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25 jun. 2014

CALMA CHICHA





JONATHAN WILSON                  "FANFARE"
Al inicio del verano, recién pasados los días de la festividad del fuego, cuando los necesarios augurios quisieran llegar tan altos como las llamaradas, y el humo y los rescoldos en la tierra propician el abono benefactor para las próximas simientes. También las ruedas prendidas de paja y alquitrán ardiendo, descolgadas y rodando desde lo alto de las montañas, cabalgando sin rienda hasta el frescor de las nuevas llanuras verdes, anunciando una nueva suerte de revolución campestre. Tal es así el papel de una Naturaleza a la que quiero hacer más viva, más impactante, por la acción de un propósito, cómputo feliz de muchos siglos y generaciones pasadas, ineludiblemente imbricado en el juego de la vida y de la muerte. Y la breve espadaña en el jardín, afilada su punta por el reflejo de un sol verde, acoge el aire bueno que sigue a la tormenta. Muere Junio y empieza el verano.

Comienza también la tarde y siento su pesado ADN caer mientras suena el "Fanfare" de Jonathan Wilson invitándome a descalzarme, a sentir el calor en las plantas de mis pies que se elevan en burbujas de leves colores. Hay un sedimento de polvo acumulado entre las estrías y huecos de la madera, una brevísima patina de vuelos de moscardones que han recorrido, días antes, ese mismo territorio en el que ahora me encuentro. Voy, estoy, buscando, redescubriendo ese antiguo camino que hace muchos años dejé semioilvidado, cuando en otros ámbitos del verano escuchaba a Pink Floyd con la reverencia del neófito. Suena la música pero, en verdad, suena el silencio del primer verano recordado. Aquel que surge en el trasfondo de tantos sueños (siestas) al fragor de una temperatura narcotizante, una brisa que alimentaba un corazón sosegado, a punto de considerar el mundo como una celebración interminable de sabor a pipas de girasol y olor de trilla. "Dear Friend", me invita a reconciliarme con el tiempo pasado.

"Her Hair Is Growing Long" (como el mío ahora), una suerte de acogimiento para que la brazada airosa de todas las mujeres a las que admiré no quede relegada al mero vaivén de la memoria, sus cabellos ondulando bajo puentes de lino y esparza. "Love To Love" me encuentra cogiéndote de la mano, la que sabe a pan y a sal, recreando contigo un arco voltaico de estrellas en los cines de barrio, sandalias de cartonaje bíblico entre las que copulaban los saltamontes, tus axilas limpias reflejando sombras de un erotismo aun no comprendido. "Future Vision" abriendo puertas y prados de olor de lluvia. Un tic-tac apenas controlado por la caída de una y otra gota de rocío entre las zarzas, las moras de un rojo coagulado al alcance de tus labios medio abiertos, aquellos por donde escapaban esas palabras que nunca te oí decir. Y "Moses Pain" era esa mies vista desde el espantapájaros, la visión de sus ojos de trapo alcanzaban hasta los confines de John Steinbeck, ese horizonte de doradas espigas jamás sometidas, susurrando el primer eco del folklore sureño, tantas veces después amado.

He sentido la instantánea dulzura del campo, la de Neil Young, cuando me dejaba arrastrar por las melodías de "Cecil Taylor" y de "Illumination", un aire rubio y caliente sobre el que vuelan unas pocas nubes de algodón, una quietud de mariposas que revolotean entre espinas, lentas como un tiempo casi detenido, mi madre desde el porche tejiendo el jersey del nuevo hermano, mi padre acariciando las cabezas de los mastines que olían a la Castilla de Oklahoma. Ya mayor, muchos años más y a punto de padecer el maravilloso presidio del amor, rodear mis brazos y manos con bucles eléctricos hacia el viento, cercano ya de las experiencias narcolépticas que tanto me enseñaron. "Desert Trip" es ya el viaje hacia el interior, a la orilla y al barro de las ranas, y cuando se abrían sus ojos y me miraban sentía el espanto de ser yo el que profanaba su santuario, una pequeña cabaña sobre el agua, la caña de pescar y los pies descalzos, como ahora.

Es el color de la piel,  salpicado por lunares de almendra, el que deseo perpetuar en esta tarde, en su tono cetrino y en su presencia descarada, simplemente. Ya el sol empieza a correr el velo de las cortinas y "Fazon" me saluda desde la distancia. Es un sonriente último rayo el que se cuela por la buhardilla, unas veces brillante como un haz de trigo, otras apagado por la penumbra de un cielo caprichoso, un cielo de finales de Junio. Me conmueven las despedidas de "New Mexico" y "Lovestrong", como cuando abandono una casa antigua, grande, llena de recuerdos, también de olvidos, aquellos que te llaman en las esquinas, que invitan a quedarte un rato más. Crujen al final las maderas en borbotones pálidos, hierve húmeda una chimenea hace muchos años apagada, el sonido del piano parece que desenreda las telarañas, una ventana entornada golpea contra su marco carcomido. Hay un chasquido final de libélulas. Calma chicha.




10 jun. 2014

NO ES INVISIBLE EL PASADO





LA BUSCA                                         PÍO BAROJA
Existen círculos en la historia de lo visible y también existen en la historia de lo olvidado que,  a fuerza de ausencia de recuerdo, lamentablemente se tornan en invisibles. No deja de estar, no deja de existir ahora lo que no se ve, lo que hace mucho tiempo pasó y, demasiado alejado en la memoria, parece como muerto, como inexistente. Es cuando confluyen ambos círculos, el del presente y el del pasado, y vemos reflejada en una misma historia aquellos acontecimientos que son y que fueron un mismo hálito, un mismo tiempo para todo, cuando podemos entonces entender esa perenne filosofía del "eterno retorno", la vuelta a un origen que marcará, eternamente, un camino semejante al ya andado y que, de igual modo, nos conducirá a un final similar. La balanza de la vida plena, rica, ahíta de presentes frente a la existencia ausente de regalo, condenada a la interminable búsqueda de lo mínimo.

En el Madrid finisecular que retrata Pío Baroja en 1904 en su novela "La Busca" hay pobreza, y en el Madrid de la segunda década de este siglo XXI también la hay, y al salir a la calle cualquier día, en las aceras, en los esquinazos, en las escaleras de las estaciones, en los soportales de las plazas, entre los semáforos, (en las alambradas de las fronteras, muy lejos de la ciudad), ocurre lo mismo que sucedía hace poco más de un siglo. No es quizá una miseria similar a la de antaño, es aun peor, es la propiciada por la abundancia venida a menos, aquella que anega de egoísmo a toda una clase media, ingente en su número y proporción, que une la displicencia de su status, mucho menos empobrecido, con el rechazo hacia el sujeto pobre, diferente, rumano, negro, subsahariano, moro. Han cambiado los protagonistas, los del aluvión andaluz y castellano de finales del XIX , por aquellos que han venido de mucho más lejos, paisajes de una tierra sin esperanza que se vislumbra claramente en sus pupilas blancas.

Si, "La Busca" es un círculo, una gran circunferencia humana por la que transitan personajes y situaciones que convergen en un mismo punto inicial y desembocan en un idéntico final. Llegada a la ciudad y difícil tránsito para un protagonista principal, Manuel Alcázar, que es fiel trasunto de aquellos otros personajes que en la novela viven y padecen su misma situación, la lucha permanente por subsistir en un ambiente cruel y hostil, trabajando honradamente las menos, las más de las veces cruzada ya la línea de la delincuencia. También existe similitud circular en la propia trama histórica del protagonista principal con sus acólitos, aquellos jóvenes "randas" y golfos que, sujetos unísonos de las pasiones más perentorias, caen en el rechazo furioso contra la sociedad que les condena, cuando no en la violencia, pretendida cura del "honor" ultrajado, otras, las más ocurrentes, dando buena cuenta de la mejor picaresca urbana y del más acrisolado lenguaje de la nueva germanía.

La novela de Baroja, primera de las que compusieron, junto a "Mala Hierba" y "Aurora Roja", su afamada trilogía "La lucha por la vida", no es solo un gran documento social del Madrid de los primeros años del siglo XX, es también un claro ejemplo de la mejor práctica literaria puesta al servicio de la narrativa, de la claridad en la expresión y de la concisión de vocablos y diálogos al último fin de la sencillez lectora. Su sentido más profundo se recoge en la visión de un imaginario potentísimo, reflejo de múltiples acciones que le deben mucho a una estructura semejante a la representación teatral, y que marcan indeleblemente el curso de una novela que galopa desbocada hacia un final presentido, aunque no falto de drama.


Teatro y también pintura, y poesía en breves frases de acertadísimos adjetivos, ecuánimes epítetos que enriquecen la prosa hasta cotas de breve belleza. Pinceladas, ya que hablamos de pintura, de una ciudad vista y observada desde la próxima lontananza de los arrabales y suburbios, geografía por la que transcurre gran parte de la acción de la novela. Un Madrid de tenues trazos horizontales, alargados esbozos pálidos, blanquecinos, húmedos, cobrizos a veces, otros plateados, en superposición de escalas cromáticas, hasta la cumbre de un pigmento azulado que corona la cresta del Guadarrama. Baroja pinta escribiendo, escenifica la acción, transcribe la realidad en su más pura e inocente verdad. Le queda al lector el placer, y la osadía, de soñarlo.


(Próxima convocatoria II Ruta Barojiana)
http://alazardelasletras.blogspot.com