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24 feb. 2015

RETORNO AL PASADO





NICOLÁS SARTORIUS & ALBERTO SABIO         "EL FINAL DE LA DICTADURA"
He sido muchas veces más proclive a pensar que la muerte del dictador Franco en la cama hospitalaria de La Paz fue más un fracaso que otra cosa. Fracaso en cuanto devastó a sus defensores, activos y pasivos (que los hubo, y lamentablemente en número no pequeño), tanto como frustró a sus detractores más activos (los militantes antifranquistas de primera línea). Los primeros quisieron que su muerte no sucediera nunca o, al menos si ocurriera, que su régimen y legado perdurara por los siglos de los siglos. Los segundos, además de desear que su defunción hubiera sido ocasionada a sangre y fuego (pagando la misma moneda con la que el dictador se explayó a gusto durante 40 interminables años), por el hecho de optar por una salida que propiciara la por entonces llamada "ruptura democrática". Ni los unos ni los otros se salieron con la suya. El régimen franquista no perduró (aunque sociológicamente pervivan hoy día muchos retazos en la derecha más cerril), y la ruptura democrática no llegó a triunfar.

La lectura de "El final de la dictadura. La conquista de la democracia en España. Noviembre de 1975-Junio de 1977" de Nicolás Sartorius, abogado, periodista y político y de Alberto Sabio, profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, ha sacado del fondo de mi memoria recuerdos de acontecimientos que viví en aquellos años, mayoritariamente en buena parte de mi etapa universitaria y cuartelera (..."historias de la puta mili", como transcribiría posteriormente el genial dibujante Ivá desde El Jueves). También sobre todo, ha contribuido poderosamente para dibujar con perfiles más nítidos una realidad a la que yo entonces concedía una importancia secundaria. Realidad, la de la lucha antifranquista y compromiso político de esos días que, para un joven de 22 años en aquellos momentos, no era ni de lejos tan atractiva como la que suponía el conocimiento a profundis de los estilos musicales del rhythm & blues británico, los ecos que amparaban las paredes de los Fillmore americanos, el jazz de Monk y Roland Kirk o los primeros conciertos de grupos españoles cobijados en el sello Chapa Records. 

Esa pintura, más transparente de la realidad social y política del país de entonces, vista por mí desde la barrera (según confieso en el párrafo anterior), es la que han conseguido retratar Sartorius y Sabio en su excelente y completo trabajo de investigación. Operación que queda enmarcada en un esqueleto narrativo que abarca tanto las movilizaciones socio-políticas y la consiguiente represión del régimen (Capítulos II y III), como las grietas y divisiones del tardo-franquismo y la dimensión internacional de la Transición (Capítulos IV y V), para terminar en su Capítulo VI final con breves y sustantivas referencias a la situación entonces de Cataluña y Euskadi, además de culminar con los más sustanciosos datos relativos a la definitiva negociación entre Gobierno y oposición.

Como buen sindicalista (fue fundador de CCOO) Sartorius arrima bien el ascua a su sardina y, sin ningún demérito, demuestra cómo la lucha obrera fue fundamental para la conquista de la democracia. Lucha que, gracias a la estrategia de entrismo del sindicato clandestino en la estructura vertical del régimen, consigue para muchos trabajadores dos cosas de singular importancia, la primera, mejoras en su situación laboral y económica, la segunda, la concienciación política de las masas a las que defiende y representa. Una vez asentada la presencia de CCOO como único interlocutor eficaz ante la autoridad laboral franquista, año 1965, ante el caso de ausencia de acuerdos favorables la organización enfrenta los paros laborales (no permitidos) o las huelgas (ilegales) a la situación de conflicto y, consecuentemente, propicia la represión del régimen. Reacción gubernamental que sirve, sin pretenderlo originalmente,  como caldo de cultivo para la reafirmación de una clase obrera que, paso a paso, va ampliando sus reivindicaciones desde lo estrictamente laboral a lo intrínsicamente político.


Se desprende entre líneas que, independientemente de reconocer su valiosa aportación, la lucha estudiantil contra el franquismo siendo muy combativa no llegara a tener tanto alcance como la lucha obrera. Los estudiantes universitarios, la gran mayoría hijos de la clase burguesa, además de en número muy inferiores al de los obreros (y, por tanto, menos aparatosa su presencia en la calle), no reivindicaban mejoras salariales sino estrictamente políticas y académicas, lo cual dejaba a muchos de ellos, no concienciados políticamente, al albur del alegre run-run de la existencia estudiantil (casi siempre grata), dejando en una minoría muy batalladora el mayor peso de las protestas. No ocurrió lo mismo con las plataformas vecinales, agrupadas en torno a las Asociaciones de Vecinos, que consecuencia de la nula o falta significativa de planificación urbana durante el aluvión de emigración interior, reivindican unos servicios públicos mínimos que en muchas grandes ciudades, sobre todo en Barcelona y Madrid, habían quedado ausentes tras los años del desarrollismo económico.

La represión del régimen, consecuencia de los conflictos socio-políticos y ciudadanos que se desarrollan fundamentalmente a partir de la segunda mitad de la década de los 60, no recae exclusivamente en los cuerpos policiales. Tanto a la Policia Nacional como a la Guardia Civil se suma la trístemente célebre Brigada Político-Social (llegó a existir también una Brigada Anti-Estupefacientes, los famosos Estupas, a los que algunos teníamos especial temor). Recuerdo aun con indignación la permanencia durante un par de cursos de los grises en la Facultad de Derecho, una de sus aulas habilitada como cuartelillo permanente, y los elementos de la Brigada, vestidos de paisano, muchos día vigilando la entrada y salida de los alumnos que asistían frecuentemente a las clases de aquellos profesores no numerarios (verdadera cantera de luchadores antifranquistas) que se distinguían como más conflictivos. Por no mencionar a los elementos incontrolados de la extrema derecha que campaban a sus anchas por el campus universitario y que, con total impunidad, echaban una manita a los profesionales de la porra y la tortura. Ejemplos de la represión de la época (1975), que acuden claramente a mi memoria, son los obreros asesinados en Vitoria por una Policía desmelenada, y los dos militantes carlistas muertos en Montejurra bajo las balas de los pistoleros de extrema derecha, además de los últimos cinco fusilamientos de septiembre de ese año. De ambos episodios, así como de la actuación del sin par Tribunal de Orden Público, da cumplida cuenta el libro de Sartorius y Sabio.

Y mientras tanto, y así también lo recoge el libro, los pilares sobre los que se sustentaba en buena medida el régimen franquista hacían algo de agua. Algunos militares, a través de la UMD (Unión de Militares Demócratas), mandos de los tres cuerpos altamente cualificados que arriesgaron su vida y su carrera por reclamar la democracia; la Iglesia, no solo con prelados más comprometidos con la causa ciudadana (Tarancón, Jubany o Añoveros), también con sacerdotes de base que ponían a disposición de obreros y vecinos sus iglesias para reuniones, encierros o actos de protesta; los jueces que, en alguna medida con el nacimiento de "Jueces para la Democracia", rompían una exclusividad de adhesiones que afianzaban palmariamente la total falta de independencia judicial. Y el dinero, ¡ah, el dinero!..., no es nada curioso comprobar, y se dan prolijos datos en el libro, cómo el gran conglomerado financiero y capitalista, las grandes familias de Madrid, Barcelona y Bilbao, multiplicaron sin tapujos sus grandes beneficios económicos al amparo de un régimen que recompensó con creces su ayuda durante la Guerra Civil, para después permitir con la autarquía (monopolios y protección fiscal) y con el posterior desarrollismo (exclusividad en las licencias de importación, altos impuestos aduaneros) su expansión bancaria e industrial, casi siempre en situación de total oligopolio. Esos no cambiaron nada.

No deja de ser interesante el papel que jugaron durante la Transición las distintas potencias internacionales. A unos Estados Unidos, ya ligados al régimen franquista desde la vista de Eisenhower en 1959, con un sibilino Kissinger que, como Secretario de Estado con Nixon y Ford, fuerza la situación para apoyar las intenciones democráticas del Rey Juan Carlos a cambio de mantener el vergonzante status quo que suponía la permanencia de las bases americanas en suelo nacional (Rota, Morón, Torrejón, Zaragoza), se suceden las reacciones de los países europeos más importantes de nuestro entorno. Los franceses, a través de su entonces Presidente Giscard d´Estaing, autoproclamándose patrono y mecenas exclusivo en Europa de la opción de reforma política de Juan Carlos. Nombrando un embajador con hilo directo, y posibilidad de despacho inmediato (e influencia) con el Palacio de La Zarzuela. Su intención, recuperar los "tradicionales lazos de amistad franco-españoles", bien inclinada la balanza hacia el lado francés, por supuesto, mientras al mismo tiempo torpedeaba cualquier atisbo de consultas sobre la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea y, para rematar, hacía oídos sordos a las solicitudes españolas para colaborar en la lucha contra el terrorismo de ETA. Los alemanes, agrupados fundamentalmente en la figura del entonces Canciller, el socialdemócrata Willy Brandt, condujeron su política hacia una ayuda sin paliativos a las intenciones de reforma democrática del nuevo régimen y, al mismo tiempo, canalizaron una importantísima y muy oportuna ayuda económica al PSOE. Los ingleses, para finalizar, pragmáticos seguidores de la política de no intervención (tan funesta para la Segunda República Española), se limitaron a oficializar su apoyo al cambio y dejaron en manos de la sociedad civil, manifiestamente encauzada a través de los Trade Union, la ayuda financiera  por medio de colectas públicas. Todos ellos, curiosamente, y en gran medida por lo que acontecía con la vecina Portugal y su Revolución de los Claveles, entonces en una clara deriva izquierdista, aconsejaron no legalizar al PCE hasta después de las primeras elecciones generales.


Culmina el libro con las secuencias relativas a la permanencia de Arias Navarro en el poder durante el primer gobierno de la monarquía. Continúa con un detallado seguimiento de las grandes movilizaciones obreras, estudiantiles y ciudadanas que se suceden en el país en los primeros meses de 1976 (solo en el primer trimestre de ese año se declararon 17.000 huelgas en toda la geografía nacional). Se pormenorizan los acontecimientos que llevaron a la caída de Arias en marzo de 1977 y a la aparición de la figura de Adolfo Suárez, la creación de su nuevo gobierno y, como puntos de interés, las distintas leyes de reforma que dieron pie a la creación del nuevo régimen democrático. La cumbre del relato se sucede con la legalización del PCE en abril de ese mismo año (a servidor le cogió tal acontecimiento en un cuartel de Logroño, buena papeleta) y, según sus autores, el antecedente claro que convence a Suárez de realizar tal movimiento, una vez que asiste al ejemplar comportamiento de los comunistas tras el asesinato de los 4 abogados laboralistas en la calle de Atocha en Madrid.

Las menciones a Cataluña y Euskadi son breves pero enjundiosas. La operación Tarradellas, habilmente manejada desde el Palacio de La Moncloa, para deshilvanar un nacionalismo catalán que podría, a la larga, crear problemas de estabilidad política. En Euskadi, ante la imposibilidad de plantear una operación similar a Cataluña (no se podía negociar con un gobierno vasco en el exilio y no reconocido), se optó por convencer a los representantes del PNV a su participación en la Platajunta, coordinadora nacional de la oposición democrática. La terrible sombra de ETA, además, planteaba incógnitas todavía lejos de solución.


La galería de personajes por las que se recrea el trabajo de Sartorius y Sabio es rico en detalles y matices de todo tipo. Desde un Franco despiadado y anclado en el más rancio absolutismo español decimonónico, desfilan un Arias claramente franquista (quizás el más sincero de todos los protagonistas), un Fraga falazmente reformista, Suárez, hábil y oportunista (el gran muñidor, en definitiva, del fracaso de la idea rupturista y del triunfo de la reforma), y un Rey Juan Carlos, atado a un sistema esclerótico al principio, más suelto después con Suárez, en todo caso, siempre extremadamente pendiente de salvar la Corona, aun intentando convencer a sus conciudadanos que su primer interés era la reinstauración democrática.

Libro, en definitiva, de gran interés para los que quieran, como es el caso, rememorar los acontecimientos vividos en su juventud. También para aquellos, mayores o menores, que tengan cierta inclinación por conocer nuestra historia más reciente. En todo caso, y esta es la lección más importante del libro (y la no disimulada intención de sus autores): frente a aquellos que postulan que la democracia fue un régimen concedido, como una especie de último favor que nos dejaran los prebostes del último franquismo (reformistas incluidos entre ellos), Sartorius y Sabio opinan y demuestran,  y yo les sigo, que la democracia en gran medida se ganó en la calle, con la lucha de muchos y el sacrificio de la vida de unos cuantos.








17 feb. 2015

LOS PRIMEROS HIPPIES DE LINCOLNSHIRE





FOREST                                 "FOREST"
Quiero pensar que fue la noche entre el 29 y el 30 de diciembre del pasado año cuando me quedé petrificado contemplando la estatua erigida en memoria de Havelock y Grim en la Nuns Corner de la ciudad de Grimsby. Me había trasladado hasta allí, en la brecha costera oriental de Inglaterra, siguiendo la pista al grupo Forest, una de las más conspícuas (no por famosa, sí por ilustre) formaciones del folk psicodélico inglés de los últimos años 60. Debió ocurrir, digo esa situación de acusada inmovilidad, cuando me complacía en la observación de la mencionada estatua, una suerte de pseudo representación greco-latina tardía conectada con algunos de los ancestros típicos de los británicos (daneses y normandos, para más señas). Allí debió empezar el bloqueo mental que me ha tenido atenazado desde entonces, estado que se fue agravando con los fríos del enero no tan lejano, transporte de una gripe rayana en leve neumonía, y que dejó ya mis viejos huesos cercanos a la más estricta (y desesperante) falta de actividad.


Y es que iba terminando el año 2014 y me encontraba en mi mejor forma campestre, necesitado de revitalizar mi ADN rural con la escucha de uno de mis grupos hippies favoritos, los tan ingleses Forest, en la seguridad de que mi entonces ánimo bucólico se afianzaría  por mucho más tiempo. Nada mejor para tal propósito que obviar a los más trillados Incredible String Band o Pentangle y centrarme en el grupo de Grimsby, ejemplo de la mejor fusión del folk tradicional de los shires británicos con el Summer of Love californiano. Su primer trabajo, publicado en 1969 con el mismo nombre de la banda, "Forest" , me daría pie para, en la más genuina y perfumada inmersión de campiña, té y un poco de hierba, guiarme desde los hermosos valles de Lincolnshire hasta Londres, ciudad donde se supone que debiera terminar esta breve historia.

Forest , antes de su leve eclosión, conocidos como The Foresters of  Walesby, nacen en 1966 en la pequeña ciudad de Grimsby, puerto pesquero enfrentado a los ásperos alientos metálicos del Mar del Norte (triste destino ese), a su espalda los ceremoniosos y extensos campos del East Midland inglés. Sus componentes originales fueron los hermanos Welham (Martin y Adrian) y Derk "Dez" Allenby. Primeras apariciones en público en el mismo Grimsby y en la localidad próxima de Walesby, a donde se trasladan pretendiendo encontrar un circuito más amplio de clubs de folk. Escenarios que originariamente fueron los que acogieron su propuesta musical ligada inicialmente, aunque perpetuada posteriormente, a bandas también folk como The Watersons y The Young Tradition. Siguiente parada en Birmingham a cuya universidad se trasladan  Martin y Dez mientras Adrian permanece en Walesby. El mayor cosmopolitismo de la antiguamente conocida como "Fábrica del Mundo" amplía tanto el conocimiento musical como las ansias de experimentación del grupo, con sus miembros separados todavía entonces aunque en permanente contacto gracias al frecuente intercambio de grabaciones realizadas en cintas.


Si la influencia de The Young Tradition en Forest fue intensa y fructífera, no lo fue en menor medida la propiciada por bandas como Incredible String Band y Pentangle. Los primeros animaron a los jóvenes de Grimsby a centrarse en mejorar su propia vertiente , apostando por una modernización del tradicional folk instrumental inglés, los componentes acústicos sobrepuestos en sucesivas capas de guitarras de 6 y 12 cuerdas, las armonías vocales intercaladas como ondas que transpiran por sí mismas. Los segundos, ya consagrado cierto éxito en sus primeras grabaciones de "The 5000 Spirits of The Layers of The Onion", "The Hangman´s Beautiful Daughter" y "Sweet Child", les estimulan para aventurarse en componer sus propios temas, además de afirmarles en el camino que ya colegían como signo del entonces presente, la mezcla de un folk aun vivamente arraigado en la tradición con las nuevas formas compositivas provenientes de la Costa Oeste americana.

El salto de Birmingham a Londres, invitados a varios pero aun minoritarios conciertos por sus ya entonces mentores The Young Tradition, les ponen en contacto con Marc Williams que actuará desde finales de 1968 como su manager. Sucesivas actuaciones en locales míticos como el Marquee o el 100 Club de la capital británica, en el siempre festivo barrio de Ladbroke Grove o en los festivales hippies de Notting Hill se suceden sin aparente descanso. No quedan tan lejanos sus días en el mismo Birmingham donde en muchas ocasiones malviven cercanos a la pobreza, sus furgonetas haciéndoles el papel de viviendas más que esporádicas. Aunque es allí, en la segunda ciudad inglesa, durante un concierto donde telonean a un Joe Cocker & The Greaseband disparado entonces al número 1 de las listas con su versión de "With A Little Help From My Friends", cuando toman contacto con el Gran Guru de la Música Inglesa de Todos los Tiempos, un tal John Peel.

El tutelaje del célebre Dj les abre las puertas de EMI y de su sello underground Harvest con quienes, a través de la Blackhill Enterprises, firman su contrato en 1969. Su primera grabación, un single que contiene el tema "Searching For Shadows", está considerado actualmente como una joya, por la que se pagan buenas cantidades de dinero al no haber sido incluido en ninguno de los dos albumes originales editados por el grupo, tampoco siquiera en las reediciones de los mismos posteriormente publicadas por el sello Radioactive Records. Gracias al contrato firmado y a esta primera grabación, que no les supone ningún adelanto económico por Harvest, Forest consigue ser incluido en numerosos carteles de la época, compaginando actuaciones fuera y dentro del país en numerosos clubes, universidades y festivales, muchas veces en condiciones precarias. Tan es así que en no pocas ocasiones, y para evitar volver a malvivir bajo el techo de la furgoneta de turno, el mismo John Peel les acoja en su propia casa.


Ese mismo año 1969 llega la grabación de este primer album, titulado homónimamente como la banda, "Forest". Grabado en los mismos estudios de Abbey Road, los miembros del grupo aprovechan la gran cantidad de instrumentos de cuerda y teclado existentes en las salas de grabación, en no pocas ocasiones fuera del propio control del personal del estudio, para profundizar su querencia (ahí seguían los consejos iniciales de sus admirados The Young Tradition) por experimentar y avanzar aun más en la búsqueda de un nuevo y propio sonido. Aquel que, sin abandonar en absoluto la melodía tradicional del folk, posibilitara la entrada de nuevas formas musicales, nuevos tempos donde una reinterpretación libre y ácida del ritmo del blues pudiera fluir espontáneamente hacia una visión más electrizada. (Bob Dylan lo hizo antes, y de forma mucho más acusada. De hecho Forest siempre han confesado ser admiradores del bardo de Duluth)

Hay en este "Forest", a lo largo de todas sus composiciones, un sentimiento de paz, de comunión y armonía con la Naturaleza, de la necesidad de estrechar lazos con las ideas que el Summer of Love de 1967 introdujo en la sociedad de entonces. Los miembros del grupo están convencidos de que su lenguaje musical se entronca definitivamente con el mejor espíritu del underground de finales de los 60. No son ajenos a lo que se estaba entonces cociendo, el afianzamiento del rock progresivo y del primer proto-metal. (De hecho, su sello Harvest apostaba entonces claramente por gente como Pink Floyd y Deep Purple). Forest hacen música de Forest para una audiencia aun fascinada por el ideario hippy y libertario y sus canciones, en este su primer trabajo, crean un mundo de sueños, surrealismo, historias donde el amor y la Naturaleza protagonizan la lírica de sus textos. Tan solo 3 años más tarde su apuesta musical, cerebral y celebratoria para la tribu, fue sobrepasada sin compasión por el glam, por la máxima exaltación de la imagen del artista. Su tiempo, el momento de Forest, quedó entonces avejentado, petrificado como el mío no hace muchos días. Pero esa es otra historia.