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20 jun. 2016

DIVAGACIONES PREVIAS A "RAINY DAY IN JUNE"




I RUTA URBANA.               BARRIOS DE SALAMANCA, CENTRO Y MONCLOA
Hay una tensa discusión en el senado del cielo esta mañana y parece que afectara a las copas de los árboles que no cesan de moverse inquietas, también a los tejados urbanos que ven cómo ya no arden sus planchas de metal. En el asfalto los taxis se mueven a ritmo de cuarteto de cuerda, las nubes dibujan extraños huertos estampados que cambian cada minuto, y un aire frío para esta época de Junio barre confuso unas aceras que han debutado hace tan poco. Así es que, en un alarde de desprogramación climática, la atmósfera opta por tatarear a destiempo el "Rainy Day In June", todavía sin la convicción suficiente porque la tormenta caerá ya muy en la tarde (entonces, cuando la sombra del paseante se desliga de su cautiverio corporal). Toda la experiencia del peatón atento, en ese extraño momento que dura casi eternamente como un caramelo, se vuelve hermosamente templada y su mirada, más que andar por el pavimento, vuela entre las caderas de todas las mujeres, ahora bellísimas impulsoras de una libertad que se respira entre las esquinas, entre  las fachadas, entre aquellos balcones que nunca antes habían brillado tanto.


Y ese debate imprevisto hace que los colores de la ciudad se tornen más delicados, menos agresivos, una breve tapicería de alas parece que los hiciera invisibles a los ojos chillones de las bocinas. Así caen al suelo sin estrépito, ni siquiera chocan contra él porque un vapor los recoge antes de que se estrellen. Vuelven a subir al espacio que han ocupado momentos antes para solo encontrar una huella de tonos aun más desvanecida. Y de esa manera se mezclan en un retorno constante de muelles y de pinceles imaginarios. Lo que verdaderamente importa es contemplarnos cuando ya han desaparecido, haciendo posible que coincida en la retina del observador el último parpadeo de su vuelo.

Las fachadas de los edificios, de algunos de ellos, juegan el papel de vigilantes de una belleza que se torna furtiva. Sus balcones de hierro forjado (tan hermosos en muchas partes de Madrid) observan el nuevo ordenamiento impuesto por un día tan sorprendente como éste. No hay insultos entre los conductores, los peatones se ceden amablemente el paso a la entrada de los cafés, los motores de combustión han decidido que el nivel de emisión de dióxido de carbono sea hoy prácticamente inexistente. Una paz dulzona ha estallado en esta jornada de higos maduros. De los contenedores de las obras se eleva una polvareda blanca que aturde felizmente a todo aquel que se acerca a sus contornos, una inmediata sonrisa propicia que los agraciados enseñen encantados sus hilera de dientes, todos perfectamente alineados, todos blancos de un resplandor de cal pura.

Hay edificios de una exquisita aristocracia  que solamente  muestran hacia su contorno exterior, guardando para sí mismos celosos secretos de alcoba, también antiguas conspiraciones monárquicas (existen muchos de esos en Madrid). Otros, más populares, derraman por sus fachadas pasteles de crema antigua y, diferentes a estos dos modelos, los hay además que enseñan gran parte de su ropa blanca al espectador que camina por sus aceras. Un ajuar tejido por los nuevos gremios de la ciudad y que muestran en sus portales tiestos de flores, alineados en galerías de boscajes diminutos, pizarras anunciando menús veganos, bicicletas recicladas que compiten con los canes en su grado de mejor objeto amigo del hombre, tanto y tan variado servicio han encontrado para los habitantes de una ciudad que casi siempre las ha dado la espalda.

[Y desde dentro de algunos locales, a los que el paseante entra para refrescarse, el mundo de una pantalla de televisión muestra las violentas imágenes de los seguidores de los equipos de fútbol ruso e inglés, enfrentándose por una cerveza de menos o por un ridículo tatuaje de más. Asciende entonces a un patoso peldaño el hombre moderno y nos enseña su estúpida condición de un ser sin atributos, mientras nos exhibe nada menos que el aburrimiento de sus cien mil días sin vida]

En el último tramo de nuestro itinerario la ciudad, aun no recuperada de un inicio de Junio tan benévolo, se confunde con los comienzos de grandes avenidas que la evacúan hacia el extrarradio. En un instante de quietud el paseante observa el latido de sus calles finales, contempla cómo sigue moviéndose la gente, aunque en realidad cree que no lo hacen hacia ninguna dirección fija porque muchos desearían quedarse adormecidos por ese calor tan tibio. Y es que parece desprenderse de sus pensamientos un ansia de tregua, un no querer ir más allá, a poco que fuercen la vista ya les enseña el Parque del Oeste aquellas sombras que añoraban adolescentes. En apenas unas pocas horas, desde la cabecera oriental del barrio de Salamanca, pasando por el Centro más emprendedor, culmina el viaje en Moncloa, ya próximo el río, aun tan verde en sus meandros de la Puerta de Hierro. Mientras el autobús retorna al viajero a su domicilio de Majadahonda, Ray Davis inicia el estribillo: "A misty shadow spread its wings / and covered all the ground / and even though the sun was out / the rain came pouring down"

4 comentarios:

  1. Y yo mevoy a Madrid casi sin tiempo de observar las fachadas,respirar los reclamos de los bares y escuchar el acento castino, pero volvere.
    Fantástico como siempre Javier.
    Un abrazo.

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    1. Pues cuando vuelvas por aquí Addi, me avisas con tiempo y, si dispones de un rato libre, nos vamos a descubrir hermosas aceras, que aquí quedan unas cuantas.
      Abrazos,
      Javier.

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  2. Javier,
    Me gusta la descripción que haces de estos lugares, algunos los conozco un poco y encuentro que tienen una gran belleza.
    Madrid tiene algo especial que mi Barcelona ha perdido ya hace tiempo, no me refiero tanto a los edificios (bonitos en ambas ciudades) sino a los comercios, bares, restaurantes y su centro histórico. Un aroma muy especial que descubrí hace más de 20 años y que de alguna manera sigue presente, cosa que en Barcelona ha desparecido.
    Saludos,

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    1. Creo que fue Pascual Maragall en una entrevista, hace ya un montón de años, respondió a un periodista sobre lo que más le gustaba de Madrid. Contestó que el cielo era lo primero, y después el Metro. Arriba y abajo, curioso. Esta narración está básicamente inspirada por una visión celestial, como se indica al principio.
      Gracias y abrazos,
      Por cierto, aquí también se ha perdido mucho del comercio tradicional, de todo tipo. No hace mucho tiempo a la calle Toledo se la conocía como la "calle roja", por el color tradicional que tenían las tabernas de Madrid.

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