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14 sept. 2019

EL ROCK Y LAS CIUDADES X: MUSCLE SHOALS



BOB DYLAN                                "SLOW TRAIN COMING"
Llevaba varias semanas cavilando sobre la conveniencia de mi salida de la ciudad sin llegar a concretar ningún plan definitivo, la idea iba conformándose fragmentariamente, como las migas de pan después de una comida, aun desperdigadas alrededor de la mesa, formando una geografía de archipiélagos caprichosos. El hecho innegable era que necesitaba cambiar de aires, alejarme de un ambiente que me acercaba a un punto de no retorno. Atisbaba claramente el peligro de permanecer por más tiempo en una ciudad que me exigía un alto precio a pagar, la continuada falta de consciencia se había convertido en un comodín que rara vez se presentaba en la mesa de juego. No me ayudaba. Había decidido también abandonar a mi compañero de viaje, su comportamiento era aun más grotesco. Aunque lo planteara como una situación temporal, nuestro alejamiento formaba parte de un objetivo a más largo plazo, pretendía convertirse en una necesaria fuerza purificadora.

Así que una mañana decidí extender el mapa en la mesa del comedor de Marigny, los diferentes destinos se presentaban ante mí con la misma incertidumbre de un puzle a punto de iniciarse. Observé las agujas de mi reloj de pulsera, el minutero marcaba la mitad del camino entre las cinco y las diez, de manera que desplegué la regla hacia cualquier punto coincidente. Muscle Shoals apareció al final de la escala numérica. La perspectiva de visitar los míticos estudios de grabación de FAME o el de Muscle Shoals Sound Studios, donde tan grandes estrellas del soul y el rock habían grabado, se presentó de inmediato. Barajé incluso la posibilidad de desviarme a mitad de camino, en Meridian, desde allí podría atravesar parte del estado de Misisipí para entrar en Alabama y recalar en Montgomery para subir después hasta Birmingham. Los siguientes momentos me vieron emocionado recopilando información sobre los artistas originarios de ambas ciudades: Hank Williams, Nat King Cole, Wilson Pickett, Emmylou Harris, Sun Ra, The Temptations, Dan Penn... Y desde Birmingham por la estatal 157 llegar hasta los alrededores de Muscle Shoals, en Sheffield y Florence, allí me esperarían Arthur Alexander, Sam Phillips y Rick Hall, creadores estos últimos de la Sun Records y de los estudios FAME. Solo quedaba elegir el disco, el verdadero motor de tan extravagante viaje.

Decidí prescindir del Edsel Corvair y viajar en tren, de modo que bajé hasta la Union Central de Loyola Avenue para comprar mi billete por 36 dólares. Aproveché después para acercarme a Matairie y recitar una poesía de Bousoño ante la tumba de Gram Parsons..."Aquí estás camino de siempre / hacia delante, rota / la aspiración rosada..." Comí sin apetito un sandwich de pepinos en Toledano Street mientras contemplaba el mural del artista MTO en el que Dr. John aparece en toda su gloria de The Night Tripper. Me despedí de él. De vuelta en Marigny me vi forzado a hacerle la colada a la casera por última vez, cansado, recogí mi cuarto lo mejor que pude, resolví llevar el menor equipaje posible, dos o tres libros de Baroja, Vonnegut y unos relatos cortos de Cortázar, además de una desgastada baraja de cartas francesa. Me observé detenidamente en el espejo del baño antes de acostarme, mi cara tenía una expresión demasiado pálida, una mano invisible extendía todos sus dedos arañándola suavemente, del fondo de la calavera surgía una mueca de desconcierto.

Debo aclarar que no buscaba en este viaje ninguna recuperación, de sobra sabía que cualquier síntoma de mejoría física me llevaría de nuevo al fondo del abismo, haciéndome caer otra vez en la profundidad de una adicción que no me causaba más que problemas. La experiencia no me servía de nada. La fatiga que desde hacía algún tiempo venía padeciendo mantenía mis músculos en una suerte de suspensión hidroneumática, acrecentaba la sensación de hipotermia ingiriendo cortos y constantes sorbos de limonada helada. Buscaba, eso sí, un estado de hibernación mental, pensando que de ese modo podría luchar mejor contra la tendencia a un llanto que me rompía en mil pedazos (con muchos mocos al final). Necesitaba experimentar una renovación anímica, el flujo de un espíritu reconstruido en base a un nuevo proceso auto-analítico, mudar de la piel de serpiente para convertirme en una bola de algodón.

Medité sin rumbo fijo durante gran parte del trayecto en tren desde NOLA hasta Meridian. Allí, en una oficina cercana a la estación de destino, alquilé un Hyundai Sonata y me dispuse a iniciar el resto del viaje hasta Muscle Shoals, atravesando en cuña una buena parte del estado de Alabama. Antes de llegar a la frontera, el paisaje en el lado de Misisipí abunda en tierras bajas, planicies que emiten un aliento verde y caliente sucediéndose entre turbas y edificios de sedimentos de polvo amarillento, el lento flujo del agua que aparecía entre colinas de pequeña altura regalaba una cómoda parálisis a mis ojos soñolientos. Desde Meridian a Montgomery, ya al volante, apenas existen medianos núcleos urbanos, la planicie se sucede entre prolongados bancos de lirios anaranjados hasta que, tomando la 157 en dirección a Birmingham, aparecen las primeras extensiones de bosques de pinos. Esa es la escena que predomina hasta llegar al tridente formado por Decatur, Huntsville y Muscle Shoals. Allí las estribaciones de la cadena de los Apalaches ya empieza a descender hacia los grandes conglomerados del río Tennessee, el agua parece fluir sin aparente control, arroyos, lagos, cascadas, corrientes naturales y pantanos marcan la divisoria de una malla que recoge y transforma la música que navega desde Memphis y Nashville.

A esas alturas del viaje ya tenía decidida la banda sonora, el "Slow Train Coming" (Columbia Rcds, 1979) de Bob Dylan. Grabado entre el 30 de Abril y el 11 de Mayo de 1979 en los Muscle Shoals Sound Studios de la 3614 de Jackson Highway en Sheffield, una de las poblaciones que junto a Florence conforman la más norteña conurbación del estado, fue publicado en Agosto de ese año y para muchos críticos supone la revitalización de una artista que, desde su "Desire" (Columbia Rcds, 1975), parecía no levantar cabeza. Producido por Jerry Wexler y Barry Beckett, el primero, gran campeón de las míticas sesiones de los últimos años 60 para el sello Atlantic con Aretha Franklin, Wilson Pickett, Percy Sledge y Dusty Springfield, el segundo, miembro de la célebre Muscle Shoals Rythm Section. Este mismo Beckett es con sus teclados uno de los miembros de la banda de acompañamiento, le siguen Mark Knopfler a la guitarra y Pick Whiters a la batería, Tim Drummond al bajo, a los vientos la Muscle Shoals Horns y en los coros, Carolyn Dennis, Helena Springs y Regina Havis.


"Slow Train Coming" es una obra en la que presientes que algo especial va a suceder. Los primeros cuatro cortes de la cara A suenan a góspel made in Dire Straits, el oyente queda gratamente sorprendido por el dócil galope que fluye desde la prodigiosa guitarra de Knopfler hasta los teclados de Beckett. La base rítmica de Drummond y Whiters otorga al sonido un aroma de cocina de Dia de Acción de Gracias. "Gotta Serve Somebody", "Precious Angel" y "I Believe In You" añaden además la voz de un Dylan convincente, totalmente entregado a la causa, los coros, subyugantes, añoran el calor de los abrazos femeninos. El gran tema que cierra la cara, "Slow Train Coming", es un prodigio construido con almohada de plumas y placenta; el sonido, pura magia de la mejor atmósfera Muscle Shoals, mece las neuronas del oyente hacia territorios cercanos a los frescos de cualquier capilla medieval.

La cara B muestra el mejor ciclo cardiaco dylaniano de la época; los temas más roqueros "Gonna Change My Way Of Thinking" y "When You Gonna Wake Up", coinciden con la contracción sanguínea, la fuerza de los arreglos de la Muscle Shoals Horns los potencian; "Do Right To Me Baby (Do Unto Others)" y "When He Returns" se ajustan a la relajación del órgano, los teclados de Beckett y del propio Dylan merecen subrayarse, alcanzan cimas que pujan con las del incienso de las catedrales. "Man Gave Names To All The Animals", el que fue tema más radiado del disco, es un ejercicio que siempre me ha apetecido calificar de catequesis infantil, la exclusión final del nombre del reptil otorga al tema una gracia añadida. De nuevo la persuasiva voz de Dylan, los coros femeninos (en esta cara menos presentes), los arreglos de la producción huelen a sitial de caoba, todo parece anunciar la segunda y definitiva llegada del Mesías.

"Slow Train Coming" es uno de los discos con más rica intrahistoria en la discografía de Dylan. Se supone que gran parte de los aficionados están al tanto los antecedentes de la grabación que inicia el período cristiano (1979-1981) del artista norteamericano; aquella cruz de metal arrojada al escenario en un concierto en San Diego (un acontecimiento tan controvertido como el accidente motociclista unos años antes), sus declaraciones sobre una aparición divina en un hotel de Tucson. En los últimos años 70 California era un hervidero de sectas. Afortunadamente Dylan no cayó en la del Templo del Pueblo, la de aquel Jim Jones que obligó a más de 400 seguidores al suicidio colectivo en Noviembre de 1978 en una granja de la Guayana; la congregación de Dylan, recomendada por el guitarrista T-Bone Burnett y varias de las por entonces asiduas compañeras del artista, era conocida como la Vineyard Fellowship, una secta evangélica neopentecostal que, a su vez, le permite introducirse en la obra del predicador Hal Lindsey, ("el hombre al que Dios, en su infinita sabiduría, había revelado el verdadero código del Libro del Apocalipsis"). Influido por este visionario, Dylan solía dirigirse, entre canción y canción, a los asistentes de los posteriores conciertos de presentación del disco para trasladarles la buena nueva ("la decisiva batalla de Armagedón acontecerá durante la próxima década de los 80"). En ellos da a entender que el conflicto árabe-israelí de entonces sería la chispa que provocaría la debacle final. Sea como fuere, y ajeno a la fuerte controversia que "Slow Train Coming" generó entre sus seguidores, esta obra de Dylan puede ser considerada como uno de los trabajos más singulares y bellos de su amplia y fructífera carrera musical.

Jimmy Johnson, guitarrista tránsfuga de FAME y fundador junto a Roger Hawkins, Barry Beckett y David Hood del Muscle Shoals Sound Studios (además de músico de sesión de grandes grabaciones de Franklin, Pickett y Sledge con su banda The Swampers) había fallecido 6 días antes de mi llegada a la ciudad, así que decidí acercarme a Florence para homenajearle. Pagué los 10 dólares de la visita guiada y adquirí el "Muscle Shoals Small Town Big Sound", único vinilo disponible en la tienda de los estudios. Volví al motel, llené la tina de agua fría y me introduje en ella embozado en una toalla de baño. A los 7 minutos y medio me levanté entre convulsiones moradas. Salí a la terraza cubierto con un albornoz, del cercano río llegaba un olor fecal, de planta residual. Observé la luna, grande y blanca, parecía una bola de algodón a punto de romperse.



A Rick.






29 ago. 2019

CAMPO SECO




CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL                      "BAYOU COUNTRY"
Me hablaba de cómo sus primeros recuerdos de infancia acontecieron en la extensa dehesa boyal, no muy lejos de la raya fronteriza, mientras jugaban a las cuatro esquinas con primos y hermanos, leyendo libros de la editorial Austral sobre energía nuclear. Las rutas ciclistas alrededor del perímetro de una enorme venta charra debieron su inspiración a las lecturas de Karl May, también le sirvieron para recrear una ficción sobre el presidente de un gabinete extranjero. Sus siglas, continuó, coincidían con las de los fabricantes de alambres. Él era el chófer que conducía el coche oficial entre sus callejuelas circundantes; olía entonces a almacén de grano, a cocina en pepitoria, a muladar (a veces a matadero), a cobertizo donde las sillas de montar confraternizaban con los hierros taurinos, los estribos aherrojados con doble sarmiento de cobre. Lo recuerda ahora, tantear con una larga vara a una vaca brava desde la cima del ruedo, ella defendiéndose del acecho, la cría a su lado, a punto de perder el equilibrio y morir posiblemente corneado en el albero. Cuando montaba en bicicleta por Las Navas del Marqués este pasado fin de semana recordaba sus palabras, buscaba ahí la inspiración para hablar del segundo Lp de Creedence Clearwater Revival, "Bayou Country" (America Rcds, 1969).

Intenté tararear alguna canción mientras pedaleaba achicharrado por el calor y la primera que me vino a la cabeza fue el "Penthouse Pauper". Los riffs de John Fogerty, prolongados mientras canta y toca su Rickenbacker 325, eran el culmen del enrollamiento mental roquero, un complejo de imanes desmañados, las cataratas de las primeras emociones alteradas precipitándose al vacío. La Naturaleza que observo mientras sigo pedaleando es más bien la de la contra portada del "Green River" (Fantasy Rcds, RE1983), los miembros de la banda aparecen apoyados en una verja corrida de madera, ese color del camino, pedregoso y brillante, el fondo rural de la arboleda interior de California, parecía que transmitiera el olor de boñiga, la humedad desconsolada por la falta de lluvia a la que me sigo enfrentando kilómetro a kilómetro. Había más agua entonces, continuaba recordando, habían ganado la guerra para eso, aunque a veces fuera necesaria la novena, la rogativa que no impidió, sin embargo, que tuvieran que contratar a un zahorí de Santander para buscar un nuevo manantial, crear un pozo estable y construir otra piscina. No se puede hablar del "Bayou Country" sin hacerlo también del "Cosmo´s Factory". ¿Cómo enfrentarse a esa situación?. Buena pregunta para vivaquear durante toda la semana.

La portada de este último álbum es imbatible, Doug Clifford en la bicicleta, al fondo tanto los dos Fogerty (la primera camisa de cuadros de John), como Stu Cook pierden cierta exposición. Una portada con señales algo enigmáticas, "3rd Generation", "Lean, Clean and Bluesy" y "Creedence Clearwater Revival. Beware Of Dog". La de "Bayou Country", para el afortunado que posea la primera edición de America Records (los siguientes trabajos se comercializaron sin tanto glamour por el sello matriz Fantasy), es más de tramperos del noroeste, el polvo impide que la luz reviente contra sus caras. Seguramente el "Cosmo´s Factory" será el disco que más haya escuchado, sin embargo "Bayou Country" me llena más porque transmite mejor el ciclo de las cuatro estaciones, sabe más a Karl May, rememora mejor a  Winnetou, se aleja a años luz de la tontuna del "Pocahontas" de Neil Young.


"Bayou Country" no lo tuvo fácil en su casa, quedó a punto de sucumbir ante la moda del "Hair" (Polydor Rcds, 1968) de entonces. No fue el primer Lp de la colección, ese mérito lo tuvo el ya perdido de The Spectrum, banda inglesa acogida a la moda de los minipulls de lana y colores pop. "Little Red Boat By The River" era su canción estrella, puro Támesis de los 60 entre sus surcos, aunque su "Samantha´s  Mine"  fue mejor canción. Sobrevivió "Bayou Country" y cambió al poco tiempo de domicilio, fruto de un trueque con el "Abbey Road" de los Beatles. Fueron devueltos los discos, cada cual se quedó contento con la experiencia, yo continué, el otro no. Cuando me recuperé de la ausencia de Creedence supe que mi querencia futura sería la de la música americana. La recopilación "LLena Tu Cabeza De Rock" del siguiente año 1970 (CBS Rcds) afianzó esa sensación. Creo que eramos entonces una minoría los que escuchaban a la banda (me gustaba cómo se explicaba), su éxito era evidente, el "Proud Mary" sonaba en la radio, pero entre la primera hornada de aficionados eramos pocos los que conocíamos realmente a la banda, teníamos sus discos, singles incluidos. En nuestro caso (elevó el dedo índice para afianzar su monólogo), compartíamos además la atmósfera de la tierra, el cielo abierto y el color de las dehesas de alcornoques. La tipografía de las letras con caracteres vaqueros, del viejo oeste, los fanzines de la editorial mexicana Novaro, relatando las aventuras de Hopalong Cassidy y Roy Rogers, todo ello quedaba de alguna manera reflejado entre las comisuras del disco.

Hablar de la historia de la banda de El Cerrito, una población localizada entre los ojos de cíclope de la bahía de San Francisco, supone un nuevo ejercicio memorístico al que me agarro mientras recorro los caminos pelados de Las Navas del Marqués. Formado por tres compañeros de la Portola High School, John Fogerty, Stu Cook y Doug Clifford, se hacen acompañar en sus primeras incursiones musicales por la voz del hermano mayor de John, Tom Fogerty. Su primera denominación es la de The Blue Velvets, interpretan entonces instrumentales y standars de las emisoras de radio de los últimos años 50. Cambian su nombre por The Golliwogs y firman su primer contrato con el sello Fantasy en 1964. Saul Zaentz, un tiburón del negocio (conocido posteriormente como productor de la célebre película "Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco" de Milos Forman en 1975), les convence para grabar su primer disco homónimo en 1967, una vez que se ha hecho con el control del sello. Les anima también para cambiar su nombre, de ahí nace la nueva denominación de la banda, Creedence Clearwater Revival, tan curiosa y original como las de sus vecinos Grateful Dead o Jefferson Airplane. Su primer single, "Suzy Q", una magnífica versión del original de Dale Hawkins donde ya se adelanta el sonido de la guitarra de John, alcanza el número 40 de las listas. Destacan además "I Put A Spell On You", lograda interpretación del clásico de Screamin´ Jay Hawkins y "Porterville", un tema del propio John, compuesto cuando queda liberado definitivamente del reclutamiento de una guerra de Vietnam que ya huele a pleno apogeo de napalm.

Muchos años después me enteré que la Creedence (como siempre habíamos llamado a la banda), participó en el mítico concierto de Woodstock en el verano de 1969, de hecho fue la primera formación contratada por los organizadores. John Fogerty, descontento con el sonido obtenido, decide vetar su participación en la película homónima dirigida por Michael Wadleigh. Esos pensamientos me distraen momentáneamente del padecimiento que sigo soportando. El escenario del paisaje se sucede en una represión entre montañas, pequeñas colinas y escarpadas pendientes. Multitud de hileras de pinos aparecen en formación, exudan también por las altas temperaturas mientras ofrecen al ciclista el espejismo de una lengua de resina que pueda saciar una sed ya atormentada. Los riscos de granito anteceden fuentes secas, se observa una abundancia de arroyos sin ningún reguero de agua, campas abiertas se abren a un sol de yunque en el que tan solo el color de los excrementos se afianza con el de una paleta pajiza, de un amarillo extenuado. En esos extremos intento concentrar la atención en el capítulo de las conocidas desavenencias entre los miembros del grupo, las mutuas acusaciones de tiranía contra John Fogerty, la defensa de este al quejarse amargamente por la falta de compromiso (por no decir de talento) de sus compañeros con la banda.

¡Qué comienzo el de "Bayou Country"!, tres diamantes en bruto completan una cara A antológica. "Born On The Bayou", cualquiera diría que estamos en presencia de una banda californiana, el más lego se sorprendería ante un estilo que se alejaba totalmente de la psicodelia de entonces, de la experimentación del trip-acid. Su música suena a pantanos de Nueva Orleans, a cabañas en cuya balaustrada de madera se expone la piel de un caimán recién desollado. Es puro Sur, es la búsqueda del hoodoo del 4 de Julio, el lenguaje, el deje de la voz de John contiene el agridulce sabor de la destilería clandestina. Nadie se imaginaba entonces una música así, tan preñada de tierra y lodo. "Bootleg", tan pegadiza en su introito, bebe del mismo manantial oscuro, parece una oración. El protagonista de la ruta celebra frases como esta: "See how good the water tastes / When yo can´t have any at all". En "Graveyard Train" se impone un blues tan antiguo que suena a tan-tan de la selva, la base rítmica empala al oyente, su palpitación le arranca gruesas gotas de sudor. La prolongada armónica de John durante el puente se eleva dando así alas a una visión de muertos vivientes, cuerpos destrozados, alineados en la cuneta de la autopista. Tuvimos que esperar a Jim Morrison dos años más tarde con sus "Raiders On The Storm" para alcanzar cotas tan altas.

Cae la aguja sobre los gastados surcos de "Good Golly Miss Molly" y parece como si el sonido arenoso rememorara los mejores momentos de la fiesta. "When you´re rocking and a-rolling, can´t hear your momma call", imposible desatender la telúrica llamada del baile, este tema tiene la fuerza del robado cartucho de dinamita, el riff de guitarra expande sus esquirlas en una lluvia de pólvora mojada, interminable en su demoledora belleza. En "Penthouse Pauper" el blues vuelve a su raíz rural, a la del cobertizo de madera, el protagonista escupe las últimas hebras de tabaco mientras canturrea "And If I were a guitar player / Lord, I´d have to play the blues", la guitarra de John se desliza como una serpiente de cascabel entre la maleza baja, narcotizada por la música que escucha. "Proud Mary" vuelve a poner la balanza en su justo lugar, entre Memphis y Nueva Orleans, la eterna siesta del Misisipí corre entre sus surcos. El hit más conocido y radiado de la banda antecede al gran tema del disco, "Keep On Chooglin´", vuelve la celebración de Miss Molly, esta vez en una insuperable secuencia blues. El sonido es tan potente que parece salirse de su propio cauce, se tambalea entre calderos de cobre, eleva sus tentáculos de salamandra hacia otra dimensión de palabras. Una poderosa base de doce compases de 4x4, aumentada por la constante dilatación de la base rítmica (es este sin duda el tema donde Stu y Doug se encuentran más inspirados), los riffs de guitarra se extienden prodigiosos, la armónica se lamenta en un asombro de puente, la banda galopa al trote de un boogie cazalludo, la voz de John se convierte en la del predicador que siempre quisimos escuchar. No hay en el mundo nada mejor que Creedence Clearwater Revival.


Así ocurrió. Me lo comentó mientras en un alto del camino presenciaba una vacada, cobijada a la sombra de un extenso pinar, los rayos del sol entraban en su recinto sagrado como golpes de guadaña, las moscas revoloteaban sin tregua entre sus ojos gelatinosos. Allí nacieron las últimas disquisiciones sobre la banda de El Cerrito. Hablaba de una formación única, irrepetible, de cortísima vida pero de inmensa repercusión. Sus influencias eran claras, los justos ecos de la british invasion, la panzuda abundancia de Chuck Berry, Roy Orbison y Elvis Presley, el blues de Leadbelly, la guinda del sonido de Motown y Stax, de hecho John siempre quiso tocar la guitarra como el Setve Cropper de Booker T & The M.G.´s (tan solo el eco de la reverberación del estudio de grabación). Nada que ver con el sonido de la bahía de San Francisco, con la sobreproducción de la Capitol Records Tower de Los Ángeles o la magia de Laurel Canyon. Su música gustaba por igual a los soldados establecidos en Vietnam y a las jóvenes amas de casa de Berkeley, en Georgia y Louisiana contaban con una inmensa base de seguidores. La costa este, toda Europa estaba a sus pies, los Beatles morderían el polvo ese mismo año 1969. Lástima de las luchas de egos. El terremoto que su música provocó continúa teniendo maravillosas secuelas.


A Crosby, compañero de tantas rutas.

20 ago. 2019

LA FIGURA DE CARTÓN


"En Julio, señores, siendo cobrador en un tranvía, cuesta sonreír", así comenzaba Ignacio Aldecoa uno de sus primeros relatos, ("El aprendiz de cobrador", "Cuentos Completos I", Alianza Editorial, 1973), y el caso es que me propuse utilizar ese inicio con todo el descaro, a pelo y sin permiso, muchos años después de ser escrito, en un Agosto tórrido en el que la literatura sigue afortunadamente apaciguando la inquietante sensación de vivir en un continente vecino y equivocado. Porque si señores, en buena parte de esta piel reseca de toro, la sensación que nos ofrece lo más crudo del verano es la de la imagen de las piscinas salinas y cegadoras, la bosta de vaca africana ya acartonada, llena su ensaimada de moscas de alas verdes y violetas, un incansable espejismo de atmósfera turbulenta emergiendo desde el suelo para posarse después en la epidermis. Pareciera que no hay entonces mejor remedio que cobijarse a la sombra de un libro, las persianas a media caña de luz, las aspas de un ventilador haciendo el mismo ruido en blanco y negro (marca gabinete Sam Spade), para abrirlo así por primera vez, desplegando sus páginas con el pulgar del deseo del próximo otoño, buscando en su espejo blanco una tregua quizás.

Debo confesar que la primera idea que me vino a la cabeza cuando recibí el libro de Gonzalo, "La figura de cartón" (Libros.com, 2019), fue la de estar presente más ante un disco que un libro. Además, leyendo en el índice los nombres de Iggy Pop, Lou Reed y Bob Dylan (además de un capítulo dedicado a "la guitarra eléctrica"), quedó aparentemente confirmada la impresión que ya tenía asumida del autor (le conozco desde hace tiempo), la de un fino cronista musicólogo, perito de los entresijos de la música contemporánea, guía de la vanguardia clásica desde Bartok hasta Stockhausen, buceador en las playas del rock de Detroit, catedrático de los abismos modales del jazz. "No", me dije al poco, "no sería justo limitar al autor a su mera (aunque importantísima) labor como cronista de la tormenta perfecta del siglo XX, hay algo más en él, la del escritor que publica ilusionado su tercera obra, la del artista que, emulando al más certero D.H.Lawrence, busca con ahínco las palabras que no se odien entre sí, que no adulteren su significado más genuino"; Su obra reciente, a la que ahora me acerco con el reflujo del observador abierto en canal, posee la suficiente envergadura para ascender el escalón de la mera crónica temporal, alcanzando así cotas más altas, de oxígeno más puro, mejor alineada en la escalada de sudor gordo del outsider que se esfuerza por crear arte literario.

Aun así, me empeño, "La figura de cartón" tiene un aire de trilogía discográfica, un deje de disco conceptual, como si el autor hubiera estado encerrado en su estudio casero pergeñando, dando forma, pariendo un libro de vaciamiento personal. Canciones largas a lo Dylan, aquí llamadas relatos. "De Juventud, dolor y violencia", tres espacios delimitados que abarcan su adolescencia, su primera madurez y un tiempo final en el que el autor produce y da a conocer su labor más seria, la de un hombre ya entregado a la ficción de la escritura.

En esta primera parte ,"Juventud", ya nos muestra Gonzalo la bandera del tiempo secular que le tocó vivir, el descubrimiento de las arenas movedizas y el afianzamiento de la música como tierra firme. Lo prueban esos momentos en los que "la música había hecho que la desolación del principio tornara indiferencia". Nos anticipan además un escenario, recurrente durante toda la obra, en el que el primer desencanto juvenil se torna en una suerte de nihilismo. La expresión narrativa, aquí en esta primera parte del libro, es más primitiva.


He salido de nuevo a pasear después de comer, flotando sobre un escenario de pasmo continuo, fotografiando la atmósfera de una tarde de nubes calientes (después de muchos días de asueto), intentando averiguar en el texto de Gonzalo el momento justo en que se produjo la quiebra, cómo dejó de ser un adolescente, chulo, rebelde, para dar paso a la madurez.

Un leve error sucede cuando el lector termina la lectura de "Dolor", la segunda parte del libro, y es que su "Harto" piensa que encajaría mejor en la primera cara de "Juventud", el avance del individualismo quizás sirviera mejor aparcarlo como colofón en el parking del desencanto juvenil. Aquí encuentro, no obstante, muchos de los mejores textos, los principales, "El regreso de Teresa", "El tiempo de las máquinas", y "Autoedición". "Asumo" es una pequeña joya literaria en la que una protagonista sin nombre define el mal ambiente laboral en su primer día de trabajo. "El regreso de Teresa" es uno de los ejercicios narrativos más elaborados. Contiene la secuencia de un thriller, las opciones escenográficas que plantea el autor (por qué no decirlo..., me recuerdan al recuperado Vargas Llosa de la última hornada) posibilitan aceptarla como el relato de un sueño donde la irrealidad juega un papel primordial, ¿o no?... La duda mantiene alerta al lector. El autor utiliza ese eje (la propia trayectoria mental del protagonista) como acción principal para culminar el relato reiterando el escenario fantasmal del sueño. "El tiempo de las máquinas" me recuerda la película "Surcos" de Nieves Conde (1951). "El problema era la vida...", comenta alguno de los protagonistas, enfrentando sus nombres e historias de pueblo antiguo (Eustaquio y Paulina) ante la ciudad vista como la nueva oportunidad ante la caída de los precios de los insumos. En "Autoedición" el protagonista reflexiona sobre el fracaso ante el intento de editar su obra tal y como desea. El autor deja a la opinión del propio lector la elección sobre los textos propios y otros alternativos que le ofrece la editorial. Perseveraré en la experiencia de lector curtido para manifestar mi preferencia por las propuestas ofrecidas por el autor, las alternativas del corrector de turno me resultan claramente asépticas, sin alma.

También concurren en "Violencia", la última parte de la trilogía, algunos de los mejores momentos de estos relatos. Frente a los poderosos guiones de "Febrero de 1977" y "La figura de cartón", la sencillez narrativa de "Antidisturbios", desde fuera una reflexión de la sinergia poder-policía-pueblo, desde dentro un monólogo del propio agente antidisturbios, justamente equilibrado en el resultado final. En "Febrero de 1977" y "La figura de cartón" se utilizan elementos externos, la casa abandonada, la llamada telefónica, el sobre conteniendo la carta, para resaltar la idea de un destino caprichoso. Aquí se encuentran los más conseguidos momentos literarios del libro de Gonzalo, la del último miembro de una saga familiar que descubre la impostura del padre, la del retorno de un soldado que se ve desplazado por la realidad virtual. Sobrevuelan Borges y Kafka, los caminos del bosque y la niebla se bifurcan y el personaje principal queda relegado por el monstruo más cariñoso de Frankenstein. Gonzalo teje y desteje las palabras, los verbos, el significado final de no pocas frases, como Pénelope en la espera de Odiseo, destruye lo hilado para volver a comenzar. El libro funciona como un ciclo, una membrana, una célula que se rehace cada mañana. He recuperado los discos de Reed y Dylan, también algunas antiguas cintas de la olvidada colección de casetes, y no por casualidad los mantengo como banda sonora mientras espero gozar de una hiportemia semejante a la de playa de Donostia.






24 jul. 2019

VIAJE A VALENCIA



KING CRIMSON                        "ISLANDS"
Así que extraigo el álbum "Islands" (Polydor Rcds, RE 1977) de su funda y lo primero que llama mi atención es la fotografía de la portada, la nebulosa Triffid en la órbita blaugrana de Júpiter, planeta adscrito al signo zodiacal de Sagitario, para después sopesar un libreto en el que se ilustran los perfiles coloreados de unas islas junto a las letras de las canciones y los nombres de los músicos participantes en la grabación. La mejor sorpresa ocurre comprobando la presencia de Peter Sinfield, junto a Robert Fripp el motor ideológico de la banda King Crimson, sus textos conforman (como lo hicieron en los anteriores trabajos) uno de los atractivos más poderosos de esta obra. Junto a Sinfield, que aparece aquí por última vez como miembro oficioso de la banda, nos encontramos al ya veterano en la formación Mel Collins a los vientos, Boz Burrell al bajo e Ian Wallace (recomendado por Keith Emerson tras la salida de Andy McCulloch) a la batería y percusión. Entre los artistas invitados algunos ya conocidos de anteriores obras, Keith Tippet al piano, sección de cuerda a cargo de Robin y Harry Miller, vientos Mark Charing y Paulina Lucas como soprano. La crítica habla de este disco como una transición entre sus tres primeras obras de estudio ("In The Court Of The Crimson King", "In The Wake Of Poseydon" y "Lizards") y la trilogía justamente anterior a la primera disolución del grupo ("Lark´s Tongue In Aspic", "Starless And Bible Black" y "Red"). Esta misma crítica le otorga un carácter de obra inconclusa, algo menor, de un ambiente jazzy-prog, alejada un tanto de la explosividad de la primera etapa y de la profunda deriva que le siguió.

Desde que regresé a casa la existencia se ha convertido en una fiesta. Recuperé el trabajo atrasado y muy pronto la música se ocupó de mantener alerta un cerebro que exigía actividad a destajo. No me costó tampoco regresar a la lectura de Álvaro Cunqueiro, su prosa culta, casi arcaizante, el amplio conocimiento de los orígenes mitológicos y paganos europeos del autor, me convencieron de la oportunidad de compartir la experiencia de un viajero que relata públicamente su aventura. El mar bañaba las orillas de las islas griegas, también de otras costas mediterráneas, ligaba sus sugerentes imágenes con las de aquellos días pasados en Oliva, jornadas que dejaron una huella de bochorno y luz de yunque. Apunté en el cuaderno de notas: "Islands", K.C. Relación de los días pasados en Oliva. Incluir grabación de Varete".

De tal apodo responde Álvaro Domínguez Francia, segunda generación del guru, su padre me enseñó las dos primeras estrofas del "She Came In Through The Bathroom Window", a pronunciar correctamente el geigei del Cale de Oklahoma City, una primera edición del "At The Fillmore East" de la Allman junto a su equipo Vieta, compusimos un blues al río Tajo en una noche mágica junto a los cigarrales de Toledo. Su madre me habló de cómo disimular el frío en una Soria muy anterior a la de Gabinete Caligari, pero Varete se aplica en seguir su camino como músico. Así le conocí en el concierto de presentación de Monteverde, banda que compartía con Miguel Echenique (también amigo), que ofrecieron en la sala Moby Dick de Madrid hace casi tres años. Ahora les escucho con su nueva formación, Perro Cadáver, sus compañeros, Carlos Ceniza "Ceni" y Joel Márquez tienen apodos y apellidos de músicos de jazz, compartí con el padre de Varete muchas tardes en Las Ventas, por todo eso lo menciono aquí.

En la pantalla que youtube ofrece de sus dos composiciones más recientes, "Sex On The Bus" y "Shiny", aparecen los miembros de Perro Cadáver en un desguace de coches, una portada en la que se agradece el ambiente ochentero del Saura de "Deprisa, deprisa", clásica y bizarra, alejada de cosas raras à la mode. Una pegatina visible reza "LOWRIDER FUZZ", pretendiendo con ello facilitar al oyente el tipo de sonido que les espera. La estructura de ambos temas es parecida, una primera parte guitarrera, en un estilo de Link Wray con tono twang surfero, que posteriormente se deconstruye en un desbarre fuzz de bar de gasolinera. Allí es donde crecen, en la ambivalencia de unos ácidos Chet Atkins, Bobby Fuller y Dick Dale chocando contra un atractivo muro noise, escuela Seattle. En "Shiny" hay además una voz femenina que atempera una tormenta que se entrevé perfecta. La voz de Varete está modulada por la pasión del converso, "Ceni" y Joel tocan como barreneros entre colmenas de abejas.

La casa en Oliva, un chalet de dos pisos en el que se incluían tres terrazas (una de ellas situada en la azotea), era muy agradable vista desde el exterior, adoptaba el estilo de una arquitectura moderna de chill-out blanco rodeada de grandes cristaleras transparentes; la acompañaba una hilera de palmeras estilo Ocean Drive y una refrescante y coqueta piscina con cenefas romanas situada en el centro de la urbanización. En su interior lo más sugerente eran los rayos de un sol perenne que luchaba por entrar golpeando; el exterior me mantuvo estúpidamente atado a las piernas de una golfista que todas las mañanas daba bolas en el campo de golf próximo. En la lejanía el paisaje mostraba una línea continuada de montañas bajas, se admiraba al observarla un tono pardo de bajo vientre entre sus faldas, la cubría un resplandor de calima que interpretaba la visión hacia una composición tipo Mark Rothko. Congeniamos con unos vecinos a los que seguramente no volvamos a ver.

Va buscando el oyente una sensación de sal pegada a la piel, el tacto de aguas tibias, de mar brillante, cielo abierto y tierra pedregosa, también de hileras de olivos y naranjos, sombras protectoras ante un sol de cal abrasante. Todos los temas del "Islands", a excepción del "Prelude: Song Of The Gulls", funcionan mejor envueltos en un constante flujo de bajamar y pleamar. Ocurre la primera en los textos, la segunda en los momentos de ruptura instrumental. En "Formentera Lady" el texto mezcla referencias de la literatura greco-latina con lírica de subida entonación hippie (Sinfield se inspira en una previa estancia en la isla), la instrumentación de Collins, junto a los efectos de sonido de Sinfield, anuncian la inmediata presencia de un fuerte remolino, la voz soprano de Paulina Lucas otorga encanto al entorno. La pleamar se manifiesta en la siguiente pieza, "Sailor´s Tale", instrumental en el que brilla poderosamente el saxo desbocado de Collins, Fripp combina aquí espléndidamente el melotrón y la guitarra. Cierra la cara A "The Letters". Hay comedia de paz en un texto que habla quietamente, la instrumentación trágica, se despeña entre las rocas para acabar hecha trizas. Tema cuyo origen se encuentra en el "Why Don´t You Just Drop In" de Giles Giles & Fripp ("The Brondesbury Tapes (1968)", RE Vinyl Lovers, 2009). Merece desde luego comparar ambas versiones, más delicada esta última sin por ello perder intensidad interpretativa.

La playa era el mejor refugio, el agua estaba a veces sucia con plásticos, se mostraba otras veces amplia y llena de diamantes de luz; en las dunas circundantes anidaban los chorlitejos patinegros, es la hora de la culebra, busca la sombra y el frescor de los grifos abandonados. Allí compartía mis cervezas con la familia, salvé a uno de mis nietos de un buen apuro entre el oleaje del Arenal de Jávea. La carretera hasta Denia y Oliva, bordeando el prodigioso Montgó, supone una magnífica oportunidad para revivir las rutas de Jackson Browne y Ry Cooder. El primer tomo de "La Trilogía Cósmica" de C.S. Lewis mantuvo el nivel de irrealidad y fantasía durante los períodos de reposo. Lamenté no poder coincidir con varios amigos desperdigados en aquellos días  por la zona.

Hubo además un reencuentro con la terreta, conducía entonces rememorando aquellos años pasados en los que la ciudad de Valencia se convirtió en residencia casi habitual. Como auto-homenaje me premié con un trayecto por la antigua N-III, desde Minglanilla hasta Honrubia, ya de vuelta a casa. La carretera se conserva en regular estado de conservación, es patente una sensación universal de abandono, de olvido. Aunque la naturaleza de la zona apenas ha cambiado, las ruinas se han posado en varios de sus tramos, la antigua parada de autobuses de Auto-Res regala al espectador un inesperado escenario zombi. En los pueblos más importantes del itinerario se mantienen abiertas las tiendas que ofrecen al viajero sus productos autóctonos a precio de truck-drivin´man. Tan solo unos pocos camiones y vehículos transitaban por ella. Pero lo más extraordinario ocurrió días después, el ordenador portátil se empeñó en pasar a mejor vida mientras el segundo plato del equipo, enfermo postrado durante muchos meses, comenzó de nuevo a girar.

En la cara B, "Ladies Of The Road", una composición donde la recitación de los textos, a veces melódica, otras plena de lagartos, es escabrosa, queda esta perfectamente conjuntada con una sección instrumental donde brillan la sección rítmica de un Boz Burrell (Fripp lo escoge como bajista, forzado en poco tiempo a aprender el repertorio de la banda tras la salida de Gordon Haskell) y Wallace, además de un estridente saxo de Collins. "Prelude: Song Of The Gulls", pieza derivada de la "Suite Nº1" de Giles Giles & Fripp ("The Cheerful Insanation Of...", Tapestry Rcds, RE 2007), se nos muestra en clave de quinteto clásico recreándose en una interpretación de corte académico. "Islands" es donde Keith Tippet da el do de pecho, su piano sobrevuela entre textos que inciden en la quietud interior como mantra salvador, la música acerca al oyente hacia los atractivos abismos del polvo en suspensión. Continúan unos largos minutos de silencio, de improviso se escuchan voces y arreglos de instrumentos de cuerda, Fripp comenta algo relativo a la oportunidad de una segunda toma, suenan dos pitidos de alarma (en algunos momentos se deja oír el ruido de los convoyes en la cercana estación de Piccadilly). El disco es selectivo, ofrece no pocos de los momentos mayores de King Crimson, confirma también una majestuosa belleza, una sutil elegancia en el aguijón de su sonido.


A Varete y Miguel.


3 jul. 2019

RELATOS IX: MARIPOSAS ENAMORADAS



La luz intermitente del semáforo continuaba golpeando la misma fachada de ladrillo caliente, un tranvía llamado deseo circulaba por un carril de única dirección, pero esa visión surgió ya de vuelta a casa, recién terminado el paseo fotográfico. Ocurrió poco antes, instalado frente al ordenador, a punto de quedarme descalzo y tantear con mis dedos las puntas de la crema de afeitar caídas en el suelo, cuando casualmente observé a la pareja de mariposas revoloteando en el jardín. El tórrido ambiente del inicio del verano no parecía influir en ellas, tampoco parecía existir mayor esfuerzo en sus desordenados lineales eléctricos, imaginaba a un camarero preparando un cóctel en el reducido espacio de un dedal de cristal.


El escenario del paseo coincidió con la nunca antes intentada aventura de descubrir el color a través de la abrasadora temperatura del inicio del verano. A veces la luz era sombra, la sombra luz, tampoco pretendía encontrar una senda a seguir. Me llamaron poderosamente la atención las trompetas trepadoras naranjas, los violetas de las lavandas, el blanco de las adelfas, el calor vibraba altísimo entre los colores, distorsionándolos a la vez que los hacía aun más transparentes. Seguí el rumbo caminando por varias calles ya conocidas, recordaba a cada paso otras fotografías anteriores, otras sensaciones parecidas, buscaba también los colores rosáceos de mi desaparecido árbol de Júpiter.


No quise resistirme a la tentación, los erráticos vuelos de los lepidópteros contra el fondo verde del jardín atrajeron la atención de mi abdomen calamita. Hacía tiempo que no salía a pasear después de comer, probablemente empezaba a echarlo en falta, y en contra de los consejos de mi mujer me dispuse a retomarlos un día de mucho calor. Propuse a mis seguidores ir en busca de un color blanco, no tenía elegido ni el objeto ni el matiz especial del tono. La primera foto que tomé fue la de un fondo de pared blanca interpuesto con la boca de un oscuro respiradero negro. Las impresiones acumuladas a lo largo del paseo se transformaban radicalmente en la mente de un fotógrafo que quería ser vencido. La sensación de enfrentarme ante tantos y distintos colores me produjo una grata desorientación, ni de lejos podía imaginar la aparición de esa paleta plena de distintas gamas. Para hacer aun más inverosímil la jornada (ya casi finalizando el recorrido) me topé con una familia de setas, preparaban la merienda a la sombra de un enorme pino, el césped aun húmedo por el efecto de los vasos comunicantes conservaba el ambiente idóneo para las comadres de Pierre-Auguste Renoir.


Pero la luz se tornaba a veces demasiado agresiva, incapaz de liberarse de su obsesiva fuerza cenital, de modo que intenté someterla al abrigo de unas sombras que hicieron bien en rechazar mis pretensiones de hacer faena. Con ese espíritu, sin ninguna suerte, las fotografías se sucedían de forma instantánea, las imágenes no pedían permiso, se imponían sin contemplaciones gracias a una fuerza desconocida que las desnudaba. Tan solo me imponía encuadrar adecuadamente la toma, esperar a que el pulso de mis manos se controlara y disparar a continuación. En una única fotografía conseguí acertar con la luz, se corría entre las ramas de un enorme abeto, arrimado al parterre de una rotonda, sus rayos humeaban dentro de una marmita de cobre nuevo. Doy fe aquí que ese fue el momento en que me encontré más inspirado, esa influencia instantánea me condujo en volandas hasta otra imagen posterior que bien podría haber sucedido en la esquina de cualquier campus universitario americano, una pared de ladrillo sostenía una ventana acompañada por una planta trepadora, al fondo los árboles cubrían un cielo que no había sido invitado al espectáculo.


Porque ya saben que yo andaba a la búsqueda del color blanco ideal, aquel que invocaba el vuelo de las mariposas enamoradas. Definitivamente la brisa sofocante del verano dejó en mi camiseta deformes goterones de sudor. Decidí entonces alejarme de un sol cuya luz seguía inexorable espulgando a la canalla (también desteñía variadas banderas sin escudo). Me cobijé bajo el paraguas de un arce japonés (de pesado color monetario), una sombra suficientemente amplia para aguardar la llegada de la última toma. Quedé además a cubierto de cualquier mirada indiscreta (por ejemplo, la de una pareja de la policía municipal que circulaba en su vehículo por la calle de enfrente). Disparé, pasaron al ralentí los uniformados, un perro de aguas se acercó al tronco para olisquearlo, evacuó y siguió su camino. Algo alejada, su dueña elevaba al cielo unos brazos de mazorca que pretendían recomponer un moño color carmesí.


Allí acabó el paseo fotográfico. Crucé por un paso de cebra que me condujo hasta una acera aun repleta de vecinos adormilados, desde una ventana abierta un hombre mayor regaba unos tiestos con flores. Ya en casa, me aposté frente a la pantalla del ordenador para ver las fotos y corregir la iluminación de varias de ellas. Según las iba observando tuve la sensación de no ser yo el que las iba mostrando, un personaje anónimo acometía esa labor. Miré hacia el reflejo de la ventana y vi un hombre vestido con esclavina y una gorra de los Nets en la cabeza. Aplaudía emocionado mientras exhibía una cuidada dentadura postiza. La probable moraleja del relato debería hablar de ese último color blanco como el ideal que anduve buscando.





19 jun. 2019

HALL OF FAME X: DR. JOHN



DR. JOHN, THE NIGHT TRIPPER.                     "GRIS-gris"
Cabe la posibilidad que durante los meses inmediatamente anteriores al asesinato del presidente Kennedy, justo a principios de noviembre de 1963, Mac Rebennack y Lee Harvey Oswald coincidieran en algunas zonas de la ciudad. Oswald se muda allí desde la vecina Texas, alquila un apartamento en Magazine Street, una  interminable calle en forma de herradura que atraviesa de lado a lado el Audubon Park hasta las cercanías del Marigny donde vivíamos. Oswald es oriundo de New Orleans y se siente en su casa, consigue pronto trabajo como engrasador en una planta cafetera, poco tiempo después su mujer Marina y su hija June viajan en autobús desde Irving para reunirse con él. Mac Rebennack ya es por entonces músico destacado en el circuito local de clubes. Miembro activo también del Cosmo´s J & M Studios, allí ha participado desde los últimos años 50 en numerosas grabaciones con los que considera sus maestros, Professor Longhair, Huey Smith, Pete Johnson. Ha destacado primero en la guitarra (su estilo con su primera banda The Skyliners es un claro anticipo del posterior sonido garage), hasta que incapacitado su dedo anular como resultado de una violenta bravata en un motel de Florida en Abril de 1960, se ve obligado a cambiar la guitarra por el piano como principal instrumento. En esos últimos años de esa década también se afianza como compositor, varias de sus creaciones alcanzan posiciones destacadas en los listados de R&B de la época, uno de sus temas, el conocido "Sittin´ On My Ya-Ya" de Lee Dorsey, aparece en la famosa BSO del "American Graffiti" (MCA Rcds, 1974).

A mediados de 1964, Jim Garrison, entonces Fiscal General del principal distrito judicial de la ciudad, convencido ahora de la conexión del clan Marcello en la conspiración contra la vida del Presidente Kennedy, continúa impertérrito (entrando en algunos locales pistola en mano) el programa de limpieza que ya había iniciado años antes. Los clubes que funcionan entre las avenidas Jackson y Louisiana hasta la cercana LaSalle Street en su lado norte, ven denegadas la renovación de sus licencias. Es este un disparo de gracia contra la escena musical de Nueva Orleans (aunque afortunadamente los locales turísticos de Bourbon no quedarán incluidos en tan extrema medida, amplias zonas de Frenchmen y Erato hasta el Irish Channel siguen la misma desdichada suerte). Es cierto que los primeros antecedentes de la decadencia se retrotraen a los muy últimos años cincuenta, cuando parte de la industria discográfica comienza a mudarse hasta Memphis, Nashville y Muscle Shoals, sus estudios de grabación han consolidado su importancia y atraen como imanes a multitud de artistas que antes trabajaban en los antiguos estudios de Crescent City. Mac Rebennack arrastra entonces una creciente adicción a la heroina y pasa una temporada entre rejas acusado de tráfico de drogas y proxenetismo. Cuando en 1965 quede en libertad decide mudarse a Los Ángeles, allí le esperan el productor y arreglista Harold Battiste, además de muchos músicos amigos emigrados desde Nueva Orleans.

Nos enteramos de la muerte de Dr. John otro día más de calor pegajoso y azulado, recuerdo recibir de mi sobrina Lucia en Dallas un mensaje y al abrirlo no desear enfrentarme a una noticia de esa magnitud. Me quedé paralizado por un instante, intentando definir cual sería nuestro papel en la ciudad a partir de ese momento. Decidí entonces desviar la mirada hacia Bola de Sebo, observé como cogía del suelo una lata oxidada de cerveza Dixie y la lanzaba hacia un pitcher imaginario de los NOLA Baby Cakes. Negociamos rápidamente el pago del cincuenta por ciento de la reparación del Edsel y acordamos recogerlo dos semanas más tarde. En ese momento no nos encontrábamos demasiado lejos del Shrine on Airlane, un descampado que alberga las instalaciones deportivas del equipo de baseball, así que tomamos la línea E-2, nos apeamos en Treffy y entramos en el estadio, por los inmensos auriculares anunciaban la excelencia de las cleaneating burgers. Había entrenamiento infantil y los chavales correteaban por el campo, sus padres desde las gradas no perdían de vista sus torpes movimientos, les animaban con sus gritos, parecía todo suceder de una forma caótica y al mismo tiempo ordenada. Estoy convencido de haber gritado algo parecido a "Hey, assholes out there!!, Dr. John has dead!!, Stop all these fucking games!!".

Deduje entonces que alguna ventaja debería tener la muerte, aprovechas cuando ocurre para recuperar del olvido la obra del fallecido, darla un buen repaso. Expuse ante mi vista la colección de los discos disponibles de Dr. John y le pasé un guasap con la foto a Lucia, repasé de nuevo su mensaje, mencionaba que NOLA estaba de luto y saldría a la calle para bailar en su honor. La primera tentativa me enfrentó cara a cara con el "Dr. Jonhn´s Gumbo", pero no fue hasta que volví a escuchar todos sus discos cuando me decidí por el "Gris-gris" (ATCO Rcds, 1968). Los otros candidatos presentaron credenciales muy interesantes. "The Sun, Moon & Herbs" grabado en los famosos Trident Studios de Londres, con la crema de los músicos ingleses del momento (Clapton, Jagger, P.P Arnold), "Dr. John´s Gumbo", raíz y brillante mezcla de muchas músicas autóctonas de Nueva Orleans, "In The Right Place", con los fabulosos The Meters y Allen Toussaint a los mandos, "Locked Down", un Dr. John excelentemente modernizado por el Dan Auerbach de The Black Keys, finalmente el "Triunvirate", ya de su asentada etapa en Los Ángeles, un disco mater et magistra con Mike Bloomfield y John HammondDe las catacumbas recuperé una recopilación de Charly Records de 1993, el "Zu Zu Man", una basurita que tenía relegada desde hacía demasiado tiempo. Como trofeo final, previsto el probable caso de desenlace feliz, me guardé la "Cajun Honky Tonk", una colección de temas cajun de los años 50 reeditada por Arhoolie.

Abre la Cara A, el tema estrella, "Gris-Gris Gumbo Ya Ya", una declaración de principios cuidadosamente planificada por un Mac Rebennack que ha decidido convertirse en Dr. John, "The Night Tripper", un trasunto del auténtico personaje que a finales del siglo XIX recorría la ciudad vendiendo sus pócimas. Su mensaje es el mismo que años más tarde intentaría utilizar John Lee Hooker en su "The Healer" (Silvertone Rcds, 1989), sin gran éxito por cierto. Se trata de una celebración vudú envuelta en volutas de humo, un efecto llamada sostenido por el ritual del coro femenino (formado por un dúo excepcional, Tami Lynn y Shirley Goodman, participantes en el posterior "Exile On Main Street" de The Rolling Stones), acompaña a un ritmo de percusión que parece provenir de las tierras bajas del delta. La melodía se convierte en una suave obsesión, imposible alejarse de la idea que se escurre entre sus surcos, la existencia de un brebaje que curará todos tus males, incluso si el caso fuera..."If you got love trouble, got a bad woman you can´t control". "Danse Kalinsa Ba Doom", primer instrumental compuesto conjuntamente con Harold Battiste, contiene un ritmo tribal edificado bajo la múltiple percusión de Richard "Didimus" Washington, sus congas y bongos otorgan al tema un ambiente que se mueve entre el caribe haitiano y el jazz cubano de Machito. "Mama Roux" posee un fondo jazzy también, en este caso con ambiente de bossa nova, su ritmo es seductor, una envolvente caricia que irremediablemente transporta al oyente hacia las barras del burdel de la reina Mama Roux. En "Danse Fambeaux", el papel de Dr. John se mantiene en un segundo plano (salvo cuando él invoca el "patun, patun, patun"), el tema está construido con los juegos de voces de los músicos y del dúo de Tami y Shirley.

Vivíamos como Dios en esa casita azul Olde Town de Marigny, habíamos llegado a un acuerdo con la casera y yo personalmente me encargaba de hacer la colada completa dos veces por semana. Aparte de eso no tenía nada especial que hacer salvo levantarme tarde, observar una vez más como la habitación de Bola de Sebo, tan solo separada de la mía por un damasco que representaba unos juegos florales, volvía a estar vacía. Por lo que a mí respecta tampoco es que me cuidara más de lo necesario, para mantenerne en forma desayunaba un capricho cajun, coush-coush de maíz con leche y sirope de caña. Otro par de días iba temprano por la mañana a practicar shivasana en The Cabildo, en Chartres Street, a dos cuadras hacia el French Quarter. Una sesión de sesenta minutos (el reloj de la sala marcaba siempre 5 minutos menos), tendido en una colchoneta, los ojos suavemente abiertos, mirando a un techo abierto por el que se colaba la luz de un cielo a veces hermosamente nublado. En el folleto de la sección de yoga se anunciaba el shivasana como la mejor terapia después de un intenso y prolongado ejercicio; justo lo que me hacía falta después de las agotadoras jornadas de la colada, pensé cuando rellenaba la solicitud de admisión. Llevábamos desde el 9 de noviembre en Nueva Orleans y creo recordar no haber estado más de tres o cuatro días completamente sobrio.

Dejamos un depósito suficiente para la reparación del Edsel Corvair en Nola Sport, pocas veces había visto mayor aglomeración de coches, ocupaban vastos descampados que se extendían desde la zona alta de Metaire hasta la autopista elevada que cruza hacia el nordeste el inmenso Lake Pontchartrain. Nola Sport era además una auténtica institución en el mundo de los clásicos y deportivos americanos y europeos, nos lo recomendó un tipo al que conocimos en el nuevo Old Quarter Acoustic Cafe de Galveston, cuando llegamos a Houston siguiendo la huella de Townes Van Zandt. El hombre se quedó flipado cuando vio nuestra vieja gabarra cromada del 57, charlamos durante un buen rato, él era uno de los dueños del local y conocía a un montón de gente en Nueva Orleans. Perdí su tarjeta aunque no creo que olvide su nombre, su apariencia era la de luchador moldeado a golpe de barro del pantano, nervudo, de talla imprecisa.


Recuerdo también esa impresión al enfrentarme a tanta intensidad de luz reflejada en el agua, como si se tratara de una ceguera abierta en canal. Mientras esperábamos el presupuesto del Edsel nos acercamos a la orilla del gigantesco lago, los coches que atravesaban la autopista sonaban semejantes al despliegue de alas de los pelícanos, el poo pah doo de Dr. John se desplazaba hasta el norte, hacia Mandeville, casi 40 kilómetros al otro lado del gigantesco ojo abierto del lago.

La Cara B comienza con un tema instrumental compuesto por Harold Battiste. Los capos de Atlantic Records, Ahmet Ertegun y Jerry Wexler, confían en el arreglista y productor asociado de muchos de los éxitos de Sonny & Cher (los verdaderos salvadores de un sello que en 1965 estaba a punto de ser vendido) y le otorgan cierta libertad de acción. Fruto de ella es este inicial "Croker Courtbouillon", una suerte de intrépida extravagancia de la que seguramente algo aprendió Herbie Mann (otro artista del establo Atlantic). "Jump Sturdy" se abre en vodevil y mantiene ese tono teatral. El escenario nos presenta a un Dr. John que invoca a la protagonista del título, víctima de la conspiración de dos de las reinas oponentes, una tal Julia Jackson, que no le perdona una disputa acaecida entre Melpomene y Erato Street, y otra conocida como Zozo LaBrique. Cierra el disco el tema más extenso, "I Walk On Guilded Splinters" (hay una excelente y extensa versión del mejor Humble Pie en su "Performance. Rockin´The Fillmore" de 1971). La atmósfera no ha dejado de estar relajada en ningún momento, la celebración toca a su fin y los rescoldos del fuego (los Guilded Splinters hacen referencia a un planeta de la mitología vudu) siguen calentando el ambiente.

Vienen a ser estos mis apuntes improvisados mientras retomamos el camino de vuelta hasta el 1500 North de Claiborne Avenue, justo en la esquina con el 1553 de Columbus Street, allí bajo los enormes pilares de la interestatal 10 está ubicado el punto de partida de un Second-Line que pretende hacer historia. El lugar de encuentro es el salón del Kermit´s Treme Mother in Law, un edificio de dos pisos aledaño a una casa más baja de techumbre de dos vertientes. Las pinturas de ambos inmuebles muestran varios motivos relacionados con la riquísima herencia musical de la ciudad, una placa conmemorativa recuerda además a Ernie K-Doe, "Emperor of The World", un conocido músico oriundo de la ciudad que, además de llegar al número 1 de las listas de pop y r&b en 1961 con el tema "Mother-In-Law" (una canción compuesta por Allen Toussaint), fue durante algunos años uno de los más recordados dj de la emisora de referencia WWOZ. Mientras nos vamos mezclando con la muchedumbre convocada suenan por los auriculares de mi ipod Huawei "Chere Te Mon" de Nathan Abshire, "Jolie Blon´s Gone" de Harry Choates y a continuación "Tu Le Du Po La Mam" de Lawrence Walker, pequeña parte de un magnífico surtido de temas cajun grabados por el sello Khoury Recordings a principios de los años 50. Dr. John bebió de ellos, se empapó de la influencia de un estilo autóctono que se propagó gracias al boom económico inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial.

No fue hasta el momento en que eché un buen trago de Crown Royal Regal cuando creí recibir la bendición del gris-gris de Dr. John. Las escenas reales que observaba se mezclaban en un cúmulo de colores y sensaciones dispersas; apostaba por la victoria de los Raptors de Marc Gasol mientras las primeras filas del Second-Line iniciaban la marcha hasta el Louis Armstrong Park. Vi a un malicioso francés (lo adiviné por el color burgundy de sus ojos) vender bolsitas de marihuana a 50 dólares, los parasoles se alzaban entre las distintas paradas de invocantes a Mister M-Nauga-Ma-Hyde, Oswald jugaba en el portal de su casa en Exchange Alley. Mac Rebennack participa en una fiesta privada de Sonny & Cher en el Waldorf Astoria de Nueva York, Ahmet Artegun no ha escatimado gastos para una velada que cuenta con la presencia de la viuda Jacqueline Kennedy. Harold Battiste, Ernest McLean, "Didimus" Washington, John Broudaux, Plas Johnson, los músicos de sesión emigrados de Nueva Orleans que participan en el "Gris-gris", se mueven cómodamente entre las distintas filas de asistentes. Otros bailarines se presentan alrededor del coronel Edwin Anderson Walker, celebran la sentencia condenatoria de Oswald en su atentado fallido contra el militar ultraconservador. 

Saludo a Dr. John, me comenta con esa voz gangosa que se siente feliz en su casa después de pasar tantos años fuera. Las líneas metálicas de las trompetas y saxos destacan en cada espacio de asfalto, hay lugar suficiente para todos los cuerpos en movimiento, la música suena callejera, sin gran orden, pero marca un indeleble ambiente de fiesta. Un tipo enorme encaramado a una pequeña tapia saluda a los transeuntes con el lenguaje Chahta, lleva la cabeza adornada con las plumas del gran jefe Choctaw. A él le pregunté cómo se definiría:..." Y´all fonky,... la música está hecha para bailar y a mí me corresponde por tradición el cetro del gris-gris, man".



A DA GI GI DA, la nueva Dama Gris-Gris de Dallas.

5 jun. 2019

RAREZAS XVII: LA DAMA BLANCA



ANDWELLAS DREAM                          "LOVE AND POETRY"
Alguien sostenía las ondas calientes del jardín. El viento seco del aperitivo golpeaba el toldo naranja del vecino de enfrente, mientras la barra de carga soportaba sus embates me dispuse a escuchar los dos primeros álbumes de The 13th Floor Elevators. Rocky Ericson había desaparecido unos días antes y decidí rendirle algún tipo de homenaje. Extraje de la misma estantería "The Psychedelic Sounds" (International Artists, 1966) y "Easter Everywhere" (Get Back Rcds, RE, 2001) con la intención de recuperar algunas lecciones olvidadas. Me exigí no rebajar a la banda tejana, dejar de tratarla como una mera referencia de los buenos tiempos pasados, incluidos en el cartel de las mejores formaciones del garaje psicodélico americano. Su archiconocido muro tut-tut de sonido pareciera a veces que chirría, otras veces se tornaba en una originalidad agradable. En algunos de sus surcos (no todos están preparados para ello), se esconden sabrosas vulvas de acid y garage.

Llevaba días intentando recuperar la sección de RAREZAS, así que acudí a la base de datos y me planté presto en la A, decidí no pasar de ahí. Dos discos se disputaron la corona, al final opté por la primera y más conocida obra de Andwellas Dream, ("Love and Poetry", Lightning Tree Rcds, RE 2006), originalmente editada por la CBS en 1969. Tenía muchos más datos de la otra banda, de Arcadium, pero la sensación que me causó la escucha de su "Breath Away" (Akarma Rcds, RE 2003) fue algo empalagosa. A estas horas sigo planteándome la oportunidad de la decisión final; creo que Andwellas Dream, en buena ley, no debería ser protagonista de ninguna sección llamada "Rarezas",... su "Love and Poetry" es una de las más celebradas grabaciones de psicodelia inglesa de los últimos años sesenta, una obra y una banda que se suponen conocidas por la mayoría de los aficcionados cultos. No, definitivamente no merecía ser rebajada a tal condición.

Busqué y rebusqué datos de la banda norirlandesa, aproveché para recuperar tiempos felizmente pasados entre revistas, desempolvé antiguos apuntes sobre links musicales relacionados (maravillosa la página web de pooterland, gran descubrimiento el blog johnkatsmc5), me entretuve entre los box-sets de la "Rubble Collection" (¡vaya!, me faltaba el segundo volumen, el que incluía los números del 11 al 20, allí donde precisamente aparecía Andwellas Dream) El texto oficial más relevante lo saqué del "Tapestry of Delights" de Vernon Joyson, en apenas un cuarto de página contaba la historia de la típica banda con talento abocada al fracaso, no por la falta de oportunidades (que las tuvo), sino por la ausencia continuada de reconocimiento general. De Dave Lewis, el principal compositor y líder de la banda, se ofrecen al lector interesado datos de obligada referencia, llegó a colaborar con Demis Roussos.

Admito que me costó no tirar la toalla. Varias razones me convencieron al final de no hacerlo, dos de ellas aparentemente importantes; una, la obra gráfica de C. Nevil Boussmayeff, de atractivo kitsch oriental en portada y contraportada del disco (esta segunda le confronta una conseguida nebulosa psicodélica), además la del equipo de diseño (a los que en justicia se les hace mención en los créditos, Lizzie Stilgoe y The Sons of Saturn); la segunda, una copia de la factura de compra (Diciembre de 2006) y el catálogo del vendedor, The Freak Emporium; me emocionó comprobar como pague por los portes desde Inglaterra el mismo precio que por el disco. Las otras razones pudieran parecer meras tonterías; indicar en los créditos Side 1 dos veces y no escribir correctamente el apellido del productor Rocky Shahan, bajista paquistaní miembro original de The Konrads (banda que incluyó en su primera formación a David Bowie), pero ninguna de ellas fueron argumentos suficientes para devolver el disco a su lugar de origen.

¿Cabría aquí hacer un inciso y reconocer la influencia beneficiosa de una inesperada aparición? Ocurrió a lo largo de diferentes momentos de una noche de insomnio. Vi caer una lluvia granizada de meteoritos humeantes, la tierra se resquebrajaba y desde sus entrañas surgían ruinas olvidadas, bajo el arco de una abadía demolida se protegía una mujer joven (su parecido con la dama de Shalott era patente), Júpiter parecía lanzar rayos desde su larga melena dorada. De inmediato deduje que podría utilizar su imagen como la de una diosa protectora, quizá también como musa inspiradora de un texto que se me escurría entre bocanadas de sueño atrasado. Quise levantarme para tomar alguna nota pero lo avanzado de la noche me retuvo encadenado a la cama. Al cabo de pocas horas supuse el influjo de los diarios de Mina Harker, la mano que mece la cuna en el "Dracula" de Bram Stoker, la impura visionaria que guía a sus compañeros tras las huellas de un vampiro en retirada hacia su castillo de Transilvania.

Me permitirán que hable de algunos apuntes recopilados en la cada vez menos libre red. Los escasos links interesantes en los que se encuentra alguna referencia a Andwellas Dream son "Irish Rockers, Irish Bands and Irish Rock Music Throughout The Decades", una magnífica página web donde cabe además gran parte de la información de interés sobre Irlanda y su escena musical y "Message For Love fans", proveniente de una página no oficial de la genial banda californiana. Allí se habla de The Methods como embrión de la primera formación en Belfast, su lugar de origen. Creada por Dave Lewis, ya hablamos de él, a mitad de la década de los 60, compositor de talento, guitarra y teclados. Le acompañan Nigel Smith al bajo y Gordon Barton a la batería. Se trasladan a Londres en 1968 y se dan a conocer actuando en el circuito de clubes de la ciudad. Cambian su nombre a Andwellas Dream, graban su primer Lp "Love And Poetry" para CBS en 1969 y otros singles a continuación con el mismo sello, algunos provenientes del mismo disco. Conocidos entre la audiencia más fiel, sus temas gozan de cierto éxito pero no el suficiente para asegurarles el apoyo continuado del negocio. Aunque logran grabar dos discos más los años 70 y 71, con el sello Reflection Records ("World´s End" y "People´s People") y ya con el nombre acortado a Andwella, su trayectoria culmina definitivamente un año más tarde. No es un gran historial. Quizá el prescindir del Dream les jugó una mala pasada. 

Esta parquedad biográfica queda felizmente contrapuesta por la amplitud y grandeza del contenido de su primera obra. 13 temas en total que se ofrecen al oyente en una suerte de radiante combinación entre psicodelia de potentes riffs de guitarra, base rítmica roquera, un folk de vientos rurales y cosmopolitas teclados jazzy. En "The Days Grew Longer For Love" los riffs de guitarra contienen poderosos fogonazos proto-heavy, en la siguiente pieza, "Sunday", el fuerte ritmo roquero se complementa con la flauta hindú de Bob Downes, instrumentista invitado a la grabación (respetado estudioso de las variantes rítmicas asiáticas). En "Lost A Number, Found A King", los vientos de Downes se mueven entre un ambiente de folklore ensoñador, hay incluso texturas de la dinastía Ming. Mientras "Man Without A Name" arrima al oyente hacia riberas de un pop psicodélico, más en la onda Procol Harum, "Clockwork Man" lo hace hacia las planicies de Traffic, en ambos casos el desenlace es preciso, elegante. "Cocaine" cierra la cara A y aquí los teclados de Dave Lewis recuerdan los mejores momentos de Brian Auger con su Trinity, uno se transporta sin dificultad al efervescente escenario jazz de la Praga de Alexander Dubcek.

"Shades Of Grey" comulga en el mismo altar, riffs potentes de guitarra, esta vez más envueltos por una atmósfera que encuentra en la ingenuidad de su melodía su mejor valor. "High On A Mountain" suena a los injustamente olvidados The Smoke de "...It´s Smoke Time" (Metronome Rcds, 1967) en su etapa alemana; un pop aguerrido, eléctrico y bizarro,  sus primeros acordes, los puentes, retrotraen al oyente al primer vigor adolescente. "Andwella" nos invita a un cocktail donde la guitarra y los teclados quedan perfectamente combinados, de su sonido surge un sabor muy en la onda Graham Bond Organization. "Midday Sun" tiene su necesario toque Beatles, también suena a Donovan, la melodía se alimenta de la fructífera cosecha inglesa en la última década mágica. "Take My Road" apuntala lo que ya viene siendo patente para el observador, la vertiente pop se ha hecho con el poder, los arreglos y la orquestación confirman este feliz hecho. "Felix" contiene un diáfano recuerdo de aquel guateque antológico, han dejado de sonar los temas más conocidos, las parejas se dispersan por el salón, el improvisado dj pone en el plato este single (el más radiado y conocido de la banda norirlandesa), solamente los más interesados se le acercan, maravillados ante la belleza hermenéutica de la canción le preguntan por el grupo, él les mira con una mezcla de orgullo y displicencia. "Goodbye" cierra el disco, igual que "The End" cerró el "Abbey Road", no puede haber final más conmovedor.

Confío en que pueda finalizar mi labor manteniendo todavía el interés del lector, cerrar con un breve brochazo algún comentario sobre los textos de Dave Lewis. Abro las ventanas y dejo que el aire limpio de la mañana suene a cuartetos de cuerda. Dudo de entrada si inclinarme por el ambiente de un Londres entonces pletórico (poco antes de su llegada se había celebrado el "14 Hour Technicolour Dream"), o por el influjo de la inexplicable belleza de los cementerios en su Belfast natal. Existen ciertas pistas que confirman mi preferencia por la segunda opción, parece que la hipnótica lectura de novelas góticas inglesas ha dado sus frutos. Los cementerios se mencionan en "Lost A Number, Found A King", la figura femenina, enigmática y sin alcance, se manifiesta en "Andwella", el paisaje romántico en "Midday Sun". En "Felix", la ambivalencia homoerótica,... en "Cocaine", un texto que anticipa el de J.J. Cale (y la posterior y exitosa versión de Eric Clapton), Lewis habla por primera vez de la droga, una visitante inesperada, la nueva dueña de la habitación, admito que por entonces lo que más me interesaba eran los efectos del laúdano.