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23 jun. 2020

MIL DOLORES PEQUEÑOS



THE KENT 3                           "STORIES OF THE NEW WEST"
Estuve tentado de comenzar este texto con la cita de algún relato de Ignacio Aldecoa pero, según iba trabajando en él, decidí dejar a los favoritos tranquilos en su sitial y no salir de mi barbecho. Por fortuna no está hecha la condición de buen escritor para todos los mortales. Viene esto a cuento porque en algún instante de estos días pasados me vino a la mente aquel inicio de un relato suyo (lo transcribo seguramente sin orden) que hablaba de lo difícil que le resultaba a un cobrador de tranvía sonreír en Madrid en el mes de Julio. El caso era que yo estaba viviendo una situación parecida, si no en la misma escena urbana descrita por el escritor vasco, si en la sensación que entonces me dominaba. Después de un grave accidente de tráfico me encontraba inmovilizado en mi casa, por la fuerza ajeno a ese mundo externo que creía haber recuperado después de tantos meses de confinamiento. Si, he de confesarlo, me costaba sonreír, me costaba comprender también cómo había sucedido todo, incluso si llegué a ser capaz en algún momento de anticiparme al riesgo, de parar y detener el tiempo.

Compruebo consolado cómo en esos estados de desolación los libros no solo acompañan, también curan, restañando unas heridas a veces tan escarpadas como las simas de Igúzquiza.  Me ocurrió no hace tanto tiempo con "El cielo protector" de Paul Bowles y lo hace ahora con "Meridiano de sangre" de Cormac McCarthy. En ambas obras el paisaje del desierto, subsahariano y africano en el primero, el del Sonora americano y fronterizo el segundo, sirvió de marco geográfico a dos hechos traumáticos. Los personajes de esos libros vagan sin rumbo aparente, temiendo encontrar en un mundo desconocido la inseguridad del que intentaban escapar. Reconozco ahora que con Bowles yo huía de mí mismo, profundamente avergonzado, con McCarthy me encontré en el mismo punto final, el de las ondas electromagnéticas del dolor.

Resolví entonces sacar fuerzas de flaqueza y escribir un párrafo diario, servirme para ello de cualquier influencia que me pudiera haber llegado durante las interminables horas de reposo y recuperación que me esperaban. Mientras hojeaba el último ejemplar de Rockdelux, el que ponía punto y final a su prolongada trayectoria, me sentí sin apetito, con pocas ganas de hincarle el diente. Nunca he sido devoto de esta publicación musical, tan solo la he seguido en sus resúmenes anuales y en alguna que otra edición dedicada a un artista favorito. Asunto distinto fue cuando me enfrenté a uno de los últimos números de Enlace Funk, revista veterana dedicada al groove funk, jazz, latin, soul... De ahí saqué una gran cantidad de referencias de artistas que se mueven en esa onda, me entretuve en ver sus vídeos, archivarlos en una carpeta ad hoc, creando un listado específico que bautizé como elgorrinocojo. Vi un par de películas de John Ford ("La legión invencible" y "El hombre que mató a Liberty Valance") y otra de Peter Bogdanovich ("Luna de papel"), no me dormí en ninguna de ellas. ¿Qué más...?, desempolvé algunos suplementos domicales atrasados para terminar enfrentándome al mismo cansino discurso de la nueva normalidad. No merece la pena seguir por ese camino, no creo en él.

Mientras suena la tembladera de "Mambo No 666" de Tito Ramírez ("The Kink of Mambo", Antifaz, 2019) hago acopio de las pastillas que ya están empezando a hacer merma en mi castigado estómago. La próxima toma está programada para dentro de algo más de 3 horas, mientras tanto las heridas no dejan de rastrillar su rabia por la piel ennegrecida. Memorizo las llamadas recibidas interesándose por mi estado de salud. Constato que en cada una de ellas he llegado a explicar los acontecimientos con alguna variante más o menos tenebrosa, de aquellas en las que el oyente no quisiera verse ni por asomo envuelto, y me pregunto cual de esas versiones será la verdadera, cual quedará fijada en la memoria como la más cercana al acontecimiento real. Admito que en algunos momentos he llegado a pensar en un resultado fatal. Motivado quizás por la incertidumbre que probablemente provocará en algunos lectores el nombre de esta banda americana, hace días determiné que la segunda obra de The Kent 3 ("Stories of the New West", Super Electro Rcds, 1997) fuese la banda sonora de estos días de rayadura mental.

The Kent 3 se forman en el área de Seattle a principios de la década de los 90. Los cuatro miembros originales graban sus primeros singles en 1994 en el sello Bag of Hammers. "Screaming Youth Fantastic" es su álbum de estreno ese mismo año, un kaleidoscopio acelerado de punk, surf y rock. Grabado en los estudios Wedgewood Manor, fue producido por Jim Collier, personaje preferido en las catacumbas más subterráneas de la ciudad de Seattle. Se suceden a partir de entonces varias salidas y retornos de los miembros del grupo hasta que definitivamente quedan conformados como un trío, Viv Halogen (guitarra y voz), Adam Gremdon (bajo) y Tyler Long (batería). Steve Turner, guitarrista fundador de Mudhoney, los ficha para su sello Super Electro después de asistir a uno de sus conciertos. Para este su segundo trabajo "Stories of the New West" de 1997 acuden a los mismos estudios de Wedgewood Manor y confían en el mismo Jim Collier para las labores de producción.

Escuchando una y otra vez esta segunda obra de The Kent 3 uno tiene la sensación de encontrarse ante una revisión más acelerada, más caústica de Violent Femmes. Temas como los que inician el álbum, "Stories of the New West", "Amateur Motor Race", "International Mod Heights", también los que se suceden durante las etapas medias y final, "Speedball", "By Heading East" y "Mad About The Boy", así lo proclaman. Guitarras de alta tensión telegráfica, percusión con ecos de pasillos oscuros llenos de humedades, voces en el umbral del cortocircuito. Dos instrumentales, "You Can´t Get Rich Like That" y "Strangers (High Fiving in the Streets)", el primero posee el encanto de una toma de ensayo, el segundo, con la aportación del saxo de Matt Grendon, tiene un sonido The Seeds más atractivo. "11th St.Wipeout" suena al post-Creedence que pocos años más tarde popularizaría una banda como Southern Culture on the Skids. "The Scientist", siguiendo con las comparaciones, recuerda mucho a los The Lyres del "How Do You Know" ("Lyres Lyres", New Rose Rcds, 1987). En "Factory Row", el sonido de las guitarras de Viv Halogen acercan el tema al psicobilly de Mike Ness y su Social Distortion. Una última mención para "Soul Commode", el tema más flojo del álbum, intrascendente sin desentonar con la atmósfera general del disco.

"Stories of the New West" no es nada del otro mundo, quiero decir que si este álbum faltara en cualquier colección que se precie no ocurriría nada irreparable. Pero es posible que sea necesaria la conjunción de varios elementos para que este segundo trabajo de The Kent 3 adquiera una nueva dimensión. Las piezas se podrían conjuntar de forma totalmente aleatoria, desde la mención al Taos (Nuevo México) del autoexilado Dennis Hopper, a la fotografía interior del "Sage Advice" (Demos Rcds, 1990) de The Band of Blacky Ranchette, desde los presuntos efectos curativos de las escamas del sapo volterius, hasta la referencia al personaje de Roque Barcia del cantonalismo de Cartagena. Noam Chomsky y su Internacional Progesista Band Orchestra ambientan la espera (con versiones de temas de Blaine L. Reininger) desde un pequeño escenario ubicado en la sala de urgencias de un gran hospital. Nueve horas de estancia en el reducido teatro del mundo mientras Betty, Carlos, Javier, Rubén, Genoveva, Mª de los Ángeles, Gloria, la parte femenina de la familia Murphy, trasegaban su pequeño dolor ante las cámaras de seguridad de la repleta sala de consultas. En muchos de esos instantes vacíos he recordado las canciones de "Stories of the New West", algunos de sus riffs y versos me han servido de compañía, parte de sus ecos han llenado un vacío que a veces se volvía difícilmente soportable. Por todas estas razones, además, me gustan The Kent 3.





3 jun. 2020

RAREZAS XIX: SOÑAR




SOLID SPACE                             "SPACE MUSEUM"
El Profesor Nesta es un vendedor de humo, personaje de edad indeterminada, suele aprovecharse de la ignorancia de esos pardillos que, conscientes o no de ello, torpemente acarician un nirvana casi siempre fraudulento. El Profesor Nesta nunca cumple años, no le hace falta soplar las velas porque su paso por la tierra abarca un enorme y desdibujado paréntesis temporal, sus tejemanejes son tan extensos e imprecisos que se asemejan a los que se procuraron durante milenios los nigromantes de las tribus antiguas. Por lo ya dicho habrán deducido ustedes que su labor consiste básicamente en engañar al tonto y vivir a su costa. Ángel Sánchez es su socio único y preferente. Ángel se dedica a dar la matraca a los oyentes con un insoportable electro-shock que recuerda los peores momentos del bakalao. Está enamorado de una chica de raza nubia que asiste desorientada a sus sesiones, pero ella no le hace ni puto caso. El Profesor Nesta y Ángel Sánchez están trabajando sobre un remedio que acelere el logro de una vacuna contra el covid-19 y, para financiar el proyecto, cuentan con la ayuda de una asociación ultra de tractoristas manchegos (noticia esta última todavía no confirmada en la redacción de la Agencia).


Recorto un artículo publicado por Carol Pires (1). "El neurocientífico brasileño Sidarta Ribeiro, que desentrañó la ciencia de los sueños en el libro "O Oráculo da Noite", recomienda una solución lúdica: soñar. No soñar en el sentido publicitario que ha acuñado la ecuación "sueño igual a deseo que es igual a dinero". Sino soñar como lo hacían nuestros ancestros, como ejercicio para entender nuestros miedos, para solucionar problemas y encontrar pistas para el futuro". Me pregunto alarmado qué relación podría existir entre nuestros ancestros y el Profesor Nesta, ¿o es qué acaso este último no sueña...?, ¿y quién me asegura que la interpretación que dichos ancestros hacían de sus sueños no se asemeja a los que hace con los suyos la chica de raza nubia?. Todos soñamos, deduzco, ¿pero lo hacemos habitualmente sobre un mundo mejor?. Yo, sin ir más lejos, esta pasada madrugada andaba soñando con la muerte, venía a visitarme disfrazada con la máscara de Alien, el octavo pasajero, y claro, salí despavorido de mi sueño, deseé soñar entonces en que era inmensamente rico o, en el peor de los casos, anhelé volver a padecer aquellos incómodos insomnios propios del climaterio.

No recuerdo en qué momento de mi errática existencia tuve conocimiento de Solid Space y su obra "Space Museum" (Dark Entries Rcds, 2017). Gran parte de los indicios apuntan hacia alguna revista rara (del tipo de The Sound Projector), una reseña obtenida de una fuente no muy común, quiero decir, absorbida desde una de esas piletas donde solo suelen abrevar las bocas que no rechazan el grasiento sabor del almizcle. Creo que por entonces (por dar alguna pista al autor del texto), yo andaba bastante interesado con las grabaciones de Delia Derbyshire con la BBC Radiophonic Workshop (que pena de dentadura, ennegrecida por el tabaco) y también en los artistas cobijados bajo el sello Ghost Box (particularmente en Belbury Poly), o en gente como David Tibet y su Current 93 o Ben Chasny y Six Organs of Admittance. Las obras de ciencia ficción de Clive Staples Lewis y su "Trilogía Cósmica" debieron influir lo suyo, al igual que los seres profundos de H.P. Lovecraft y los acantilados de mármol de Ernst Jünger. En todo caso, el descubrimiento de Solid Space fue muy fructífero, se asemejó a aquel proceso de rebobinación en el que, además de las referencias citadas, recuperaba también parte de los comics de estilo de la época, Métal Hurlant, CIMOC ó 1984.

De lo que si se tiene noticia en la redacción de esta Agencia es que el Profesor Nesta y Ángel Sánchez se reunieron clandestinamente en un piso húmedo y estrecho de la calle Ave María, allá arriba, cerca ya del cruce con Antón Martín. A la luz de un par de lámparas de queroseno el profesor desplegó un grande cartapacio repleto de recortes de periódico, notas manuscritas y otros documentos imprecisos. Carraspeó antes de hablar. Lo que parece claro es que debemos fijar nuestra atención en los experimentos desarrollados a partir de material genético, esto es, aquellos en los que la célula haya generado las proteínas suficientes que permitan que el virus se multiplique. Los ojos de Ángel Sánchez permanecían fijos en el tablero de la mesa, disimulaba así un repentino correazo de pánico que le subía por la espina dorsal. Cuando te inyecte la dosis precisa, continuó el Profesor Nesta, tu ADN se transformará en material genético viral y eso propiciará que las células dendríticas puedan localizar e inmunizar el virus. Ángel Sánchez pensaba entonces en la chica de raza nubia y en cómo se ganaría con este acto su estima, él, un díyei del montón convertido en el héroe salvador de la humanidad. Levantó la cara de la mesa, qué calor, dijo, comprendo a los japoneses.

A principios de la década de los 80 Inglaterra seguía padeciendo una importante desescalada en sus respetables niveles de bienestar social (suena "Hole In The Sky", Black Sabbath, "Sabotage", Sanctuary Rcds, RE 2015). A los altos porcentajes de desempleo le acompañaban una creciente inflacción y un grave y continuado deterioro en su tejido industrial. El descontento de la población juvenil crecía enormemente, parecía que tan solo existiera salida enrolándose en el ejército (la guerra de las Malvinas supuso un inesperado asidero para la continuidad del gobierno de Margaret Thatcher), pretender ser un futbolista bien pagado en un club de la Premier o formar parte de una banda de rock. Este último camino fue el que afortunadamente decidieron seguir los miembros de Solid Space, los londinenses Dan Goldstein (teclados y voz) y Matthew Vosburgh (guitarra, bajo, teclados y voz). Solid Space nace cuando su banda inicial, Exhibit A, publica su segundo single. Es en ese mismo momento cuando componen "Platform 6", un tema que les dará pie para crear Solid Space y estructurar su próxima propuesta musical, aprovechan también para dar así por terminada su primera etapa. Cuentan entonces con tan solo 16 años. Su sonido es una mezcla entre el primer post-punk y la new vawe, allí se encuentran reminiscencias de grupos como X-Ray Spec y Wire, el primer techno de John Foxx de "Metamatic", ya desgajado de Ultravox!, y el Cabaret Voltaire más feroz y cáustico de "Red Mecca".

"Space Museum" se diluye entonces como un azucarillo entre los efluvios del synth-pop y el techno más ingénuo. Sus trece temas conforman todo un canto a la naturaleza sincopada de los teclados, las cintas programadas de guitarras, bajos y percusión. La atmósfera lírica bebe tanto de la library music televisiva como de las primeras influencias literarias de Dan Goldstein (los textos son mayoritariamente suyos). En "Afghan Dance" se anticipa la alegría y vivacidad de un método DIY marca de la casa, en "Spectrum Is Green" las imágenes provienen de "Captain Scarlet", una serie de ficción de la TV británica que utilizaba marionetas para caracterizar el movimiento de sus personajes. "Destination Moon", inspirada en el "Objetivo: La Luna" de Las Aventuras de Tintín, sigue por esos mismos derroteros de influencias adolescentes. Mientras "The Guests " se recrea en la declamación de paisajes marcianos "New Statues" marca uno de los puntos álgidos de la grabación. Una pieza tremendamente bailable, es fácil imaginar a los Blitz Kids bailando en el garito homónimo de Covent Garden (allí sufrió Pete Tonwshend su famosa sobredosis) junto a floor-fillers de Joy Division y The Cure. "A Darkness In My Soul" cierra la primera cara, inspirada en la obra homónima de Dean R. Koontz escrita en 1981 (un novelista inglés de ciencia-ficción que anticipó hace 40 años, en la misma localización china de Wuhan, la pandemia que ahora nos afecta [2]). No deja de sorprender que esta increíble casualidad posea un precoz fondo musical en Solid Space.

Mientras "Radio France" es puro europop de la época, con destellos inclinados hacia el disco y el techno, "Tenth Planet" suena a un Gary Numan (afortunadamente en este caso) infraproducido. "Earthshock", instrumental basado en los Cybermen de la serie de TV "Doctor Who" sigue el mismo tono sincopado y da entrada a un "Contemplation" en el que las cintas y los loops priorizan el latido programado de la percusión. En "Please Don´t Fade Away", uno de los temas más minimalistas de la grabación, la voz emula a los mencionados Cybermen, fríos como robots sin cara, la pieza posee un alma de hojalata. "Tutti Lo Sanno", versión del tema original de Marine Girls (una banda, favorita de Kurt Cobain, que daría después pie al nacimiento de Everything But The Girl), muestra al dúo sonando casi en calco a unos posteriores Orchestral Maneouvres in the Dark y en "Platform 6" (recuerden, la grabación origen de la idea Solid Space), el tema se sucede en un enigmático ambiente subterráneo, de estaciones de metro sometidas a leves vaivenes de contrapuntos, coros y recitaciones de versos. Pieza que cierra una grabación en la que la lírica de Dan Goldstein muestra una riqueza de imágenes y emociones que no dejan de sorprender en un chaval que apenas había superado los 18 años.


Este "Space Museum" fue originalmente grabado por el sello In Phaze Records en una cinta de limitada tirada en 1982. En ella participó también a los vientos Jonathan Weinreich, concretamente en los temas "New Statue" y "Contemplation", aunque, debido a la pobreza tecnológica de las demos originales, apenas se pudieron entonces escuchar. Fue producido por Pat Bermingham en su diminuto estudio (The Shed, no le podía ir mejor el nombre) en Ilford, un barrio residencial del municipio londinense de Redbridge. El posterior divorcio de Bermingham provocó la desaparición temporal de las cintas originales hasta que, ya en 2017, fueron recuperadas y regrabadas para su edición definitiva por Dark Entries Records, un sello californiano especializado en recuperar el legado de bandas marginales de las últimas décadas del siglo pasado. Su escucha actual, pasada ya la época en la que las grandes formaciones de post-punk y synth-pop marcaron su sello, procura al oyente aficionado a este tipo de sonidos el enorme placer de soñar emulando la visión de aquellos Rayos-C, brillando en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser.



A Gonzalo Aróstegui, viajero experto por otros planetas mejores.


(1) ("Sueños para vencer la pandemia", suplemento Ideas, El País, 31 de Mayo)
[2] (La Vanguardia, Ficción y Realidad, Domingo Marchena, 24/02/2020)

20 may. 2020

RELATOS XI: RESABIOS LITERARIOS



Dice un viejo adagio chino que el mejor viajero es el que no sabe a donde va. Reconozco que parecida sensación de zozobra era la que me embargaba en aquellos momentos, inquieto por una parte ante el derrotero que pudieran tomar el conjunto de las palabras que a continuación siguieran, preocupado ante el alcance o el acierto de su probable significado; pero por otra parte confiado, seguro de que el propio relato terminaría imponiéndose en el curso imprevisto del azar, funcionando entonces como un ente con propia autonomía, dictando su veredicto final, arropado por la ininteligible letra de un médico de consulta o, en otro caso no menos atractivo, por el brillo de la huella del caracol. Es en esos momentos cuando tiendo a considerar seriamente el siguiente paso a tomar: enfrentarse al texto controlando el mando a distancia del hombre dueño de su programación o, por el contrario, dejarme llevar por la caprichosa inestabilidad del zapping.

En alguna parte de este embrollo suelen aparecer los que yo denomino resabios literarios, a saber, aquellos basamentos que se van enquistando en el edificio de la mente del lector y que pueden servirle de guía en su estilo de narrar, si es el caso. Tal acontece después de que el interfecto haya pasado muchas horas sentado en su sofá favorito, devorando sin pausa libro tras libro; pareciera darse entonces un caso curioso, una transustanciación que favorece el traslado del ánimo del escritor de turno hacia el del lector de su obra, una especie de informático proceso mental de corta y pega. Suele éste último personaje, por ejemplo, al finalizar una frase de evidente potencia narrativa, o al adivinar un hermoso truco de sabiduría expositiva, levantar la vista del libro, subrayar entre corchetes lo aprehendido y anotar en su bloc un atisbo de idea que le pudiera servir para una próxima narración.Y si posteriormente así sucediera, si después de enfrentarse al papel en blanco y releer lo ya escrito, el lector reconociera en su texto la carne y la sangre del transustanciado, entonces la enseñanza que de la lectura atenta siempre emana, la gracia invocada al amparo de algún desconocido sacramento, queda convertida en trasunto de hostia consagrada.

Viene a cuento esta larga disertación porque yo tenía la intención de hablar de un grupo inglés llamado The Five Day Week Straw People y, a la fecha y hora del presente párrafo, aun dudaba en hacerlo. Tenía ya dispuestas las notas adecuadas, subrayados los puntos más destacados de su trayectoria musical pero, como casi siempre me suele ocurrir, no encontraba el encaje adecuado, la idea que imbricara como un todo la construcción del texto. Para mayor afluencia de distracciones, los recuerdos de las últimas lecturas iban fortaleciéndose, pugnaban cabezotas ellos por abrirse camino, alegaban con razón los muchos momentos de dicha suministrados al autor-lector. Así que, de tal jaez el paño, no me quedó otra que optar por tirar de ese hilo y esperar, como una resignada Penélope, la llegada y justicia final del Ulises de turno.

Comenzaré entonces por realizar una breve reseña de las últimas lecturas, aquellas que han coincidido durante estos primeros meses de obligado confinamiento. Nunca dejo del todo olvidado a Galdós (y menos aun desde que me di cuenta de que soy hombre antiguo), así que para celebrar el primer centenario de su muerte escogí una de las muy pocas novelas suyas que me quedaban por leer, "La desheredada". Encuadrada en lo que se conoce como su "Ciclo de la materia", espacio temporal que abarca desde 1881 (año de la publicación de la novela) hasta 1889, no llegó a emocionarme tanto como otras obras de esa misma década y parecida temática ("Fortunata y Jacinta", "Tormento", "La de Bringas", "Miau"...), pero debo alabar en su favor la brillante caracterización del perfil de su principal protagonista, Isidora Rufete, así como el convincente entramado teatral con el que don Benito enmarca la zafiedad de la sociedad burguesa de la época. Por seguir en el epicentro del siglo XIX y con la figura femenina como protagonista, ¿qué mejor recomendación que la lectura de "Naná" de Emile Zola?. Magnífica obra de denuncia social, en este caso de la burguesía parisina del Segundo Imperio, reflejada en este caso en el personaje de una cortesana de lujo. ¡Qué diferencia entre ambas sociedades!, la española de Galdós, aun pacata y demasiado sometida al clero, la francesa de Zola, anegada por el cansino afán del lujo y el placer, ambas hermanadas por la decadencia, la corrupción y la hipocresía.

Pasaré a continuación por las esclusas de dos escritores españoles contemporáneos. Hablo de esclusas como ingenios hidráulicos (propios, como saben, de cualquier canal de navegación que se precie) porque a tal diferencia y vaivén del terreno me condujeron ambos autores. Antonio Muñoz Molina y su "La noche de los tiempos" (Seix Barral, 2009) y J.M. Caballero Bonald con "La novela de la memoria" (Seix Barral, 2010). Muñoz Molina me gusta como escritor, tiene talento y oficio, creo que emplea adecuadamente el discurso indirecto libre como estilo de narrar. En esta obra, sin apenas espacio alguno para el diálogo, no logra convencerme del todo como novelista costumbrista (funciona un tanto como lo hace Almudena Grandes en sus "Episodios de una Guerra Interminable"), al final tienes la impresión de estar visionando un nuevo episodio televisivo de "Cuéntame". Sender y Barea, ya que sus novelas coinciden en temática con el tiempo del golpe militar contra la II República y las primeras fases de la Guerra Civil, creo que lo hicieron bastante mejor. Caballero Bonald subió el nivel del ingenio con su libro de memorias. Aunque todo buen memorialista no deja de plasmar en gran parte de su trabajo los sucesos más importantes de su época (además de los consabidos chismes y chascarrillos sobre los artistas coetáneos), Caballero Bonald destaca aquí porque lo hace con excelente gusto, buen verbo y adecuada saña, además incluye en su texto no pocos apuntes y recomendaciones de estilo que, para todo letraherido que se precie,  no deja de tener provecho.

Mientras releo las notas tomadas después de la lectura de "El Ruedo Ibérico" de Valle (Cátedra, 2017) confieso que sigo felizmente sumido en la tembladera. La edición de Diego Martínez Torrón, magnífica, (a pesar de las numerosísimas y a veces pedantes notas a pie de página), analiza y primicia el texto como trasunto ideológico del escritor gallego, desde su primer carlismo, idealista, decadente y romántico, hasta el anarquismo utópico de sus últimos postulados socio-políticos. También llama la atención el editor sobre el tesoro narrativo que el lector va encontrar cuando se introduzca en su prosa poética, en la exuberante adjetivación de sus frases, en la misma puntuación y cadencia musical interna. "El Ruedo Ibérico" presenta entonces un gran friso teatral en el que la trama, desarrollada durante las semanas antecedentes a la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868, supera con creces a los mismos eventos narrados en los "Episodios Nacionales" de Galdós. Los recursos estilísticos que emplea Valle son los de un barroquismo modernizado, los de un post-romanticismo maridado con el el más deslumbrante naturalismo épico. Todos sus personajes son fascinantes, sus paisajes (interiores y exteriores) huelen a luz y a polvo, brillan al unísono en los salones de la Corte y en las celdas de las monjas, desbordan a un lector maravillado por su fuerza expresiva. Valle se vuelca, lo da todo, se convierte así en un auténtico chamán de la literatura. Dudo sinceramente que se pueda escribir mejor.

Aun hubo tiempo para volver a reencontrarme con Manuel Chaves Nogales. En su "Juan Belmonte, Matador de Toros, Su Vida y Sus Hazañas" (Renacimiento, 2013), recobro mi afición taurina por casa y (desgraciadamente) no por boca. Como excelente periodista, en Chaves prima la glosa y el comentario sobre la pura acción narrativa; aquí un apunte certero sobre la Sevilla de primeros del siglo pasado, allá una observación curiosa sobre la amistad de Belmonte con los intelectuales de la época de preguerra, según va avanzando el texto, el tránsito de su indudable protagonismo, junto a Joselito, durante la conocida como Edad de Oro del toreo. Y como colofón, la lectura de dos magníficos monográficos musicales, uno editado por Mojo en dos volúmenes: "Led Zeppelin. The Collector´s Series, 1968-1973 / 1974-2019", el siguiente por Uncut: "The Who, The Ultimate Guide Book". Dos comentarios esquinados, para mi desazón no encontré por ningún lado la copia del "Led Zeppelin III" (Atlantic Rcds, 1970) de los primeros, y la figura de Pete Townshend, y sobre todo la de su obra "Tommy" (Track Rcds, 1969), quedaron fuertemente consolidadas.

El texto que inicialmente tenía pensado publicar sobre The Five Day Week Straw People quedará relegado para otra ocasión más propicia. Eso sí, han sonado los 10 temas de su obra homónima grabada en 1968 (Akarma Rcds, RE 2002) mientras escribía y su urbana atmósfera psicodélica ha impregnado la habitación de olor a frambuesa y nata.  La figura de su principal componente, el guitarrista y compositor John Du Cann (miembro además de The Attack y de la posterior encarnación de TFDWSP en Andromeda), posee la suficiente entidad artística para otorgarle una futura oportunidad.  








6 may. 2020

ARTES PLÁSTICAS



MEGA CITY FOUR                              "WHO CARES WINS"
La estoy viendo ahora, al bajar por las escaleras (y ya dentro del recinto de la galería de arte, girando hacia la derecha), sentada en una mesa tipo secretariado, la librería del despacho repleta de libros, carteles enrollados y catálogos de pintores de la casa. La pequeña estancia se encuentra iluminada por el brazo caprichoso de una lámpara, la adorna una pantalla vainilla de papel de acordeón, el ambiente posee un eco mortecino, transpira cierto recogimiento de confesionario. Las paredes de la nave principal, situada a pie de calle, están tapizadas por una fina tela de color verde perla, el piso enmoquetado se encuentra ya algo desgastado, en la mitad de la pieza se alinean simétricamente un par de divanes corridos con respaldo medianero, sus muñidos cojines (de un rojo cardenal que hace tiempo olvidó la sangre de los mártires) sirve de consuelo y meditación a los culos de los visitantes.

Ella ronda los ventipocos años y cualquiera aseguraría que se encuentra en la flor de la vida. Aunque no de gran altura, bien proporcionada de talla y talle, luce miembros homogéneos y manos ágiles. Contemplo su cara redondeada, de pómulos aquietados por una belleza que asalta la visión del forastero atento, su pelo negro adquiere ribetes azulados cuando algún rayo de sombra la coge desprevenida. La boca gustosa y con anhelos de humedad, cuando sonríe muestra una dentadura perlada y uniforme, sobre el labio superior se vislumbran los restos de un gracioso vello facial nacarado. Habla con el tono de voz de las mujeres del centro del país, sin apenas acento, con un sonido que bien pudiera imitar al del remo salpicando el agua en el estanque o al de las teclas blancas sonando en un piano perfectamente afinado. Camina erguida, con pasos cortos pero seguros, imponiendo su palmito, balanceando sus brazos mientras sopesa lo que debe hacer a continuación.

Aunque puedan existir antecedentes de pinceladas de Rembrandt y Gauguin en sus entonces jóvenes pupilas, él confiesa que se aficionó a la pintura gracias a ella, de hecho antes de quedar le gustaba visitar otras tantas exposiciones localizadas alrededor de donde estaba ubicada su galería, así entraba en calor, decía él. Le gustaba llegar un poco antes del cierre del mediodía para ver las pinturas y colecciones de esa temporada, la gran mayoría de artistas catalanes del siglo XX. Traía consigo algunos catálogos que había cogido en sus anteriores visitas y se los enseñaba mientras compartían comida en cualquier cafetería cercana. Ella le hablaba de Grau Sala, de Simó Busom, Joaquín Mir, Miquel Vilá, Ramón Casas, Isidre Nonell, de la familia propietaria, descendientes del poeta Joan Maragall, de la calle Petritxol número 5, en Barcelona, donde se encontraba la galería matriz (la más antigua de España, decía ella), cruzando por La Rambla a la altura del mercado de La Boquería, en el mismo corazón de la Ciutat Vella. Algunos años más tarde él pasaría por allí, asomándose tímidamente creía verla en la figura de otra mujer, también sentada en una mesa tipo secretariado, sus miradas coincidían un instante y en su gesto de sorpresa adivinaba su pensamiento, de qué me suena a mí este hombre.

Resuelvo proyectar ahora (con el rigor de lo verídico) lo que ha sucedido cuarenta y cinco años atrás. El era un soñador, lo guardaba todo, hasta las cosas más insignificantes le valían si su intención fuese recuperar una memoria que con el paso del tiempo iría perdiendo. Lo veo ahora, abriendo la vieja maleta de cuero con cierres metálicos, las cantoneras deshilachadas, en las manos sostiene una carpeta de cartón azul donde contempla las pinturas que realizó inspirándose en los cantos de "La Ilíada" de Homero, otras tantas sugeridas por algunos sueños dispersos, además de los borradores escritos para una tela que con gran éxito expuso en el trastero de su casa. Encuentra también los dibujos a cera realizados durante el servicio militar (una época muy prolífica, de allí también surgieron los primeros diarios y cuadernos de notas). La pintura se convirtió entonces en algo fascinante, el nacimiento a un nuevo mundo repleto de espacios libres, de formas y colores, él se convertía en el repentino amo de los paréntesis, podía completar los intervalos o dejarlos en suspensión; la fotografía apareció poco después, con su primer sueldo compró una cámara Yashica FX-2, salió a la calle con el arrojo de Bernard Plossu. Se dirige ahora a la estantería y abre el álbum más antiguo, aparecen aquellas fotos reveladas con el equipo que ella le regaló unas navidades, algunas han adquirido ya una pátina de daguerrotipo de siglos pasados.

Mega City Four fue una banda indie de finales de los 80, coincidió su resplandor cuando la ciudad aun se agitaba entre óleos y pasarelas de todo tipo de artistas (si, también hubo impostores), las guitarras sobrealimentadas de los de Farnborough participaron en la fiesta colectiva. Las galerías de arte eran entonces jardines florecientes, sus estancias siempre repletas de atrevimientos inesperados, de esculturas rotas, de lienzos de jazmín y sopas de cáñamo. Veo a los dos protagonistas pocos años después, ella en la cama, adormilada bajo la luz de la lámpara de la mesilla de noche, él bailando descalzo sobre las baldosas del salón (repasó antes poesías antiguas, prisionero del miedo frío de la taquicardia). Suena "Who Cares Wins" (Decoy Records, 1990) y ha estado contemplando previamente los catálogos de las exposiciones que el ayuntamiento organizaba entonces bajo el epígrafe de "Muestra de Arte Joven". Reconoce que se dejaba llevar por ese tipo de influjos, a la forma pura de los colores añadía una vibración corporal que desembocaba en el descontrol agradable de la vida. En esos momentos la música de Mega City Four expandía todo su poder simbólico, ocupaba un significado preciso bajo el arco voltaico del acueducto.

"Who Cares?" abre la cara A y el torrente eléctrico de las guitarras de Wiz y Danny Brown se apodera de la galería. La batería de Chris Jones ataca las posiciones del enemigo común parlamentario, el bajo de Gerry Bryant apenas se percibe, predomina el estruendo embellecido, prevalecerá esa dirección durante todo el disco. En "Static Interference" Gerry ya entra con más fuerza, sus líneas de bajo apoyan con soltura el pálpito del tema, las voces de Wiz y Danny acompañan y mejoran los riffs de las guitarras. "Rose Coloured" refuerza ese baile pogo de las primeras filas del concierto, los coros y la firme empuñadura de la percusión elevan la fuerza rítmica. En "Grudge" sigue el torbellino, no hay tregua posible, el famoso muro de sonido P.S. revienta a golpes de taladradoras. "Me Not You" queda en la memoria gracias al prodigioso redoble percusivo de Chris, en "Messenger" la fuerza de la melodía se asienta entre las estrías de los coros, los cortes rítmicos le otorgan un carácter de after-hours entre sábanas descosidas. Cierra "Violet", sigue la presión sobre el oyente, su masa muscular queda reforzada por el bajo de Gerry, entre tanto ejercicio de baile atolondrado todavía queda hueco para puntear unas cuerdas imaginarias.

Nadie arroja agua desde el escenario, el lugar que ocupan los exhaustos asistentes al concierto permanece al rojo vivo, hirviendo, de eso se trata. "Rail", el primer corte de la cara B, los mismos volantazos a un lado y otro del asfalto, seguimos volando hacia el próximo tramo cronometrado. "Mistook" le sigue, ya se dejan ver algunos cuerpos sustentados por cientos de manos abiertas, la vitalidad de la peña encorajina aun más a los miembros de la banda. "Open", ....you all bloody bastards, want more?, aquí tenéis medicina de la buena, una auténtica explosión de puro hardcore melódico británico. "Revolution" acerca aun más al oyente a la memoria de la juerga entre lechuzos, amigos de tantas noches de coches de choque y banderines de colores. "No Such Place As Home", estos tíos no pueden ir en serio, en ninguna mente cabe la idea de largarse a casa con la que están armando. "Storms To Come", ¡no puede ser!..., parece que se toman un respiro, el tema adquiere un tono inicial sosegado (como si viéramos a Cat Stevens orando en la Mezquita) y, salvo los puentes rabiosos (reforzados por una magnífica guitarra que suena como un violonchelo oxidado), pareciera que van reduciendo la velocidad de los motores. "Balance", no hay mejor título para resumir lo que esta obra significa. En un fiel de la balanza, el puro regocijo del mejor y más potente indie inglés de la época, en el otro una fiesta, brazos arriba, es este nuestro territorio y no lo vamos a soltar tan fácilmente motherfuckers.

El viernes 30 de octubre de 1992 Mega City Four actúan en la sala Revolver de Madrid (allí esta él, no en ese concierto, en otro de Mudhoney pocas fechas antes) y en la misma fecha Pablo Carrero publica un artículo en la sección "Música" del diario ABC alabando al grupo. Glosaba su estilo, lleno de canciones inmediatas, rebosantes de espíritu nuevaolero, potentes guitarras y melodías sencillas y urgentes. La influencia -puntualiza- de grupos como Undertones o Buzzcocks era felizmente evidente. Porque Mega City Four fue una grandísima banda en directo él ha querido revitalizar su memoria echando un vistazo a su concierto en Finsbury Park, también en ese año de las Olimpiadas. El añorado Wiz se mueve en el escenario como Jackson Pollock lo hacía en su action painting, sus piernas en constante movimiento, cimbreándose como un junco, las gotas de sudor van cayendo sobre el lienzo y salpican de colores la madera gastada del suelo. Cuando mueve las rastas de su pelo emerge un vapor de grafiti húmedo, su imagen traslada la trágica belleza de los muertos jóvenes. Observa la pintura de la cubierta del disco, por primera vez descubre la exacta semejanza de su su título, "Who Cares Wins" (apenas visible en el lateral derecho), con el del libro de Harland Miller, polifacético artista inglés contemporáneo, influenciado por escritores como Poe y Hemingway, por pintores como Mark Rothko y Ed Ruscha. 


22 abr. 2020

RÍO GRANDE




THE BEATLES                       "THE BEATLES"
Suena "I´m Coming Home" de Frank Trumbauer and His Orchestra (Bix Beiderbecke a la corneta), una grabación del sello Heywood realizada en 1927 y no esperen ahora encontrar volutas de humo ni parejas sentadas escuchando el saxo tenor de Lester Young en "Four O´Clock Drag". Tampoco se oye el tintineo de los vasos, ni las risas y conversaciones del público asistente entre las distintas piezas, el ambiente se ha trasladado hasta la zona del guardarropa, el dueño del local intenta desperezarse. Sube la persiana y observa la calle, un par de transeúntes persiguen a la carrera un tranvía, una mujer levanta la funda de la máquina de escribir en su oficina, de algunos balcones caen enredaderas de ropa recién tendida, Louis Armstrong culmina su "Yellow Dog Blues",... " y entonces se fue huyendo. / Se fue donde el tren del Sur se cruza con el perro amarillo".

Afortunadamente los días de confinamiento se suceden bajo esa luz tamizada que tanto gustaba a Baroja, los colores se tornan así más delicados, esperando la salida del sol para resplandecer en su brillo de pintor. La lluvia se sucede en sus diversas variantes, a veces tibia como un velo de encaje, otras granulada de rocío de cretona, alguna vez en chorretones de rabia. Los árboles, las plantas y los arbustos han adquirido ya buena parte de su esplendor, las flores lucen sus modelos de primavera, el aire es fresco y tenue, vuela empujado por el soplo de la mano de una niña. En estas circunstancias, si había algo que echaba de menos eran los paseos por el campo, alcanzar una suerte de comunión con la Naturaleza (así en sus mayúsculas de Diosa Blanca), rastrear con la mirada las pinceladas verdes de los prados, la leonada melena de las crestas, el azul vidrioso de los arroyos. Respirar a pleno pulmón las bajas turbulencias de los insectos, mirar el cielo y contemplar los nidos grisáceos de las nubes.

Soy hombre ordenado, planifico mi actividad con detalle (más aún en estos días de cautiverio), de modo que sigo repasando la colección de discos. Llegué hace unos días a The Beatles, coincidió además con un magnífico reportaje sobre la banda que emitió La 2. Todo ha cambiado lógicamente, la habitación se ha sumido en una repentina y merecida genuflexión. Elijo el "White Album" (Apple Rcds, 1968) como obra de referencia, mi conocido apego por los discos dobles, esos ríos mansos y bravos donde cabe todo flujo de emociones, me empuja a esa cortesía. Álbum a álbum, resumo al sorprenderme con la cantidad de canciones que han quedado en un segundo plano, casi desapercibidas al compararlas con los numerosísimos hits de la banda. Otras me indignan, el incluir el "Yellow Submarine" en una obra tan revolucionaria como "Revolver" (Parlophone, 1966) me parece un insulto, la tontería de "Ob-La-Di, Ob-La-Da" es un borrón en el disco blanco. Hay varias, "Penny Lane", "Magical Mystery Tour", "Sgt Pepper´s Lonely Hearts Club Band", "Goodnight", todas (sin excepción) del "Abbey Road" (Apple, 1969), "The Long and Winding Road", "Hey Jude", que tienen la suerte de dormir conmigo todas las noches.

Se amontonan los libros leídos, demandan tratamiento post-operatorio, incluir los pasajes subrayados en sus correspondientes carpetas de notas; gano algunos puntos (...un momento, está sonando "It´s Alright" de Lil´Ed and The Blues Imperials, una primicia publicada en el "The 25th Alligator Records Anniversary Collection" Alligator Records, 1996 y el ambiente de la habitación vuelve al Chicago de las últimas semanas), decía que ganaba algunos puntos despertando mi cinematografía ya tan dormida, películas como "Network" de Sydney Lumet, "Maridos y Mujeres" de Woody Allen o "Carrie" de Brian de Palma (delicioso ese ambiente kistch setentero de los norteamericanos) me vuelven a emocionar, mientras caigo en la entretenida y sangrienta bobada de "Robocop" de Paul Verhoeven. Nada de series, no me privo de aquellas horas de lectura nocturna en las que uno recapacita sobre el provecho del día. Grupos de whatsapp imprescindibles, familia y amigos cercanos, fuera los demás. En la aguja "Sitting On Top Of The World" de Eddie Show and The Wolf Gang, la versión de Cream en su "Wheels Of Fire" (Polydor, 1968) llega a su altura. Termino la nueva distribución de algunos libros en la biblioteca, juego al dominó con mi mujer, la gano con holgura, ella se desquita ampliamente al parchís.


El reencuentro con "El Nuevo Mundo" de Terrence Malick revitaliza en el espectador el sentido poético de la realidad; la contemplación de los hermosos paisajes del cielo, la tierra fértil, los árboles enhiestos como lanzas y, sobre todo, el agua en su continuo flujo, me inspiran para enfrentarme a una obra como la del disco blanco. Un río tan grande como inesperado contiene distintos cursos superiores, sube o desciende por las laderas de las montañas, se adapta a relieves insospechados. Temas como "Back in the U.S.S.R.",  "Why don´t we do it in the road", "Birthday", "Everybody´s Got Something to Hide Except Me and My Monkey" o "Helter Skelter" (aquí el cauce del río se precipita hacia unas cataratas repletas de hippies ciegos) conforman su nacimiento. Este curso superior coincide además con los sonidos más roqueros (generalmente los compuestos por Lennon), sonidos que erosionan el resto de la obra arrastrando sedimentos de cobalto, colores ácidos y herrumbre. Los riffs de guitarra más crudos se encuentran depositados aquí, la lírica más corrosiva se abre paso entre las fauces de grandes reptiles al acecho.

Los cursos medios e inferiores ocupan gran parte del álbum. El caudal recibe el aporte de una serie de poderosos afluentes; algunos de ellos mantienen todavía el río bravo, "The Continuing Story of Bungalow Bill", "Yer Blues", "Revolution 1", otros le confieren mayor profundidad, "Glass Onion", "Happines is a Warm Gun", "Martha My Dear", "Rocky Raccoon", "Mother Nature´s Son", "Sexy Sadie", "Savoy Truffle", todos ellos extienden sus orillas hasta alcanzar los límites de la jungla urbana. La topografía del curso inferior aparece en las mejores guías turísticas, zonas planas repletas de meandros, "Wild Honey Pie", "Don´t Pass Me By" (Ringo a la voz, siempre un regalo), "I Will", "Honey Pie" (el vodevil inglés felizmente rehabilitado), lagos de paz y de ondas zancudas, "Dear Prudence", "Blackbird", "Julia", "Long, Long, Long", "Cry Baby Cry", "Good Night" (mi madre me miraba con esos ojos al acostarme). Aún hay espacio para cinco temas más, en la orilla un niño juega con un barquito de papel, "Ob-La-Di, Ob-La-Da", aparece una piara de simpáticos cerditos abrevando en "Piggies", y ya en el delta, justo antes de alcanzar el estuario, reina sobre una isla la mejor canción, "When My Guitar Gently Weeps", el inicio del piano de Paul (esa voz dando la entrada al resto de la banda), marca uno de los cúlmenes de la obra artística de The Beatles. ("Revolution 9" la incluyo entre las dudas de un merecido paréntesis). Después de esta maravillosa travesía, imposible creer en un título como "I´m so Tired" (a su favor, el crítico comentario contra la controvertida figura de Sir Walter Raleigh)

Desmond utiliza las escobillas de la batería para limpiarse los restos de ceniza de la cara, enciende un cigarrillo y lo succiona con la ansiedad propia de un próximo condenado a muerte, baja la persiana. Por sus quicios penetran haces de espaguetis, telas de araña en suspensión y el rumor de los frenos de un camión de mudanza. Arrastra las zapatillas hasta el cuarto de baño, se mira al espejo y observa una pareja de buitres leonados desplazándose en dirección norte-noreste. Abre el grifo de la ducha y el chorro de agua gira lentamente, sus aspas rotativas se esparcen en modo paraguas, antes rechazó la mezquina idea de masturbarse. Como en todas las películas desplaza la cabeza hacia atrás mientras pasa sus manos por el pelo mojado, voltea su cuello siguiendo la dirección de una hora menos en Canarias. Suena "Welcome To Your World" de Emperors New Clothes, banda inglesa pionera del mejor street dub.

El Lieutenant Governor del Estado de Texas (no viene al caso su desgraciado nombre) ha declarado que la gente mayor debería estar dispuesta a morir en esta pandemia para salvar la economía de los EEUU (1), pero esta mañana el sol ofrece síntomas de recuperación. Gilles Deleuze se pregunta cómo tener beneficios secundarios de la enfermedad, es muy sencillo (responde), basta con servirse de ella para ser un poco más libres. La enfermedad agudiza las sensaciones del enfermo, le otorga una visión de la vida, la vida en toda su potencia (2). La estabilidad del cuerpo sano es una ilusión temporal que ayuda a olvidarnos de la dolorosa idea del cuerpo como entidad inestable, en perpetuo cambio y destinado a su desvanecimiento (3). No habrá pandemia, por fuerte o mortífera que sea en su amplitud y efectos, que convenza al hombre corriente, aquél que se deja dominar por los otros, los que organizan lo real, que la enfermedad, la insana quietud que produce, nos acerca (como ninguna otra cosa lo hace) al múltiple escenario de lo efímero.



(1) USA Today, 24 de Marzo.
(2) "Abecedario", entrevista con Claire Parnet.
(3) David García Casado ("Desde la herida. Potencias del cuerpo enfermo". Campo de relámpagos. 19 de Abril)

8 abr. 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XIII: CHICAGO, 3ª PARTE



MAGIC SAM BLUES BAND                          "WEST SIDE SOUL"
Los casos de COVID-19 en el Estado de Illinois alcanzaban la cifra de 12.262 a las 4 horas de la tarde de aquel martes, la mayoría de afectados se producía en la misma conurbación central de la ciudad de Chicago y en los condados circundantes de Cook y Lake. También el mayor número de fallecidos, aproximadamente un 75% del total, tenía lugar en las mismas áreas descritas. Las cadenas de TV y las emisoras de radio locales comunicaban en tiempo real estas estadísticas a una población que, inicialmente incrédula, se refugiaba en sus casas siguiendo las prescripciones de las autoridades locales. Las redes sociales hablaban de un incremento repentino de la población china en la ciudad, de hecho el crecimiento en los vuelos que recibía el aeropuerto internacional de O´Hare en los últimos días se debía al retorno de miles de americanos de origen asiático que regresaban a su hogar. Por la cadena FOX se propagaba la idea de un plan perfectamente diseñado por las autoridades de Pekín para infectar masivamente a la población estadounidense. Las órdenes de las primeras autoridades federales prohibiendo los vuelos desde China no eran más que una pantalla. Otras fuentes (generalmente bien informadas) relataban cómo testigos presenciales habían asistido en vivo a una ola de suicidios colectivos, gente lanzándose al vacío desde los rascacielos de Nueva York, algo parecido a la crisis del 29.

Me encontraba confinado en mi habitación de La Quinta en Lake Shore Drive,  40 metros cuadrados frente a una amplia vista al Lago Michigan. El cielo gris, encapotado de pesadumbre, se confunde con la inmensa planicie de agua, también empañada por un manto sin apenas reflejos. Mantenía la TV encendida con el único propósito de escuchar un sonido, que me llegara el eco de una voz al que no prestaba atención. La habitación se mantiene limpia, las camas hechas, el baño arreglado, la mininevera repleta, la cocina americana preparada. Cada 5 ó 6 horas me llamaban desde recepción para preguntarme si necesitaba algo, cualquier cosa, desde comida y bebida hasta prensa y revistas, sugerencias de ejercicios físicos y juegos virtuales. Intentaba hacerme cargo de la situación pero no es fácil, tenía la sensación de viajar hacia el pasado, al tiempo de la peste negra o de la fiebre española, estar sobreviviendo a un mal sin nombre ni motivo. Y lo peor era la soledad, esa sensación de pasos perdidos, miradas sin ver, asomándome al teatro de las ventanas donde el paisaje se limitaba a un vacío dificílmente soportable.

Recordé entonces las últimas palabras de Rufus Mellon cuando me llevó de vuelta al hotel después de visitar la tumba de Junior Wells: "Vendrán todos...". Busco la nota que me entregó a continuación, allí estaba, entre las páginas de una novela de Ann Radcliffe, un dibujo representando una cruz griega acompañado por las tres primeras letras del abecedario seguidas de un breve texto: "Personajes, Prisionero y Sombras". La letra A se encontraba colocada en la parte inferior de la cruz, la B en el punto medio y la C arriba. Detrás de la primera letra otra mano había dibujado un haz de fuego y postrera a la última aparecían paralelamente varios rasgos ondulados. Si se trataba de algún tipo de hechizo no había manera de confirmarlo, así que decidí acudir al mismo Rufus y llamarle por teléfono. Me contesta una voz oblicua al otro lado de la línea, ¿quién llama?, preguntó antes del hola, me presenté, le comento a continuación que Rufus estaba a mi servicio como chófer turístico esos días atrás, se produjo entonces un silencio pesado, me extraña el sonido generado cuando colgó, como si se tratara de un golpe dado a un aparato antiguo, de esos que aparecen en las cabinas telefónicas en las películas de Woody Allen.

El autor busca entre sus notas aquellos escenarios que pudieran servirle para concretar su obra. Acude a varias páginas subrayadas de "El Ruedo Ibérico" de Valle-Inclán. En una de ellas el editor comenta cómo Valle estuvo recitando versos enteros de "El Diablo Mundo" de Espronceda en una noche de bohemia frente al Palacio Real de Madrid; en otra, el mismo autor gallego, adicto a la marihuana, establece su tesis del sueño como extravagancia, ensalzando el juego de vocablos para, de ese modo, realizar transformismos absurdos. La primera escena podría trasladarse al conocido como Old Town de la ciudad de Chicago. Fue esta de antiguo la parte más bohemia de la ciudad, una suerte de Greenwich Village o Haight Ashbury angelino, alrededor del Geja´s Cafe, del Big John´s o del club Plugged Nickel (allí actuó muchas veces Miles Davis con sus distintas formaciones) se presienten las figuras de Mike Bloomfield y Paul Butterfield. Entre todos entonan la letra de uno de los singles de éxito de Magic Sam ("All Of Your Love"): "...Whoo, your love pretty baby / I have in store for you / Whoo, your kisses pretty baby / That I´m holding all night / You know I love you baby / I hope you love me too", sonaban además adjuntos coros sensuales, jugaban a rechazar el galopante climaterio de los hombres ya muy maduros.

Repasé las primeras páginas del "Macbeth" para así tomar inspiración del hechizo de las tres brujas. Tomo de la cocina un mortero, con su mano de madera trituré media cucharada de ají en polvo, nuez moscada y semillas de anís, le añado medio vaso de J&B y unas cuantas gotas de fentanilo. Al poco estaba extendiendo unas toallas de baño en forma de cruz sobre la alfombra de la habitación, cierro a canto las cortinas mientras coloco la lámpara de una de las mesas en el suelo, lo suficientemente cercano al escenario para que pudiera proyectar su foco de luz contra la pared. Me senté después en medio de la cruz, en el lugar reservado para el Prisionero, el piso estaba mullido, apenas sentía una breve palpitación de anfibios recorriendo mi espalda. Entonces aparece ella, la falsa baronesa rusa que había dirigido sesiones de magnetismo en la Cámara de la Reina Victoria. Los Personajes se colocaron detrás mío mientras yo permanecía inerte, con los ojos cerrados, tratando de adivinar el significado de sus movimientos, la voz campanuda de la baronesa Percolatti di Amatista los presentó a continuación. Abro los ojos y contemplo sus sombras bailando en la pared desnuda.

Los párrafos que ahora siguen son fruto de la investigación que el autor hizo sobre Magic Sam y su banda. Nacido en Mississippi, emigra con su familia a Chicago en 1950, se establecen en el área del West Side más cercana al lago, entre las calles Calumet y East 27th, un barrio donde la mayoría negra está sujeta a la pobreza, la exclusión social y la violencia policial. Magic Sam, alias artístico de Samuel Maghett, lleva la savia del blues del Delta en sus venas, y es allí en la gran ciudad del norte donde da sus primeros pasos como artísta, inicialmente como guitarrista de incipiente talento, más tarde como cantante y compositor. Su principal padrino en aquellos momentos, un jugador profesional llamado Shakey Jake, merodea la escena de los clubes del West Side y le consigue un ensayo después de una actuación de Muddy Waters en el 708 Club de la East 47th Street. Han pasado ya siete años y Magic Sam realiza su primera grabación en el sello Cobra. Al comienzo de la siguiente década su nombre ya tiene cierto eco entre los clubes del West y Near North Sides, en ellos se compadrea con Howlin´ Wolf y Otis Rush. Corren los años en los que el soul de Memphis y el gospel de Detroit encandilan a las nuevas audiencias, los 12 acordes del blues tradicional se extienden hasta los 16 y tanto la guitarra de Magic Sam, ya un prodigio de fingerpicking en sus cortas notas de gran intensidad, como su voz, desde antiguo entrenada y mejorada gracias a su participación en The Morning View Special (una de las muchas formaciones familiares de gospel), se encuentran preparadas para acceder a un olimpo largamente esperado.

Este "West Side Soul" de la Magic Sam´s Blues Band fue grabado, como tantas otras joyas del blues eléctrico de Chicago, en 1967 en el Sound Studio y fue editado el mismo año por el sello Delmark. El insigne Stu Black (poco después desaparecerá sin dejar rastro), sigue contratado como Ingeniero de sonido y a la producción se coloca el capo Bob Koester. Detallémoslo, la cara A comienza con "That´s All I Need", es puro sonido soul, ideal la melodía para conducir por las autopistas del Northern Belt, "I Need You So Bad" posee ya un inexpugnable toque chicagüense, blues eléctrico acompasado del mejor trote rítmico posible, en "I Feel So Good (I Wanna Boogie)", una versión del clásico de John Lee Hooker, la guitarra de Magic revolotea como una avispa punzona, su voz se estira siguiendo las polvorientas huellas del Coyote y de Correcaminos, en "All Of Your Love", primera composición propia,  Magic Sam vuelve al camino de los doce acordes, la segunda guitarra de Mighty Joe Young y el piano de Stockholm Slim apuntalan un sonido contenido en su propia brillantez, "I Don´t Want No Woman" cierra la primera cara, Magic regresa aquí a los dieciséis acordes, sus riffs, acompañados de una voz cada vez más brillante, otorgan al tema un ambiente de festival, de hits compartidos, de celebración hirviente.

¿Es Steve Ray Vaughn el intérprete del tradicional "Sweet Home Chicago"?, su aclamada versión junto a Eric Clapton y Buddy Guy no suena mejor que la de este álbum, la de Magic Sam conserva el prurito de la más auténtica academia del West Side Sound, en "I Found A New Love" el muelle revierte, el tempo se asoma al blues tradicional pero los riffs ya han asimilado el estímulo de las acerías industriales, un mix magnífico, algo parecido ocurre en "Every Night And Every Day", aunque aquí la tonalidad se encuentra más pausada, más cercana a los ensayos eléctricos de Jimmy Rogers y Muddy Waters de la Chess Records, en el instrumental  "Lookin´ Good", segunda composición propia de Magic Sam, reconozco al J.J. Cale de Oklahoma, hasta allí llega su influencia, el "dust bowl" sigue su patrón  y sopla ahora hacia California, allí le esperan Canned Heat con los brazos abiertos, en "My Love Will Never Die", un original de Willie Dixon, asoma en la voz de Magic Sam el maravilloso escarnio de Screamin´Jay Hawkins, la base rítmica de Mack Thompson y Odie Payne refuerza el hechizo de los garitos viciados, en "Mama, Mama -Talk To Your Duaghter", la flecha del arco alcanza al mismo Chuck Berry, la Epiphone Riviera granate de Magic Sam compite con la Gibson Cherry Red del astro de Sant Louis, ambas escalan cimas cuya cuerda otros más tarde seguirán.


¿Qué hacer a partir de ahora...?, me hacía esa pregunta mientras me despierto empapado entre los tibios grumos de la placenta anaranjada, pretendía cuanto antes salir de ese tejido esponjoso que me tuvo retenido durante el tiempo completo que duró la ceremonia. ¿A dónde dirigirse entonces...?, si..., siento cómo mis miembros antes aletargados rompían caperuzones de larvas al irse extendiendo lentamente. La pantalla de la TV anunciaba nuevas recetas de cocina, "Easy Mashed Potatoes", "Rack of Lamb with Nopales", todo un surtido de entretenimiento gastronómico para mantener ocupados a los ciudadanos recluidos en sus casas. Me sacudo el pringue como un perro el agua no deseada, alcancé la botella de whisky y le pego un buen trago. Mientras me acercaba titubeante a los ventanales con la intención de descorrer las cortinas suena el telefonillo de recepción. Lamento molestarle señor, el caso es que tenemos quejas de sus vecinos de planta, parece ser que desde su habitación sale un olor muy desagradable, fétido, ¿le importaría que el servicio de habitaciones suba ahora a comprobarlo?