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31 dic. 2018

Y FELIZ LIBRO NUEVO



JUANJO MESTRE                   "1050 DISCOS CARDINALES"
Comienzo a escribir entre líneas a las 18:45 de una tarde de domingo, víspera de un fin de año marcado por el desplome generalizado en las cotizaciones bursátiles. Jerry García anuncia a la audiencia del Capitol Theatre de Passaic (Nueva Jersey) la rotura de uno de los auxiliares del kit de la batería, justo después de terminar el cover del "Samson And Delilah". Sigue "Terrapin Station", la extensa live-jam que los seguidores de los Dead amamos especialmente. Apenas he comido. Las tapas de un aperitivo y, vuelta a casa, un rioja y prolongada lectura del periódico. Salgo después a la calle. La temperatura más bien parece la de los partes de tregua en la batalla de Guadalcanal. Un variado conglomerado de parejas, matrimonios jóvenes (empujando cochecitos como atontados), personas mayores cogidas de la mano, jubilados sin rumbo fijo, latinos con gorra navideña de los Nets, pasean. Me siento en la taberna de siempre, en la terraza, a la luz de un eco que es más bien psíquico. Pido a Fran un ron con un par de hielos y una corteza de limón. Comienzo la lectura de un número atrasado de Babelia sobre Manuel Vázquez Montalbán. Una pandilla de treintañeros aparece intempestivamente ocupando el resto de espacio disponible. Ellas dan las gracias a Fran cuando les sirve, ellos elevan la voz para seguir contando chorradas. Siento pisoteada mi intimidad y me levanto. Pago la consumición. Ella me mira apoyada en la barra.

Antes, en una mañana delimitada, acabé de leer "1050 Discos Cardinales" de Juanjo Mestre. Colgué las sábanas de la cama. El "Doledrum" de The La´s seguía martilleando felizmente mi cerebro. Imaginé un escenario en que me quedaba encerrado en el tendedero. Anduve desde entonces buscando la cubierta de un disco en que aparezca esa imagen. Desarrollar una historia parecida a la de "La Cabina" de Antonio Mercero. Me asomo a la ventana de mi habitación. Recuerdo cuantas veces mi hija se chotea ante mis discursos privados, "¿De qué hablas contigo mismo papá?, cuéntame, ¿de qué va la cosa.? Bueno, resulta que en la hilera de enfrente cabrían siete coches bien aparcados en batería y nunca se da esa circunstancia, cada cual aparca como le da la gana". Debo parecerle un tipo de orden. Me gusta el peso específico del libro de Juanjo Mestre, pesa bien, no se escapa por la tangente, se acopla perfectamente al hueco de mi mano herida. Además, su obra se ha ganado el derecho a estar situada muy a mano, cercana a aquellos lugares escogidos en los que siempre hay luz, tabaco y bebida.

Conocí a Juanjo gracias a su blog de música ESPACIO WOODY/JAGGER, allá por 2012. ¿Llovía en Valencia cuando caminaba de noche por una de sus calles y entré en un cine?. "¡Oiga!, no he venido aquí a escucharle a usted roncar!", me enfrenté resueltamente a un tipo sentado a mi izquierda. Si que llovía a cántaros en aquella secuencia en la que la banda sonora de la película "Death Or Alive"  interpretaba el "Don´t Bang The Drum" de The Waterboys. Reconozco que sentí algo muy especial. Escuchaba el "This Is The Sea" (Island Rcds. 1985), desde unos años antes y ya desde la primera audición me pareció una obra sísmica, situada en otra dimensión, incluso más allá. Muchos años después Juanjo comentaba la entrada que hice sobre el disco: "...no creo que vibre la ciudad (Valencia) tanto como con la banda de Mike Scott". Desde entonces mi relación con él es la de un conciudadano de bien, compinche fiel y feliz, y se basa fundamentalmente en nuestra común querencia por un disco descomunal, un estremecimiento compartido.

Lo primero que me sorprende de "1050 Discos Cardinales" es su compactación. El libro crece con naturalidad, desde los Prólogos e Introducción iniciales de presentación hasta las últimas páginas del Epílogo y numeración del ejemplar. Es un crecimiento el suyo propiciado por el empleo de adecuada materia orgánica y selectivo proceso de sedimentación, es decir, están los abonos muy al principio, los fermentos encuadrados en los artistas de "Los 50´s" y, ya al final, los protagonistas de la última añada, la del actual 2018. Allí, en los límites perfectamente delimitados por el autor, el lector observa el crecimiento del naranjo, sus explosivo arranque en la década de los 60, su asentamiento vertical en los 70, sus algunos titubeos en la siguiente década (donde, no obstante, aparecen algunos de sus mejores frutos), su fuerte ramificación en los 90, para, ya en este mismo siglo que nos ocupa, asistir a una eclosión frutal que, el patrono de los naranjales no lo quiera, amenaza con romper el cesto de los recolectores. Todo se encuentra alineado y en orden. El diseño de la plantación es el correcto, el tránsito por los rodales adecuado. La poda en su momento. Del riego, elemento fundamental, se encargan el mismo autor y Waterboy Mike Scott, encumbrados profesionales de la cosa. Cristina Benavente diseña el parterre y la floresta. 

En el jardín de la urbanización han colocado unos cuantos árboles sintéticos que simulan una ornamentación navideña. Cuando cae la noche brillan sus pequeñas luces blancas. Un ganchillo tejido por diminutas lunas compite con la Diosa Madre. El cableado negro se asemeja a una procesión de babosas. El gato gris grisísimo y los canes merodean a su alrededor sin atreverse a olisquear los enchufes. Son cuadrúpedos y por eso son sabios. En un ambiente más auténtico, menos impostado, conocí personalmente a Juanjo Mestre. Creo recordar que fue en la IV Convención de los Kinks celebrada en el Café Comercial de Madrid, allá por la primavera de 2016. Asistimos después al club El Intruso para ver un concierto, posiblemente de Malcolm Scarpa. Finalizamos la jornada en otro garito donde pinchaba uno de los nuestros. Allí, junto a Juanjo, nos reunimos muchos globeros llegados desde Valencia, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Albacete, Bilbao. Desde entonces todos amigos, hermanados por un imparable caudal de corriente trifásica. Allí vi su cara de naranja peluda por primera vez. Me gustó su pasión, su grado de implicación con la música, el aura mediterránea de su acento.

La segunda sorpresa de este "1050 Discos Cardinales" hace referencia al principal adverbio empleado, el del mismo título. Repaso los distintos significados de cardinal en el Covarrubias y elijo el más conveniente, el 3º: "Y para concluir, las cuatro virtudes morales: Justicia, Fortaleza, Temperancia y Prudencia, llamamos cardinales, porque en ellas, como en quicios principales, se mueven todas las demás. De consideración tan alta hemos de dar una baja tan grande, que no pueda ser más". Ahí, en esa última frase, reside el secreto. No cabe más porque en ese listado de los 1050 están todos los que Juanjo ha elegido como favoritos. Están también los que no se encuentran (o se hallan entre líneas, en las numerosas menciones y referencias que de ellos se hace), pero el autor ha preferido sortearlos con el fin de manejar una base de datos que no acabara convirtiéndose en un álbum de cromos demasiado pesado. Se lo agradecemos, porque si hubiera hecho lo contrario dejarían de ser cardinales para pasar a la consideración de abuso. Todo en su justa medida, como debe ser.

Concluyo. Nos hacen mucha falta autores que publiquen libros sobre nuestra música, que expongan sus trabajos en los estantes de las librerías. Creo que es necesario, además, que provengan de la cantera cada vez más mermada de los blogs musicales, que salgan a la luz, rompiendo si fuera posible, la exclusividad que otros autores ya consagrados ejercen en los medios generalistas del sector. Y así debería ser porque en esa plataforma es donde se se suelen cobijar los autores más comprometidos, más entusiastas. Juanjo Mestre es uno de ellos. Con la publicación de este su "1050 Discos Cardinales" ha dado ya un paso de gigante en su papel de cronista oficial de un acontecimiento cultural sin parangón en los últimos 70 años, el de la música rock.

21 dic. 2018

FELIZ NAVIDAD




THE LA´S                               "THE LA´S"
¿Comedia o tragedia?..., me preguntaba cual era la manera más adecuada para resumir una serie de alteraciones que me estaban ocurriendo durante las últimas semanas. El caso es que ya venía anticipando un extraño estrés, algo raro porque, en mi condición de semoviente de alfalfa y prado, nunca antes había padecido algo semejante. Sin motivo aparente una alargada sombra de ansiedad ocupaba la mayor parte de mis días, algo me empujaba a vivir en un estado de ira continuada, de persistente mal humor. Dentro de mi cerebro se encontraban dos contrincantes echando un pulso que yo no sabía como resolver. Una sensación de alambres me arañaba y no encontraba la forma de saltar la valla. ¿O se trataba quizás de un augurio fisiológico?. Sabía que la falta de ejercicio físico produce algunas veces mudanzas de carácter de cierta importancia (no por casualidad las boñigas olían a azufre). Pero lo que realmente más me preocupaba era que cualquier cosa que me sucedía, sin un orden alfabético aparente, me cabreaba profundamente. Si recogiendo la colada un calcetín caía al suelo, echaba pestes, si algún anuncio publicitario se cruzaba sin permiso en mi camino, aborrecía en endecasílabos, si esperaba más de la cuenta en la cola del autobús, execraba ante todo conductor municipal puesto a tiro.

Las cosas se torcieron aun más cuando el ordenador decidió dejar de funcionar. De acuerdo..., debo reconocer que ya es viejo, a punto de superar la edad media de supervivencia canina, pero eso de dejar tirado a su dueño, el que le da de comer (el mayor vínculo en cualquier existencia) así, sin previo aviso y por sus santos píxeles, no se le hace a un amigo. Les evitaré los pormenores del arreglo, también los referentes a la factura de tres cifras que tuve que pagar en efectivo. Un agujero negro más en un mes, Diciembre, del que, hasta este año, siempre había recibido buenas sensaciones. Les ayudo por si no lo deducen, aquello del mucho frío en días soleados, un espejismo aquí en la meseta central del culo del profeta. 

La crudeza de los acontecimientos no quedaría compensada sin mencionar unos antecedentes que, vistos ahora desde la distancia, me sirven de alivio. -¿Fueron acaso un fiel reflejo de la dualidad del universo?-. A finales de Noviembre asistí a un concierto de Supersuckers con mi amigo Gonzalo y otros colegas de  la República de Carabanchel. La sala Gruta 77 es uno de esos garitos donde se debe sudar la camiseta, bailar con los vecinos en la pista de coches de choque y alzar el puño de una revolución que nunca será televisada. Unos días después cené con una pareja de grandes amigos con los que me reencontré después de décadas. Hicimos planes para ir al sur de cristales azulados en Marzo o Abril. Estuve en El Sol viendo a Matthew Sweet y, en la misma semana, en El Ocho y Medio, asistí al concierto de Guadalupe Plata (tuve pase para ver a los músicos en el backstage, les hablé de mis antepasados de Guarromán, me firmaron además su último disco). Como si se tratara del pitillo del condenado a muerte, leí con avidez a Unamuno y Lawrence Durrell, soñé con cosas rarísimas, lodazales dentro de un BMW, cambié una lámpara en un pasillo de Vallekas, saboreé excelentes quesos elaborados por mi sobrino Nacho, me alegré infinito por mi hija cuando me confesó que llevaba un mes entero sin fumar.

¡Ah, pero ese dedo infame!, ese..., que se sepa, el meñique de la mano derecha, propició la peor jugarreta de la última semana. Ya tenía prácticamente finalizada mi entrada. Hablaba sobre un grupo favorito de Liverpool, The La´s. La inspiración original me encontró entonces en la cocina pelando cuatro huevos duros, - la olla contenía más de legumbre que de vaca y carnero-, recuerdo perfectamente el inicio. Aparecía el protagonista, Lee Mavers, principal compositor de la banda, deambulando por el Rastro. Empezaba a llover, él se cobijaba en un puesto del que yo era propietario. Iniciamos una conversación salpicada de cambios narrativos (siguiendo el estilo de Durrell), el pulso cerebral del que antes hablaba pretendía trasladarse al texto. Mi querencia sobre un disco, su primero homónimo (Go! Discs Rcds, 1990), chocaba contra la opinión de un Lee Mavers en estado catatónico, un cerebro poseído por el tam-tam de los primeros esclavos negros. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que ese puto dedo meñique golpeó -¿conscientemente?- una letra del teclado y todo despareció, todo, el borrador entero de dos semanas y media de intenso trabajo. 

Aquí o allá, la ubicación de la siguiente frase de Paul Valéry podría tener cabida en cualquiera de los espacios temporales del texto: "La merde, la merde toujours recommencée". ¡No lo podía creer!, ¡todo al carajo!, vuelta a empezar de nuevo. La inmensa ira ante lo injusto. El muro de Jericó cayó como una construcción de naipes. Pocos minutos después llegó el cartero con una requisitoria de la Agencia Tributaria donde me comunicaban que la declaración de la renta estaba sujeta a inspección. Días antes había perdido la pista a una colección de discos de Focus que había adquirido pujando en una casa de subastas holandesa. Mi mujer me confirmó que seríamos 13 personas para la comida de Navidad en nuestro salón, apenas 30 metros cuadrados disponibles. Salí a la calle sin rumbo fijo. Dios hizo el saludo nazi y la mañana era gris. Me negué a saludar a la vecina cuando me crucé con ella. Dejé la basura en cualquier esquina de la escalera. Antes puse un nacimiento marciano.

Resulta una obviedad afirmar que el disco homónimo de The La´s es una maravilla, una de las cumbres de la música inglesa de los primeros años 90. Prefiero escucharlo desde la memoria, acaso soñarlo, y confiar en que lo que surja a partir de ahora le haga justicia. Confieso que según me introducía en su adentro más me sorprendía. La propia opinión de Lee Mavers, su alma mater (principal compositor y guitarra rítmica de la banda), contradice la visión unánime de una crítica y aficionados que lo valoran con altísimo rango. Lee Mavers se refiere a su obra como auténtica basura, un invento de los numerosos productores que ultrajan su sonido, convierten grandes canciones en un pop à la mode de entonces. Nada que ver con el sonido que pretendía. Habla de unas guitarras acústicas que apenas se escuchan, las guitarras eléctricas parecen estar desenchufadas. La misma portada del disco, continua en sus críticas, no dice nada, nada transmite de la historia de la banda, compleja y llena de altibajos. The La´s buscaban el sonido primigenio de The Beatles, el de The Cavern, antes de mudarse a Londres para producir en cadena música para niñas ricas y aburridas.

Intento recordar los comentarios que escribí sobre las canciones antes del desastre nuclear. En "Son Of A Gun" hablé de una magnífica presentación en apenas dos minutos, de capas de guitarras limpias, atrevidas, de una voz de Lee que funcionará como patente de corso (Inglaterra, nación de piratas, León Felipe dixit) durante toda la grabación. De "I Can´t Sleep" creo recordar algo referente al trote de la canción, las guitarras no tensan las bridas, la dejan suelta procurando un feliz viaje. "Timeless Melody" tiene una manufactura casi manchesteriana. Una de las joyas del disco, es atemporal (recuerdo ese adjetivo, muy a tono con el título del tema), procura una emoción que va creciendo según se desarrolla su melodía. De "Liberty Ship", tiene un tempo más sosegado, más de ensayo entre amigos. Terminé el párrafo (siempre el séptimo, dedicado a la cara A) hablando de "Doledrum" e intenté igualar su cadencia a la de la canción anterior. Terminé admitiendo que me parecía una composición más conseguida, más de banco de parque que de campiña.

En "There She Goes" no hice entonces ninguna mención a la heroína, problema con el que entonces tenía que lidiar Lee Mavers. Su lírica parece dar a entender su influencia, aunque algunos de sus allegados y otros críticos rechazaron en entrevistas posteriores esta visión. Recuerdo que dediqué a esta canción, como ahora hago, un párrafo en exclusiva, lo merecía. Es de una grandeza abrumadora, se basta así misma (me acuerdo perfectamente de esa frase... y de la que seguía), "navega empujada por un viento emocionante". Confieso que estuve comparándola con la versión de "The Kitchen Tapes", unas cintas grabadas como demos antes de la edición del Lp, y debo confesar mi asombro. Dos versiones distintas, la oficial del álbum, con Steve Lillywhite como productor, la otra grabada en Devon, en la casa de los padres del entonces capo de Go! Discs Records, Andy McDonalds. La primera eléctrica, la segunda acústica, las dos parecen complementarse, una representa lo que fue, la otra lo que pudo ser, esta última versión es la favorita de Lee Mavers.

A partir de este párrafo se produjo el crack del 29, ya saben, la historia del dedo meñique. Todo lo que se transcribe a continuación es fruto de la sorprendente pérdida del paraíso terrenal. Dudo entre dejar que la aguja recorra todos los surcos de la cara B o ir canción a canción; hablar de lo general o limitarme a lo particular. De hecho, los dos primeros temas, "Feelin´" y "Way Out" tienen un sabor Beatles incuestionable, del añejo, del de antes de las condecoraciones del Imperio Británico. Cuando suenan "I.O.U" y "Freedom Song" decido colocarme contra las puertas del armario, mido la distancia hasta el plato del equipo, dos metros y medio, espero sensaciones. Son ambos los típicos temas de más o menos. Más lentos, menos arrollladores, más rítmicos, menos elaborados, más agudos, menos graves. Ambos le dan también al disco un toque más o menos festivo, menos de "Penny Lane", más del "Have A Cuppa Tee" del dos décadas anterior "Muswell Hillbillies". "Failure" es el tesoro escondido del disco. Anticipa un muro ramoniano, una agresividad Dead Boys, una chulería Wreckless Eric. Excelente ejercicio de puro rock´n´roll. Cierra el disco "Looking Glass", una extensa balada acústica enriquecida por los arreglos orquestales de Mark Wallis y Donald Hodgson. Permítanme que en este momento reivindique el tanto de George Best ante el Benfica de Eusebio en la final de la Champions de 1968.



A Crosby, por un año más de hermandad.