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30 sept. 2019

54 MILLONES DE VACAS



THE DREAM SYNDICATE               "HOW DID I FIND MYSELF HERE?
Terminó el borrador pasada la medianoche, dos días después del plazo previsto para la entrega definitiva. Aun le quedaba una jornada más para las correcciones finales, le sabía fatal, a pedo de coliflor, era más partidario de dejar los bocetos iniciales tal y como quedaran, el texto resultante le parecía así más auténtico, más de cámara instamatic. El último día del mes, un lunes de esos en los que ni empieza ni termina nada interesante, presentó al editor el artículo. Sabía que una mala recepción sería inevitable. ¿Cómo lo vas a titular...? Contestó con una seguridad que no dejó de sorprenderle: 54 millones de vacas...¿Estás quedándote conmigo...? Bueno, verás, hace un par de días estaba por Lavapiés tomando unas Modelos Negras con un porteño y me comentó que por allí hay un debate muy interesante sobre la enorme cantidad de metano que emiten los eructos de la cabaña bovina, un 20% de las emisiones totales de efecto invernadero, ya sabes,... El editor, una birria de tío (le recordó al actual alcalde): no tienes huevos...; se miraron como el sol y la luna a la misma hora del aperitivo.

El tipo ese del que os hablaba se empeñó en escribir una tarde de sábado, casi ya a la desesperada, el tiempo se le acababa. Tenía preparada una agenda con distintos temas y un calendario adjunto para datar cada uno de ellos. De hecho, en ese mismo día, ya debía haber enviado el artículo al editor. Como en modo de resorte defensivo se dispuso a elucubrar una serie de excusas de las que se podría valer para justificar su retraso, todas ellas basadas en hechos ciertos, eso si, pero según mi opinión (así se lo hice saber), sin la suficiente enjundia como para acreditar su flagrante demora. Además estaba lo del maldito calor, había vuelto con mayor virulencia, el cabrón, no daba tregua. Le habían antecedido unos días de bendita lluvia y ahora le daba por recordar la reciente noche en que se cubrió la cabeza con una caja de frutas de la huerta mediterránea. Arreciaba la tormenta mientras se dirigía al concierto de The Cynics y no tuvo mejor idea que guarecerse con lo primero que encontró a mano. El hueco de las asas de una mediana caja de cartón le sirvieron de mirilla mientras intentaba guiarse por unas calles llenas de gente y charcos de agua. A algunos de los transeúntes les debió parecer chocante ver caminar a un tipo guarecido bajo un recipiente que anunciaba pimientos o pepinos murcianos. El concierto de The Cynics según él estuvo de 10 para arriba.

Bueno, el caso es que ya tenía comenzado un texto alimentado con las notas de una abortada sesión nocturna efectuada a últimos de Julio. Los participantes fueron The Clash, Green On Red, The Beat Happening, The Byrds, Moose y los Beatles como artistas invitados. Repasó los tres y pico párrafos del borrador y apenas encontró algo que le sirviera; además fue una noche de esas tontas, demasiadas expectativas que apenas concluyeron en dos o tres frases medio ocurrentes. Vayamos a otra cosa, se dijo resignado. ¡Maldita sea!, tuve tiempo de sobra para disponer del texto en la fecha acordada, ¿de qué le valía quejarse ahora sino para confirmar su maldita falta de previsión?. Debía intentarlo de todas formas, no le quedaba otra. Vamos a ver, ¿y si le hablo del tiempo que me llevó la preparación de un texto para la presentación del libro de un amigo, de las gestiones transcurridas mientras negociaba en el banco la financiación para la compra de una bicicleta eléctrica, o del guión que preparé para una emisión radiofónica de otro compadre aficionado al blogueo....? Mejor ni mencionar la tremenda resaca que le dejó todo un día tirado, sin apenas capacidad de reacción tras una magnífica sesión nocturna en la que Iggy Pop, City Kids, Mega City Four, The Edsel Auctioneer y My Bloody Valentine brillaron con luz propia hasta las 6 de la madrugada.

Como quien no quiere la cosa ahí encontró la inspiración, el filón que buscaba. Hablar de la banda protagonista del programa de radio al que había sido invitado la víspera. Centrarse en algo muy cercano en el tiempo, dejar de lado las notas y los recuerdos dispersos de una calurosa noche de Julio. Pensó incluso en darle a la narración un tono más jocoso, algo gamberro, sin duda influido por la reciente lectura de "Los Asquerosos" de Santiago Lorenzo, un escritor y una obra que le había sido recomendada por su librero no hacía mucho. Eso ya sería más difícil, dedujo, conseguirlo en un narrador más acostumbrado a expresarse en un estilo de cierta seriedad formal. Haré lo posible por insertar pinceladas más volátiles, como si acaso no me costara demasiado esfuerzo añadir alguna que otra gracia entre línea y línea, procurando crear una atmósfera donde el bostezo no tuviera cabida y, si así ocurriera, que lo fuera en el último momento de la lectura. Tuvo la buena idea de rodearse de una buena banda sonora mientras escribía, artistas de estilos más desperdigados, folk-rock californiano, groove africano francófono, high-energy australiano, blues electrificado con influencias soul, electrónica casera y soft-rock inglés de los años 70.

Una vez más admitió el efecto benéfico que las publicaciones musicales hicieron por su educación musical. En este caso concreto, recordó cómo la revista Ruta 66 le puso por primera vez en contacto con la banda californiana The Dream Syndicate. Corrían los años 83-84 del siglo pasado y el denominado Nuevo Rock Americano hacía por entonces acto de presencia. Cuantos magníficos momentos escuchando los primeros trabajos de R.E.M., de Rain Parade, de Green On Red, Rank and File, Game Theory, The Long Ryders, The Leaving Trains, Thin White Rope. Entre todos ellos reconoció a The Dream Syndicate como uno de sus preferidos. Aquel verano de 1984 paladeando el perfume de su "The Days of Wine and Roses" (Slash Rcds, 1982), las guitarras con ese feedback tan deudor de The Velvet Underground, la portada con una influencia que le pareció de Mondrian, las fotografías del reverso, Steve Wynn, en plan James Dean, la de ella, Kendra Smith, la bajista, con esa mirada pícara a la moda, Karl Precoda, tan parecido al piloto francés de F1 François Cevert, la de Dennis Duck, el batería, con su cara redonda, pelo corto y ojos de frenopático. El anagrama del sello Nuevos Medios, tan decisivo para dar entonces a conocer los trabajos de bandas y artistas incluidos en su Catálogo de ese mismo año, New Order, Cabaret Voltaire, Durutti Column, Pat Metheny, Scritti Politti. Aquellos eran tiempos en los que aun perduraba la posibilidad del deslumbramiento.

Así que se puso a la faena, desechando desde el primer instante dirigirse al lector ya conocedor del grupo y de su historia, para ello no haría falta rellenar ningún párrafo, lo saben todo. Comenzamos entonces. The Dream Syndicate, banda californiana abanderada del sonido conocido como Paisley Underground, una mezcla de psicodelia, garaje, punk..., Steve Wynn, su líder, en numerosas entrevistas mencionaba sus grupos preferidos desde el inicio de su carrera en Denis: Velvet Underground, Stooges, Neu!, Modern Lovers, Gun Club, segunda fila. En sus primeras obras, "The Days of Wine and Roses" y "Medicine Show" (A&M Rcds, 1984), el feedback nutre las capas de guitarras de Wynn y Karl Precoda, en el primer Lp de una forma más velvetiana, en el segundo (sin olvidar la influencia de los de Nueva York), las aristas tienen un toque más Crazy Horse. Hay mucha distorsión en el primero, más rock de alambique en el segundo. Sus siguientes trabajos no los controlaba, había escuchado poca cosa. Alguna publicación hablaba de la deriva más pop de la banda hasta su ruptura en 1988. Siguió, eso sí, a Steve Wynn en alguna de sus posteriores obras en solitario, en concreto en su "Weasel" (Brake Out Rcds, 1995) ya en Gutterball, una formación en la que coincide con Stephen McCarthy de The Long Ryders y que suena mucho a eso, a Steve Wynn.

En Septiembre de 2012 la banda es invitada al Festival BAM de Barcelona, le siguen tres conciertos más en Madrid, Valencia y Bilbao, celebraban el 30 aniversario de la publicación del "The Days of Wine and Roses". El éxito fue total. Dos años más tarde repiten gira para celebrar la misma década de su "Medicine Show", allí acudió a la sala Moby Dick de Madrid para verles. Recuerda su grito, a pie de escenario: "We Love You...", y la respuesta de Wynn: "ese mismo sentimiento lo tenemos nosotros para todos los que estáis aquí esta noche..." El flechazo de la afición española con la banda permanece incólume. Los miembros de la formación entonces, además de los originales Wynn y Dennis Duck (batería), son Jason Victor a la guitarra y Mark Walton al bajo. Steve reconoce que sus últimas actuaciones en directo son de las mejores que han hecho nunca, le devuelve a aquellos primeros años en los clubes de Los Ángeles en los que eran considerados como una de las grandes sensaciones de la escena. Enardecido por ese sentimiento decide grabar un nuevo álbum en 2017, treinta y cinco años después de su primer trabajo. Produce al alimón con Chris Cacavas, teclado de los legendarios Green On Red. El ambiente durante la grabación es fulgurante, todos a una reconocen la oportunidad como única, les mueve el deseo de retomar el espíritu y la pasión de aquellos años lejanos.

El disco tiene una pinta física extraña, una portada negra, las letras que lo anuncian conforman un rectángulo de colores extendido en la parte inferior derecha, justo la antítesis estética de su primer trabajo, el vinilo de un color baby blue subido de tono. Pero el espíritu que sale de sus surcos es básicamente muy similar a los de antaño. Frente al feedback de "The Days of Wine and Roses", el muro de sonido de "How Did I Find Myself Here?". Todos los temas de la cara A, "Filter Me Through You", "Glide", "Out Of My Head", "80 West" y "Like Mary", parten de la misma estructura de entonces, una breve introducción, muy potente, originada desde la guitarra de Jason Victor o desde el bajo de Mark Walton, para dar a continuación entrada a sucesivas capas de sonido que podrían recordar un evolucionado muro spectoriano. Hay transfondo psicodélico, la voz de Steve Wynn se extiende como el barniz por la madera, a veces suena a Iggy Pop. Los arreglos de producción se asemejan al ruido oxidado de una gigantesca nave espacial, sin rumbo fijo, deambulando perdida por un firmamento probablemente conectado con algún cementerio de desguaces cósmicos.

"The Circle", el comienzo de la cara B, parte de la misma idea, intro a toda pastilla, hay aquí hasta algún desmadre punkarra, de aquellos movimientos compulsivos de cabeza y perilla puntiaguda; el muro de sonido persiste, más desesperado, más al límite, coincidiendo con el pitillo del condenado al paredón, los riffs de guitarra de Jason Victor parecen encajar con los estertores de una radio perdida. En "How Did I Find Myself Here?" alguien intenta reparar la emisora, los punteos al teclado de Chris Cacavas retransmiten las primeras señales provenientes de un receptor desconocido, la voz de Steve Wynn calma a un oyente al borde de zamparse de golpe los friskies preparados para el gato. La atmósfera instrumental que va creando el tema suena a unos The Doors revisitados por una banda en total estado de gracia. El desenlace recuerda los loops desbarrados de las cintas magnéticas, fuera ya de garantía. "Kendra ´s Dream", un tema en el que Steve Wynn reconoció no encontrar inicialmente su punto vocal, le sirve para dar entrada como intérprete a la primera bajista original Kendra Smith. El ambiente puede que sea "motorik" de Düsseldorf, la voz de Kendra queda aparentemente diluida en un pequeño mantra de sílabas industriales, el susurro de su canto construye sin esfuerzo aparente todo un termitero de sensaciones.




14 sept. 2019

EL ROCK Y LAS CIUDADES X: MUSCLE SHOALS



BOB DYLAN                                "SLOW TRAIN COMING"
Llevaba varias semanas cavilando sobre la conveniencia de mi salida de la ciudad sin llegar a concretar ningún plan definitivo, la idea iba conformándose fragmentariamente, como las migas de pan después de una comida, aun desperdigadas alrededor de la mesa, formando una geografía de archipiélagos caprichosos. El hecho innegable era que necesitaba cambiar de aires, alejarme de un ambiente que me acercaba a un punto de no retorno. Atisbaba claramente el peligro de permanecer por más tiempo en una ciudad que me exigía un alto precio a pagar, la continuada falta de consciencia se había convertido en un comodín que rara vez se presentaba en la mesa de juego. No me ayudaba. Había decidido también abandonar a mi compañero de viaje, su comportamiento era aun más grotesco. Aunque lo planteara como una situación temporal, nuestro alejamiento formaba parte de un objetivo a más largo plazo, pretendía convertirse en una necesaria fuerza purificadora.

Así que una mañana decidí extender el mapa en la mesa del comedor de Marigny, los diferentes destinos se presentaban ante mí con la misma incertidumbre de un puzle a punto de iniciarse. Observé las agujas de mi reloj de pulsera, el minutero marcaba la mitad del camino entre las cinco y las diez, de manera que desplegué la regla hacia cualquier punto coincidente. Muscle Shoals apareció al final de la escala numérica. La perspectiva de visitar los míticos estudios de grabación de FAME o el de Muscle Shoals Sound Studios, donde tan grandes estrellas del soul y el rock habían grabado, se presentó de inmediato. Barajé incluso la posibilidad de desviarme a mitad de camino, en Meridian, desde allí podría atravesar parte del estado de Misisipí para entrar en Alabama y recalar en Montgomery para subir después hasta Birmingham. Los siguientes momentos me vieron emocionado recopilando información sobre los artistas originarios de ambas ciudades: Hank Williams, Nat King Cole, Wilson Pickett, Emmylou Harris, Sun Ra, The Temptations, Dan Penn... Y desde Birmingham por la estatal 157 llegar hasta los alrededores de Muscle Shoals, en Sheffield y Florence, allí me esperarían Arthur Alexander, Sam Phillips y Rick Hall, creadores estos últimos de la Sun Records y de los estudios FAME. Solo quedaba elegir el disco, el verdadero motor de tan extravagante viaje.

Decidí prescindir del Edsel Corvair y viajar en tren, de modo que bajé hasta la Union Central de Loyola Avenue para comprar mi billete por 36 dólares. Aproveché después para acercarme a Matairie y recitar una poesía de Bousoño ante la tumba de Gram Parsons..."Aquí estás camino de siempre / hacia delante, rota / la aspiración rosada..." Comí sin apetito un sandwich de pepinos en Toledano Street mientras contemplaba el mural del artista MTO en el que Dr. John aparece en toda su gloria de The Night Tripper. Me despedí de él. De vuelta en Marigny me vi forzado a hacerle la colada a la casera por última vez, cansado, recogí mi cuarto lo mejor que pude, resolví llevar el menor equipaje posible, dos o tres libros de Baroja, Vonnegut y unos relatos cortos de Cortázar, además de una desgastada baraja de cartas francesa. Me observé detenidamente en el espejo del baño antes de acostarme, mi cara tenía una expresión demasiado pálida, una mano invisible extendía todos sus dedos arañándola suavemente, del fondo de la calavera surgía una mueca de desconcierto.

Debo aclarar que no buscaba en este viaje ninguna recuperación, de sobra sabía que cualquier síntoma de mejoría física me llevaría de nuevo al fondo del abismo, haciéndome caer otra vez en la profundidad de una adicción que no me causaba más que problemas. La experiencia no me servía de nada. La fatiga que desde hacía algún tiempo venía padeciendo mantenía mis músculos en una suerte de suspensión hidroneumática, acrecentaba la sensación de hipotermia ingiriendo cortos y constantes sorbos de limonada helada. Buscaba, eso sí, un estado de hibernación mental, pensando que de ese modo podría luchar mejor contra la tendencia a un llanto que me rompía en mil pedazos (con muchos mocos al final). Necesitaba experimentar una renovación anímica, el flujo de un espíritu reconstruido en base a un nuevo proceso auto-analítico, mudar de la piel de serpiente para convertirme en una bola de algodón.

Medité sin rumbo fijo durante gran parte del trayecto en tren desde NOLA hasta Meridian. Allí, en una oficina cercana a la estación de destino, alquilé un Hyundai Sonata y me dispuse a iniciar el resto del viaje hasta Muscle Shoals, atravesando en cuña una buena parte del estado de Alabama. Antes de llegar a la frontera, el paisaje en el lado de Misisipí abunda en tierras bajas, planicies que emiten un aliento verde y caliente sucediéndose entre turbas y edificios de sedimentos de polvo amarillento, el lento flujo del agua que aparecía entre colinas de pequeña altura regalaba una cómoda parálisis a mis ojos soñolientos. Desde Meridian a Montgomery, ya al volante, apenas existen medianos núcleos urbanos, la planicie se sucede entre prolongados bancos de lirios anaranjados hasta que, tomando la 157 en dirección a Birmingham, aparecen las primeras extensiones de bosques de pinos. Esa es la escena que predomina hasta llegar al tridente formado por Decatur, Huntsville y Muscle Shoals. Allí las estribaciones de la cadena de los Apalaches ya empieza a descender hacia los grandes conglomerados del río Tennessee, el agua parece fluir sin aparente control, arroyos, lagos, cascadas, corrientes naturales y pantanos marcan la divisoria de una malla que recoge y transforma la música que navega desde Memphis y Nashville.

A esas alturas del viaje ya tenía decidida la banda sonora, el "Slow Train Coming" (Columbia Rcds, 1979) de Bob Dylan. Grabado entre el 30 de Abril y el 11 de Mayo de 1979 en los Muscle Shoals Sound Studios de la 3614 de Jackson Highway en Sheffield, una de las poblaciones que junto a Florence conforman la más norteña conurbación del estado, fue publicado en Agosto de ese año y para muchos críticos supone la revitalización de una artista que, desde su "Desire" (Columbia Rcds, 1975), parecía no levantar cabeza. Producido por Jerry Wexler y Barry Beckett, el primero, gran campeón de las míticas sesiones de los últimos años 60 para el sello Atlantic con Aretha Franklin, Wilson Pickett, Percy Sledge y Dusty Springfield, el segundo, miembro de la célebre Muscle Shoals Rythm Section. Este mismo Beckett es con sus teclados uno de los componentes de la banda de acompañamiento, le siguen Mark Knopfler a la guitarra y Pick Whiters a la batería, Tim Drummond al bajo, a los vientos la Muscle Shoals Horns y en los coros, Carolyn Dennis, Helena Springs y Regina Havis.


"Slow Train Coming" es una obra en la que presientes que algo especial va a suceder. Los primeros cuatro cortes de la cara A suenan a góspel made in Dire Straits, el oyente queda gratamente sorprendido por el dócil galope que fluye desde la prodigiosa guitarra de Knopfler hasta los teclados de Beckett. La base rítmica de Drummond y Whiters otorga al sonido un aroma de cocina de Dia de Acción de Gracias. "Gotta Serve Somebody", "Precious Angel" y "I Believe In You" añaden además la voz de un Dylan convincente, totalmente entregado a la causa, los coros, subyugantes, añoran el calor de los abrazos femeninos. El gran tema que cierra la cara, "Slow Train Coming", es un prodigio construido con almohada de plumas y placenta; el sonido, pura magia de la mejor atmósfera Muscle Shoals, mece las neuronas del oyente hacia territorios cercanos a los frescos de cualquier capilla medieval.

La cara B muestra el mejor ciclo cardiaco dylaniano de la época; los temas más roqueros "Gonna Change My Way Of Thinking" y "When You Gonna Wake Up", coinciden con la contracción sanguínea, la fuerza de los arreglos de la Muscle Shoals Horns los potencian; "Do Right To Me Baby (Do Unto Others)" y "When He Returns" se ajustan a la relajación del órgano, los teclados de Beckett y del propio Dylan merecen subrayarse, alcanzan cimas que pujan con las del incienso de las catedrales. "Man Gave Names To All The Animals", el que fue tema más radiado del disco, es un ejercicio que siempre me ha apetecido calificar de catequesis infantil, la exclusión final del nombre del reptil otorga al tema una gracia añadida. De nuevo la persuasiva voz de Dylan, los coros femeninos (en esta cara menos presentes), los arreglos de la producción huelen a sitial de caoba, todo parece anunciar la segunda y definitiva llegada del Mesías.

"Slow Train Coming" es uno de los discos con más rica intrahistoria en la discografía de Dylan. Se supone que gran parte de los aficionados están al tanto los antecedentes de la grabación que inicia el período cristiano (1979-1981) del artista norteamericano; aquella cruz de metal arrojada al escenario en un concierto en San Diego (un acontecimiento tan controvertido como el accidente motociclista unos años antes), sus declaraciones sobre una aparición divina en un hotel de Tucson. En los últimos años 70 California era un hervidero de sectas. Afortunadamente Dylan no cayó en la del Templo del Pueblo, la de aquel Jim Jones que obligó a más de 400 seguidores al suicidio colectivo en Noviembre de 1978 en una granja de la Guayana; la congregación de Dylan, recomendada por el guitarrista T-Bone Burnett y varias de las por entonces asiduas compañeras del artista, era conocida como la Vineyard Fellowship, una secta evangélica neopentecostal que, a su vez, le permite introducirse en la obra del predicador Hal Lindsey, ("el hombre al que Dios, en su infinita sabiduría, había revelado el verdadero código del Libro del Apocalipsis"). Influido por este visionario, Dylan solía dirigirse, entre canción y canción, a los asistentes de los posteriores conciertos de presentación del disco para trasladarles la buena nueva ("la decisiva batalla de Armagedón acontecerá durante la próxima década de los 80"). En ellos da a entender que el conflicto árabe-israelí de entonces sería la chispa que provocaría la debacle final. Sea como fuere, y ajeno a la fuerte controversia que "Slow Train Coming" generó entre sus seguidores, esta obra de Dylan puede ser considerada como uno de los trabajos más singulares y bellos de su amplia y fructífera carrera musical.

Jimmy Johnson, guitarrista tránsfuga de FAME y fundador junto a Roger Hawkins, Barry Beckett y David Hood del Muscle Shoals Sound Studios (además de músico de sesión de grandes grabaciones de Franklin, Pickett y Sledge con su banda The Swampers) había fallecido 6 días antes de mi llegada a la ciudad, así que decidí acercarme a Florence para homenajearle. Pagué los 10 dólares de la visita guiada y adquirí el "Muscle Shoals Small Town Big Sound", único vinilo disponible en la tienda de los estudios. Volví al motel, llené la tina de agua fría y me introduje en ella embozado en una toalla de baño. A los 7 minutos y medio me levanté entre convulsiones moradas. Salí a la terraza cubierto con un albornoz, del cercano río llegaba un olor fecal, de planta residual. Observé la luna, grande y blanca, parecía una bola de algodón a punto de romperse.



A Rick.