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20 ago. 2019

LA FIGURA DE CARTÓN


"En Julio, señores, siendo cobrador en un tranvía, cuesta sonreír", así comenzaba Ignacio Aldecoa uno de sus primeros relatos, ("El aprendiz de cobrador", "Cuentos Completos I", Alianza Editorial, 1973), y el caso es que me propuse utilizar ese inicio con todo el descaro, a pelo y sin permiso, muchos años después de ser escrito, en un Agosto tórrido en el que la literatura sigue afortunadamente apaciguando la inquietante sensación de vivir en un continente vecino y equivocado. Porque si señores, en buena parte de esta piel reseca de toro, la sensación que nos ofrece lo más crudo del verano es la de la imagen de las piscinas salinas y cegadoras, la bosta de vaca africana ya acartonada, llena su ensaimada de moscas de alas verdes y violetas, un incansable espejismo de atmósfera turbulenta emergiendo desde el suelo para posarse después en la epidermis. Pareciera que no hay entonces mejor remedio que cobijarse a la sombra de un libro, las persianas a media caña de luz, las aspas de un ventilador haciendo el mismo ruido en blanco y negro (marca gabinete Sam Spade), para abrirlo así por primera vez, desplegando sus páginas con el pulgar del deseo del próximo otoño, buscando en su espejo blanco una tregua quizás.

Debo confesar que la primera idea que me vino a la cabeza cuando recibí el libro de Gonzalo, "La figura de cartón" (Libros.com, 2019), fue la de estar presente más ante un disco que un libro. Además, leyendo en el índice los nombres de Iggy Pop, Lou Reed y Bob Dylan (además de un capítulo dedicado a "la guitarra eléctrica"), quedó aparentemente confirmada la impresión que ya tenía asumida del autor (le conozco desde hace tiempo), la de un fino cronista musicólogo, perito de los entresijos de la música contemporánea, guía de la vanguardia clásica desde Bartok hasta Stockhausen, buceador en las playas del rock de Detroit, catedrático de los abismos modales del jazz. "No", me dije al poco, "no sería justo limitar al autor a su mera (aunque importantísima) labor como cronista de la tormenta perfecta del siglo XX, hay algo más en él, la del escritor que publica ilusionado su tercera obra, la del artista que, emulando al más certero D.H.Lawrence, busca con ahínco las palabras que no se odien entre sí, que no adulteren su significado más genuino"; Su obra reciente, a la que ahora me acerco con el reflujo del observador abierto en canal, posee la suficiente envergadura para ascender el escalón de la mera crónica temporal, alcanzando así cotas más altas, de oxígeno más puro, mejor alineada en la escalada de sudor gordo del outsider que se esfuerza por crear arte literario.

Aun así, me empeño, "La figura de cartón" tiene un aire de trilogía discográfica, un deje de disco conceptual, como si el autor hubiera estado encerrado en su estudio casero pergeñando, dando forma, pariendo un libro de vaciamiento personal. Canciones largas a lo Dylan, aquí llamadas relatos. "De Juventud, dolor y violencia", tres espacios delimitados que abarcan su adolescencia, su primera madurez y un tiempo final en el que el autor produce y da a conocer su labor más seria, la de un hombre ya entregado a la ficción de la escritura.

En esta primera parte ,"Juventud", ya nos muestra Gonzalo la bandera del tiempo secular que le tocó vivir, el descubrimiento de las arenas movedizas y el afianzamiento de la música como tierra firme. Lo prueban esos momentos en los que "la música había hecho que la desolación del principio tornara indiferencia". Nos anticipan además un escenario, recurrente durante toda la obra, en el que el primer desencanto juvenil se torna en una suerte de nihilismo. La expresión narrativa, aquí en esta primera parte del libro, es más primitiva.


He salido de nuevo a pasear después de comer, flotando sobre un escenario de pasmo continuo, fotografiando la atmósfera de una tarde de nubes calientes (después de muchos días de asueto), intentando averiguar en el texto de Gonzalo el momento justo en que se produjo la quiebra, cómo dejó de ser un adolescente, chulo, rebelde, para dar paso a la madurez.

Un leve error sucede cuando el lector termina la lectura de "Dolor", la segunda parte del libro, y es que su "Harto" piensa que encajaría mejor en la primera cara de "Juventud", el avance del individualismo quizás sirviera mejor aparcarlo como colofón en el parking del desencanto juvenil. Aquí encuentro, no obstante, muchos de los mejores textos, los principales, "El regreso de Teresa", "El tiempo de las máquinas", y "Autoedición". "Asumo" es una pequeña joya literaria en la que una protagonista sin nombre define el mal ambiente laboral en su primer día de trabajo. "El regreso de Teresa" es uno de los ejercicios narrativos más elaborados. Contiene la secuencia de un thriller, las opciones escenográficas que plantea el autor (por qué no decirlo..., me recuerdan al recuperado Vargas Llosa de la última hornada) posibilitan aceptarla como el relato de un sueño donde la irrealidad juega un papel primordial, ¿o no?... La duda mantiene alerta al lector. El autor utiliza ese eje (la propia trayectoria mental del protagonista) como acción principal para culminar el relato reiterando el escenario fantasmal del sueño. "El tiempo de las máquinas" me recuerda la película "Surcos" de Nieves Conde (1951). "El problema era la vida...", comenta alguno de los protagonistas, enfrentando sus nombres e historias de pueblo antiguo (Eustaquio y Paulina) ante la ciudad vista como la nueva oportunidad ante la caída de los precios de los insumos. En "Autoedición" el protagonista reflexiona sobre el fracaso ante el intento de editar su obra tal y como desea. El autor deja a la opinión del propio lector la elección sobre los textos propios y otros alternativos que le ofrece la editorial. Perseveraré en la experiencia de lector curtido para manifestar mi preferencia por las propuestas ofrecidas por el autor, las alternativas del corrector de turno me resultan claramente asépticas, sin alma.

También concurren en "Violencia", la última parte de la trilogía, algunos de los mejores momentos de estos relatos. Frente a los poderosos guiones de "Febrero de 1977" y "La figura de cartón", la sencillez narrativa de "Antidisturbios", desde fuera una reflexión de la sinergia poder-policía-pueblo, desde dentro un monólogo del propio agente antidisturbios, justamente equilibrado en el resultado final. En "Febrero de 1977" y "La figura de cartón" se utilizan elementos externos, la casa abandonada, la llamada telefónica, el sobre conteniendo la carta, para resaltar la idea de un destino caprichoso. Aquí se encuentran los más conseguidos momentos literarios del libro de Gonzalo, la del último miembro de una saga familiar que descubre la impostura del padre, la del retorno de un soldado que se ve desplazado por la realidad virtual. Sobrevuelan Borges y Kafka, los caminos del bosque y la niebla se bifurcan y el personaje principal queda relegado por el monstruo más cariñoso de Frankenstein. Gonzalo teje y desteje las palabras, los verbos, el significado final de no pocas frases, como Pénelope en la espera de Odiseo, destruye lo hilado para volver a comenzar. El libro funciona como un ciclo, una membrana, una célula que se rehace cada mañana. He recuperado los discos de Reed y Dylan, también algunas antiguas cintas de la olvidada colección de casetes, y no por casualidad los mantengo como banda sonora mientras espero gozar de una hiportemia semejante a la de playa de Donostia.






24 jul. 2019

VIAJE A VALENCIA



KING CRIMSON                        "ISLANDS"
Así que extraigo el álbum "Islands" (Polydor Rcds, RE 1977) de su funda y lo primero que llama mi atención es la fotografía de la portada, la nebulosa Triffid en la órbita blaugrana de Júpiter, planeta adscrito al signo zodiacal de Sagitario, para después sopesar un libreto en el que se ilustran los perfiles coloreados de unas islas junto a las letras de las canciones y los nombres de los músicos participantes en la grabación. La mejor sorpresa ocurre comprobando la presencia de Peter Sinfield, junto a Robert Fripp el motor ideológico de la banda King Crimson, sus textos conforman (como lo hicieron en los anteriores trabajos) uno de los atractivos más poderosos de esta obra. Junto a Sinfield, que aparece aquí por última vez como miembro oficioso de la banda, nos encontramos al ya veterano en la formación Mel Collins a los vientos, Boz Burrell al bajo e Ian Wallace (recomendado por Keith Emerson tras la salida de Andy McCulloch) a la batería y percusión. Entre los artistas invitados algunos ya conocidos de anteriores obras, Keith Tippet al piano, sección de cuerda a cargo de Robin y Harry Miller, vientos Mark Charing y Paulina Lucas como soprano. La crítica habla de este disco como una transición entre sus tres primeras obras de estudio ("In The Court Of The Crimson King", "In The Wake Of Poseydon" y "Lizards") y la trilogía justamente anterior a la primera disolución del grupo ("Lark´s Tongue In Aspic", "Starless And Bible Black" y "Red"). Esta misma crítica le otorga un carácter de obra inconclusa, algo menor, de un ambiente jazzy-prog, alejada un tanto de la explosividad de la primera etapa y de la profunda deriva que le siguió.

Desde que regresé a casa la existencia se ha convertido en una fiesta. Recuperé el trabajo atrasado y muy pronto la música se ocupó de mantener alerta un cerebro que exigía actividad a destajo. No me costó tampoco regresar a la lectura de Álvaro Cunqueiro, su prosa culta, casi arcaizante, el amplio conocimiento de los orígenes mitológicos y paganos europeos del autor, me convencieron de la oportunidad de compartir la experiencia de un viajero que relata públicamente su aventura. El mar bañaba las orillas de las islas griegas, también de otras costas mediterráneas, ligaba sus sugerentes imágenes con las de aquellos días pasados en Oliva, jornadas que dejaron una huella de bochorno y luz de yunque. Apunté en el cuaderno de notas: "Islands", K.C. Relación de los días pasados en Oliva. Incluir grabación de Varete".

De tal apodo responde Álvaro Domínguez Francia, segunda generación del guru, su padre me enseñó las dos primeras estrofas del "She Came In Through The Bathroom Window", a pronunciar correctamente el geigei del Cale de Oklahoma City, una primera edición del "At The Fillmore East" de la Allman junto a su equipo Vieta, compusimos un blues al río Tajo en una noche mágica junto a los cigarrales de Toledo. Su madre me habló de cómo disimular el frío en una Soria muy anterior a la de Gabinete Caligari, pero Varete se aplica en seguir su camino como músico. Así le conocí en el concierto de presentación de Monteverde, banda que compartía con Miguel Echenique (también amigo), que ofrecieron en la sala Moby Dick de Madrid hace casi tres años. Ahora les escucho con su nueva formación, Perro Cadáver, sus compañeros, Carlos Ceniza "Ceni" y Joel Márquez tienen apodos y apellidos de músicos de jazz, compartí con el padre de Varete muchas tardes en Las Ventas, por todo eso lo menciono aquí.

En la pantalla que youtube ofrece de sus dos composiciones más recientes, "Sex On The Bus" y "Shiny", aparecen los miembros de Perro Cadáver en un desguace de coches, una portada en la que se agradece el ambiente ochentero del Saura de "Deprisa, deprisa", clásica y bizarra, alejada de cosas raras à la mode. Una pegatina visible reza "LOWRIDER FUZZ", pretendiendo con ello facilitar al oyente el tipo de sonido que les espera. La estructura de ambos temas es parecida, una primera parte guitarrera, en un estilo de Link Wray con tono twang surfero, que posteriormente se deconstruye en un desbarre fuzz de bar de gasolinera. Allí es donde crecen, en la ambivalencia de unos ácidos Chet Atkins, Bobby Fuller y Dick Dale chocando contra un atractivo muro noise, escuela Seattle. En "Shiny" hay además una voz femenina que atempera una tormenta que se entrevé perfecta. La voz de Varete está modulada por la pasión del converso, "Ceni" y Joel tocan como barreneros entre colmenas de abejas.

La casa en Oliva, un chalet de dos pisos en el que se incluían tres terrazas (una de ellas situada en la azotea), era muy agradable vista desde el exterior, adoptaba el estilo de una arquitectura moderna de chill-out blanco rodeada de grandes cristaleras transparentes; la acompañaba una hilera de palmeras estilo Ocean Drive y una refrescante y coqueta piscina con cenefas romanas situada en el centro de la urbanización. En su interior lo más sugerente eran los rayos de un sol perenne que luchaba por entrar golpeando; el exterior me mantuvo estúpidamente atado a las piernas de una golfista que todas las mañanas daba bolas en el campo de golf próximo. En la lejanía el paisaje mostraba una línea continuada de montañas bajas, se admiraba al observarla un tono pardo de bajo vientre entre sus faldas, la cubría un resplandor de calima que interpretaba la visión hacia una composición tipo Mark Rothko. Congeniamos con unos vecinos a los que seguramente no volvamos a ver.

Va buscando el oyente una sensación de sal pegada a la piel, el tacto de aguas tibias, de mar brillante, cielo abierto y tierra pedregosa, también de hileras de olivos y naranjos, sombras protectoras ante un sol de cal abrasante. Todos los temas del "Islands", a excepción del "Prelude: Song Of The Gulls", funcionan mejor envueltos en un constante flujo de bajamar y pleamar. Ocurre la primera en los textos, la segunda en los momentos de ruptura instrumental. En "Formentera Lady" el texto mezcla referencias de la literatura greco-latina con lírica de subida entonación hippie (Sinfield se inspira en una previa estancia en la isla), la instrumentación de Collins, junto a los efectos de sonido de Sinfield, anuncian la inmediata presencia de un fuerte remolino, la voz soprano de Paulina Lucas otorga encanto al entorno. La pleamar se manifiesta en la siguiente pieza, "Sailor´s Tale", instrumental en el que brilla poderosamente el saxo desbocado de Collins, Fripp combina aquí espléndidamente el melotrón y la guitarra. Cierra la cara A "The Letters". Hay comedia de paz en un texto que habla quietamente, la instrumentación trágica, se despeña entre las rocas para acabar hecha trizas. Tema cuyo origen se encuentra en el "Why Don´t You Just Drop In" de Giles Giles & Fripp ("The Brondesbury Tapes (1968)", RE Vinyl Lovers, 2009). Merece desde luego comparar ambas versiones, más delicada esta última sin por ello perder intensidad interpretativa.

La playa era el mejor refugio, el agua estaba a veces sucia con plásticos, se mostraba otras veces amplia y llena de diamantes de luz; en las dunas circundantes anidaban los chorlitejos patinegros, es la hora de la culebra, busca la sombra y el frescor de los grifos abandonados. Allí compartía mis cervezas con la familia, salvé a uno de mis nietos de un buen apuro entre el oleaje del Arenal de Jávea. La carretera hasta Denia y Oliva, bordeando el prodigioso Montgó, supone una magnífica oportunidad para revivir las rutas de Jackson Browne y Ry Cooder. El primer tomo de "La Trilogía Cósmica" de C.S. Lewis mantuvo el nivel de irrealidad y fantasía durante los períodos de reposo. Lamenté no poder coincidir con varios amigos desperdigados en aquellos días  por la zona.

Hubo además un reencuentro con la terreta, conducía entonces rememorando aquellos años pasados en los que la ciudad de Valencia se convirtió en residencia casi habitual. Como auto-homenaje me premié con un trayecto por la antigua N-III, desde Minglanilla hasta Honrubia, ya de vuelta a casa. La carretera se conserva en regular estado de conservación, es patente una sensación universal de abandono, de olvido. Aunque la naturaleza de la zona apenas ha cambiado, las ruinas se han posado en varios de sus tramos, la antigua parada de autobuses de Auto-Res regala al espectador un inesperado escenario zombi. En los pueblos más importantes del itinerario se mantienen abiertas las tiendas que ofrecen al viajero sus productos autóctonos a precio de truck-drivin´man. Tan solo unos pocos camiones y vehículos transitaban por ella. Pero lo más extraordinario ocurrió días después, el ordenador portátil se empeñó en pasar a mejor vida mientras el segundo plato del equipo, enfermo postrado durante muchos meses, comenzó de nuevo a girar.

En la cara B, "Ladies Of The Road", una composición donde la recitación de los textos, a veces melódica, otras plena de lagartos, es escabrosa, queda esta perfectamente conjuntada con una sección instrumental donde brillan la sección rítmica de un Boz Burrell (Fripp lo escoge como bajista, forzado en poco tiempo a aprender el repertorio de la banda tras la salida de Gordon Haskell) y Wallace, además de un estridente saxo de Collins. "Prelude: Song Of The Gulls", pieza derivada de la "Suite Nº1" de Giles Giles & Fripp ("The Cheerful Insanation Of...", Tapestry Rcds, RE 2007), se nos muestra en clave de quinteto clásico recreándose en una interpretación de corte académico. "Islands" es donde Keith Tippet da el do de pecho, su piano sobrevuela entre textos que inciden en la quietud interior como mantra salvador, la música acerca al oyente hacia los atractivos abismos del polvo en suspensión. Continúan unos largos minutos de silencio, de improviso se escuchan voces y arreglos de instrumentos de cuerda, Fripp comenta algo relativo a la oportunidad de una segunda toma, suenan dos pitidos de alarma (en algunos momentos se deja oír el ruido de los convoyes en la cercana estación de Piccadilly). El disco es selectivo, ofrece no pocos de los momentos mayores de King Crimson, confirma también una majestuosa belleza, una sutil elegancia en el aguijón de su sonido.


A Varete y Miguel.


3 jul. 2019

RELATOS IX: MARIPOSAS ENAMORADAS



La luz intermitente del semáforo continuaba golpeando la misma fachada de ladrillo caliente, un tranvía llamado deseo circulaba por un carril de única dirección, pero esa visión surgió ya de vuelta a casa, recién terminado el paseo fotográfico. Ocurrió poco antes, instalado frente al ordenador, a punto de quedarme descalzo y tantear con mis dedos las puntas de la crema de afeitar caídas en el suelo, cuando casualmente observé a la pareja de mariposas revoloteando en el jardín. El tórrido ambiente del inicio del verano no parecía influir en ellas, tampoco parecía existir mayor esfuerzo en sus desordenados lineales eléctricos, imaginaba a un camarero preparando un cóctel en el reducido espacio de un dedal de cristal.


El escenario del paseo coincidió con la nunca antes intentada aventura de descubrir el color a través de la abrasadora temperatura del inicio del verano. A veces la luz era sombra, la sombra luz, tampoco pretendía encontrar una senda a seguir. Me llamaron poderosamente la atención las trompetas trepadoras naranjas, los violetas de las lavandas, el blanco de las adelfas, el calor vibraba altísimo entre los colores, distorsionándolos a la vez que los hacía aun más transparentes. Seguí el rumbo caminando por varias calles ya conocidas, recordaba a cada paso otras fotografías anteriores, otras sensaciones parecidas, buscaba también los colores rosáceos de mi desaparecido árbol de Júpiter.


No quise resistirme a la tentación, los erráticos vuelos de los lepidópteros contra el fondo verde del jardín atrajeron la atención de mi abdomen calamita. Hacía tiempo que no salía a pasear después de comer, probablemente empezaba a echarlo en falta, y en contra de los consejos de mi mujer me dispuse a retomarlos un día de mucho calor. Propuse a mis seguidores ir en busca de un color blanco, no tenía elegido ni el objeto ni el matiz especial del tono. La primera foto que tomé fue la de un fondo de pared blanca interpuesto con la boca de un oscuro respiradero negro. Las impresiones acumuladas a lo largo del paseo se transformaban radicalmente en la mente de un fotógrafo que quería ser vencido. La sensación de enfrentarme ante tantos y distintos colores me produjo una grata desorientación, ni de lejos podía imaginar la aparición de esa paleta plena de distintas gamas. Para hacer aun más inverosímil la jornada (ya casi finalizando el recorrido) me topé con una familia de setas, preparaban la merienda a la sombra de un enorme pino, el césped aun húmedo por el efecto de los vasos comunicantes conservaba el ambiente idóneo para las comadres de Pierre-Auguste Renoir.


Pero la luz se tornaba a veces demasiado agresiva, incapaz de liberarse de su obsesiva fuerza cenital, de modo que intenté someterla al abrigo de unas sombras que hicieron bien en rechazar mis pretensiones de hacer faena. Con ese espíritu, sin ninguna suerte, las fotografías se sucedían de forma instantánea, las imágenes no pedían permiso, se imponían sin contemplaciones gracias a una fuerza desconocida que las desnudaba. Tan solo me imponía encuadrar adecuadamente la toma, esperar a que el pulso de mis manos se controlara y disparar a continuación. En una única fotografía conseguí acertar con la luz, se corría entre las ramas de un enorme abeto, arrimado al parterre de una rotonda, sus rayos humeaban dentro de una marmita de cobre nuevo. Doy fe aquí que ese fue el momento en que me encontré más inspirado, esa influencia instantánea me condujo en volandas hasta otra imagen posterior que bien podría haber sucedido en la esquina de cualquier campus universitario americano, una pared de ladrillo sostenía una ventana acompañada por una planta trepadora, al fondo los árboles cubrían un cielo que no había sido invitado al espectáculo.


Porque conocen de sobra que yo andaba a la búsqueda del color blanco ideal, aquel que invocaba el vuelo de las mariposas enamoradas. Definitivamente la brisa sofocante del verano dejó en mi camiseta deformes goterones de sudor. Decidí entonces alejarme de un sol cuya luz seguía inexorable espulgando a la canalla (también desteñía variadas banderas sin escudo). Me cobijé bajo el paraguas de un arce japonés (de pesado color monetario), una sombra suficientemente amplia para aguardar la llegada de la última toma. Quedé además a cubierto de cualquier mirada indiscreta (por ejemplo, la de una pareja de la policía municipal que circulaba en su vehículo por la calle de enfrente). Disparé, pasaron al ralentí los uniformados, un perro de aguas se acercó al tronco para olisquearlo, evacuó y siguió su camino. Algo alejada, su dueña elevaba al cielo unos brazos de mazorca que pretendían recomponer un moño color carmesí.


Allí acabó el paseo fotográfico. Crucé por un paso de cebra que me condujo hasta una acera aun repleta de vecinos adormilados, desde una ventana abierta un hombre mayor regaba unos tiestos con flores. Ya en casa, me aposté frente a la pantalla del ordenador para ver las fotos y corregir la iluminación de varias de ellas. Según las iba observando tuve la sensación de no ser yo el que las iba mostrando, un personaje anónimo acometía esa labor. Miré hacia el reflejo de la ventana y vi un hombre vestido con esclavina y una gorra de los Nets en la cabeza. Aplaudía emocionado mientras exhibía una cuidada dentadura postiza. La probable moraleja del relato debería hablar de ese último color blanco como el ideal que anduve buscando.





19 jun. 2019

HALL OF FAME X: DR. JOHN



DR. JOHN, THE NIGHT TRIPPER.                     "GRIS-gris"
Cabe la posibilidad que durante los meses inmediatamente anteriores al asesinato del presidente Kennedy, justo a principios de noviembre de 1963, Mac Rebennack y Lee Harvey Oswald coincidieran en algunas zonas de la ciudad. Oswald se muda allí desde la vecina Texas, alquila un apartamento en Magazine Street, una  interminable calle en forma de herradura que atraviesa de lado a lado el Audubon Park hasta las cercanías del Marigny donde vivíamos. Oswald es oriundo de New Orleans y se siente en su casa, consigue pronto trabajo como engrasador en una planta cafetera, poco tiempo después su mujer Marina y su hija June viajan en autobús desde Irving para reunirse con él. Mac Rebennack ya es por entonces músico destacado en el circuito local de clubes. Miembro activo también del Cosmo´s J & M Studios, allí ha participado desde los últimos años 50 en numerosas grabaciones con los que considera sus maestros, Professor Longhair, Huey Smith, Pete Johnson. Ha destacado primero en la guitarra (su estilo con su primera banda The Skyliners es un claro anticipo del posterior sonido garage), hasta que incapacitado su dedo anular como resultado de una violenta bravata en un motel de Florida en Abril de 1960, se ve obligado a cambiar la guitarra por el piano como principal instrumento. En esos últimos años de esa década también se afianza como compositor, varias de sus creaciones alcanzan posiciones destacadas en los listados de R&B de la época, uno de sus temas, el conocido "Sittin´ On My Ya-Ya" de Lee Dorsey, aparece en la famosa BSO del "American Graffiti" (MCA Rcds, 1974).

A mediados de 1964, Jim Garrison, entonces Fiscal General del principal distrito judicial de la ciudad, convencido ahora de la conexión del clan Marcello en la conspiración contra la vida del Presidente Kennedy, continúa impertérrito (entrando en algunos locales pistola en mano) el programa de limpieza que ya había iniciado años antes. Los clubes que funcionan entre las avenidas Jackson y Louisiana hasta la cercana LaSalle Street en su lado norte, ven denegadas la renovación de sus licencias. Es este un disparo de gracia contra la escena musical de Nueva Orleans (aunque afortunadamente los locales turísticos de Bourbon no quedarán incluidos en tan extrema medida, amplias zonas de Frenchmen y Erato hasta el Irish Channel siguen la misma desdichada suerte). Es cierto que los primeros antecedentes de la decadencia se retrotraen a los muy últimos años cincuenta, cuando parte de la industria discográfica comienza a mudarse hasta Memphis, Nashville y Muscle Shoals, sus estudios de grabación han consolidado su importancia y atraen como imanes a multitud de artistas que antes trabajaban en los antiguos estudios de Crescent City. Mac Rebennack arrastra entonces una creciente adicción a la heroina y pasa una temporada entre rejas acusado de tráfico de drogas y proxenetismo. Cuando en 1965 quede en libertad decide mudarse a Los Ángeles, allí le esperan el productor y arreglista Harold Battiste, además de muchos músicos amigos emigrados desde Nueva Orleans.

Nos enteramos de la muerte de Dr. John otro día más de calor pegajoso y azulado, recuerdo recibir de mi sobrina Lucia en Dallas un mensaje y al abrirlo no desear enfrentarme a una noticia de esa magnitud. Me quedé paralizado por un instante, intentando definir cual sería nuestro papel en la ciudad a partir de ese momento. Decidí entonces desviar la mirada hacia Bola de Sebo, observé como cogía del suelo una lata oxidada de cerveza Dixie y la lanzaba hacia un pitcher imaginario de los NOLA Baby Cakes. Negociamos rápidamente el pago del cincuenta por ciento de la reparación del Edsel y acordamos recogerlo dos semanas más tarde. En ese momento no nos encontrábamos demasiado lejos del Shrine on Airlane, un descampado que alberga las instalaciones deportivas del equipo de baseball, así que tomamos la línea E-2, nos apeamos en Treffy y entramos en el estadio, por los inmensos auriculares anunciaban la excelencia de las cleaneating burgers. Había entrenamiento infantil y los chavales correteaban por el campo, sus padres desde las gradas no perdían de vista sus torpes movimientos, les animaban con sus gritos, parecía todo suceder de una forma caótica y al mismo tiempo ordenada. Estoy convencido de haber gritado algo parecido a "Hey, assholes out there!!, Dr. John has dead!!, Stop all these fucking games!!".

Deduje entonces que alguna ventaja debería tener la muerte, aprovechas cuando ocurre para recuperar del olvido la obra del fallecido, darla un buen repaso. Expuse ante mi vista la colección de los discos disponibles de Dr. John y le pasé un guasap con la foto a Lucia, repasé de nuevo su mensaje, mencionaba que NOLA estaba de luto y saldría a la calle para bailar en su honor. La primera tentativa me enfrentó cara a cara con el "Dr. Jonhn´s Gumbo", pero no fue hasta que volví a escuchar todos sus discos cuando me decidí por el "Gris-gris" (ATCO Rcds, 1968). Los otros candidatos presentaron credenciales muy interesantes. "The Sun, Moon & Herbs" grabado en los famosos Trident Studios de Londres, con la crema de los músicos ingleses del momento (Clapton, Jagger, P.P Arnold), "Dr. John´s Gumbo", raíz y brillante mezcla de muchas músicas autóctonas de Nueva Orleans, "In The Right Place", con los fabulosos The Meters y Allen Toussaint a los mandos, "Locked Down", un Dr. John excelentemente modernizado por el Dan Auerbach de The Black Keys, finalmente el "Triunvirate", ya de su asentada etapa en Los Ángeles, un disco mater et magistra con Mike Bloomfield y John HammondDe las catacumbas recuperé una recopilación de Charly Records de 1993, el "Zu Zu Man", una basurita que tenía relegada desde hacía demasiado tiempo. Como trofeo final, previsto el probable caso de desenlace feliz, me guardé la "Cajun Honky Tonk", una colección de temas cajun de los años 50 reeditada por Arhoolie.

Abre la Cara A, el tema estrella, "Gris-Gris Gumbo Ya Ya", una declaración de principios cuidadosamente planificada por un Mac Rebennack que ha decidido convertirse en Dr. John, "The Night Tripper", un trasunto del auténtico personaje que a finales del siglo XIX recorría la ciudad vendiendo sus pócimas. Su mensaje es el mismo que años más tarde intentaría utilizar John Lee Hooker en su "The Healer" (Silvertone Rcds, 1989), sin gran éxito por cierto. Se trata de una celebración vudú envuelta en volutas de humo, un efecto llamada sostenido por el ritual del coro femenino (formado por un dúo excepcional, Tami Lynn y Shirley Goodman, participantes en el posterior "Exile On Main Street" de The Rolling Stones), acompaña a un ritmo de percusión que parece provenir de las tierras bajas del delta. La melodía se convierte en una suave obsesión, imposible alejarse de la idea que se escurre entre sus surcos, la existencia de un brebaje que curará todos tus males, incluso si el caso fuera..."If you got love trouble, got a bad woman you can´t control". "Danse Kalinsa Ba Doom", primer instrumental compuesto conjuntamente con Harold Battiste, contiene un ritmo tribal edificado bajo la múltiple percusión de Richard "Didimus" Washington, sus congas y bongos otorgan al tema un ambiente que se mueve entre el caribe haitiano y el jazz cubano de Machito. "Mama Roux" posee un fondo jazzy también, en este caso con ambiente de bossa nova, su ritmo es seductor, una envolvente caricia que irremediablemente transporta al oyente hacia las barras del burdel de la reina Mama Roux. En "Danse Fambeaux", el papel de Dr. John se mantiene en un segundo plano (salvo cuando él invoca el "patun, patun, patun"), el tema está construido con los juegos de voces de los músicos y del dúo de Tami y Shirley.

Vivíamos como Dios en esa casita azul Olde Town de Marigny, habíamos llegado a un acuerdo con la casera y yo personalmente me encargaba de hacer la colada completa dos veces por semana. Aparte de eso no tenía nada especial que hacer salvo levantarme tarde, observar una vez más como la habitación de Bola de Sebo, tan solo separada de la mía por un damasco que representaba unos juegos florales, volvía a estar vacía. Por lo que a mí respecta tampoco es que me cuidara más de lo necesario, para mantenerne en forma desayunaba un capricho cajun, coush-coush de maíz con leche y sirope de caña. Otro par de días iba temprano por la mañana a practicar shivasana en The Cabildo, en Chartres Street, a dos cuadras hacia el French Quarter. Una sesión de sesenta minutos (el reloj de la sala marcaba siempre 5 minutos menos), tendido en una colchoneta, los ojos suavemente abiertos, mirando a un techo abierto por el que se colaba la luz de un cielo a veces hermosamente nublado. En el folleto de la sección de yoga se anunciaba el shivasana como la mejor terapia después de un intenso y prolongado ejercicio; justo lo que me hacía falta después de las agotadoras jornadas de la colada, pensé cuando rellenaba la solicitud de admisión. Llevábamos desde el 9 de noviembre en Nueva Orleans y creo recordar no haber estado más de tres o cuatro días completamente sobrio.

Dejamos un depósito suficiente para la reparación del Edsel Corvair en Nola Sport, pocas veces había visto mayor aglomeración de coches, ocupaban vastos descampados que se extendían desde la zona alta de Metaire hasta la autopista elevada que cruza hacia el nordeste el inmenso Lake Pontchartrain. Nola Sport era además una auténtica institución en el mundo de los clásicos y deportivos americanos y europeos, nos lo recomendó un tipo al que conocimos en el nuevo Old Quarter Acoustic Cafe de Galveston, cuando llegamos a Houston siguiendo la huella de Townes Van Zandt. El hombre se quedó flipado cuando vio nuestra vieja gabarra cromada del 57, charlamos durante un buen rato, él era uno de los dueños del local y conocía a un montón de gente en Nueva Orleans. Perdí su tarjeta aunque no creo que olvide su nombre, su apariencia era la de luchador moldeado a golpe de barro del pantano, nervudo, de talla imprecisa.


Recuerdo también esa impresión al enfrentarme a tanta intensidad de luz reflejada en el agua, como si se tratara de una ceguera abierta en canal. Mientras esperábamos el presupuesto del Edsel nos acercamos a la orilla del gigantesco lago, los coches que atravesaban la autopista sonaban semejantes al despliegue de alas de los pelícanos, el poo pah doo de Dr. John se desplazaba hasta el norte, hacia Mandeville, casi 40 kilómetros al otro lado del gigantesco ojo abierto del lago.

La Cara B comienza con un tema instrumental compuesto por Harold Battiste. Los capos de Atlantic Records, Ahmet Ertegun y Jerry Wexler, confían en el arreglista y productor asociado de muchos de los éxitos de Sonny & Cher (los verdaderos salvadores de un sello que en 1965 estaba a punto de ser vendido) y le otorgan cierta libertad de acción. Fruto de ella es este inicial "Croker Courtbouillon", una suerte de intrépida extravagancia de la que seguramente algo aprendió Herbie Mann (otro artista del establo Atlantic). "Jump Sturdy" se abre en vodevil y mantiene ese tono teatral. El escenario nos presenta a un Dr. John que invoca a la protagonista del título, víctima de la conspiración de dos de las reinas oponentes, una tal Julia Jackson, que no le perdona una disputa acaecida entre Melpomene y Erato Street, y otra conocida como Zozo LaBrique. Cierra el disco el tema más extenso, "I Walk On Guilded Splinters" (hay una excelente y extensa versión del mejor Humble Pie en su "Performance. Rockin´The Fillmore" de 1971). La atmósfera no ha dejado de estar relajada en ningún momento, la celebración toca a su fin y los rescoldos del fuego (los Guilded Splinters hacen referencia a un planeta de la mitología vudu) siguen calentando el ambiente.

Vienen a ser estos mis apuntes improvisados mientras retomamos el camino de vuelta hasta el 1500 North de Claiborne Avenue, justo en la esquina con el 1553 de Columbus Street, allí bajo los enormes pilares de la interestatal 10 está ubicado el punto de partida de un Second-Line que pretende hacer historia. El lugar de encuentro es el salón del Kermit´s Treme Mother in Law, un edificio de dos pisos aledaño a una casa más baja de techumbre de dos vertientes. Las pinturas de ambos inmuebles muestran varios motivos relacionados con la riquísima herencia musical de la ciudad, una placa conmemorativa recuerda además a Ernie K-Doe, "Emperor of The World", un conocido músico oriundo de la ciudad que, además de llegar al número 1 de las listas de pop y r&b en 1961 con el tema "Mother-In-Law" (una canción compuesta por Allen Toussaint), fue durante algunos años uno de los más recordados dj de la emisora de referencia WWOZ. Mientras nos vamos mezclando con la muchedumbre convocada suenan por los auriculares de mi ipod Huawei "Chere Te Mon" de Nathan Abshire, "Jolie Blon´s Gone" de Harry Choates y a continuación "Tu Le Du Po La Mam" de Lawrence Walker, pequeña parte de un magnífico surtido de temas cajun grabados por el sello Khoury Recordings a principios de los años 50. Dr. John bebió de ellos, se empapó de la influencia de un estilo autóctono que se propagó gracias al boom económico inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial.

No fue hasta el momento en que eché un buen trago de Crown Royal Regal cuando creí recibir la bendición del gris-gris de Dr. John. Las escenas reales que observaba se mezclaban en un cúmulo de colores y sensaciones dispersas; apostaba por la victoria de los Raptors de Marc Gasol mientras las primeras filas del Second-Line iniciaban la marcha hasta el Louis Armstrong Park. Vi a un malicioso francés (lo adiviné por el color burgundy de sus ojos) vender bolsitas de marihuana a 50 dólares, los parasoles se alzaban entre las distintas paradas de invocantes a Mister M-Nauga-Ma-Hyde, Oswald jugaba en el portal de su casa en Exchange Alley. Mac Rebennack participa en una fiesta privada de Sonny & Cher en el Waldorf Astoria de Nueva York, Ahmet Artegun no ha escatimado gastos para una velada que cuenta con la presencia de la viuda Jacqueline Kennedy. Harold Battiste, Ernest McLean, "Didimus" Washington, John Broudaux, Plas Johnson, los músicos de sesión emigrados de Nueva Orleans que participan en el "Gris-gris", se mueven cómodamente entre las distintas filas de asistentes. Otros bailarines se presentan alrededor del coronel Edwin Anderson Walker, celebran la sentencia condenatoria de Oswald en su atentado fallido contra el militar ultraconservador. 

Saludo a Dr. John, me comenta con esa voz gangosa que se siente feliz en su casa después de pasar tantos años fuera. Las líneas metálicas de las trompetas y saxos destacan en cada espacio de asfalto, hay lugar suficiente para todos los cuerpos en movimiento, la música suena callejera, sin gran orden, pero marca un indeleble ambiente de fiesta. Un tipo enorme encaramado a una pequeña tapia saluda a los transeuntes con el lenguaje Chahta, lleva la cabeza adornada con las plumas del gran jefe Choctaw. A él le pregunté cómo se definiría:..." Y´all fonky,... la música está hecha para bailar y a mí me corresponde por tradición el cetro del gris-gris, man".



A DA GI GI DA, la nueva Dama Gris-Gris de Dallas.

5 jun. 2019

RAREZAS XVII: LA DAMA BLANCA



ANDWELLAS DREAM                          "LOVE AND POETRY"
Alguien sostenía las ondas calientes del jardín. El viento seco del aperitivo golpeaba el toldo naranja del vecino de enfrente, mientras la barra de carga soportaba sus embates me dispuse a escuchar los dos primeros álbumes de The 13th Floor Elevators. Rocky Ericson había desaparecido unos días antes y decidí rendirle algún tipo de homenaje. Extraje de la misma estantería "The Psychedelic Sounds" (International Artists, 1966) y "Easter Everywhere" (Get Back Rcds, RE, 2001) con la intención de recuperar algunas lecciones olvidadas. Me exigí no rebajar a la banda tejana, dejar de tratarla como una mera referencia de los buenos tiempos pasados, incluidos en el cartel de las mejores formaciones del garaje psicodélico americano. Su archiconocido muro tut-tut de sonido pareciera a veces que chirría, otras veces se tornaba en una originalidad agradable. En algunos de sus surcos (no todos están preparados para ello), se esconden sabrosas vulvas de acid y garage.

Llevaba días intentando recuperar la sección de RAREZAS, así que acudí a la base de datos y me planté presto en la A, decidí no pasar de ahí. Dos discos se disputaron la corona, al final opté por la primera y más conocida obra de Andwellas Dream, ("Love and Poetry", Lightning Tree Rcds, RE 2006), originalmente editada por la CBS en 1969. Tenía muchos más datos de la otra banda, de Arcadium, pero la sensación que me causó la escucha de su "Breath Away" (Akarma Rcds, RE 2003) fue algo empalagosa. A estas horas sigo planteándome la oportunidad de la decisión final; creo que Andwellas Dream, en buena ley, no debería ser protagonista de ninguna sección llamada "Rarezas",... su "Love and Poetry" es una de las más celebradas grabaciones de psicodelia inglesa de los últimos años sesenta, una obra y una banda que se suponen conocidas por la mayoría de los aficcionados cultos. No, definitivamente no merecía ser rebajada a tal condición.

Busqué y rebusqué datos de la banda norirlandesa, aproveché para recuperar tiempos felizmente pasados entre revistas, desempolvé antiguos apuntes sobre links musicales relacionados (maravillosa la página web de pooterland, gran descubrimiento el blog johnkatsmc5), me entretuve entre los box-sets de la "Rubble Collection" (¡vaya!, me faltaba el segundo volumen, el que incluía los números del 11 al 20, allí donde precisamente aparecía Andwellas Dream) El texto oficial más relevante lo saqué del "Tapestry of Delights" de Vernon Joyson, en apenas un cuarto de página contaba la historia de la típica banda con talento abocada al fracaso, no por la falta de oportunidades (que las tuvo), sino por la ausencia continuada de reconocimiento general. De Dave Lewis, el principal compositor y líder de la banda, se ofrecen al lector interesado datos de obligada referencia, llegó a colaborar con Demis Roussos.

Admito que me costó no tirar la toalla. Varias razones me convencieron al final de no hacerlo, dos de ellas aparentemente importantes; una, la obra gráfica de C. Nevil Boussmayeff, de atractivo kitsch oriental en portada y contraportada del disco (esta segunda le confronta una conseguida nebulosa psicodélica), además la del equipo de diseño (a los que en justicia se les hace mención en los créditos, Lizzie Stilgoe y The Sons of Saturn); la segunda, una copia de la factura de compra (Diciembre de 2006) y el catálogo del vendedor, The Freak Emporium; me emocionó comprobar como pague por los portes desde Inglaterra el mismo precio que por el disco. Las otras razones pudieran parecer meras tonterías; indicar en los créditos Side 1 dos veces y no escribir correctamente el apellido del productor Rocky Shahan, bajista paquistaní miembro original de The Konrads (banda que incluyó en su primera formación a David Bowie), pero ninguna de ellas fueron argumentos suficientes para devolver el disco a su lugar de origen.

¿Cabría aquí hacer un inciso y reconocer la influencia beneficiosa de una inesperada aparición? Ocurrió a lo largo de diferentes momentos de una noche de insomnio. Vi caer una lluvia granizada de meteoritos humeantes, la tierra se resquebrajaba y desde sus entrañas surgían ruinas olvidadas, bajo el arco de una abadía demolida se protegía una mujer joven (su parecido con la dama de Shalott era patente), Júpiter parecía lanzar rayos desde su larga melena dorada. De inmediato deduje que podría utilizar su imagen como la de una diosa protectora, quizá también como musa inspiradora de un texto que se me escurría entre bocanadas de sueño atrasado. Quise levantarme para tomar alguna nota pero lo avanzado de la noche me retuvo encadenado a la cama. Al cabo de pocas horas supuse el influjo de los diarios de Mina Harker, la mano que mece la cuna en el "Dracula" de Bram Stoker, la impura visionaria que guía a sus compañeros tras las huellas de un vampiro en retirada hacia su castillo de Transilvania.

Me permitirán que hable de algunos apuntes recopilados en la cada vez menos libre red. Los escasos links interesantes en los que se encuentra alguna referencia a Andwellas Dream son "Irish Rockers, Irish Bands and Irish Rock Music Throughout The Decades", una magnífica página web donde cabe además gran parte de la información de interés sobre Irlanda y su escena musical y "Message For Love fans", proveniente de una página no oficial de la genial banda californiana. Allí se habla de The Methods como embrión de la primera formación en Belfast, su lugar de origen. Creada por Dave Lewis, ya hablamos de él, a mitad de la década de los 60, compositor de talento, guitarra y teclados. Le acompañan Nigel Smith al bajo y Gordon Barton a la batería. Se trasladan a Londres en 1968 y se dan a conocer actuando en el circuito de clubes de la ciudad. Cambian su nombre a Andwellas Dream, graban su primer Lp "Love And Poetry" para CBS en 1969 y otros singles a continuación con el mismo sello, algunos provenientes del mismo disco. Conocidos entre la audiencia más fiel, sus temas gozan de cierto éxito pero no el suficiente para asegurarles el apoyo continuado del negocio. Aunque logran grabar dos discos más los años 70 y 71, con el sello Reflection Records ("World´s End" y "People´s People") y ya con el nombre acortado a Andwella, su trayectoria culmina definitivamente un año más tarde. No es un gran historial. Quizá el prescindir del Dream les jugó una mala pasada. 

Esta parquedad biográfica queda felizmente contrapuesta por la amplitud y grandeza del contenido de su primera obra. 13 temas en total que se ofrecen al oyente en una suerte de radiante combinación entre psicodelia de potentes riffs de guitarra, base rítmica roquera, un folk de vientos rurales y cosmopolitas teclados jazzy. En "The Days Grew Longer For Love" los riffs de guitarra contienen poderosos fogonazos proto-heavy, en la siguiente pieza, "Sunday", el fuerte ritmo roquero se complementa con la flauta hindú de Bob Downes, instrumentista invitado a la grabación (respetado estudioso de las variantes rítmicas asiáticas). En "Lost A Number, Found A King", los vientos de Downes se mueven entre un ambiente de folklore ensoñador, hay incluso texturas de la dinastía Ming. Mientras "Man Without A Name" arrima al oyente hacia riberas de un pop psicodélico, más en la onda Procol Harum, "Clockwork Man" lo hace hacia las planicies de Traffic, en ambos casos el desenlace es preciso, elegante. "Cocaine" cierra la cara A y aquí los teclados de Dave Lewis recuerdan los mejores momentos de Brian Auger con su Trinity, uno se transporta sin dificultad al efervescente escenario jazz de la Praga de Alexander Dubcek.

"Shades Of Grey" comulga en el mismo altar, riffs potentes de guitarra, esta vez más envueltos por una atmósfera que encuentra en la ingenuidad de su melodía su mejor valor. "High On A Mountain" suena a los injustamente olvidados The Smoke de "...It´s Smoke Time" (Metronome Rcds, 1967) en su etapa alemana; un pop aguerrido, eléctrico y bizarro,  sus primeros acordes, los puentes, retrotraen al oyente al primer vigor adolescente. "Andwella" nos invita a un cocktail donde la guitarra y los teclados quedan perfectamente combinados, de su sonido surge un sabor muy en la onda Graham Bond Organization. "Midday Sun" tiene su necesario toque Beatles, también suena a Donovan, la melodía se alimenta de la fructífera cosecha inglesa en la última década mágica. "Take My Road" apuntala lo que ya viene siendo patente para el observador, la vertiente pop se ha hecho con el poder, los arreglos y la orquestación confirman este feliz hecho. "Felix" contiene un diáfano recuerdo de aquel guateque antológico, han dejado de sonar los temas más conocidos, las parejas se dispersan por el salón, el improvisado dj pone en el plato este single (el más radiado y conocido de la banda norirlandesa), solamente los más interesados se le acercan, maravillados ante la belleza hermenéutica de la canción le preguntan por el grupo, él les mira con una mezcla de orgullo y displicencia. "Goodbye" cierra el disco, igual que "The End" cerró el "Abbey Road", no puede haber final más conmovedor.

Confío en que pueda finalizar mi labor manteniendo todavía el interés del lector, cerrar con un breve brochazo algún comentario sobre los textos de Dave Lewis. Abro las ventanas y dejo que el aire limpio de la mañana suene a cuartetos de cuerda. Dudo de entrada si inclinarme por el ambiente de un Londres entonces pletórico (poco antes de su llegada se había celebrado el "14 Hour Technicolour Dream"), o por el influjo de la inexplicable belleza de los cementerios en su Belfast natal. Existen ciertas pistas que confirman mi preferencia por la segunda opción, parece que la hipnótica lectura de novelas góticas inglesas ha dado sus frutos. Los cementerios se mencionan en "Lost A Number, Found A King", la figura femenina, enigmática y sin alcance, se manifiesta en "Andwella", el paisaje romántico en "Midday Sun". En "Felix", la ambivalencia homoerótica,... en "Cocaine", un texto que anticipa el de J.J. Cale (y la posterior y exitosa versión de Eric Clapton), Lewis habla por primera vez de la droga, una visitante inesperada, la nueva dueña de la habitación, admito que por entonces lo que más me interesaba eran los efectos del laúdano.


23 may. 2019

SESIÓN NOCTURNA 2



Me sorprendí abriendo el portillo y firmando el pase de pernocta mientras salían al escenario, uno a uno, los Dum-Dum Boys de Iggy Pop. Sonaban City Kids en "Is it love", la voz de bisturí de Dominique Comont perforaba el córtex del oyente, la guitarra de Pascal Lamy se ocupaba del posterior sangrado; al igual que ocurre en "Girl Of My Life", los desenlaces de las canciones empujaban al observador hacia una sensación semejante a la visión de un volcán en erupción, las lenguas de lava cayendo incontrolables entre las faldas de las montañas. No lo hizo aleatoriamente la aguja cuando se posó sobre los surcos de "Losing Your Mind", su intención era la de subir la autoestima de los pocos asistentes al concierto imaginario de la madrugada. Los choques corporales carecieron de la virtud del coro eclesiástico, buscaban abrirse paso entre caminos aun repletos de ocultas bombas de racimo. "Changing" tenía otro ritmo distinto, más convencional, menos moderno quizá, sonaba más a la producción clásica de Rob Younger, psicodelia aussie con aristas de cristal. "I Need Your Noise" es la gran estrella del EP. Los Dum-Dum Boys comenzaron a tomar el control de la sesión. El salitre del Havre atlántico se coló por los micrófonos, músicos curtidos, se habían pateado durante muchos años gran parte del circuito europeo, recogiendo y asimilando todas las influencias necesarias, desde el genuino blues del Delta hasta los invocados fantasmas de Lux Interior, una pócima condimentada con la santísima receta fuzz de Radio Birdman, Hoodoo Gurus, Birthday Party y Beasts Of Bourbon.

Mucho antes del entreacto el ambiente de la sesión nocturna se movía lentamente, su escena era imprecisa, en otras ocasiones el panorama se tornaba palpitante, sucedía en el momento más inesperado, cuando la habitación se llenaba de libélulas, poco antes de que la añorada niebla londinense hiciera su presentación. Apareció entonces Savoy Brown en todo su esplendor de magnetos. Aposté a ganador en su "A Little More Wine", emocionado al encontrarme con los bardos blueseros criados bajo la humedad perenne del cielo inglés. "I´m Crying" marcaba el retorno de la banda al raw boogie blues más insolente. La sección de vientos no está en el disco acreditada a ningún instrumentista, una lástima porque deberían conocerse los autores de ese ambiente funky que hace presa en el tema. "Don´t you worry about the morning / because the day might never come...", invita sin trabas al oyente a prolongar la velada, a olvidar sus problemas mientras el riff de guitarra de Kim Simmonds mece la cuna universal en este "Stay While The Night Is Young". En "Is That So", la base rítmica sigue el camino del blues industrial, se empapa de la atmósfera del estudio de grabación de la periferia, un paisaje rodeado de almacenes logísticos, de carretillas elevadoras que se mueven al acorde de las poleas mecánicas. Lonesome Dave a la rítmica, Tone Stevens al bajo y Roger Earl comme batteur. Chris Youlden era entonces, junto a Kim Simmonds, el principal compositor del grupo. Mientras llegaba el último tema, "When I Was A Young Boy" de la cara 2 (decidí obviar la crónica de la primera cara por mor del espacio), el líder de los Dum-Dum Boys sorbía su botellín de cerveza, llegaban al escenario los primeros flashes del milagro espacial alemán.


Antes de que apareciera Ash Ra Tempel en el tablado flotaba cierto ambiente novelesco, la memoria de los relatos fantásticos de Wilkie Collins (en los que andaba entonces metido) hicieron acto de presencia. No fue mi intención destacar un tema concreto de este disco porque siempre he preferido contemplar esta obra como una representación global, un "Don Giovanni" mozartiano, un conjunto de piezas que conforman lo que considero como el mejor kraut del momento, desde luego irrepetible. También me dio por calificarlo como un camino de iniciación para el oyente no acostumbrado a este tipo de música, a poco que ahondara en su sonido se vería sorprendido por sus antecedentes floydianos y, más adelante, deduciría su posterior influencia en otras propuestas sonoras (desde los devotos seguidores de Kim Fowley hasta Sonic Youth). Mientras eso ocurre el novicio se enfrentará a la desestructuración del ritmo, lo convencional le quedaría momentáneamente oculto. Dos piezas exultantes, de celestial empuje: "Amboss" en la primera cara, en la segunda "Traummaschine". Hay que escucharlas bien, aprenderlas con indisimulada devoción, no perderse ni un solo segundo de su minutaje, concentrarse en los misteriosos ambientes que crean sus surcos, dejarse llevar así por su inagotable capacidad para sugerir imágenes.

De acuerdo con el guión inicial aquí debería aparecer una nota del Editor presentando las bandas protagonistas de esta segunda sesión nocturna. City Kids, grupo estrella de la ciudad portuaria francesa de Le Havre, Savoy Brown desde Battersea, al sur de Londres, Ash Ra Tempel desde Berlín, otros alemanes en Düsseldorf, Neu!Max Gamuza, nuestra muchachada del norte, desde Gijón. Leon Russell, el okie universal desde Los Ángeles. Sus obras, el EP "City Kids" (Marylin Rcds, 1984), "Raw Sienna" (London-Parrott Rcds, 1970), "Ash Ra Tempel" (Ohr Rcds, 1971), "Neu! 2" (Brain Metronome Rcds, 1973), "Los Buenos Momentos Están Aquí" (Munster Rcds, 2012) y "Carney" (Shelter Rcds, 1972), 

La propuesta de "Neu! 2" puede que sea más circular, el relato del eterno-retorno, del huevo-partenogénesis hecho música, el circuito hidráulico del sonido perfectamente lubricado en sus flujos, la carrocería industrial ciertamente reconstruida. Toda la cara A, un canto secuenciado en loor de la eficiencia liberadora del space-rock, se encuentra tan deliberadamente programado que más bien parece un producto de los laboratorios Bayer. Y es ese antecedente el que se rompe de improviso en gran parte de los surcos de la cara B. ¿Exceso de experimentación?, no lo creo, se pretende más bien sorprender al oyente, y aquí radica lo más atractivo, lo más digno de reseña de la obra. Puede que alguno espere que este "Neu! 2" recupere la atmósfera kraut de la que pretendidamente nunca se debió alejar (y es probable que en alguno de sus temas más extensos, "Neuschenee", "Hallo Excentrico" y "Super" se consiga), pero son sus piezas más cortas y excéntricas ("Neuschenee 78", "Super 16" o la dupla "Casetto" / "Super 78"), las que otorgan a la obra su valor absoluto de referencia.


Quise a esas horas de la noche agradecer a mi amigo Hubert el pasarme tanta mandanga buena, este disco de Max Gamuza entre otras magníficas vituallas. La banda de Busta Spector se marcaba un strip-tease roquero (con inesperados brochazos a lo Domenico Modugno) de alto calibre. En la mayoría de sus textos se asoma una lírica acertada y dinámica (también aparece la generada fruto del aburrimiento y la desolación), en la que se intenta mantener firme la leyenda de los muchachos del Norte como genuinos representantes de la reivindicación post-industrial, acogida toda ella al susurro de las mareas cantábricas. La extensión de los temas no excede los 3 minutos, lo que viene a demostrar en cierta medida su urgencia, salir rápido al ring y noquear al contrario. Destacar a todos los miembros de la banda de Busta: el navarro Joseba Irazoki a la guitarra (al que sigo en su apuesta de Atom Rhumba), Iñigo O. de Zárate a los teclados Farfisa e Iván Mirech a la batería. Mike Mariconda, desde las catacumbas neoyorquinas de The Devil Dogs, produce y  participa como músico a la steel y guitarra acústica. 

Me dio por elucubrar sobre Leon Russell como el primer artista que aparecía por segunda vez en este blog (y curiosamente con el mismo disco), pero a esas horas de la noche no tuve suficiente voluntad para acreditar tal hecho. Eso sí, quedé sorprendido cuando revisé la entrada anterior, tan manifiestamente capacitado para manejar unas fuentes tan profusas de información. Mientras el disco giraba en el plato me sentí sobrepasado, imposible llegar a la altura del texto de antaño, pensé. ¿Permitirán ustedes que me limite a recordar parte de lo reflexionado entonces? Muy agradecido. Una combinación de estilos que partiendo de la pura raíz sureña (sin olvidar algún toque de vodevil Broadway) concluyen en la fértil huerta de Bakersfield en la Costa Oeste. Entre medias, las llanuras resecas de Oklahoma, el dust-bowl de John Steinbeck. Leon transporta hasta Los Ángeles su riquísimo tejido musical de crossroads. Incluye simples melodías jazz, dixie de Nueva Orleans, ecos de los Apalaches, la atmósfera down the bayou y los bailes en los polvorientos graneros de Arkansas. También excentricidades medicine show ambulantes cuando suena la canción de mismo título, "Carney". No serán las únicas, aparecen además alegatos en los que las brujas de Salem se mecen bajo los aromas del cosmic american music de Gram Parsons. "This Masquerade" (si nadie apuesta más alto, lo considero como el mejor tema del disco a día de hoy) es ya puro pop sunshine. Concluí la sesión rememorando a sus amigos de la Wrecking Crew, recluidos en el Capitol Records Tower de Hollywood (y en un Denny Cordell que ya iba por entonces camino de convertirse en su Bernie Taupin americano). Ignoro si su opinión coincidirá con la mía.






7 may. 2019

SESIÓN NOCTURNA



Trataba de orientarme hasta llegar a un punto previamente convenido de la sesión nocturna, en una zona sin apenas geografía, inmersa en una desacumulación de motivos, totalmente incapaz de contextualizar el entorno. Al final todo daba igual, no conseguía controlar las variantes ideales de la felicidad, tampoco me importaba no conciliar el sueño, el ruido del camión de la basura me despertaba temprano, pretendía seguir escribiendo sobre límites difusos pero no lo conseguía. ¿Quién era el que echaba a un lado el edredón de la cama cada mañana? Además las tardes concurrían sin deporte, demasiado apacibles. Escuchaba a Nirvana, la banda inglesa de los excéntricos Alex Spyropoulos y Patrick Campbell-Lyons, en su brillante "The Story Of Simon Simopath" (Island Rcds, 1967), acabé a duras penas cualquier ensayo de Sánchez Ferlosio. Entreveía una voz que hablaba por hablar, ¿o era un sonido que pretendía tan solo llenar un espacio en silencio?. Deduje que lo que realmente consideraba como dinámico no se encontraba muy lejos de las teclas del ordenador, el tránsito ruidoso de mis dedos descongestionaba al buzo submarinista cuando intentaba emerger a la superficie. Alguien consiguió traspasar el paso de aduanas enarbolando una cinta amarilla, se sacudió el polvo de los zapatos con la manga de la chaqueta, hizo un guiño al espejo roto de la peluquería, sonrío y salió a la calle.

En aquellos instantes muchas bandas rabiaban por ser protagonistas de la sesión nocturna, cada artista intentaba trepar por las enredaderas llenas de musgo, hacer sonar sus cláxons en las calles de la gran ciudad americana, poner en marcha una emisora de new-gospel que pudiera escucharse en las autopistas sin tráfico. Las palmas de mi mano reflejaban el neón conductor de las palabras, el poso de tinta china que deja el rastro de chatarra de los satélites, jabalíes montados por nerviosos pasteles de manzana, aparecimos desnudos a la mañana siguiente, a veces quise a mujeres que me explicaban el mundo.

Los primeros invitados fueron los escoceses de la Average White Band, la banda de Alan Gorrie y Molly Duncan, sus creadores. El disco blanco "AWS" (Atlantic, 1974) me confirmó al oírlo la convicción de estar en presencia del mejor blue-eyes-funk. Desconozco si fueron realmente pioneros en Europa de este género, no importa. Llegó después "Wake Up Everybody" (PIR Rcds, 1975) de Harold Melvin & The Blue Notes y la escena cambió, entró una corriente de funk-soul directa desde las cocheras de Filadelfia, un deje black-power, también sensual del que hablaremos después. Le siguió "Angel" (Mercury Rcds, 1977) de Ohio Players, una banda de desordenado soul hendrixiano, majestuosos en los cortos recorridos, de ritmo veloz, paseando por la pasarela de la Great Millenial Soul-Funk Parade en Chicago. Ante la ausencia de material decidí cambiar de sellos, entraron de suplentes Barry White con su "Can´t Get Enough" (20th Century, 1974) y The Ronettes en "Volume 2", una recopilación algo reciente editada por Philles Rcds (el sello propio de Phil Spector). Cerró la sesión  nocturna "Midnight Lover" de Marvin Gaye (CBS Rcds, 1982), el disco belga, el de su última ascensión a los cielos. Lo mantuve en las gradas de invitado VIP.

El desarrollo de la sesión nocturna suele estar divida en varias fases, en una primera prima el desconcierto, en la siguiente una luminosidad increíble, la música suena por sí misma, la última plantea una retirada a tiempo.

Oolacile
Al día siguiente me levantaron hecho polvo, ante todos los músicos convocados me quejé de una fuerte tortícolis, prepararon el desayuno, alguno de ellos se ofreció a darme un masaje en el cuello mientras otro me ayudaba a hacer ejercicios de estiramiento con mis brazos. Les dí a todos las gracias y quedé en que volveríamos a vernos. Al cabo de un rato pensé en desarrollar la idea de un antes, un precedente de lo que estaba viviendo, supuse que igual se trataba de regresar al origen de la escritura, indagar en su razón de ser. Estaba hecho un buen lío.  

Ya comenté que la AWB fue mi primera opción, su "Pick Up The Pieces" (aunque ahora suene exagerado, entonces me dio por decir que era una de las mejores piezas de disco jamás grabadas), su sofisticado ambiente jazz y soul me recordaban mucho el "Memphis Soul Stew" de King Curtis, tanto por el sonido de ambos temas como por la inmensa fortaleza que transmiten, marchosa, rompepistas de final de fiesta. Desde el mismo inicio, en "You Got It", ya marcan su propio territorio funk. La atmósfera del disco es brillantemente americana (los músicos de la banda graban el Lp en Nueva York y a continuación se mudan definitivamente a Los Ángeles). Su música es, desde entonces, la imagen de la primera mitad de la década de los 70, la de las grandes calles llenas de anuncios y el ambiente en los mejores clubes de baile de Nueva York. Les influyen también los artistas autóctonos de Alabama, Tennessee y Nueva York, sus grabaciones en los estudios de la RCA son coétaneas con las de muchas figuras que por entonces lo hacían en la Sun, Muscle Shoals o Fame. Es más que probable que sus antecedentes como músicos de sesión, requeridos al poco de nacer la banda (formaron el grupo de apoyo de Bonnie Bramlett en su primera gira en solitario, además de grabar con Chuck Berry su conocido "My Ding-a-Lin" y actuar como invitados en el mítico concierto de Eric Clapton en el Rainbow, y todo en ese mismo año 1973), les empujaran para continuar en esa línea más americana, más moderna en definitiva, bastante alejada del gusto del white average man, del tipo de oyente blanco de Londres.

A Harold Melvin y su banda The Blue Notes les conocía desde su "The Love I Lost", una maravilla editada ese mismo 1973, fueron además una de las bandas estrella (junto a The O´Jays y The Three Degrees) incluidas en la recopilación que el sello Philadelphia International Records sacó al mercado ese mismo año ("The Sound Of Philadelphia´73"). Esa misma recopilación contenía además el famoso "Me & Mrs. John" de Billy Paul, pero el tema de Harold Melvin, "If You Don´t Know Me By Now", se convirtió en uno de los favoritos de esa excepcional colección de canciones disco. Sus interpretaciones se amoldan perfectamente tanto en temas reivindicativos, "Wake Up Everybody", "To Be Free To Be Who We Are", como en canciones con un toque más sensual, "Don´t Leave Me This Way", "Keep On Lovin´You" o "You Know How To Make Me Feel So Good". Es ese el momento en que el funk, el soul y los ritmos latinos se han fundido en una inconfundible amalgama que anticipa el sonido disco, un fenómeno que en tan solo un par de años, en 1975, ya ha arrasado en todas las discotecas del mundo.

Bigenheimer´s English Disco, LA 1975

Ohio Players arrostraron la hoy políticamente incorrecta fama de ser una ladie´s men band, muchas de sus portadas utilizaron la figura de la mujer ligera de ropa, mostrando sus encantos. La temática de gran parte de sus composiciones no es raro que busque ese sentimiento de cortejo, de satisfacción una vez consumado el acto sexual, de confirmación del rol poseedor masculino. En este "Angel" abundan esas líneas de actuación. "Glad To Know You´re Mine", "Don´t Fight My Love", "Body Vibes" y "Can You Still Love Me" son pegadizas como jugos corporales. "O-H-I-O" es una gran composición funky que se convirtió en favorito en sus actuaciones en directo. Barry White fue un auténtico ciclón en esa primera mitad de los 70, continuador de los renglones ya escritos por Marvin Gaye e Isaac Hayes, en muchos casos su temática no se aleja realmente de la de esos dos gigantes del soul. Lo que si puede que les distinga es la patente que Barry White tiene registrada para rozar sin disimulo el cuerpo de la pareja de baile, permitir el magreo y calentar al personal. Por destacar un solo tema (no, no mencionaré los más conocidos), "I Can´t Beleive You Love Me", 10 minutos y 23 segundos de auténtico trailer soft-porn, tenues las luces de las velas, las sábanas de obligado satén rojo, las bocas, todo es hambre.

El "Volume 2" de The Ronettes es el disco sorpresa de la sesión nocturna. El muro de sonido de Spector se ha transtornado en visillos mecidos por el viento. El ejemplar contiene temas inéditos, a cual de ellos más excitante, también hay canciones en directo que muestran a una Ronnie con voz bluesera, casi en plan Billie Holyday. Durante gran parte del disco el trote de su ritmo es imbatible, temas como"You Came, You Saw, You Conquered", muestra toda la luz de mañana del Sunset Boulevard, su versión del clásico "Sleigh Ride" no llega a la de Johnny Mathis pero podría formar parte del soundtrack de "American Graffiti" sin ningún desdoro. En el "Midnight Love" de 1982 encontramos a un Marvin Gay en Bélgica recuperándose de sus múltiples problemas; refugiado en Ostende, su cura cara a cara frente al Atlántico ofrece como brillante resultado a un artista rejuvenecido, inspirado por un nuevo ambiente bien distinto del que ha dejado en Los Ángeles hace más de un año. Los primeros compases del "´Till Tomorrow" marcan el paso del Rubicón del disco, se desplaza aquí y allá como ritmo precursor un beat con algunos toques techno, a veces los teclados suavizan la atmósfera del disco. Destaca, claro,  "Sexual Healing", un canto al punto y final del desorden, a la vuelta al amor como más eficaz curativo. Su sensualidad es femenina, puede que funda algunas luces de neón, su embrujo rítmico reúne toda la sequía, elimina su quejido, a partir de ahora volveremos juntos a cuidar las flores del jardín. Pero el plan desgraciadamente falló.





23 abr. 2019

CONSIDEREN SI SE CONSIGUIÓ O NO



POPOL VUH                               "AGUIRRE"

"Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo". 

..., así es como empiezan los primeros versos del "Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché", a cuya lectura me enfrenté (tomo como inciertamente válida la fecha por mí manuscrita en las primeras páginas), en Agosto de 1978. Debo reconocer que no guardo ni poca ni mucha memoria de aquella experiencia, eso sí, declaro ahora que por aquellos años ya había comenzado a sentir cierta querencia por las entretelas de la historia de la Conquista de América (afición que, visto lo acontecido, afortunadamente ha ido menguando con el paso del tiempo). El libro que prendió ese deseo de conocer más fue sin duda "La aventura equinoccial de Lope de Aguirre" (Edit NyC, 1970) de Ramón J. Sender. Puede que este libro fuera adquirido en la Cuesta de Moyano, quizás en alguna Feria del Libro del Paseo de Coches del Retiro, lo comento porque pienso que toda lectura debe homenajear el lugar geográfico en el que se adquirió su objeto ejemplar. También lo fue por lo atractivo de la figura legendaria de su principal protagonista, por el lenguaje empleado (esa contracción de "hideputas" se quedaría grabada para siempre en mi memoria adolescente). Creo recordar que por aquellos años, ya metida en carnes la década de los 70, vi también la película "Aguirre, la cólera de Dios" de Werner Herzog, en la que el autor alemán usaba el texto de Sender para dar forma narrativa a esta su obra fílmica. No supe caer entonces en el embrujo de su música, aunque si en una geografía y atmósfera que entonces me parecieron fascinantes.

No pude hacerlo en aquel momento porque el disco, que contenía la banda original de la película de Herzog, no se publicaría hasta cuatro años más tarde, en 1976 y, aunque mi adquisición de esa obra, reeditada de la forma más fidedigna por el sello alemán SPV Recordings, no se produciría hasta casi treinta años después, el disco, digo,  de Popol Vuh, la banda de Florian Fricke autora de la musica, se encontraba inexplicablemente revoloteando de una edición a otra, accidente que lo condenaba a la desaparición, al olvido. Igual sería interesante saber si entre las lecturas sobre la Conquista de América que en aquellos años prodigaba (Salvador de Madariaga, Bernal Díaz del Castillo, Pedro Mártir de Anglería, Fray Diego de Landa, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Stefan Zweig, Tzvetan Todorov o las mismas "Cartas" de Cristóbal Colón) pudiera encontrarme con algún atisbo, alguna pista que facilitara el eslabón perdido. Hace unos días, emulando al buquinista Pío Baroja, adquirí en un tinglado de la Cuesta de Moyano el "Lope de Aguirre. Príncipe de la Libertad" del autor venezolano Miguel Otero Silva, y fue en este libro donde me empeñé en hallar el maridaje definitivo con la obra homónima de Popol Vuh. No se qué saldrá de todo esto.

Para centrarnos en el mapa, Popol Vuh es una banda muniquesa influenciada, no podía ser de otra forma, por el exultante ambiente juvenil alemán de los últimos años 60. Florian Fricke, el alma mater del grupo, nacido en Lindau, a apenas 160 kilómetros de la capital bávara, se dejaba caer por el Café Trikont (centro clave donde se reunía una multitud de jóvenes desafectos al Schlager), puede que se alojase en la profusa red de sus comunas, su asistencia a la universidad y a las escuelas superiores (lugares donde muchas bandas hicieron su primeras presentaciones en público), no la he logrado comprobar. Su elitista educación como pianista clásico le empuja a buscar nuevas iniciativas musicales, John Cage y John Coltrane forman parte de sus referencias. Serán sus constantes viajes por la India, el continente africano y americano (experiencia que podía permitirse gracias a un abultado patrimonio familiar), los que le mantendrán con el piloto Julio Verne puesto. Sus hobbies preferidos eran (según lo reconoció en varias entrevistas), la filosofía griega, estudiar las religiones antiguas y alarmarse ante la estupidez de la humanidad por no seguir ambas enseñanzas. Es en uno de sus itinerarios por Centroamérica cuando se acerca por primera vez al "Popol Vuh", el más importante texto sagrado maya conocido. Esta idea- encuentro será definitiva para la creación del grupo en 1969.

Rememoremos algunos de los siguientes versos del libro sagrado:... "solo el Creador, El Formador, Tepeu, Gucumatz, Los Progenitores, (hay aquí un preludio de HP Lovecraft) estaban en el agua rodeados de claridad". Es en esa mezcla de formación clásica, vanguardista y aventurera de Fricke donde se conforma su verdadera identidad; empuja a Florian no solamente a servirse de la música para buscar una nueva espiritualidad étnico-espacial, también le convence para autoproclamarse como intérprete oficial de la misma en Alemania. "La esencia de Popol Vuh (declaró en otra entrevista), es una misa para el corazón. Es música para el amor. De eso se trata". Suyo fue el segundo moog que entonces sonaba en Alemania, pensó que las posibilidades electrónicas del instrumento le servirían para llegar más rápidamente a ese nuevo estado de nirvana hippie pero, al poco tiempo, Fricke no queda totalmente convencido de su apuesta. ¿Anticiparemos las opiniones sobre la que sería una de sus más controvertidas decisiones, la venta del moog a Klaus Schulze y la vuelta a su primer y clásico piano?. Allá van sucintamente, algunos opinan que no volvería a grabar mejores discos que los que hizo sirviéndose de ese mamotreto, otros, entre los que se encuentra el propio Fricke, argumentan que su sonido se estaba convirtiendo en demasiado frío, sintético y que, con la vuelta al piano, pretendía reencontrarse con su instrumento natural, volver a la génesis que aprendió del libro sagrado.

Legiones de estudiosos del tema barajan sobrados datos científicos que abundan en lo acertado de la primera versión. Discos como "Affenstunde" (Liberty, 1970), "In Den Gärten Pharaos" (Pilz, 1971) y "Hosianna Mantra" (Pilz, 1972) estarían, según ellos, entre los grandes favoritos de la banda. No seré yo quien lo discuta, no los he escuchado. Llegué a Popol Vuh bastantes años más tarde, en su "Einsjäger & "Siebenjäger" (Kosmiche Musik, 1975, reedición de Spalax de 1997), el previo conocimiento de la banda como compositores de "Aguirre, la cólera de Dios" hizo el trabajo de zapa, creo que ya lo dije. Esta mayoritaria corriente filosófica también opina que desde que Fricke vuelve al piano se vuelve más previsible, sus obras de entonces contemplan a un artista interpretando una y otra vez la misma misa. Aquí podríamos añadir que los hombres religiosos, como Florian (aun sin ser seguidor de ningún credo en concreto), siempre han gozado del privilegio de tener el santo de cara; a él no le pudo ir mejor, se le apareció en 1975 Werner Herzog, uno de los directores de cine más serios en su concepción vanguardista de la imagen y el sonido. Fricke, había experimentado antes con cortos propios y era un razonable crítico cinematográfico, Herzog buscaba un medium musical para sus proyectos.

"Aguirre" es curiosamente uno de los discos más enrevesados para seguirle la pista. La razón comercial de su grabación tuvo su origen en cumplimiento del acuerdo contractual que ligaba a Fricke con Rolf-Ulrich Kaiser, capo de los sellos Ohr y Pilz, propietario de la editora Kosmischen Kuriere, una de las figuras más imaginativas de la escena musical alemana de la época (su grabación con Timothy Leary y Ash Ra Tempel en el lisérgico "Seven Up", KK 1972 queda anotada como escucha obligada). "Aguirre" se edita en 1975 por primera vez por el sello italiano PDU (propiedad de la inmensa Mina), licenciatarios entonces de los sellos alemanes mencionados. En la carátula del disco brilla por su ausencia la referencia gráfica de la película de Herzog, tan solo una breve mención en la parte trasera anuncia su condición plebeya de BSO; tampoco se prodiga la información puramente instrumental, la mención del piano y spinett que sigue al nombre de Florian Fricke en los créditos parece estar lejos de la realidad, la voz de Djong Yun no se escucha ni un solo instante durante la grabación, tan solo la cita de los instrumentos empleados por el guitarra Daniel Fichelscher (entonces a caballo entre Amon Düül II y Popol Vuh) se puede considerar como certera. La sección arqueológica de la doctrina asume que, a pesar de haber abandonado Fricke el empleo del moog a partir de su "Hosianna Mantra", en este "Aguirre" se encuentran varios restos que los datan en la onda de ese exclusivo instrumento, también hacen referencia a un engendro desconocido, llamado "choir-organ" (un procesador de cintas multipistas), desarrollado por Herbert Prasch, ingeniero de sonido de los Bavaria Tonstudio y frecuente colaborador también de Werner Herzog.

Resulta curioso observar como durante el visionado de la película deja de sonar una parte importante de la música grabada en el disco, tan solo los temas que la dan nombre, "Aguirre I" y "Aguirre II". Mi teoría es que lo que podría ser considerado como un punto negativo del proceso, porque el espectador pierde inexorablemente continuidad en la prometedora comunión de escenas y música, no deja, sin embargo, de favorecer al protagonista atento. Este hecho discordante compensa tanto la imaginación del asistente a la sala, gracias a la extralimitación de imágenes amazónicas, como la del oyente casero que fantasea escenas acordes con la profundidad etérea del sonido. El origen de esos dos temas parten de piezas grabadas por Popol Vuh años antes, remodeladas para la ocasión. "Morgengruss II" y "Agnus Dei" son variaciones de dos temas que publicaron en su "Einsjäger & Siebenjäger"  ("Morgengruss" y "Gutes Land", de recomendada escucha) un año antes. "Vergegenwärtigung", y el bonus-track de "Aguirre III", completan la edición más completa del disco editada hasta la fecha (SPV Recordings, 2004), versión auspiciada además por los propios familiares herederos de Florian Fricke.

Mis pasos eran mis pasos y se que a alguno le parecería un milagro el no caer por el precipicio, descendía con paso seguro hasta el corazón de la selva, las nubes me sostenían, flotaba con ellas, detrás, en el pensamiento, soñaba con una señal equívoca, repetitiva al principio, luego según desaparecía iba dejando el sonido en suspensión, adornado por un coro de ángeles, una flauta de pan cierra "Aguirre I", busca el aire último, la antesala de la traición. La guitarra de Daniel Fichelscher asciende como el humo de leña, rebuscado y sorprendente, ya estamos en el groove de "Morgengruss II", apenas una chispa al principio, después se anticipa el ambient, la world-music, es tan grande y además su atmósfera es de ensueño, idealmente melancólica. Fricke vuelve a ese tono sombrío, de ira anticipada, en la siguiente pieza, "Aguirre II", su teclado narra el horror del agua, interminable el Marañón, el río, inabarcable su líquida paciencia, el Amazonas. Fichelscher boga con sus guitarras, navegan hacia una traición atlántica, descomunal, a veces inabarcable en su propia dimensión. "Agnus Dei" posee un karma étnico demoledor, bellísimo el entorno que crean Fricke y Fichelscher, destaca la percusión de este último. "Vergegenwärtigung", la pieza más extensa, epitomiza la aleación literaria y cinematográfica del disco, también el conocimiento del libro sagrado. El tímbre intermedio de Fricke siempre está por hacer, de frente su luz, su sombra detrás, invariablemente rutinario para mantener la estructura rítmica, pero siempre abierto, liberado, aceptando su rol de fortaleza a punto de derruirse. Me recuerda su atmósfera los momentos más tensos de la película, cuando los gritos de las aves son lanzados junto al viento, cuando las flechas untadas con el curare de la locura silban por encima de la última embarcación , cuando el silencio de tan atronador absorbía el escenario central del río. Los pocos supervivientes que quedaban estancados por la amenazadora belleza de las orillas, iban muriendo, uno a uno, salvo Lope de Aguirre. El bonus "Aguirre III" persigue la continuidad emocional de sus dos primeros títulos hermanos. La idea de la fluidez en la Naturaleza queda reflejada como en pocos artistas y bandas he visto antes.

Es esta renovación en la dirección de Popol Vuh -auspiciada por un Florian Fricke nuevamente motivado por la enseñanza quiché-, buscando su consolidación como banda, la que se concretará en las sucesivas composiciones que crearán para las películas de Werner Herzog. Digo, y les aseguro que traerá consecuencias, que hará bien el que se enfrente a este disco en saludar de mi parte a Lope de Aguirre, soldado de Oñate (homenajeado por algunos paisanos de su pueblo como el primer gudari euskaldun, proto-bolivariano), devoto de San Miguel Arcángel, espada de Dios, traidor ("que para el Rey quedará la gloria de nuestras hazañas, y para nosotros solo el olvido y la muerte"), desquiciado peregrino en un nuevo mundo alocado, violento. La visión panorámica de las obras literarias que generan el escenario (desde el mismo libro sagrado hasta los textos de Ramón J. Sender y el posterior del venezolano Miguel Otero Silva), así como la contemplación alucinada de la magnífica película de Werner Herzog, otorgan al cliente de tardes bicéfalas razón de arrobo y contento.




A la memoria de Carlos Folache.