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10 sept. 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XIV: NASHVILLE, 2ª PARTE.



JUSTIN TOWNES EARLE. "THE SAINT OF LOST CAUSES"
Estaba hecho un auténtico adefesio, así que decidí aprovechar la tarde y pasar a limpio algunas notas arrinconadas en mi teléfono móvil, mientras lo hago suena "Time Is Never On Our Side" de Steve Earle & The Dukes ("Ghosts of West Virginia", New*West Rcds, 2020). Queda suspendida en el ambiente una sensación de tierras baldías, de tiempo perdido, waste lands, wasted times, una suerte del "April is the Cruelest Month..." de T. E. Eliot revisitado, pero no, no funciona del todo así, declaro llanamente que buscaba a tientas la botella de verdejo de Ramón Bilbao. "The mornin´ that the world began / God reached out and closed His hand / And when it opened up again / A moment vanished in the wind". Amanecí poco después de que pasara el camión de la basura, era aun noche cerrada cuando abrí el libro por la página 176, hablaba allí de las enormes pérdidas al naipe del rey Felipe III. La decisión de regresar a Nashville se presentó inesperadamente frente al espejo del cuarto de baño, ¿ocurrió antes de quedarme colgado frente a un tubo de pasta dentrífica?. La fotografía del inset del "No More Heroes" de The Stranglers (United Artists, 1979) muestra a la banda sobre un escenario de cloroformo mentolado, Hugh Cornwell y Jean-Jacques Burnell señalan con el compás de sus piernas abiertas el extraño significado de la masonería inglesa, la base rítmica (tan celebrada en este grupo) galopa en "I Feel Like A Wog", así es como observo el mundo hoy: "I feel like a wog / Got all the dirt shitty jobs".

Viajo a Nashville desde Chicago por 41 dólares, "hey Joe, a dead ringer!", los aun pocos transeúntes me contemplan bostezar desde las ventanas del Greyhound. Voy con la intención de organizar un Second Line en homenaje a JTE. Si, ahora lo puedo decir sin rubor, aun me emociona recordar aquellas galopadas de mi hija Marta por las suaves colinas de Hampstead Heath, volaba como la cometa de cien colores que todavía resguardo entre los pliegues rojizos de la vena disecada. Mientras me recreo en ese pensamiento, la Interestatal 65-S extendía su leve manto sobre un cuerpo dispuesto a dormitar las 9 horas del trayecto.

Hablaba antes de las notas medio olvidadas en mi teléfono móvil, un confuso maremagnum de ideas dispersas que igual mencionan frases sueltas de lecturas recientes, datos estadísticos de los playoffs de la NBA o bosquejos sobre futuras entradas en el blog. Cualquier comentario podría valer, desde los apuntes tomados sobre un libro de fotografías de Dennis Hopper ("Photographs, 1961-1967", Taschen 2018) hasta las hojas cuidadosamente dobladas del número de septiembre de Mojo, una nueva vuelta de tuerca sobre un Bowie ya eterno. El disco del mes en esa publicación inglesa lo dedican a Fontaines D.C., un combo al que estoy seguro me unen innumerables pintas de Guinness; en su última obra "A Hero´s Death" (Partisan Rcds, 2020), Carlos O´Connell, uno de sus miembros, se presenta voluntario, lo hace como el músico que pretendió unir Madrid (donde nació) con el Dublín del escritor irlandés Brendan Behan, un hobo que trabajaba disciplinadamente desde las 7 de la mañana hasta las 12 en punto, hora en que abrían los pubs de la ciudad.

Estaba diciembre de 2007 casi vencido cuando celebré los 50 años de la publicación del "On The Road" (Penguin Books, 1973) de Jack Kerouac; conduje por la N-IV camino de Cádiz, sin apenas dinero, son aquellas últimas luces de un motel de carretera en Manzanares las que aun brillan esta noche, mientras bordeábamos Indianápolis, en el cuarto de baño del motel aun se reconocía el fuerte olor de lejía, las huellas de mosquitos aplastados contra las paredes de la habitación aun mantenían sus cicatrices. Confieso que se trataba entonces de una huida con billete de ida y vuelta. Aquel viaje fue totalmente opuesto al de hoy, me muevo por una América en la que el supuesto mensaje anti-patriótico del "Monster" de Steppenwolf (Stateside Rcds, 1969): "the police force is watching the people / and the people just can´t understand", sigue teniendo vigencia.

Mientras la banda de John Kay se diluye entre un magma de teclados y latidos del añorado be-bop, a mitad de camino entre Louisville y Nashville, el Greyhound entra en la Rest Area de Munfordville; pago con tarjeta en el Woody´s Lounge para comer unos tacos de pollo al curry, las casas y edificios de los alrededores muestran profusión de banderas americanas. Peer Gynt afirmaba que cantar es entrar en nosotros mismos, así que el ro-ro-ro de los auriculares sigue hablando por mí. Entran en escena The Gun Club ("Miami", Sympathy for the Record Industry, 1982) y el pasillo del autobús se queda repentinamente estrecho. A golpe de run through the jungle, Jeffrey Lee Pierce aúlla emulando a un Elvis Presley remezclado en la hormigonera de los Million Dollar Quartet. Alguien parecido a Johnny Cash lanza al aire una cáscara de plátano, intento esquivarlo con cuidado, evitando el doloroso click de la nuca girando hacia la izquierda. Ya entramos en Nashville, me apeo en el 706 de Church Street, justo enfrente del conocido Highway 65 Records, un pitbull blanco me mira amenazador desde el zaguán del local.

Nashville apenas ha cambiado desde nuestro último viaje en marzo de 2018, cuando homenajeábamos a The Byrds y su "Sweet Heart of The Rodeo". Visitamos entonces los Columbia Studios, el Ryman Auditorium y el Country Music Hall of Fame, así que decido no acercarme de nuevo por esos lugares. Pido habitación en el mismo hotel de entonces, el Indigo Nashville de Union St., desde mi habitación en el piso 13 saludo a la vieja serpiente verdosa del Cumberland River. Decido volver a Church St. para dirigirme al meollo musical de la ciudad, el famoso Music Row. Atraído por el nombre entro en un local cercano, el Barcelona Wine Bar, pido unos champiñones a la plancha y unas patatas bravas, las copas de vino están por las nubes de modo que me conformo con una sangría bien fría. Por 25 dólares diría que he comido bastante bien, felicito a la camarera que me atendió, una estudiante nicaragüense con ojos de gata a la que intento impresionar con mi acento claramente castellano. Bajo después caminando por la 17th Avenue South y bordeo la Belmont Mansion para llegar al 3100 del Belmont Blvd., en tal lugar, en los famosos Sound Emporium Studios, grabó JTE en abril de 2019 su última obra, este "The Saint Of Lost Causes".

Si el "Harlem River Blues" es un disco que tiene a Nueva York como escenario principal, es la ciudad natal de JTE la que representa el protagonismo urbano en esta ocasión. Pero es un protagonismo compartido, Nashville se refleja en los textos del "The Saint Of Lost Causes" para extenderse hacia otras latitudes, Los Ángeles, Memphis, Flint City, Alameda, Cincinnati, Morgantown, Nueva York, Nueva Orleans, Wilmington. Los paisajes de la América metropolitana y rural, las autopistas, las vías férreas, los ríos navegables, las áreas de servicio, los caminos polvorientos se ofrecen a la visión del espectador enmarcados en una naturaleza exterior, a veces rica y variada, inmensas planicies, bellas tormentas en dirección suroeste, otras envenenada por la contaminación ambiental y la crudeza humana del entorno observado por el propio autor. Y entre toda esta escenografía cambiante, la música de "The Saint Of Lost Causes" propicia su escucha desde dentro, como si un poderoso pálpito arrullara al oyente, meciéndole en una visión cosmogónica de ojos rasgados. Es en ese ambiente donde la lírica, algunas veces pareciera autobiográfica, muestra al oyente los fantasmas del autor, sus frustadas relaciones familiares, sus adicciones, la innata soledad del ser humano, la codicia de la clase política, la maldad implícita de los hombres de negocios, la injusticia. El mismo título del disco, en definitiva, no deja de ser una apuesta por la redención, un envite que quedó definitivamente malogrado el pasado 20 de agosto.

No hablaré de "The Saint Of Lost Causes" sin mencionar antes a Chris Isaak (una clara referencia de estilo en buena parte del disco), el inicio de este primer tema homónimo cautivará a los seguidores del autor de "Silvertone" (Warner Bros. Rcds, 1985); en "Ain´t Got No Money" predomina un crudo stomper de barrelhouse amenizado por una armónica que ensancha su cadencia. "Mornings In Memphis" sigue por el sendero de Chris Isaak, bien entendido que la voz de JTE es claramente inferior en alcance melódico. Cierra la primera cara "Don´t Drink The Water", un corrido bluesero de impecable ejecución rítmica. Abre la segunda cara "Frightened By The Sound", la herencia isaakiana permanece aquí de nuevo, aderezada con un toque a lo Orbison, para dar entrada a uno de los momentos álgidos del disco, "Flint City Shake It", un blues saltarín amenizado por un endiablado estallido rockabilly, los coros consiguen que la estructura llamada-respuesta alcance magníficas cotas melódicas. "Over Alameda" marca el ecuador de la obra. El pedal-steel adquiere si cabe mayor protagonismo, los teclados refuerzan su tonalidad melancólica.

"Pacific Northwestern Blues" es otro de los momentos estelares, un swing definitivo, escuela Commander Cody, trota entre carriles de espuma hawaiana. En "Appalachian Nightmare" JTE renueva el country-folk de Woody Guthrie y Merle Haggard, el desarrollo de la canción se acomoda perfectamente con la secuencia cinematográfica de un texto claramente outlaw. En "Say Baby" (otro de los ochomiles de este disco) el blues primario de Son House brilla con luz propia, la armónica recoge el legado del "King Biscuit Time" de Sonny Boy Willianson, oro en polvo del mejor paisaje de Arkansas. Mr. Isaak vuelve a la palestra en "Ahi Esta Mi Nina" (sin acentos ni tilde que valga) y en el tema que cierra el disco, "Talking To Myself". En ambos el artista de Nashville se desliza por una pendiente de spoken-word (en realidad su voz, a veces demasiado plana, circunda esta atmósfera durante buena parte de la obra), orillada por luminosos efectos de pedal-steel, el americana-sound vuelve a reconvertirse en futuro de celeste bóveda.

Del anteriormente comentado "Harlem River Blues" repiten Adam Bednarik (producción y bajo eléctrico) y Paul Niehaus a la guitarra y pedal-steel. Joe V. McMahan, un guitarrista de Louisiana educado en la escuela de Dr. John, Professor Longhair y B.B. King (es además productor del último trabajo de una leyenda del Nashville-Dylan-Sound, Charlie McCoy, miembro destacado también de Area Code 615), participa llevando la batuta guitarrera durante toda la grabación. Le siguen Cory Younts, armonicista y teclados (procedente, al igual que Paul Niehaus, de los siempre recomendables Old Crow Medicine Show) y Jon Radford, a la batería y percusión (escuela Kenny Buttrey, Hal Blaine, Jim Gordon, Charlie Watts). Jon es un oriundo del estado de Tennessee, reconocido por su estilo conciso, en esta grabación sus baquetas revolotean en los platos como las avispas alrededor de las flores de lavanda. Con él he quedado en el Tootsie´s Orchid Lounge del Lower Broadway, una zona donde predominan los mejores garitos de música en directo de Nashville. Esta noche actuará con su grupo Steelism, una formación instrumental que representa lo más atrevido de la escena actual en la ciudad (la multipropuesta artística de Brian Eno, las composiciones de Ennio Morricone, la fuerza de Booker T & The MGs y The Ventures). La banda cuenta además con John Estes, antiguo bajista de unos Deer Tick de los que, poco a poco, me voy convirtiendo en ferviente seguidor.

28 ago. 2020

NUNCA SUCEDE NADA




JUSTIN TOWNES EARLE "HARLEM RIVER BLUES"
Déjenme que les confiese un secreto, soy de las personas que desea que no ocurra nada trascendente durante lo más entrañable del verano, repelo ser testigo de cualquier noticia que merezca un solo titular de prensa, (entre nosotros) tampoco me interesa que suceda algo que sacuda el letargo de la víbora. Abro la puerta y el cartero no llama dos veces, riego las plantas y ellas siguen comportándose de la misma manera, antipáticas, sedientas, me ducho a diario y el cuerpo me acosa como cada mañana, reclamando su estúpida dosis de vanidad. Las persianas continúan sonando a carraca digital (apenas han cumplido cuatro años), son mis pasos arrastrados los que se sientan en las sillas volátiles de la cocina, noto en mi boca a menudo un sabor de frutos de pizarra, las manchas en las manos persisten en extenderse como un archipiélago de Hölderlin, etcétera. Como verán, nada de lo que les pueda comentar es digno de filosófico debacle, aun menos de ardua controversia ecuménica, ni siquiera el corrillo concentrado en el (ya no tan) concurrido césped de la piscina trastocaría la insulsa alabanza de la rutina. Pero insisto, a mí me gusta que nunca suceda nada, tengo esa manía, hostia, la de intentar que la jornada transcurra sin apenas sobresaltos, a la espera que cualquier acontecimiento, por chico que sea, se atreva a mandar todo a la mierda.

Lo hizo hace unos pocos días la noticia de la muerte de Justin Townes Earle, un artista al que sigo desde hace una década, hijo de un ciclópeo, apadrinado por la larga sombra de otro gigante de la desolación tejana; admirado, además de por su prometedora (y ahora lamentablemente truncada) carrera musical, por tener el insospechado detalle de palmarla en un día cualquiera de mi entrañable verano.

Mientras repaso el cuaderno de notas (realmente aprovecho para atusarme ahora los pelos de cerda de mi barba) observo las cubiertas de los dos únicos álbumes que dispongo de Justin Townes Earle, "Harlem River Blues" (Bloodshot Rcds, 2010) y "The Saint Of Lost Causes" (New*West Rcds, 2020). La imagen del primero siempre me impresionó; él (su figura anticipa un tanto el vómito final de Hank Williams), empapado en sudor a punto de larvas, los tatuajes de su cuerpo se revelan entre la tela de su camisa blanca; ella, pretendiendo esconderse tras la columna del hombro derecho de Justin (allí donde parece ser que luce tatuados la hoz y el martillo), ambos escurridos en un paisaje pegajoso de nubes bajas. El río Harlem a sus espaldas, un lineal de orilla baja entrecortada por el esqueleto de un puente de hierro completa el decorado. Todo rezuma humedad en "Harlem River Blues". Del "The Saint Of Lost Causes" hablaremos próximamente.

La grabación del "Harlem River Blues" se realiza en el House of David, mítico estudio localizado en el distrito Music Row de Nashville, epicentro de la industria de la música country americana. Allí, en uno de sus viejos edificios de la 16th Avenue South, se alojó durante una larga temporada el legendario David Briggs, mano derecha de Neil Young durante muchos años. De la mano de Skylar Wilson como productor y Adam Bednarik como ingeniero de sonido, Justin convoca a un buen elenco de distinguidos músicos, intérpretes acostumbrados a exprimir los mejores frutos del country, del blues, del soul, del gospel y del rock de raíces. Jason Isbell, ex-Drive-by-Truckers (por abreviar...), Ketch Secor, miembro de la prestigiosa Old Crow Medicine Show, Bryn Davies, bajista itinerante, regular en las bandas de Guy Clark, Steve Earle, Jim Lauderdale, actualmente girando con Jack White, Joshua Hedley, gran luminaria del sonido fiddle, Paul Niehaus, steel-guitar con Lambchop, Calexico y Yo La Tengo o Caitlin Rose, una de las voces femeninas más sugestivas y dotadas del Nashville contemporáneo, haciendo coros.

Desde el mismo inicio del nuevo siglo la ciudad de Nashville comienza una etapa que la lleva, apenas un lustro después, al puesto en el que hoy se encuentra, esto es, la incuestionable sede de la capital musical de los Estados Unidos. Muy pocos años antes, concretamente en 1999, Justin Townes se habia mudado a Chicago para intentar así educarse en su escuela de blues y del ambiente de la música callejera de la ciudad. Afortunadamente no todo lo que allí consigue es acrecentar sus adicciones, trabajar a destajo como pintor de brocha gorda y escribir un puñado de canciones (algunas de ellas aparecerían en su primera obra, el EP "Yuma" publicado en 2007); también se ve capaz de, además de actuar esporádicamente en varios garitos locales, moverse entre bambalinas y vincularse con los sellos independientes de la ciudad, aquellos que como Bloodshot Records le publicarán sus posteriores obras, "The Good Life" (2008), "Midnight At The Movies" (2009) y este "Harlem River Blues" en 2010.


En ese mismo año Justin ya lleva una temporada residiendo en Nueva York, aparentemente limpio desde 2004, aunque recaerá después de un accidentado final de gira en Indianapolis. Brooklyn se convierte en su nuevo hogar, en el año 2013 contrae matrimonio con Jenn Marie Maynard, a su hija la llaman Etta St. James, renovado ligamen con la aristocracia femenina del blues (hay que continuar con las viejas y buenas tradiciones). En una entrevista de la época, el artista confiesa que si su segundo nombre Townes fue imposición de un padre (...ya saben, Steve Earle), que tenía a Townes Van Zandt como una de sus mayores fuentes de inspiración, el de Justin fue consecuencia del capricho inesperado de una madre que adoraba al Justin Hayward de The Moody Blues.

La atmósfera rural country y blues impregna todo el metraje del "Harlem River Blues" y, teniendo en cuenta el escenario de un Nueva York mega-urbano ("Empire City") que amalgama, además, una parte no menor de la lírica del disco, esta dicotomía no deja de suponer una arriesgada apuesta por parte del artista. Sorprende gratamente que de la fortísima dinámica de una ciudad apabullante, excesiva, casi siempre inabarcable, surja un sonido que remite al oyente a los paisajes de Los Apalaches, "...it´s one more night in Brooklyn, / it´ll never match the beauty of a Tennessee spring", ("One More Night In Brooklyn"). Justin Townes Earle no deja entonces de utilizar todos los elementos a su alcance para conseguir este objetivo, transportar al oyente urbanita al mismo cruce de caminos en el que se conjuga la auténtica música de raíces americana. Desde el inequívoco galope sureño del título homónimo, hasta el trote rockabilly de "Move Over Mama" y "Slippin´And Slidin´", la influencia de las viejas composiciones de cuerda de Lead Belly y el espíritu itinerante de intérpretes legendarios como Woody Guthrie y Cisco Houston se manifiestan en los brillantes fingerpicking de "Workin´For The MTA" y "Wanderin´".

Ese ambiente de inmersión estilística, donde los distintos palos del americana no dejan de mezclarse (para de ese modo modernizarse), se sucede en el resto de los temas de este "Harlem River Blues". El blues melódico de "Christchurch Woman", aquí enriquecido por unos vientos que le otorgan un dulce sabor de soul de Memphis, retorno al steel-guitar y al fiddle sound en "Learning To Cry", los acordes de cuerda más parecen emitir lamentos; en "Ain´t Waiting", otro blues pleno de rockabilly, las líneas de bajo de Bryn Davies profundizan en el tempo de la canción, le otorgan un añejo sabor de claqué percusivo, el clásico stompin´sound de los barrelhouse sureños. "Roger´s Park" posee el hechizo del mejor Bruce Springsteen (el de la primera etapa), la guitarra de Jason Isbell se traslada a la mecedora del porche, el teclado de Skylar Wilson propicia que el tema consiga un apropiado carácter épico, un moderno himno a la desolación urbana, "This town´s dead tonight / I got no place to be / Moon is hung just right". El álbum, como todo trabajo que pretenda poseer cierto alcance, un significado que vaya más allá del mero entretenimiento, cierra el círculo con un reprise del tema principal, "Harlem River Blues". Si en la primera toma de la cara A, el ambiente de cierta celebración religiosa queda levemente matizado por los breves coros gospel de los puentes, en este segundo reprise esta atmósfera mortuoria (el tema habla de un plan de suicidio como solución final) queda reforzada por su contundente protagonismo. Como homenaje póstumo a Justin Townes Earle suena ahora la versión del "Will The Circle Be Unbroken" interpretada por la Nitty Gritty Dirt Band.

"Harlem River Blues" es un álbum que destaca además por una lírica profundamente romántica, un compendio de melancolía urbana y nostalgia rural (tan consustanciales a un género que considera el tiempo pasado como una de sus señas de identidad), que expone abiertas las numerosas e hirientes experiencias del protagonista, la profundidad de unas derrotas aun no completamente asimiladas, la búsqueda de una salida que permita vislumbrar el merecido reposo de un autor aun perseguido por sus fantasmas. "Lord, I´m goin´uptown to the Harlem River to drown / Dirty water gonna cover me over / And I´m not gonna make a sound". Según transcurre la audición del álbum el oyente tiene la sensación de que Justin Townes Earle encontró, por fin, ese ansiado descanso en su ciudad, en Nashville, un 20 de Agosto cualquiera cuando, en el mismo núcleo entrañable del verano, precisamente nunca sucede nada.

11 ago. 2020

HALL OF FAME XII: NICK LOWE


NICK LOWE "THE IMPOSSIBLE BIRD"
Confieso que intenté evitarlo pero ese recuerdo se fue convirtiendo poco a poco en una obsesión, parecía como si nada fuera lo suficientemente importante, como si ninguna otra cosa tuviera bastante entidad para centrar mi atención. El caso es que aquella imagen se adueñó de mi de tal manera que barrió instantáneamente cualquier otra alternativa. Me encontraba en la terraza de un restaurante con mi madre, desde mitad del mes de mayo no la veía, mi hermana me había acercado hasta Madrid para vernos los tres, comer juntos y pasar después la tarde en su casa. Casi finalizando la comida entró en el recinto del local un hombre joven, ni su presencia ni su vestimenta chocaban con el ambiente de un barrio burgués y acomodado, se acercó a nuestra mesa y, antes de mostrarnos un surtido de calcetines nuevos con sus etiquetas, nos pidió disculpas por el atrevimiento de interrumpir nuestra conversación. Le miré con toda la mansedumbre capaz del "Sad Eyed Lady of the Lowlands" pero él ya adivinaba nuestra respuesta, en su semblante creí descifrar una innegable sensación de desesperanza, aquí no hay nada que hacer, esta negativa será multiplicada cada vez que me acerque al resto de las mesas ocupadas. Acto seguido salió de la terraza, comenzó a caminar sin rumbo por una calle levemente en ascenso. El Rey de Oros llevaba ya un par de días huido y el vecino más cercano ha izado una reluciente bandera nacional en su terraza por valor de un euro.

Debo decir que a veces las obsesiones, cuando vienen acompañadas de ese poso de belleza crepuscular que Dwight Twilley sabe impregnar a sus canciones ("Twilley", Arista 1979), pueden alcanzar pastos de confortable esplendor en la hierba. Necesitaba una reacción fulgurante después de reclamar a varios proveedores las entregas de compras hechas meses atrás, así que aparqué mi ira momentánea y decidí hacer justamente lo contrario, acogerme a la terapia de la lectura ininterrumpida. Al rato me concentré en la elección del siguiente protagonista de la sección HALL OF FAME, Steve Cropper, pero el vendedor de turno me confirmó no disponer del disco que andaba buscando, lo he debido vender y no lo he dado de baja en el catálogo, pero ya está pagado, inicio la queja, si lo prefieres te devuelvo el importe o lo cambias por otro del mismo valor. Para evitar más problemas elijo esta segunda opción y lo sustituyo por uno de Fats Domino (más un single de The Bluebells). Desechado forzosamente el guitarrista oficial del sello Stax decido otorgar este privilegio a otro músico; los americanos llevan ventaja, así que habrá que escoger entre algún autor inglés. Dave Edmunds es mi primera opción, estaría bien desempolvar su "Rockpile" (Regal Zonophone, 1971), pero al final resuelvo la cuestión en favor de Nick Lowe, la reciente mención en el blog de su concierto en Madrid con The Cowboy Outfit seguía estando muy presente en mi cabeza.

Aun siendo seguidor de Nick Lowe desde sus inicios discográficos en 1978, quiero decir como tal, con nombre y apellidos, ("Jesus Of Cool", Radar Rcds), ignoraba por entonces sus muy interesantes antecedentes de finales de la década anterior, desde su participación en formaciones como Kippington Lodge y Brinsley Schwarz hasta, ya iniciados los años 70, la de bajista del Rockpile original de Dave Edmunds. La noticia inicial de esas referencias colaterales, en esta ocasión en la labor de productor, creo haberla descubierto leyendo los créditos del primer trabajo de Elvis Costello ("My Aim Is True", Stiff Records, 1977). La lectura de innumerables revistas musicales sirvieron poco después para conocer un buen puñado de anécdotas, como el estrafalario viaje de la banda Brinsley Schwarz a Nueva York con motivo de su caótica presentación en el Fillmore East (anunciados como teloneros de Van Morrison y Quicksilver Messenger Service), o la generosidad del Lee Brilleaux de Dr. Feelgood para financiar de su bolsillo la creación del sello Stiff, conjuntamente con la grabación del primer single a su nombre de un Nick Lowe que ya destacaba, por entonces, como compositor y productor oficial del mítico sello inglés. En definitiva, la historia de la transición del pub-rock a la new wave, incluyendo el punk de Damned (él fue el productor del tema "New Rose", considerada la primera grabación de este estilo musical), pasa por las manos y la inspiración del londinense. Su curriculum, confirmo, no debería dejar indiferente a nadie medianamente interesado en este negocio.

Llegué hasta este "The Impossible Bird" a través de la caja que Proper Records editó en 2009 con el título de "The Brentford Trilogy". Acompañaban a este trabajo, inicialmente publicado en 1994 por Upstart Records, otras dos obras, "Dig My Mood" de 1997 (mismo sello) y "The Convincer" de 2001, también con Proper, compañía discográfica que, a partir del nuevo milenio, se repartirá junto a Yep Records las más recientes obras del músico inglés. Desde su gran éxito "Labour of Lust" (Radar Rcds, 1979), tan solo su recopilación "Nicks Knack" y "Pinker And Prouder Than Previous" (ambos en Demon Rcds, 1986 y 1988) estaban acumulando polvo en mis estanterías. Una lástima, porque parece ser que dejé pasar el inicio de lo que iba a significar un inesperado empuje en la carrera del artista británico, un salto cualitativo que marcaría la nueva dirección que Nick Lowe había ido fraguando desde años atrás.

Mírate al espejo Nick, vas a cumplir 41 años y las cosas no te van precisamente bien. Tu último disco "Party Of One" (Reprise Rcds, 1990) ha sido un fracaso de ventas, tanto que el propio sello ha decidido romper el contrato. Tu matrimonio con Carlene Carter está llegando a su final, de nada ha servido mudarnos desde Shepherd Bush hasta Brentford, un barrio más tranquilo pero con suficientes pubs como para seguir jugando al ratón y al gato. Lo sé, de hecho este "Party Of One" (con el valor añadido de Dave Edmunds a la producción), debería haber funcionado mejor, esa era mi idea, salir de una vez del viejo estereotipo de chico-para-todo, antiguo compositor-productor de éxito, juerguista y borrachuzo indómito (lo reconozco), y centrarme en crear un estilo más auténtico. Algo así como retomar de nuevo las semillas americanas (country, soul, rythm & blues) para labrar mi propio surco. Es una apuesta a largo plazo, quiero llegar a los 60 no de cualquier manera (ese viejo dinosaurio rememorando las viejas canciones del catálogo), sino como lo están haciendo gente como Bob Dylan, Paul Simon o Neil Young. Dos años después, el inesperado éxito de "(What´s So Funny´Bout) Peace, Love And Understanding", interpretado por Curtis Stiggers en la banda sonora del film "El Guardaespaldas", te ha proporcionado los royalties necesarios para dejar a un lado los ya acuciantes problemas económicos. El posterior encuentro en tu casa de Brentford (una remodelada mansión victoriana del año 1805) con tu viejo camarada Bobby Irwin (su prolongada estancia en Texas, participando en numerosas grabaciones con músicos de la escena de San Antonio), aporta las ideas necesarias para poner los cimientos. El siguiente disco a grabar, este "The Impossible Bird", será el momento adecuado para dar vida al proyecto.

Del triplete "The Brentford Trilogy" (todas son obras ganadoras) es "The Impossible Bird" el álbum que tiene mayor regusto country. Entendámonos, no alcanza la intensidad estilística del "Almost Blue" (FBeat Rcds, 1981) de Elvis Costello (exclusivamente referenciado como paradigma de lo que supondría la aportación de un artista inglés-new-wave al genuino estilo americano), se trata aquí de otra apuesta. En realidad "tan solo" hay un par de temas que suenan auténticamente americanos, "Trail Of Tears" y "I´ll Be There", el primero posee el inequívoco trote del genuino Memphis mestizo (Isaac Hayes más Jimmy Webb), el segundo el ritmo característico del Texas de Rodney Crowell. El resto, sin abandonar esas raíces, navega entre distintas influencias. La más clara, y la que otorga al disco su mayor encanto, es la que aporta la propia experiencia musical de Lowe. Si en varias de ellas, "Soulful Winds", "True Love Travels On A Gravel Road" (la versión de referencia es la de Elvis Presley), "Where´s My Everything", "Drive-Thru Man" y "14 Days", suena el antecedente rythm & blues de Brinsley Schwarz, en otras como "12-Step Program (To Quit You Babe)" y "I Live On A Battlefield" es el rock melódico del Rockpile de Dave Edmunds el que lleva la batuta.

Mención a parte para las baladas en este "The Impossible Bird". "The Beast In Me" requiere, no hay otra, su equiparación con la versión que Johnny Cash hizo en su "American Recordings" del mismo año. Ambas desnudas de instrumentación, apenas una guitarra acústica y un teclado, la voz de Johnny más profunda, con mayor carga emotiva, la de Nick ligeramente más suelta, más cristalina. Creo que aquí Lowe piensa en Cash cuando canta, mientras ambos se confabulan para dejar atrás sus demonios personales. "Shelley My Love" posee ese tono de himno épico, la voz de Nick está iluminada por el eco de una lírica de melancólica belleza. En "Lover Don´t Go" y "Withered On The Vine" viene a ocurrir prácticamente lo mismo. Instrumentación apagada, la voz de Nick protagonista, su emotiva entonación recoge el testigo de los grandes baladistas del soul americano, Sam Cooke, Al Green, Ray Charles.

Otro apunte digno de mención es la colaboración de Neil Brockbank (antiguo bajista de The Hitmen, una banda de corta vida y cierto impacto) en las labores conjuntas de producción. Siguiendo las pautas de las tradicionales grabaciones de los intérpretes de jazz, las tomas se recogen en exclusivo directo, los micrófonos quedan colocados junto a los instrumentos, nada de overdubs ni filtros posteriores en el estudio. Los locales donde tiene lugar este experimento son distintos centros de actividades situados en la misma comunidad de Brentford, ocasionales salas de reuniones de boy-scouts y salones de juego, cines clausurados, viviendas anexas al mítico pub The Turk´s Head (superviviente al Blitz de la Luftwaffe), todos ellos pretenden remarcar, además del inmarcesible carácter británico de los protagonistas (en muchas de las canciones Nick da preferencia al acento puramente inglés), su apuesta por la cercanía de un espacio que posibilite la mejor colaboración entre los músicos. Ellos, Bobby Irwin (aquí aparece como Robert Treheme) a la batería, Bill Kirchen, guitarra, Paul "Bassman" Riley, bajo, el gran Geraint Watkins (¡que gran sustituto de Paul Carrack!), teclados y guitarras, y Gary Grainger, fuzz en "I Live On A Battlefield" están considerados, desde entonces, como una de las mejores bandas de acompañamiento de Nick.

El envite funcionó Nick, mírate ahora con tus 71 años, en forma, esbelto, sobrio, elegante, (ignoro si la dentadura es la original), tu matrimonio con Peta Waddington dura ya dos felices décadas, dejaste el tabaco cuando nació tu hijo. Desde este "The Impossible Bird" estás mucho más centrado, el éxito ocupa para ti el lugar que tú mismo has decidido otorgarle (refrendado además por tus numerosos e incondicionales seguidores), el del artista que corrigió a tiempo su rumbo, que supo retomar su brillante historia para impulsarse hacia una etapa más auténtica, más comprometida con el altísimo nivel (para bien y para mal) en el que siempre te has movido. Tus nuevas grabaciones con Los Straitjackets, una formación instrumental americana que reivindica el rock´n´roll como puro espectáculo, te ha colocado en otra esfera, más placentera, más lúdica si cabe, aquella en la que el jubilado decide no jubilarse, tan solo cambiar su tiempo pasado por tiempo presente, real, productivo. Enhorabuena Nick y, de verdad, muy agradecidos por lo que nos toca.

30 jul. 2020

ABECEDARIO MUSICAL: LETRA B



THE BLUEBELLS. "SISTERS"
Hacia finales de Marzo de 1985 The Bluebells se estrenan en Madrid actuando en la sala Astoria del Paseo de Extremadura. Debido a la alta demanda de entradas los promotores se ven obligados a ampliar en una fecha más los conciertos previstos de la banda escocesa. Nuestro invitado es uno de los numerosos asistentes de la última convocatoria y se coloca con antelación en la primera fila de la azotea, buscando así la mejor vista posible sobre la platea principal del local. Lamentablemente manifiesta no tener un recuerdo especial del evento, ni siquiera el asomo de una melodía, tampoco le queda el regusto urinario de la cerveza bebida. Nada parecido a las imégenes de un Nick Lowe and The Cowboy Outfits que actuaron en el mismo escenario unos meses antes, aun retumban en sus oídos los aplausos y los vítores cuando Nick presenta a los miembros de la banda. Paul Carrack (Ace), teclados, Martin Belmont (Ducks Deluxe), guitarra solista, Bobby Irwin (ocasional músico de sesión con Van Morrison), batería y el propio Nick al bajo y guitarra rítmica. Si algo recuerda bien son los acontecimientos posteriores al segundo concierto, cuando a la salida de la Sala Astoria se produjo el encuentro inesperado del que me han encargado dar seguidamente cuenta. The Bluebells arrastran desde entonces una suerte de memoria felizmente adulterada, una experiencia narrada al margen del propio acontecimiento del que los escoceses fueron parte fundamental.

Era pasada ya la medianoche y evoco con agrado la manera en que nuestro invitado caminaba, tan satisfecho de poder gobernar un cuerpo joven, aun sin defectos. Desde el Paseo de Extremadura el pavimento se desenrollaba como una alfombra, caía suavemente en dirección al Puente de Segovia. Fue allí, poco antes de llegar al primer vértice de la piedra roqueña, cuando se encontró con la pareja menos utópica de la noche. Desconozco si llegó a sentir una sensación parecida a la que yo tengo ahora cuando he observado a una mujer mayor cruzando la calle; me invadió entonces ese agradable olor de bondad envuelto en un pañuelo de encaje (los surcos de perfume se deslizaban entre las puntillas de su vestido violeta), desde sus hombros brillaba la intimidad de la madre de familia numerosa, de viuda honesta, su soledad parecía amplificada por décadas de espejos. Cerca ya de cuarenta años y los personajes siguen empeñados en situarse en ángulo recto con respecto al suelo, la dimensión visual de la vida apenas ha cambiado, tan solo en los momentos de simulación los planos parecen torcerse, propiciando de esa manera algún efecto más sugerente, más atractivo.

The Bluebells forma parte de la generación indie - new wave escocesa de la primera mitad de la década de los 80. Sus coetáneos en estilo fueron bandas como Aztec Camera u Orange Juice, aquellas formaciones que, siguiendo la estela de The Byrds, utilizaban el jangle-guitar sound de las Rickenbackers de 12 cuerdas como una variante aun más electrizada del power pop. Si a esta estructura básica le añadimos una querencia natural por la tonalidad bluegrass en muchos de sus arreglos, tendremos unas credenciales suficientemente claras para saber en qué atmósfera musical se movía la banda de Glasgow. Sus miembros, Robert "Bobby Bluebell" Hodgens (guitarra rítmica y principal compositor), los hermanos McCluskey, Dave (batería) y Ken (voz y armónica), Neil Baldwin (bajo) y Craig Gannon (guitarra solista) graban este "Sisters" (London Recordings) en diferentes estudios de Inverness y Londres en ese mismo año anticipado por George Orwell.

El domicilio de la pareja menos utópica de la noche estaba situado en la Plaza de Cascorro número 3, piso 3º letra C. Se accedía desde la calle por un viejo y enorme cuarterón de madera y, si acaso ascensor, seguramente estaría formado por unas puertas de gruesa malla negra alrededor de los rellanos, cabina de imitación de caoba crujiente, taburete extendido de terciopelo desgastado y espejo de lágrimas somnolientas. La casa consistía en un gran salón abierto a las demás estancias, hall de entrada con ánforas iluminadas, comedor rústico, pequeña sala de estar con mesa camilla, brasero antiguo de cobre macizo, cocina retranqueada más cuatro balcones repletos de hortensias y jacintos. Dos columnas de relieve industrial pintadas de blanco dividían la sala, al fondo un piano de pared y en el lado opuesto un murallón de ladrillo visto con grandes posters enmarcados en cristal apoyados desde el suelo. Instalado en un cómodo sofá de tapicería gris el invitado me comenta cómo el tiempo empezó a girar en espiral, los anfitriones ofrecen sus mejores combinados, surtidos de snacks (por el que andaban enfurruñados una pareja de gatos siameses) y postura marroquí. A intervalos suena The Doors y su "Riders On The Storm" o un bolero interpretado por uno de ellos al piano. Aunque las palabras eran lentas se hablaba mucho de pintura (eran buenos aficionados y avispados coleccionistas), de viejos recuerdos de la pandilla en los veranos de Santander, de viajes recientes. Como presente le ofrecen, además, dos primorosos magazines en exclusiva mundial. Me indica añada que el ambiente de la velada nocturna era plenamente metasensual (cualesquiera que sea este su significado).

"Sisters" es un disco logrado, cabal, a pesar de ser fiel hijo de su época ochentera, el paso del tiempo en absoluto lo traiciona. La cara A es más pop, la B un poco más roquera. Entre las de la primera cara destacan todos los temas en general, desde los mayores hits "Young At Heart" (compuesta por Bobby Bluebell junto a su novia Siobhan Fahey, entonces en Banararama, y el violinista Bobby Valentino) y "I´m Falling", canciones de inspiradora gracia e indudable potencia melódica, hasta "Everybody´s Somebody´s Fool", "Will She Always Be Waiting" y "Cath", los riffs se suceden naturales, sin artificios, los coros añaden chispa juvenil, los arreglos de viento y cuerdas adulta profundidad. La banda suena perfectamente conjuntada, la voz de Ken McCluskey resulta convincente, modulada al espíritu de cada tema, el galope de la instrumentación crea un efecto de celebración compartida.

En la cara B las aristas adquieren mayor presencia. "Red Guitars", "Syracuse University" y "Learn To Love" son temas donde se ejemplariza el mejor jangle-pop con regusto de puentes roqueros, sigue primando allí la melodía, como en sus hermanas de la cara A, pero hay mayor espacio para las guitarras ácidas. "South Athlantic Way" y "Patriot´s Game" entran en la liga de las baladas, la primera posee mucha mayor galopada rítmica, la segunda (arreglo lírico obra del escritor dublinés Dominic Behan sobre una composición tradicional irlandesa, "The Merry Month Of May") adquiere más contenido épico, mayor emoción interpretativa. Ambas canciones otorgan a este "Sisters" un trasfondo de cierta reivindicación política (guerra de las Malvinas, controversia sobre las actividades del IRA, crítica a los nacionalismos violentos...) y se ensamblan en un todo lírico que, a pesar del indudable tono festivo del álbum, no deja de otorgarle su esquina levemente oscura.

La carrera de The Bluebells apenas dura dos años más desde la publicación de "Sisters" en Julio de 1984. Vendrían después una serie de reunificaciones que, auspiciadas principalmente por el empleo de su exitoso "Young At Heart" en un anuncio publicitario de la marca Volkswagen, les pondría de nuevo en el candelero a principios de la siguiente década. Nada que ver con la frescura y empuje de su primera época. Competían entonces en la (tan típica) apreciación de "gran esperanza blanca" de la prensa especializada británica, y lo hacían con toda la razón a su favor. Sus principales composiciones, recogidas todas ellas en su primer EP ("The Bluebells", Sire, 1983) y en este "Sisters" (de hecho, este trabajo puede considerarse como un álbum de singles), atestiguan su paso por los más variados escalones de las listas de éxito; sus actuaciones a lo largo de toda la geografía inglesa y europea certificaban el favor y la preferencia de un publico entregado. Aquel Marzo de 1985, en su actuación de Madrid, se encontraban en plena forma, en la cresta de la última ola new-wave; su pop-rock se enriquecía con ese toque especial de malta escocesa que Lloyd Cole and The Commotions elevaron al rango de atemporal obra de arte ese mismo año ("Rattlesnakes", Polydor, 1984)

Aun manteniendo ese marco típico del collage que tantas bandas británicas han utilizado, el diseño de la portada se aleja (afortunadamente) de la iconografía pseudo-patriótica de bandas como The Who Y The Jam. Aparecen mezcladas imágenes del paisanaje escocés (incluidas fotografías de los miembros de la banda) con alegorías y símbolos de variado tipo, desde personajes como Picasso, Stalin, Eddie Cochran armado con su Gretsch 6120 (el solista Craig Gannon muestra el mismo modelo de guitarra en muchos de los vídeos revisados de actuaciones del grupo), más los ídolos futbolistas Bobby Charlton y Billy McNeill, hasta figuras de moteros americanos, motivos religiosos y homónimos productos de limpieza de mobiliario doméstico. Todo ello inmerso en un gran globo multicolor que parece querer representar las distintas influencias anejas a la banda.

A menos que se me haya olvidado algún detalle (cosa demasiado corriente en un hombre de mi edad) creo recordar que nuestro invitado volvió a ver a la pareja menos utópica de la noche algunos años después. Curiosamente fue cuando coincidimos en los funerales de varios miembros de la familia de uno de ellos, el de su hermano menor (yo le vi con vida poco antes, sin saber que era la última vez que lo hacía, en un concierto de Kaka de Luxe y Paraíso en el Teatro Martín), y en el de su padre. Por aquella época se habían trasladado a la calle Mesonero Romanos, casi esquina con la del Carmen, el piso, más moderno y confortable, aunque mantenía la parafernalia propia de dos bohemios ilustrados, no tenía ni de lejos el encanto del antiguo. El invitado me confesó que en ese triste y último encuentro tuvo la impresión de haber sido llevado hasta allí como un mero espectador, nada que ver con el papel de brillantes personajes jugando la partida de su primera reunión fortuita. Le comento que tal vez fuera así mejor, observar la vida desde el burladero, siempre cobijados, como simples testigos mudos, sin riesgo de equivocarse, subsistiendo sin atreverse a dar demasiados pasos adelante. No sin un leve atisbo de melancolía, me confirma que desde entonces no ha vuelto a saber nada de ellos. Tampoco lo he hecho yo.




20 jul. 2020

VIDA PRIVADA



Espero al vuelo de la bella mariposa de tres colores para conciliar el sueño. Suena "The Live Adventures of Mike Bloomfield and Al Kooper" ( Edsel Rcds, RE 1988) y el guitarrista de Chicago permanece internado en un hospital de San Francisco después de sufrir un colapso en la tarde del 27 de septiembre de 1968. Como un autómata, sigo las líneas blancas de los pasillos para encontrarme con el equipo médico, con las enfermeras encargadas de las curas; desde las pantallas colocadas en las paredes de las salas de espera reverberan los códigos de los pacientes citados a consulta. Llega mi turno, me doy una palmada de ánimo en la nalga izquierda. Mike Bloomfield, aquejado de insomnio crónico, lleva cuatro largas noches sin dormir. Con el peso de la adicción jugando en su contra, cinco años después, pega la espantada a mitad de la primera semana de grabación del "Triumvirate" (Edsel Rcds, RE 1987) junto a Dr. John y John Hammond; me voy a ver a Flip Wilson, dijo a sus compañeros (aparentemente harto del insoportable ambiente de lucha de egos), ¿quien demonios es ese tipo?

Originalmente publicada en 1932, la novela "Vida privada" de Josep María de Sagarra relata la decadencia de la aristocracia barcelonesa. Rica en escenografía de interiores, se exhibe (sin tapujos) la podredumbre moral de la alta sociedad urbana. No caben aquí bufones ni tampoco tipos esperpénticos (aunque las embadurnadas cortesanas catalanas del dictador Primo de Rivera también tengan su sitial), los personajes desfilan por una platea repleta de chantaje, dolor y crimen, los supremos cínicos se mueven como peces en esta ciénaga repleta de imperfección. Esta edición (ad maiorem gloriam del propio autor), se completa con los interesantes comentarios de Félix de Azúa, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Del ambiente sórdido de la gran urbe catalana pasamos a la escena rural gallega de Emilia Pardo Bazán en "La madre Naturaleza" (Cátedra, 2019). Si en la obra de Segarra prima el Zola original, en su naturalismo determinista, doña Emilia se acoge a la versión espiritualista y cristiana. La Naturaleza, gran protagonista de la novela, justifica el destino inapelable del amor adolescente, haciéndole triunfar frente a un mundo de adultos, donde priman las tradiciones, los intereses económicos y las convenciones sociales. La novela, siguiendo el canon del género, culmina su trama de forma abierta, el alejamiento final de los jóvenes personajes supone el sospechado epílogo ante la futura relación matrimonial, obviamente sacramentada. Sin rebajar para nada la calidad de esta obra, me gustó más la Pardo Bazán en "Los pazos de Ulloa", su inmediato antecedente.

Paseo por el nuevo jardín tras pernoctar sobre un tálamo de acero. Fotografío su exuberancia a primera hora de la mañana, cuando la brisa aun permanece virgen entre sus senderos. Los colores son los del verano del antebrazo, su tiempo no ha llegado aun al cenit acelerado del canto del grillo. El contraste entre el edificio y la fronda que lo rodea se asemeja al del albero desleído entre las hojas del puerro. Bajo al pueblo para recordar sus esquinas de granito, las avenidas arboladas y las curvas arqueadas del agua de sus fuentes. Los transeúntes se desplazan en silencio, ocupan el espacio arrastrados por el destino del carrito de la compra. De vuelta al porche, la casa permanece sumida en la quietud de sus vigas maestras, la órbita de los árboles que la rodean se asemeja a una gigantesca claraboya transparente. En esos momentos no hay más banda sonora que la del recuerdo; mientras fijo la mirada en los altos setos que separan el jardín de la carretera suena "Europe" de Blondie ("Autoamerican", Chrysalis Rcds, 1980), también lo hace el "Variations on a Theme by Erik Satie (1st and 2nd Movements") de Blood, Sweat & Tears (disco homónimo, Columbia Rcds, 1969).

De Cormac McCarthy tengo pendiente su primera novela "The Orchard Keeper". Recuerdo que mi hermano me comentó que leyendo a McCarthy le parecía estar escuchando a Creedence Clearwater Revival. Empecé su lectura y al poco la dejé inconclusa, su inglés me pareció demasiado americanizado, un punto más allá de la mera resonancia de las palabras, una suerte de habla de germanía a la que por entonces no estaba dispuesto a enfrentarme. Leyendo estos días atrás "Meridiano de Sangre" (Debolsillo, 2007) he conseguido una cierta reconciliación con la obra del autor de Rhode Island. Me ha arrebatado la descripción de su geografía, las fronteras del desierto de Sonora entre Arizona, Nuevo México y Texas. También lo ha hecho la exposición de su trama y la fuerza de los personajes; la atmósfera de la novela se detalla con una crudeza casi insoportable, la tensión se mantiene hasta un final que no dudo en calificar de colosal. Raymond Carr y su "España, 1808-1975" (Ariel Historia, 1984) es de obligada lectura para todo aquel interesado en conocer los orígenes y causas de nuestro presente. Me han parecido mucho más interesantes los capítulos dedicados al siglo XIX (incluyendo los prolegómenos de la época de la Ilustración del siglo anterior), hasta el momento de la debacle de 1898. El resto del libro transcurre amenamente, la precisión sintáctica de la prosa del hispanista inglés mantiene el interés de su lectura, evitando en todo momento que la multiplicidad de datos históricos, referencias y notas aclaratorias, se conviertan en asunto farragoso para el lector.

Al término del segundo día acabé por acostumbrarme al tálamo de acero. El hábito de la mañana siguiente continuó su curso. Lo hace más atractivo el plan de una comida fuera de casa, así que ese mismo instante se prolonga feliz ante un seductor evento gastronómico. Ese ahora imaginado comienza a propagarse gracias a sus primeras ondulaciones, ensancha su contenido sin darse cuenta del itinerario al que se dirige. La espiral se destensa y apenas traspasa la superficie completa de la piscina. Los zancudos surfean entre la rompiente de la pequeña marea, intento comprender sin éxito la parsimonia de su deslizamiento. Una avispa ha caído al agua y lucha por subsistir más allá de las cuatro semanas de vida, las abejas se posan en las flores de la lavanda, atraídas por el penetrante olor que ayuda a las parturientas. En este decorado el fondo musical queda lamentablemente indefinido, no surge de la memoria ninguna melodía; salvo el sonido de los vehículos circundantes, el motor de una avioneta lejana o la percusión sorda del aire caliente, transcurre un silencio estruendoso.

Enfrentarse por primera vez a todo un clásico como Juan Valera supone un reto, también una incógnita para el lector primerizo. Un autor tan celebrado, tan encumbrado por la crítica y la historiografía literaria, puede que cause, de entrada, un exceso de respeto. Ese superavit de reconocimiento ajeno creo que molesta al novelista cordobés, le hace parecer demasiado ostensible y, por lo tanto, sin aparente necesidad de nuestra atención y probable afecto. La lectura de su obra más reconocida, "Pepita Jiménez", me ha producido, debo reconocerlo, un gratísimo placer. La estructura de la novela, voz epistolar en la primera parte ("Cartas de mi sobrino"), palabra de un protagonista aparentemente indefinido en la segunda ("Paralipómenos"), y conclusión del círculo con mezcla de las dos anteriores ("Epílogo. Cartas de mi hermano") en la tercera y última parte, mantiene intacta la atención de la mariposa sobre la adelfa. Personajes, narrador, sacerdote, viuda, se expresan cultamente (Azorín se quejaba de la ausencia de auténtica habla popular en los diálogos de no pocos autores del XIX), y a mí personalmente esa forma narrativa me gusta cuando me enfrento a la novela de época. El carácter costumbrista de la Andalucía rural de entonces queda especialmente bien reflejado. Valera, escritor naturalista pese a él mismo (como lo definía su amigo Menéndez Pelayo), conoce de primerísima mano el ambiente en el que se mueve y, lo que es más importante, transmite al lector el gusto por la multiplicidad de colores e impresiones de los pequeños pueblos campesinos. Verdadero paliativo compensatorio ante la crudeza de tantos otros novelistas especialistas en el relato del paisaje urbano, dicho sea de paso.

Concluir con Francisco de Quevedo, personaje irrepetible y fascinante (Jorge Luis Borges le considera como el mejor poeta español de todos los tiempos), viene a ser la guinda del pastel en esta última hornada de lecturas comentadas. Para no empalagar, seré por tanto breve. Prefiero de esta antología sus poesías metafísicas, líricas y satíricas, antes que las amatorias (sin desmerecer de estas últimas). En cualquier caso, la riqueza del lenguaje de Quevedo es portentosa, a tan alto nivel llega su deslumbrante talento que es capaz de crear numerosas palabras antes desconocidas o, en la pirueta del trapecista sin red, desarrollar su convencional significado hasta límites anteriormente ignorados. Magnífica la edición de Fernando Gómez Redondo en esta "Antología Poética Comentada". Tanto los apuntes del extenso prólogo, como las sucesivas notas de pie de página, ayudan al lector a profundizar en el verdadero y controvertido carácter del escritor madrileño, ahondar en la convulsa época que le tocó vivir, sirviéndole, además, como necesaria orientación para conocer los distintos y prolijos estilos y corrientes literarias en los que Francisco de Quevedo vino a desarrollar su obra.


Al maestro Juan Marsé.


8 jul. 2020

SESIÓN NOCTURNA 4



Buenas noches damas y caballeros, señoras y señores, niñas y niños, ¡eh Albert!, aquí no hay ninguna niña, ¡pervertido!, ¡cállate Peret y sigue tragándo tu butifarra!, abuelas y abuelos, invitados, prensa. Aquí me pasa nuestra amable secretaria Nuria, ¡un aplauso para la bella Nuria!, una notita con el listado de obras que van a formar parte de la cuarta sesión de nuestro programa favorito, ¡¡SESIÓN... NOCTURNAAA..!!. Patufet y sus Ferrers de L´Ritme redoblan la percusión de la banda, la audiencia clama. Bien, bien, calma amable público..., los elegidos entonces han sido los siguientes: Jonathan Wilson y su "Dixie Blur" (Bella Union Rcds, 2020), frialdad general, Other Lives con "For Their Love" (PIAS Rcds, 2020), sigue el tono anterior, Bardo Pond con su aclamado "Volume 8" (Fire Rcds, 2018), murmullos de desaprobación in crescendo, Damien Jurado con su última obra, "What´s New, Tomboy?" (Loose Music, 2020), primeros abucheos, el grandísimo Prince, con la reedición de su maravilloso "1999" (Warner Rcds, RE 2019), tímidos aplausos, y para finalizar, el sin par Tito Ramírez, con su "The Kink Of Mambo" (Antifaz Rcds, 2019), atronadores aplausos de aprobación.

El reencuentro con Jonathan Wilson se ha hecho esperar, desde su poderoso "Fanfare" (Bella Union Rcds, 2013) no quise (o no pude) tener noticias suyas. Este "Dixie Blur", además de su bellísima presentación en formato de álbum doble, me retrotrae a un artista que hizo de la revitalización de la música de Pink Floyd (vertiente Laurel Canyon) su mejor alabanza. Siguen habiendo aquí retazos de ese folk progresivo con aromas pop, también ondas del más elegante country moderno (de hecho el disco se grabó en los Sound Emporium Studios de Nashville), su alma se extiende hasta los aromas fronterizos del más celebrado Doug Sahm. Un disco esencial. Lo mismo ocurre con el último trabajo de Other Lives, "For Their Love", descubierto gracias al numen de mi sobrino Isidro. Esta obra representa la vuelta a la Arcadia feliz, es un disco pastoril donde los personajes de la mitología clásica se dan la mano con los miembros de la banda liderada por Jesse Tabish. Su potencia melódica es impecable, corrosivamente dichosa, un pop épico, coral, corre a lo largo de sus surcos. Los textos, "Ah, the grass was greener, man, you seemed like you were someone new", poseen la inocencia del descubrimiento, también hacen poesía de la imposibilidad, "Dead language, dead language, tied up in strings"

Antes de bajar definitivamente del escenario Albert se acerca de nuevo al micrófono, saben aquel chiste que dice..., ¿en que se diferencian las gallinas de las mujeres?..., en que las primeras ponen y las segundas quitan. Erupciona un sordo murmullo gutural cuando el gordo Peret se vuelve a levantar de su mesa y exclama, ¡aquí viene El Patilles!, mientras le lanza los restos de un muslo de pollo. El Patilles entra al local acompañado de dos damas muy emperifolladas, una es trasgo de hiena, al abrir la boca muestra una dentadura de sonrisa de sierra, la otra aparece indeterminada, la fuerza expresiva de la primera la condena al ostracismo. El club "Costa de Medes" está situado en Pals, a unos cinco o seis kilómetros de la playa del mismo nombre, en pleno corazón costero de la Costa Brava catalana. Su actual dueño, Joan Escuraplats trabajó algunos años en la vendimia francesa hasta que desertó por motivos inciertos. Su carácter reservado y poco sociable no nos servirá de ayuda cuando queramos pergeñar una mínima biografía sobre tal personaje. Solo se sabe que de su estancia en París le vino la afición por el jazz, la cocina de autor y los caracoles.


Soy converso de la religión de Bardo Pond desde que la banda de Filadelfia inició su andadura en los primeros años de la década de los 90. Su música, desarrollada por multitud de capas de guitarras envueltas en una expansiva placenta sónica, supone un mantra espiritual para el oyente. Este "Volume 8" corrobora una vez más la necesidad del camino de perfección que proponen. Suenan lentos, suenan a ecos lejanos, desde una pequeña comunidad de iniciados se expande la buena nueva de la necesidad de la introspección mental. Esa calma, ese sosiego, propicia que la percusión alcance su mejor tono jazzístico, me recuerda mucho al Ginger Baker Trio de Bill Frisell y Charlie Haden de "Falling Off The Roof" (Atlantic Rcds, 1996). Es quizás el nuevo álbum de Damien Jurado "What´s New, Tomboy?", el que me tiene más ocupado, aparentemente no consigo desleerlo del todo. Su sencillez, solo Josh Gordon le acompaña como multi-instrumentalista, constituye sin ninguna duda su mejor carta de presentación. Esa simplicidad debería llevar al oyente hacia zonas de calma y ensimismamiento, pero a mi sin embargo tiende a distraerme. Necesito que su música no suene tanto a Nick Drake y que suene más a Damien Jurado. Quizá solo se trate de eso.

En los camerinos del "Costa de Medes" Enric, solista contratado para el pase nocturno, habla con el que parece ser empleado del local. Ocurrió en la noche de San Juan, estábamos en la playa grande, agazapados entre las dunas, pasada ya la marisma que protege los pequeños campos de arroz circundantes. Había un montón de gente alrededor de la hogueras, un bullicio tremendo de voces, risas y gritos. ¿Había luna llena? Si, enorme, y era un problema porque así quedábamos más expuestos a la vigilancia de la Guardia Civil. Los fardos fueron llegando uno tras otro, parecían gigantescas tortugas desplazándose lentamente por la orilla del mar. Mientras Marc y yo corríamos hacia ellos para transportarlos hasta el refugio de las dunas, Toni, ¿el de Can Vila?, si, el mismo, el hermano de la Mercé, subió a las ruinas de la casa Baldovina para vigilar el acceso desde la carretera. ¿Fue entonces cuando sonaron los disparos? Si, un par de golpes secos, pac, pac, como cuando atizas el matamoscas contra la mesa. ¿Y el Toni? No volvimos a verle. Después de dejar los fardos sumergidos con piedras en la marisma, yo mismo subí hasta las ruinas y vi las manchas de sangre, pero nada más, no había rastro de su cuerpo.

Prince es la continuación del "Black Music Matters". Desde el blues de Robert Johnson, pasando por los grandes intérpretes del jazz, soul, funk, rock e hip-hop negros (extraño que no le haya mencionado Dylan en sus últimas elucubraciones), pocos artistas han habido que representen tanto y de manera tan contundente el genio contemporáneo afro-americano. Esta magnífica reedición de su clásico "1999" muestra al compositor de Minneapolis en mágico estado de forma. En toda su extensión, el doble álbum fluye con unicidad absoluta. Cada una de sus 11 composiciones, ensambladas por un mismo patrón rítmico (soul, pop, funk-disco-electrónico), alcanzan (y es más fácil verlo ahora, con el paso del tiempo) el nivel del corpus académico. Sus arreglos, geniales; cuesta pensar en una mente tan preparada como la de Prince para expresar toda su riqueza musical. Tito Ramírez y su "The Kink of Mambo" es el gran preferido del club. Elegido "Mejor Disco 2019" por la revista Enlace Funk, esta obra arrasa en estos momentos entre los hipsters y dj´s de Malasaña. Bugalú de barrio, hortera elegante con un toque drácula ye-yé, personaje enigmático (suele aparecer con antifaz en sus actuaciones, del cuello le cuelga una imagen de la virgen de Guadalupe), su música bebe de todo tipo de influencias latinas, mambo, popcorn, soul, salsa, rock de Elvis, Little Richard, Palito Ortega, Pérez Prado, Xavier Cugat. Entre sus colaboraciones destacan las realizadas con Guadalupe Plata, Pelo Mono, Limboos o The Swingin´ Neckbreakers. Un genuino valor en alza. No se pierdan esta tembladera.


Enric, te dije que no quería verte actuar sin pajarita, lo se señor Joanet, pero con el sueldo de miseria que me paga no me llega. Ya te arreglaré yo a ti las cuentas y sube al escenario de una vez. Patufet i Els Ferrers de L´Ritme ya están preparados cuando Enric presenta al público el primer tema de la velada, "La Balada de la Trompeta" de Rudy Ventura. La sala entonces es un maremagnum de despieces de matadero. Peret hociquea el escote del trasgo de la hiena dejando en su piel los surcos de los caracoles a la llauna, esta intenta meter la mano en la billetera de Peret mientras su boca adquiere la mueca de Robert De Niro cuando quiere hablar y no dice nada. El que parece ser empleado del local ejerce de camarero y resbala en el suelo grasiento. Vierte una exquisita crema de rovellons con arándanos sobre el recién estrenado traje beige de un buen cliente sentado en primera fila. La gente ríe y grita desaforadamente mientras Enric anuncia la segunda canción. Esa misma noche, ya de madrugada, encontraron el cuerpo de Toni en una torrentera, cerca de la entrada de Cala d´Aiguafreda. Cuando recogieron el cadáver presentaba dos orificios de bala en el pecho y portaba una especie de collar de plástico rosado anudado al cuello. En él aparecía un mensaje que aun podía leerse con cierta nitidez. "Qui La Fa La Paga". El sargento Corrochano, adscrito al Departamento de Homicidios de la Comandancia de la Guardia Civil de Girona, lleva el caso.


23 jun. 2020

MIL DOLORES PEQUEÑOS



THE KENT 3                           "STORIES OF THE NEW WEST"
Estuve tentado de comenzar este texto con la cita de algún relato de Ignacio Aldecoa pero, según iba trabajando en él, decidí dejar a los favoritos tranquilos en su sitial y no salir de mi barbecho. Por fortuna no está hecha la condición de buen escritor para todos los mortales. Viene esto a cuento porque en algún instante de estos días pasados me vino a la mente aquel inicio de un relato suyo (lo transcribo seguramente sin orden) que hablaba de lo difícil que le resultaba a un cobrador de tranvía sonreír en Madrid en el mes de Julio. El caso era que yo estaba viviendo una situación parecida, si no en la misma escena urbana descrita por el escritor vasco, si en la sensación que entonces me dominaba. Después de un grave accidente de tráfico me encontraba inmovilizado en mi casa, por la fuerza ajeno a ese mundo externo que creía haber recuperado después de tantos meses de confinamiento. Si, he de confesarlo, me costaba sonreír, me costaba comprender también cómo había sucedido todo, incluso si llegué a ser capaz en algún momento de anticiparme al riesgo, de parar y detener el tiempo.

Compruebo consolado cómo en esos estados de desolación los libros no solo acompañan, también curan, restañando unas heridas a veces tan escarpadas como las simas de Igúzquiza.  Me ocurrió no hace tanto tiempo con "El cielo protector" de Paul Bowles y lo hace ahora con "Meridiano de sangre" de Cormac McCarthy. En ambas obras el paisaje del desierto, subsahariano y africano en el primero, el del Sonora americano y fronterizo el segundo, sirvió de marco geográfico a dos hechos traumáticos. Los personajes de esos libros vagan sin rumbo aparente, temiendo encontrar en un mundo desconocido la inseguridad del que intentaban escapar. Reconozco ahora que con Bowles yo huía de mí mismo, profundamente avergonzado, con McCarthy me encontré en el mismo punto final, el de las ondas electromagnéticas del dolor.

Resolví entonces sacar fuerzas de flaqueza y escribir un párrafo diario, servirme para ello de cualquier influencia que me pudiera haber llegado durante las interminables horas de reposo y recuperación que me esperaban. Mientras hojeaba el último ejemplar de Rockdelux, el que ponía punto y final a su prolongada trayectoria, me sentí sin apetito, con pocas ganas de hincarle el diente. Nunca he sido devoto de esta publicación musical, tan solo la he seguido en sus resúmenes anuales y en alguna que otra edición dedicada a un artista favorito. Asunto distinto fue cuando me enfrenté a uno de los últimos números de Enlace Funk, revista veterana dedicada al groove funk, jazz, latin, soul... De ahí saqué una gran cantidad de referencias de artistas que se mueven en esa onda, me entretuve en ver sus vídeos, archivarlos en una carpeta ad hoc, creando un listado específico que bautizé como elgorrinocojo. Vi un par de películas de John Ford ("La legión invencible" y "El hombre que mató a Liberty Valance") y otra de Peter Bogdanovich ("Luna de papel"), no me dormí en ninguna de ellas. ¿Qué más...?, desempolvé algunos suplementos domicales atrasados para terminar enfrentándome al mismo cansino discurso de la nueva normalidad. No merece la pena seguir por ese camino, no creo en él.

Mientras suena la tembladera de "Mambo No 666" de Tito Ramírez ("The Kink of Mambo", Antifaz, 2019) hago acopio de las pastillas que ya están empezando a hacer merma en mi castigado estómago. La próxima toma está programada para dentro de algo más de 3 horas, mientras tanto las heridas no dejan de rastrillar su rabia por la piel ennegrecida. Memorizo las llamadas recibidas interesándose por mi estado de salud. Constato que en cada una de ellas he llegado a explicar los acontecimientos con alguna variante más o menos tenebrosa, de aquellas en las que el oyente no quisiera verse ni por asomo envuelto, y me pregunto cual de esas versiones será la verdadera, cual quedará fijada en la memoria como la más cercana al acontecimiento real. Admito que en algunos momentos he llegado a pensar en un resultado fatal. Motivado quizás por la incertidumbre que probablemente provocará en algunos lectores el nombre de esta banda americana, hace días determiné que la segunda obra de The Kent 3 ("Stories of the New West", Super Electro Rcds, 1997) fuese la banda sonora de estos días de rayadura mental.

The Kent 3 se forman en el área de Seattle a principios de la década de los 90. Los cuatro miembros originales graban sus primeros singles en 1994 en el sello Bag of Hammers. "Screaming Youth Fantastic" es su álbum de estreno ese mismo año, un kaleidoscopio acelerado de punk, surf y rock. Grabado en los estudios Wedgewood Manor, fue producido por Jim Collier, personaje preferido en las catacumbas más subterráneas de la ciudad de Seattle. Se suceden a partir de entonces varias salidas y retornos de los miembros del grupo hasta que definitivamente quedan conformados como un trío, Viv Halogen (guitarra y voz), Adam Gremdon (bajo) y Tyler Long (batería). Steve Turner, guitarrista fundador de Mudhoney, los ficha para su sello Super Electro después de asistir a uno de sus conciertos. Para este su segundo trabajo "Stories of the New West" de 1997 acuden a los mismos estudios de Wedgewood Manor y confían en el mismo Jim Collier para las labores de producción.

Escuchando una y otra vez esta segunda obra de The Kent 3 uno tiene la sensación de encontrarse ante una revisión más acelerada, más caústica de Violent Femmes. Temas como los que inician el álbum, "Stories of the New West", "Amateur Motor Race", "International Mod Heights", también los que se suceden durante las etapas medias y final, "Speedball", "By Heading East" y "Mad About The Boy", así lo proclaman. Guitarras de alta tensión telegráfica, percusión con ecos de pasillos oscuros llenos de humedades, voces en el umbral del cortocircuito. Dos instrumentales, "You Can´t Get Rich Like That" y "Strangers (High Fiving in the Streets)", el primero posee el encanto de una toma de ensayo, el segundo, con la aportación del saxo de Matt Grendon, tiene un sonido The Seeds más atractivo. "11th St.Wipeout" suena al post-Creedence que pocos años más tarde popularizaría una banda como Southern Culture on the Skids. "The Scientist", siguiendo con las comparaciones, recuerda mucho a los The Lyres del "How Do You Know" ("Lyres Lyres", New Rose Rcds, 1987). En "Factory Row", el sonido de las guitarras de Viv Halogen acercan el tema al psicobilly de Mike Ness y su Social Distortion. Una última mención para "Soul Commode", el tema más flojo del álbum, intrascendente sin desentonar con la atmósfera general del disco.

"Stories of the New West" no es nada del otro mundo, quiero decir que si este álbum faltara en cualquier colección que se precie no ocurriría nada irreparable. Pero es posible que sea necesaria la conjunción de varios elementos para que este segundo trabajo de The Kent 3 adquiera una nueva dimensión. Las piezas se podrían conjuntar de forma totalmente aleatoria, desde la mención al Taos (Nuevo México) del autoexilado Dennis Hopper, a la fotografía interior del "Sage Advice" (Demos Rcds, 1990) de The Band of Blacky Ranchette, desde los presuntos efectos curativos de las escamas del sapo volterius, hasta la referencia al personaje de Roque Barcia del cantonalismo de Cartagena. Noam Chomsky y su Internacional Progesista Band Orchestra ambientan la espera (con versiones de temas de Blaine L. Reininger) desde un pequeño escenario ubicado en la sala de urgencias de un gran hospital. Nueve horas de estancia en el reducido teatro del mundo mientras Betty, Carlos, Javier, Rubén, Genoveva, Mª de los Ángeles, Gloria, la parte femenina de la familia Murphy, trasegaban sus mil dolores pequeños ante las cámaras de seguridad de la repleta sala de consultas. En muchos de esos instantes vacíos he recordado las canciones de "Stories of the New West", algunos de sus riffs y versos me han servido de compañía, parte de sus ecos han llenado un vacío que a veces se volvía difícilmente soportable. Por todas estas razones, además, me gustan The Kent 3.