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30 ene. 2018

PLEAMAR





FABIANI                            "EL NUEVO LANZALLAMAS"
Conocí a Fabiani una tarde de niebla blanca que amenazaba con nevada, fue en la falda noroeste de la sierra de Madrid y antes de hacerlo había tenido alguna referencia suya a través de Hubert, un buen amigo que abandonó el cortejo del rey José I cuando dejó definitivamente la Corte española. Debo decir que Hubert es un personaje único, él dice que es francés aunque yo no he conocido en mi vida tipo más vaquero y más serrano, siempre tan generoso a la hora de compartir sus extensísimos conocimientos musicales. Total que Hubert me regala unos meses antes de conocer a Fabiani la última publicación del artista, "El nuevo lanzallamas" (PromoSapiens, 2017) mientras me recomienda vivamente su escucha. El evento tuvo lugar en el Castilla de la Plaza de los Cuatro Caños de Collado Villalba, un café-bar que representa mucho más que punto de encuentro para las siempre sedientas almas de la zona. Simboliza, quizás sin saberlo ni dueño ni asiduos parroquianos, uno de los más auténticos garitos de intercambio de información musical subterránea de la provincia de Madrid. Una vez allí dentro el tiempo se descuelga de las manillas, la prisa es un concepto ignorado, si acompaña la climatología se sale un momentito a la calle a tomar un buchito de aire, lo justo para volver al habitat natural del local, el ruido de los bares que no son de música pero en los que casi exclusivamente se habla de ella.

Bueno, pues allí fue, en ese sorprendente paisaje pueblerino donde conocí a Fabiani y mientras hablaba con él quise recordar a qué sonaba su música, cuestión a todas luces insensata porque Fabiani entró en fase de bajamar a las dos o tres escuchas de su "El nuevo lanzallamas", lo debo reconocer. Vestigios de un pop bien trabajado, unas melodías más de amigos alrededor del fuego de una chimenea que de una fiesta "rave" en cualquier polígono de la periferia, después de unas breves, y ya casi olvidadas audiciones, el bagaje se hacía tan liviano que la memoria se negaba a dar más señales de vida inteligente. Una pena, porque es en esos momentos, cuando uno quiere quedar bien con el artista y sus pensamientos se diluyen como el sonido de unas escobillas sobre el parche de la batería, zig, zag, se acabó, hablemos de otra gente.

Para aliviar mi descuido Fabiani amablemente me habló de su proyecto DWOMO, también de LE GRAND MIÉRCOLES, una suerte de pasarela donde tiene cabida su obra como hombre de música,  como artista multidisciplinar. Ingente y hermosa actividad en la que me introduje, indagando en la variada y profusa información disponible en las Mallas del Pescador, con el objeto de conocer más de cerca el alcance de su creación. Fue allí, en el presente indicativo de los verbos regulares, donde Fabiani entró en fase de pleamar, el nivel del agua alcanzó su plenitud, coincidiendo, eso si lo recuerdo bien, con el mayor trasiego de botellines de Mahou. Tanto me gustó lo que encontré que a los pocos días compartí en las redes sociales el enlace de DWOMO, me puse también en contacto con su sello discográfico www.halloffame.es  y a los pocos días tenía en mi casa la última publicación de Fabiani como DWOMO, la fascinante TRILOGÍA FANTASMA.

La secuencia que les relato a continuación es cabalmente cierta, ignoro si el haber padecido últimamente sueños un tanto extraños tuvo algo que ver con la fatalidad ocurrida. Recibí la TRILOGÍA FANTASMA, un coqueto cuaderno conteniendo tres de la últimas grabaciones de DWOMO ("Electroshock Taronger", 2013, "Por el aire", 2014 y "El eslabón perdido", 2015), además de un MANUAL DE ANTIETIQUETAS ILUSTRADAS, una serie de divertidos y sorprendentes dibujos obra del artista gráfico Carlos Maiques. Un golpe fortuito de mi mano dio en el suelo con el conjunto del libreto, con tan mala suerte que el "Electroshock Taronger" (subtitulado como "DWOMO canta a Valencia") desapareció de mi vista. "¡Pardiez, cómo es esto posible!", me pregunté incrédulo. Pues sí, después de pasar un buen rato eliminando probabilidades, deduje que el celofán que cubría el CD se había deslizado por el suelo para terminar científicamente introducido debajo de un armario cercano. Sin posibilidad alguna de recuperación, a menos de desmontar las puertas del mueble, opté por aceptar un destino que entonces me pareció demasiado cruel. Conclusión, el "Electroshock Taronger", la revisión de canciones de artistas valencianos que DWOMO grabó como homenaje a una ciudad muy querida por mí, duerme el eterno sueño junto al polvo oscuro, las perdidas monedas de veinte céntimos y algún que otro clip oxidado. Buena compañía.

Introducirme entonces en la audición de los dos CDs restantes me hizo recuperar de nuevo "El nuevo lanzallamas" y decidí volver a escucharlo, una y otra vez, junto al "El eslabón perdido", una recopilación de caras B e inéditos que recoge grabaciones de la primera época del grupo (2001-2005, autoeditadas o publicadas por el sello DRO), y que representan para mí lo más brillante del paquete, ya manco de por vida, como el de Lepanto. Decirles que estas dos obras me sirven más y mejor que la Tarjeta de Transporte Público sería quedarme corto, me trasladan sin mover un solo dedo por paisajes que, además, vienen ya definidos por la propia banda. Porque DWOMO son un dúo, el formado por Jorge Lorán Martín-Fabiani y Antonio J. Iglesias, con ideología propia, unas Tablas de la Ley perfectamente desarrolladas en los textos que les sirven de Sagradas Escrituras, las ANTIETIQUETAS, una suerte de Manual Ilustrado para el Perfecto Boy Scout del siglo XXI.

Puede que "El nuevo lanzallamas" entre dentro de la antietiqueta "MINI HARD FOLK" y, si así fuera, las descripciones incluidas en la página informativa nos hablarían de "folk nervioso", "pop vecinal", "chançon for stay awake", "galactic pop", "eclectic surf", "melodías resistencialistas" o "juego precoital". Si "El eslabón perdido" lo hiciera dentro de la llamada "RETROFUTURISTA", lo describiríamos como "space folk", "himno de avance", "afterpunk de entretiempo", "astro performance", "robótica menor" o "ciber defensa". Elijan ustedes la antietiqueta que elijan, esos trece calificativos, entre otros muchos más, propuestos por el dúo de artistas se cerrarían en uno solo, el llamado "COSMIC COCKTAIL", una especie de resumen de "amarás a Dios sobre todas las cosas" (de hecho dentro de la obra de DWOMO hay una grabación conocida como "Disco Dios", PIAS, 2009, que digo yo que algo tendrá que ver el paisano...) y que podría acercarse, con mucha certeza etimológica, a lo que la banda en definitiva pretende, mostrar al oyente, un combinado metálico-gominoso-ortopédico donde quepan todos los estilos y géneros que les hayan podido servir de influencia.

En muy pocas ocasiones me ha ocurrido necesitar hablar de dos discos simultáneamente, como es el caso. "El nuevo lanzallamas" y "El eslabón perdido" se suceden en los platos sin descanso posible; no quiero, no me da la gana dejar de escucharlos y departir con quien me quiera atender, es tal su poder de seducción, en su conjunto de raíz cuadrada, canción a canción, en aisladas señales que buscan a un cómplice, alguien que tenga una sola razón para acercarse a la música de Fabiani-DWOMO. No tengo hoy ninguna obligación de adorar la geografía de las cenizas, mi razón es una reflexión que tiene más que ver con la necesidad de conservar la flora vaginal, de contemplar aros de cerezas en las bocas de los niños, de ver diminutos globos aerostáticos en peceras de 40x40. La ondulación de los temas brinca caprichosamente desde "No le intentes detener" hasta "Charles, el guardabosques", despega en "Monkey Man" para aterrizar en "Samba triste", se despeña en "Plantas carnívoras" para estallar en "Destino Memphis", y así hasta 31 temas en total. No importan tanto los títulos, la gran mayoría de ellos inspirados en una acertada sucesión de visiones interiores, importa un sonido que haga del oyente un muñeco de peluche, arrullado en los brazos de una matrona romana, sin querer despertarse. Mucha culpa de este cúmulo de sensaciones la tiene el tercer miembro de DWOMO (y también colaborador del Fabiani en solitario), Fernando Polaino. Su labor de producción en ambos discos es un prodigio de ingenuidad eléctrica, sus arreglos son portentosos; además de revelar un profundo conocimiento de lo que se trae entre manos, ocupa los espacios sin saturarlos, deja vías abiertas para que la ensoñación del oyente vuele por territorios llenos de algoritmos, de álgebra antigua.

No voy a desertar este año de mis obligaciones. Una de ellas es hacer de la obra de Fabiani-DWOMO cabecera de mis mejores momentos, los de pan de trigo y lecturas al sol. Otra va a ser pedir a Jorge Lorán Martín-Fabiani que siga, que no pare de hacer música. Ignoro cuales son sus planes presentes, qué le tendrá deparado el futuro a DWOMO, un proyecto que emula la grandeza de la catedral milanesa, el genio latino contaminado por tantos años de oleajes. Le suplico que no deje de hacerme tan feliz. A Carlos Maiques que de alguna manera avise cuando tenga pensado hacer alguna exposición de sus obras en Madrid. ¡Ah!, y a Hubert le exijo que no se retire de la puerta del Castilla, aunque yo llegue tarde y sin avisar, como es mi inveterada costumbre.

18 ene. 2018

ELOGIO DE LA FIEBRE




ISAAC HAYES                          "HOT BUTTERED SOUL"
En los días de gripe el tiempo aprieta con mano de hierro, empuja fuerte porque quiere curvarse aun más, reclama girar con mayor vorágine. Como magnitud física con la que podemos medir la duración o separación de acontecimientos, el paso del tiempo me interesa más por las consecuencias que produce, por los efectos inesperados a que da lugar, sobre todo cuando el malestar general se adueña de mi cuerpo. En esos días de fiebre, los recuerdos del pasado alcanzan mayor intensidad porque entran en escena con potencia incontrolada. Ocurre como si otro ayer lejano, muy diferente al vivido, tomara carta de naturaleza, borrara con su presencia los sucesos realmente acontecidos. Un torbellino de nuevas imágenes entra entonces en la pantalla de mi cinta transportadora, se adueñan de mi pensamiento y crean una nueva memoria. Son representaciones sin perfiles totalmente definidos, muy cercanas a la copia exacta, pero también con aristas muy diferenciadas. Maldición de monstruos marinos en movimiento, toros escapados de toriles que suben hasta mi cama, hombres sin labios con tambores sordos que portan estandartes. Tiendo a pensar que el tiempo pasado es mejor porque tapa errores del presente.

Así sucede cuando camino por la calle Hilarión Eslava de Madrid, más concretamente, por una pequeña porción de su recorrido que comienza en la esquina de Rodríguez San Pedro y culmina en la de Fernando el Católico, apenas unos 300 ó 400 metros de aceras que siempre tienen que estar mojadas. En esa primera esquina se encuentra la Casa de las Flores, obra preeminente del racionalismo arquitectónico (Secundino Zuazo, 1931), en cuyo número 6 vivía mi bisabuela Matilde. Tras pasar por sus salones, decorados con tapices de motivos cervantinos, animado por el ajetreo de las partidas familiares de julepe, tute o brisca (también hipnotizado por sus queridos aromas cafeteros), me asomo a la ventana para observar la placa que, en el número 7 de esa misma calle, evoca la última estancia y muerte de Don Benito Pérez Galdós. Una esquina más adelante, ya cruzada la calle Menéndez Valdés, en el número 19 de la misma acera, tenía su sede la Librería Tragaluz, uno de los principales focos de mis compras literarias, hasta que sus propietarios no tuvieron más remedio que cerrarla por jubilación forzosa. Un par de números impares más y me encuentro, finalizando el verano del 72, enfrente de Tympanum, una de las no pocas tiendas de discos que proliferaban por el barrio de Argüelles, zona universitaria por excelencia de Madrid. Mientras yo me quedo esperando en doble fila en el 600, mi hermano sale con una nueva adquisición, el "Hot Buttered Soul" de Isaac Hayes.

A Isaac Hayes le habíamos conocido un año antes con "Shaft" (Stax Rcds, 1971) y, como no podía ser de otra manera, esa obra suya nos dejó gratamente conmocionados. El tiempo se medía entonces por la cantidad de veces que giraban los discos en los platos, por las interminables rondas de cañas en bares de toda condición y paisanaje, por las salidas nocturnas cuyos más sonados acontecimientos consistían en saber quien imitaba mejor el redoble de Ginger Baker en "White Room", el riff final de John Fogerty en "Born On The Bayou" o el soniquete nasal de Bob Dylan en "The Ballad Of Frankie Lee And Judas Priest". La dura vida del estudiante universitario comenzaba a la mañana siguiente, no antes de las diez y media ni más tarde del mediodía. Inmejorable presión de cerveza marca Mahou, en su justa medida de anillos de espuma brillante, mejillones y/o anchoas cabalgando sobre crujientes patatas fritas, partidas a los chinos, vuelta a casa para la comida de las dos, alguna que otra siesta y teléfono para quedar por la tarde con los amigos de siempre. El 61 llegaba a la parada del autobús y entonabas el "Here Comes The Sun" de George Harrison, eso ocurría solamente cuando decidíamos dejar la fiesta e ir a clase.

Isaac Hayes se había instalado pues en una buena guarida, una casa donde la música se había hecho dueña y señora. Vendimos la colección de música clásica (salvamos a Sinatra) de nuestros padres y nos buscamos un escondrijo para guardar la nuestra, a la espera de la temida contraofensiva (sirvió también de resguardo para desviar algunas botellas de buen güisqui y otras de ginebra "Made in Gibraltar"). Desde los singles iniciales de mitad de los 60, The Bee Gees, The Guess Who, Troggs, Nilsson, Herman Hermits, hasta los primeros Lps de finales de esa década, The Spectrum, Creedence, Simon & Garfunkel, Leonard Cohen, Johnny Rivers, la radio generalista ("Los 40 Principales", sin ir más lejos) emitía constantemente Beatles, Rolling Stones, Animals, Kinks, Who. El soul de la Tamla Motown era dueño absoluto de las ondas. Había espacio suficiente para todos, desde los grandes intérpretes anglosajones hasta la cosecha propia. Serrat, Pablo Guerrero, Els Sapastres o Joaquín Díaz y Agapito Marazuela. El mundo se descubría a golpe de Nina Simone, Nicola di Bari y Paco Ibáñez. Algunos locutores de radio hablaban gráficamente del "ambiente marihuanero" de Woodstock y lo entendíamos porque lo habíamos hecho ya nuestro, desde luego no en la práctica, impensable entonces, sino en el significado de imperiosa necesidad de liberación. El pasado, del "Riccordate Marcellino" de Renato Carosone, del "Camino Verde" de Los Panchos. El presente, del "Somethin´ Comin´ On" de Blood, Sweat & Tears, del "Maybe I´m Amazed" de McCartney.

La continuada audición estos días del "Hot Buttered Soul" (Stax Rcds, 1969) ha sido realmente fantástica, ha acabado con la gripe. Además, apenas he necesitado dejar caer la aguja sobre uno de los platos para convencerme que el futuro del soul era cosa de Isaac Hayes, lo fue entonces, cuando era pasado, y lo es ahora, cuando es presente. El tiempo va y viene y vuelve, la música también. Es una representación circular que ya el pintor Miquel Barceló expresó acertadamente cuando reconoció públicamente la grandeza plástica de la faena taurina. Lo manifestó además Santiago Auserón de Radio Futura, un profundo conocedor de los oleajes, en "Enamorado de la Moda Juvenil"..."En un momento comprendí / Que el futuro ya está aquí"; es cuestión entonces de convencimiento personal (espero también que sea una creencia transferible), de seguridad en una reflexión que acontece en exclusiva al pasar sin rumbo por la Puerta del Sol, cuando caminas sin prisa por la Barceloneta o te pierdes por las Siete Calles, también cuando tapeas por el barrio de Triana, claro, y debería coincidir además en el momento justo en que Jesús de la Rosa entona esa maravillosa línea de..."Donde brotan las flores / Para tí / Donde el río y el monte / Se aman... ("Se De Un Lugar", "El Patio"), y pides un solomillo en La Blanca Paloma. En algunos sitios de Sevilla también tiran muy bien la cerveza, mucho mejor que en cualquier garito de Memphis, en algo tenemos que ser claramente superiores.

Memphis, si. A 110 kilómetros, Misisipi arriba desde Clarksdale, el famoso cruce de caminos de Robert Johnson y el hogar de grandes músicos de blues. Los estados sureños de Georgia, Alabama, Misisipi, Luisiana, Arkansas y Tennessee, el perímetro del "Bible Belt", es curiosamente el contorno de la más genuina patria del rock´n´roll. La lucha del Almighty God contra la música del Demonio. Johnny Cash, B.B. King, Jimmy Reed, Elvis Presley, Muddy Waters, Bo Diddley, Otis Redding, Sony Boy Williamson, Levon Helm, nacieron allí. Muy cerca, en el vecino estado de Texas, empezaron a quemar los discos de los Beatles cuando a John Lennon se le ocurrió decir aquello de que eran más famosos que Jesucristo. También allí se encuentra el paraíso de la cocina genuinamente americana; berza con jamón ahumado, pan de maíz, frijoles, pollo frito y panecillos con salsa. El Memphis de Beale Street, sus locales de música en vivo, y la Gibson Factory, con sus estanterías llenas de guitarras, el de los estudios Sun en la Union Avenue, aquella grabación del legendario "Million Dollar Quartet" de Presley, Cash, Jerry Lee Lewis y Carl Perkins, el de la terraza del Lorraine Motel (hoy reconvertido en el National Civil Rights Museum), desde donde James Earl Ray disparó contra Marthin Luther King, el del Graceland de Elvis, la plenitud del exceso asentada sobre una antigua residencia colonial.

Comienza el "Walk On By", un tema de Burt Bacharach y Hal David que Dionne Warwick catapultó al número 1 en Abril de 1964, y se abren los cielos para el soul del futuro. Un marcapasos de base rítmica, a los mandos de la segunda formación de The Bar-Keys (la primera, aquella del fantástico "Soul Finger", desapareció en el accidente de aviación de Otis Redding), brilla en el monitor, sus líneas se van acompasando con la pulsación de un corazón que suspira por una nueva vida, por una nueva oportunidad de 12 minutos exactos de gloria. Nada que ver con la versión clásica y conocida de una  de las campeonas mundiales del pop-soul junto a Diana Ross (mi favorita, ojos de pantera). Los arreglos orquestales, obra conjunta de Hayes con los ingenieros Terry Manning y Ed Wolfrum, extienden la canción por el subsuelo pantanoso de la ciudad, recogen la tundra de desechos del Misisipi para empaquetarlo en puro soul de mantequilla de cacahuete. Los coros femeninos endulzan la merienda interminable y entonces aparecen los globos. El mismo Isaac con su Hammond B3 de doble teclado, marca con los pedales aun más la base rítmica, la ralentiza, la abre en canal. Su tono de voz, profundo y sin florituras, recita una historia de alejamiento buscado por un protagonista que, lejos de ser creíble, implora en sus lamentos una nueva oportunidad a su amada. Los solos finales conjuntan toda la potencia de una instrumentación que funde los cables del monitor. Es peligroso seguir con este grado de pasión.

"Hot Buttered Soul" fue publicado por el sello Stax de Memphis en 1969. Grabado en los míticos estudios del mismo sello (con las sesiones de mezclas relizadas en los también famosos Ardent Recording Studios); en la esquina de East McLemore Avenue y College St., allí donde los miembros de su legendaria sección rítmica Booker T & The MG´S fueron fotografiados cruzando ambas calles, emulando la portada del "Abbey Road". Frente a los establos de la Tamla Motown de Detroit y la Atlantic de Nueva York, Stax ofrece un soul profundamente unido con la marca r&b de Memphis. Berry Gordy decía que solo buscaba canciones que sonaran bien en la radio de los coches. Ahmet Ertegün ampliaba su base de negocios haciendo de Stax su plataforma de operaciones en el Sur para sus estrellas, Pickett y Aretha, ésta última ampliaba además su registro en los Muscle Shoals de Florence (Alabama), otra gran escuela de soul, como si no tuviera suficiente. Después de la muerte de Redding, Atlantic se haría con el catálogo completo de Stax, un inventario que incluía, entre otras proezas, el "Soul Man" y el "Hold On I´m Coming" de Sam & Dave, el "B-A-B-Y" de Carla Thomas ("The Queen of Memphis Soul"), el "Knock On Wood" de Eddie Floyd y el póstumo "(Sittin´On) The Dock Of The Bay" de Otis. Los tres primeros compuestos por Isaac Hayes y David Porter, la mayor fuerza creativa al oeste del Brill Building de Broadway junto a Holland-Dozier-Holland; los dos últimos temas por Steve Cropper, guitarrista de los MG´S, auténtico huracán de las seis cuerdas con sabor popcorn. Al Bell, el nuevo hombre fuerte de Stax, urge a todos los artistas del sello para grabar en tiempo récord un total de 27 nuevos álbumes. El "Hot Buttered Soul" es el último en llegar, y el que anuncia el comienzo de la segunda edad de oro de Stax, un sello y una marca que The Beatles habían elegido como lugar de grabación de su "Revolver" de 1966.

"Hyperboliscsyllabicsesquedalymistic" es la única composición de Hayes, compartida con Alvertis Isbell (el verdadero y completo nombre de Al Bell), en "Hot Buttered Soul", mi favorita. Me transporta bailando descalzo en la discoteca del Hotel Madrid de la playa de Gandía el "Me And Mrs. Jones" de Billy Paul, o aquellas gozosas compulsiones corporales, siguiendo el maravilloso ritmo del "Memphis Soul Stew" de King Curtis, en la pista de baile del "Keeper" en El Escorial. Un ejercicio de liberación física y mental de casi 10 minutos de duración. El bajo de James Alexander confirma el futuro sonido del soul-funk, sus líneas apenas hacen necesaria la aportación de la batería de Willie "Too Big" Hall, un bigardo de 17 años que años más tarde se convertiría en una de las piezas angulares de The Blues Brothers. Los elegantes bucles de Michael Toles a la guitarra me hechizaron entonces (y lo continúan haciendo ahora mismo). Pensaba en cómo era posible que estos tipos, negros hasta la coccigodinia, podían hacer una música tan enrollada, esas guitarras tan wah-wah pedal, el piano marcando el galope de un ritmo endiabladamente adictivo, el sonido del bajo, insisto, de otro planeta. El color negro que entonces formaba parte de mi archivo musical era el del sudor de James Brown, la marcha alocada de Sly and The Family Stone, el punto de cruz de Temptations, o los grandes divos y divas de los establos soul, pero este "Hyperbolis...", esto era otra cosa, una bomba de pezones calientes a punto de explotar.

Isaac Hayes es un auténtico titán. Un hombre hecho a sí mismo a base de pobreza extrema, abandono familiar y último refugio en el hogar de sus abuelos, verdaderos herederos de la esclavitud y de la segregación, también de las excelencias de la granja autosuficiente y de la vida campestre. Si a Hayes le salva algo, le socorre el destino, es que es un hombre de música, y eso en Memphis es un seguro de vida. Su formación es autodidáctica, no sabe leer una partitura, pero logra hacerse un nombre en la escena musical de la ciudad. Su virtuosismo con los instrumentos de viento y teclados, su voz severa y sensual, le ayuda a abrirse paso en una ciudad tan sumamente competitiva. The Teen Tones, The Morning Stars, The Ambassadors o Sir Isaac and The Doo-Dads son grupos en los que refleja su aprendizaje y sus estilos, desde el gospel hasta el propio rock, influencia de las emisiones del "The Big Beat" radiofónico de Alan Freed, desde el blues de las plantaciones de su Covington natal hasta el fraseo del jazz. Su primer saxo fue regalo del mismo David "Fathead" Newman, uno de los genuinos impulsores del soul-jazz, granero favorito de gente como Sam Cooke y Ray Charles. En 1964 logra un contrato como músico de sesión de Stax. Los mencionados singles de éxito de Sam & Dave, Carla Thomas y Eddie Floyd se suceden uno tras otros. Su primer álbum, "Presenting Isaac Hayes" (Enterprise, subsidiaria de Stax, 1967) no pasa del aprobado. "Hot Buttered Soul" le catapulta al éxito masivo. Dos años después, "Shaft" (Enterprise, 1971), banda sonora de la película de Gordon Parks y obra cumbre de la Blaxploitation, corona a Isaac Hayes como la nueva divinidad de la última tendencia soul, aquella que también anticipa la aparición de Barry White y la lamentable deriva del sonido disco.

En la cara B del "Hot Buttered Soul" las aguas del Jordán vuelven a su cauce, el bautismo de los fieles que se acercaron a sus orillas ya se produjo en la cara anterior, y ahora reina una calma de barrizal dorado, una tarde de libélulas que planean entre grifos oxidados. "One Woman", versión del original de Charles Chalmers, otro auténtico campeón de los pesos pesados del soul. Compositor y músico de sesión en innumerables grabaciones de Al Green, Aretha, Pickett o Dusty Springfield, hombre de confianza de los capos de Atlantic en Muscle Shoals, su relación con Hayes se prolongará con otras participaciones en obras posteriores suyas ("One Big Unhappy Family", "The Isaac Hayes Movement", Enterprise, 1970). Esta pieza, la más corta del álbum, es la nana que mece la cuna, o, en su versión adulta, el sutil vuelo de la falda cuando el columpio va perdiendo su impulso. El piano de Isaac marca el compás, la base rítmica y la voz adormecen al oyente, los coros femeninos y la orquestación, levísimos muros de sonido en las fiestas del Playboy Club del Sunset Boulevard. "One woman is making my home / While the other woman making me do wrong...", la eterna disputa en la mente del hombre sigue abierta.

"By The Time I Get To Phoenix", el clásico inmortal de Jim Webb, cuya versión del recientemente fallecido Glen Campbell es quizás la más conocida (¡Dios, cómo me gusta esa maravilla de "Wichita Lineman"!...) es sin duda la pieza más asombrosa del lote. En ocho, de sus casi 19 minutos de duración, el amigo Isaac anuncia su propia interpretación de la canción, ..."it´s a deep tune / There´s a deep meaning to this tune / I shall atempt to do it my way / My own interpretation of it", una larga parrafada que no tiene ni un solo segundo de desperdicio. Cuando comienza a cantar..."By the time I get to Phoenix she´ll be raising...", el texto me recuerda, debe ser el ambiente de road movie el que da pie a sus imágenes, al "The Last Trip To Tulsa" del primer álbum de Neil Young. Phoenix, Alburquerque, Oklahoma, el camino de vuelta a Tennessee. El único, apenas perceptible, latido del bajo ha dado paso a una suave orquestación de metales que va creciendo, reforzada por una brillante sección de batería y el pulso impasible del órgano, siempre presente. Parece una admonición, el protagonista deja a su chica en Los Ángeles y vuelve de nuevo al Sur, a su raíz, regresa a su casa, al origen de su auténtica música.


"Hot Buttered Soul", publicado en septiembre de 1969, llegó hasta el número 8 de las listas de aquel año y se mantuvo en lo más alto durante una buena cantidad de semanas. El sorprendente éxito inicial que tuvo en la ciudad de Detroit convenció a Al Bell para publicar el single ("Walk On By" / "By The Time I Get To Phoenix", esta vez con minutaje reducido) que sirvió para aupar aun más las ventas, hasta llegar al premio de disco de oro en ese mismo año. La figura del artista, un bigardo de más de 1,90 metros de estatura, con la cabeza totalmente rapada, gafas de sol, cadenas doradas alrededor del torso, se convirtió en una de las imágenes más icónicas del comienzo de la década de los 70. Su nueva visión del soul, con fuerte influencia del r&b y del rock crudo, sus interpretaciones, de composiciones propias o versiones ajenas, muchas veces con largos desarrollos instrumentales, daban pie a progresiones rítmicas que muy pocos, con la excepción del honorable Solomon Burke ("Rock´N Soul", Atlantic, 1964), se habían atrevido hasta entonces a explorar. Aquello era soul, sin duda, pero tenía la contundencia del rock y el swing del jazz, el calor del blues y la potencia del funk. Una nueva visión que el mismo Isaac intentaría extender en sus siguientes obras, quizás sin tanto genio musical aunque con igual o superior éxito comercial, "...To Be Continued", "The Isaac Hayes Movement", "Black Moses", hasta la llegada de "Shaft" en 1971. El mundo cayó rendido a sus pies. Compró la franquicia de baloncesto de la ciudad, a la que denominó, no podía ser de otra manera, The Memphis Sounds, y su Cadillac Fleetwood Brougham, ribeteado con terminaciones de oro macizo, se veía habitualmente aparcado en la entrada de los estudios de McLemore Avenue. En 1976, apenas, 5 años después de ascender a la cima, estaba por primera vez arruinado. Mientras asimilamos tanto y tan bueno de tan extraordinario artista, les propongo subir a nuestro Edsel Corsair del 58 y tomar la interestatal 40 hasta Nashville, nuestra próxima parada.




Dedicado a mi soul brother Crosby.


11 ene. 2018

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2017 II


Sírvanse vuesas mercedes para mayor contento de la suya vista que, por la derrota del más bello de los sentidos, se les presentan estas fotografías como postrera recopilación del pasado año. Quede otrosí constancia de tratarse de tomas propias todas, unas fruto de la inspiración del autor, otras resumidas de ajenos artistas que, sin saberlo, contribuyeron gozosamente a momentos de discreta y recogida felicidad. Vaya mi agradecimiento a todos ellos, fueren quienes fueren y que en buenahora se admiraren por serlo.

1.- CRESTA DE GALLO


2.- DIAMANTE AÑIL


3.- DESPIERTO ES UN HURACÁN


4.-APARICIÓN DE NUEVA SOR TERESA


5.- PASEANDO POR MALASAÑA


6.- "STAIRWAY TO HEAVEN"


7.- ESTANQUE DE ABRIL


8.- ¡PASAJEROS A BORDO!


9.- ESQUINA DE TOLEDO


4 ene. 2018

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2017 I



Que, al igual que se fizo por estas mismas fechas del pasado año, dase cuenta de la traza del autor porque grandes y pequeños conozcan de la obra del susodicho. Igualmente haya noticia que muchas o varias dellas son tomas sobre lienzos u otras reproducciones artísticas ajenas a la industria del propio autor y, ansí sabiéndolo, sirvanse los circunstantes de apreciar lo expuesto no como añagaza mas como objetos de feliz miramiento y regocijo.

1.- INTESTINO DELGADO


2.- HUEVOS FRITOS


3.- PÓNGALE UD. TÍTULO


4.- ESTANCIA CON MULETAS


5.- THE KILLERS ARE COMING


6.- DULCES SUEÑOS ROSE


7.- TELÓN DE LUZ


8.- PEINE DE HIERRO


9.- ANTES DEL "IN ROCK"