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10 sept. 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XIV: NASHVILLE, 2ª PARTE.



JUSTIN TOWNES EARLE. "THE SAINT OF LOST CAUSES"
Estaba hecho un auténtico adefesio, así que decidí aprovechar la tarde y pasar a limpio algunas notas arrinconadas en mi teléfono móvil, mientras lo hago suena "Time Is Never On Our Side" de Steve Earle & The Dukes ("Ghosts of West Virginia", New*West Rcds, 2020). Queda suspendida en el ambiente una sensación de tierras baldías, de tiempo perdido, waste lands, wasted times, una suerte del "April is the Cruelest Month..." de T. E. Eliot revisitado, pero no, no funciona del todo así, declaro llanamente que buscaba a tientas la botella de verdejo de Ramón Bilbao. "The mornin´ that the world began / God reached out and closed His hand / And when it opened up again / A moment vanished in the wind". Amanecí poco después de que pasara el camión de la basura, era aun noche cerrada cuando abrí el libro por la página 176, hablaba allí de las enormes pérdidas al naipe del rey Felipe III. La decisión de regresar a Nashville se presentó inesperadamente frente al espejo del cuarto de baño, ¿ocurrió antes de quedarme colgado frente a un tubo de pasta dentrífica?. La fotografía del inset del "No More Heroes" de The Stranglers (United Artists, 1979) muestra a la banda sobre un escenario de cloroformo mentolado, Hugh Cornwell y Jean-Jacques Burnell señalan con el compás de sus piernas abiertas el extraño significado de la masonería inglesa, la base rítmica (tan celebrada en este grupo) galopa en "I Feel Like A Wog", así es como observo el mundo hoy: "I feel like a wog / Got all the dirt shitty jobs".

Viajo a Nashville desde Chicago por 41 dólares, "hey Joe, a dead ringer!", los aun pocos transeúntes me contemplan bostezar desde las ventanas del Greyhound. Voy con la intención de organizar un Second Line en homenaje a JTE. Si, ahora lo puedo decir sin rubor, aun me emociona recordar aquellas galopadas de mi hija Marta por las suaves colinas de Hampstead Heath, volaba como la cometa de cien colores que todavía resguardo entre los pliegues rojizos de la vena disecada. Mientras me recreo en ese pensamiento, la Interestatal 65-S extendía su leve manto sobre un cuerpo dispuesto a dormitar las 9 horas del trayecto.

Hablaba antes de las notas medio olvidadas en mi teléfono móvil, un confuso maremagnum de ideas dispersas que igual mencionan frases sueltas de lecturas recientes, datos estadísticos de los playoffs de la NBA o bosquejos sobre futuras entradas en el blog. Cualquier comentario podría valer, desde los apuntes tomados sobre un libro de fotografías de Dennis Hopper ("Photographs, 1961-1967", Taschen 2018) hasta las hojas cuidadosamente dobladas del número de septiembre de Mojo, una nueva vuelta de tuerca sobre un Bowie ya eterno. El disco del mes en esa publicación inglesa lo dedican a Fontaines D.C., un combo al que estoy seguro me unen innumerables pintas de Guinness; en su última obra "A Hero´s Death" (Partisan Rcds, 2020), Carlos O´Connell, uno de sus miembros, se presenta voluntario, lo hace como el músico que pretendió unir Madrid (donde nació) con el Dublín del escritor irlandés Brendan Behan, un hobo que trabajaba disciplinadamente desde las 7 de la mañana hasta las 12 en punto, hora en que abrían los pubs de la ciudad.

Estaba diciembre de 2007 casi vencido cuando celebré los 50 años de la publicación del "On The Road" (Penguin Books, 1973) de Jack Kerouac; conduje por la N-IV camino de Cádiz, sin apenas dinero, son aquellas últimas luces de un motel de carretera en Manzanares las que aun brillan esta noche, mientras bordeábamos Indianápolis, en el cuarto de baño del motel aun se reconocía el fuerte olor de lejía, las huellas de mosquitos aplastados contra las paredes de la habitación aun mantenían sus cicatrices. Confieso que se trataba entonces de una huida con billete de ida y vuelta. Aquel viaje fue totalmente opuesto al de hoy, me muevo por una América en la que el supuesto mensaje anti-patriótico del "Monster" de Steppenwolf (Stateside Rcds, 1969): "the police force is watching the people / and the people just can´t understand", sigue teniendo vigencia.

Mientras la banda de John Kay se diluye entre un magma de teclados y latidos del añorado be-bop, a mitad de camino entre Louisville y Nashville, el Greyhound entra en la Rest Area de Munfordville; pago con tarjeta en el Woody´s Lounge para comer unos tacos de pollo al curry, las casas y edificios de los alrededores muestran profusión de banderas americanas. Peer Gynt afirmaba que cantar es entrar en nosotros mismos, así que el ro-ro-ro de los auriculares sigue hablando por mí. Entran en escena The Gun Club ("Miami", Sympathy for the Record Industry, 1982) y el pasillo del autobús se queda repentinamente estrecho. A golpe de run through the jungle, Jeffrey Lee Pierce aúlla emulando a un Elvis Presley remezclado en la hormigonera de los Million Dollar Quartet. Alguien parecido a Johnny Cash lanza al aire una cáscara de plátano, intento esquivarlo con cuidado, evitando el doloroso click de la nuca girando hacia la izquierda. Ya entramos en Nashville, me apeo en el 706 de Church Street, justo enfrente del conocido Highway 65 Records, un pitbull blanco me mira amenazador desde el zaguán del local.

Nashville apenas ha cambiado desde nuestro último viaje en marzo de 2018, cuando homenajeábamos a The Byrds y su "Sweet Heart of The Rodeo". Visitamos entonces los Columbia Studios, el Ryman Auditorium y el Country Music Hall of Fame, así que decido no acercarme de nuevo por esos lugares. Pido habitación en el mismo hotel de entonces, el Indigo Nashville de Union St., desde mi habitación en el piso 13 saludo a la vieja serpiente verdosa del Cumberland River. Decido volver a Church St. para dirigirme al meollo musical de la ciudad, el famoso Music Row. Atraído por el nombre entro en un local cercano, el Barcelona Wine Bar, pido unos champiñones a la plancha y unas patatas bravas, las copas de vino están por las nubes de modo que me conformo con una sangría bien fría. Por 25 dólares diría que he comido bastante bien, felicito a la camarera que me atendió, una estudiante nicaragüense con ojos de gata a la que intento impresionar con mi acento claramente castellano. Bajo después caminando por la 17th Avenue South y bordeo la Belmont Mansion para llegar al 3100 del Belmont Blvd., en tal lugar, en los famosos Sound Emporium Studios, grabó JTE en abril de 2019 su última obra, este "The Saint Of Lost Causes".

Si el "Harlem River Blues" es un disco que tiene a Nueva York como escenario principal, es la ciudad natal de JTE la que representa el protagonismo urbano en esta ocasión. Pero es un protagonismo compartido, Nashville se refleja en los textos del "The Saint Of Lost Causes" para extenderse hacia otras latitudes, Los Ángeles, Memphis, Flint City, Alameda, Cincinnati, Morgantown, Nueva York, Nueva Orleans, Wilmington. Los paisajes de la América metropolitana y rural, las autopistas, las vías férreas, los ríos navegables, las áreas de servicio, los caminos polvorientos se ofrecen a la visión del espectador enmarcados en una naturaleza exterior, a veces rica y variada, inmensas planicies, bellas tormentas en dirección suroeste, otras envenenada por la contaminación ambiental y la crudeza humana del entorno observado por el propio autor. Y entre toda esta escenografía cambiante, la música de "The Saint Of Lost Causes" propicia su escucha desde dentro, como si un poderoso pálpito arrullara al oyente, meciéndole en una visión cosmogónica de ojos rasgados. Es en ese ambiente donde la lírica, algunas veces pareciera autobiográfica, muestra al oyente los fantasmas del autor, sus frustadas relaciones familiares, sus adicciones, la innata soledad del ser humano, la codicia de la clase política, la maldad implícita de los hombres de negocios, la injusticia. El mismo título del disco, en definitiva, no deja de ser una apuesta por la redención, un envite que quedó definitivamente malogrado el pasado 20 de agosto.

No hablaré de "The Saint Of Lost Causes" sin mencionar antes a Chris Isaak (una clara referencia de estilo en buena parte del disco), el inicio de este primer tema homónimo cautivará a los seguidores del autor de "Silvertone" (Warner Bros. Rcds, 1985); en "Ain´t Got No Money" predomina un crudo stomper de barrelhouse amenizado por una armónica que ensancha su cadencia. "Mornings In Memphis" sigue por el sendero de Chris Isaak, bien entendido que la voz de JTE es claramente inferior en alcance melódico. Cierra la primera cara "Don´t Drink The Water", un corrido bluesero de impecable ejecución rítmica. Abre la segunda cara "Frightened By The Sound", la herencia isaakiana permanece aquí de nuevo, aderezada con un toque a lo Orbison, para dar entrada a uno de los momentos álgidos del disco, "Flint City Shake It", un blues saltarín amenizado por un endiablado estallido rockabilly, los coros consiguen que la estructura llamada-respuesta alcance magníficas cotas melódicas. "Over Alameda" marca el ecuador de la obra. El pedal-steel adquiere si cabe mayor protagonismo, los teclados refuerzan su tonalidad melancólica.

"Pacific Northwestern Blues" es otro de los momentos estelares, un swing definitivo, escuela Commander Cody, trota entre carriles de espuma hawaiana. En "Appalachian Nightmare" JTE renueva el country-folk de Woody Guthrie y Merle Haggard, el desarrollo de la canción se acomoda perfectamente con la secuencia cinematográfica de un texto claramente outlaw. En "Say Baby" (otro de los ochomiles de este disco) el blues primario de Son House brilla con luz propia, la armónica recoge el legado del "King Biscuit Time" de Sonny Boy Willianson, oro en polvo del mejor paisaje de Arkansas. Mr. Isaak vuelve a la palestra en "Ahi Esta Mi Nina" (sin acentos ni tilde que valga) y en el tema que cierra el disco, "Talking To Myself". En ambos el artista de Nashville se desliza por una pendiente de spoken-word (en realidad su voz, a veces demasiado plana, circunda esta atmósfera durante buena parte de la obra), orillada por luminosos efectos de pedal-steel, el americana-sound vuelve a reconvertirse en futuro de celeste bóveda.

Del anteriormente comentado "Harlem River Blues" repiten Adam Bednarik (producción y bajo eléctrico) y Paul Niehaus a la guitarra y pedal-steel. Joe V. McMahan, un guitarrista de Louisiana educado en la escuela de Dr. John, Professor Longhair y B.B. King (es además productor del último trabajo de una leyenda del Nashville-Dylan-Sound, Charlie McCoy, miembro destacado también de Area Code 615), participa llevando la batuta guitarrera durante toda la grabación. Le siguen Cory Younts, armonicista y teclados (procedente, al igual que Paul Niehaus, de los siempre recomendables Old Crow Medicine Show) y Jon Radford, a la batería y percusión (escuela Kenny Buttrey, Hal Blaine, Jim Gordon, Charlie Watts). Jon es un oriundo del estado de Tennessee, reconocido por su estilo conciso, en esta grabación sus baquetas revolotean en los platos como las avispas alrededor de las flores de lavanda. Con él he quedado en el Tootsie´s Orchid Lounge del Lower Broadway, una zona donde predominan los mejores garitos de música en directo de Nashville. Esta noche actuará con su grupo Steelism, una formación instrumental que representa lo más atrevido de la escena actual en la ciudad (la multipropuesta artística de Brian Eno, las composiciones de Ennio Morricone, la fuerza de Booker T & The MGs y The Ventures). La banda cuenta además con John Estes, antiguo bajista de unos Deer Tick de los que, poco a poco, me voy convirtiendo en ferviente seguidor.

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