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17 ene. 2019

MUSEO DE CERA




DEEP PURPLE                     "BURN"
Después de almorzar unos huevos fritos con arroz se fue a dar un paseo por el parque más cercano. Tan solo se cruzó con una mujer que caminaba algo alejada del que parecía su perro. Unos críos se balanceaban sobre una enorme alfombra de caucho sujeta al suelo. Hizo algunas fotos con su móvil. Raro que no le viniera a la cabeza ninguna canción, ningún riff de guitarra, tampoco la melodía de alguna canción. Dio las buenas tardes a un hombre joven con perilla, cerca ya de la verja de salida. Mientras regresaba a su casa iba cavilando el texto de su próxima entrada en el blog. Ya saldrá algo. Al abrir la puerta de su domicilio parecía un tipo feliz, persuadido de lo provechoso de un ejercicio del que pretendía hacer un saludable hábito diario. Año nuevo, pongamos en práctica algunas de las promesas tantas veces incumplidas. Mientras archivaba las fotos en el ordenador recuperó otras antiguas y se las enseñó a su mujer. Mira que guapa estabas aquí, ¿donde era?, en algún pueblo del interior de Cantabria, creo que en Carmona, el verano que estuvimos en casa de tus primos, ¡ah, ya!. Le preguntó si había visto las llaves de casa, contestó que no. Ella tenía sus propios planes, le habían regalado unas invitaciones para asistir esa tarde a la ópera, iría con su hermana mayor. Le pidió prestados los prismáticos.

¿Hablar de Deep Purple, de su álbum "Burn"?, ¿le interesará realmente a alguien?, una banda y una obra sobre la que se habrán escrito cientos de páginas, muchas de ellas definitivas, seguramente mejores que las tuyas. Tú mismo, te arriesgas a que la gente  piense que no merece la pena leerte, ya darán por dicho todo lo que se debe saber sobre la banda y sobre esa obra en concreto. Una más, dirán con razón. Bueno, puedo empezar comentando que compré el disco en mi primer viaje Inglaterra en el año 1974, en la misma tienda de His Master Voice de Oxford Street, un enorme edificio de tres plantas cercano a Marble Arch, quizás eso les enganche. Aquella noche dormí en un albergue de High Kensington Street, un antiguo parque de bomberos reacondicionado que alojaba a las hordas juveniles que invadían Londres por aquellos años. Se levantó del asiento y fue a la cocina a por un botellín de Mahou. Sonaba la cara B del "Argus" de Wishbone Ash -llevaba ya unos días dándole un repaso a la discografía de la banda inglesa-. Además, ya puestos , podría hablar de lo que ocurrió esa misma jornada. Me encontraba apoyado contra un árbol en Hyde Park leyendo el Melody Maker, edición de la primera semana de Julio, en la sección de anuncios aparecía un texto que decía: "another Bernie Taupin looks for another Elton John". Un chiquillo se separó de una hilera de colegiales y se acercó para soltarme una perorata de la que no entendí ni papa, ahora que lo pienso, tenía un gran parecido con Guillermo Brown.

Extrajo el disco y dentro de la funda halló unas hojas impresas que hablaban sobre la muerte de Jon Lord en Julio de 2012. En una nota manuscrita leyó algo relacionado con la llamada telefónica de su amigo el Puñi en la que le anunciaba la muerte del teclista. En ese instante paró de teclear y se quedó pensativo. ¿Voy por buen camino? Recuerdo como a partir de esa fecha programé en su homenaje una audición completa de la obra de la banda. Publiqué mis comentarios en una revista digital y al poco tiempo alguien me había añadido al "Purple Reign...Fans of Deep Purple", una plataforma internacional de pirados de la música del grupo de Hertford. Pasó las siguientes horas reuniendo una serie de datos sobre la banda y su obra "Burn" (Purple Rcds, 1974) y le extrañó no encontrar tanta información como inicialmente preveía. No habría más remedio que seguir echando mano de la propia experiencia. Le llamó la atención, eso sí, algo que desconocía, la venganza de Ritchie Blackmore contra los promotores de los festivales en Plumpton (National Jazz & Blus Festival) en agosto de 1970 y en el Ontario Motor Speedway de San Bernardino (California Jam) cuatro años más tarde. Yes y Emerson, Lake & Palmer pagaron los platos rotos. Se entretuvo viendo por youtube parte de este último concierto, la escena en que los roadies de Blackmore, siguiendo sus instrucciones, prenden fuego a parte del equipo de sonido. Este hombre, pensó, estaba genialmente loco. Creyó oír lejanos aplausos de aprobación a partir de ese momento.

¿Debo hablar ahora de la portada del álbum?, -pero esta acción transcurre ya en otra mañana-. ¿Decidirá hacerlo?. Lo hará, no les quepa duda. Le gustó la imagen con los bustos encerados de la formación de la banda, la conocida como la Mark III de Blackmore, Coverdale, Hughes, Lord y Paice. En el anverso del disco sus cabezas sostienen unas velas recién prendidas, en la parte trasera ya se han consumido parcialmente y la cera ha comenzado a desfigurar sus rostros. El color púrpura, la galleta interior con ese mismo tono del sello propio de la banda, le dio pie, lo recuerdo ahora, para organizar una Fiesta Púrpura con la pandilla de entonces, un verano de hace muchos años. Fue la primera vez que tomé ácido, no eran nada del otro mundo los que entonces circulaban por ahí, tan solo una caótica pero intensa visión de imágenes y líneas de colores cuando ya estaba acostado. En la portada aun se conservan la etiqueta de HMV con el precio de 2,25 libras esterlinas y los logotipos que acreditan la propiedad de la Familia. Repasa en este momento las notas que tomó ayer de madrugada mientras se desesperaba porque no llegaba el final del "Inland Empire" de David Lynch.

Ha dejado de fumar y, aunque hurte su intimidad con esta declaración, les diré que cada noche se da un par de golpecitos con los pulgares en el pecho para celebrarlo. Buen chico. Si, ya les digo, desde el principio de este año en el que, por lo visto, nadie confía -se avecina un nuevo cataclismo económico y a mí me va a pillar con los pulmones algo más limpios-. Un consuelo. Inesperadamente busca alguna relación entre los textos de las canciones del disco y los poemas de "Libros Proféticos I" de William Blake, igual por aquí puedo sacar otro hilo argumental. He de confesar que hasta la llegada del capítulo dedicado a  "Vala, o los cuatro Zoas", el texto promete, después ya cuesta digerirlo. Piensa que la lírica de ambas obras debería coincidir, y es que no era muy ajeno al hard-rock de entonces hablar de mujeres malditas, cielos enrojecidos, fuegos en la ciudad. Pero no, eso solamente ocurre en "Burn", la canción que abre el disco. El resto de los temas se orienta más por las influencias de los nuevos integrantes de la banda, Coverdale y Hughes, el blues y el soul. Aquí se habla de relaciones rotas, personajes buscavidas, chulos, arrepentidos o abusadores, lo típico del inframundo urbano. Blake y los Purple aquí no coinciden. Lástima, tendrá que buscar otra línea.

Una buena base de información, recuerda ahora, es el texto que apareció en las fundas del "Stormbringer" reeditado en 2009. Allí habla de aquel mágico 1974, cuando la banda estaba en pleno apogeo artístico, dos magníficos discos publicados ese mismo año, éxitos de ventas, giras mundiales multitudinarias, el caché de la banda alcanza las 40.000 libras en el Houston Astrodome de Tejas. Sigamos por este itinerario. La mayoría de las composiciones ven la primera luz en los Welsh Marches, las conocidas como Marcas Galesas que fijaron durante la Edad Media la frontera con Inglaterra, también en el Clearwell Castle de Gloucertershire, lugar donde un 23 de septiembre de 1973 fueron presentados en sociedad los nuevos miembros, el cantante David Coverdale, sucesor de Ian Gillan y Glenn Hughes, sustituto al bajo de Roger Glover. Ese texto también menciona a la ciudad suiza de Montreux, ligada ineludiblemente a la historia del grupo. En la Unidad Móvil de los Rolling Stones, por entonces allí desplazada, grabaron en noviembre de 1973 este "Burn" y, ya dando entrada a la leyenda, la misma ciudad sirve de inspiración para la composición del famosísimo "Smoke On The Water" después del incendio de su Casino durante la actuación de Frank Zappa y sus Mothers Of Invention. Aparentemente ha quedado satisfecho, aunque no del todo, volverá a revisar el texto más tarde. Pretende salir a la calle para buscar nueva inspiración pero, en ese preciso momento, llega su mujer. La ópera de ayer, si, bueno, un poco dura, cómo te diría, todo el escenario lleno de pordioseros, no muy agradable. Mueve las manos como si fueran aspas de molinos. Mejor me quedo en casa para que me lo cuente.

Igual que sucediera ayer, esa tarde salió a dar su paseo después de comer. No siguió el mismo itinerario, esta vez se movió más por las calles de urbanizaciones vecinas, no le ladró ningún perro, tienes que llevar siempre tu navajita, sacó algunas fotos, cuatro o cinco. Después del trabajo de la mañana dedujo que ya tenía prácticamente construida la estructura de la entrada. Ya en casa se colocó los auriculares, a continuación leyó con atención los textos de todas las canciones, hizo alguna que otra anotación resaltando las aportaciones de los distintos miembros de la banda. Mientras esto sucedía, la ausencia impuesta de nicotina le obligó a ingerir un par de onzas de chocolate. No pasa nada. Sigue descalzo. La transcripción que ahora continúa pretende reflejar fielmente sus pensamientos sobre esta obra. 

Me llama la atención una cualidad especial en los riffs de Blackmore. En todos ellos aparece su marca personal, líneas instrumentales inicialmente cortas, pero muy poderosas, que se van adueñando de la canción -suena ahora "Silver Shoes" de Wishbone Ash-, mejor levanto el "There´s The Rub" del plato, me está distrayendo. En "Burn" es patente esa feliz incautación, la melodía cabalga casi en exclusiva a partir de la guitarra de Ritchie hasta que, casi al final, los teclados de Jon Lord aparecen como contrapunto instrumental. Interesa mencionar especialmente la aportación del teclista en este disco -aun quedan algunos toques de rock progresivo-, teniendo sobre todo en cuenta cómo su influencia en el sonido de la banda había quedado relegada desde que Blackmore se hiciera con las riendas. "Might Just Take Your Life" realza de nuevo la cuota de Lord, el prólogo y epílogo del tema son magníficos. Otro tanto ocurre, esta vez con Ian Paice, en la batería del "Lay Down, Stay Down". Su golpeo es rápido, ocurre a veces que es difícil seguir el endiablado tráfico de sus baquetas. "Sail Away" es un tema redondo, con una estructura acertadamente definida. Los distintos tonos vocales de Coverdale y Hughes, más barítono el primero, el segundo más cándido, otorgan a la canción un contraste delicioso. Aquí también acontece el pulso instrumental entre Lord y Blackmore, algo que veremos en las canciones que integran la siguiente cara.


Tuvo que dejar lo que estaba haciendo. Una inesperada visita le obligó a salir al ruedo para saludar. Vaya por Dios, a ver si siguiendo su maldita costumbre esta vez no me besa cerca de la boca, su aliento no es que sea de Chanel nº 5. Afortunadamente la visita duró un té con leche, volveré hacia las 10 y media, para cenar mira lo que tienes en la nevera. A pesar del gran nivel de la primera cara prefiero la B, y eso descontando ese engendro progresivo instrumental de ""A" 200", favorito por cierto de Coverdale en su época inicial con Whitesnake. En "You Fool No One" la mencionada tensión instrumental Blackmore vs Lord alcanza magníficas cotas, igual que ocurre en "What´s Goin´ On Here" y "Mistreated", para mí los dos mejores temas de "Burn", aunque en este último la presión del guitarrista se hace mucho más patente. La voz de Coverdale, el bajo de Glenn y la batería de Paice funcionan en ambas canciones con la precisión del mejor relojero de Montreux. Debo decir que le agradó este nexo semántico. Cuando le telefoneó su hijo para pedirle su opinión sobre un contrato de alquiler ya tenía prácticamente terminado el texto.

Cuando concluya la entrada bajaré de nuevo la aguja sobre el quinto álbum de estudio de Wishbone Ash -no es casualidad que lleve hoy puesta una camiseta de la banda con un dibujo emulando la portada de su "Live Dates" de 1973-. Dos jóvenes vecinas se exponen aleatoriamente desde la ventana de su cocina, justo enfrente de mi cuarto. No te despistes ahora, es tan sencillo como rematar la faena hablando precisamente ahora de la gran expectación que causó la aparición de "Burn" en febrero de 1974. La salida de Gillan y Glover había causado cierta inquietud en los ya numerosísimos seguidores de la banda. Si bien es cierto que la influencia blues en "Burn" era más patente, no por ello dejaban de sonar a Deep Purple, el toque hard-rock de sus inolvidables "In Rock" y "Machine Head" seguía vigente. Pero esta obra marca el inicio de la pérdida de confianza de Blackmore en el futuro de la banda. Ya en el "Stormbringer" de ese mismo 1974 , su última grabación como miembro original, la nueva deriva musical, más funky incluso, le convencerá para abandonar el barco y buscar una continuidad del sonido original de los Purple en su nuevo proyecto, Rainbow. Aquí finalizó su texto. Me encuentro obligado a asegurarles que, después de las correcciones y variaciones a las que sometió el borrador original, lo que han leído se asemeja en gran parte a lo que el autor pretendió desde un principio, que se entretuvieran ustedes un rato. Doy fe de ello.




10 ene. 2019

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2018 II


Punto y final a la segunda serie de las imágenes seleccionadas durante el año 2018. Recomiéndase pinchen en la fotografía inicial para así tener una visión más amplia de la misma. Confío en que hayan disfrutado ustedes lo mismo que un servidor lo hizo al tomarlas.

1.- DOBLE LÁPIZ DE LABIOS


2.- MEJOR EN LA DIRECCIÓN OPUESTA


3.- DESCANSO ABANDONADO


4.- NO ACERQUES EL DEDO


5.- ¿DÓNDE DICES...?


6.- MARÍA SINTÉTICA


7.- ADIÓS A MI HUESO...


8.- MUY FUCK YOU


9.- AVINGUDA DIAGONAL EN HORA PUNTA


10.- ESTA SE HA COLAO...




6 ene. 2019

ÁLBUM FOTOGRÁFICO 2018 I


De cómo de una afición ya lejana preténdese surtir provecho y regocijo para grandes y pequeños. Invitados quedan vuesas mercedes a observar con sosiego cómo al autor le alienta el espíritu en estas imágenes, que no la técnica, pues de esa industria carece.

1.- VOLANDO VOY...


2.- LOS PELIGROS DE LA NOCHE


3.- ¿Y TÚ QUE MIRAS...?


4.- POCO CIELO


5.- EN LA PRADERA


6.- FAROL INGLÉS


7.- MOCIÓN DE CENSURA


8.- ESPEJO ABSTRACTO


9.- NO TE PREOCUPES RUFUS


31 dic. 2018

Y FELIZ LIBRO NUEVO



JUANJO MESTRE                   "1050 DISCOS CARDINALES"
Comienzo a escribir entre líneas a las 18:45 de una tarde de domingo, víspera de un fin de año marcado por el desplome generalizado en las cotizaciones bursátiles. Jerry García anuncia a la audiencia del Capitol Theatre de Passaic (Nueva Jersey) la rotura de uno de los auxiliares del kit de la batería, justo después de terminar el cover del "Samson And Delilah". Sigue "Terrapin Station", la extensa live-jam que los seguidores de los Dead amamos especialmente. Apenas he comido. Las tapas de un aperitivo y, vuelta a casa, un rioja y prolongada lectura del periódico. Salgo después a la calle. La temperatura más bien parece la de los partes de tregua en la batalla de Guadalcanal. Un variado conglomerado de parejas, matrimonios jóvenes (empujando cochecitos como atontados), personas mayores cogidas de la mano, jubilados sin rumbo fijo, latinos con gorra navideña de los Nets, pasean. Me siento en la taberna de siempre, en la terraza, a la luz de un eco que es más bien psíquico. Pido a Fran un ron con un par de hielos y una corteza de limón. Comienzo la lectura de un número atrasado de Babelia sobre Manuel Vázquez Montalbán. Una pandilla de treintañeros aparece intempestivamente ocupando el resto de espacio disponible. Ellas dan las gracias a Fran cuando les sirve, ellos elevan la voz para seguir contando chorradas. Siento pisoteada mi intimidad y me levanto. Pago la consumición. Ella me mira apoyada en la barra.

Antes, en una mañana delimitada, acabé de leer "1050 Discos Cardinales" de Juanjo Mestre. Colgué las sábanas de la cama. El "Doledrum" de The La´s seguía martilleando felizmente mi cerebro. Imaginé un escenario en que me quedaba encerrado en el tendedero. Anduve desde entonces buscando la cubierta de un disco en que aparezca esa imagen. Desarrollar una historia parecida a la de "La Cabina" de Antonio Mercero. Me asomo a la ventana de mi habitación. Recuerdo cuantas veces mi hija se chotea ante mis discursos privados, "¿De qué hablas contigo mismo papá?, cuéntame, ¿de qué va la cosa.? Bueno, resulta que en la hilera de enfrente cabrían siete coches bien aparcados en batería y nunca se da esa circunstancia, cada cual aparca como le da la gana". Debo parecerle un tipo de orden. Me gusta el peso específico del libro de Juanjo Mestre, pesa bien, no se escapa por la tangente, se acopla perfectamente al hueco de mi mano herida. Además, su obra se ha ganado el derecho a estar situada muy a mano, cercana a aquellos lugares escogidos en los que siempre hay luz, tabaco y bebida.

Conocí a Juanjo gracias a su blog de música ESPACIO WOODY/JAGGER, allá por 2012. ¿Llovía en Valencia cuando caminaba de noche por una de sus calles y entré en un cine?. "¡Oiga!, no he venido aquí a escucharle a usted roncar!", me enfrenté resueltamente a un tipo sentado a mi izquierda. Si que llovía a cántaros en aquella secuencia en la que la banda sonora de la película "Death Or Alive"  interpretaba el "Don´t Bang The Drum" de The Waterboys. Reconozco que sentí algo muy especial. Escuchaba el "This Is The Sea" (Island Rcds. 1985), desde unos años antes y ya desde la primera audición me pareció una obra sísmica, situada en otra dimensión, incluso más allá. Muchos años después Juanjo comentaba la entrada que hice sobre el disco: "...no creo que vibre la ciudad (Valencia) tanto como con la banda de Mike Scott". Desde entonces mi relación con él es la de un conciudadano de bien, compinche fiel y feliz, y se basa fundamentalmente en nuestra común querencia por un disco descomunal, un estremecimiento compartido.

Lo primero que me sorprende de "1050 Discos Cardinales" es su compactación. El libro crece con naturalidad, desde los Prólogos e Introducción iniciales de presentación hasta las últimas páginas del Epílogo y numeración del ejemplar. Es un crecimiento el suyo propiciado por el empleo de adecuada materia orgánica y selectivo proceso de sedimentación, es decir, están los abonos muy al principio, los fermentos encuadrados en los artistas de "Los 50´s" y, ya al final, los protagonistas de la última añada, la del actual 2018. Allí, en los límites perfectamente delimitados por el autor, el lector observa el crecimiento del naranjo, sus explosivo arranque en la década de los 60, su asentamiento vertical en los 70, sus algunos titubeos en la siguiente década (donde, no obstante, aparecen algunos de sus mejores frutos), su fuerte ramificación en los 90, para, ya en este mismo siglo que nos ocupa, asistir a una eclosión frutal que, el patrono de los naranjales no lo quiera, amenaza con romper el cesto de los recolectores. Todo se encuentra alineado y en orden. El diseño de la plantación es el correcto, el tránsito por los rodales adecuado. La poda en su momento. Del riego, elemento fundamental, se encargan el mismo autor y Waterboy Mike Scott, encumbrados profesionales de la cosa. Cristina Benavente diseña el parterre y la floresta. 

En el jardín de la urbanización han colocado unos cuantos árboles sintéticos que simulan una ornamentación navideña. Cuando cae la noche brillan sus pequeñas luces blancas. Un ganchillo tejido por diminutas lunas compite con la Diosa Madre. El cableado negro se asemeja a una procesión de babosas. El gato gris grisísimo y los canes merodean a su alrededor sin atreverse a olisquear los enchufes. Son cuadrúpedos y por eso son sabios. En un ambiente más auténtico, menos impostado, conocí personalmente a Juanjo Mestre. Creo recordar que fue en la IV Convención de los Kinks celebrada en el Café Comercial de Madrid, allá por la primavera de 2016. Asistimos después al club El Intruso para ver un concierto, posiblemente de Malcolm Scarpa. Finalizamos la jornada en otro garito donde pinchaba uno de los nuestros. Allí, junto a Juanjo, nos reunimos muchos globeros llegados desde Valencia, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Albacete, Bilbao. Desde entonces todos amigos, hermanados por un imparable caudal de corriente trifásica. Allí vi su cara de naranja peluda por primera vez. Me gustó su pasión, su grado de implicación con la música, el aura mediterránea de su acento.

La segunda sorpresa de este "1050 Discos Cardinales" hace referencia al principal adverbio empleado, el del mismo título. Repaso los distintos significados de cardinal en el Covarrubias y elijo el más conveniente, el 3º: "Y para concluir, las cuatro virtudes morales: Justicia, Fortaleza, Temperancia y Prudencia, llamamos cardinales, porque en ellas, como en quicios principales, se mueven todas las demás. De consideración tan alta hemos de dar una baja tan grande, que no pueda ser más". Ahí, en esa última frase, reside el secreto. No cabe más porque en ese listado de los 1050 están todos los que Juanjo ha elegido como favoritos. Están también los que no se encuentran (o se hallan entre líneas, en las numerosas menciones y referencias que de ellos se hace), pero el autor ha preferido sortearlos con el fin de manejar una base de datos que no acabara convirtiéndose en un álbum de cromos demasiado pesado. Se lo agradecemos, porque si hubiera hecho lo contrario dejarían de ser cardinales para pasar a la consideración de abuso. Todo en su justa medida, como debe ser.

Concluyo. Nos hacen mucha falta autores que publiquen libros sobre nuestra música, que expongan sus trabajos en los estantes de las librerías. Creo que es necesario, además, que provengan de la cantera cada vez más mermada de los blogs musicales, que salgan a la luz, rompiendo si fuera posible, la exclusividad que otros autores ya consagrados ejercen en los medios generalistas del sector. Y así debería ser porque en esa plataforma es donde se se suelen cobijar los autores más comprometidos, más entusiastas. Juanjo Mestre es uno de ellos. Con la publicación de este su "1050 Discos Cardinales" ha dado ya un paso de gigante en su papel de cronista oficial de un acontecimiento cultural sin parangón en los últimos 70 años, el de la música rock.

21 dic. 2018

FELIZ NAVIDAD




THE LA´S                               "THE LA´S"
¿Comedia o tragedia?..., me preguntaba cual era la manera más adecuada para resumir una serie de alteraciones que me estaban ocurriendo durante las últimas semanas. El caso es que ya venía anticipando un extraño estrés, algo raro porque, en mi condición de semoviente de alfalfa y prado, nunca antes había padecido algo semejante. Sin motivo aparente una alargada sombra de ansiedad ocupaba la mayor parte de mis días, algo me empujaba a vivir en un estado de ira continuada, de persistente mal humor. Dentro de mi cerebro se encontraban dos contrincantes echando un pulso que yo no sabía como resolver. Una sensación de alambres me arañaba y no encontraba la forma de saltar la valla. ¿O se trataba quizás de un augurio fisiológico?. Sabía que la falta de ejercicio físico produce algunas veces mudanzas de carácter de cierta importancia (no por casualidad las boñigas olían a azufre). Pero lo que realmente más me preocupaba era que cualquier cosa que me sucedía, sin un orden alfabético aparente, me cabreaba profundamente. Si recogiendo la colada un calcetín caía al suelo, echaba pestes, si algún anuncio publicitario se cruzaba sin permiso en mi camino, aborrecía en endecasílabos, si esperaba más de la cuenta en la cola del autobús, execraba ante todo conductor municipal puesto a tiro.

Las cosas se torcieron aun más cuando el ordenador decidió dejar de funcionar. De acuerdo..., debo reconocer que ya es viejo, a punto de superar la edad media de supervivencia canina, pero eso de dejar tirado a su dueño, el que le da de comer (el mayor vínculo en cualquier existencia) así, sin previo aviso y por sus santos píxeles, no se le hace a un amigo. Les evitaré los pormenores del arreglo, también los referentes a la factura de tres cifras que tuve que pagar en efectivo. Un agujero negro más en un mes, Diciembre, del que, hasta este año, siempre había recibido buenas sensaciones. Les ayudo por si no lo deducen, aquello del mucho frío en días soleados, un espejismo aquí en la meseta central del culo del profeta. 

La crudeza de los acontecimientos no quedaría compensada sin mencionar unos antecedentes que, vistos ahora desde la distancia, me sirven de alivio. -¿Fueron acaso un fiel reflejo de la dualidad del universo?-. A finales de Noviembre asistí a un concierto de Supersuckers con mi amigo Gonzalo y otros colegas de  la República de Carabanchel. La sala Gruta 77 es uno de esos garitos donde se debe sudar la camiseta, bailar con los vecinos en la pista de coches de choque y alzar el puño de una revolución que nunca será televisada. Unos días después cené con una pareja de grandes amigos con los que me reencontré después de décadas. Hicimos planes para ir al sur de cristales azulados en Marzo o Abril. Estuve en El Sol viendo a Matthew Sweet y, en la misma semana, en El Ocho y Medio, asistí al concierto de Guadalupe Plata (tuve pase para ver a los músicos en el backstage, les hablé de mis antepasados de Guarromán, me firmaron además su último disco). Como si se tratara del pitillo del condenado a muerte, leí con avidez a Unamuno y Lawrence Durrell, soñé con cosas rarísimas, lodazales dentro de un BMW, cambié una lámpara en un pasillo de Vallekas, saboreé excelentes quesos elaborados por mi sobrino Nacho, me alegré infinito por mi hija cuando me confesó que llevaba un mes entero sin fumar.

¡Ah, pero ese dedo infame!, ese..., que se sepa, el meñique de la mano derecha, propició la peor jugarreta de la última semana. Ya tenía prácticamente finalizada mi entrada. Hablaba sobre un grupo favorito de Liverpool, The La´s. La inspiración original me encontró entonces en la cocina pelando cuatro huevos duros, - la olla contenía más de legumbre que de vaca y carnero-, recuerdo perfectamente el inicio. Aparecía el protagonista, Lee Mavers, principal compositor de la banda, deambulando por el Rastro. Empezaba a llover, él se cobijaba en un puesto del que yo era propietario. Iniciamos una conversación salpicada de cambios narrativos (siguiendo el estilo de Durrell), el pulso cerebral del que antes hablaba pretendía trasladarse al texto. Mi querencia sobre un disco, su primero homónimo (Go! Discs Rcds, 1990), chocaba contra la opinión de un Lee Mavers en estado catatónico, un cerebro poseído por el tam-tam de los primeros esclavos negros. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que ese puto dedo meñique golpeó -¿conscientemente?- una letra del teclado y todo despareció, todo, el borrador entero de dos semanas y media de intenso trabajo. 

Aquí o allá, la ubicación de la siguiente frase de Paul Valéry podría tener cabida en cualquiera de los espacios temporales del texto: "La merde, la merde toujours recommencée". ¡No lo podía creer!, ¡todo al carajo!, vuelta a empezar de nuevo. La inmensa ira ante lo injusto. El muro de Jericó cayó como una construcción de naipes. Pocos minutos después llegó el cartero con una requisitoria de la Agencia Tributaria donde me comunicaban que la declaración de la renta estaba sujeta a inspección. Días antes había perdido la pista a una colección de discos de Focus que había adquirido pujando en una casa de subastas holandesa. Mi mujer me confirmó que seríamos 13 personas para la comida de Navidad en nuestro salón, apenas 30 metros cuadrados disponibles. Salí a la calle sin rumbo fijo. Dios hizo el saludo nazi y la mañana era gris. Me negué a saludar a la vecina cuando me crucé con ella. Dejé la basura en cualquier esquina de la escalera. Antes puse un nacimiento marciano.

Resulta una obviedad afirmar que el disco homónimo de The La´s es una maravilla, una de las cumbres de la música inglesa de los primeros años 90. Prefiero escucharlo desde la memoria, acaso soñarlo, y confiar en que lo que surja a partir de ahora le haga justicia. Confieso que según me introducía en su adentro más me sorprendía. La propia opinión de Lee Mavers, su alma mater (principal compositor y guitarra rítmica de la banda), contradice la visión unánime de una crítica y aficionados que lo valoran con altísimo rango. Lee Mavers se refiere a su obra como auténtica basura, un invento de los numerosos productores que ultrajan su sonido, convierten grandes canciones en un pop à la mode de entonces. Nada que ver con el sonido que pretendía. Habla de unas guitarras acústicas que apenas se escuchan, las guitarras eléctricas parecen estar desenchufadas. La misma portada del disco, continua en sus críticas, no dice nada, nada transmite de la historia de la banda, compleja y llena de altibajos. The La´s buscaban el sonido primigenio de The Beatles, el de The Cavern, antes de mudarse a Londres para producir en cadena música para niñas ricas y aburridas.

Intento recordar los comentarios que escribí sobre las canciones antes del desastre nuclear. En "Son Of A Gun" hablé de una magnífica presentación en apenas dos minutos, de capas de guitarras limpias, atrevidas, de una voz de Lee que funcionará como patente de corso (Inglaterra, nación de piratas, León Felipe dixit) durante toda la grabación. De "I Can´t Sleep" creo recordar algo referente al trote de la canción, las guitarras no tensan las bridas, la dejan suelta procurando un feliz viaje. "Timeless Melody" tiene una manufactura casi manchesteriana. Una de las joyas del disco, es atemporal (recuerdo ese adjetivo, muy a tono con el título del tema), procura una emoción que va creciendo según se desarrolla su melodía. De "Liberty Ship", tiene un tempo más sosegado, más de ensayo entre amigos. Terminé el párrafo (siempre el séptimo, dedicado a la cara A) hablando de "Doledrum" e intenté igualar su cadencia a la de la canción anterior. Terminé admitiendo que me parecía una composición más conseguida, más de banco de parque que de campiña.

En "There She Goes" no hice entonces ninguna mención a la heroína, problema con el que entonces tenía que lidiar Lee Mavers. Su lírica parece dar a entender su influencia, aunque algunos de sus allegados y otros críticos rechazaron en entrevistas posteriores esta visión. Recuerdo que dediqué a esta canción, como ahora hago, un párrafo en exclusiva, lo merecía. Es de una grandeza abrumadora, se basta así misma (me acuerdo perfectamente de esa frase... y de la que seguía), "navega empujada por un viento emocionante". Confieso que estuve comparándola con la versión de "The Kitchen Tapes", unas cintas grabadas como demos antes de la edición del Lp, y debo confesar mi asombro. Dos versiones distintas, la oficial del álbum, con Steve Lillywhite como productor, la otra grabada en Devon, en la casa de los padres del entonces capo de Go! Discs Records, Andy McDonalds. La primera eléctrica, la segunda acústica, las dos parecen complementarse, una representa lo que fue, la otra lo que pudo ser, esta última versión es la favorita de Lee Mavers.

A partir de este párrafo se produjo el crack del 29, ya saben, la historia del dedo meñique. Todo lo que se transcribe a continuación es fruto de la sorprendente pérdida del paraíso terrenal. Dudo entre dejar que la aguja recorra todos los surcos de la cara B o ir canción a canción; hablar de lo general o limitarme a lo particular. De hecho, los dos primeros temas, "Feelin´" y "Way Out" tienen un sabor Beatles incuestionable, del añejo, del de antes de las condecoraciones del Imperio Británico. Cuando suenan "I.O.U" y "Freedom Song" decido colocarme contra las puertas del armario, mido la distancia hasta el plato del equipo, dos metros y medio, espero sensaciones. Son ambos los típicos temas de más o menos. Más lentos, menos arrollladores, más rítmicos, menos elaborados, más agudos, menos graves. Ambos le dan también al disco un toque más o menos festivo, menos de "Penny Lane", más del "Have A Cuppa Tee" del dos décadas anterior "Muswell Hillbillies". "Failure" es el tesoro escondido del disco. Anticipa un muro ramoniano, una agresividad Dead Boys, una chulería Wreckless Eric. Excelente ejercicio de puro rock´n´roll. Cierra el disco "Looking Glass", una extensa balada acústica enriquecida por los arreglos orquestales de Mark Wallis y Donald Hodgson. Permítanme que en este momento reivindique el tanto de George Best ante el Benfica de Eusebio en la final de la Champions de 1968.



A Crosby, por un año más de hermandad.




28 nov. 2018

ELOGIO DEL CLUB FRIARS




COCKNEY REBEL                    "THE PSYCHOMODO"
La ciudad de Aylesbury es justamente reconocida como una de las más bellas de la campiña central inglesa. Su indudable atractivo se acrecienta por el brazo fluvial que, aprovechando el esqueleto del Grand Union Canal, la une hacia el oeste con Marsworth, los extensos valles que bajan desde las Colinas de Chiltern la inundan de un color y luz especial. El paisaje, medido al raso de sus parques, canales y desde el coqueto cementerio de la Iglesia de St. Mary, se encuentra a menudo tamizado por una atmósfera delicada, de entrepaño, la calma se rompe cuando los cambios de temperatura anuncian su llegada. Pareciera entonces como si en Aylesbury se hubiera detenido el tiempo del sueño, la historia de la ciudad y su entorno girasen alrededor de las antiguas leyendas de John Barleycorn. ¿Cómo es posible que en un paisaje tan ensoñador confluya también uno de los epicentros más roqueros de las Islas Británicas?

El club Friars de Aylesbury cumplirá su cincuenta aniversario el próximo año. Sin duda uno de los grandes santuarios de la música rock en vivo del Reino Unido, abrió por primera vez sus puertas en Junio de 1969 con un cartel compuesto por el cantante y compositor de folk-blues Mike Cooper y por la Mandrake Paddle Steamer, una banda curiosamente ya catalogada entonces como post-psicodélica. Acudieron al local unas doscientas personas y Dave Stopps (uno de los gerentes y alma mater del club), reconoció haber perdido 35 libras esterlinas, una pequeña fortuna por aquella época. Desde esa fecha, todos los lunes por la tarde, el club Friars presentó ante su habitualmente nutrida audiencia a un buen número de los grupos punteros ingleses, Black Sabbath, Mott The Hoople, King Crimson, Genesis, Gong, Fruupp. Pero el cénit de las actuaciones en directo tiene lugar el 29 de enero de 1971 cuando David Bowie, a tan solo cuatro meses de publicar su "Hunky Dory" (RCA Rcds, 1971), presenta en Friars su nuevo papel como el Ziggy Stardust acompañado por The Spiders From Mars. Representantes de todos los medios musicales de Londres, además de algunos periodistas norteamericanos llegados ex profeso la víspera, asisten, junto al público asiduo que abarrota el club, a un concierto que cambiará, para bien y para siempre, la historia de la música rock.


Stephen Malcolm Ronald Nice, nombre completo del siguiente protagonista, Steve Harley, nace en Londres, en el área de New Cross en 1951. Su primera infancia está marcada por la enfermedad del polio, afección que se prolonga hasta bien entrada su adolescencia. El retraimiento consiguiente sirve a un muy joven Steve para aficionarse a la literatura y a la música, Eliot, Lawrence, Woolf, Hemingway, Steinbeck y Dylan le acompañan durante todos esos años. Como instrumentista se inicia con la guitarra española y el violín. Entre 1968 y 1971, ya recuperado después de varias operaciones quirúrgicas, Steve se dedica a trabajar en la prensa como articulista hasta que en 1972 decide dar el salto definitivo y centrarse en su verdadera pasión, la música. En ese verano le vemos actuando como músico callejero en Portobello Road, en el metro, también en algunos clubes del circuito folk londinense. Sus compañeros de cartel suelen ser John Martyn, un Ralph McTell cuyo inolvidable "Streets Of London" ya ha adquirido cierta fama, Martin Carthy o Julie Felix. Forma parte de Odin, una banda también en la onda folk, en la que comparte guitarra rítmica con dos de los que serán compañeros y miembros de su futuro grupo Cockney Rebel, el violinista Jean-Paul Crocker (recien salido de una breve colaboración con Trees), y el batería Stuart Elliott, acompañante del astro pop Adam Faith en sus recientes giras y, como muchos otros músicos por entonces, miembro de varias bandas de rock sin mayor incidencia comercial.

Ya a mediados de 1972 Steve ha logrado conformar una banda a su antojo, seguidora inicialmente de un criterio musical que debe al glam su imaginario preferido, el ambiente ideal que le servirá de escenario durante una buena parte de su carrera. La lírica de sus textos, fruto de las influencias que como lector vivaz adquirió durante su enfermedad, incorpora a su propuesta un tono de esotérica brillantez; además, el premeditado rechazo de la guitarra eléctrica, como instrumento base del sonido de la banda, la hace partícipe de una atmósfera especial. Para ello se sirve del mencionado Jean-Paul Crocker al violín eléctrico y, sobre todo, de un Milton Reame-James que, incorporado en Julio de 1973, hace maravillas con su piano Fender-Rhodes. El empleo medido y brillante de estos instrumentos, junto a  la magnífica voz de Steve, muchas veces afectada, como si estuviera representando el papel de un cantante de cabaret, consiguen que su apuesta sea considerada por la crítica no exactamente original pero si felizmente continuadora de los pasos dados por David Bowie unos años antes. Su paralelismo estilístico con el astro de Brixton, quizás menos educado literariamente, pero con mucho mayor genio compositivo y más amplia exposición mediática, compartido (amistad incluida) con un Marc Bolan que ya por entonces presumía, sin el menor atisbo de humildad, de ser el número uno de la escena ("Electric Warrior" y "The Slide" ya se han publicado), constituyen uno de los triunviratos de la mejor música pop inglesa en los comienzos de la década de los 70.

Es a finales de 1972 cuando Mickie Most levanta la liebre viéndoles en concierto en el Speakeasy de Margaret Street, mítico club donde se suelen dar cita los más famosos músicos, mánagers, representantes de sellos y promotores, además de algunos personajes extremos de la noche londinense (Laurie O´Leary, su principal representante entonces, trabajó unos años antes como empleado en el Esmeralda´s Barn Club de los gemelos Kray). El presupuesto de Most para ficharles no puede competir con la oferta de EMI y, a principios de 1973, Cockney Rebel firma un contrato por tres álbumes con el más prestigioso sello inglés. "The Human Menagerie", grabado entre Junio y Julio de 1973, es el primero de ellos. Producido por Neil Harrison, un dramaturgo especialmente elegido por el propio Harley (lo encontraremos algunos años después en el musical "Beatlemania" y formando parte del The Beatles Bootleg, un cameo al que tan aficionados son los ingleses de cierta edad), incorpora, como bajista oficial del grupo, a un tristemente malogrado Paul Jeffreys (fallecido en el atentado del vuelo 103 de la PAN AM, en Lockerbie 15 años más tarde). También a Geoff Emerick, ya entonces consagrado como uno de los mejores ingenieros de sonido de la industria, además de un joven y brillante Andrew Powell en los arreglos orquestales. El single "Sebastian", que antecede en el mercado al álbum, consigue el éxito en Bélgica y Holanda pero no así en el Reino Unido. A pesar del buen recibimiento de la crítica, este su primer Lp correrá la misma suerte.

Su segundo álbum con EMI, "The Psychomodo", grabado en varios estudios londinenses durante la primavera de 1974 y publicado en Junio de ese mismo año, es felizmente más rico en texturas. La producción conjunta de Steve Harley y un Alan Parsons, ya reputado ingeniero de sonido, colaborador en algunas anteriores grabaciones históricas de The Beatles y a punto de comenzar su exitosa carrera con el The Alan Parsons Project, le otorga al disco un matalotaje especial. Al glam se le añade un tinte de pop progresivo que, analizado en su conjunto, otorga a ese primer estilo, condenado inicialmente más al esplendor del continente que al propio contenido, una mayor caladura, mayor profundidad también. El sonido adquiere un protagonismo más envolvente, late entre los surcos del disco una variable de moderna música de cámara. Antes de sacarlo al mercado, y por imposición de unos ejecutivos de la EMI que aun dudan de la viabilidad comercial del producto final, se publica el single "Judy Teen", una brillante composición de Harley pergeñada en su época folk. "Super troubadour / She can show you more than her lace"..., la imagen fugaz de la groupie del momento queda fielmente reflejada, entre sus líneas se descubre el vacío de las after-hours. El single alcanza un éxito inmediato. Comienza lo que los medios de entonces llamaron la Rebelmania.

Mick Rock, el llamado "fotógrafo de los 70", es el encargado del diseño artístico del álbum "The Psychomodo". Sobre un fondo negro, y con las imágenes de los miembros de la banda en sepia, Steve Harley se muestra tal y como pretende, un actor dispuesto a tomar por asalto el escenario. Las manos abiertas a ambos lados de una cara maquillada, los labios pintados, sombra de ojos, una lágrima cuelga de la mejilla. A su alrededor, los rostros del resto de los miembros del grupo inciden en la representación coral del álbum. He de reconocer que pocas veces he asistido a una subida del telón tan bien interpretada como en la de la apertura del "Sweet Dreams". Los teclados tejen los bordados, el violín adorna con pasamanería, la base ritmica funciona de rodillo, la voz de Steve, clara y transparente, dirige la función. En "Psychomodo" el hilo sigue el curso del peine, la narración referencia unos protagonistas, Quasimodo y Desdemona, que juegan con imágenes extremas, el ritmo es galopante. "Mr. Soft" ofrece al oyente un tam-tam de palacios derruidos, el puente final da paso a "Singular Band", la siguiente pieza, la percusión sigue marcando el tempo, la voz de Steve estira las últimas sílabas ante el confesionario, el primer puente es una conseguida coda jazzística en la que los teclados se mueven entre hadas. "Ritz" cierra la cara A, la melodía gira en círculo, la voz de Steve es indulgente, atempera un fondo espeso que cuadra muy bien con un tono general que parece dantesco.

"Cavaliers" inicia la cara B y continúa con el tono grandioso del anterior tema. En una suerte de nana sinfónica Penélope espera la llegada de los "Caballeros", se le acumulan las imágenes en su estancia, sus símbolos se empujan unos a otros, miseria, ceguera, alas rotas, sombras, bandejas de plata, gardenias blancas, soledad, labios de morgue, caderas, melancolía, todo gira en lamento. "Bed In The Corner" es el tema más glam del álbum. Los arreglos de cuerda le otorgan esa distinción burlesca, de vodevil. La rica orquestación permite contrapuntos en los que la banda irrumpe a saco, dando pie, brillantemente, a la entrada del siguiente tema, "Sling It!," en el que los instrumentos, ya cerca de los máximos sensores de sonido roxyniano, continúan una cabalgada intensa, potente, adornada por un final de cuerda extremo. Al final, en "Tumbling Down", llega el sosiego, la melodía más acusadamente pop, no exenta por ello de la feliz aparatosidad que impregna buena parte del disco, corre por un canal de agua cristalina. El verso de cierre: "Oh dear, look what they´ve done to the blues, blues, blues..." contiene en su repetición uno de los más bellos mantras que este prosista escuchó cuando se publicó el álbum. He de confesar que a fecha de hoy me sigue emocionando.

Cortesía de aylesburyfriars
Volvemos al Friars de Aylesbury. La tarde tiende ya con pinzas mojadas la colada de sus habitantes. Ha llovido a mares la víspera del 25 de Mayo de 1974 cuando Cockney Rebel acude, por tercera vez consecutiva ese mismo año, al club de Market Square. La banda, ya favorita en la localidad, también en las poblaciones vecinas de Luton y Dunstable, ha vendido todas las entradas y presenta, como primicia, algunos de los temas de su próximo disco, "The Psychomodo". A la formación original le quedan los días contados, apenas un par de meses antes de su primera ruptura. Solo el batería Stuart Elliott permanecerá al lado de un Steve Harley que, ya desde el primer momento, ejercía su indiscutible autoridad en la banda. Ante esta postura del líder, Jeffreys, Reame-James y Crocker no tienen nada clara su continuidad y deciden marcharse. Be-Bop De-Luxe, curiosamente la banda que les sirve de teloneros en aquel concierto, les recibirá como nuevos miembros de su formación. A finales de Julio, cuando termina la gira de presentación del disco, la separación ya es un hecho. Los singles "Psychomodo" y "Mr. Soft", publicados meses antes, son éxito en las listas y preludian el del propio Lp. Salvo algunos periodistas que acusan a Steve de fatuo y demasiado presuntuoso, el resto de los medios está a sus pies. La mencionada Rebelmania había comenzado a surtir los efectos deseados. Con la desaparición de esta primera formación original de Cockney Rebel, el glam, en una de sus versiones más atractivas, pierde uno de los eslabones de su cadena.








9 nov. 2018

EL ROCK Y LAS CIUDADES VIII: NUEVA ORLEANS




FATS DOMINO                      "ROCK AND ROLLIN´WITH FATS DOMINO"
Salimos de Houston a las 6 en punto de la mañana. El día anterior revisamos todos los niveles y repostamos al completo el depósito del viejo Ford Edsel Corvair. Me gusta comenzar un largo viaje a primera hora, además, siempre que puedo, procuro hacerlo en ayunas. Manías. Trump debe seguir durmiendo, no ha pasado aun ningún tuit. La temperatura era ya entonces alta y el parte metereológico anunciaba tormenta eléctrica hasta la frontera con Lousiana. Tomamos la US-90 E bordeando Baytown por el norte para continuar por los condados de Harris y Liberty, antes de llegar a Beaumont. Me siento cómodo conduciendo por esos extensos paisajes llanos y húmedos del Este de Texas. La carretera se asemeja a una larga serpiente de acero, el reflejo de la lluvia contra el asfalto vibraba con colores dorados. Ya en Beaumont tomamos la desviación al aeropuerto, dirección Port Arthur, nuestra intención era visitar la exposición permanente de Janis Joplin en el Museum of The Gulf Coast. Según entramos en la zona portuaria de la ciudad un inconfundible olor petroquímico invade la atmósfera. El parking de la calle 4 está completo y el restaurante más cercano se encuentra bastante alejado del Museo. Empiezo a percibir la misma animadversión que la estrella tejana sentía por esta ciudad. Compramos la entrada, 8 dólares por cabeza, y nos entretenemos un buen rato en la sala dedicada a Janis. Tengo tanta hambre que me comería mi propio puño sazonado con alguna salsa criolla, así que a la salida de Port Arthur decidimos entrar en Louisiana por la 87, cruzar los Lower Neches hasta Bridge City por la frontera natural del Río Sabine y buscar en la carretera un sitio para almorzar algo.

Al llegar a Orange paramos en una gasolinera, solo para ir al servicio y hojear la prensa del día. Antes de salir con dirección a Crescent City ya tengo mi plan decidido. Pasamos por la ciudad de Lake Charles y en la intersección con la Interestatal 10, poco antes de cruzar el Calcasieu Bridge, resuelvo abandonar a mi compañero de viaje. Mientras se baja en el primer arcén del lago Westlake para tomar unas fotografías, acelero y salgo disparado sin despedirme. Ha dejado de llover, sale el sol y el viento comienza a soplar con fuerza. Mientras el Ford Edsel Corvair va cogiendo velocidad abro todas las ventanas y el viejo acero cromado del 57 despega hacia un cielo ya completamente despejado. Vuelo por encima de la autopista, cada vez más alto, lo suficiente para contemplar El Árbol de la Vida. El tronco del Mississippi se yergue fornido hacia el norte, hacia Memphis, Sant Louis, Davenport y Minneapolis. A su derecha, el Tennessee y el Ohio, a su izquierda, el Arkansas y el Missouri, llegan hasta los confines de la Costa Atlántica y la frontera canadiense. El mapa fluvial del continente americano se asemeja al atlas mental de sus neuronas, el inmenso país palpita en toda su extensión de grandes y pequeñas venas abiertas. Quiero confiar en que Bola de Sebo, mi desahuciado colega, recuerde el lugar de nuestra próxima cita. El 1208 de Caffin Avenue, el domicilio reconstruido por Fats Domino después del desastre del huracán Katrina.

Avisto un par de cazas de combate F 15C Eagles mientras planeo hacia Lafayette por la I-10. Decido entonces arrimarme a uno de ellos y aprovecho su rebufo para aproximarme hasta el suburbio de Bayou Cane. Aterrizo sin problemas en el parking de un centro comercial, compro unos sandwiches de pepino y una lata helada de High Life en un deli del Dillard´s y me dirijo a continuación hasta la Estatal 90. Mi intención es entrar en Nueva Orleans por el sur. Estoy a un poco más de una hora de la ciudad, conecto la radio del coche y busco la emisora WWOZ en la 90.7 de la FM, suena el "Still Unruly On The Plantation" de Marty Most. Ignoro la razón, pero al llegar a Paradis desciendo por la 306 hasta los pantanos de Bayou Gauche. Me guío por las señales que indican la dirección de varios pozos de gas y cabañas de pescadores abandonados. Los canales están repletos de enormes cipreses, algunos con sus copas calvas de vegetación, otros aparecen clavados en el agua como lanzas ancestrales. Alrededor de sus troncos se sucede un rito de ondas que no acabo de entender. Inexplicablemente empiezo a sentirme aturdido, el aire caliente se llena de la incómoda parálisis de los extraviados. Observo como una pareja de nutrias luchan en la orilla por la mejor porción de una raíz humeante. Aparco el coche temiendo no llegar al concierto de Project Pan en el Howlin´Wolf. Cuando despierto ya estamos en los suburbios de Nueva Orleans, hemos cruzado la coraza de lúpulo del Mississippi, a la altura de Marrero, suena el "The Wee Wee Hours" de Professor Longhair. Me sorprendo al ver a Bola de Sebo conduciendo. Gira hacia mí su pequeña cabeza de garbanzo y sonríe maliciosamente.

Antoine Fats Domino nace en Febrero de 1928 en el Lower Ninth Ward de Nueva Orleans. Es el octavo y último hijo de una familia de origen creole francés. Fats es el único miembro de los Domino que viene al mundo en la misma ciudad, sus antepasados, incluidos todos los hermanos mayores, son oriundos de Vacherie, una amplia zona de plantaciones situada al oeste de la ciudad (entre sus humedales tiene lugar la grabación de los capítulos de la serie "True Detective"). El sustrato del Lower Ninth Ward es básicamente pantanoso. En 1910 se inician las obras del Industrial Canal, un eje central que une el vientre del Mississippi con el gigantesco ojo del Lago Portchartrain, su construcción atrae a muchos trabajadores afroamericanos de las antiguas plantaciones establecidas alrededor del Lago Borgne. El primer domicilio paterno se encontraba en la Jourdan Avenue, la divisoria principal entre el canal y la parte oriental de la urbe. Cruzando por el entonces único puente de Claiborne se llegaba a la ciudad. Bywater, Marigny y French Quarter por la orilla del río. Caminando por Saint Claude, no muy lejos, hacia el norte, era fácil entretenerse entre los pasillos de los cementerios de Saint Vincent De Paul y Saint Roch. Coincidían allí vetustos panteones con extensas hileras de nichos. En muchas de sus construcciones una exuberante vegetación de líquenes otorgaba al lugar una misteriosa imagen de lágrimas escurridas.

Fats se introduce en la música de Nueva Orleans gracias a su cuñado Harrison Verrett, guitarrista en la banda de jazz de Papa Celestine. Él es quien le da las primeras lecciones al piano. Con apenas 20 años ya pertenece a la formación de Billy Diamond, se curte en clubs como el Robin Hood y el Hideaway de Desire Street, mientras trabaja a tiempo parcial transportando barras de hielo y fabricando somieres. En 1949, en el mismo Hideaway, Dave Bartholomew, líder de su propia banda, productor y compositor, junto al dj Duke "Poppa Stoppa" Thiele, asisten a uno de sus conciertos. Les acompaña Lew Chudd, propietario del sello californiano Imperial al que han convencido para trasladarse ex-profeso desde Los Ángeles. El estilo ya entonces característico de Fats, una mezcla de boogie-woogie, blues y jazz, extraía del piano una corriente que fluía entre los efectos graves del thumping y los agudos del ritmo dixie, quedó expresamente patente cuando interpretó el "Swanee River Boogie Woogie" de Albert Ammons. Una de sus influencias, junto a Amos Milburn, Big Joe Turner y Louis Jordan. Lew Chudd le contrata al instante. Acuerdan sus honorarios sobre la base de las ventas producidas y los royalties generados por cada canción (algo nada común por aquella época).

Hemos pasado la noche en el New Orleans Guest Hotel de la Ursulines Avenue. Estamos a tan solo dos manzanas del French Quarter. A nuestra derecha queda el cercano parque Louis Armstrong. El lunes 12 actúan ZZ Top en el Saenger Theatre de Canal Street y hacia allí nos dirigimos para comprar nuestras entradas. Mientras caminamos por North Rampart Street, en el límite norte del más famoso barrio de Nueva Orleans, se apodera de mí una extraña sensación de desubicación. Una estrecha medianera divide una calle donde la profusión de pequeños comercios, con sus respectivos parkings, otorga al transeúnte la impresión de explorar un archipiélago. Al otro lado los edificios cobran otro sentido, estaciones de servicio, iglesias, amplios centros hoteleros, tiendas de ultramarinos. Según se mire hacia las ordenadas farolas de la medianera, uno duda entre encontrarse ante una hilera de mástiles o de pararrayos. La poca altura de los inmuebles confiere mayor protagonismo a un cielo ya cubierto de nubes. El tranvía color mostaza de la Streetcar Line número 49 sube y baja constantemente por la calle. Su sonido se asemeja al gorgojeo de un pelícano. Miro extrañado a mi alrededor. Bola de Sebo y yo somos los dos únicos transeúntes en North Rampart Street a las 10 y media de una mañana que se ha tornado lluviosa.

El sello Imperial encaja perfectamente en un artista como Fats Domino. El inmediato éxito de sus composiciones junto a Dave Bartholomew dispensan a la marca de Lew Chudd, inicialmente especializada en música de grupos mejicanos y artistas folk del área de Los Ángeles, un impulso y fama sin precedentes. Desde su primea grabación en diciembre de 1949, en los J&M Studios de Cosimo Matassa en la misma Rampart Street, el archiconocido "The Fat Man"/"Detroit City Blues", hasta septiembre de 1962, en que cancela su contrato para firmar con ABC-Paramount, el pianista graba más de 60 singles, colocando 40 canciones entre los Top Ten de las listas de R&B, otras 11 en el Top Ten de las Pop Charts. Ventas millonarias de este "The Fat Man", "Goin´Home", "You Said You Love Me", "All By Myself", "Poor Me", "Bo Weevil", "I´m Walking", "Tired Of Crying", "Blueberry Hill" y, sobre todo, el "Ain´t It A Shame", cuya versión de Pat Boone alcanzó el número 1 de las listas, convierten a Fats Domino, junto a Elvis Presley, en el auténtico campeón de la nueva música popular durante toda la década de los años 50. En noviembre de 1956 la revista Ebony, desde 1945 la más importante publicación para el mercado del ocio afroamericano, le considera el auténtico "Rey del Rock´n´Roll". Por entonces gira 340 días al año, cobra 2.500 $ por concierto y su fortuna personal, después de ajustar cuentas con los miembros de su banda, alcanza ya el medio millón de dólares.

Ese mismo año de 1956 Imperial publica su segundo Lp, "Rock And Rollin´ With Fats Domino", una reedición, con distinto título y número de catálogo, de su primera obra, realmente una recopilación de sus grandes singles (editada en Europa como "Carry On Rockin´"), que llega al puesto 17 del Billboard Pop Charts. Además de muchos de los títulos anteriormente mencionados, se encuentran aquí otros temas de éxito como "Going To The River", "Please Don´t Leave Me", "Rose Mary" o "Don´t Blame It On Me". La enorme repercusión del artista atrae masívamente a sus conciertos al primer público blanco sureño. El encuentro de estos con la audiencia joven de color, sumado a los típicos piques al sacar a bailar a sus chicas (incrementado por la ingesta de alcohol, muy pronto prohibido) produce las primeras confrontaciones raciales en Fayetteville, Carolina del Norte. Nada que ver con las sesiones multitudinarias organizadas por Alan Freed en Detroit, Cleveland, Nueva York o Washington D.C. en las que Fats participa junto a otras estrellas. El público asistente se comporta en el norte de forma más civilizada. 1956 es su año mágico. Ayuda a su ya enorme fama la participación en dos de las más logradas películas con banda sonora de rock´n´roll, "Shake, Rattle And Rock!" de Edward L. Cahn y "The Girl Can´t Help It" de Frank Tashlin (en esta última, dicho sea de paso, una inmensa Julie London se merienda viva a la diva Jayne Mansfield).

La sección de viento del "Rock And Rollin´With Fats Domino" está formada por auténticos campeones del r&b. Dave Bartholomew, Lee Allen, Herb Hardesty, Clarence Hall y Alvin "Red" Tyler. La base rítmica la componen Earl Palmer (batería) y Frank Fields (bajo). Ernest McLean se encarga de la guitarra. Alguien dijo que Fats canta como habla, un tipo alegre, siempre con una sonrisa a punto de baño maría. El deje y´all típico dixie le sale de dentro, con toda naturalidad. Sus fraseos contienen, en algunos de los temas del disco, finísimos wah-wahs, medidas modulaciones guturales que se acoplan perfectamente con el famoso backbeat de su piano. Voy rememorando sus nombres mientras nos cruzamos con una ingente cantidad de turistas a lo largo de Bourbon Street. En Iberville Street nos topamos de lleno con una numerosa tropa de strippers, reivindican la dignidad de su trabajo. Preferiría pensar que he pasado buena parte de la tarde con Peter Fonda y Dennis Hopper en el Saint Louis Cemetery o que, ya entrada la noche, John Lurie o Tom Waits me invitan a un szerac en The Spotted Cat de Frenchmen Street, pero no sucede así. Hacemos un alto en el Coop´s Place de Decatour Street para comer algunas de las especialidades típicas de la ciudad. Ordeno un Chicken & Crawfish Gumbo mientras creo con ello homenajear algunas de las portadas de Dr. John y Professor Longhair. Por delante nos quedan otros tres días en Nueva Orleans. 


A Lucía.


25 oct. 2018

OTOÑO



Resulta sugestivo cargar sobre alguien el peso de lo que aun no ha sucedido pero puede suceder, encontrar un único protagonista al que transferir el capricho de la probable coincidencia. Esa fue la idea que originariamente circulaba por mi cabeza cuando me planteé salir del letargo de las mariposas. La tarde se aburría entre nubes bajas y decidí entonces enchufar el aparato de TV. Elegí ver un documental, "Janis. Little Girl Blue" (2015) de Amy Berg. Relataba la vida de la que fue por muchos considerada la Reina del Blues (blanco), Janis Joplin. Unos días más tarde, no sabría precisar de qué semana, buscando información sobre el "Infidels" de Bob Dylan (CBS Rcds, 1983), me topé con la presencia de Howard Alk, curiosamente también director de otra película sobre la cantante tejana, "Janis", en 1974. Supe al poco que también había filmado dos celuloides sobre los sucesos de Chicago en la Convención del Partido Demócrata de 1968, "American Revolution 2" (1969) y "The Murder of Fred Hampton" (1971), una cruda narración sobre el activismo político y posterior asesinato por la policía del máximo responsable del Illinois Chapter del Black Panther Party. La siguiente secuencia me encontró sentado en la barra de un antiguo restaurante de comida casera, ahora reconvertido en un local de emprendedores culturales, ojeando el volúmen 1, Año Uno, del fanzine "Buscando Oro En La Cloaca", órgano oficial de la plataforma marginal "Oscura Plata". Decidí comprarlo mientras saboreaba los últimos sorbos de mi Tanqueray. En poco menos de media hora comenzaba el concierto de Alejandro Escovedo en el Tempo Club.

Los acontecimientos venían impuestos, se sucedían de acuerdo con las señales fosforescentes de evacuación y salvamento. Vi después algunos carteles sobre la pauta a seguir en situaciones de emergencia pegados en los vagones del metro. Justo enfrente mío un punki con raquitismo en sus brazos miraba a su novia, ella sonreía con flores en sus labios y se besaban. Las flechas de salida me indicaban el camino a seguir. Intentar ligar las imágenes de la muerte de Hampton, fotografías mostrando un colchón profusamente manchado de sangre, las sonrisas cómplices de los policías blancos transportando su cuerpo hacia la ambulancia, con un collage de Lole (la de Lole y Manuel, aparecía en la primera página del fanzine...) armada con una carabina, una toma en blanco y negro en la que se mostraba bellísima, como el recuerdo de una memorable remontada en un campeonato de mus. Antes de pagar mi consumición comenté con el camarero que parecía ya no quedar espacio para publicaciones alternativas, aquellos fanzines que proliferaron hace 20, 30 años, cuando aun se marcaba el 003 para pedir la hora. Me dio la razón, pero yo entonces pretendía que la rabia apareciera de nuevo, así que al llegar a casa me entretuve buscando los fanzines musicales que aun conservaba de aquella época. Deduje que el conocimiento del mundo subterráneo continuaba limitándose al boca a boca.

Escribo este texto después de haber deambulado sin gloria por unos días recientes de poca lluvia. Alguien dijo que los mediterráneos funcionamos por impulsos, nos falta eso, la lluvia y, por tanto, tiempo para la reflexión. Durante cuatro días tomé notas en mi cuaderno, quise reseñar todos los datos interesantes de los fanzines ojeados; ahora las miro y las líneas del rotulador azul se transparentan de una página a otra, se parecen a interminables hileras de hormigas que pretenden llevarme hacia un lugar que todavía desconozco. En el entreacto de este trabajo preliminar disfruté de interminables horas de lectura, los libros ya cumplieron la treintena y sus hojas mostraban el color pajizo de los minutos sin número, abandonados a su suerte, sentí cómo me lo agradecían cuando los recuperaba. Quizá les interese saber que he ensoñado paisajes de Brooklands, Aintree, Donington, Silverstone, Ginebra, El Cairo, El Nilo, Aviñón. Suena el "Magnificat" de Sir John Tavener.

Subterfuge, Noise Club, Malsonando y La Herencia de los Munsters. En la primera mitad de la década de los 90 tuve la ocasión de hacerme con unos cuantos números de los fanzines musicales mencionados. Corrían entonces otros tiempos, no se si mejores que los actuales, eran distintos, más jóvenes. Barcelona y Sevilla estaban en el ojo del huracán deportivo y cultural, se celebraba el Quinto Centenario del Descubrimiento y recuerdo acudir asiduamente a la Casa de México en Madrid para asistir a sus distintos actos y conferencias. Desde la lectura de Bernal Díaz del Castillo todo lo de América me interesaba, tanto que empecé a tomar notas para novelar la última y frustrada derrota marítima de Don Diego Hurtado de Mendoza en los Mares del Sur. Conservo todavía los apuntes que tomé sobre los indios yaquis en una de las salas del Museo Nacional de Antropología en la ciudad de México. Cuando me disponía a salir observé como otro visitante intentaba una estrategia de acercamiento. Me cerró el paso en un pasillo repleto de altos ventanales, la luz entraba sin misericordia. "¿Es usted español, verdad...?". Era joven, de no muy alta estatura, su cara mostraba media barba y a través de la montura de sus gafas pude advertir una mirada poco amistosa. Cuando dejé el Museo y salí hacia Chapultepec-Polanco comenzó a llover y el aire olía a mangos.

Ya podrán imaginarse el continente y contenido al que nos enfrentamos cuando observamos este tipo de publicaciones. Antes de hacerlo circunstancias desconocidas me obligan a comentarles lo maravilloso que resulta rememorar la primera parte de las "Noches en los jardines de España" de Falla mientras se camina, después del almuerzo, por una acera llena de las primeras hojas del otoño. Imagino, en ese preciso instante, un viento cinematográfico rodeando el escenario. Las ramas de los árboles gimen pidiendo un decorado al estilo del "The Stranger" de Welles. Lo ideal sería que el cielo se oscureciera, que las nubes no pasarán la prueba del algodón, sin embargo todo se vuelca en luz, aunque tamizada por la hora en la que los continuados sorbos de té ya han producido sus efectos sedantes. Pero..., ¡ya me disculparán...!, tan solo pretendía comentarles algo relacionado con los fanzines musicales. El caso es que la decreciente intensidad de la tarde me tiene narcotizado. Rememoro ahora esos refrescantes abrazos con la almohada, en aquellos momentos en los que nada es más fácil que llegar a la conclusión de lo femenino, y mi mujer seguía en casa... 

Confirmo, después del acto, cómo el tarámbano sigue deshaciéndose entre los surcos recién segados del césped. Su luz varía entre el verde amatista y el negro de la toga de los abogados. Se trata, en definitiva, de un círculo concéntrico en el que el feísmo, la imagen gore, lo repugnante, deben tener carta de naturaleza. Véanse los casos... En Subterfuge, número 7, página 2, justo al lado del sumario, se lee lo siguiente: "Secuestró, amordazó, apuñaló, violó y arrojó a la niña aún con vida desde un 4º piso". En La Herencia de los Munster, último artículo de su también postrero número 11, los radios mutantes parecen extenderse hasta sus últimas consecuencias: "En toda mi vida, sesenta años, nunca he conocido un día de paz. La gente mata en todo momento". El mismo Alejandro Jodorowski continúa más adelante: "Encuentro la belleza en la monstruosidad". En la portada del Subterfuge se anuncia: "Only Trash", "No Art!", "100% Shit"; en la página 48 (justo en la mitad del fanzine, cuando las grapas luchan por salir de su tumba oxidada), una tira de Ladrón (desde hace mucho dibujante colaborador de Ruta 66) nos presenta a Jack: "Jack anda suelto, siete prostitutas, siete cuchilladas, Jack anda suelto, la próxima eres tú!!". ¡Sangre y R´n´R!.

Subterfuge es sin duda el fanzine más triple XXX en su presentación y el que, inteligentemente, también ofrece más y mejor contenido para el lector interesado. Si bien la música es el género artístico que ocupa mayor espacio en sus páginas, el cine, la literatura, el relato corto, la referencia a cómics y fanzines, la publicidad sobre bares, tiendas de discos y distribuidoras, lo convierten en el soporte más adecuado con la idea de lo que un fanzine es y debe representar. La Herencia de los Munsters está más centrado en el tema musical. Abarca tanto información sobre bandas, muchas de ellas relacionadas con el mismo sello que dio a luz el propio editor, Iñigo Munster, acompañadas por excelentes entrevistas. Los artículos manuscritos, acertadamente editados en su original y personalísima grafía, de Josetxo Ezponda (Los Bichos) sobre Richard Hell y Steven Shears (Ultravox!) y las tiras cómicas dibujadas por Mauro Entrialgo (además de las propias cabeceras mostrando el contenido del fanzine) hacen de La Herencia de los Munsters la publicación más artística, más atractiva. 

Noise Club y Malsonando se mueven en otra dimensión, más cuidada, menos teñida de semen y coágulos. La primera, obra incólume de Javier S. Piñango (Cerdos, i. r. real, Por Caridad y Triquinoise Producciones) y José Boix, está dirigida, en su más amplia acepción, a la música experimental. Estilos como el No-wave, los sonidos industriales y la psicodelia más extrema tienen su mejor plataforma en este fanzine en el que colaboran, entre otros, Javier Corcobado (Demonios Tus Ojos, Mar Otra Vez, Corcobado y Los Chatarreros de Sangre y Cielo), Javier Colís (también en Demonios Tus Ojos, Javier Colís y Las Malas Lenguas, Vamos A Morir) y Rafa Cervera (periodista de amplia y reconocida trayectoria profesional). Músicos y bandas como Jim Foetus, Butthole Surfers, Esplendor Geométrico, Accidents Polipoetics, Mark Cunningham, Kramer o Rowland Howard tienen en Noise Club su cámara de resonancia. El cine (Jess Franco) y la literatura (Bukowski, Boris Vian) caben entre sus bien maquetadas páginas. Hay espacio para la crítica editorial: "¡El fin de la independencia!", azufrada crítica contra los medios generalistas de la época (El País, Diario 16), también para las novedades discográficas y la revista de prensa (fanzines, Rock De Lux, Ruta 66, Ajoblanco, El Viejo Topo).

En Malsonando la calidad literaria del texto intenta imponerse al impulso momentáneamente eléctrico. Lo consigue, tanto en los artículos sobre las bandas como en las numerosas e interesantes entrevistas que los acompañan. También la maquetación y las fotografías del fanzine están más logradas, mejor planteadas. Magnífica la instantánea de las Riot Grrrls en la contraportada del número 2. Luis Llorente (Acuarela Records), el verdadero artífice del fanzine, callejea entre la influencia de bandas "indies" de la época, tanto extranjeras, Pavement, Faith No More, Red House Painters, Hugo Largo, Sebadoh, Jon Spencer, como nacionales, Parkinson DC, Los Planetas, Penélope Trip, El Inquilino Comunista, Silvania o Patrullero Mancuso. Gracias a sus artículos conocí a grupos como Hood, Butterfly Child, The Hair & Skin Trading Company, Tsunami o Cranes. Informes sobre los nuevos grupos sevillanos de entonces o la escena musical en Gijón, se suceden junto a los comentarios de discos y obligados recortes publicitarios de sellos y distribuidoras (Caroline España, Elefant y Radiation Records, también del propio sello Acuarela de Luis Llorente).

Debo manifestar aquí mi intención de seguir buscando nuevas ocasiones en los que el azar se convierta en inesperado protagonista. No hace muchos días que una mujer mayor entabló inesperadamente conversación conmigo en la línea 4 del metro. Su mirada era bellísima, de una dulzura de cuna mecida y emoción del "Good Night" de los Beatles. Reconozco que cuando me despedí de ella deseé haber prolongado aun más ese momento de magia conmovedora, irrepetible. Tiendo a confirmar cómo la aparición de la coincidencia se presenta mejor en el subterráneo de la imaginación, allí donde también ocurre el letargo de los lepidópteros, dos caminos que felizmente se bifurcan.