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31 oct. 2014

RECUERDO DE PORTUGAL



ANTONIO LOBO ANTUNES               "YO HE DE AMAR UNA PIEDRA"
Después de un largo período de sequía, climática y de producción, vuelvo a las andadas para mayor agravio de mis pocos lectores. Sequedad impuesta por los propios caprichos de la existencia que, si bien me ha mantenido relativamente ocupado con la organización de ciertas rutas literarias e históricas, también me ha anestesiado en una especie de "dolce far niente", velado estado de semi-inconsciencia donde los días pasan sin apenas gloria y con mayor pena. La reivindicación de la pereza, se da uno cuenta según avanza en la edad, debería quedar exclusivamente señalada para aquellos que, de tanto camino que les quede por recorrer, puedan permitirse el sumar sin más un día a su calendario, ajenos al hecho de llenarlo con mayor o menor contenido. Lamentablemente ya no es mi caso.

Y entre las ocupaciones que me han entretenido durante estas últimas semanas quisiera recalcar la lectura de un libro de Antonio Lobo Antunes, escritor que se encuentra junto a Pessoa, Saramago y Eça de Queirós entre mis favoritos del país vecino. "Yo he de amar una piedra" es su título y fue publicado originalmente en el año 2004, el mismo en el que también salió a la luz su magnífica obra "Buenas tardes a las cosas de aquí abajo", de muy grato recuerdo.

Lobo Antunes no es un escritor en absoluto fácil. Su estilo está basado en una suerte de narrativa que mezcla acciones sin aparente continuidad, indagando en escenarios que a simple vista no guardan relación entre sí, y que obliga al lector a un esfuerzo continuado de atención e interpretación. Si además añade a esta dificultad un (des)lineamiento de actuaciones y pensamientos concatenados, que asíduamente suponen una fractura expositiva y un salto geográfico entre frases, palabras y diálogos, el lector se halla las más de las veces en un territorio donde los anclajes convencionales de interés por el texto pueden quedar fácilmente pulverizados. Valga un ejemplo cogido al azar, página 368:
...
"(la linterna
-Dentro de poco un aguzanieves)
y con la aguzanieves el mar o sea no exactamente olas, no exactamente peñascos, no exactamente paquebotes, un cambio de viento, qué viento, una alteración de la luz, una agitación distante, la linterna a mi
-El mar
y debía ser el mar, era por fuerza el mar porque una mujer"
...

Vuelto a leer el texto, dos o tres veces, y es algo que ocurre constantemente, el lector va encontrando dentro del aparente desorden un significado algo más claro y nítido, aunque en su totalidad muchas veces germine también una pequeña larva de desasosiego. Nos invade una especie de inquietud ya que el resplandor no es suficientemente explicativo; no nos es dado aprehenderlo o entenderlo en su integridad ni siquiera con varias lecturas. Acción, pensamientos instantáneos, sensaciones físicas, ligamen de símbolos, abismos entre palabras, algunas de ellas sirven de amarre cuando la descripción queda demasiado diluida, lo mismo ocurre a lo largo de todo el texto con párrafos enteros que, gracias a la bondad perentoria del escritor, permiten al lector un cierto seguimiento racional.

Y cuando ese desgarro del estilo, que cabalga por el libro desbocadamente, se incrusta en mi interior me permite jugar al mismo juego al que se entregan los personajes de la novela, el recuerdo. Van pasando las páginas, el hilo del argumento da fuertes puntadas o, en no pocos momentos, se torna en un filamento apenas visible. Mi imaginación vuela entonces con los personajes de la novela hacia otros ámbitos, los míos propios, mis recuerdos personales que se entremezclan con los de los protagonistas en sus distintos escenarios, fotografías, consultas (parte del ambiente sucede en hospitales, decorados donde Lobo Antunes, médico, se mueve como pez en el agua...), visitas familiares, últimos relatos con los que finaliza el libro.

El lector que ya conozca a Lobo Antunes compite con indudable ventaja frente a aquellos que se asomen a él por primera vez. El lisboeta se posiciona, como el pintor ante un cuadro, con un lienzo vacío de contenido que comienza a rellenar por la esquina más inesperada. Sus siguientes trazos ocurren en un ángulo completamente contrario, con trazos también disconformes y colores antitéticos a los primeros empleados. Salta al centro y pergeña un esbozo de perfiles abstractos que parecen opuestos entre sí, recula constantemente hacia un origen que cambia con cada imagen, crea entre tanto una tenue red de araña que va sedimentando un guión peculiar que, poco a poco, va enmarañando al lector. Otras veces, cuando el aguijón de la comprensión parece preparado, suelta inesperadamente a su presa y deja que camine libre, siempre por un filo aguzado por el ansia de conocer el siguiente paso.


Magnífica la traducción de Mario Merlino para la edición de abril de 2006 en DeBOLS!LLO, Barcelona. Digna de reseña la labor de Merlino cuando, como es el caso, es éste un libro que en tantos instantes combina el puro relato de la acción con el pensamiento más diluido, la palabra repetitiva que se retrotrae hacia tiempos pasados, embarcando, de igual manera, a los protagonistas hacia un presente que requiere, deliberadamente sin lograrlo, concisión y fijeza. Su "modus" de traducción coincide plenamente con el espacio original que pretende imponer el autor portugués y esto, a la larga, facilita si cabe su lectura.

10 oct. 2014

LA CHARCA IDEAL



RAFAEL ARGULLOL                           "MALDITA PERFECCIÓN"
Al margen de las conocidas como "novelas-río" (estilo en el que ando algo metido últimamente), y como contrapunto a una trama inicial que normalmente continúa en otras obras que mantienen la misma historia, siquiera alteradas por el paso del tiempo, existen ensayos literarios que son como profundas charcas de ideas. Pozas donde quedan flotando las percepciones que un autor viene a expresar sobre distintas materias, algunas de ellas manteniéndose en la misma superficie de la acuosidad, dada su mayor relevancia y significado, otras, las más pesadas y difíciles de digerir, quedando ancladas en el leve tálamo de su profundidad. Esa pequeña balsa natural, que debido al fango acumulado muy pocas veces se nos presenta como transparente y cristalina, refleja no obstante las formas de aquellos elementos más próximos que, contemplados a ras de su superficie, sirven para acercarnos a una realidad que queda al alcance de la mano, en la trayectoria de aquella visión que con más atención las contemple. Tal es el caso de la penúltima obra publicada por el filósofo y ensayista, también poeta y catedrático universitario, catalán Rafael Argullol (Barcelona, 1949), "Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza" (Acantilado, 2013).

Siguiendo con el símil acuoso, bien podríamos imaginar que,  nunca de forma premeditada pero, eso sí, arrostradas por un destino inapelable, aparecen en la limitada parcela de la charca una serie de burbujas que caprichosamente van y vienen, impulsadas por un hálito de energía fugaz que las ven nacer y morir en cuestión de pocos segundos. Cada una de ellas, en su mayor o menor prolongación de vida, en su menor o menor tamaño, vienen a representar la existencia concreta de un autor y de una, o varias, de sus obras a comentar por el ensayista. Las burbujas de más grande envergadura, más proclives también a una más rápida explosión, nos muestran aspectos interesantes de artistas célebres como Miguel Ángel, Shakespeare, Goethe, Hölderlin, Nietzsche, Víctor Hugo, Thomas Mann y Pablo Picasso. Otras de menor tamaño, y más tendentes a su permanencia, nos hablan de Lucrecio, de Rilke, de Dostoievsky, de De Chirico, de Di Lampedusa, de Mark Rothko. Unas y otras, cruzándose y entrelazándose entre sí, crean algunas de mayor formato que, impulsadas por el propio soplo del ensayista, crecen de tal manera hasta que sus ondas se confunden con la totalidad del fluido. Éste, el ensayista, como un demiurgo plenamente consciente, dirige la acción desde la orilla de la pequeña laguna y, a veces, como adormecido por tanta belleza, lanza piedras de profundidad contra la superficie.

Y ocurre que hay todo un crucero naval en el trayecto que va de orilla a orilla. Un viaje impulsado por la idea de la obra de arte como más fidedigna representación del Hombre y de la Naturaleza. Autores célebres, como los mencionados, que actúan como pilotos y manejan el timón mejor forjado para hacer avanzar la nave en la que, desde Noé, sigue embarcada la raza humana. Travesía que en función del esfuerzo y sacrificio de los timoneles, contando también con las vicisitudes propias del clima artístico, arribará a un puerto donde lo aprendido tornará en mercancía de intercambio. Tal es el precio a satisfacer; más cultura, mayor conocimiento para rellenar la, casi siempre, insatisfecha mochila de la existencia.

El lector enamorado ante la calidad de la obra narrada, aquel que la come y hace de su placentera digestión una enseñanza que intenta abarcarla en su totalidad, se sorprenderá gratamente por el rum-rum que se irradia desde el mismo estómago de la poza. Desde los jugos que emanan del propio fluido emergerán a la superficie palabras y adjetivos definitivos, aquellas palabras que forjan por liberarse, estos epítetos que buscan enconadamente delimitarlas, ambos intentando febrilmente capturar el meollo de las mejores ideas, propicias a la huida muchas veces. "Movimiento ", "geografía mítica", "fuentes de otredad", "modernidad espectral", "pintura metafísica", "silencio escuchado", "futuro permanente", "enigma", "utopía biológica", "ideas de luz", "claroscuro"..., en tantas otras el ensayista armado de claridad, sutil verbo y pluma correosa.

Los remos del autor, éste Argullol del que solamente había leído su muy recomendable "La atracción del abismo" (Editorial Destino, 1983), bogarán también, en una suerte de "eterno retorno", hacia lo más profundo de la misma charca. Y tal sucede cuando, sumergido en su escafandra de visionario y de viajero hacia lo íntimo, nos narre las visiones propias del mundo abisal del agua estancada. Comentarios que abarcan el espíritu de los continentes, la personalidad propia de algunos países y ciudades, el entramado y el andamiaje de la poesía, las ráfagas intermitentes que han definido siglos y movimientos artísticos, y que se utilizan como faros espectrales para iluminar el núcleo más oscuro de lo ya acontecido. Pasado, presente y futuro. Brillo, desanclaje e incógnita aterradora.


7 oct. 2014

COSECHA DEL OTOÑO




ESPERANDO EL OTOÑO.
Todavía no ha llegado, aunque está listo para hacerlo, el color de crepúsculo brillante del Otoño, la estación predilecta de los románticos. Y mientras voy culminando un último trabajo consistente en toma de notas, muy inspiradoras para futuras entradas, me enfrento al ansia y a la necesidad, biológica, del cambio de color. Ya ciertamente cansado del alargado tono rubio y tostado del Verano, espero con expectación el primer fulgor del cielo y de las uvas, el resplandor de un limón que se torna cobrizo para terminar, casi extenuado, en un rojo eclesiástico.