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17 nov. 2016

HALL OF FAME VOL IV : LEON RUSSELL




LEON RUSSELL                       "CARNEY"
Os encontráis desde hace un rato en la estancia apenas iluminada de un apartamento en el extraradio de una ciudad cualquiera. Entre las baldas que albergan una no despreciable cantidad de discos, ordenados alfabéticamente, buscáis alguno perteneciente al artista estadounidense Leon Russell. Váis pasando la mirada por los agrupados en la letra L, vocal E,  vuestros dedos seleccionan autores desde Leaf Hound hasta Leonard Cohen, último de la lista y, nada, en el canadiense termina la exploración infructuosa. ¿Cómo es posible, os preguntáis, que un artista de la importancia del oriundo de Oklahoma no tenga una sola referencia en esa aparentemente extensa y completa colección? Sentís en ese momento una merecida vergüenza que de ninguna manera queda reparada cuando, al objeto de paliar tamaña injusticia, recordáis que en algunas otras obras del inmenso surtido si aparece el autor mencionado. Con razón pensáis entonces que cualquier aproximación a la figura del recientemente fallecido Leon Russell quedará, a falta de menciones concretas de sus obras propias, desvirtuada, hasta que una conclusión más meditada os ayuda a salir del amargo trance. Leon Russell fue un artista de muchos, no solo de él, y hablando de ellos podréis conocer y comprender mejor su camino, su historia.

Supisteis de Leon Russell en el mismo año 1970 a través de dos de sus más famosas colaboraciones. La primera en el majestuoso "Mad Dogs & Englismen" (A&M Rcds) de Joe Cocker, la segunda en el no menos memorable primer disco en solitario de Eric Clapton (Polydor Rcds). La participación en el primero es mucho más extensa, cómo que es el mismo Leon el que se convierte en el alma mater del proyecto. Es él quien recluta una banda de acompañamiento formidable, líder de la misma y productor junto a Denny Cordell. Grabado en vivo en el Fillmore East de Nueva York en marzo de 1970 el elenco de músicos puestos a disposición de Cocker hace que se te haga la boca agua de nuevo al recordarlo. El set de canciones incluidas en el doble Lp es paradigma de uno de los mejores álbumes en vivo jamás grabados en la historia de la música rock. La obra primera del Clapton en solitario, ya encauzado su camino por tierras americanas, contiene una menor presencia de Russell pero no deja por ello de ser importante. Sus composiciones compartidas con el mismo Clapton ("Blues Power") y con Delaney Bramlett ("Lonesome And A Long Way From Home") compiten entre las mejores del resto de los temas incluidos en el álbum. Entre las grabaciones de Nueva York de Cocker y de Los Ángeles de este primer Clapton se estaba gestando uno de los mejores capítulos en la historia de la música rock. Leon Russell estuvo en ambas.

Recordáis ahora, con ambos discos entre las manos, las primeras imágenes en las que aparece un Leon Russell hasta entonces desconocido. Las magníficas ilustraciones de Ron Wolin en el "Mad Dogs & Englismen" muestran al artista con su larga cabellera y barba rubias, sombrero de copa con penacho incluido y guitarra negra al hombro. Sentado también con el resto de la banda haciendo con la mano izquierda el signo del acabado perfecto, sinónimo fiel de un trabajo que marcó un hito de auténtica excelencia. "Master Of Space And Time", titulan al pie de su dibujo y con razón pensáis que se adapta perfectamente a su pinta de lo más friki del conjunto. En la parte trasera del "Eric Clapton" Leon Russell aparece retratado junto a los músicos y amigos participantes en la grabación. Una habitación vacía a punto de ser empapelada. Eric pela una manzana, Bonnie Bramlett está sentada casi en la cima de una escalera. Bobby Keys y Bob Whitlock aparecen con vestimentas claras en primer plano de la foto, pero es Leon Russell el que acaparaba gran parte de vuestra atención. Esquinado a la derecha, con pantalones de gruesas rayas, chaqueta estrellada, sombrero y mocasines de estilo imposibles de definir, barba y gafas de sol, se convierte en el protagonista de la toma. Estrella en definitiva de una sesión que, al igual que la efectuada con  el Lp de Joe Cocker, ofrecerá a los aficionados la mejor versión de la más genuina y sorprendente música americana del momento.

Mientras escribías estas notas apresuradas (hacía ya unos cuantos días que un querido familiar os había hecho la típica petición del oyente) escuchabas una y otra vez el álbum "Carney" grabado por Leon Russell en 1972 y reproducido, ¡oh sonrojo apenas divisado por el lector confuso!, a través de You Tube. Todas las composiciones de la obra, desde su inicial "Tight Rope" con su galope circense, el "Manhattan Islands Serenade" con sus arreglos urbanos (sonidos de tráfico y de ríos), el folk sureño de "Cajun Love Song", las experimentaciones valientes del mismo título "Carney" (con clavicordio y armónica, por lo que adivinabas) y "Acid Annapolis" (exposiciones vocales), la maravillosa "This Masquerade" con su tonalidad compositiva a lo Herb Albert, os parecían dignas hijas de tan dotado autor. El resto de las canciones, "Out In The Woods", "Me And Baby Jane", "Roller Derby", "If The Shoe Fits", "My Cricket" y "Magic Mirror", conformaban un maravilloso crisol de todo lo que la buena música de raíces nos había legado. La interpretación del artista además parecía desenterrar el barro de unas melodías para ofrecérnoslas en sus huesos, limpias de polvo, llenas del tamiz brillante del sur, rebosantes de gospel, de blues, de raíces rednecks que llegaban desde las planicies horadadas de Oklahoma hasta las costas de California.

[Finalizada la sesión de este fabuloso "Carney", entra aleatoriamente en You Tube (bendito sea por una vez) el "Homewood Session",  la grabación televisiva que Leon Russell y su familia musical (tan antitética a la de Manson) hicieron en North Hollywood ese diciembre de 1970. Adjuntas este impresionante documento musical como fiel ejemplo de las palabras que mencionaste en el párrafo anterior. Quisieras destacar, además del entorno familiar antes aludido (divertido, distendido, contraste con cualquier emisión que pudieras hoy en 2016 imaginar) la presencia del bluesman Furry Lewis y de la increíble Claudia Linnear, también participante en los coros del "Mag Dog & Englishmen" de Joe Cocker, y que en este "Homewood" se encumbra como lo que realmente fue, una reina con un trono distinto]



[¿Qué, qué les ha parecido su visión?..., y aquí es cuando escribías aquello de miéntanme y me dicen que lo han gozado en su totalidad. A Miss Elly Smith bailando con el niño en sus brazos y la bakery spoon en la mano derecha  en la fabulosa versión del "Jumpin´Jack Flash", a Flurry Smith  con el cigarrillo en la comisura de los labios interpretando sus temas, a Claudia Linnear con un sujetador de lentejuelas haciendo carambolas a los coros, los niños desmadrados por el estudio, humo, gente, Leon Blue Eyes Wide Front Teeth serio, distante, feliz, los músicos de la sesión gozando como puercos en un lodazal de maíz recién recogido]

Profundizas más aún, emocionado por el alcance del intérprete, en la historia de Leon Russell y lo encuentras cercano a la familia Joad (1) emigrando hacia California. Antes en Tulsa ha estado desde edad muy temprana acompañando como músico de sesión a luminarias (Jerry Lee Lewis entre otros) de paso por la ciudad para ofrecer sus conciertos. Si, aquella Tulsa del "Well I Used To Drive A Cab You Know..." de un Neil Young colgado de madrugada en su tetera de acero y bolsita de Lipton (2). En Los Ángeles, con apenas 17 años, entra a saco como prestigioso músico de sesión en gran parte de las grabaciones que ocurren en una ciudad que muy pronto va a convertirse en la capital mundial del rock. Repasas los datos anotados para cerciorarte de la existencia de los artistas con los que trabaja en los mejores estudios angelinos y apenas si llegas a vislumbrar el alcance de su inmensa aportación, comparable tal vez (y aquí escribes que seguramente "lo superaria"...) a un Jack Nitzsche que, comentaba en alguna de sus muchas declaraciones, escogían a Leon como mejor solista instrumental en muchas grabaciones, también cuando querían empapar el ambiente de diversión y desmadre, los lagartos de la Ruta 66 llegaban extenuados ya desde el desierto de Mojave y sus alientos despedían, escribías emocionado, un vaho feliz y último que hermanaba los rednecks del medio-oeste con los hippies de los primeros años 70.

Dices que la música de Leon Russell era semejante al movimiento de aquellas caderas femeninas que le enamoraron cuando vio por primera vez a Mary McCreary, cantante de las Little Singers, acompañando a  Sly & The Family Stone en un concierto del Fillmore West de San Francisco en 1968. Ya sabéis que en los años inmediatamente anteriores su aportación como compositor, músico de sesión, intérprete, productor y arreglista llegaba a cotas a los que muy muy pocos artistas podían aspirar. Músico de sesión con los míticos Wrecking Crew del sello Capitol de Los Ángeles, participante destacado en grabaciones de Bob Dylan, Phil SpectorThe Rolling Stones, The Byrds, Frank Sinatra, Glen Campbell, J.J. Cale, Ike & Tina Turner, Aretha Franklin, Sam Cooke, B.B. y Freddie King, Marvin Gaye, The Monkees, The Ronettes, The Everly Brothers, Herb Albert, The Beach Boys, ¿hacen falta mejores credenciales qué estas, preguntas?... Sus aventuras inmediatamente posteriores a las que relatas, a destacar su participación en el "Concert For Bangla Desh" (Capitol Rcds, 1971), en el que George Harrison le encarga co-organizar el mítico concierto del primero de agosto de ese año en el Madison Square Garden de Nueva York, y por no cansar al lector con tantas referencias, sus famosas grabaciones en dueto con Willie Nelson, añadiendo, año tras año,  a la fiesta del 4 de Julio un nuevo himno americano donde el agreste viento del Dust Bowl se apaciguaba entre los suaves viñedos de California, y ahí también piensas que Dean Moriarty (3) tuvo razón en su viaje desde la fría ciudad de Nueva York.

Un artista de muchos, un artista de todos con cuanta razón escribías al final del primer párrafo. Compositor de temas inmortales como las colas pardas de las lagartijas. Desde el "Delta Lady" para Joe Cocker, al "Superstar" de The Carpenters (preferías, ¡no me equivoco!.. la agónica voz en la versión de Rita Coolidge del "Mad Dogs & Englishmen", al teclado de acompañamiento un inmenso Chris Stainton que anticipaba los "Farm Aid Concerts" de un par de décadas después), "The Masquerade" de un George Benson que imitaba como nadie al sinsonte de los sonidos ocultos de las sequoyas (primer número uno en las listas conjuntas de jazz, pop y r&b), el "A Song For You" del último concierto de despedida de Ray Charles junto a su amigo Willie Nelson, el "Hummingbird" de B.B. King hacía ramonear su guitarra hacia pasturas más del Delta, siempre frescas. Leon Russell se enfrentaba en ese momento a un Fillmore East extasiado y sus teclas reinventaron un "Girl From The North Country" de Bob Dylan. Los bises que se iniciaban, a partir de ese justo instante en "Mad Dogs & Englishmen", tuvieron el sabor interminable de la mejor fiesta de cumpleaños de los primeros 70.

Mirabas entonces, igual que ahora, los logotipos de los sellos Shelter y Paradise Rcds., propiedad del mismo Leon Russell y de Denny Cordell,  y evocabas aquellos momentos felices en que escuchabas esos maravillosos discos de su paisano J.J.Cale, el primero de The Gap Band (no finjas, no lo conocías hasta ahora mismo) y el de Tom Petty & The Heartbreakers, o los de The Grease Band. La figura del huevo invertido y la letra S que un infraterreno Superman le reclamaría después como propia, sobre fondos rojos y anaranjados; más tarde esa cara de maestro-hombre-hobbit en la galleta de ese inmenso "Sincerely" de la Dwight Twilley Band (¿hasta cuando permanecerá en el cuarto oscuro este sensacional grupo?) se hacían tuyos y veías al hermano Leon produciendo y colaborando con esas bandas saturnales. Un sello para emigrantes musicales, también cobijo del primer single editado de un tal Bob Marley, el "Duppy Conqueror", primer single de música reggae publicado en el mercado americano. Y entonces no te preguntabas si esa línea tan débil, alineada con las más poderosas de  EMI/Capitol, A&M, Elektra/Reprise, Columbia/CBS, Atlantic/Decca, Warner Bros, Polydor/Robert Stigwood, sobreviviría. Lo haces ahora sorprendido al saber que aquellos sellos, junto a los mencionados Shelter y Paradise, fueron la antítesis dichosa de los actuales superpoderes de Sony y Universal, una amalgama de multicomunicación que sabes identificar perfectamente cuando caminas por los pasillos de los supermercados de Carrefour.

Estáis enfrentados al ordenador como tú, interminable caracoleador de dedos sangrantes. Él, Leon Russell sigue en You Tube, esta vez interpretando los temas grabados en su concierto del Fillmore East de noviembre de 1970, año mágico (el año de "Llena Tu Cabeza De Rock"). Tú intentas hacer justicia a un descomunal artista. Bill Graham se ha dirigido lacónicamente a la audiencia presentando a Leon Russell y éste, acompañado inicialmente de su piano, interpreta uno de sus temas más inmortales, "Song For You". Las teclas se deslizan hasta los asientos carmesí del auditorio. Recuerdas, aunque no lo vieras, a un tal Leonard Cohen que aplaudía emocionado la interpretación del "Get Out Of My Life Woman" de Allen Toussaint. Me comentabas que hacia medianoche, ya terminado el concierto desde hacía más de una hora, se enfundó su "Famous Blue Raincoat" y pidió al taxista dirigirse hasta el Chelsea Hotel, en la calle 23 Oeste. Esa noche la ciudad parecía helada.


(1) "Las uvas de la ira" (John Steinbeck)
(2) Neil Young , "S/T" (Reprise Rcds, 1968)
(3) "En el camino" (Jack Kerouac)

8 nov. 2016

INUNDACIÓN




LUIS BOULLOSA "SANTOS Y FRANCOTIRADORES. Supervivencia, literatura y Rock & Roll"

Pensaba hasta hace bien poco que en la página 69 de cada libro era cuando sucedía lo más importante, lo más inspirado del texto. Leí en algún artículo que esa era la costumbre de algún autor conocido, abrir cualquier libro al azar por ese folio y ojeando tan solo parte de su texto columbrar si merecía o no la pena leerlo, quizás adquirirlo.

30 páginas (martes) después de la experiencia erótica el órgano de la catedral entona una nueva melodía llamando a la calma. Tanto era el embrollo en el que pensaba inmiscuirse el autor durante 498 páginas que (el siguiente miércoles) el comandante aconsejó parar: (sic) "Sea como sea, este es uno de los momentos en que en un libro como este, hecho para ser escuchado como para ser leído, debe ser apartado temporalmente..., le recomiendo fervientemente que deje el tocho en la mesa y consiga esos discos..., que se encierre en casa y experimente con la mente abierta y el volumen a tope"

Y paré, no recuerdo el día en que fue pero se que hoy seguimos en el lunes de ayer y hago esfuerzos por no olvidar lo que había hasta entonces leído. Apenas han pasado unos días llenos de semanas.

Paré, si,  y me sumergí en unas jornadas alegres y confusas. Revistas de música, apuntes de poesías en el reverso de recibos de Supermercados Leclerc, fotografías, conciertos sin parar, de parranda con la pandilla por barrios que no volveré a pisar, lo típico de cualquier friki demasiado tiempo encerrado, corte radical de pelo, parezco un puto skin. Punto álgido, la visión (un domingo) del "Rude Boy, Ray Range & The Clash" de Jack Hazan y David Mingay (Beefeater-In-Edit, 2016) La crudeza de los primeros y más salvajes conciertos de la banda londinense, todos los miembros con un formidable stress escénico y creativo a cuestas, en una Inglaterra donde Thatcher ya sacó el hacha de la guerra...., y si me descuido hacia las Islas Malvinas me llevaba tal un corte tal del "Two Quid Deal" de Skin Alley, que me encontraba felizmente perdido entre su música (en ese mismo lunes precisamente)...,y por favor (no puedo más), por eso ruego encarecidamente al admiral de La Madre Atlántica Sir Luis Boullosa que me perdone (por el momento)..., que me levante la leva y permita de nuevo que recupere el tocho y empiece a hablar con cierta seriedad del libro, si es que soy capaz.

Conocí a Luis Boullosa como a él seguramente le gustaría decir periféricamente,  yo prefiero hablar de una cercanía producto de un azar disfrazado de oportunismo. Y es que la tienda de discos favorita tiende a ser como el salón oscuro de casa cuando paras por allí, y entonces pedí permiso a Jesús y cogí de una silla el número 0 de Karate Press, me quedo mirando su atractiva portada, lo hojeo y sin dudar de su gratuidad me lo llevo a casa. Debo admitir que desde aquel viernes soy otro hombre, ni mejor ni peor, solo que muy otro. Gracias a Karate Press  he descubierto unos autores (literarios y musicales) que me han abierto cajones hasta entonces cerrados en mi cabeza. Los he leído y escuchado al mismo tiempo que pasaba, número a número, las hojas de sus revistas. Todos los números hasta ahora publicados han aumentado mi temperatura corporal y mental, orgánica y psicotrópica. No estoy yo muy seguro si lo hemos comentado antes, pero es en la oportunista estrategia de la provocación cuando mejor o peor se obtiene el objetivo perseguido. En mi caso no se, es como haber descubierto con Karate Press un viejo tractor Ebro-Kubota  en el pajar abandonado y empeñarte en arreglarlo, no se sabe por qué razón, no tengo finca que arar. Como si te guiara alguien desconocido por un desierto donde sonaran  máscaras desconocidas de black metal y las cortinas se quemaran con el experimental y noise más extremo. Y eso al hablar de música, no quiero pensar que me ocurrirá cuando me meta con la literatura de una de sus recomendaciones, Thomas Ligotti.

Los caminos varios con los que Luis Boullosa pretende convencer al lector de su "Santos y francotiradores" (Edit 66rpm, 2016) se bifurcan en, a saber,  presentación de personajes y bandas, hablan los personajes y diserta el autor. Rafael Berrio y Blooming Látigo, por ejemplo; se entrevista a Josele Santiago de Los Enemigos y también Luis Boullosa se retrata en no pocos temas más o menos polémicos, siempre interesantes. Estos tres canales comentados confluyen en una única divinidad tan verdadera, tan potente, y tan osamenta del credo como las del cristianismo tridentino. Es en definitiva el verdadero lenguaje del autor el que se convierte en el magnífico salvador del libro, aglutinador y pegamento además del numeroso fárrago de información que facilita Luis en el transcurso de la obra. Discos, libros, filósofos, poetas, psiquiatras, países, muchas ciudades, calles y bares, intoxicaciones, hoteles, viajes y conciertos, años y más años, historias que, en la mayoría de los entrevistados, superan bien las decenas, las generaciones. Luis escribe muy bien, a veces se nota el esfuerzo con qué lo hace, otras muchas le sale el verbo de corrido, con una naturalidad pasmosa. El empleo de símbolos e imágenes en muchas frases crea para los entendidos asociaciones dignas de análisis pormenorizado. Aquellos que conozcan la música por dentro y por fuera, como algo serio y desenfadado a la vez, agradecerán expresiones como la de la página 127, hablando de la obra de Javier Colís:"...esa solidez constructivista abrasada por un calambre inesperado. Esa capacidad para hacer que te sientas al tiempo incómodo y atraído que poseen las serpientes y algunos -muy pocos- músicos. Esa torre herida por el rayo".

Los buscados manifiestos supuestamente incorrectos o de discutible elegancia (su empleo puede a veces no quedar tan cool),  los exabruptos periféricos hacia un centro peninsular sistémicamente cerrado (la salvación redentora nos viene otorgada desde los ejes periféricos), el no cesar en la crítica a una sociedad banal e inexorablemente globalizada (algunos de cuyos hijos compran los productos objeto de nuestro culto), además de otros argumentos cercanos a considerar el detritus secular de la nación como razón suficiente para seguir por esa línea crítica , no dejan de utilizarse sabiamente por el autor para asegurarse su parcela de escritor outsider. Jaime Gonzalo, (también algo más que crítico), también escritor musical de amplio espectro, en numerosas ocasiones mencionado en este "Santos y francotiradores" por Luis (con admiración la mayoría de los casos) nos serviría de parangón para llegar a comprender lo que el autor quizás pudiera pretender con su prosa y estilo. Frente al lenguaje muchas veces (razonadamente) barroco de Jaime, Luis antepone un idioma más crudo y simple, barojiano y bello en sus venas de palabras cultas y expresiones concisas, frases poderosamente ingeniosas, muchas veces matemáticamente exactas. Lo prefiero a él.

"Dance To The Music....", martes, vísperas de festivo.

"Santos y francotiradores" no defraudará al lector ávido de noticias tanto musicales como puramente existenciales. Los protagonistas del libro se posicionan ante su obra artística y explican al lector sus razones para crearla, mantenerla, modificarla o (incluso) criticarla. Nos hablan de sus ambientes cercanos, de sus gentes e influencias, de sus experiencias, gratificantes muchas de ellas (recuerdo especialmente las de Alberto Acinas en la selva de Nayarit, o la clarividencia de Luna de Carpa después de leer "La Diosa Blanca" de Robert Graves, y ligar su análisis entre la existencia circular y la lineal). No resultan tampoco insustanciales para el lector el conocer del elaborado razonamiento y compromiso socio-político de un Niño de Elche y contraponerlo con la aparente ingenuidad naïve de un Dorian Vian más pop, sin ser forzosamente más sencillo, antítesis necesaria a un prurito intelectualoide que planea en muchas de las opiniones de los artistas invitados. Y entre opinión y opinión, el autor muestra su amplia cultura literaria y musical, pocos son los que mencionan a un Rudimentary Peni o a un Dim Stars, menos aun los que en un texto musical hablan de Celine o de Jung.

Parte interesante, y bien necesaria en un libro como éste, cuando Luis Boullosa nos expone, casi en la conclusión, su posición sobre la crítica musical y el papel que debería jugar en una escena que aun no ha dejado de ser considerada subterránea. Los puntos de vista de su colega Xavier Castroviejo, en cuanto a la imperiosa necesidad de contemplar un paisaje paralelo entre música y literatura que la sostenga, revaloriza sin duda la necesidad y la razón de libros como éste. Más que libro-río, libro-canal con sus correspondientes exclusas, este "Santos y francotiradores" posee en cada capítulo una zona estanca, unicamente dedicada al artista que lo protagoniza. El lector tiene en sus manos, una vez terminado cada episodio, las llaves para abrir las compuertas que le siguen. Dos son sus opciones. Mantener a cada protagonista en su inmensa pecera de hormigón o, abriendo la presa en sentido contrario, la inundación. Prefiero ésta última. Elijo leer y escuchar. (Elliott Smith, "Figure 8", es casi miércoles)