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25 mar. 2020

CUARENTENA



NEIL YOUNG & CRAZY HORSE                            "RUST NEVER SLEEPS"
Prosigo con la escucha alfabética de la colección, concluyo la letra A con The Attack, Atomic Rooster, Au Pairs, Average White Band, Aviador Dro, comienzo la B con B 52´s, Bachman-Turner Overdrive (¡qué bien suena esta banda!), Bad Company, Bad Religion, The Band, Band of Horses. !Qué extraordinarios los canadienses!, cada uno de sus discos esconde verdaderas joyas, acumulan tantos momentos de incalculable belleza que repentinamente pienso en intercalar en cada párrafo alguna de sus canciones..., "Out of this world, out of this mind / Out of this love for you / Out of this world, out of the blue / Out of this love for you...", Robbie Robertson canta como nunca lo hizo, dicen que su voz suena mejor cuando está desconectada del micrófono, Garth Hudson hace milagros con el órgano y los sintetizadores ("Out of the blue", "The Last Waltz", Warner Bros Rcds, 1978). Decido que sea Neil Young el protagonista de esta nueva entrada, su "Rust Never Sleeps" (Reprise Rcds, 1979) no será mi disco favorito en su discografía pero contiene algo de lo que más adelante hablaré. Mi sobrino Isidro me recomienda desde Mallorca una nueva banda, Other Lives, suenan solemnes viejas puertas en cabañas de madera.

Quisiera largarme a Taiwan, acabo de leer el artículo de Byung-Chul Han en el suplemento "Ideas" de El País (domingo, 22 de Marzo) y me ha convencido. El reloj marca las 2 menos veinte de la tarde y desde mi cuarto ya se advierte el aroma a comida especiada, la casa es nada grande, sin tiros largos, predominan los colores blancos y los tonos claros, lo que viene a acentuar la sensación de mayor espacio, de más fingida libertad. Digo que me voy a Taiwan porque es posible que allí me expliquen lo que aquí está ocurriendo. No tengo idea (ni siquiera una aproximación) de lo que nos viene encima, los días de confinamiento que llevamos se me antojan como el preludio de un necesario cataclismo, porque es claro que esconden una gran incógnita, un próximo futuro en el que muchas cosas serán cuestionadas. Byung-Chul Han nos presenta la dicotomía entre Oriente-Occidente como la de la cultura de la sumisión enfrentada a la del individualismo, la de la primacía digital del algorritmo y el big-data (aunque suene extraño) frente a la de la estricta soberanía territorial. Al final, el virus vence a los occidentales porque ataca y anula su egolatría, salva antes a los orientales porque su conducta colectiva acepta de mejor grado la vigilancia del Gran Hermano (versión George Orwell, otro iluminado).

Veo innumerables ventanas, la gente está adentro de sus casas pero apenas se adivinan sus perfiles, algunas sombras se deslizan entre los visillos, una mujer riega las plantas del balcón, otra (¡voto a tal!..., ambas superan con creces la cincuentena de sus naturales encantos), habla por teléfono desde su terraza. Siento los galopes de los niños desde el piso de arriba, son pequeños golpes de estado trasladados a un país ajeno (el mío), retumban con un tam-tam que se me antoja de color azulado. Me asomo al exterior y contemplo  las calles vacías, algún que otro transeúnte pasea sus canes, el eco de los escasísimos vehículos que circulan se transforma en un zumbido de viento metalizado. Afortunadamente cae algo de lluvia, el cielo se cubre de nubes, se despeja después, cambian los colores de la escena, desde un gris mojado a un verde dorado por el sol. Cuando salgo al jardín siento el aire aun fresco, camino como si lo hiciera por primera vez, sorprendido por el cariz de mis propios pasos, sintiendo el desplazamiento en su misma esencia, sin principio, sin meta. Presiento que en una situación como esta de confinamiento hay que darle al tiempo más valor de presente, de acciones concretas que lo enriquezcan aun más. Medito, prometo procurarme mayor silencio.

Los libros se agolpan en la mesa supletoria, intento por primera vez compaginar la lectura de varios de ellos, ensayos de sociología política con novelas de autores clásicos como Galdós, Valle-Inclán o Alejandro Sawa. Los primeros afianzan mis convicciones, los segundos entretienen y abren nuevas expectativas de estilo narrativo. Al cabo de muchas horas de lectura me encuentro entumecido, me incorporo del sofá y lanzo un grito de colibrí selvático, sacudo los miembros igual que hago con la ropa antes de colgarla en el tendedero. Apenas veo la televisión, la radio funciona algo más tarde. Me refugio en alguna que otra película y en varias series (así, a voleo) que me atrapan, representan una vez más la historia contada según los vencedores (malos los islamistas, terroristas, malísimos los hispanos, narcotraficantes). Repaso los correos electrónicos y los grupos de whatsapp, borro o contesto, archivo. Acudo al blog para actualizarlo, repaso innumerables carpetas fotográficas y añoro el ayer. Limpio la casa, desempolvo la colección de miniaturas, pongo al día las cuentas, el patrimonio va desbocado, a la baja. Ordeno papeles antiguos, pienso en llamar a algún que otro amigo para saber cómo le va pero aun no me decido a dar el paso.

Acabo de repasar las notas sobre Neil Young y lo primero que me viene a la cabeza es la película del mismo nombre que vi hace muchos años. Me sorprendió la imagen del mismo Neil, ropa blanca, el pelo ni corto ni largo, desaparece repentinamente la figura del viejo hippie, las camisas de cuadros y los vaqueros con remiendos de amebas estampados. La tremenda energía de los temas incluidos en el álbum se asemejaba a la envergadura del equipo desplegado sobre el escenario, los micrófonos altos como antenas vigilantes, la gigantesca armónica que sostiene en su mano izquierda, el primer plano acrecentando la imagen de los platos de la batería, las cajas-contenedores del equipo de la banda, todo aparece desmesurado. Del resto de las notas intento sonsacar algún apunte, algo que no fuera entonces tan resaltado en su ya archisabida biografía, el accidente en la central nuclear de Harrisburg en Pensilvania refuerza su postura en favor de la protección de un clima ya seriamente amenazado, la posterior polémica con John Lennon sobre el célebre texto de "My My, Hey Hey (Out of the Blue)"...,"It´s better to burn out / Than to fade away", un artista que muy poco antes de morir tiroteado abogaba por la vida sana, ajena a la violencia y a la autodestrucción, me llama poderosamente la atención.

En un primer momento prefiero hablar del disco desde la distancia del recuerdo, relatar sus canciones sin el orden propio en el que aparecen en los créditos, intercalar los temas que más me gustan con los que menos me emocionan; me rebelo contra mi decisión y vuelvo entonces a escucharlo, atentamente, quiero tenerlo fresco, sentirlo en el apogeo del confinamiento. Toda la cara A es una oda acústica, en ella se contienen los mejores versos de Young, también el más prístino sonido de su guitarra Martin, la armónica además acompaña y ensalza la atmósfera melancólica. Existen estrofas de sorprendente precisión histórica: "Hey hey, my my / Rock and roll can never die / There´s more to the picture / Than meets the eye", ("My My, Hey Hey (Out of the Blue)", imágenes de gran potencia visual: "Where the vulture glides descending on / An asphalt highway bending / Thru libraries and museums, galaxies and stars", ("Thrasher"), alusiones indígenas convenientemente actualizadas, desde el "I´m gonna ride my llama from Peru to Texarkana", ("Ride My Llama", por esa última población pasamos en nuestro viaje desde Nashville al Houston de Townes Van Zandt), hasta el "Marlon Brando, Pocahontas and me" de "Pocahontas". En "Sail Away" más que fijarme en la lírica rememoro a Nicolette Larson, la voz que armoniza los versos de los puentes con Neil, la figura femenina de largísima cabellera ondulante en la contraportada del "Comes A Time" (Reprise Rcds, 1978), pocos años más tarde moría ahogada Natalie Wood.

La cara B se me figura como un enorme Caterpillar bajando a cámara lenta por una zigzagueante cuesta, sus descomunales ruedas de caucho se encuentran unidas entre los ejes por un sistema de poleas oxidadas, cuando raramente funcionan los frenos lo hacen coincidiendo con los coros más melódicos. Nunca antes el sonido puramente rock de Neil Young había llegado tan alto, había sido tan maravillosamente estruendoso. Nos encontramos en los mejores momentos de su larga carrera musical, en temas como "Powderfinger" se relata la lírica más cinematográfica del disco (algunos la han comparado con algunas imágenes del "Apocalypse Now" de Coppola), los estribillos de "Welfare Mothers"..., "...make better lovers", un mantra colosal junto a la ruptura melódica en el final de cada párrafo..., "DEE VORR CEE!", y los de "Sedan Delivery"..., "Gotta get away.../...No one knows.../...Hard to find...", suponen el auténtico renacimiento del rock como religión, en la versión final del "Hey Hey, My My (Into the Black)", toda la peña se ha lanzado ya  a la pista de baile, sus puños en alto, los riffs de la Gibson "Old Black" expanden la buena nueva, en el 79 el Rey se ha ido, no quedan ni Beatles ni Rolling Stones, asoman la cabeza Johnny Rotten y Devo, Neil Young supone el eslabón más fiable en el presente, también en el próximo futuro.

Hoy, duodécimo día de cuarentena, sobrevivo a fuerza de cafés bien cargados, el día transcurre entre algoritmos y solitarios algodones solares, el aire apenas se abanica, se diría que también está confinado, "Rust Never Sleeps" alterna la diástole de su órgano acústico con el sístole de su contracción eléctrica, aspira oxígeno puro en su cara A y lo reparte al resto del cuerpo en su cara B, funciona también en modo circuito, las últimas noticias de la pandemia hablan de un gran crecimiento de afectados, pero me da la impresión de que sigue ocurriendo lejos, dañando a una parte de la población televisada, radiada, un acontecimiento virtual, si Neil Young es el principal protagonista de la parte acústica, esas canciones nos recuerdan al viejo trampero asomado al balcón de las cataratas, en la parte eléctrica comparte estrellato con Crazy Horse, ninguna otra banda puede sonar mejor, las estadísticas, los números y las curvas que aparecen en las pantallas se extienden también al ámbito económico, algunos observadores concluyen que la globalización está enferma, hablan de la revancha de la Naturaleza contra sus hijos devoradores, insaciables, "Rust Never Sleeps" ofrece al oyente las dos caras de la misma moneda, ahora devaluada, la brillante melancolía del poema y la aridez distorsionada de los mejores riffs imaginables, y Dios vio todo lo que había hecho y era bueno en gran manera...



A Isidro, en Mallorca.



11 mar. 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XII: CHICAGO, 2ª PARTE



JUNIOR WELL´S CHICAGO BLUES BAND WITH BUDDY GUY.  "HOODOO MAN BLUES"
Las notas de la segunda parte del relato sobre Chicago continuaban archivadas en su carpeta correspondiente, se sacudían la entrañas como los perros el agua, algunas noches (en algunos sueños), reclamaban al autor la salida de una situación de así no vamos a ninguna parte, llegaron a conchavarse con el mismísimo Hoodoo Man, aprovéchate del texto de la canción, le dijeron,..."I´m gonna tell you one time / Ain´t gonna tell you no more / If I have to tell you again / I´m gonna let you go..." y advierte seriamente al propietario que no toleraremos que pisoteen por más tiempo nuestros derechos de imprenta. La sugerencia se tradujo en una patología de embotamiento, no puedo precisar la hora exacta pero me contaron cómo al abrir la puerta de la mininevera en la habitación 512 de La Quinta de Lake Shore Drive su brazo derecho se quedó paralizado, algo tan fácil como colocar un tarro de yogur griego en la estantería devino labor imposible, millares de terminales nerviosas se encontraron inesperadamente sin el final programado, al parecer el cerebro dejó de cursar órdenes, ni siquiera su mirada pudo liberarse de esa argamasa amarillenta de la tarde. El miedo causó efecto inmediato.

La segunda jornada en Chicago tenía al eje de la State Street como principal punto de apoyo, antes de llegar allí, a la verdadera columna vertebral de la ciudad, haríamos un alto en el Theresa´s Lounge para después desplazarnos bastante arriba, ya en el Uptown, y visitar las sedes de los sellos Delmark y Alligator, y ya de vuelta haríamos un alto en el Buddy Guy´s Legends para asistir al concierto de Dave Specter. Mi idea era concluir de madrugada visitando el Oak Woods Cemetery, no demasiado alejado del hotel, donde reposan los restos de Junior Wells, para rendirle así homenaje. A Rufus Mellon (recuerden, el chófer negro y albino contratado), le había pedido en la víspera me avituallara de todo lo necesario para pasar gran parte del día en el coche, un Toyota Camry del 19 color burgundy mystic mettalic, el tiempo seguía siendo malo, un par de hamburguesas de pavo con cebolla caramelizada, tiras de queso de Vermont con salsa de Chipotle, un cuenco con palitos de canela y un pack de seis botellas Blue Moon Belgian White. También le pedí estuviera al tanto para obtener alguna información confidencial.

Realmente me encontraba sorprendido por los inesperados cambios de clima en la ciudad. Mientras más cercano me encontrara en la línea costera del inmenso lago Michigan la atmósfera parecía recargarse con mayor electricidad, el reflejo de la cadena de playas y pequeños embarcaderos que subían hasta el skyline de los distritos de Loop y Near South - North Sides chocaban contra un cielo a punto de descargar una improbable tormenta colosal, la situación variaba conforme me acercaba sin traspasarla a la divisoria de la Interestales 90 y 94, hacia el oeste, allí el paisaje era más mesetario, un altiplano cubierto por centenares de calles, cables aéreos y semáforos colgantes. La extensión de los edificios en esa zona, de no demasiada altura y delimitados por cuadras de muy parecida longitud, se veía continuamente recortada por sus respectivas esquinas, una amalgama de diques de contención derruidos en las que el viento arrasaba con todo lo que encontrara a su paso. El color del paisaje era allí más parduzco, más de ceniza mojada, atrapada entre fósiles de caucho y cascotes de cerámica.

En una de esas calles, en la 4801 del South Indiana Avenue se encontraba el Theresa´s Lounge, uno de los clubes históricos de Chicago, residencia habitual de un Junior Wells que ya desde mitad de la década de los 50 se había ganado cierto espacio en la ciudad. Allí cada lunes, a partir de las 10 de la noche, daban comienzo las Blue Monday sessions y a lo largo de la semana Junior junto a su banda local (compuesta en numerosas ocasiones por su compañero Buddy Guy a la guitarra, los originales The Blues Brothers)), revelaba a la audiencia el mejor blues electrificado de Chicago. Por su escenario coincidieron también los grandes intérpretes que emigraron desde el Delta del Misisipí a partir de los años 40, Muddy Waters, Little Walter, Otis Rush, Otis Spann, Jimmy Rogers u Howlin´Wolf, allí actuaban con sus bandas cuando culminaban sus pases en los distintos clubes del South Side. Su única propietaria hasta 1983 (año en que tuvo que cerrar el local debido a la abusiva renta pedida por el propietario del edificio), Theresa Needham, está considerada como la Madre Calcuta del blues de la ciudad, su papel en el desarrollo de la escena urbana del blues de Chicago le valió en 2001 la incorporación en el prestigioso Blues Foundation Hall of Fame. Una vez allí, enfrente del local ya abandonado, cruzamos el paso de cebra que da acceso al parking de la contigua East 48th Street. Alineamos nuestro coche junto a un viejo Jeep Comanche del 85 que permanecía solitario junto a la salida a la Interestatal 94, Rufus bajó su ventanilla y recogió del otro conductor una nota manuscrita, salimos después disparados hacia la zona de State Street.

Hablábamos antes de State Street como la columna vertebral de la ciudad, su diseño longitudinal le sirve como punto de unión entre los distritos más al norte cercanos a Lincoln Park (desde allí se observa el mejor skyline de Chicago) hasta los suburbios más sureños. Nos dirigíamos hacia la 421 East 44th Street circulando por la Dan Ryan Expressway, eje paralelo a State Street que además engloba las ya mencionadas Interestatales 90 y 94. Allí se encuentra el que fuera domicilio del gran "Satchmo" Armstrong, en los alrededores se pueden también visitar las residencias de los hermanos Marx y de Nat King Cole pero el tiempo se nos echaba encima así que manejamos apenas tres millas para alcanzar el Masonic Hall en la calle 42. En ese mismo lugar, al salir de un concierto benéfico en marzo de 1929, fue tiroteado el gran Clarence "Pinetop" Smith, su "Pinetop´s Boogie-Woogie" está considerado como el origen de ese estilo musical. Giramos después hacia el East Oakwood Boulevard para subir paralelos al lago hasta el 200 East Roosevelt Road. Nos detuvimos frente al "Blues Trail: Mississippi to Chicago", una placa que recuerda la gran migración de los oriundos del estado sureño hasta Chicago además del nacimiento del estilo musical por el que esta ciudad será universalmente reconocida. La mañana seguía siendo fría y ya había había dado buena cuenta de la mitad del avituallamiento.

La siguiente etapa era la sede del sello Delmark en la 4121 North Rockwell Street, ubicación también del renovado Jazz Record Mart, según dicen la mayor tienda de jazz y blues del mundo.Vuelta a tomar entonces la Interestatal 90 hasta la desviación 46B dirección Irving Park. El sello Delmark es la marca discográfica independiente actualmente más antigua de los EEUU, su creador Bob Koester, a sus ya largos 87 años, está considerado como uno de los más decisivos protagonistas de la historia contemporánea del blues. Tanto para los que ya dispongan de este "Hoodoo Man Blues" (Delmark Rcds, 1965) como para los neófitos, resulta un inmenso placer leer el texto que Bob firma en el reverso del Lp. Allí se da cumplida cuenta de la historia del sello, de los inicios y características del estilo chicagüense, de la propia vivencia de Junior Wells una vez emigrado desde su Memphis natal, resaltando divertidas anécdotas relativas a la "compra" de su primera armónica y a su relación con Muddy Waters. Concluimos la obligada visita a los sellos discográficos haciendo parada en la sede de Alligator Records, apenas 5 millas más al norte, dejando a nuestra izquierda el Rosehill Cemetery. Me presenté a la encargada de la tienda como autor de un blog musical y la mostré la última entrada dedicada a Hound Dog Taylor, hablamos de Bruce Iglauer y en cuanto deduje de su conversación un inesperado pique entre el creador del sello y la figura de Bob Koester corté por lo sano. Me hice con el "Kings of Blues", un DVD recopilatorio que incorporaba, además de las luminarias del estilo, a artistas como Chuck Berry, Bo Diddley y Mike Bloomfield.

La cara A comienza con el "Snatch It Back And Hold It" y Junior Wells avisa, el presente es el soul y el funk porque los chicos jóvenes están más apegados a James Brown y a Sly Stone que a los viejos bluesmen del Delta. En "Ships On The Ocean" parece como si se echara para atrás, un tema más tradicional, el eco se asemeja más a la tierra de Jim Crow, el lamento por la segregación racial, el olor de las granjas y del barro de los diques de contención. "Good Morning School Girl" tiene el trote jugetón del woogie-boogie característico de Pinetop Smith, el texto ofrece una variante más picante que la interpretada por Sonny Boy Williamson II. En la versión de "Hound Dog" de Big Mama Thorton, Junior Wells abre el paquete funky en su interpretación, mientras que en "In The Wee Wee Hours" la orquestación nos sumerge en una elegantísima atmósfera bayou, la cadencia rítmica es sugestiva, casi de ritual voodoo, de aquí aprendió mucho Screamin´Jay Hawkins. En la tradicional "Hey Lawdy Mama" la adaptación de Junior Wells se convirtió en la clásica del tema y me viene ahora a la cabeza la sensacional versión que hicieron Cream en su "Live Cream" (Polydor Rcds, 1970).

La cara B se inicia con el título homónimo del álbum, "Hoodoo Man Blues". La producción prioriza aquí la distorsión de la guitarra de Buddy Guy sobre la armónica de Junior sin que esta queda apartada, el tono de su voz alcanza en este tema su pulso más travieso. "Early In The Morning", otra pieza tradicional, es puro blues urbano, tanto las escalas de la sección rítmica como la armónica de Junior, sin descontar el punteo de Guy, ya las hemos escuchado no pocas veces en múltiples versiones de bandas inglesas de primeros de los setenta, solo que es esta grabación la que antecede a todas ellas. En "We´re Ready", pieza instrumental, aparece el eco de las bandas de acompañamiento de James Brown, algo que buscaba también Hendrix en sus últimos días, el simple gozo de dejar correr los instrumentos. Mientras "You Don´t Love Me, Baby" es rythm & blues de la escuela Willie Cobbs y Bo Diddley, la instrumental "Chitlin Con Carne" tiene un toque jazzero, de hecho fue un tema compuesto inicialmente por el guitarrista Kenny Burrell. Cierra el Lp "Yonder Wall",  composición tradicional (inicialmente asignada a James "Beale Street" Clark, puro Memphis sound), la versión que aquí siguen Wells y Guy es la más conocida de Elmore James.

De la Chicago Blues Band que acompañaba a Junior Wells en esta grabación de Septiembre de 1965, Jack Myers al bajo y Billy Warren a la batería (obra producida por el propio Bob Koester, asociado con el mejor ingeniero de sonido de la Sound Studios de entonces, Stu Black), Buddy Guy se convierte en el auténtico heredero y transmisor de su espíritu. Un duende que recorre indeleble entre los surcos de un álbum que puede considerarse como el primero que captura realmente el sonido moderno del blues de Chicago, libre de las limitaciones asociadas a los ingenios del juke-box y las promociones de las emisoras de radio. Habla con estas palabras el propio Bob Koester en la contraportada del Lp.

Conocí a Dave Specter a través del seguimiento periódico que vengo haciendo a Jorma Kaukonen, guitarrista de Jefferson Airplane y Hot Tuna, ambos llevaban un tiempo colaborando en algunas grabaciones conjuntas. Llegamos a la sede del Buddy Guy´s Legends en el 700 South Wabash Avenue con tiempo suficiente, pasamos antes por una farmacia cercana y le ordené a Rufus que tomara unas horas libres antes de recogerme al finalizar el concierto. Me encuentro en una de las zonas más concurridas de Chicago, a tiro de piedra del turístico distrito de Loop y del Chicago Riverwalk. Cruzo hasta el cercano Grant Park, busco un banco algo retirado y leo la nota. Extraigo de la bolsa del CVS Pharmacy una pastilla de Oxycontin y la ingiero junto a la última botella de Blue Moon White Belgian. El efecto es fulminante, me encuentro transportado como una pelota Spalding en un concurso de mates de la NBA, una mano amiga me acompaña a mi asiento enfrente del escenario, el local está lleno a rebosar y la expectación crece conforme se va acercando la hora del concierto. Dave Specter abre el set-list con su "How Long Can One Man Go?", furiosa diatriba contra el actual inquilino de la Casa Blanca, a partir de ese momento el alma de Chicago se muestra en toda su belleza.

Cuando llegamos al Oak Woods Cemetery, en la misma frontera municipal de Chicago que limita desde la calle 115 hasta  el condado de Cook, la noche tiene como el cementerio las cancelas cerradas. Allí se encuentra la tumba de de Junior Wells, no muy lejos, en las necrópolis de Burr Oak y Restvale, se hallan las de Willie Dixon, Otis Spann, Dinah Washington, Muddy Waters o el mismo Hound Dog Taylor. Se diría que el ambiente es el propicio para que los grandes músicos ya desaparecidos salieran de sus tumbas y comenzaran una sesión del más genuino blues urbano. Alguien convoca de nuevo al Hoodoo Man, ..."I´m gonna tell you one time / Ain´t gonna tell you no more / If I have to tell you again / I´m gonna let you go...", las notas del segundo relato han quedado definitivamente impresas. Rufus Mellon me da cuenta entonces de sus últimas pesquisas.









25 feb. 2020

MUNDO CIVILIZADO



Salgo a mi abuelo materno, eso afirman los que conocen mi voraz apetito lector y, como complemento a esa actividad solitaria, he de añadir que la lectura de publicaciones relacionadas con la música ha supuesto desde tiempo inmemorial una de mis más dulces debilidades. Ya desde la época adolescente hasta el presente han sido innumerables los títulos de revistas nacionales y extranjeras que han caído en mis manos, muchas de ellas aun las colecciono; hojearlas de vez en cuando me hace echar la vista atrás y "...fiuuu, what a long and winding road...", dejo que me atraviese una sensación de felicidad pequeña que se extiende como un muelle para quedar después dichosamente encogida entre las baldas de la biblioteca. 

Sonaba "Can´t Lose What You Never Had" de los Allman Brothers Band en el plato y el título de esa canción no me pareció casual. Tenía mis motivos, acababa de perder el número 2 del magazine musical TimeMazine cuando desembarcaba de un vuelo doméstico en el otoño de 2007, en aquel momento me sentí fatal, para qué negarlo. Al llegar a casa telefoneé a la sección de objetos perdidos del aeropuerto, buenas noches, he dejado olvidada una revista en el vuelo número tal, mi asiento era el X, facilité el nombre de la revista, mi DNI y todos los datos que me pidieron. Escuche, debemos esperar al parte que las limpiadoras del vuelo nos faciliten mañana por la mañana, llame entonces a partir de las 9 horas e indique el número de incidencia que le damos a continuación.  He de confesar que los resultados de mi pesquisa fueron infructuosos y que lloré como Hernán Cortés lo hizo en su Noche Triste, peor aun, llegué a moquear como un niño sin su peluche favorito, ¿quién demonios puede querer apropiarse de un fanzine musical que habla de música psicodélica, a quien le puede interesar este tipo de publicación, aparentemente dirigida a un público minoritario?


Entra ahora "Passion Dance" de McCoy Tyner y un ambiente de expectación máxima llena el recinto, el piano favorito de Trane es capaz  de sanar los espacios abiertos por el recuerdo de la herida.  Llegó a mi casa el volumen número 11 de TimeMazine poco antes de que finalizara el año pasado y mientras leía y escuchaba el CD y el single que acompañaban al ejemplar me prometí dedicarle algunas líneas en el blog. Acabo de recibirlo Michalis (el autor y editor principal es griego), enhorabuena, sensacional el trabajo, una auténtica obra de arte, gracias, esos son los comentarios que realmente ayudan. Durante los siguientes días me sumergí en una euforia que apunto estuvo de hacerme adquirir el resto de los números de la colección, espera criatura, no caigas tan fácilmente en la tentación, este mes ya llevamos escalado un buen pico de gastos, degusta lo que tienes y ya veremos más adelante. La idea de publicar algo en el blog quedó aparcada algunas semanas hasta que (ocurre en esos momentos, cuando no se piensa en nada importante y se manosea maquinalmente la berruga de la clavícula izquierda), decido meterme con los deberes y escribir un panegírico sobre una publicación musical que considero como única en el mundo civilizado.

TimeMazine es una obra de amor hacia un género musical, la psicodelia, que siempre ha gozado de cierta vigencia, en su época originaria como motor de las experiencias auspiciadas por el uso de drogas psicotrópicas, en sus momentos posteriores como revisión del camino ya andado, readaptación en otros períodos ulteriores hacia unas escenas musicales que demandaban más luz y colorido. Luz que brilla por sí misma y color que intensifica la sensación placentera del que hojea la revista, sus páginas están repletas de guiños al diseño de la época, los fondos están decorados con la más exaltada imaginería pop, se suceden los efectos espaciales de la distorsión, aparece la iconografía adecuada, setas, pavos reales, teteras voladoras, go-go girls, alas de mariposas desplegadas, pompas de jabón, globos de gelatina, rayos de sol, imágenes de ciencia-ficción, un cúmulo de sensaciones visuales que atrapan de inmediato al observador curioso. Esa gozosa ornamentación se apoya además con profusión de memorabilia de interés, portadas de discos y singles, anuncios de conciertos, novedades discográficas y recortes de publicaciones de época, fotografías de los músicos protagonistas, en la página central se expande además el catálogo completo de la colección TimeMazine, las cubiertas de sus 11 números conforman un caleidoscopio de efecto fulminante.

El primer folio muestra el índice que ocupa este número 11 de TimeMazine. Entrevistas con músicos de formaciones para mí hasta ahora desconocidas, Expedition To Earth, The Beat of The Earth, The Tea Company, Maypole, otras con artistas de bandas ya favoritas, The Blues Project y Amon Düül (especialmente interesante la percepción espacio-temporal de su miembro original Klaus Lemur Esser). Presentación de grupos nuevos, Dire Wolves Just Exactly Perfect Sisters Band (EEUU), De Lorians (Japón), Al Doum and The Faryds (Italia, magnífico su tema "Unity Is Brotherhood", puro Ray Manzarek), Atomic Simao (Ucrania), Dury Dava (Grecia), todos ellos participantes además en el primoroso CD que acompaña la publicación.

Lo más suculento, caso de que el lector no haya quedado satisfecho con el primer plato, viene  a continuación. 68 títulos, emulando las dos últimas cifras de aquel año legendario, ordenados alfabéticamente y sacados de otros tantos 68 Lps que hicieron historia dentro del género. Desde "24 Hours" de Ant Trip Ceremony hasta el "White Light White Heat" de Velvet Underground, un auténtico delicatessen de información escrita y de imágenes que me recuerda a las mejores ediciones del Flashback de Richard Morton-Jack. El ágape continúa con extenso artículo sobre "La influencia de los posters en los conciertos psicodélicos y en el diseño de las portadas de los álbumes de rock". Allí aparecen los 5 Grandes Ilustradores, Wilson, Kelley, Mouse, Moscoso y Griffin, mostrando sus obras más célebres, además de otros tantos artistas menos conocidos. La sección de discos (con fotos en color de los más de cincuenta que aparecen comentados por el mismo autor Michalis) es prolija sin dejar de ser amena. La publicación culmina su andadura con una entrevista a Spiros Rouchotas, alma mater del grupo griego Crystal Thoughts y del sello Giraffe Pressing. El relato de sus andanzas con el escritor austriaco Hans Pokora (absolutamente recomendables sus "5001 Record Collectors Dreams"), Ron Tree de Hawkwind y el alocado líder de The Seeds Sky Saxon no tiene desperdicio.

El postre no puede ser más apetecible. El CD del que ya hemos hablado contiene 14 temas de distintas formaciones, algunas ya incluidas en el temario de la revista, otras no. Entre estas últimas, los alemanes Vibravoid, auténticos favoritos de esta casa, representantes del mejor acid-psych contemporáneo, The Love Explosion (su "Anarchy!" se acerca imperturbable al Can más enrollado), Silver Cloud Express, The Aguilar Blumenfeld Project, The Expedition, The Quirk (con una extensa suite de algo más de 23 minutos que me hace recordar a las mejores jams de  Grateful Dead) y The Pancakes. En el single, dos temas del amigo Spiros Rouchotas, ambos pertenecientes a grabaciones de su formación Crystal Thoughts. La presentación de ambos ingenios no puede ser más adecuada, la imaginería de la que antes hablábamos aparece aquí acertadamente condensada, en las portadas una explosión de colores para mayor gozo del buen aficionado, en la galleta del single los motivos contienen su punto divertido, recipiente de ácido nítrico y píldora vaticana.

Concluyo, la labor de Michalis es algo más que encomiable, muestra al interesado su pasión por los múltiples aspectos que convergen en el género psicodélico, instruye y sumerge al lector en todo un mundo de fascinantes sensaciones orgánicas. Al oído, vista y tacto (estos dos último desaparecidos gracias a las nuevas tecnologías), se añade el aroma del cannabis sativa y el gusto, que es el mío y comparto con todos ustedes. No dejen de visitar la página web y el blog de este artista griego: timemachine-productions.gr  / timelordmichalis.blogspot.com y regálense una buena parcela de solaz ante tanto coronavirus de pacotilla.





14 feb. 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XI: CHICAGO, 1ª PARTE



HOUND DOG TAYLOR AND THE HOUSEROCKERS.
La chica de la tele anunciaba mal tiempo en los próximos días, temperaturas por debajo de los 18º grados y nevada intensa en la misma mañana en la que tenía pensado llegar a Chicago. Mi plan inicial era salir desde Florence, Alabama, hacia Huntsville, dirección Nashville, para desde allí tomar la Interestatal 65N, atravesar todo el estado de Kentucky y dormir en Indianapolis, ya en Indiana. Una vez allí me proponía visitar el Museo de su famoso circuito y hacerme con la placa conmemorativa del 50 aniversario de la victoria de Mario Andretti en las Indy 500 de 1969. Recuerdo bien esa foto en la que su mánager Andy Granatelli besaba efusivamente al piloto italo-americano después de su histórica carrera; conocí a Mario en un hotel de Madrid durante una presentación organizada por la petrolera Texaco para publicitar su apoyo a varios equipos de la IndyCar Series y de la Formula 1; aquellos eran buenos tiempos, fui el primero de la audiencia en alzar la mano para preguntarle sobre cual era su circuito favorito y contestó sin dudar que el de Spa-Francochamps en Bélgica. Llevaba conmigo también un buen surtido de revistas de coches clásicos y deportivos, las de tipo Hemmings Motor News y Muscle Machines, así que mi viaje tenía además un componente automovilístico que lo hacía aun más atractivo.

Aunque durante el vuelo de Nashville a Chicago tuve tiempo para repasar las numerosas notas y apuntes preparados en Florence no dejaba de rumiar mi mala suerte. Mi compañera en el asiento de la ventana (el cielo blanquecino no hacía más que acrecentar mi desolación) me preguntaba con su voz de generaciones perdidas, ¿algo va mal?, sabe, yo tenía que estar ahora besando el adoquín del circuito del Indianapolis Motor Speedway, bueno, eso queda un poco lejos de O´Hare ¿no le parece?, si, lo se. Lo siguiente que recuerdo fue ver en la palma de su mano izquierda una pastilla naranja, ¿qué es eso?, Oxycontin, pruébelo, le hará sentirse mejor, la engullí con la misma dejadez del que no tiene nada mejor que hacer, gracias, ¿cual era su nombre?, no se lo dije aun, puede llamarme Bertha, ¿y el suyo...?, antes de contestar contemplé sorprendido cómo las letras negras de mi cuaderno de notas salían en desbandada y subían aceleradamente en dirección a mi garganta.
 
Tenía alojamiento reservado hasta el siguiente domingo en La Quinta, un motel con pretensiones lujosas ubicado en el 4900 del Lake Shore Drive. La inmensidad del lago Michigan me pareció inicialmente un tanto opresiva (cuando cerraba los ojos duplicaba su negrura), así que decidí correr los visillos de los ventanales de mi habitación. El manto de nieve se extendía alrededor de la ciudad pero no era demasiado profundo, tan solo unas 4 pulgadas, lo escuché por la radio del taxi que me llevaba desde el aeropuerto, antes del mediodía ya lo habremos convertido en carbón, comentaba jocoso el conductor, un tipo de raza incierta que puso muy mala cara cuando solo le di un par de dólares de propina. Salí a la calle poco después sin abrir mi equipaje, busqué un local cercano, el Lake Shore Cafe en el mismo Hyde Park Lakefront, aquí todo resulta tan perfecto, tan cuidado, que más bien pareces encontrarte en campo enemigo, por las autoritarias pisadas de la camarera deduje que ganaría su confianza ordenando un Seafood Buffet completo. Extendí en la mesa los mapas de la ciudad mientras sorbía un jugo de granadina, los colores verdes marcaban la ruta de la primera jornada, la dedicada a Houng Dog Taylor and The HouseRockers.

El eje de la actividad consistía entonces en visitar las ubicaciones de los antiguos clubes, los sellos discográficos, las calles y los lugares más representativos en lo que quedara de la trayectoria musical de Theodore Roosevelt "Hound Dog" Taylor, para terminar, ya casi vencida la primera etapa, en algún club donde pudiera asistir a un concierto en vivo. Ignoraba la causa pero tenía la sensación de que salvo en zonas muy concretas, allí donde el turismo se ha hecho el amo de la ciudad, Chicago era un ente extraño, una especie de engendro que animaba al paseante a perderse entre sus esquinas solitarias, lo más alejado posible de las calles comerciales y de las innumerables cámaras de seguridad. Alquilé los servicios de Tours Civitatis, una empresa que puso a mi disposición a un tal Rufus Mellon, chófer negro y albino, con pelo rojizo y largas uñas descarnadas. La primera parada, la más cercana al hotel, fue en el The New Checkerboard Club, en la calle 52 esquina con la Harper Avenue. Trasunto del club original The Checkerboard de la calle 43, allí tiene su placa el "Honorary Muddy Waters Drive". Me tienes que enseñar el otro Chicago, Rufus, el que ya no existe, ¿el de Al Capone, señor?, no, el del sudor del delta del Mississippi y el de la convención demócrata de 1968, tarareé las primeras estrofas del "Chicago" de Graham Nash para ponerle en antecedentes.

Seguía nevando y, aunque la previsión metereológica anunciaba temperaturas mínimas no tan bajas como las del primer día en Chi-Town, empecé a plantearme la posibilidad de alterar la ruta según fuese transcurriendo la jornada. Vamos a subir a la 54 esquina con la South Shields Avenue Rufus, allí se encontraba el famoso Florence´s, uno de los numerosos clubes del South Side donde Bruce Iglauer vio actuar por primera vez a Hound Dog Taylor con sus HouseRockets, Brewer Phillips (segunda guitarra) y Ted Harvey (batería). Tras aquella actuación de finales de 1970 surgió también la idea de Iglauer de proponer a su jefe Bob Koester, capo entonces de Delmark Records, de grabar a Hound Dog y sus chicos y, ante la negativa del segundo, Bruce decide hacerlo él mismo y crear su propio sello Alligator Records. Vamos a seguir ascendiendo por el South Side hasta la calle 39 esquina con la South Indiana Avenue, hogar de Hound Dog Taylor y de su familia durante toda su estancia en Chicago. Hace tan mal tiempo que solo nos detenemos un par de minutos para tomar algunas fotos desde el interior del coche, los limpiaparabrisas chirrían como viejos cuervos. Ya en Douglas, Rufus se desvía hacia la playa de la calle 31, allí contemplamos uno de los más fascinantes skylines de la ciudad. Salimos a estirar las piernas y ofrezco a Rufus un sorbo de mi petaca que no acepta. El paisaje se asemeja a la panza de una gran burra con sus inmensas ubres grises bamboleándose en el horizonte.

Mi relación personal con Rufus Mellon comenzaba a fundirse con el clima dominante, detente en la 34 esquina a State Street, voy a ver si queda algún rescoldo de los Mecca Flats, aquel intrincado bloque de viviendas donde solían residir los mejores pianistas de boogie-woogie de la época. Nos acercábamos al eje de State y Maxwell Street, uno de los principales focos urbanos de la segunda Gran Emigración (1940-1970) desde los estados del Sur hacia Chicago, allí nació de hecho el blues electrificado, en los portales de su concurrido mercado coincidieron Muddy Waters, Little Walter, Hound Dog Taylor, Willie Dixon. Muy cerca, en la South Gilles Avenue murió tiroteado Sonny Boy Williamson en Junio de 1948, unos diez años antes Hound Dog Taylor había grabado algunos temas con el espigado armonicista en su célebre programa radiofónico "KFFA King Biscuit Time" de West Helena, Arkansas. A dos cuadras más al norte, en el 2120 de South Michigan Avenue dudé en mostrar a Rufus la contraportada del "12 x 5" de The Rolling Stones, su tema homónimo sería un claro reconocimiento a la influencia del blues de Chicago en la música de la banda inglesa. Nos encontramos en la sede del mítico sello Chess, desde allí nos acercamos al nuevo local del Pepper´s Lounge, desde la acera del recinto observo las fotos de Elmore James, Howlin´ Wolf, James Cotton y Hound Dog Taylor en sus actuaciones en la sede del antiguo club de la calle 43. La última parada tiene lugar en el West 807 de Maxwell Street, ahora si me decido a enseñar a Rufus el vídeo de John Lee Hooker interpretando el célebre "Boom, Boom", en ese mismo escenario de la película "The Blues Brothers", de la comisura de sus labios recuerdo que salía una espuma rojiza a punto de congelarse.

De vez en cuando conviene bajar a las catacumbas Rufus, confío en que me entiendas, descender a los garitos del south side de Chi-Town y asistir a un party-house, dejar a un lado nuestra agua de colonia favorita y mezclarnos en el ambiente de los barrel-houses que emigraron del delta. ¿Es esa la atmósfera que se respira en esta primera obra homónima de Hound Dog Taylor y sus HouseRockets?, yo te lo explico. En parte si, Hound Dog no puede ocultar su procedencia rural (Natchez, Mississippi, 1915), pero la moderniza enriqueciéndola con el sonido propio del Chicago electrificado de los 50, de Elmore James y Robert Nighthawk, sus maestros. ¿Y qué hay de Muddy Waters, B.B. King, Freddie King, Little Walter, Buddy Guy...?, (Rufus no me lo ha preguntado, soy yo el que mantengo el diálogo interior...), esos artistas no me interesan hoy Rufus, recuerden que le hablé de enseñarme la historia menos conocida de la ciudad.

Esa dualidad geográfica se refleja perfectamente en el álbum, primera obra publicada por el sello Alligator, mezcla del blues del sur y el rock del mid-western norteño. En los temas compuestos por el propio Hound Dog, "She´s Gone", "It´s Allright", "I Just Can´t Make It" y "Give Me Back My Wig", domina el slide-guitar al galope del boogie-woogie, de su guitarra (una Kingston Kawai Teisco que ya la quisiera para sí Jack White) sale un ritmo impetuoso que empuja al baile. La vieja Telecaster de Phillips y el primitivo kit de la batería de Harvey suenan a puro y rudo rockin´-nite show. En las versiones de los temas de Elmore James, "Held My Baby Last Night", "Wild About You Baby" y "It Hurts Me Too", más lentas, el bottleneck-sound contiene más aromas del quejido rural del sur. En las piezas instrumentales, "Walking The Ceiling", "Taylor´s Rock", "Phillip´s Theme", "44 Blues", "55th Street Bogie" (presumo que esta última la compuso en el mismo Expressway Lounge de la calle 55), el trote boogie sigue dominando el sonido. Un bonus track, conteniendo una brillante versión del "Look On Yonder´s Wall" de Memphis Jimmy, cierra el álbum. Grabado en diciembre de 1970 en los Sound Studios con Stu Black como ingeniero de sonido (un gran profesional que participó en numerosas sesiones con The Ides of March o The Flock, bandas también oriundas de Chicago), el sonido conseguido es el del genuino garaje-blues, así hablaba de ellos Robert Christgau (uno de los más reconocidos popes de esta cosa), que tampoco se cortó un pelo al calificar a Hound Dog and The HouseRockers como los "Ramones del blues".


La jornada de hoy culmina en el club Kingston Mines, en el 2548 de North Halsted Street, ya en pleno North Side, cerca del zoológico de Lincoln Park, allí donde los turistas blancos van mayoritariamente a escuchar blues en directo. Actúa esta noche Joanna Connor con su Blues Band, una auténtica peso pesado de la guitarra distorsionada. Sus temas recogen el espíritu south side de los primeros guetos de los emigrados del delta, sonido electrificado en las tiendas de ropa judías y en las kitchenettes privadas de Maxwell Street. Su música guarda también el olor a orines de callejones de madera, la algarabía del foot-stomping de la multitud circundante, el ritmo rudo de las primeras bandas de blues y rock´n´roll negras de las que Hound Dog Taylor y los HouseRockers fueron estandarte. De vuelta al hotel nos acercamos al Theresa´s Lounge en el 4801 South Indiana Avenue. El local, un bajo adyacente al edificio de apartamentos del Indiana Manor, está actualmente abandonado. Su estado supone un claro insulto a la memoria de Theresa Needham, una de las mujeres pioneras en el primer y más genuino circuito de clubes en el South Side de Chicago, pero de ello hablaremos en la segunda parte.

30 ene. 2020

ABECEDARIO MUSICAL: LETRA D



DINARAMA + ALASKA                     "CANCIONES PROFANAS"
(se escucha ruido de música al otro lado de la línea telefónica...)..., ¿Bajo el Volcán? (calle Ave María 42, Lavapies), sí, dígame..., ¿tenéis un libro de Marcos Gendre titulado "Deseo Carnal, Alaska y Dinarama, mil campanas"?..., creo que está publicado por la editorial Efe Eme..., (el receptor baja el volumen del sonido)..., humm..., pues no, no lo tenemos. Las bazas que antes de la llamada jugaban a favor de "Deseo Carnal" (Hispavox, 1984) desparecen casi instantáneamente...., ¿elegimos "Canciones Profanas" (mismo sello, año 1983) entonces?..., bueno, no está mal, es una obra que no me desagrada, es más, quizás sea mejor hablar de ella, desde luego no llega a la altura de sus "Grandes Éxitos" (Hispavox, 1982), ni peca de ese poquito de sobre-producción y arreglos orquestales que tiene "Deseo Carnal", y además se encuentra en ese punto clave de las segundas obras de los artistas en las que tienen que demostrar que el nivel obtenido en su primer trabajo no fue fruto de la casualidad. Lo que ocurre es que, hablando en propiedad, ese disco es más bien de Dinarama, no de Alaska, nombre añadido al grupo de Carlos Berlanga y Nacho Canut por la presión de un sello discográfico que quiere aprovechar el tirón de ventas del primer disco de Alaska y Los Pegamoides.

Parece cosa de maleficio, cómo una sola letra (la Dé) puede trastocar todo un plan de trabajo. LLevaba ya tiempo pensando en incluir en el blog una nueva sección que recogiera discos de artistas o bandas preferidas clasificadas por orden alfabético. Se sumó a esa idea el agruparlas por la década de grabación, concretamente la de los ochenta, una época que ha sido tradicionalmente denostada y que pensaba merecía la pena reivindicar. Echó mano del archivo de la colección y el ratón empezó a correr ilusionado entre las líneas que ocupaban la letra A. Chasco, tan solo un trio de referencias en esos diez años, las de Al Jarreau y su magnífico "High Crime" (Warner Bros Rcds, 1984), el "Alas sobre el mundo" de Aviador Dro (DRO, 1982) y la discografía casi completa de Alaska con Los Pegamoides y Dinarama. La escasa presencia de artistas protagonistas femeninas en las entradas del blog le decidió a escoger a la hispano-mexicana, también el hecho de dar cancha a una formación española (nacionalidad tan poco representada en un conjunto de textos donde los artistas anglosajones juegan un papel preponderante).

Según iba investigando en la información disponible sobre Alaska irrumpía el hecho flagrante de la personalidad de Carlos Berlanga, quizás como contrapunto de la artista femenina. Contraste necesario, adivinaba el autor, para realzar el éxito de ambas formaciones. Ambos educados en ambientes poco usuales en la época, el de Carlos, más progresista como alumno de un colegio de reconocido enfoque liberal, hijo de uno de los mejores directores de cine españoles contemporáneos, el de Alaska, más cosmopolita, más estrella de serie televisiva americana (de ascendencia también cubana), convergen en uno de los primeros grupos de la llamada movida madrileña, Kaka de Luxe. Recuerda ahora el autor un concierto en el Teatro Martín en el que compartieron cartel con el Paraíso de Fernando Márquez, el Zurdo, compañero así mismo de las correrías musicales y fanzineras que hermanaban a un pequeño grupo de gente inquieta. Nacho Canut, por no dejar de lado al tercer pilar de las formaciones mencionadas, posee una educación más convencional (gracias a los jesuitas), y piensa el autor que, quizás por ello, tenga más necesidad hormonal para lanzarse y participar en el bullicio, en la agitación creativa que entonces se extendía como un virus por toda la ciudad.

Conviene dejar constancia, el autor se empeña en ello, de una feliz época de su vida en la que Madrid, capital tantas veces censurada (a veces justamente), era una auténtica fiesta. Desde los años 77-78 hasta bien entrada la segunda mitad de la siguiente década, Madrid fue un hervidero, una olla a presión que buscaba asemejarse a otras grandes urbes europeas. Poetas, escritores, músicos, pintores y dibujantes de cómics y fanzines, diseñadores de moda, editores de revistas, cineastas, fotógrafos, galeristas, productores de radio y televisión, ¡hasta toreros!, independientemente de su calidad (que evidentemente no era semejante en todos) se lanzan a un ruedo que la llamada Transición propicia con unos mínimos de libertad creativa hasta entonces nunca experimentados. Todo era nuevo, el espacio del descubrimiento estaba recomendado para todo tipo de público, las autoridades municipales, además, apostaban sin ambages por el cambio de rumbo. Sin tener que esperar al fin de semana, raro era el día en el que no hubiera algún acto destacable, tanto por lo inusual del hecho como por el componente lúdico que a menudo acompañaba a la misma acción. Muestras y exposiciones de pintura y fotografía, presentaciones de nuevas revistas, fanzines y comics, libros de temática atrevida y performances poéticas, decisivas emisoras de radio y programas televisión (en los que los espectadores formaban parte del espectáculo), reapariciones de matadores (Antoñete o Manolo Vázquez) en unas Ventas repletas de gente joven (no era raro cruzarse en los tendidos con miembros de bandas como Gabinete Caligari y Pistones), Madrid se agitaba en un ritmo frenético y el autor quiere dejar constancia que fue espectador en primera fila de aquella maravillosa algarabía.

Frente todo este elenco de actividades fue la música la que atrajo mayor número de seguidores, más público ansioso de participar en esa explosión de júbilo colectivo. No tan solo en las salas de conciertos se anunciaban las actuaciones de los mejores grupos extranjeros y nacionales del momento, también se extendieron los garitos de copas y música (y no solo los desplegados por las zonas de Malasaña y el barrio de Arguelles) donde, unos djs ya conocedores de las últimas novedades y gustos de la parroquia, pinchaban hasta un horario que, prolongándose hasta el comienzo de la jornada laboral, empezó a conocerse como after-hours. El autor busca ahora en su archivo las entradas de los concierto que Siouxsie And The Banshees dieron en el Teatro Barceló (en este último actuando Nacha Pop como teloneros) y en la sala Rock-Ola los años 1981 y 1982. Lo hace para reivindicar la clara influencia que la cantante inglesa Siouxsie Sioux tuvo en la Alaska de aquellos años, tanto en su apariencia e imitativa estampa en escena como en el estilo musical que imprimió en una buena parte de las composiciones de su banda. El autor me comenta, en un apartado en el que se prepara un café bien cargado, cómo su amigo Álvaro (compañero entonces de correrías de todo tipo) prefirió dedicarse en ese último concierto a perseguir sin éxito a todas las pajaritas que se encontraban a tiro de su largo arco peludo.

Asumida ya la incongruencia de iniciar la sección alfabética con la letra D, el autor se pone manos a la obra. "Canciones Profanas" por fin. Inicia la cara A "Crisis", un de los grandes temas del álbum, la rotundidad del texto, enfatizada por la soledad de unas palabras sin ligamen verbal, lo hace más atractivo; magnífico aquí también el bajo de Nacho Canut, amparado en un sonido de funk-soft electrónico muy conseguido. "Cebras", el siguiente tema, refuerza mi idea de que aunque la voz de Alaska no es precisamente su fuerte, tanto el carácter del texto como la atmósfera del sonido le otorgan un plus especial de convicción.  Este caso es más sintomático en una composición como "Kali", una boutade etnográfica en el que, de nuevo, el tono vocal de Alaska, sin apenas expresión emocional, plano de timbre, casa perfectamente con una pieza de cera estática. En "Líneas Rectas" el curso del disco sigue los mismos derroteros. Voz machorra de Alaska, ritmo sincopado, poseedor de una energía apagada, los arreglos le otorgan ese ambiente agonizante que perdurará durante gran parte del trabajo. Con "Club de Egipcios" el disco se recupera, la voz de Carlos (que posee algo más de simpatía, más vitalidad) junto al excelente bajo de Nacho, refuerza el aspecto más pop, más festivo del disco.

La Cara B se asemeja al efecto cima-valle de tantas otras obras. "Perlas Ensagrentadas" y "Rey del Glam" componen los primeros ochomiles. El experimento vocal, compartido esta vez al unísono entre Carlos y Alaska, funciona mejor en la deriva pop que parece ahora hacerse con el control de la obra. Los arreglos, un leve visillo que se acopla perfectamente con la contundencia exacta de la percusión, convierten "Perlas Ensangrentadas" en uno de los temas más sobresalientes del disco. Ocurre los mismo con "Rey del Glam", la voz de Alaska es aquí más femenina, sin que por ello pierda convicción. La composición, un maravilloso cuenco hispano del mejor molde glam inglés, es vibrante, pegadiza, hasta mucho después de la salida de la ducha sigue ocupando la mente del oyente. "Egeo", sin ser un tema menor, no alcanza a sus inmediatos antecedentes y va marcando el descenso hasta el valle, la voz de Alaska sigue modulada, más asequible para aquellas aspirantes que nunca se matricularán en una escuela de canto. 

Con "Sacerdotisas de Baal" planeamos ya cerca del suelo (mientras decidimos cambiar de párrafo para no atosigar al lector con tantas frases seguidas). Alaska toma de nuevo las riendas y su voz grave se funde perfectamente con una canción que vuelve al oscurantismo gótico. A semejanza de "Kali", la simplicidad rítmica es un punto a su favor y este hecho permite una mayor variedad y riqueza en los arreglos. En "Nativos", la canción que menos me seduce (a pesar de una leve y encantadora distorsión guitarrera que la acompaña en todo su minutaje), la atmósfera queda de nuevo secuestrada por la voz de Alaska, pero es un rapto con efecto síndrome de Estocolmo, no lo olvidemos. La canción que cierra el disco, "Deja de Bailar", supone un nuevo despegue hacia una cima que se presume llegará en su siguiente trabajo, "Deseo Carnal". Uno de los mejores momentos pop del disco, una magnífica composición en la que Berlanga y Canut responden con un apabullante e irónico título a la presión de un sello que buscaba un nuevo éxito tipo "Bailando". El cierre de la obra no puede ser mejor ni más esperanzador.

Carlos Berlanga se quejó del resultado final del álbum aduciendo que los arreglos, más alineados con los gustos musicales del co-productor Ángel Altolaguirre, no le gustaron nada, que aprovecharon su ausencia justo después de la grabación (cuando cumplía la mili) para ultimar una mezcla que prioriza el tono gótico que ya se contemplaba en el "Grandes Éxitos" de Los Pegamoides. No estoy muy de acuerdo, el autor eleva su dedo índice; "Canciones Profanas" posee dos caras, comenta convencido, una oscurantista, influenciada por la poderosa corriente del momento Siouxsie, otra más popera, en la que Carlos se siente más cómodo, y en la que una pieza como "Rey del Glam" muestra uno de sus puntos álgidos. En todo caso, esta obra remarca sobradamente ambos aspectos, ambas visiones, y queda enriquecida además por el talento compositivo del dúo Berlanga y Canut, sus textos muestran la frescura lírica de sus autores, la profunda levedad de sus influencias literarias y pictóricas (Berlanga es un artista que ya empezaba a destacar por sus dibujos y tiras de cómics), las imágenes que provoca su poesía urbana no dejan de mostrar además sus gustos cinematográficos. Antes de finalizar, el autor desea hacer una mención especial para Johnny Canut en la batería (hermano de Nacho), gran trabajo el suyo, y para Javier de Amezúa al saxo (hermano de María, la más bella musa hippy de la Facultad de Derecho de unos años años antes), su intervención en la grabación otorga al disco un loable toque Andy MacKay.







15 ene. 2020

RELATOS X: ACCIDENTE PRÓXIMO A SUCEDER



Mañana me gustaría entrevistarte para el blog, le comenté (unas horas después la idea quedó confirmada en un WhatsApp que a continuación resumo). Propongo quedar en un sitio discreto, bajo la estatua del oso y madroño en la Puerta del Sol, punto cardinal desde el que podemos tomar cualquier dirección, conozco una tetería, cerca ya de Atocha, donde si hay suerte nos hacen la danza del vientre. No lleves ningún envoltorio de plástico encima, te cachearé para comprobarlo. No fue allí donde por fin nos encontramos y mientras divisaba su inconfundible físico me pareció contemplarle pensativo entre un plato de patatas fritas y el postre de su reciente jubilación. Ahí estaba y yo iba dispuesto a darle una paliza pero su abrazo de oso pidiéndome disculpas definitivamente me desarmó. Decidí a continuación exponerle parte del guión de la entrevista para de esa manera mantener su atención. La cervecería Santa Bárbara estaba tan repleta de gente que no era raro ver cómo los camareros (uniformados con su tradicional chaqueta, camisa blanca y corbata negra) tropezaban unos contra otros a lo largo del estrecho pasillo central. Los grandes espejos de las paredes reflejaban una decoración más del gusto del XIX, dominaba el color rojo tiziano sobre el terciopelo de unas butacas ya algo desgastadas, la luz del local se enroscaba en la caracola blanca y dorada de las antiguas escaleras austro-húngaras.

Algunos aseguran que hubo un tiempo en que los hombres se miraban a los ojos y se entendían, así, por las buenas, sin palabras, pero el inspector Martínez pensaba que eso debió ocurrir hace ya unos cuantos siglos; hoy la gente habla y habla para no decir nada, se esconden detrás de sus voces para disimular su ignorancia, como si fueran un escudo contra la caries mental. Encendió otro cigarrillo, tengo que dejar esta mierda, me está matando, masculló mientras tentaba con la lengua las llagas de su paladar superior. Y este hijo de puta, este que se cree que por tener un bar de moda ya está por encima del bien y del mal, cabronazo, no ayuda nada, con esa mirada de corcho podrido por el alcohol, nos niega lo que todos ansiamos saber ahora, nos oculta la única pista por la que posiblemente podamos averiguar algo. Los aros de humo del inspector Martínez salían a borbotones desde sus finos labios, las pequeñas ondas iniciales alcanzaban su máximo diámetro antes de llegar al techo, olió la nicotina impregnada entre sus dedos antes de atusarse la perilla, quiso carraspear pero le pareció fingido. Se acercó después a la bombona de agua colocada en una esquina del pasillo, la madre los parió, tampoco han repuesto los vasos hoy, y este idiota sigue ahí sentado, confiando salir en cuanto aparezca su abogado. Aspiró la última calada de su Lucky para aplastarlo a continuación en un repleto cenicero de cristal, el expediente seguía abierto encima de la mesa y allí se encontraba la fotografía.

Tienes que aguantar, aguantar ¿entiendes?.... Si, yo soy ese hijo de puta, el cabronazo idiota propietario del bar de moda del que habla el inspector Martínez. Aquí me encuentro, en una de las comisarías del barrio de Salamanca, en este cuartucho de apenas... (duda en ese momento sobre la expresión más exacta) 10 metros cuadrados; helado, sin calefacción, rodeado por cuatro paredes desnudas y una puerta cerrada a cal y canto; parece como si mi fortaleza se escurriera entre el gotelé de estas paredes para caer al suelo lentamente. No pienses en ello, tienes que aguantar...; antes de nada, toma conciencia de tu situación, no le mires a los ojos, haz lo posible por mantenerte alejado de su mirada, fíjate solo en su boca, incluso en ese maldito perfil judeo-masónico que tanto te repugna. Y mientras esto ocurre no puedo dejar de preguntarme, qué demonios hago yo aquí, qué es lo que ha pasado realmente. Esos dos tipos aparecieron en el bar, escogieron la única mesa disponible al lado de una de las ventanas, no los había visto nunca por el local. Me pasaron la comanda de Roni, una cerveza y un gintónic de Beefeater, les miré de soslayo, uno de ellos, el de la barba, sacó un papel y empezó a escribir, parecían muy animados, nada anormal en una tarde previa a los días de Navidad. El bar se encontraba entonces prácticamente lleno, más aun en la zona interior, donde un numeroso grupo de americanos trasegaban unas cuantas botellas de Rioja. En la barra, en el extremo cercano a la mesa de esos dos tipos, recuerdo haberla visto. Me pegó un subidón, lo confieso.


¿A qué viene todo este revuelo, cual es la razón de esta historia?, se arrellanó en el sofá, junto a la chimenea, desde allí podía contemplar la enorme estantería de caoba del salón (completa la colección del National Geographic desde los primeros años 50), su lugar favorito en la casa familiar de la calle Pinar,  una bellísima travesía en cuesta hacia María de Molina, rodeada por los palacetes que albergaban la embajada portugesa y el Colegio Alamán. Allí llegaron desde Bilbao a finales de esa década, él apenas contaba entonces 5 ó 6 años. Apuesto que seguramente vieron las comitivas de Eisenhower del año 59, las de Nixon y Ford tiempo después, la de los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins recién descendidos de la Luna, doblando por la plaza del Marqués del Duero hacia Colón. Si alguien me pidiese declaración, y tan solo en caso de apertura de expediente administrativo, solo diría que el autor del texto me citó para hacerme una entrevista; que quedamos por la zona del barrio de las Letras pero que (he de reconocerlo, debido a la fuerza mayor de una inacabable sobremesa) yo le propuse anticiparnos y vernos en la cervecería de Santa Bárbara. Allí se presentó y nos dimos un abrazo, pidió un doble de cerveza negra mientras me explicaba el motivo de nuestro encuentro. Recuerdo que comenzó a preguntarme cosas extrañas, sin mucho sentido, y que yo me limité a seguirle el juego.

El inspector Martínez abre la puerta de la sala V605 y procede al interrogatorio final. El dueño del local de moda se encuentra sentado enfrente de la cámara de seguridad, su cara refleja ya el cansancio propio de tantas horas perdidas. Se miran sin verse, el inspector deja caer con fuerza el expediente sobre la mesa, ¡te voy a cantar las cuarenta, cabrón!. El idiota del local (sin duda asustado por el ruido) se atreve a pedir un vaso de agua; hoy no hay agua ni hostias (por una vez el inspector Martínez dice la verdad), me vas a decir de una puta vez qué pasó entre las 9 y las 10 y media de esa noche mientras le muestra la foto. Allí se les ve, él detrás de la barra con un trapo entre las manos, la supuesta víctima al otro lado, sentado sobre un taburete, impecablemente vestido con su traje y sombrero blanco. ¿Qué pasó entonces?, ¡contesta, maldita sea!. ¡Nada, no pasó nada!, ese tipo se limitaba a quemar cosas, ¿qué cosas, no eran papeles o cartas entonces...?, no inspector, la carta que sostiene en su mano derecha es en realidad una tarjeta de visita profesional, el local está lleno de ese tipo de cartulinas, mire usted al techo y se dará cuenta. Al inspector (curado de desconciertos después de su segundo matrimonio con una mujer de Cali) le sube repentinamente un regüeldo con sabor a ajo colombiano y pregunta, ¿y qué ponía en la tarjeta?..., no recuerdo el nombre inspector, solo la profesión allí escrita, era..., periodista del The Guardian.

Debo aclararles que, por empeño personal del inspector Martínez, no hubo lugar a dar curso oficial al expediente abierto el día de autos (actualmente archivado en el Ministerio de Interior, sección Patrimonio Documental, pasillo 23F). Allí se encuentra la declaración de la supuesta víctima, tanto en lo que ésta relata sobre su antigua relación personal con el autor del texto como en lo relativo al contenido de la entrevista que le propuso. El temario de preguntas no deja de tener cierta incongruencia. ¿Recuerdas la primera persona que conociste sin conocerla previamente de nada?, ¿cual fue tu primera reacción mecánica al ser consciente de que no podías correr a gran velocidad?, ¿pensabas mientras comías?, ¿qué sentiste cuando escuchaste por primera vez "El Garrotín?, ¿cual es el número de tu DNI que menos te gusta?, ¿qué es lo más característico del ambiente de Madrid que encuentras en Bilbao?. Curiosamente de todas las respuestas transcritas por el entrevistado se deduce una clara querencia por su relación personal con el sexo femenino (incluidas las monjas de sus primeros años escolares); tanto es así que no le dolieron prendas al admitir representar su papel ideal como el de una mujer no procreadora, me encanta ser mujer, le comentaba al autor, mientras dirigía a Roni una mirada no incluida en la carta del restaurante de moda.


El inspector Martínez salió de la comisaría con todas sus pertenencias intactas, ¡ya es raro!, nadie ha metido mano hoy en mi taquilla. Hay constancia fotográfica en la que se le ve con el Jefe de Servicios Internos; parece mentira Martínez, después de más de veinticinco años de paz me la mete usted doblada, espere Barroso, recapacite, no tengo nada contra usted, todo lo contrario, pero necesito salir de esta pocilga cuanto antes, y tranquilo, nadie sabrá nada de lo nuestro... Un par de horas después, el dueño del local de moda (El Economato, calle Bailén 5) dejó la sala de interrogatorios, libre, sin cargo alguno. La supuesta víctima, aun adormilada en el sofá de su casa de Pinar, miraba el reloj regalo de su boda, cotejando el horario del último autobús de línea a Bilbao. El autor del texto piensa en reservar su mesa favorita en El Comunista para proseguir con la entrevista. Puede que les mantengamos informados.



A Javier Urroz.




11 ene. 2020

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2019 II



Segunda y última entrega de esta antología fotográfica del pasado año. Aquí los motivos son variados, oscilando entre interiores y tomas externas. Desde la espontaneidad infantil hasta la reflexión sobre los perfiles tamizados por unos visillos, el autor ha pretendido retratar algunas estampas que, a pesar de su indudable trivialidad, colman no pocos momentos de nuestra existencia.

1.- SEÑALES DE SUEÑO


2.- ELLA


3.- ROPA SUCIA


4.- SE ALQUILAN


5.- EFERVESCENCIA


6.- ME PLANTO


7.- REFLEJOS EN UN OJO DORADO


8.- AHORA SILENCIO