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28 abr. 2015

SOÑANDO SEVILLA




VENENO                            "VENENO"
He llegado a Sevilla a las 7 y media de la tarde después de un bochornoso e interminable viaje y me dispongo a tumbarme, medio muerto de cansancio, en lo que parece la mullida y confortable cama de un hotel de dos estrellas. Casi 9 horas de viaje, con un descansito incluido, por la Nacional IV en pleno mes de Julio pueden con cualquiera, y aunque estoy (he de decirlo en mi favor) más que acostumbrado a conducir en itinerarios largos, no dejo de encontrarme realmente reventao. Una temperatura africana me ha perseguido inmisericorde desde la salida, el asfalto de la carretera reflejando a ras de su firme los espejismos temblorosos de la ola de calor, interminables kilómetros de líneas blancas y amarillas, anuncios de cognac Veterano y promociones inmobiliarias, además de infinitos convoyes de camiones matrícula de Albacete. La radiocasete me ha dejado de funcionar a la altura de Puerto Lápice cuando sonaba el "Animals" de Pink Floyd y, casualidad del destino, una vieja furgoneta belga, llena de pertrechos y de moros, atropellaba en ese preciso momento a un pobre can que cruzaba lentamente la carretera, como si ya estuviera harto de su perra vida. (Su cuerpo se elevó elegantemente por el cielo, como el cerdito de la portada, hasta caer desmadejado junto a un viejo poste de teléfono).

Total que he soltado la maleta allá donde no indican los manuales del buen conportamiento, me he quitado las botas vaqueras y me he dejado caer sobre la cama como un saco de patatas. Debo decir que llevaba preparando este viaje a Sevilla, mi primer viaje a la capital andaluza, desde hacía mucho tiempo. No tenía a mano en ese momento el bloc de anillas donde estaban apuntados todos los lugares (la mayoría de ellos bares y tabernas) que mis amigos me habían recomendado como de imprescindible visita y, junto a él, recordaba que coloqué un manejable mapa de la ciudad. Allí, por gentileza de El Corte Inglés, se señalaban además los lugares turísticos más famosos de la ciudad a los que, con la pausa de un enamorado previo del paisaje urbano sevillano, pensaba dirigirme. Daba igual. En un breve instante me entró un sueño narcótico, tan felizmente tenue que aun le dio tiempo a mi otro yo, el turista que casi siempre pierde, para recordarme inexorablemente mi deber de salir y empezar a conocer la ciudad. Fue entonces cuando el otro yo mío, el que resulta casi siempre vencedor, se dijo "pa tí pa tu primo"..., y se dispuso feliz a soñar Sevilla.

Lo primero que escuché fue una alegre rumbita que hundió mi cuerpo todo como si fuera una invocación maqbara: "El calor me mata / La lluvia me pervierte / Cuando nieva en Sevilla / Me gusta verte" ("Canción antinacionalista zamorana") y reconocí satisfecho la voz de Kiko y las guitarras de Raimundo y Rafael Amador en su disco "Veneno". Esa "nieve en Sevilla" (sic) se me hizo real de tan imposible y me dio la impresión que refrescaba mi rostro, hasta entonces todavía pegajoso pero no del todo embotado. "-Ahi-", me dije, "si yo a estos pelajes los conozco. Veneno, quillo,...tela guapa". Y así fue como, sin apenas quererlo, quieto y abandonado, deduje que mis primeras impresiones de Sevilla iban a estar formadas por ensoñaciones musicales, las mejores posibles además. Dejaron de importarme ya definitivamente las tenebrosas llamadas de atención del excursionista frustrado que, aun escondido entre las primeras legañas, intentaban reanimarme. En esa mi primera tarde en Sevilla mi destino estaba claro, al sueño profundo de Morfeo le antecedería la hipnosis, aquella herramienta que haría posible el recuerdo del mejor grupo andaluz de la Sevilla de entonces.

Estoy escuchando el palique de las vecinas del barrio de Nervión, aquí mismo, cerca de donde me alojo, hablando de la mala suerte de la madre del José María, "-si muhé, er jipi ese q´a venío d´América hase ná y ya s´a ío pa la Canaria a tocá la guitarra-, er que llaman er Kiko...-". Así es, las respondo yo desde mi nebulosa; efectívamente, el Kiko (José María López Sanfeliu, nacido en Gerona, "ad maiorem gloriam Cataluniae"), inspirado por un ansía terrible de libertad ("y el fuelle de rebeldía necesario", oigo que me susurra el senderista fracasado), cogió la guitarra, un billete de avión para Estados Unidos y allá que se fue por el 74; y antes estuvo por Europa creo, por Suiza viendo a Frank Zappa en un concierto en Zurich, o por ahí. Y en América asistió a un concierto de Bob Dylan en Houston (el Dylan de "Planet Waves" entonces...). Hasta que llegó a San Francisco y allí coincidió con Agustín Ríos, un gaditano de Morón que le abre los ojos y le habla sobre la relación entre el flamenco y el rock. El chaval vuelve infectado por las nuevas corrientes culturales y musicales que empapan toda la gran nación americana, el rock y el blues sobre todo, y también se afianzan en su magín las ideas políticas y sociales que ya arrastraba de su época en la Facultad de Filosofía de Sevilla.


"¿Cuando entran en escena el Raimundo y Rafalillo Amador?", me pregunta el Rabrindanaz (ya el cachondeo me puede y he decidido poner este nombre al pelmazo del fallido peregrino). Bueno, pues mira, cómo que daré un saltito desde el barrio de Nervión y me iré al de las 3.000 Viviendas, al Polígono Sur concretamente. Allí viven los hermanos, bueno más que vivir van a dormir a su casa de vez en cuando. El caso es que se pasan todo el día tocando la guitarra de bar en bar por aquí y terminan por el centro de Sevilla. Algunas veces tocan en algún tablao flamenco o les pagan para ir de músicos en alguna juerga de ganaderos y señoritos de aquí, o van por la feria y las casetas tocando. Y lo que sacan, para un bocadillo y un taxi de vuelta a casa. Estos son los hermanos Amador que Kiko conoce en 1975, a su vuelta de Estados Unidos. Y a ellos les habla de su viaje, de la música nueva del mundo (..."sí, ese disco de Pin Floi, er de la vaquita, mu güeno") y les invita al piso que tiene en Nervión, encima de una farmacia, y allí empiezan a tocar en su nuevo estilo, mezclando el flamenco y el rock, con el blues y la psicodelia, ("todo bien fumao, antes de que llegara Bolleré qué papel", apunta sabiamente Rabrindanaz).

Dale, dale y dale que te pego. El piso del jipo Kiko es un piso franco donde no se hace más que darle al fumeque y tocar la guitarra. Se compone sobre la marcha. El Kiko aporta las letras, muchas de ellas parangón del mejor surrealismo posible (fruto de su educación universitaria y de sus lecturas, también de no sé cuantos canutos que van cayendo día a día y que terminan haciendo de la cabeza un fuelle acipotao). Por allí aparecen los gitanos y las gitanas, los primos y las primas (..."hay que ver cuantos primos tienen los gitanos, oye, son miles de millones", dice ahora Rabrindanaz), que no entienden una paparrucha cuando escuchan a The Monkees, Jefferson Airplane, The Beatles, Bob Dylan o la Incredible String Band. Pero es igual, allí lo que verdaderamente importa es la fiesta, el jolgorio permanente y cuando los músicos se quieren poner serios..."¡Ea!...tor mundo a su casa que vamo a ensayá". Desde luego que ensayan y lo que empieza a germinar entonces hace que el mundo se vuelva un torbellino y el mismo ojo del huracán queda muy cerquita del Estadio Sanchez-Pizjuán.

"Pos venga, que no vamo pa Madrí pa grabá un disco, lo q´hemo compuesto esto do úrtimo año". Año 1977; allá se van en el 4 Latas de Kiko, él mismo al volante con Raimundo, Rafalillo y Ricardo Pachón, el productor amigo y conseguidor del reciente contrato firmado con CBS. Llegan a los estudios Audiofilm donde les esperan los de siempre, sus músicos. "El Tacita" a la batería, Pepe Lagares al bajo, "El Manglis" guitarra de apoyo, Noel Mújica a la percusión y los palmeros "El Bizco Eléctrico" y "El Camas" ( a la sazón también cocinero del grupo). El primer día caos total. Las gitanas preparando el pucherete en la misma sala de grabación y a la otra que le da por partir una sandía encima del piano de cola del estudio, y los primos y las primas que han llegado también con su pipirrana. El segundo día, Ricardo Pachón decide que allí no se quede nadie más que los músicos y decide ("¡olé tus huevos!"..., se que piensa en este momento Rabrindanaz) echar sobre una taza de té un par de tripis, y "a currá t´or mundo". En ese segundo día quedan grabados los siete temas que componen el primer disco de Veneno. A la primera toma casi todos ellos, como si fuera en directo. El Ingeniero de Sonido, Luis Miguel González, no da crédito a sus ojos.

El disco, y este pensamiento me llega ya cuando empiezo a despertarme y la tristeza de dejar de soñar Sevilla se apodera de mí, apenas tiene éxito y no se venden inicialmente más allá de 500 copias. (A la fecha de este post ya llevan contabilizados más de 300.000). Un trabajo adelantado a su tiempo y que poca gente comprendió entonces, ("igualito que le pasó al Camarón con su "Leyenda del Tiempo", apunta el bueno de Rabrindanaz). Ya lo dijo al cabo de la grabación uno de los ejecutivos de la CBS: "O este disco es una gigantesca mierda o es una obra genial". La fórmula del más fresco y novedoso tratado práctico de fusión de flamenco y rock. Un disco que rezuma flamenco-rock-blues-psicodelia-funk-punk elevado a una potencia entonces desconocida; fabricado por unos chavales que oscilaban entre los 17 y los 24 años y que, con un desparpajo y genial atolondramiento, parieron el mejor disco de la historia de la música pop en España durante el siglo XX (Rockdelux y EfeEme dixit, no dejo de estar de acuerdo). 


La fiesta termina cuando los tres miembros Kiko, Raimundo y Rafalillo deciden terminar con la andadura de Veneno poco después de la grabación. Las obligaciones familiares (hijos incluidos) y la penuria económica hacen que tomen la decisión de dar sus últimos conciertos en la sala Villaroel de Barcelona y, después, vuelta a casa en el mismo 4 L de Kiko. Uno de los palmeros, "El Camas", recordaba como lo único que sacó en limpio de los cinco postreros conciertos en Barcelona fue una caja de frutas que robó en Aranjuez, camino ya de vuelta a Sevilla. Por robar, también tuvieron que vérselas en alguna que otra estación de servicio a falta de montante para el pago....Sigue la tostanera cuando me despierto. Son algo más de las 11 de la noche y preparo un baño de agua tibia. Me empeloto y le pido a Rabrindanaz me sirva un vaso con ginebra bien fría, hielo y una cortecita de lima. Ya sumergido en el agua empiezo a hacer planes para visitar los primeros bares esta misma noche.




21 abr. 2015

SEPTIEMBRE DE 1989



YO LA TENGO                          "PRESIDENT YO LA TENGO"
Intento paralizar el momento presente a las 18:38 del martes 21 de abril de 2015 y seguir las recomendaciones de James Ellroy (Ensayo, El País, 18.04.15): "Ese es mi trabajo. Yo soy el tipo que rebobina las imágenes de los informativos y traduce las imágenes al papel. Soy un refugiado del ahora que vuelve al entonces. Soy el megalómano de sillón, lleno de efervescencia... El mundo de ahora es un lugar del que quiero esconderme. El mundo de entonces es un lugar que deseo abrazar". Ocurre que ignoro donde está ubicado en mi memoria el cajón del año 1989, 5 años después de ese "1984" antiutópico y prodigioso que tan magistralmente relató George Orwell. No podía entonces prever que la sociedad anunciada por el escritor inglés en 1949 se diera en toda su amplitud en la actualidad. Me pregunto qué es la actualidad cuando lo que pretendo es estar viviendo y hablando como lo hacía hace algo más de 25 años, en el año 1989.


Hace un par de días compré en Record Runner el último Lp de Yo La Tengo, "President Yo La Tengo". Parece que durante este mes de septiembre va a perdurar el mismo calor sofocante de los pasados meses y me refugio en la buhardilla. Lo combato con el aire acondicionado, en un leve susurro de condensadores japoneses, mientras recuerdo los días pasados en Barcenaciones y la lectura del doble veraniego de Ruta 66 (número 42). Allí apareció un breve suelto sobre la banda de Hoboken y, convencido como casi siempre por sus comentarios (y recomendaciones), pensé en hacerme con el disco a mi vuelta a Madrid. Tengo también fresca en la memoria la siempre importante lectura del verano, "La ciudad de los prodigios" de Eduardo Mendoza y la última película que vi hace unos días en los multicines de Majadahonda, donde vivo, "Sexo, mentiras y cintas de vídeo" de Steven Soderbergh, magnífica.

Espero como siempre a que sean las 7 y media de la tarde para servirme el primer gin-tónic. Me hará sudar, sin duda, pero aun así merecerá la pena sentir ese mareo neuronal que me produce un trago y otro hasta que, una hora después, ya me encuentre perfectamente a tono. Hace un rato me llamó Tere. Nos vimos con su marido Javier este verano en la preciosa casa familiar que tiene en Puente San Miguel, y hablamos allí largo y tendido sobre Robert Musil y su "El hombre sin atributos" mientras un perro orinaba en el tronco de un tejo. Recuerdo que Tere me miraba sin verme, y yo a ella también. Javier hablaba y hablaba y había una especie de paz del paraíso colonial en el aire. Bueno, eso ocurrió hace poco más de un mes justo antes de visitar a mis cuñados en Carranceja y jugar una partida de bolos montañés. Yo ya tenía ganas de volver a casa, no es que me canse Cantabria, simplemente echaba de menos los discos, la buhardilla y la botella de ginebra Rives.

"Los barceloneses, amigo mío, se darán con un canto en los dientes si el plan Cerdá se realiza algún día tal y como yo lo he sancionado, escribió al alcalde. Y en lo que a usted concierne, mi estimado alcalde, permítame recordarle que no entra en sus atribuciones determinar cuando un ministro está  o no está de guasa. Limítese Vd. a cumplir mis instrucciones y no me obligue a recordarle de quién depende su cargo en última instancia, etcétera, etcétera". Que bueno el personaje de Onofre Bouvila, cómo me agrada su ambición de poder; igual, ahora que lo escucho, que este primer tema que abre el "President Yo La Tengo", un soberbio "Barnaby, Hardly Working" que me deja boquiabierto por la osadía e intrepidez de su planteamiento, un fondo hipnótico de fuzz con ecos de sirenas y una brillante línea de bajo. "She smiled a smile uncomprehending / as he tooks his time, took his time / wore a hat, so he´d impress her.../". O esa guitarra muelle, haciendo estiramientos de gimnasia rítmica, en su siguiente "Drug Test", justo antes de un silencio maravilloso. "I wish I was high / brighter than nothing / smarter than nobody /I´ve wasted away.../"


Repaso una y otra vez la imagen de la contraportada del disco, como si fuera a examinarla y le diera el 10 que pide y merece. Me parece increíble esa sensación conjunta de cercanía y alejamiento que me produce. Recuerdo ahora una impresión parecida cuando leía esta primavera a Heinrich Böll en "Billar a la nueve y media" y subrayaba algo tan bello como..."...riada, riada, siempre he sentido deseos de echarme al agua y dejarme arrastrar hacia el horizonte gris. Entra, tráeme felicidad, pero no me beses...". Pienso de inmediato en obligarme a escribir algún poema cuando escuche otra vez "The Evil That Men Do"; la primera parte instrumental, intenta construir un andamio sostenido con agujas, tan leve que parece que volara con el mismo soplo de la letra posterior. Tan simple como "It´s a lot of time / for a man who walks on me /" y a continuación un tam-tam selvático y húmedo. Lo apunto en mi bloc de notas. "Orange Song", uno de mis temas favoritos del disco. Tengo que grabarlo en mi próxima cassette antes del viaje a Valencia, y ya me imagino el escalofrío de esa melodía al subir velozmente (es un decir con un Ford Mondeo que se mueve como un taxi) por la cuesta de Tarancón. 

Sube mi hijo Javier para decirme que en el colegio le han puesto como trabajo un comentario sobre el libro de Ortega y Gasset "Meditaciones del Quijote" (¡cómo le pueden poner a un crío de tan solo11 años ese tipo de deberes!, me pregunto sorprendido), mientras mi hija Marta aprovecha para colarse y decirme que ayer vio por la tele una serie nueva que se llama Los Simpsons y que le gustó mucho. La verdad es que intento no hacerles ni puñetero caso a ninguno de los dos (¡egoiiiista!) ya que, en ese preciso momento, Georgia Hubley está gimiendo sus dulces "ohhhh, ahhhh" de "Alyda" y no quiero perderme su romántica melodía. Termina la cara A y bajo al salón tarareando la canción para servirme el segundo gin-tonic. Mi mujer está hablando por teléfono con alguien (adivino por su tono secreto que debe estar dando consejo a alguna amiga con problemas...) y me mira con cara de "ya va la segunda copa..., ¿eh?..., como si no te viera".

Subo de nuevo, esta vez sintiendo mis piernas como alas, mientras me digo a mí mismo que "el mundo está muy malo, sin solución..." y que yo lo arreglo esto con la escucha de la segunda cara de este "President Yo La Tengo". Dicho y hecho. Ya suena la segunda versión larga del "The Evil That Men Do" y comienza un incendio parecido al que narraba nuestro amigo Juan Rulfo en su "El llano en llamas" leído hace un par de semanas. "De repente sonó un tiro. Lo repitió la barranca como si estuviera derrumbándose. Eso hizo que las cosas despertaran: volaron los totochilos, esos pájaros colorados que habíamos estado viendo jugar entre los amoles. En seguida las chicharras, que se habían dormido a ras del mediodía, también despertaron llenando la tierra de rechinidos". Ese ritmo distorsionado de las guitarras (como de las archi-palabras del texto), acogiendo entre sus cuerdas ácidas el ruido de los colores revolucionarios mexicanos, ya puestos a divagar (los 10 minutos y medio del tema dan para unos cuantos sorbos de más), me atrevo a pensar que lo deberían poner como tema final en la próxima reunión de ventas de la empresa, ¡así como para encorajinarnos de verdad!


¿Qué voy a leer esta noche?. Seguramente me entrarán las dudas de última hora, dependiendo del grado alcohólico con el que me acueste. Me gustó el comienzo del libro que está ahora en mi mesilla ("Menos que cero" de Bret Easton Ellis). La introducción de "Cuando miro al Oeste, noto cierta sensación" (Led Zeppelin) y su comienzo tan sorprendente: "A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de las autopistas de Los Ángeles. Esto es lo primero que oigo cuando vuelvo a la ciudad. Blair me recoge en la terminal y murmura eso mientras su coche sale del aparcamiento. Dice. "A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de las autopistas de Los Ángeles". ¡Genial!, la misma frase pensada, hablada y escrita en apenas 7 líneas. ¡Esto es estilo!. Suenan los últimos acordes del cover de Dylan "I Threw It All Away", mínimo y simple, como si la despedida forzosamente tuviera semejanza con el beso de la madre en la cuna. "Love is all there is / and it makes the world go round /"; las líneas acústicas quedan embalsamadas por un ritmo lento y tenue. Tan leve que puedo escuchar nitidamente una potente voz que me reclama para la cena. Esta noche me toca a mí hacer la ensalada; es su venganza. 




15 abr. 2015

HOMENAJE A "LE POILÚ" (Y A OTTO)



PIERRE LEMAITRE                            "NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA"
"Todos los que pensaban que aquella guerra acabaría pronto habían muerto hacía mucho tiempo. Precisamente a causa de la guerra". Cae una leve y figurada lluvia sobre los campos fronterizos entre Francia y Bélgica, igual ahora que hace algo más de 100 años, y suena el piano de Erik Satie en sus "Trois Gymnopédies". Siento el eco de la devastación en una habitación tan desolada como vacía, el marco astillado de una ventana reventada aparece al fondo de la imagen. Lleva la lluvia arrastrando su melancólica melodía desde hace muchos días, ya casi incontables, y los campos, abatidos por cientos de miles de obuses, van supurando sin descanso la carne viva de sus interminables trincheras. Campos totalmente anegados de un barro que parece brotar desde el mismo centro de la tierra. El olor a pólvora se va diluyendo apenas unos pocos minutos para volver, tenaz y aun con más fuerza, al correr el poco aire libre que aun queda en las campiñas del Marne. Espectros quemados de lo que fueron árboles permanecen al borde de las enormes charcas de lodo; aquí, cerca de una cota sobre la que aun cae la ceniza de los escombros, aparecen los restos de un convoy con sus animales despanzurrados, allí, no tan lejos, el viento mueve fatigosamente una línea de alambradas, la más próxima aun mantiene entre sus púas los restos desperdigados de lo que parece ser un pobre "poilú". 

Me había prometido la lectura el pasado año de alguna obra relacionada con el centenario de la Gran Guerra (1914-1918), de forma que, conmemorando no su barbarie sino la inmensa afrenta humana que supuso, pudiera conocer más en "primera letra" el alcance y el significado de tan luctuoso hecho. Fueron transcurriendo los meses y, mientras dilucidaba si lo más conveniente era el elegir un ensayo, obra histórica o novela, llegó el fin del año y me encontré (nada raro en mí) sin cumplir una de las ilusiones literarias que me había marcado. Siguiendo las recomendaciones que en los principales periódicos aparecieron a principios de 2014 se encontraba, entre muchas otras, la novela de Pierre Lemaitre, titulada "Nos vemos allá arriba" (premio Goncourt 2013), siendo además declarada como una de las favoritas de los críticos. Esta Semana Santa tuve la oportunidad de hacerme con ella y, en apenas 9 ó 10 días, la he leído con verdadero interés, tal se deja y a tan espléndido entretenimiento conduce.


Pierre Lemaitre, parisino de la quinta (ya que hablamos de guerras y soldados...) del 51 ha escrito un libro fantástico. Una obra que supone un esfuerzo formidable por engarzar la barbarie tanto de la guerra misma como la de la post-guerra, a cual más terrible y mezquina. Una primera exposición de los hechos puramente bélicos, en las postrimerías de la confrontación (noviembre de 1918, ya muy cercana la fecha del armisticio), que vienen a reflejar, de una forma un tanto cómica, la diferente suerte de dos tipos de personajes para los que, en el propio marco de los últimos acontecimientos de la batalla, el signo de la vida futura cambiará radicalmente. La fortuna y la desgracia correrán paralelas para unos personajes que arrostrarán, durante gran parte de la acción narrada, el infortunio y la buena ventura para, finalizando como un ciclo de retorno y consumación, verse redimidos o condenados por el más sorprendente giro de la historia contada.

Es sin duda uno de los mayores aciertos de la novela el realismo narrativo que se extiende entre los distintos parajes por los que transcurre su acción. La crudeza misma de la guerra, en su variante propiamente bélica, de destrucción humana y material en las trincheras que acogen a los contendientes de ambos bandos; la vida (si a "eso" se le puede llamar de tal manera) en unos hospitales de campaña atestados y con medios escasos, el retorno al hogar de los desmovilizados, envueltos en un torbellino de desorden y mala planificación. Ya en la ciudad, ese París de finales de noviembre de 1918 a marzo de 1920 (secuencia temporal de la novela), que recibe a sus héroes soldados, tan ensalzados en la propaganda política de la época, en realidad y en una gran mayoría, tan mal tratados cuando intentan reinsentarse a la sociedad civil de la post-guerra. Una sociedad civil que acepta y permite, amparada por las élites económicas, financieras y militares (las mismas que propiciaron el conflicto mundial) la corrupción como modelo de negocio de los "nuevos ricos" y que asiste indignada, y alentada por los medios de comunicación, a los numerosos escándalos que tales conductas provocan. Nada nuevo bajo el sol.

Realismo narrativo que fácilmente transporta al lector a una contínua sucesión de tomas fotográficas y fílmicas que enriquecen sustancialmente el relato. Quizá porque estemos estéticamente educados para leer imaginándonos, al mismo tiempo, la ilusión de una película, ¡qué grandes esas novelas que facilitan al lector la representación cinematográfica de sus acciones!..., y qué grandes también cuando el narrador consigue que los planos que acuden a sus cabezas favorezcan la visión de paisajes (territorios desolados), aceras, calles y habitaciones de ciudades que palpitan entre la miseria de los desfavorecidos y la opulencia de los poderosos. Que satisfacción, también, cuando el escritor consigue dar credibilidad a los personajes menores y de paso, cada uno perfectamente delimitado en su espacio y tiempo, dado que para los grandes protagonistas ya se supone que en una novela de 443 páginas (como es el caso de esta "Nos vemos allá arriba") habrá tenido sobradas ocasiones de hacerlo. 

Todo ello ajustado por unas costuras muy originalmente hilvanadas. La de un escritor que relata a sus lectores una historia que da la impresión de haberse ya transmitido por otro y, una vez asimilada y analizada, es reescrita bajo la visión de un último narrador que rezuma humor e ironía, como si le pareciese un punto divertido el relato que narra, trágico, desolado, inmisericorde. Un gran hallazgo de estilo, en definitiva, el de este Pierre Lemaitre.


Novela totalmente recomendable, no esperen al segundo centenario de la Gran Guerra para leerla. Tan es así que al terminarla, picado por desaprensivo insecto, he pasado un montón de horas visionando un buen número de reportajes sobre la contienda en internet. Muchas de las secuencias contempladas las he ido ligando con la sucesión de imágenes leídas en la propia novela y, créanme, el resultado final no ha podido ser más satisfactorio. En muchas ocasiones las imágenes pensadas se reflejaban fielmente en las posteriores imágenes vistas en la pantalla del ordenador. Tal es la fuerza de "Nos vemos allá arriba", una novela que, no solamente me permite descubrir un desconocido y excelente escritor, me reafirma también en la idea de que todavía hay una Francia que de verdad honra a sus hijos. Excelente traducción de José Antonio Soriano Marco.


8 abr. 2015

RAREZAS VII. INSECTOS AMIGOS




THE INSECT TRUST                              "THE INSECT TRUST"
Cae una calma chicha, obtusa y ligeramente pesada en esta tarde del inicio de Abril, cuando intento derrotar a la distancia y al olvido. Procuro entonces evitar en lo posible el alejamiento y la amnesia que aun gravitan implacables sobre los momentos recientemente pasados, como si una carga apenas visible (pero tremendamente soporífera)  intentara evitar el que percibiera que aun sigo con vida. Y se agolpan, al compás de la jerarquía de los latidos, muchas de aquellas imágenes que me sirvieron para preservar los vínculos, los lazos de unión entre un ayer tan cercano, un presente pretendidamente vago y un horizonte de destierro. Libros, letras, páginas pasadas (qué difícil que vuelvan...), lenguajes y voces; amaneceres que me saludan desde tejados anónimos, fotografías, campos llenos de la primavera original, el calor de la mano de un niño en la mía. Música, discos, sonidos que atraviesan las paredes como espectros y se repiten una y otra vez, pretendiendo con su insistencia de muelles que me llegue la buena nueva, la celebración de un pequeño y gran acontecimiento. ¡Qué buenos son The Insect Trust!


Y al calor de esas imágenes que paulatinamente voy recobrando, aquellas que me hablan de la América de mitad y finales de la década de los 60, de su espectro social (tan amplio y cosmopolita) y de sus vínculos musicales, que son adecuadas también para la banda The Insect Trust y su obra, pudiera pensar que sería fácil (por ya haberlo hecho anteriormente) utilizar muchos de los conceptos, ideas y reflexiones que sobre las bandas americanas de la época (y aquellos estilos musicales homogéneos) he empleado en otras ocasiones. Mas, afortunadamente, en este caso no es enteramente así. Y no lo es porque The Insect Trust, sin duda unido intrínsicamente al ambiente de la época, fue el único grupo que supo y pudo (en apenas dos grabaciones) amalgamar gran parte del legado musical autóctono americano sin dejar por ello, como si les estuviera exclusivamente encomendada esta misión, de explorar las fronteras estilísticas del nuevo rock´n´roll hasta sus más exógenos límites. Y no, no me son ahora ni siquiera suficientes los múltiples ejemplos del "cruce de caminos" (como casi siempre refiriéndose al aspa que recoge distintas influencias musicales y hace de ellas agua y sendero) como base explicativa de lo que les comentaré a continuación. No, por que The Insect Trust traspasaron los límites y llegaron, también, más lejos que ninguno de sus coetáneos..

Imagínense por un momento (ese instante que espero se repita ante ustedes como una diástole perenne) una marmita donde quepan todas las clases de música posible. Desde la clásica, con su enormidad arquitectónica occidental, la percusión y el ritmo primitivo africano, los ecos estelares de las praderas orientales (al galope de los compases indostánicos y "haikus" japoneses), el folklore de las cosechas y los ciclos solares, extendidos por todos los continentes desde tiempo inmemorial, hasta los ritmos religiosos de la América pre-hispánica, combinados con las melodías de los emigrantes y esclavos. Todo ello mezclado de forma adecuada, y aprehendido más que plausiblemente a través de los distintos estilos posteriores (blues, country, folk europeo, old timey anglosajón, jazz, jug bands, psicodelia...), de tal manera que el resultado obtenido se convirtiera en una pequeña orquesta multicultural en la que, dando preeminencia a la raíz americana, cada uno de los hombres y mujeres oyentes se pudieran reconocer, como humanidad esperanzada, en sus distintas tonalidades y armonías. Si es así como se lo imaginan, nos vamos entendiendo.

Evidentemente este pequeño milagro tuvo sus protagonistas. Bill Barth y Nacy Jeffries, pareja de las zonas próximas de Nueva York y Nueva Jersey y núcleo matriz del grupo que, por razones estrictamente identitarias (comunión con el movimiento hippie), inician su viaje hacia San Francico a mitad de 1965 para no llegar, sin embargo,  más lejos de Memphis. Su antigua pasión por el conocimiento teórico y expresivo del blues hace que se establezcan en la ciudad de Tennessee y empiecen al cabo a darse a conocer en los escenarios de la ciudad. No lo hacen entonces como grupo, ni siquiera emplean el nombre de The Solip Singers (apelativo con el que se dieron a conocer en la costa este inicialmente los mencionados Jeffries y Barth), si no como meros músicos de covers (mayoritariamente dylanianas) y posteriormente de estudio. Desde Memphis marchan a Little Rock en Arkansas donde conocen a Robert Palmer, otro de los miembros singulares de la banda. Sin poder ser todavía considerados como miembros de un grupo strictu sensu (aunque se presentaran en la ciudad de Arkansas en muchas actuaciones como The Primitives, nombre que nos da una idea bastante exacta de su mentalidad musical), Bob integra a Trevor Koehler en la cuadrilla para terminar, ya instalados a medio camino entre la misma Memphis y Nueva York, con Luke Faust como quinto y último miembro del clan.


Llega un momento en que Nancy, entonces novia de Bill Barth, convence a éste último de la necesidad de formar una auténtica banda y, aleccionados por su capacidad y talento como compositores, intentar realizar alguna grabación. Tal interés les conduce de vuelta hacia Nueva York, estamos ya en 1967, donde se instalan entonces Jeffries, Barth, Palmer, Koehler y Faust bajo el nombre de The Insect Trust, sinónimo de uno de los episodios narrados por el escritor William Burroughs en su célebre texto "El Almuerzo Desnudo". Inicialmente se establecen en Manhattan para después hacerlo en la vecina Hoboken de Nueva Jersey, a la sazón población con la mayor concentración de bares de todos los Estados Unidos y, lo más importante, infinitamente más barata que la vecina ciudad de los rascacielos. Palmer, acto seguido, a través de alguno de sus contactos en los medios musicales de Manhattan, consigue varias audiciones del grupo ya con material propio y, fruto de ello, un contrato con el sello Capitol y un anticipo de 25.000 $ para la grabación de su primer álbum homónimo.

Publicado en 1968, este primer trabajo de The Insect Trust nos presenta a unos músicos con personalidad creciente y más que bien consolidada. Bill Barth a la guitarra, virtuoso del instrumento y con fuertes vínculos en las raíces estilísticas americanas. Nancy Jeffries, voz aterciopelada que se mueve entre tonalidades Baez, Slick y la mejor escuela inglesa folk (Sandy Denny [Fairport Convention, Fotheringay] , Annie Haslam [Renaissance], Maggie Bell [Stone The Crows]). Robert Palmer, además de excelente clarinetista y saxofonista, una de las mejores plumas en los medios musicales alternativos de la época ("Go Magazine") y posteriormente (en "The New York Times" como famoso articulista y escritor). A su lado, Trevor Koehler, saxo barítono, pianista e ingeniero de sonido (los maravillosos arreglos de cuerda de éste primer disco del grupo son obra suya) y Luke Faust, uno de los más acreditados banjos de la costa este y anterior miembro de los célebres The Holy Modal Rounders. 

Y éste primer disco de The Insect Trust, desapercibido entonces (como ahora, me temo) para una gran mayoría de la audiencia, exhibe de manera apabullante la categoría musical de sus miembros y la extraordinaria apuesta en la que se habían embarcado. Una mezcla bizarra de country-blues, folk-rock surrealista, free-jazz , puentes vocales escuela de Memphis, arreglos de cámara clásica, psicodelia de manual bíblico (versión Antiguo Testamento), que nos acercan a personajes y bandas como Skip James, Bob Dylan (el de "Highway 61 Revisited"), Pharoah Sanders, Roland Kirk, The Left Banke, a veces al pop-soul de Booker T & The MG´s, otras a unos The Fugs y The Holy Modal Rounders más accesibles. También a paisajes apalachianos del oldtimey rural de Roscoe Holcomb y a textos aparentemente de belleza inconexa que autores como Burroughs y Thomas Pynchon (escritor con el que la banda tuvo relación anterior y posterior a la grabación de este disco) propician en sus obras mayores. Un significativo esfuerzo de fusión que nunca antes se había dado en toda su infinita amalgama de posibilidades y que, más que estructurarse en valorar la armonía, se focalizaba en el sonido, una suerte de ascenso de ángeles sin barreras aparentes.


Este tipo de bandas, tan escasas por no decir exclusivas, a finales de los años 60 favoreció el que fueran teloneros en muchos de los conciertos y festivales de la época. Su planteamiento ecléctico y nada común con los cánones estilísticos entonces imperantes, facilitaba que no chocaran con las luminarias y grupos más reconocidos. Así como Sweetwater, banda en la línea de The Insect Trust aunque de sonido algo más convencional (y de la que recomiendo encarecidamente su homónimo primer Lp) abrió el festival de Woodstock en 1969, The Insect Trust lo hicieron en numerosos conciertos en los que Frank Zappa y sus Mothers of Invention, Santana o The Doors, cabezas de cartel, no podían sentirse celosos ante una banda tan distinta como The Insect Trust. Imposible que les pisaran el protagonismo a ellos inicialmente debido. Un grupo, en definitiva, que fue el primero en estirar hasta el paroxismo (figuradamente) las posibilidades que la libertad de la época permitía y que, como resultado, ofrece una obra de sorprendente experimentación e inigualable belleza.