuelta a un Nueva York que les espera con los brazos abiertos de la gran matrona de la muerte.

Quizás sea la última parte de la novela la mejor, aquella que relata la etapa en que consolida su decisión inequívoca de ser escritor. Las nuevas amistades con los escritores ya casi consagrados de la época. La que narra su complicidad en el asesinato de un obsesivo homosexual, personaje tangencial en su círculo de amistades más cercano, epílogo en el que concluyen jornadas interminables de creación alimentada por el alcohol y las drogas, locura colectiva de una banda de lagartos brillantes entre las esquinas doradas de una ciudad enfebrecida por el dolor. Una línea constante de mundos espontáneos, de acciones donde no importa si la inmediatez es sórdida o formidable en su genialidad instantánea, buscando experiencias cuya meta se presume imposible.


Así es que me decido a recoger aquel libro de Rafael Argullol en la librería de la calle Santa Teresa, y mi intención más profunda es volver a ver los ojos de aquella mujer joven que atiende el mostrador en la misma entrada del local. Voy pensando en ella durante el trayecto en tren hasta el centro de una ciudad que a veces es del color de un caldero dorado, otras veces se me presenta como una línea transparente de lluvia recién posada en sus calles. Huelo mis manos que aun mantienen el olor de cebolla de la tarde y los árboles me saludan, fondeando después en las lágrimas de otros. Me invade una sensación de color de berzas deshojadas, enfangadas en las fronteras abisales de las aceras, cuando ella me mira y solo siento un calor que apenas me trata como al buen cliente que ha recogido su encargo.

16 may. 2014

OJOS ABIERTOS EN LA OSCURIDAD




"LOS MITOS DE CTHULHU"                     H.P. LOVECRAFT Y OTROS.
Nunca he sido demasiado aficionado a la llamada "literatura de terror", por emplear una expresión que ya de por sí considero algo feble, aunque, eso sí, no le he hecho ascos casi nunca a la denominada, esta vez con más acierto, de "ciencia ficción", y es que aparecen aquí términos que merecerían cierta clarificación al ser ambos géneros concomitantes en muchos casos. A primeros de la década de los 70 del siglo pasado (fuera de España el fenómeno se dio algo antes), ante la influencia del movimiento "hippie", toda una serie de escritores entraron en la onda de los lectores "enrollados" de entonces. Kerouac, Hesse, Castañeda, Huxley,  Burroughs,  Ginsberg,  Bowles,  Asimov,  Bradbury, otros anteriores en el tiempo como Egard Allan Poe,  Walt Withman o  William Blake. Gran parte de estos escritores planteaban, por decirlo de una manera sencilla, el hecho y la necesidad del viaje físico y mental como una alternativa a la rutina de una sociedad anquilosada, propiciando, al mismo tiempo, una ruptura de valores frente a generaciones anteriores. 

Si la experiencia provocada por la realización del viaje, del movimiento, de la acción comunal, motivó fuertemente a toda una generación durante los últimos años 60 y un período importante de los 70, gran parte de los escritores anteriormente enunciados tuvieron mucho que ver con ese nuevo rumbo y H.P.Lovecraft también estuvo, por mérito propio, entre ellos. La "literatura de terror", tomada en su estricto concepto, poco favor podía hacer a aquellos lectores "enrollados" de entonces que, en muchas ocasiones estando bajo el influjo del "viaje mental", (esto es, "colocados" hasta las cachas), lo que intentaban evitar a toda costa era un "mal rollo" o un "viaje chungo". Situación terrorífica que caso de producirse (y sobre todo si la ingesta había sido de ácido), podría despeñar al hipotético lector por territorios realmente peligrosos, parajes mentales totalmente incontrolados donde al incauto les esperarían sus buenos disgustos y, en estos casos, lógico es pensar que al amigo Lovecraft le fuera previamente colgado el sambenito de "persona non grata".

Al escritor de Providence había que paladearlo fuera de esos entornos mencionados, a sabiendas entonces que las sensaciones que produciría su lectura, la mente controlada y las pulsaciones cardíacas en su justo trote, serían muy bien recibidas por el sujeto lector de turno. De esa manera, y por aquellas épocas, me acerqué a Howard Philipps Lovecraft leyendo su magnífico relato "En las Montañas de la Locura", experiencia que aun recuerdo con cierta nitidez, tan gratos me resultaron los momentos (casi siempre nocturnos) en que me dejé llevar por su maravillosa fantasía. Desde entonces, aunque en mi imaginario mental entraron muchas figuras hijas legítimas de la "ciencia ficción" (procedentes muchas de ellas de los "comics" y de las propias películas del género), no había vuelto a vérmelas con el gran maestro de la, ya lo anuncio con todas las consecuencias, ¡ea!, mal llamada "literatura de terror". La escucha, y posterior transcripción, de las sensaciones mentales que me produjo el disco de Sendelica "The Kaleidoscopic Kat And It´s Autoscopic Ego", hicieron que me acercara a "Los Mitos De Cthulhu", asignatura que, desde hacía demasiados años, tenía vergonzosamente pendiente en una balda llena de polvo.


"Los Mitos De Cthulhu", nombre que da cabida a una comunidad de escritores (sus "corresponsales", como los llamaba el propio Lovecraft) y que participan en los distintos relatos que componen el libro, no es un libro de terror al uso, calificarlo de tal manera sería denostarlo. "Los Mitos..." es un prodigioso acercamiento a la más profunda y extravagante experiencia cósmica del hombre. El hombre tomado como un todo, un ser donde siguen palpitantes los ecos y oscuros deseos de toda una humanidad reprimida, a la espera secular de su definitiva liberación por las fuerzas que radican en lo más profundo de su mente. La lucha, nunca resuelta (tampoco en la actualidad) entre el Bien y el Mal. Un Bien asentado en una sociedad corrompida por un progreso de los iguales frente a un Mal representado por númenes y divinidades proscritas. Un entorno físico donde el aura del misterio y de los enigmas no resueltos ululan entre un aire viciado por la venganza, por la resurrección de un mundo muy antiguo que hará por fin justicia, que otorgará solo a los iniciados el poder final para instaurar una nueva raza amorfa, señora y dueña del Mundo antes de que incluso existiera. "Los mitos de Cthulhu" es mucho más, es un libro de filosofía, un libro de religión.

Este panorama desolador se le ofrece al lector muchas veces bajo el tenue velo del sueño del narrador, experiencia onírica que araña en no pocas ocasiones el tablón desvencijado de una realidad que nunca queda oculta, patente en su desolación a ultranza; otras veces en largas disquisiciones psicológicas, donde los meandros de la pura ficción se entremezclan con razonamientos científicos e interpretaciones somáticas, otorgando a la narración en alguno de sus mejores relatos un aura de "libros de iniciación", compendio de verdades oscuras, listas para ser redescubiertas y elevadas a categorías malévolas de obligada reverencia. Líneas, entre líneas, frases, párrafos, ambientes deformes los vistos por el lector, aun más espeluznates los que se adivinan según transcurre la lectura de los relatos; vahos, suspiros, alientos, jadeos, aire de podredumbre nocturna, no importa que la acción se desarrolle a la luz de un sol que ya no alumbra. Dudo de verdad que algún director cinematográfico, incluso entre los especialistas del género, pueda llegar a plasmar en imágenes fiables la sensación de vacío abisal, de temor lumínico erigiéndose desde el mar, de clima atosigante, empapado en un sudario ya medio devorado por las larvas de la sinrazón. El resplandor refulgente, la parálisis disecada por esas visiones nunca antes previstas será siempre superior para el lector atento.

Además de Lovecraft son otros los excelentes escritores que participan en este "mitico" volumen de relatos. Lord Dunsany,  Robert W. Chambers, Arthur Machen,  Algernon Blackwood,  Frank Belknap Long, Robert E. Howard,  Henry Kuttner, Robert Bloch,  August Derleth o J. Ramsey Campbell, por no citarlos a todos. A destacar, sin caer en el desmérito por no mencionar algún otro relato, todos de gran calidad, un trío de ellos : "El Wendigo" de Blackwood, "La sombra sobre Innsmouth" del mismo Lovecraft y "La sombra que huyó del chapitel" de Bloch. Excelente el prólogo de Rafael Llopis, seguramente el más importante experto español en la obra de Lovecraft, y el pequeño epílogo-relato del catalán Joan Perucho, autor de la mejor literatura de ficción en nuestro país.

5 may. 2014

SUDOR, POLVO Y CALOR




THE SHEEPDOGS                                  "THE SHEEPDOGS"
En estos días en los que parece asomarse el verano, no por el propio devenir del calendario si no más bien por esas altas temperaturas que empezamos a padecer, cuando las espigas que coronan la hierba del campo empiezan a amarillearse, y algo lejana queda ya esa imagen de inicio de primavera con ese verdor fresco y primitivo, no estaría de más recordar la grabación original de un grupo que destacó no hace muchos meses y que, desde su puesta en marcha oficial,  parece consolidarse como una de las bandas más prometedoras en el panorama actual, The Sheepdogs. Sirva esta entrada, pues, como prefacio de aquellas emociones temporales que nos esperan dentro de muy poco y que, a falta de un ensayo literario más profundo, podrían reducirse a palabras como sudor, polvo y calor.

The Sheepdogs, canadienses originarios de Saskatoon (ciudad localizada en la provincia central de Saskatchewan, frontera con los estados norteamericanos de Montana y North Dakota), pertenecen a un lugar por donde seguramente no pasaré nunca, además de no representar, por ella misma y por su entorno más cercano, un escenario propicio para la profusión de moscas, grillos chillones, carrizos voladores y plantaciones de secano, tampoco para fauna tipo serpientes, alacranes o saltamontes. Mas al contrario, su flora característica conforma el típico paisaje ensamblado entre el bosque boreal y la pradera, álamos, abetos y arbustos densos frente a los pastizales cubiertos, según la zona climática de una zona tan extensa, por alces, venados, osos, coyotes, ardillas, castores o lobos grises. ¿Por qué entonces hablar de esas sensaciones tan meridionales en un decorado tan antitético? La respuesta es bien sencilla. The Sheepdogs representan la revitalización del mejor rock sureño americano, y ahí si que pueden entrar en nuestro abecedario las palabras con las que finalizábamos el primer párrafo de esta entrada.

La historia, breve pero intensa, de esta primera "grabación oficial" de la banda canadiense tiene un sabor a academia añeja, unos antecedentes y desarrollo que marcan un recorrido de corrección musical a ultranza, reflejo de unos pasos dados con la precisión adecuada de aquellos que buscan afanosamente un objetivo. Primeras reproducciones en los años 2007, 2008 y 2010, "Trying To Grow", "Big Stand" y "Learn & Burn", solamente accesibles en su momento a través de descargas digitales, posteriormente editados en CDs. Ese era su bagaje musical, en el que se incluyen un buen número de giras desde 2006 en adelante (con gente como Kings of Leon o John Fogerty) y participaciones en numerosos festivales hasta que, y aquí entra en juego el "Manual-del-perfecto-boy-scout-roquero", ganan un concurso promovido por la conocida revista musical Rolling Stone en Agosto de 2011. Dicho certamen, bautizado como "Choose To Cover", y la consecuente victoria (auspiciada por los votos de más de un millón y medio de participantes) supone la aparición de la banda en la portada de la publicación americana (primer grupo que lo hace en la historia de la revista sin tener un disco publicado anteriormente) y, lo más importante, un contrato para una primera grabación con el prestigioso sello Atlantic. Perfecto compendio de cómo se deben hacer las cosas, además de contar con el factor suerte como aliado.


Patrick Carney (cómo no, "el otro" de The Black Keys...) entra en escena a continuación y en el mismo verano de 2011, después de una brillante actuación del grupo en el festival neoyorquino de "Petty Fest ", les propone producir ese primer disco. Le ayudarán Austin Scaggs, entonces editor de Rolling Stone, y Roger Moutenot, ingeniero de sonido de los Haptown Studios. El Lp, editado en el verano de 2012 con el mismo nombre del grupo, además de vender 40.000 copias en pocos meses (y alcanzar el status de "disco de oro"), es elegido como "Disco Rock del Año", la banda como "El Nuevo Grupo del Año" y uno de sus temas, "Feeling Good", también como "Single del Año" en Canadá. Las puertas quedan más que abiertas para su consolidación y el salto internacional del grupo.

Mucha de la crítica especializada que, con mejor o menor acertado criterio, ha hablado sobre The Sheepdogs en estos últimos meses coincide en calificarles como revivalistas del mejor rock sureño americano, aquel que bebe de las fuentes de Lynyrd Skynyrd o de Allman Brothers Band, recalando en el peaje obligatorio de The Black Crowes. Un rock sureño que coge vuelo también con toques de "boogie", blues de carretera y algo de ondas psicodélicas, también con la inmediatez de un garaje cortante y preciso. No seré yo quien lleve la contraria, toda vez que estoy muy de acuerdo con esas indicaciones. Armonías vocales a tres, sonidos de guitarras perfectamente superpuestos, órganos Hammond y pianos Rhodes que otorgan a su música un sabor a remozado "barrel-house", líneas de bajos que refuerzan un ritmo trotón muchas veces, melancólico en sus baladas, extensivos en sus dibujos finales. Hay que decirlo. El trabajo en la producción de Patrick Carney es excelente y, después de varias escuchas del disco, siempre gozosas, queda un halo de sonido "blackkeysiano" que redondea y beneficia enormemente a esta grabación. 

Algunos de los posibles lectores de esta entrada conocerán sin duda a The Sheepdogs. Otros, con más suerte, habrán sido testigos de los conciertos que dieron en nuestro país el año pasado. El que suscribe, tonto de él, desmotivado por la pereza del solitario, ya con la entrada en la mano para asistir a su presentación en Madrid delegó tal privilegio en la persona de su querido hijo y heredero. Una obra de caridad que espero se sepa tener en cuenta el día del juicio final. ("Lo siento Javi, pero no lo volveré a hacer, por lo menos con The Sheepdogs"...). Lo que si me digo es que la próxima llegada de la canícula, esa que de seguro propiciará sudor, polvo y calor, no me pillará desarmado. ¡Qué pasen calor ellos!... Este su compadre les disfrutará a la sombra saboreando un botellín de "Mahou Cinco Estrellas".