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13 feb. 2018

RELATOS IV: EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO



Era un sonido que va de más a menos, parecido al deslizamiento de las escobillas sobre el parche de la batería, y aun medio dormido podía escuchar el zig-zag de las ramas del gigantesco sauce blanco golpeando suavemente los cristales. Tenía la sensación de que según se alejaba ese agradable chasquido flexible también desaparecería de mi mente el recuerdo de aquel día de perros pasado con el hombre del traje negro. Me contaron que todo comenzó en la misma habitación donde ahora me encontraba, una amplia estancia completamente diáfana que tenía como frontera natural la escollera del puerto. La disposición de los grandes ventanales, curvados según giraba el perímetro norte del jardín, le daban a la casa el aspecto de un observatorio elevado a no demasiada altura del suelo. Su arreglo me evocaba un abanico totalmente desplegado, más compacto en los dos extremos de la habitación, los más alejados del punto cenital de luz, con mayor claridad allí donde las grandes cristaleras coincidían con el mayor volumen de la fachada. Ella pasó sin hacer notar su presencia y el hombre del traje negro le comentó algo en un tono de voz apenas perceptible. El gigantesco sauce ocupaba, como ahora lo hace, la parte central del terreno ajardinado y su sombra se alargaba a través de toda la habitación.

Advierto cómo el hombre del traje negro se dirigía hacia donde yo me encontraba instalado. ¿Conoces a ese que ha hablado con tu hermana? ¿Quién? Ese hombre que viene hacia acá, hacia nosotros, yo permanecía de pie y giré la cabeza pero no demasiado, como si fingiera buscar sin encontrar a nadie. Detrás tuyo, idiota, repitió molesto. En el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos ya se había sentado el hombre del traje negro, los dedos de su mano derecha estaban inmersos en un plato lleno de aceitunas, jugaba con ellas pero sin llevárselas aun a la boca. Me giré hacia él y le pregunté qué es lo que la había dicho. ¿A quién? A ella, a mi hermana. El hombre del traje negro esbozó una sonrisa indolente, como si adivinara mi disgusto. ¿Acaso me está recriminando algo? Su cara me recordó repentinamente a la del Johnny Cash de "American Recordings", un enorme garbanzo con redecilla eléctrica y esa mirada vidriosa proyectaba algo desconcertante, quizás una futura amenaza. No, no le estoy recriminando nada, solo le digo que no vuelva a hablar con ella mientras elevaba mi índice como signo de advertencia.

Otros dos hombres se acercaban mientras tanto desde la escollera manejando una pequeña embarcación fuera-borda. Cuando entraron en la casa observé que iban elegantemente vestidos y uno de ellos portaba un maletín. Resultó una verdadera sorpresa que alguien me los presentara más tarde como ejecutivos expatriados de mi misma empresa, la Caleña Exportadora. En cuanto ella volvió a aparecer la hice una señal con la mano para que se acercara. ¿De qué conoces a ese hombre?. ¡Hola!, se acercó a mí y me besó con ese calor que ellas tienen guardado en su secretaire para su único hermano. ¿A quién, a quién dices?, a ese hombre del traje negro que se acercó a ti hace un momento, bueno, y miró a su alrededor, aquí hay muchos hombres que llevan un traje negro, ¿a cual de ellos te refieres en concreto? Ese en concreto me pareció fingido e innecesario, estaba seguro que ella sabía a quien aludía. ¿Me puedes decir qué fue lo que te dijo? Antes de retenerla un momento más ya se había alejado y la veía sonriendo entre los grupos de lo que parecía ser una fiesta improvisada.

A partir de ese instante la narración de lo ocurrido es aun más vaga, ¿qué significa esa caja de metacrilato transparente conteniendo un sobre que han dejado a mi lado los expatriados de la Caleña Exportadora?, ¿cual fue el verdadero alcance de lo que me comentaron sobre el hombre del traje negro? Si, ese tipo, dijo uno de ellos señalándole con un movimiento de barbilla, es un impostor, se hace pasar por un acaudalado hombre de negocios, exportación de pescado o algo semejante, y mientras tanto mi hermana flotaba entre los invitados congregados en torno a ella, aleteando como una mariposa aturdida entre blusas de gasas. ¿Es hora ya de despertarse?, preguntaron las rendijas entreabiertas de la ventana, contesto que sí y me levanté para escribir las primeras notas sobre el hombre del traje negro, un informe que debía presentar a la Dirección de la compañía antes del fin de semana. Mientras lo hacía me asalta un repentino monólogo interior, hay que extender la duración de las cosas, hay que tirar de ellas, hay que forzarlas porque son perezosas por naturaleza. ¿Quién me hablaba así?, el locutor de la radio tan solo comentaba el estado de la circulación a esa hora temprana de la mañana.

Noté una gotera en el techo de la habitación de las sombras del sauce blanco y observo cómo por una de sus esquinas chorreaba un hilo de agua azulada. Los sonidos, semejantes a notas de piano, salpicaban el suelo, tecla a tecla, y el movimiento de las ramas reflejadas en los ventanales creaba un efecto semejante a los canales de algunos cuadros de Mark Rothko. Las cristaleras parecían transformarse en un acordeón ondulante, abriéndose y plegándose desde un resorte que no estaba al alcance de mi mano. Prefiero que la visión continúe así, me dije, anfitrión inesperado de una fiesta que se encuentra en su mejor momento; el color de ceniceros repletos de colillas aun mantiene el carmín de sus labios, los invitados todavía reconocen sus primeros vasos, permanece incluso un agradable olor salado proveniente del mar y algunas mujeres han empezado a quitarse las medias. ¿De quién es esa risa escondida en el ángulo más alejado? Me acerco y contemplo al hombre del traje negro girar sobre sí mismo como un derviche turco mientras mira absorto una enorme bola de espejos. Los rayos de luz se expanden en múltiples puntos y al percutir contra los objetos de la habitación van creando un diagrama de pequeñas hogueras. Hola, detiene su danza un instante, ¡vaya! nos volvemos a encontrar, parece como si usted y yo tuviéramos una deuda pendiente, ¿no cree?

¿Cuanto le debo?, el chófer manipula el taxímetro, son cuatro cincuenta, tome, está bien así, siempre me aseguro de cerrar bien las puertas, sin necesidad de dar un golpe estruendoso, pero con suficiente firmeza. Pase señor, le esperaban hace rato. Siento el retraso, una gotera, ¿sabe? El almacén huele a aros de cebollas recién fritas. Inesperadamente el hombre del traje negro se acerca a mi y extiende uno de mis brazos y utilizando un gran cuchillo empieza a rebanarme el dedo índice de la mano derecha, los trozos caen al suelo en orden parecido al lineal de un bombardero B-52. ¿Le duele?, no recuerdo haberle contestado, me limité a admirar lo rápido y limpio de la operación, se asemejaba a la de un experto maestro carnicero; lo que sentía era una percepción del corte pero sin llegar a padecer ningún daño, tampoco observaba la reducción de la longitud del dedo, curiosamente seguía estando entero. Conozco al mejor ortopedista de la ciudad, puede que aun se encuentre despierto, podemos ir a visitarle si lo desea, le puede tomar ya las medidas. Estuve de acuerdo. Cogimos el mismo taxi que me condujo hasta la nave donde nos encontrábamos, reconocí el olor de curry del chófer, ¿al muelle 4, como siempre señor?, si, y no coja la radial, no me gusta nada ese camino tan largo, vaya bordeando por el parque, hasta que lleguemos al puerto.

Esa fue la única ocasión en la que me vi más próximo al hombre del traje negro, no sé porqué me fijé en sus manos, estaban recubiertas desde las muñecas por un caparazón calcificado de color rosado y padecían de un ligero tic nervioso, un extraño temblor rítmico que hacía que sus dedos se elevaran compulsivamente, apenas unos centímetros, como antenas que transmitieran y esperaran algún tipo de señal externa. Él notó mi asombro pero no pareció importarle, ¿le apetece a usted fumar?, Hristoff, ofrézcale al caballero un cigarrillo, intenté levantar la mano derecha para afianzar mi negativa pero sentí un enorme peso que impedía cualquier movimiento de mi cuerpo. Inesperadamente el cielo se convertía en una gran pantalla de arenas movedizas, advertí también unos reflejos intensos y extraños en los contornos del cristal delantero del taxi, como si en sus bordes metálicos se estuviera produciendo algún tipo de fusión desconocida, además la temperatura interior se elevó por encima de lo soportable. Miré bruscamente hacia mi ventana, no, no podrá usted abrirla, es inútil, quiero que sepa que desde este momento se encuentra usted totalmente paralizado, solo su mente funciona, pero muy parcialmente, apenas será capaz de formular algún pensamiento deslavazado, desde ese instante reinó un silencio penoso, cargado de las cosas que no se dicen. El taxi paró ante un control instalado en la entrada del puerto. ¿Ha estado usted alguna vez en la ciudad de Ecbátana?, preguntó el guarda de seguridad.

Es posible que los más crédulos se atrevan a decir que el guión de la extraña aventura que estaba viviendo debería cuadrar ahora mejor con la aparición de un escenario enigmático, por ejemplo, una embarcación amarrada al muelle más alejado del puerto, donde no hubiera testigos ni señales de tráfico marítimo, tan solo las ruinas de un almacén abandonado y acaso un par de grúas, aquellas que mantendrían el esqueleto oxidado de los camarotes y los tensores colgantes, extendidos como brazos exangües. Mientras el hombre del traje negro embarcaba yo notaría sus lentos movimientos, un torpe balanceo que empujaba un cuerpo que antes había observado más ligero, cuando me habló por primera vez en la fiesta de mi hermana, y que allí, sentada en una de las aletas de la popa, se encontraría ella, manteniendo aun su vestido de gasa blanca adherido a una piel de nácar brillante, su cara casi invisible, la mirada pálida y perdida frente al muro de la escollera. Pero he de decirles que no ocurrió así. Hristoff apagó las luces y aceleró repentinamente, el taxi se lanzó a gran velocidad hacia las oscuras aguas del puerto y cuando se produjo la violenta colisión contra el agua lo primero que experimenté fue una agradable sensación de eructo de champán, las burbujas subían impetuosas por mi fosa nasal y empecé a sentir un paulatino y reconfortante latigazo que recuperaba a la vida mis antes paralizados miembros.

Dormí como un tronco en aquella inmensa cama de agua, la terapia que me produjo ese sueño tan profundo y prolongado fue lo suficientemente reconfortante para sentirme a la mañana siguiente en un estado exultante. No quedaban recuerdos cercanos de malestar, ni siquiera sucesos de desvelos nocturnos o de pesadillas en mi mente, tampoco memoria alguna de la supuesta fiesta del día anterior, la habitación de las sombras del sauce blanco se encontraba limpia, sin atisbo alguno de platos con restos de la cena, ni vasos aun malolientes de alcohol o ceniceros abarrotados de colillas, todo se encontraba en un orden que me pareció más meticuloso de lo habitual, huele a acetona, me gusta, a quitaesmalte. La gotera había desaparecido del techo, las ramas del sauce seguían golpeando los cristales con la misma puntualidad de los días anteriores, olisqueaba incluso un tenue sabor a café recién hecho, ¡buenos díassss, grandullón!, ¿qué tal te encuentras?, te he preparado un café y un zumo de pomelo, como a ti te gusta, tesoro. Sabía que le agradaba y por ello sonreí a mi hermana. Me incorporé en la cama para así apoyar la espalda contra uno de los almohadones y contemplarla mejor, giro mecánicamente la cabeza y allí, en la parte baja de la mesilla de noche, seguía la misma caja de metacrilato transparente con el sobre en su interior. ¿Acaso no lo había visto antes en algún otro momento?. Abro la caja de metacrilato transparente y extraigo el sobre.


Ella ha dejado el desayuno colocado en una mesa cerca de la cristalera y me llama para que me acerque, llevo en mi mano el sobre y palpo un objeto algo abultado en su interior, !ábrelo!, me extraña que me lo ordene con tanta firmeza, antes de hacerlo me distraigo con el vuelo de un avión, miré hacia arriba, su preciosa línea de algodón cruza por un cielo de estelas fulgurantes. El hombre del traje negro responde en su interior a un mensaje que acaba de recibir en su teléfono móvil, los gallos siguen cantando al amanecer. Bajo la mirada y abro el sobre, mis manos tienen un cálido temblor de nalgas. Extraigo lo que me parece una taba pero mejor examinado es el cóxis pulido de algún animal pequeño; un súbito resplandor me ciega y para protegerme desvío mi cara hacia el interior de la habitación de las sombras del sauce blanco. Inesperadamente el viento atiza con fuerza sus brazos sobre los ventanales y escucho sobrecogido un fuerte impacto detrás de mi cabeza. Observo cómo una de las ramas que ha roto el cristal se anuda alrededor de mi cuello, una lengua de hierro candente me asfixia, solamente mis ojos desorbitados miran a mi hermana suplicando un auxilio que sé imposible. Lo último que contemplo antes de caer es un gato pelirrojo que cruza la valla hacia un jardín que se ha oscurecido incomprensiblemente. Me dijeron que en esa mañana había un sol de septiembre sobre las charcas.





30 ene. 2018

PLEAMAR





FABIANI                            "EL NUEVO LANZALLAMAS"
Conocí a Fabiani una tarde de niebla blanca que amenazaba con nevada, fue en la falda noroeste de la sierra de Madrid y antes de hacerlo había tenido alguna referencia suya a través de Hubert, un buen amigo que abandonó el cortejo del rey José I cuando dejó definitivamente la Corte española. Debo decir que Hubert es un personaje único, él dice que es francés aunque yo no he conocido en mi vida tipo más vaquero y más serrano, siempre tan generoso a la hora de compartir sus extensísimos conocimientos musicales. Total que Hubert me regala unos meses antes de conocer a Fabiani la última publicación del artista, "El nuevo lanzallamas" (PromoSapiens, 2017) mientras me recomienda vivamente su escucha. El evento tuvo lugar en el Castilla de la Plaza de los Cuatro Caños de Collado Villalba, un café-bar que representa mucho más que punto de encuentro para las siempre sedientas almas de la zona. Simboliza, quizás sin saberlo ni dueño ni asiduos parroquianos, uno de los más auténticos garitos de intercambio de información musical subterránea de la provincia de Madrid. Una vez allí dentro el tiempo se descuelga de las manillas, la prisa es un concepto ignorado, si acompaña la climatología se sale un momentito a la calle a tomar un buchito de aire, lo justo para volver al habitat natural del local, el ruido de los bares que no son de música pero en los que casi exclusivamente se habla de ella.

Bueno, pues allí fue, en ese sorprendente paisaje pueblerino donde conocí a Fabiani y mientras hablaba con él quise recordar a qué sonaba su música, cuestión a todas luces insensata porque Fabiani entró en fase de bajamar a las dos o tres escuchas de su "El nuevo lanzallamas", lo debo reconocer. Vestigios de un pop bien trabajado, unas melodías más de amigos alrededor del fuego de una chimenea que de una fiesta "rave" en cualquier polígono de la periferia, después de unas breves, y ya casi olvidadas audiciones, el bagaje se hacía tan liviano que la memoria se negaba a dar más señales de vida inteligente. Una pena, porque es en esos momentos, cuando uno quiere quedar bien con el artista y sus pensamientos se diluyen como el sonido de unas escobillas sobre el parche de la batería, zig, zag, se acabó, hablemos de otra gente.

Para aliviar mi descuido Fabiani amablemente me habló de su proyecto DWOMO, también de LE GRAND MIÉRCOLES, una suerte de pasarela donde tiene cabida su obra como hombre de música,  como artista multidisciplinar. Ingente y hermosa actividad en la que me introduje, indagando en la variada y profusa información disponible en las Mallas del Pescador, con el objeto de conocer más de cerca el alcance de su creación. Fue allí, en el presente indicativo de los verbos regulares, donde Fabiani entró en fase de pleamar, el nivel del agua alcanzó su plenitud, coincidiendo, eso si lo recuerdo bien, con el mayor trasiego de botellines de Mahou. Tanto me gustó lo que encontré que a los pocos días compartí en las redes sociales el enlace de DWOMO, me puse también en contacto con su sello discográfico www.halloffame.es  y a los pocos días tenía en mi casa la última publicación de Fabiani como DWOMO, la fascinante TRILOGÍA FANTASMA.

La secuencia que les relato a continuación es cabalmente cierta, ignoro si el haber padecido últimamente sueños un tanto extraños tuvo algo que ver con la fatalidad ocurrida. Recibí la TRILOGÍA FANTASMA, un coqueto cuaderno conteniendo tres de la últimas grabaciones de DWOMO ("Electroshock Taronger", 2013, "Por el aire", 2014 y "El eslabón perdido", 2015), además de un MANUAL DE ANTIETIQUETAS ILUSTRADAS, una serie de divertidos y sorprendentes dibujos obra del artista gráfico Carlos Maiques. Un golpe fortuito de mi mano dio en el suelo con el conjunto del libreto, con tan mala suerte que el "Electroshock Taronger" (subtitulado como "DWOMO canta a Valencia") desapareció de mi vista. "¡Pardiez, cómo es esto posible!", me pregunté incrédulo. Pues sí, después de pasar un buen rato eliminando probabilidades, deduje que el celofán que cubría el CD se había deslizado por el suelo para terminar científicamente introducido debajo de un armario cercano. Sin posibilidad alguna de recuperación, a menos de desmontar las puertas del mueble, opté por aceptar un destino que entonces me pareció demasiado cruel. Conclusión, el "Electroshock Taronger", la revisión de canciones de artistas valencianos que DWOMO grabó como homenaje a una ciudad muy querida por mí, duerme el eterno sueño junto al polvo oscuro, las perdidas monedas de veinte céntimos y algún que otro clip oxidado. Buena compañía.

Introducirme entonces en la audición de los dos CDs restantes me hizo recuperar de nuevo "El nuevo lanzallamas" y decidí volver a escucharlo, una y otra vez, junto al "El eslabón perdido", una recopilación de caras B e inéditos que recoge grabaciones de la primera época del grupo (2001-2005, autoeditadas o publicadas por el sello DRO), y que representan para mí lo más brillante del paquete, ya manco de por vida, como el de Lepanto. Decirles que estas dos obras me sirven más y mejor que la Tarjeta de Transporte Público sería quedarme corto, me trasladan sin mover un solo dedo por paisajes que, además, vienen ya definidos por la propia banda. Porque DWOMO son un dúo, el formado por Jorge Lorán Martín-Fabiani y Antonio J. Iglesias, con ideología propia, unas Tablas de la Ley perfectamente desarrolladas en los textos que les sirven de Sagradas Escrituras, las ANTIETIQUETAS, una suerte de Manual Ilustrado para el Perfecto Boy Scout del siglo XXI.

Puede que "El nuevo lanzallamas" entre dentro de la antietiqueta "MINI HARD FOLK" y, si así fuera, las descripciones incluidas en la página informativa nos hablarían de "folk nervioso", "pop vecinal", "chançon for stay awake", "galactic pop", "eclectic surf", "melodías resistencialistas" o "juego precoital". Si "El eslabón perdido" lo hiciera dentro de la llamada "RETROFUTURISTA", lo describiríamos como "space folk", "himno de avance", "afterpunk de entretiempo", "astro performance", "robótica menor" o "ciber defensa". Elijan ustedes la antietiqueta que elijan, esos trece calificativos, entre otros muchos más, propuestos por el dúo de artistas se cerrarían en uno solo, el llamado "COSMIC COCKTAIL", una especie de resumen de "amarás a Dios sobre todas las cosas" (de hecho dentro de la obra de DWOMO hay una grabación conocida como "Disco Dios", PIAS, 2009, que digo yo que algo tendrá que ver el paisano...) y que podría acercarse, con mucha certeza etimológica, a lo que la banda en definitiva pretende, mostrar al oyente, un combinado metálico-gominoso-ortopédico donde quepan todos los estilos y géneros que les hayan podido servir de influencia.

En muy pocas ocasiones me ha ocurrido necesitar hablar de dos discos simultáneamente, como es el caso. "El nuevo lanzallamas" y "El eslabón perdido" se suceden en los platos sin descanso posible; no quiero, no me da la gana dejar de escucharlos y departir con quien me quiera atender, es tal su poder de seducción, en su conjunto de raíz cuadrada, canción a canción, en aisladas señales que buscan a un cómplice, alguien que tenga una sola razón para acercarse a la música de Fabiani-DWOMO. No tengo hoy ninguna obligación de adorar la geografía de las cenizas, mi razón es una reflexión que tiene más que ver con la necesidad de conservar la flora vaginal, de contemplar aros de cerezas en las bocas de los niños, de ver diminutos globos aerostáticos en peceras de 40x40. La ondulación de los temas brinca caprichosamente desde "No le intentes detener" hasta "Charles, el guardabosques", despega en "Monkey Man" para aterrizar en "Samba triste", se despeña en "Plantas carnívoras" para estallar en "Destino Memphis", y así hasta 31 temas en total. No importan tanto los títulos, la gran mayoría de ellos inspirados en una acertada sucesión de visiones interiores, importa un sonido que haga del oyente un muñeco de peluche, arrullado en los brazos de una matrona romana, sin querer despertarse. Mucha culpa de este cúmulo de sensaciones la tiene el tercer miembro de DWOMO (y también colaborador del Fabiani en solitario), Fernando Polaino. Su labor de producción en ambos discos es un prodigio de ingenuidad eléctrica, sus arreglos son portentosos; además de revelar un profundo conocimiento de lo que se trae entre manos, ocupa los espacios sin saturarlos, deja vías abiertas para que la ensoñación del oyente vuele por territorios llenos de algoritmos, de álgebra antigua.

No voy a desertar este año de mis obligaciones. Una de ellas es hacer de la obra de Fabiani-DWOMO cabecera de mis mejores momentos, los de pan de trigo y lecturas al sol. Otra va a ser pedir a Jorge Lorán Martín-Fabiani que siga, que no pare de hacer música. Ignoro cuales son sus planes presentes, qué le tendrá deparado el futuro a DWOMO, un proyecto que emula la grandeza de la catedral milanesa, el genio latino contaminado por tantos años de oleajes. Le suplico que no deje de hacerme tan feliz. A Carlos Maiques que de alguna manera avise cuando tenga pensado hacer alguna exposición de sus obras en Madrid. ¡Ah!, y a Hubert le exijo que no se retire de la puerta del Castilla, aunque yo llegue tarde y sin avisar, como es mi inveterada costumbre.

18 ene. 2018

ELOGIO DE LA FIEBRE




ISAAC HAYES                          "HOT BUTTERED SOUL"
En los días de gripe el tiempo aprieta con mano de hierro, empuja fuerte porque quiere curvarse aun más, reclama girar con mayor vorágine. Como magnitud física con la que podemos medir la duración o separación de acontecimientos, el paso del tiempo me interesa más por las consecuencias que produce, por los efectos inesperados a que da lugar, sobre todo cuando el malestar general se adueña de mi cuerpo. En esos días de fiebre, los recuerdos del pasado alcanzan mayor intensidad porque entran en escena con potencia incontrolada. Ocurre como si otro ayer lejano, muy diferente al vivido, tomara carta de naturaleza, borrara con su presencia los sucesos realmente acontecidos. Un torbellino de nuevas imágenes entra entonces en la pantalla de mi cinta transportadora, se adueñan de mi pensamiento y crean una nueva memoria. Son representaciones sin perfiles totalmente definidos, muy cercanas a la copia exacta, pero también con aristas muy diferenciadas. Maldición de monstruos marinos en movimiento, toros escapados de toriles que suben hasta mi cama, hombres sin labios con tambores sordos que portan estandartes. Tiendo a pensar que el tiempo pasado es mejor porque tapa errores del presente.

Así sucede cuando camino por la calle Hilarión Eslava de Madrid, más concretamente, por una pequeña porción de su recorrido que comienza en la esquina de Rodríguez San Pedro y culmina en la de Fernando el Católico, apenas unos 300 ó 400 metros de aceras que siempre tienen que estar mojadas. En esa primera esquina se encuentra la Casa de las Flores, obra preeminente del racionalismo arquitectónico (Secundino Zuazo, 1931), en cuyo número 6 vivía mi bisabuela Matilde. Tras pasar por sus salones, decorados con tapices de motivos cervantinos, animado por el ajetreo de las partidas familiares de julepe, tute o brisca (también hipnotizado por sus queridos aromas cafeteros), me asomo a la ventana para observar la placa que, en el número 7 de esa misma calle, evoca la última estancia y muerte de Don Benito Pérez Galdós. Una esquina más adelante, ya cruzada la calle Menéndez Valdés, en el número 19 de la misma acera, tenía su sede la Librería Tragaluz, uno de los principales focos de mis compras literarias, hasta que sus propietarios no tuvieron más remedio que cerrarla por jubilación forzosa. Un par de números impares más y me encuentro, finalizando el verano del 72, enfrente de Tympanum, una de las no pocas tiendas de discos que proliferaban por el barrio de Argüelles, zona universitaria por excelencia de Madrid. Mientras yo me quedo esperando en doble fila en el 600, mi hermano sale con una nueva adquisición, el "Hot Buttered Soul" de Isaac Hayes.

A Isaac Hayes le habíamos conocido un año antes con "Shaft" (Stax Rcds, 1971) y, como no podía ser de otra manera, esa obra suya nos dejó gratamente conmocionados. El tiempo se medía entonces por la cantidad de veces que giraban los discos en los platos, por las interminables rondas de cañas en bares de toda condición y paisanaje, por las salidas nocturnas cuyos más sonados acontecimientos consistían en saber quien imitaba mejor el redoble de Ginger Baker en "White Room", el riff final de John Fogerty en "Born On The Bayou" o el soniquete nasal de Bob Dylan en "The Ballad Of Frankie Lee And Judas Priest". La dura vida del estudiante universitario comenzaba a la mañana siguiente, no antes de las diez y media ni más tarde del mediodía. Inmejorable presión de cerveza marca Mahou, en su justa medida de anillos de espuma brillante, mejillones y/o anchoas cabalgando sobre crujientes patatas fritas, partidas a los chinos, vuelta a casa para la comida de las dos, alguna que otra siesta y teléfono para quedar por la tarde con los amigos de siempre. El 61 llegaba a la parada del autobús y entonabas el "Here Comes The Sun" de George Harrison, eso ocurría solamente cuando decidíamos dejar la fiesta e ir a clase.

Isaac Hayes se había instalado pues en una buena guarida, una casa donde la música se había hecho dueña y señora. Vendimos la colección de música clásica (salvamos a Sinatra) de nuestros padres y nos buscamos un escondrijo para guardar la nuestra, a la espera de la temida contraofensiva (sirvió también de resguardo para desviar algunas botellas de buen güisqui y otras de ginebra "Made in Gibraltar"). Desde los singles iniciales de mitad de los 60, The Bee Gees, The Guess Who, Troggs, Nilsson, Herman Hermits, hasta los primeros Lps de finales de esa década, The Spectrum, Creedence, Simon & Garfunkel, Leonard Cohen, Johnny Rivers, la radio generalista ("Los 40 Principales", sin ir más lejos) emitía constantemente Beatles, Rolling Stones, Animals, Kinks, Who. El soul de la Tamla Motown era dueño absoluto de las ondas. Había espacio suficiente para todos, desde los grandes intérpretes anglosajones hasta la cosecha propia. Serrat, Pablo Guerrero, Els Sapastres o Joaquín Díaz y Agapito Marazuela. El mundo se descubría a golpe de Nina Simone, Nicola di Bari y Paco Ibáñez. Algunos locutores de radio hablaban gráficamente del "ambiente marihuanero" de Woodstock y lo entendíamos porque lo habíamos hecho ya nuestro, desde luego no en la práctica, impensable entonces, sino en el significado de imperiosa necesidad de liberación. El pasado, del "Riccordate Marcellino" de Renato Carosone, del "Camino Verde" de Los Panchos. El presente, del "Somethin´ Comin´ On" de Blood, Sweat & Tears, del "Maybe I´m Amazed" de McCartney.

La continuada audición estos días del "Hot Buttered Soul" (Stax Rcds, 1969) ha sido realmente fantástica, ha acabado con la gripe. Además, apenas he necesitado dejar caer la aguja sobre uno de los platos para convencerme que el futuro del soul era cosa de Isaac Hayes, lo fue entonces, cuando era pasado, y lo es ahora, cuando es presente. El tiempo va y viene y vuelve, la música también. Es una representación circular que ya el pintor Miquel Barceló expresó acertadamente cuando reconoció públicamente la grandeza plástica de la faena taurina. Lo manifestó además Santiago Auserón de Radio Futura, un profundo conocedor de los oleajes, en "Enamorado de la Moda Juvenil"..."En un momento comprendí / Que el futuro ya está aquí"; es cuestión entonces de convencimiento personal (espero también que sea una creencia transferible), de seguridad en una reflexión que acontece en exclusiva al pasar sin rumbo por la Puerta del Sol, cuando caminas sin prisa por la Barceloneta o te pierdes por las Siete Calles, también cuando tapeas por el barrio de Triana, claro, y debería coincidir además en el momento justo en que Jesús de la Rosa entona esa maravillosa línea de..."Donde brotan las flores / Para tí / Donde el río y el monte / Se aman... ("Se De Un Lugar", "El Patio"), y pides un solomillo en La Blanca Paloma. En algunos sitios de Sevilla también tiran muy bien la cerveza, mucho mejor que en cualquier garito de Memphis, en algo tenemos que ser claramente superiores.

Memphis, si. A 110 kilómetros, Misisipi arriba desde Clarksdale, el famoso cruce de caminos de Robert Johnson y el hogar de grandes músicos de blues. Los estados sureños de Georgia, Alabama, Misisipi, Luisiana, Arkansas y Tennessee, el perímetro del "Bible Belt", es curiosamente el contorno de la más genuina patria del rock´n´roll. La lucha del Almighty God contra la música del Demonio. Johnny Cash, B.B. King, Jimmy Reed, Elvis Presley, Muddy Waters, Bo Diddley, Otis Redding, Sony Boy Williamson, Levon Helm, nacieron allí. Muy cerca, en el vecino estado de Texas, empezaron a quemar los discos de los Beatles cuando a John Lennon se le ocurrió decir aquello de que eran más famosos que Jesucristo. También allí se encuentra el paraíso de la cocina genuinamente americana; berza con jamón ahumado, pan de maíz, frijoles, pollo frito y panecillos con salsa. El Memphis de Beale Street, sus locales de música en vivo, y la Gibson Factory, con sus estanterías llenas de guitarras, el de los estudios Sun en la Union Avenue, aquella grabación del legendario "Million Dollar Quartet" de Presley, Cash, Jerry Lee Lewis y Carl Perkins, el de la terraza del Lorraine Motel (hoy reconvertido en el National Civil Rights Museum), desde donde James Earl Ray disparó contra Marthin Luther King, el del Graceland de Elvis, la plenitud del exceso asentada sobre una antigua residencia colonial.

Comienza el "Walk On By", un tema de Burt Bacharach y Hal David que Dionne Warwick catapultó al número 1 en Abril de 1964, y se abren los cielos para el soul del futuro. Un marcapasos de base rítmica, a los mandos de la segunda formación de The Bar-Keys (la primera, aquella del fantástico "Soul Finger", desapareció en el accidente de aviación de Otis Redding), brilla en el monitor, sus líneas se van acompasando con la pulsación de un corazón que suspira por una nueva vida, por una nueva oportunidad de 12 minutos exactos de gloria. Nada que ver con la versión clásica y conocida de una  de las campeonas mundiales del pop-soul junto a Diana Ross (mi favorita, ojos de pantera). Los arreglos orquestales, obra conjunta de Hayes con los ingenieros Terry Manning y Ed Wolfrum, extienden la canción por el subsuelo pantanoso de la ciudad, recogen la tundra de desechos del Misisipi para empaquetarlo en puro soul de mantequilla de cacahuete. Los coros femeninos endulzan la merienda interminable y entonces aparecen los globos. El mismo Isaac con su Hammond B3 de doble teclado, marca con los pedales aun más la base rítmica, la ralentiza, la abre en canal. Su tono de voz, profundo y sin florituras, recita una historia de alejamiento buscado por un protagonista que, lejos de ser creíble, implora en sus lamentos una nueva oportunidad a su amada. Los solos finales conjuntan toda la potencia de una instrumentación que funde los cables del monitor. Es peligroso seguir con este grado de pasión.

"Hot Buttered Soul" fue publicado por el sello Stax de Memphis en 1969. Grabado en los míticos estudios del mismo sello (con las sesiones de mezclas relizadas en los también famosos Ardent Recording Studios); en la esquina de East McLemore Avenue y College St., allí donde los miembros de su legendaria sección rítmica Booker T & The MG´S fueron fotografiados cruzando ambas calles, emulando la portada del "Abbey Road". Frente a los establos de la Tamla Motown de Detroit y la Atlantic de Nueva York, Stax ofrece un soul profundamente unido con la marca r&b de Memphis. Berry Gordy decía que solo buscaba canciones que sonaran bien en la radio de los coches. Ahmet Ertegün ampliaba su base de negocios haciendo de Stax su plataforma de operaciones en el Sur para sus estrellas, Pickett y Aretha, ésta última ampliaba además su registro en los Muscle Shoals de Florence (Alabama), otra gran escuela de soul, como si no tuviera suficiente. Después de la muerte de Redding, Atlantic se haría con el catálogo completo de Stax, un inventario que incluía, entre otras proezas, el "Soul Man" y el "Hold On I´m Coming" de Sam & Dave, el "B-A-B-Y" de Carla Thomas ("The Queen of Memphis Soul"), el "Knock On Wood" de Eddie Floyd y el póstumo "(Sittin´On) The Dock Of The Bay" de Otis. Los tres primeros compuestos por Isaac Hayes y David Porter, la mayor fuerza creativa al oeste del Brill Building de Broadway junto a Holland-Dozier-Holland; los dos últimos temas por Steve Cropper, guitarrista de los MG´S, auténtico huracán de las seis cuerdas con sabor popcorn. Al Bell, el nuevo hombre fuerte de Stax, urge a todos los artistas del sello para grabar en tiempo récord un total de 27 nuevos álbumes. El "Hot Buttered Soul" es el último en llegar, y el que anuncia el comienzo de la segunda edad de oro de Stax, un sello y una marca que The Beatles habían elegido como lugar de grabación de su "Revolver" de 1966.

"Hyperboliscsyllabicsesquedalymistic" es la única composición de Hayes, compartida con Alvertis Isbell (el verdadero y completo nombre de Al Bell), en "Hot Buttered Soul", mi favorita. Me transporta bailando descalzo en la discoteca del Hotel Madrid de la playa de Gandía el "Me And Mrs. Jones" de Billy Paul, o aquellas gozosas compulsiones corporales, siguiendo el maravilloso ritmo del "Memphis Soul Stew" de King Curtis, en la pista de baile del "Keeper" en El Escorial. Un ejercicio de liberación física y mental de casi 10 minutos de duración. El bajo de James Alexander confirma el futuro sonido del soul-funk, sus líneas apenas hacen necesaria la aportación de la batería de Willie "Too Big" Hall, un bigardo de 17 años que años más tarde se convertiría en una de las piezas angulares de The Blues Brothers. Los elegantes bucles de Michael Toles a la guitarra me hechizaron entonces (y lo continúan haciendo ahora mismo). Pensaba en cómo era posible que estos tipos, negros hasta la coccigodinia, podían hacer una música tan enrollada, esas guitarras tan wah-wah pedal, el piano marcando el galope de un ritmo endiabladamente adictivo, el sonido del bajo, insisto, de otro planeta. El color negro que entonces formaba parte de mi archivo musical era el del sudor de James Brown, la marcha alocada de Sly and The Family Stone, el punto de cruz de Temptations, o los grandes divos y divas de los establos soul, pero este "Hyperbolis...", esto era otra cosa, una bomba de pezones calientes a punto de explotar.

Isaac Hayes es un auténtico titán. Un hombre hecho a sí mismo a base de pobreza extrema, abandono familiar y último refugio en el hogar de sus abuelos, verdaderos herederos de la esclavitud y de la segregación, también de las excelencias de la granja autosuficiente y de la vida campestre. Si a Hayes le salva algo, le socorre el destino, es que es un hombre de música, y eso en Memphis es un seguro de vida. Su formación es autodidáctica, no sabe leer una partitura, pero logra hacerse un nombre en la escena musical de la ciudad. Su virtuosismo con los instrumentos de viento y teclados, su voz severa y sensual, le ayuda a abrirse paso en una ciudad tan sumamente competitiva. The Teen Tones, The Morning Stars, The Ambassadors o Sir Isaac and The Doo-Dads son grupos en los que refleja su aprendizaje y sus estilos, desde el gospel hasta el propio rock, influencia de las emisiones del "The Big Beat" radiofónico de Alan Freed, desde el blues de las plantaciones de su Covington natal hasta el fraseo del jazz. Su primer saxo fue regalo del mismo David "Fathead" Newman, uno de los genuinos impulsores del soul-jazz, granero favorito de gente como Sam Cooke y Ray Charles. En 1964 logra un contrato como músico de sesión de Stax. Los mencionados singles de éxito de Sam & Dave, Carla Thomas y Eddie Floyd se suceden uno tras otros. Su primer álbum, "Presenting Isaac Hayes" (Enterprise, subsidiaria de Stax, 1967) no pasa del aprobado. "Hot Buttered Soul" le catapulta al éxito masivo. Dos años después, "Shaft" (Enterprise, 1971), banda sonora de la película de Gordon Parks y obra cumbre de la Blaxploitation, corona a Isaac Hayes como la nueva divinidad de la última tendencia soul, aquella que también anticipa la aparición de Barry White y la lamentable deriva del sonido disco.

En la cara B del "Hot Buttered Soul" las aguas del Jordán vuelven a su cauce, el bautismo de los fieles que se acercaron a sus orillas ya se produjo en la cara anterior, y ahora reina una calma de barrizal dorado, una tarde de libélulas que planean entre grifos oxidados. "One Woman", versión del original de Charles Chalmers, otro auténtico campeón de los pesos pesados del soul. Compositor y músico de sesión en innumerables grabaciones de Al Green, Aretha, Pickett o Dusty Springfield, hombre de confianza de los capos de Atlantic en Muscle Shoals, su relación con Hayes se prolongará con otras participaciones en obras posteriores suyas ("One Big Unhappy Family", "The Isaac Hayes Movement", Enterprise, 1970). Esta pieza, la más corta del álbum, es la nana que mece la cuna, o, en su versión adulta, el sutil vuelo de la falda cuando el columpio va perdiendo su impulso. El piano de Isaac marca el compás, la base rítmica y la voz adormecen al oyente, los coros femeninos y la orquestación, levísimos muros de sonido en las fiestas del Playboy Club del Sunset Boulevard. "One woman is making my home / While the other woman making me do wrong...", la eterna disputa en la mente del hombre sigue abierta.

"By The Time I Get To Phoenix", el clásico inmortal de Jim Webb, cuya versión del recientemente fallecido Glen Campbell es quizás la más conocida (¡Dios, cómo me gusta esa maravilla de "Wichita Lineman"!...) es sin duda la pieza más asombrosa del lote. En ocho, de sus casi 19 minutos de duración, el amigo Isaac anuncia su propia interpretación de la canción, ..."it´s a deep tune / There´s a deep meaning to this tune / I shall atempt to do it my way / My own interpretation of it", una larga parrafada que no tiene ni un solo segundo de desperdicio. Cuando comienza a cantar..."By the time I get to Phoenix she´ll be raising...", el texto me recuerda, debe ser el ambiente de road movie el que da pie a sus imágenes, al "The Last Trip To Tulsa" del primer álbum de Neil Young. Phoenix, Alburquerque, Oklahoma, el camino de vuelta a Tennessee. El único, apenas perceptible, latido del bajo ha dado paso a una suave orquestación de metales que va creciendo, reforzada por una brillante sección de batería y el pulso impasible del órgano, siempre presente. Parece una admonición, el protagonista deja a su chica en Los Ángeles y vuelve de nuevo al Sur, a su raíz, regresa a su casa, al origen de su auténtica música.


"Hot Buttered Soul", publicado en septiembre de 1969, llegó hasta el número 8 de las listas de aquel año y se mantuvo en lo más alto durante una buena cantidad de semanas. El sorprendente éxito inicial que tuvo en la ciudad de Detroit convenció a Al Bell para publicar el single ("Walk On By" / "By The Time I Get To Phoenix", esta vez con minutaje reducido) que sirvió para aupar aun más las ventas, hasta llegar al premio de disco de oro en ese mismo año. La figura del artista, un bigardo de más de 1,90 metros de estatura, con la cabeza totalmente rapada, gafas de sol, cadenas doradas alrededor del torso, se convirtió en una de las imágenes más icónicas del comienzo de la década de los 70. Su nueva visión del soul, con fuerte influencia del r&b y del rock crudo, sus interpretaciones, de composiciones propias o versiones ajenas, muchas veces con largos desarrollos instrumentales, daban pie a progresiones rítmicas que muy pocos, con la excepción del honorable Solomon Burke ("Rock´N Soul", Atlantic, 1964), se habían atrevido hasta entonces a explorar. Aquello era soul, sin duda, pero tenía la contundencia del rock y el swing del jazz, el calor del blues y la potencia del funk. Una nueva visión que el mismo Isaac intentaría extender en sus siguientes obras, quizás sin tanto genio musical aunque con igual o superior éxito comercial, "...To Be Continued", "The Isaac Hayes Movement", "Black Moses", hasta la llegada de "Shaft" en 1971. El mundo cayó rendido a sus pies. Compró la franquicia de baloncesto de la ciudad, a la que denominó, no podía ser de otra manera, The Memphis Sounds, y su Cadillac Fleetwood Brougham, ribeteado con terminaciones de oro macizo, se veía habitualmente aparcado en la entrada de los estudios de McLemore Avenue. En 1976, apenas, 5 años después de ascender a la cima, estaba por primera vez arruinado. Mientras asimilamos tanto y tan bueno de tan extraordinario artista, les propongo subir a nuestro Edsel Corsair del 58 y tomar la interestatal 40 hasta Nashville, nuestra próxima parada.




Dedicado a mi soul brother Crosby.


11 ene. 2018

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2017 II


Sírvanse vuesas mercedes para mayor contento de la suya vista que, por la derrota del más bello de los sentidos, se les presentan estas fotografías como postrera recopilación del pasado año. Quede otrosí constancia de tratarse de tomas propias todas, unas fruto de la inspiración del autor, otras resumidas de ajenos artistas que, sin saberlo, contribuyeron gozosamente a momentos de discreta y recogida felicidad. Vaya mi agradecimiento a todos ellos, fueren quienes fueren y que en buenahora se admiraren por serlo.

1.- CRESTA DE GALLO


2.- DIAMANTE AÑIL


3.- DESPIERTO ES UN HURACÁN


4.-APARICIÓN DE NUEVA SOR TERESA


5.- PASEANDO POR MALASAÑA


6.- "STAIRWAY TO HEAVEN"


7.- ESTANQUE DE ABRIL


8.- ¡PASAJEROS A BORDO!


9.- ESQUINA DE TOLEDO


4 ene. 2018

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2017 I



Que, al igual que se fizo por estas mismas fechas del pasado año, dase cuenta de la traza del autor porque grandes y pequeños conozcan de la obra del susodicho. Igualmente haya noticia que muchas o varias dellas son tomas sobre lienzos u otras reproducciones artísticas ajenas a la industria del propio autor y, ansí sabiéndolo, sirvanse los circunstantes de apreciar lo expuesto no como añagaza mas como objetos de feliz miramiento y regocijo.

1.- INTESTINO DELGADO


2.- HUEVOS FRITOS


3.- PÓNGALE UD. TÍTULO


4.- ESTANCIA CON MULETAS


5.- THE KILLERS ARE COMING


6.- DULCES SUEÑOS ROSE


7.- TELÓN DE LUZ


8.- PEINE DE HIERRO


9.- ANTES DEL "IN ROCK"

28 dic. 2017

AYUNO Y ABSTINENCIA






JOSERRA RODRIGO         "PASIÓN NO ES PALABRA CUALQUIERA"
Para empezar debo confesarles que hay momentos en los que no estoy para músicas de ningún tipo. Suele esto ocurrir después de pasar muchas jornadas seguidas pegado a los platos, escuchando discos (procuro hacerlo sin utilizar los cascos, a la luz del día) o leyendo textos sobre artistas y grupos favoritos (a veces desconocidos), también brujuleando en la nube mientras busco nuevas referencias o asistiendo a subastas on-line para pujar sobre primeras ediciones o ejemplares descatalogados. Acontece entonces un hartazgo frecuente que me obliga a apagar el equipo durante un par de días, tres a lo sumo, tengo la extensión de la saciedad controlada. Esas fechas, que surgen inapelablemente en cualquier semana del mes, me sirven, después de aplicar la correspondiente purga y sangrado, para rememorar solo aquellas canciones que más me gustaron durante los días de vino y rosas; un saludable ejercicio de desintoxicación musical, en definitiva. Cierro entonces el quiosco y me dedico a planear actividades que algunas veces llevo a cabo, otras no; por ejemplo, no asistir a una performance etno-culinaria entre el Líbano y Sudamérica que programan en el Matadero de Madrid, o, esta vez, por fin, organizar un maratón fotográfico por los paseos y rincones más pintorescos del Parque del Retiro (ampliable hasta las esquinas más recónditas, allá donde suelen aparecer las esculturas y monumentos menos conocidos y más extravagantes).

En esas estaba cuando me decidí a comenzar la lectura del libro de Joserra Rodrigo, "Pasión No Es Palabra Cualquiera. Epifanías De Rock&Soul". Ocurrió en una noche de insomnio provocado y admito que lo dejé un par de horas después de haberlo iniciado (comprenderán ustedes mi solidaridad con la industria del reposo). Recuerden además que yo me encontraba en una situación de empacho musical, así que ya tenía planificada la ocupación completa para el día siguiente, una buena zambullida en "Los trabajos de Persiles y Sigismunda". El caso es que, ya muy cerca del amanecer, me despertó un rumor sordo y bastante más desagradable que el ruido del camión de la basura. Un barrendero municipal se servía de una suerte de trompa neumática para absorber y/o ahuyentar una buena porción de hojarasca desparramada por las aceras; labor a todas luces incomprensible, cuyo estrépito (he de decirlo para mayor escarnio del Concejal del ramo), se asemejaba a la más feroz trepanación cerebral. Justo lo que me hacía falta. Como ejercicio de legítima revancha decidí entonces permanecer parte de la jornada en paños menores y coger de nuevo el libro de Joserra. Cuando mi mujer llegó de su clase de gimnasia el gallo de la madrugada ya estaba en la cazuela y ahí seguía yo, felizmente enfrascado en su lectura. Ella me miró a continuación con ojos de fingido asombro y dijo aquello de: "que bien vives...", y no llegué a echar de menos aquel "¡será gañán...!" porque se que lo masculló por lo bajini.

El caso es que dejé al genial escritor complutense para mejor ocasión y en apenas tres días me ventilé el libro de Joserra, tal fue su poder de imantación. Sería injusto si no les hablara ahora de la sucesión de reflexiones que me fueron acompañando los días siguientes a la culminación de la obra. Para comenzar, el total acuerdo con el título del libro. Por un doble motivo, primero por la exactitud de su su significado semántico. El que no sea "pasión" una palabra cualquiera, y se asemeje a un estado de ofuscación sensorial que obnubila el temperamento del que lo padece, pienso que al autor Joserra Rodrigo le va como anillo al dedo (sin que él quiera, presumo felizmente, ni cura ni tratamiento conocido). Por otro lado, porque el título también remite a una canción del Graham Parker & The Rumour de "Squeezing Out Sparks" (Vertigo Rcds, 1979), disco y tema que han supuesto durante muchos años contento y regocijo del que suscribe, y eso me alegraba especialmente. 


Pensamientos paralelos inciden en el hecho del viaje iniciático, una idea que, junto a la del eterno retorno, se empiezan a bosquejar y se complementan según se va avanzando en la lectura. El alumbramiento a su vida musical, a sus primeras experiencias como oyente, que Joserra sabe tan bien reflejar en sus tiempos de última infancia (y primera adolescencia), y que cierran el círculo vital con las numerosas salmodias que celebran la muerte de sus ya demasiados músicos admirados. Otrosí, las explícitas referencias al eterno femenino como fuerza inspiradora. Su madre, viuda y joven todavía, su darling companion Cristina, artistas como Joni Mitchell, Aretha Franklin, Amy Winehouse, las Vainica Doble o su novia Lucinda Williams, un almohadón sumergido en placenta que es precisamente lo contrario de lo que se supone que el género masculino debe representar, ser bizarro, desordenado, indolente y conquistador. Por eso, por estar en el otro platillo de la balanza, cobran tanto relieve en el libro los magníficos dibujos de Cayetana Álvarez, otra que tal pinta. Reflejan sensaciones anímicas, desleen los colores y extienden la luz y la sombra de los protagonistas, convencen a los cartógrafos incrédulos. Así que, ¡acabemos (enamorados bajo estos influjos lunares) de una vez!, Joserra escribe como un hombre pero siente como una mujer, llora a menudo, se emociona a flor de piel, en muchas ocasiones se nota el nudo en su garganta, las más de las veces no se limita a caminar por los pasillos laterales de las Iglesias, levita en la misma nave central, en trance de mística y de música.

Mientras todos esos extremos se trastocan Joserra va creciendo en un entorno natural que es, al mismo tiempo, paisaje geográfico y mental. El de calles que conoce y ama más que sobradamente (el Bilbao de los pequeños pisos y del hierro coqueto, su arruga bella previa a cierta gentrificación actual, el Londres alejado de las guías turísticas, espejo del music hall obrero...), el de aquellos horizontes ascendentes y medievales de la villa burgalesa de Frías y, no menos necesarios, aquellos paralelos al alma inacabable en su Portugal de retiro dorado.(¡Qué luces habrá visto allí para quererlo tanto...!, me pregunto). Le acompaña el panorama de un sur ibérico (escoltado siempre por su querido southern gang), que presiento de aire tan bien perfumado, sus viajes a la hermana Donosti, tan alejada de los tópicos futboleros y de las tontas rivalidades al uso, sus caídas por un Madrid cuyos actuales embajadores Javier y Amaia (a quienes tuve el gusto de conocer en el último concierto del admirado Moses Rubin, también protagonista de la obra), seguro que le recordarán cuarteles, exhalaciones ochenteras, sierras de antes, amigos de ahora. Y así es que el mapa mental de Joserra me lo imagino semejante al de un antiguo aventurero, un traficante de especias musicales, porque ama a demasiadas tierras para quedarse solo con una, culo inquieto. 

De tal manera que sospecho que para Joserra la vida es una celebración religiosa sui generis, la música, lo que más ama, la banda sonora original, su gospel, su soul; los oficiantes y ministros, una variada cuerda de artistas cuyos registros cambian según sean sus credos. Se admiten discursos enfervorizados, nihilistas, agnósticos, ateos o ultramontanos (lástima, si así lo entendí, que trocara algunos de sus discos de Yes por otros tantos de Van Morrison), porque es de bobos negar a la vida todo lo que ella ofrece a sus feligreses; aquí los amigos, los que comparten epifanía, oraciones, coros, sudor, arrepentimiento y vuelta a la tentación y al pecado salvador. Quizás es por eso que la mayoría de personajes de raza negra (advierto que no he llegado a contarlos) sean los que se mueven entre las líneas del libro y, aunque así no lo fuera, me atrevo a afirmarlo porque es el soul, la necesidad de trascendencia, el polvo y el licor, la curación del alma dolorida, la victoria sobre la esclavitud, lo que prima entre gran parte de los músicos retratados entre sus páginas (y para esos menesteres, nadie como los afro-americanos). No busquen prog, tampoco punk, no esperen hardcore, nada de trash-metal,...¿qué es el doom o el stoner para Joserra?..., seguro que conoce estos últimos estilos musicales, y hasta puede que le encandilen,  pero no lo suficiente como para ser incluidos ahora en las Tablas de la Ley.

Lo siento por ustedes, pero es mi obligación advertirles que deberán leer una cávila más antes de encontrarse liberados por el último punto y final. Tiene ésta que ver con el estilo literario, siempre importante en cualquier texto (si es que el autor pretende mantener la atención del probable lector). Joserra escribe como le da la gana, porque para eso es de Bilbao. Él lo llama, creo recordar, escritura automática; esto es, en esencia, un agolpamiento de palabras, de frases, de líneas y de párrafos que llegan a tener un sentido final porque Joserra se empeña y se esfuerza en ello. Nada mejor que intercalar adjetivos cercanos al habla coloquial, mencionar, por ejemplo, productos manufacturados, juguetes de la infancia, meriendas a la salida del colegio, plantones ante el escaparate de la tienda favorita de discos, faenas de muleta, días de lluvia, contactos y fotos backstage, barras de bar pegajosas, botellas tintineantes; cualquier recuerdo que no tenga visos de mera ocurrencia y, si así fuera, que posea la suficiente fuerza como para hacer de su lenguaje una marca propia de la casa (¡benditas POMs!). Más que lo que cuenta, me fascina cómo lo hace, un verdadero torrente de imágenes que mezcla colores, sabores, tactos, miradas. Sus palabras, cada vez que leo a Joserra Rodrigo desde los tiempos lejanos en que entré por primera vez en su blog (rockandrodri land), me suenan más a lo que José Bergamín llamaba música callada, la de dentro, la que me ha servido para aguantar estoicamente estos días de obligado ayuno y abstinencia.



14 dic. 2017

EL ROCK Y LAS CIUDADES IV: SAN FRANCISCO





MOBY GRAPE                         "MOBY GRAPE"
A la ciudad de San Francisco se puede llegar desde distintos itinerarios pero (coincidirán conmigo algunas mentes inquietas) la mejor manera de hacerlo acaso sea la subterránea. Lo contrario supondría lo más convencional, esto es, coger la autopista 1 desde Los Ángeles hasta Santa Bárbara, con una pequeña escala en el Neptune´s Net de Malibú para tomar una copa de vino observando a los cientos de moteros que allí se concentran los fines de semana y, acto seguido, seguir recto hasta conectar por la 101 en dirección a Santa Bárbara. Seguro que otros viajeros (más amigos de lo alternativo) tomarían un Greyhound por 13$ desde Los Ángeles hasta Bakersfield por la 5 y, nada más pasar la reserva de Wind Wolves, se apearían antes de llegar a su destino. Allí, encarando alguno de los numerosos ranchos que rodean la pequeña ciudad por el oeste hacia Maricopa, quizá rememorarían la hermosa historia de amor de tres semanas entre Bea Franco y Sal Paradise ("En el camino", Jack Kerouac, 1957). Los cercanos campos de algodón y los viejos viñedos continúan dando una tonalidad campesina al paisaje, y si tuvieran suerte y pasara alguna camioneta por los caminos de tierra que circulan paralelos por la estatal 166 (siguiendo el curso occidental del río Cuyama hasta las primeras estribaciones de la Sierra Madre), el polvo levantado por las ruedas del vehículo les evocaría una fina exhalación de partículas doradas.

El segundo itinerario sumiría al viajero en el recuerdo de la expedición de Lewis & Clark, desde el sur de la actual Columbia Británica hasta el estado de Oregón, empezando el viaje desde la vertiente oriental del río Snake. Una vez allí, dejando la ciudad de Eugene a la derecha, bajaría por la US 395 hasta Lakewise y Reno en Nevada, para continuar por la Interestatal 80 hasta la bahía de San Francisco, cruzando por el puente de Oakland. Es una ruta de pinos verdes, flora amarillenta, tierra pajiza, cascadas de agua cristalina y cabañas de madera en su parte más elevada, bordeando los Parques Nacionales de Winema y Modoc. Los olores variarían desde un suave perfume, mezcla de quinina y betún, en las zonas altas de los bosques, hasta el incofundible aroma que exhumarían las grasientas manos de Guido al volante de su camioneta, bautizada para la posteridad como la "Jack´s Reno Garage". Nos encontramos ya en el Reno de John Huston ("Vidas Rebeldes", 1962) y en el del "Folsom Prison Blues" de Johnny Cash.

Jerry Garcia, en la época en que dirigía a The Warlocks, muestra a Jerry Miller, guitarrista principal de The Frantics, y compañero entonces del batería Don Stevenson, futuros miembros de Moby Grape, la manera subterránea de entrar en San Francisco. The Frantics habían actuado en algunos bares del área de San Francisco y, ante la falta de fondos económicos y nuevas fechas de actuaciones, se dirigían de vuelta hacia su Seattle natal. Hacen parada en el Inn Room de Belmont, justo a la mitad del cuerno occidental de la bahía, y asisten a una imprevista actuación de The Warlocks. Jerry Miller responde a una entrevista que Frank Goodman le hace en Junio de 2007 para su agencia, Puremusic. "Nos enrollamos con Jerry García, al que conocíamos por haberle visto con su banda en varios garitos de la zona, y le comentamos que nos volvíamos casa, a Seattle. Me dio la impresión que transmitíamos una sensación de derrota, de última oportunidad perdida y a punto de pedir prestados 10 pavos para llenar el depósito de gasolina de nuestro Chevrolet Corvair y largarnos del lugar. Jerry García nos dijo que no, que nos olvidáramos de volver a casa, no podíamos abandonar ahora, cuando DeeTee Suzuki pronosticaba la llegada definitiva del dragón. Él tuvo la culpa de que nos quedáramos en California y eso fue a finales del 64, principios del 65" -recuerda Miller-. Se instalan en el mismo Belmont, en la calle Ralston, en una casa victoriana en cuyo sótano se encuentra el Inn Ranch, un local donde las bandas de la zona, y también el embrión originario de los futuros Grateful Dead, ensayan y actúan en jams interminables. Neal Cassady frecuentaba entonces la misma casa.

Una noche de Enero de 1952, Jack Kerouac llamó a la puerta del 29 de Russell St., una pequeña propiedad situada en el centro del Russian Hills de San Francisco. El escritor explicó aquel encuentro en uno de los pasajes más conocidos de "En el camino". "Antes de que pudiera darme cuenta volví a ver, en medio de la noche, la legendaria ciudad de San Francisco. Corrí de inmediato en busca de Neal, [...], ardía en deseos de saber lo que tenía en mente y lo que ahora iba a suceder, porque ya no dejaba nada detrás de mí, porque había echado abajo todos mis puentes, [...], llamé a su puerta a las dos de la madrugada. Salió a abrirme completamente desnudo (habría hecho lo mismo aunque se hubiera tratado del mismísimo presidente Truman). -¡Jack! -exclamó con genuino pasmo-. No creí que de verdad fueras a hacerlo. Al fin vienes a mí". Russell St. está a tiro de piedra del eje dorado que forman las confluencias de la Avenida Columbus y de la calle Montgomery, nada que ver todavía con el ángulo de Haight-Ashbury, en un entorno que quedará, años más tarde, sometido a la gentrificación de los actuales Distrito Financiero y Embarcadero.

Recuerdo ahora a la hermosa Loretta Young de "El extraño" (Orson Wells, 1946) y a su hijo Peter Lewis, guitarra rítmica de Moby Grape. Una auténtica belleza de mirada de ojos de ágata que ya anunciaba, 20 años antes, el verdadero significado místico del Verano del Amor. En el Golden Gate Park, en su vertiente más húmeda y septentrional, en frente del Jardín Botánico, en el número 2400 de Fulton St., se encontraba la colosal casa victoriana que habitaron durante algún tiempo otra de las bandas legendarias del sonido de San Francisco, Jefferson Airplane. En el album recopilatorio "2400 Fulton Street" (RCA Rcds, 1987), hay un tema de Skip Spence, tercer guitarrista de Moby Grape, su maravilloso "My Best Friend", incluido en el "Surrealistic Pillow "(RCA, 1967). Su letra, de tan convencional no deja de ser premonitoria de su fatal destino: "Ah, you´re my best friend / And I love you so well / ´Till the end of time you won´t see me...". Alexander "Skip" Spence había llegado a San Francisco desde su Canadá natal a finales de los 50, y en el momento de ser reclutado en un club por Marty Balin, al considerarle simplemente como una buena imagen para ser batería del grupo, estaba realizando unas audiciones preliminares como guitarra rítmica de los Quicksilver Messenger Service. Su inoportuna escapada a Méjico, poco después de la grabación del "Jefferson Airplane Takes Off" (RCA, 1966), en el que contribuye con su " Blues From An Airplane", motiva su posterior salida de la banda.

Aparece entonces en escena un tal Matthew Katz, anterior mánager de la banda de Balin, Kantner & cia, un auténtico tiburón del negocio musical que, aprovechando la salida de Spence de los Airplane, le convence para dar a luz una nueva formación. Miller y Stevenson ya están en la línea de salida, su período post-García-Belmont ha cuajado convenientemente, además han incorporado a Bob Mosley al bajo, un tipo de San Diego que ya tenía sus buenas tablas hechas en Los Ángeles con bandas como Peter & The Wolves y la Joel Scott Hill. Solo falta la figura de Peter Lewis, el vástago de la mencionada actriz cinematográfica, también guitarrista y compositor en su banda The Cornells, y que se movía alrededor de la aristocracia de Hollywood, entre Clark Gable, padre de su hermanastra Judy Lewis, y la futura Linda McCartney (ninguna relación de parentesco con la Eastman Kodak, a pesar de llevar ese mismo apellido de soltera y ser también ella fotógrafa). Su primo hermano, Dave Lindley, miembro de unos Kaleidoscope que con sus obras "Side Trips" (Columbia, 1967) y "A Beacon From Mars" (Epic, 1968) confirmaban también la existencia de una pujante escena contracultural en Los Ángeles, se mueve asimismo en el entorno familiar de Lewis. Solo resta que Katz invite a los ejecutivos de los más importantes sellos a una serie de audiciones privadas en The Ark, una barcaza anclada en Sausalito y reconvertida en club de actuaciones en directo, y en el mítico Fillmore East, para que la gloria (y la posterior adversidad) de Moby Grape se materialice.

No nos llamemos a engaño, pero la ciudad de San Francisco era aun más fascinante cuando una tarde de Julio de 1955 Allen Ginsberg escribía en su apartamento de Montgomery St. los primeros versos de su épico "Aullido", una suerte de Odisea de los Nuevos Desterrados. "He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas / Arrastrándose por las calles de los negros al amanecer / En busca de un colérico pinchazo...". Su primera lectura pública en la librería Six Gallery de Fillmore St. el 7 de Octubre del mismo año marcó el verdadero comienzo de la era psicodélica. Kerouac describe el evento en su "Los Vagabundos del Dharma",(1958): "Aquella noche, seguí al grupo de poetas aulladores a la lectura de la Six Gallery, que marcó, entre otras cosas importantes, el comienzo de la San Francisco Renaissance. Allí estaban todos. Y yo me encargué de hacer una colecta y comprar tres garrafas de borgoña californiano, de cuatro litros cada una, y todos se animaron, así que hacia las 11, cuando Alvah Goldbook leía, o mejor gemía, "Aullido", borracho, con los brazos extendidos, todo el mundo gritaba: "¡Sigue!, ¡sigue!, ¡sigue! (cómo en una sesión de jazz) y el viejo Rheinhold Cacoethes, el padre del mundillo poético de Frisco, lloraba de felicidad".

Tan deslumbrante que ni siquiera la fiesta de presentación del álbum "Moby Grape" (CBS Rcds, 1967) en el Avalon Ballroom de Sutter St., en el ángulo feliz que formaba junto al The Family Dog de Pine St., la Meca entonces de la escena underground de San Francisco, pudo hacerle sombra. Llegaron las tribus hippies desde Haight-Ashbury, acostumbrados a la comida y al tratamiento médico gratuito, a la adquisición también gratuita de LSD y marihuana, a centros artísticos y talleres de formación comunales, a parodias callejeras como el "Death of Money and Rebirth of the Haigh Parade", y se encontraron con un montaje de marketing espectacular, totalmente alejado de una visión libertaria de la vida. Más de diez mil orquídeas violetas cayendo desde el techo (que convirtieron el suelo en una plataforma peligrosamente escurridiza), cientos de botellas de vino con la etiqueta "Moby Grape" en su cuerpo (sin sacacorchos a la vista para poderlas abrir), la flor y nata de la escena musical realizando sus propios corrillos junto a los capitostes de la industria desplazados desde Los Ángeles. Visto el ambiente, muchos de los activistas llegados desde la vecina Oakland y del campus de Berkley, al amparo unos de las primeras consignas del Black Panther Party, otros seducidos por el Free Speech Movement, debieron sentir sus ansias de revolución tan engañadas como vacíos se encontraban sus bolsillos.

Matthew Katz logra un contrato muy ventajoso con el sello CBS, sobre todo para sus futuros intereses económicos, al conservar como propio el nombre de la banda y los derechos de sus canciones. La primera de una sucesión de factores que convierten a la banda, al poco de iniciar su camino profesional, en un reguero de despropósitos y mala gestión. El productor del disco, David Rubinson (compinchado con Katz), convence a los directivos de CBS para que saquen simultáneamente al mercado 5 singles del disco recién editado a últimos de Mayo de 1967. Desmesurada campaña que descoloca a los posibles compradores, receptivos desde la salida del "Sgt. Pepper", publicado dos semanas antes, a la adquisición del Lp como producto que mejor pueda simbolizar el trabajo y el espíritu de una banda. Lo mismo les ocurre a los Djs de las emisoras de radio locales, prescriptores de singular importancia para convencer al público joven de las excelencias de un disco. La emisión de los singles diluye necesariamente el impacto de las ventas del álbum, haciendo que, a pesar de las excelentes críticas de los medios especializados, el primer y mejor trabajo de los Grape quede situado en el limbo de la inconsistencia. 

La participación de la banda en el Monterey International Pop Festival, a mitad de Junio de ese 1967, constituye otro revés para el grupo. Katz sabe que los Grape son una de las mayores atracciones musicales del momento e, inflamado por un vehemente ego, pretende que actúen en el mejor horario posible, justo antes del set de Otis Redding. Reclama además el pago de un millón de dólares como tarifa innegociable. Lo que al final consigue es indignar a los promotores y hacer que la banda salga a escena a deshora, el viernes a mediodía, sin apenas público, además de que Laura Nyro les sustituya en la agenda inicialmente programada para ellos. Como colofón, el nombre Moby Grape queda excluido de los carteles y pósters anunciadores del festival, sin que tampoco su actuación aparezca en la película rodada por D.A. Pennbaker, publicada con éxito un año más tarde.

Una verdadera lástima para un disco como "Moby Grape" que, junto al "Surrealistic Pillow" de los Airplane y el "Electric Music For The Mind And Body" (Vanguard, 1967) del Country Joe & The Fish de la vecina Berkley, constituye el ejemplo más significativo y brillante del sonido de San Francisco. Un trabajo que muestra, en su total esplendor, el gran nivel instrumental y compositivo de sus cinco miembros. Las guitarras rítmicas de Lewis y Spence, propensas a crear un sonido nítido y envolvente, el portentoso fingerpicking de la guitarra solista de Miller (que recuerda su primera etapa con The Bobby Fuller Four y su querencia por el "Rumble" de Link Wray), apuntalando la atmósfera de pop esquizofrénico que exhuman sus surcos, Mosley al bajo y Stevenson a la batería, fortifican el esqueleto rítmico con sus líneas limpias y precisas. La voz de Mosley, intérprete en gran parte de los temas, tiene un aire ingenuo de white-soul, los coros respiran armonías de The Byrds con un toque más blues. Los textos, a pesar de una evidente y cierta convencionalidad lírica, no dejaron de encontrar eco en una audiencia joven, muy en la honda con el ambiente de amor, comunión y libertad que se vivieron en la época mágica de los "Human Be-In".

Inesperadamente, en tan solo dos líneas del "Lazy Me", cuando Mosley baja una octava de voz al recitar el final del "I guess I´ll never know why / I´ll just lay here and decay here", los Grape prevén su triste futuro.

Los únicos miembros de la Beat Generation que mantuvieron, con un decidido grado de implicación, el contacto con el ambiente y el espíritu más comprometido del Summer of Love de San Francisco fueron Allen Ginsberg y Neal Cassady. El primero con su participación en el "Krishna Consciousness Comes West", una mantra-rock-dance organizada el 6 de Enero del 67 para celebrar la apertura del primer Templo de Krishna en la ciudad, y en el que hicieron acto de presencia, junto a los Grape, Grateful Dead y los, también muy habituales en la escena de la bahía, Big Brother & The Holding Company. (Cuando George Harrison visitó el Templo, en Agosto de ese año junto a su musa y entonces mujer Pattie Boyd, ya hacía buena caja para ser propietario de una grandiosa mansión de 120 habitaciones en Henley-On-Thames, tres años más tarde). También Ginsberg fue una de las estrellas destacadas, esta vez acompañado de Timothy LearyLawrence Ferlinghetti, Gary Snyder y Michael McClure (estos tres últimos, escritores y protagonistas asiduos en las reuniones literarias de la mítica librería City Lights), una semana después en uno de los "Gathering Of Tribes". Neal Cassady, con antecedentes más inclinados a la conducta extrema, se adelantó en su pretendido papel de faro de toda una generación de nuevos rebeldes, enrolándose como chófer del "Further", el autobús que Ken Kesey y sus Merry Praknsters fletaron en 1964 con el objetivo de realizar sus "Acid Tests", un viaje alucinado que, partiendo del mismo Golden Gate Park, recorrió una buena parte de la geografía de los EEUU. No muy lejos de allí, el subterráneo Kerouac, al igual que lo hizo poco después Skip Spence, caminaba hacia un punto sin posible retorno. Y los dos salieron desde San Francisco hasta Nueva York, una ciudad que devastó sin piedad sus sueños.