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18 abr. 2018

14 DE ABRIL EN CARABANCHEL

Enciendo la llama mientras escucho "Here I Am" de The Third Man. León Felipe hablaba del viento y de la luz como principales motores-transmisores. Yo muestro su consecuencia, los gestos de las manos, las sonrisas, el juego de los niños.








13 abr. 2018

RAREZAS XV: EFEMÉRIDES.




ARZACHEL                       "ARZACHEL"
Observo  el enigmático dibujo de la portada de Arzachel mientras intento comprender una vez más su significado. Lo que parece un contorno de ave galliforme, sus poderosas patas sosteniendo unas piernas y muslos en los que principia una piel escamada, la cola de su espinazo recogida en el sueño de un marsupial, se eleva hasta unas cercenadas alas de dragón galés. El pescuezo sostiene una cabeza humana de nariz hebrea, la boca entreabierta, el labio inferior adelantado en forma de percha de la que cuelga una larga perilla de chivo expiatorio, en su interior una representación del rostro lunar extiende unos rayos semejantes al despertar de larvas genésicas. A su alrededor, una placenta deforme muestra bebés marcianos, máscaras de animales con exagerados colmillos, perfiles de corazones acartonados, pasteles de queso, letras y números cabalísticos. En la parte superior izquierda un personaje, con aire semejante al de un William Burroughs sin su típico sombrero modelo Bogart, comparte espacio con la cruz principal de la brújula magnética. El color fucsia de la portada otorga al dibujo una tonalidad de mala digestión estomacal, mientras, las letras del título del disco, ARZACHEL, se organizan de acuerdo al movimiento ondulante del agua en una pecera.

La idea más aceptada del nombre de Arzachel dicen provenir de un cráter de impacto lunar, situado en las tierras altas de la parte sur-central visible de la Luna, al oriente del mar Nubio. Otros investigadores lo asocian, más acertadamente quizás, con Abu Ishaq Ibrahim Ibn Yahya Al-Zarqayi, un astrónomo cordobés autor de las "Tablas Toledanas", compendio científico del siglo XI que fue usado para predecir los movimientos del Sol, de la Luna y de otros planetas con relación a las estrellas. He buscado en la lectura pormenorizada de los textos del disco alguna relación con los cráteres lunares y las tablas astronómicas medievales descritos y creo haber dado con algunas claves interpretativas, desde luego siempre aleatorias porque dependerán, en cualquier caso, del estado mental del oyente. Lo que si debo anunciar es que a fecha de hoy, si existiera alguna conclusión definitiva sobre la imagen de la portada de Arzachel, apostaría por que fuera la del dios Azathoth, "primer motor del caos, la antítesis de la creación, el necio sultán de los demonios...", protagonista en alguno de los relatos aparecidos en "Los Mitos de Cthulhu".

El sonido de "Arzachel" es oscuro, pero no tanto, es asumible. Recomiendo seguir gozándolo en la distancia de sus ecos, prolongarlo en el silencio posterior que acontece tras abandonar su escucha. Su significado adquiere mayor relevancia cuando no se está presente, su misterio permanece mientras el oyente se ha alejado temporalmente de él, su resonancia se cuela entre las entrehoras de una nada que bulle peligrosamente. También es el suyo un sonido de alumbramiento, de desconcierto, porque muestra al interesado que hay vida detrás de las cosas sin aparente importancia. Hay un poema de Walt Withman que habla de las manchas y rajaduras de las ventanas, de seres altos y suficientes que están detrás de ellas y nos hacen señas. Es en esos extremos donde radica su inesperada belleza.

Los intérpretes de "Arzachel" son sacerdotes de un culto perdido, un ritual antiguo hecho música que se asocia con una tradición originada en la novela gótica inglesa del s.XVIII y que tiene en autores como H.P. Lovecraft y sus seguidores su contrapunto americano. Sus nombres: Simeon Sasparella (guitarra solista y voces), Sam Lee-Uff (teclados), Njerogi Gatagaka (bajo y voces) y Basil Dowling (batería), alias respectivamente de Steve Hillage, Dave Stewart, Mont Campbell y Clive Brooks, miembros a la sazón de Uriel, banda que en el momento de su creación en diciembre de 1967 se movía en la onda de Jimi Hendrix, Cream y The Nice. No es hasta que abandonan su estancia como grupo residente en un hotel de la Isla de Wight, apareciendo posteriormente con regularidad por el Londres del Middle Earth en el verano de 1968, cuando se pueda precisar su conversión a la nueva religión de la psicodelia espacial y los juegos de luces estroboscópicas. Pink Floyd es la banda a seguir en ese momento, el ácido lisérgico se ha apoderado de las mentes más lúcidas de la primera generación post-cartillas-de-racionamiento, atrás han quedado los últimos mods y las pastillas azules.

Merece la pena, aunque solo sea de puntillas, entrar en la carrera de unos músicos que, con apenas veinte años de edad, graban "Arzachel". Los más conocidos, Steve Hillage y Dave Stewart, se encargan de la guitarra solista y los teclados en Uriel, acompañados por Mont Campbell al bajo y Clive Brooks a la batería. La salida temporal de Hillage, que prefiere centrarse en sus estudios universitarios de matemáticas, muestra entonces al trío restante que cambia su nombre por el de Egg, una banda ya de cierta referencia en el conocido sonido progresivo de Canterbury. Campbell y Brooks forman parte poco después de grupos como Gilgamesh y Groundhogs, escorados hacia la jazz-fussion los primeros, mucho más inclinados al hard-rock progresivo los segundos. Antes de la desaparición de Egg en mayo de 1972, Hillage y Stewart convergen en las dos primeras formaciones de Khan entre abril del 71 y octubre del 72, banda que sigue inmersa en el sonido Canterbury y que, con la inclusión de Nick Greenwood al bajo, consigue un repique más fiero, en la onda de The Crazy World of Arthur Brown. Stewart culminaría su progresión en Hatfield and The North, una formación de extraordinario paralelismo musical con el primer Soft Machine, mientras que Hillage centraría sus esfuerzos colaborando con Kevin Ayers en su "Bananamour" de 1973 antes de entrar en la formación de Gong al año siguiente.

Es "Arzachel" una obra que en el momento de su grabación, junio de 1969, muestra entonces los últimos estertores de la psicodelia inglesa de influencia floydiana y calado Canterbury, anticipando al mismo tiempo, y ahí reside uno de sus grandes valores, el hard-rock, también progresivo pero con fuertes raíces blues, que bandas como Atomic Rooster, Groundhogs, High Tide o Savoy Brown, entre otras muchas, desarrollarían coetáneamente. En el momento de la grabación, a la que ya han invitado a Steve Hillage, dando así por terminado su retiro universitario, el trío de Egg se ve obligado por razones contractuales a cambiar su nombre, también el de sus protagonistas, utilizando los alias anteriormente mencionados. Aparece entonces la denominación de Arzachel y el título homónimo del mismo Lp, una designación de marca exclusiva que, como los objetos de extraordinaria rareza, no tendría continuidad posible.

Comienza la cara A con "Garden of Earthly Delights" y el Hammond de Stewart nos introduce en lo que será una constante del disco, un tono muy Matthew Fisher de Procol Harum, las ondas de los teclados alcanzan cimas eclesiásticas, mientras que la guitarra de Hillage emociona tanto como pudo estarlo David Gilmour al contemplar el cuadro homónimo de el Bosco. Las voces de Campbell y del mismo Hillage, más poderosa la del primero, narran textos más en concordancia con las beatíficas visiones de Lewis Carroll. Es el siguiente tema, "Azathoth", un paternoster de clara invocación diabólica, la base rítmica de Campbell y Brooks estructura un escenario lúgubre, de la voz de Hillage surge un oratorio en modo de cámara oscura. En "Queen St. Gang", primer tema instrumental, el órgano adquiere aun más relevancia, sus líneas melódicas son hondas, el punteo grave del bajo y una batería que roza el minimalismo contundente, otorgan al tema un sabor añejo, de madera quemada. Cierra la primera cara "Leg", inicial aproximación al nexo de unión entre la psicodelia de Canterbury y el hard-prog de base bluesera. Aquí la guitarra de Hillage adquiere mayor protagonismo, sus fraseos pertenecen claramente a la escuela John Mayall & The Bluesbreakers, mientras el teclado de Stewart otorga al oyente, sobre todo al final de la composición, un aviso del universo por el que se va a mover "Arzachel" en la cara B.


"Clean Innocent Fun" (10:31) anuda instrumentalmente el cordón hard-prog con el de la psicodelia floydiana. En los textos se habla de muros hirientes a punto de llorar, de las caras de cristal de yeguas frígidas, del rezume púrpura de las grietas, de faros cuyos rayos de luz se cruzan con negros despojos, todo ello enmarcado por el sonido de un órgano que parece bombear sangre a punto de coagulación. En el transcurso de los puentes el resto de los instrumentos van intercalando fraseos de blues ácido y psicodelia de ecos expansivos. "Metempsychosis", segunda pieza instrumental con casi 17 minutos de duración, es el perfecto contrapunto al "Interstellar Overdrive" de Pink Floyd, menos melodramático si cabe, sin que deje de ser por ello igual de exuberante. Es aquí donde el observador encontrará las referencias a los cráteres lunares anteriormente mencionados. El tema es un claro ejemplo del mejor space-rock posible, escuela inglesa (precursora de la alemana). Brillante ascensión. Silencio, coincidiendo con los momentos inmediatamente posteriores al alunizaje. La mente parece recogerse en sus propios pensamientos, su letargo se asoma a abismos de mármol, lo que observa puede que le cause un terror cósmico, parecido al "Phaedra" de Tangerine Dream. Las líneas de bajo y batería advierten de la explosión final, corredores de lava resurgen en la cara oculta de la luna. Voy a escuchar de nuevo el "Pawn Hearts" de Van Der Graaf Generator.

Debo concluir diciendo que las anteriormente mencionadas referencias astronómicas en éste "Archazel" se pueden encontrar, no podía ser de otra manera, en la profusión de imágenes celestes que se manifiestan preferentemente en sus dos últimos temas del álbum. El lector curioso también las hallará en el mismo origen árabe del autor de las "Tablas Toledanas" y del propietario del sello Evolution que publicó el álbum, Mohamed Zackariya. Pareciera como si se hubiera producido una suerte de coincidencia interplanetaria que concluyera en la misma denominación del disco, un homenaje postrero quizás. El astrónomo cordobés, precursor de Copérnico, entendía la tierra como un elemento estacionario en el centro del Universo; el londinense, sin duda más modesto desde su atalaya de Old Compton Street, ni le dio ni le quitó la razón, simplemente propició la aparición de una obra que se convirtió, sin que apenas nadie lo llegara a comprender entonces, en uno de los eslabones perdidos entre la ya desfallecida psicodelia de la época y el naciente y pujante rock progresivo inglés.



31 mar. 2018

AMARILLO




JONI MITCHELL                             "BLUE"
Es por tu ausencia por lo que te abrazo Joni los dos solos desnudos sobre una cama de juncos mojados que huele a bolsitas de te birmano y es por esa nostalgia por la que mi mirada te pide me hables con palabras azules resumen de tus ojos escoceses y noruegos ahora estoy escuchando a Trane para calmar mis nervios. Necesito en este momento acariciar tus hombros y bajar a continuación por las cañerías doradas de tus brazos ver qué sientes si tus labios vaginales se entreabrieran para enseñarme esos dientes tan blancos ese principio de sonrisa que inunda la habitación de paquetes de chicle orbit peppermint antes o después, ¿qué importa?, subir hasta las mismas raíces de tu pelo y caer por esas lianas de trapecista y llegar con mi dedo índice hasta tu boca toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, y sigues quieta apenas palpitas ahí y si lo haces solo se nota muy dentro de tus venas azules, el bajo de Paul Chambers pienso te gustaría que vibrara cerca del comienzo de tus muslos igual que lo siento yo ahora endurecido cerca de mi centro nuclear sin atreverme a nada más que a seguirte admirando ese silencio de mujer que cubre toda la habitación con un enorme sudario como lo hizo la Maga extendiendo sobre una tostada los alientos de ajo del cíclope.

Coincidimos en que hablar hoy de política es de lo más frustrante hagamos entonces cualquier cosa vieja e impura mientras escuchamos a Monk en su "Ruby, My Dear" que el lector solo lea lo que realmente le guste de Joni Anderson de Saskatoon de los nombres imposibles de Saskatchewan del oeste del Kanada con K de Whitman de las praderas centrales llenas inmensas de ausencias de ferrocarriles de Edmonton de Calgary de Toronto y del circuito folk de clubes de Ontario, de la epidemia de polio que sacude cada año a 35.000 norteamericanos y canadienses a comienzos de la década de los 50 de las secuelas de la enfermedad (que vuelve ahora otra vez) en una mente de nueve años que ya quiere volar allá donde más huela la salmuera a Grandes Lagos y a nicotina ¿cómo pudiste hacerlo?, ¿cómo se hace Joni? Qué valor que preciso cálculo económico dejar allí a tu única hija en adopción qué coraje por ser mujer aceptar el hecho natural de ser madre pero antes de nada ser artista pintora de palabras bailarina felizmente aquejada de un síndrome de movimiento compulsivo en tus pies de garza impecables en un cuerpo tan espigado tan de ramas llenas de esas hojas que siempre siguieron amarradas en tus brazos aspas de molinos inaccesibles siempre independiente.

Cae el sol por la escalera de caracol entonces supe de Catherine Tekakwitha recién casado en una luna que aun brillaba sobre Babaluma pero fue gracias a Leonard Cohen cuando tuve la primera visión existencial del Canadá, aunque en honor a la verdad debería remontarme a algunos años atrás cuando un amigo de entonces llamaba a su perro pastor alemán con un silbido arcaico llevaba puesta una cazadora de piel con largos flecos en las mangas como aquella de Neil Young en algunas de las portadas de los discos de Buffalo Springfield. No fue entonces el autor de las primeras canciones "Suzzane" o "Birds On The Wire" el que me mostró el hechizo de ese inmenso país colgado del globo terráqueo fue el novelista de "Beautiful Losers" el poeta de "Flowers For Hitler" el que se preguntaba inquieto sobre si él podía amar a una virgen iroquesa lirio de las riberas del río Mohawk, Catherine Tekakwitha, ¿puedes enseñarme algo sobre las hojas de arce roja canadienses? a mí que últimamente no salgo al campo paralizado por los efectos narcotizantes de cinco mil libros que van entumeciendo paulatinamente mis músculos mis fibras mejores también mis deseos ya casi olvidados de aprender algo más sobre la destilación de las nubes cargadas de lluvia.

Joni sigo herido junto a las mujeres convaleciente por las mujeres ciegas imanes del silencio también que se han aventurado por tu lengua hasta posarse en la mía continúo escuchándote ("California") Vuelvo a casa vuelvo a casa para ver a la gente que quiero podría incluso besar a un policía de California vuelvo a casa me acompañaste muchas veces sin saberlo yo entonces por esa tierra de cereales de satoris y futuros algoritmos de árboles frutales eres de los nuestros me dices, sé que antes lo intentaron los vagabundos desde los vagones de la Southern Pacific, miren a su izquierda, dijo el capitán, en esas tierras de allá abajo es donde vamos a aterrizar ("This Flight Tonight") ¿tomamos alguna vez tierra? prefiero permanecer aquí arriba ¿escuchamos realmente al afilador chiflar su flauta en los hangares? ¿oímos acaso el siseo de las serpientes enroscadas en el tren de aterrizaje? ¿o es el aire arrugado de las antiguas fachadas de los cactus gigantes el que nos ayuda a descender?, agradezco a Rosanne Cash sus palabras de apoyo en esta tarde de geriátrico gris las gotas crepitan contra los ventanales de plástico contra las sartenes azuladas por tanto gas saturado si lo deseas me convertiré en el aliado jardinero de tus podas ("River") Oh desearía haber tenido un río que me transportara lejos..., soy de trato tan complicado soy egoista y soy triste mis manos están extrañamente al rojo vivo y el humo del cigarrillo se enrosca en ellas en esta habitación tan repleta de globos aerostáticos.

Joni Mitchell es el más renombrado colocón romántico de David Crosby y ahí es donde éste comete gatillazo produciendo su primer Lp "Song To A Seagull" de la grabación resultante cómo no apreciar la grandeza de sus canciones pero tanto su voz como las nuevas tonalidades de la guitarra quedan algo planas sin llegar a las cimas de los siguientes trabajos de la canadiense así que ella será a partir de entonces la única productora de sus próximas obras "Clouds" y "Ladies Of The Canyon". En "Clouds" ya incluye parte de temas propios que habían llegado lejos interpretados por otros artistas y continúa con su proceso de examen interior un desvestimiento visceral comunión de sus experiencias y sentimientos, puede que cercanos en el ámbito temporal y que funcionan también como mareas porque vuelven una y otra vez son el eco permne de una generación que busca en Joni como en Whitman lo hicieron años antes una Nueva Madre Americana anticipo de una musa de los hippies acomodados de Laurel Canyon algunos tabloides de Hollywood llegan a publicar su colección de amantes famosos ¿escuchas esto Joni? si, ahora ella se mueve para afirmar con la cabeza y los juncos mojados de la cama suenan a algo desconocido algo que ha caído momentos antes al suelo sin hacer ruido será su alma, porqué se que te fastidia esa imagen frívola que parecía ser el único punto de interés de una buena porción de la audiencia todavía impresionada con lo de Sharon Stone en Cielo Drive, el peluquero de los Beatles se libró por muy poco de asistir a aquella fiesta almost cut my hair.

Florida David Crosby en el Gaslight de Miami volando muy lejos del nido californiano pero siempre inmerso en su mar repleto de jugo de ciruelas todo el público de turistas y jubilados están dispuestos a escuchar cualquier cosa pero nadie más que él mismo parece darse cuenta de la grandeza de Joni de sus composiciones de aire de desagüe limpio nuevo su sonido es un aullido de revancha para todas aquellas mujeres que buscan algo distinto algún futuro que no se limite a apretar el botón de la lavadora, otro relato de la gran historia americana que no apoya la guerra de Vietnam y que se opone a la nueva esclavitud de la segregación racial encontrando en la primera conciencia ecológica el mejor sustituto a la revitalización de las comunas cristianas. El intimismo de sus textos es valiente no era entonces lo habitual expresarse fuera de los parámetros asumidos por el folk tradicional no lo hizo Pete tampoco Woody (se limitaron a contar historias ajenas) adentrarse en sentimientos y experiencias de un alma femenina cuya aparente corta carrera artística habla ya de los muchos tormentos de la ruptura amorosa de la ausencia de la hija del ansia por llegar hasta un punto donde el mundo se rindiera a sus pies, David Crosby conoce de sobra esas llanuras de estrellas del rock y tiene los contactos necesarios convence a Joni para mudarse a un Los Ángeles repletos de nuevas oportunidades aquellas que la presentarán definitivamente como el mejor secreto guardado de la música americana contemporánea.

Laurel Canyon Graham Nash el período más mítico de Joni y todavía queda tiempo para el riesgo del jazz la influencia de CSN&Y el himno de "Woodstock" en diferido desde un hotel de Nueva York Isla de Wight en el verano de 1970 viajando a París dos años antes todo era allí posible Formentera Creta las princesas del palcio de Cnossos quieren dormir la siesta del mediodía pero Joni está viviendo en las cuevas de Matala viendo sin saber cómo almorzaban pan y aceitunas en silencio abajo cerca de los campos de olivos los campesinos oriundos de la isla ahí se encuentra buena parte del alma del "Blue", vuelta en Los Ángeles donde concluye el corpus del disco, cómo es posible no querer a un Nash también isleño con su melena tan cuidada y la perilla perfilando dulcemente esa boca de acantilados pero... James Taylor es el nuevo dueño de tu corazón, ¿no es cierto Joni? Celebration At Big Sur allí donde el viajero recuerda al Kerouac en su mejor momento de destrucción, "Mud Slide Slim" junto a James pero antes grabar el próximo disco eterno "Blue" el trabajo artístico de Gary Burden la máscara de Joni aparece con toda la fuerza de la luz tamizada las sonbras de los ojos veladas por una leve corteza de niñez los destellos brillantes del micrófono la última caída en catarata de su pelo en ese mismo instante inmortal.

Tómame así agárrate fuerte a mis trenzas de esparto y limpia después esas ventanas empañadas que penetre en esta nuestra casa our house with two cars in the yard ese inicio de sol naranja de California polvoriento que tus ojos vean junto a los míos algo más que los momentos vacíos de los domingos de ladrillos machacados, escucha mis canciones liberadas de los nudos negros de tu lengua, aunque solo sirvan para paladear los ecos de esos amaneceres en los que huimos de tantas heridas, no hagas caso de ese arrugado celofán en que se ha convertido mi vida, Oh te odio algo te odio algo te amo algo Oh te amo algo cuando me olvido de mí misma ("All I Want"), la nunca resuelta disputa entre mi yo y ese otro espejo del cepillo de dientes las ojeras y solo algunas veces los guiños cómplices, no necesitamos ningún papel del Ayuntamiento para mantenernos unidos y auténticos ("My Old Man") la ruptura con Graham me desgarró ¿te lo puedo decir ahora? ese final tan falso del to be continued tan exacto también en su despedida si ha habido algún amor de desayunos compartidos los mejores fueron los tuyos Graham el mobiliario mental que me sujetó en mis caídas posteriores, justo un pequeño verdor como el color de la primavera cuando nace ("Little Green") y si acaso vi los ojos de las reses destinadas al cuchillo fueron los tuyos entonces hija, sábanas de las cunas blancas abandonadas por la pobreza de las palabras, el viento viene de África la última noche no pude dormir Oh tú sabes que es duro marcharse de aquí pero no es éste realmente mi hogar ("Carey") oscuras grutas mediterráneas habitadas por los santos hombres antiguos quemados por la cal del sol pero añoraba mi cama limpia y mi perfume Chanel número 5.

Chuck Mitchell de Detroit Joni Mitchell Tom Rush Buffy Sainte-Marie George Hamilton IV Judy Collins (la de Stephen Stills) en Nueva York Newpor Folk Festival de 1967 Leonard Cohen otra vez rehabilitador tú Joni su Catherine Tekakwitha de la década de los sesenta amante hombre tan distante tan complicado comunicarse con él, "Famous Blue Raincoat" el primer "blue" que conocí la inicial palabra azul que sale de otros labios el color de otros ojos que no son los tuyos cerrados aun mientras yaces en mi cama de juncos mojados. El Village de Dylan de las calles empapadas de los poetas automáticos sus uñas larguísimas aun pegajosas de sedimentos libaneses depositados en los cenizeros de los coffehouses el primer viaje a la Inglaterra de Fairport Convention y de la Icredible String Band de Joe Boyd, interpretan tus canciones aprenden de tu guitarra nuevos acordes abiertos tu voz sobrecoge a las audiencias Londres Wimpy bars aquella chica de la hoja de arce roja con la falda tan corta sus piernas desnudas rivalizan con las joyas de la corona británica los dientes de león anticiparon su salida en los parques de la ciudad de la niebla y desde entonces el color fue amarillo.

Nuestro amor se ha perdido dijiste "Soy tan constante como una estrella del norte" y yo dije "¿Dónde está la constancia de la oscuridad" Si me necesitas estaré en el bar" ("A Case Of You") ahora soy yo el que canta por ti te has ido a la barra del bar nos encontramos a escondidas en los bordes de los vasos repletos de sorbos apresurados nos despedimos con las últimas risas de las campanillas de Peter Pan. ¡Oh aquella Canadá añorada! aunque solo fuera la de las pantallas de seguridad en las garitas de las aduanas la de las luces traseras de los coches cruzando la frontera tarde lluviosa la de aquel chapoteo de alegrías los trajes brillantes de la policía montada en las pegatinas de las ventanas. No hay final posible en "Blue" porque sigue girando una y otra vez la misma espiral de desdicha otra historia que relata el estado confuso del primer amor pero también refleja el desencuentro con muchos de los hombres que han compartido tu vida nunca quisiste romper el sagrado círculo de tu independencia voy a apagar esa maldita vela no quiero que nadie se acerque a mi mesa no tengo nada que hablar sobre ello ("The Last Time I Saw Richard"). pero es "Blue" quizás la mejor canción es el calado de Miles Davis al piano coróname o échame el ancla o déjame partir tristeza, aquí hay una canción para ti, te quiero es el diseño del mapa moderno del país por el que será admirado una inundación de piernas femeninas de cenizas de nubes de rocíos a destiempo que van cayendo en el olvido de viejas canciones de cuna ¿me dejas que lo diga? Sus líneas melódicas anegan esas cabañas de madera con sonidos de lápices de cobre lápices azules blues.

El éxito de "Blue" fue fulgurante hoy se sigue considerando como la máxima expresión del alma femenina hecha música su guitarra de acordes nuevos su dulcimer apalachiano lo hacen dinámico de praderas de manteles el piano tiene tanta profundidad que aun lo siguen utilizando los delfines cuando se cruzan entre los estrechos la voz de Joni es un prodigio de mezzo-soprano su idioma es suave sus textos, Joni iba a decirme algo, los poemas verdaderos los que llamamos poemas no son sino imágenes, entonces sus textos en "Blue" son pinturas del adentro volcadas en un lienzo admirable el sonido es crepuscular es vespertino encierra en su vibración el tiempo del mundo, desde Ulises hasta el I Ching desde el Siddhartha hasta Cortázar, "Blue" es el contrapeso perfecto del "Kind Of Blue", una mujer y un gato siempre a veces un hombre.














14 mar. 2018

EL ROCK Y LAS CIUDADES V: NASHVILLE



THE BYRDS                  "SWEETHEART OF THE RODEO"
Acontece al observador enorme curiosidad cuando extiende su mirada por el mapa de los EEUU de América y contempla cuantos de sus estados están delineados por la traza más simple de la escuadra y cartabón. Aquí principio la recta y la culmino por acá , porqué si, porque me da la real gana (parece decirse el imaginario topógrafo); me hago con el cateto mayor y, en un arrebato de libertad sin límites, prosigo con la misma línea hasta un punto que me parezca simpático; allí me paro para tomar resuello y, evitando el atajo de la hipotenusa, me descuelgo desde el cateto menor hasta bajar a un recodo que se me antoje quede a la misma altura que la de la señal originaria. De Océano a Océano raro es el estado de la Unión que se libre del tiralíneas, unos más sujetos a la tiranía de las rectas, otros afortunadamente más circunscritos a algún accidente geográfico que haga de sus fronteras aparentes marcas naturales. Entre estos segundos se encuentra el estado de Tennessee, dos trazados paralelos de desigual longitud, recortados al oeste por los grandes meandros del río Misisipí y al este por las estribaciones meridionales de los Montes Apalaches.

Recordarán los lectores la cita que recientemente les propuse para, una vez concluida la visita a la ciudad de Memphis -y atender así la amable invitación de Isaac Hayes y de los fundadores del sello Stax (protagonistas de aquella memorable jornada)-, acompañar al narrador en su camino hacia Nashville, la capital del estado de Tennessee. Ya puestos en marcha, el itinerario desde Memphis no debería guardar complicación ninguna. Veamos, se toma la interestatal 40 y, en ligera línea ascendente, recorreremos los 340 kilómetros que separan la capital del rock y del soul sureño del epicentro sagrado de la música country americana. Lo que viene a ocurrir no deja de ser evidente, y es que, en apenas 3 horas de recorrido, el viajero se siente inapelablemente succionado hacia Nashville por el efecto de un gigantesco desatascador de tuberías, tal es la atracción que bulle en la mente de cualquier aficionado a la música. Y en esa seducción cobran además interés tanto la geografía como el aspecto sentimental del viaje; desde una tierra plana con fondo de ciénagas fluviales y antiguas plantaciones, el peregrino asciende hasta las elevadas mesetas de Cumberland y las estribaciones meridionales de los Montes Apalaches; del verde brillante de las planicies continuamente humedecidas hasta las grandes extensiones arcoiris de elevados parques naturales, de la mezcla racial con olor a especias a la preponderancia del pastel de manzana blanco, anglosajón y puritano. Nashville se encuentra en la justa mitad del camino, participa, por lo tanto, de ambas sensibilidades.

Apuesto que aquel 9 de marzo de 1968, cuando The Byrds llegaron a los estudios de Columbia en Nashville para grabar los temas de su sexto disco, "Sweetheart Of The Rodeo" (CBS/Sony, 1968) sus sensaciones eran contrapuestas, cobijaban grandes expectativas, temor también. La ciudad era, en esa época, el centro neurálgico del country más conservador, el foco indiscutido del canon y el dogma de dicho estilo musical. Ellos, entonces, Roger McGuinn, Chris Hillman, Gram Parsons y Kevin Kelley, eran vistos allí como gente despreciable, unos hippies melenudos de la Costa Oeste, contrarios a la participación de su país en la guerra de Vietnam, consumidores de drogas, además de ateos sumergidos en el exceso del amor libre, tópicos comunes en un tiempo en el que Robert Altman, en su clara visión del antagonismo siempre latente entre los dos tipos de sociedad americana, plasmaría sagazmente en su película "Nashville" (1975) algunos años más tarde.

La salidas de la banda de Gene Clark, primero, después las de David CrosbyMichael Clarke durante la grabación de su "The Notorious Byrds Brothers" (Columbia,1968), -aunque éste último, sustituido en varias de las tomas definitivas de la batería por Jim Gordon, aun tendría el consuelo de ver su nombre en los créditos-, condujo a The Byrds hacia su primera gran encrucijada, la incógnita de saber el camino a seguir en su próximo trabajo. La estrecha colaboración de McGuinn e Hillman durante el "Notorius" y, sobre todo, el afianzamiento compositivo e instrumental de un Hillman, que desde "Younger Than Yesterday" (Columbia, 1967) va adquiriendo mayor peso en la formación, nos reafirma en la idea de que todavía quedaba una base compacta dentro del grupo. El plan de McGuinn era entonces el de embarcarse en una aventura que recorriera los hitos más significativos de la historia musical de su país, grabar un disco donde cupieran desde los estilos de los primeros colonos (mayoritariamente de aquellos que se desplazaron hacia el Oeste) hasta un rock más "espacial", más conectado con la nueva aparición de los sintetizadores. Encarga a Hillman buscar un pianista acostumbrado a líneas melódicas más abiertas, más jazzísticas, imaginando entonces que su nueva obra requeriría de instrumentistas con una visión más expansiva.

Hemos culminado el recorrido desde Memphis y nuestro Ford Edsel Corvair del 58 ha entrado a Nashville por la Charlotte Avenue, vía paralela a una interestatal I-40 que actualmente penetra y circunda, junto a otras autopistas, gran parte del perímetro de la ciudad. La nuestra era la ruta tradicional, la que llegaba al mismo centro de la capital del estado, para así introducirse sin pérdida posible en el barrio conocido como Music Row. El itinerario clásico bordearía por el norte la sorprendente réplica del Partenón ateniense del West End Park para, bajando desde la 17th Avenue North hasta la 16th South, encontrarse allí cara a cara con el edificio que albergaba los famosos Columbia Studios, unos antiguos almacenes de material desechado por el Ejército americano. Creado por los hermanos Owen y Harold Bradley en 1953, en sus salas A y B han grabado artistas como Patsi Cline, Loretta Lynn, Buddy Holly, Gene Vincent, Johnny Cash o Simon & Garfunkel. Bob Dylan lo hizo allí en su totalidad con el "Blonde On Blonde" (C, 1966), "John Wesley Harding" (C,1967), "Nashville Skyline" (C,1969) y parcialmente con su (entonces denostado) "Self Portrait" (C,1970). Bautizado por los profesionales del sector como "The Quonset Hut", los estudios son adquiridos por el sello Columbia en 1962 y forman parte del inmenso patrimonio musical conocido como "Nashville Sound". Mientras llega la limusina que transporta a los miembros de The Byrds desde el aeropuerto hasta el estudio, hacemos un alto en el cercano callejón Chet Atkins Place, en cuya parte trasera se encuentra uno de los numerosos garitos musicales de la ciudad, el Losers Bar & Grill. Pedimos a la camarera un par de Hot Chikens Shacks, acompañadas de dos Coronitas Modelo y sendos chupitos de tequila Silver Patron. Son poco más de las 9 de la noche del viernes 8 de marzo de 1968. Llueve.

Chris Hillman y Gram Parsons son dos almas gemelas que, según suele acontecer por capricho del destino, se vuelven a encontrar por entonces (Enero de 1968) en el lugar menos adecuado, en la cola de un banco. Es posible que una de las razones por la cual congeniaron antaño es que ambos se reconocen como hijos de padres suicidas, además de tener una base musical concordante en no pocos aspectos, la variante bluegrass en el caso de Chris y el country, tirando a escuela Bakersfield (sin rechazar a priori la doctrina tradicional), por parte de Gram. Hillman comenta a Parsons las nuevas ideas en las que andan metidos The Byrds; éste ya conoce a la banda desde que su International Submarine Band se trasladara a Los Ángeles (siguiendo el impulso del propio Parsons y el consejo de su mánager Lee Hazelwood), para grabar el que está considerado como primer álbum country-rock de la historia, el "Safe At Home" (LHI Records, 1968). También Gram ha estado presente en varias de las sesiones del "Notorious" y es él el que persuade a Hillman primero, y a McGuinn después, para que dejen a un lado esa idea inicial de un álbum-río-de-la-música-americana y trabajen sobre la base de un disco encaminado hacia un country más alternativo, más modernizado, en la senda del "outlaw" apadrinado por artistas como Buck Owens y Merle Haggard. Algo parecido (pero no exactamente semejante) a lo que ya anticipaba Dylan con su "John Wesley Harding" de un año antes, o a lo que preludiaban los Rising Sons de Taj Mahal y Ry Cooder, esto es, una vuelta a la música de raíces americana aderezada con toques soul, rock temprano (Elvis Presley, Everly Brothers...) y r&b, la conocida posteriormente como "Cosmic American Music".

Señalan algunas crónicas al llegar a este punto (Francis J. McPie, "The Unknown Story Of Underground Nashville", FakePress, 2018) lo siguiente. Estábamos alojados en el último piso del Hotel Indigo Nashville de Union St., y no para de llover. Nos sentimos acorralados en el mismo corazón de la ciudad; el spagetti elevado que recorría la I-40 se extendía de norte a sur hasta llegar a la gran anaconda verdinegra del río Cumberland. Al igual que en muchas ciudades medias americanas, el urbanismo de las calles se dispersa de forma bastante ordenada, invitándonos a explorar sus límites. Los edificios apenas superan los tres pisos de altura y, salvo en las zonas verdes y nuevos centros de negocio, llama nuestra atención observar cómo los cables telefónicos, los semáforos, las lámparas callejeras y las señales aéreas de tráfico parecen colgar debílmente de sus basamentos, balanceándose peligrosamente sobre nuestras cabezas. Esperamos la inminente llegada de un huracán que se llevará todo al traste. Saliendo del hotel, a nuestra izquierda y apenas cinco minutos subiendo por la 4th Avenue N, se encuentra el Musicians Hall of Fame and Museum; no mucho más al norte, el barrio de Germantown con sus innumerables restaurantes (saturados del mejor colesterol americano); a nuestra derecha, bajando en paralelo indistintamente por la 4th ó 5th Avenue N., y antes de cruzar por Broadway para toparnos con sus abundantes honky-tonks, aparece el famoso Ryman Auditorium. Un poco más alejado, hacia el este, cuando el Cumberland va tomando la forma de un caprichoso dragón de papel, se entrevé el nuevo edificio del Grand Ole Opry. Nuestro guía en el Ryman Auditorium es un joven mejicano llamado Sandalio, y en un aparte nos comenta que cobrará un plus de $10,- por responder en español a nuestras preguntas. Todo está plagado de banderas.

El sábado 15 de marzo de 1968 The Byrds se presentan en el Ryman Auditorium para realizar la grabación radiofónica del Grand Ole Opry March Sessions. Conocedores de encontrarse ante un ambiente hostil, han tenido la precaución de arreglarse previamente las melenas y así ofrecer una imagen más aceptable. Otra cosa es la visión del público sobre su sincero acercamiento al country, no tan franco como a una audiencia tan conservadora le gustaría presenciar, porque los temas elegidos son los de un tal Merle Haggard. Un ex-convicto, padrino del Bakersfield Sound, que, a pesar de grabar un año más tarde su "Okie From Muskogee" (Country Music Association Award a la Canción del año 1969), recordemos la letra: "We don´t smoke marijuana in Muskogee / We don´t take our trips on LSD / We don´t burn our draft cards down on Main Street / We don´t let our hair grow long and shaggy / Like the hippies out in San Francisco do / I´m proud to be an Okie from Muskogee...", no las tenía entonces todas consigo. Gram Parsons inicia la actuación con el "Sing Me Back Home" de Haggard y se salta el protocolo acordado interpretando a continuación (previa dedicación a su abuela y a las escuchas conjuntas que con ella hacía de los programas del Grand Ole Opry), su "Hickory Wind". A la sesión del Ryman le sigue la aparición del grupo en el programa nocturno de la WSM, donde un encolerizado Ralph Emery, dj oficial de la emisora, despotrica sin cortarse un pelo contra la banda, negándose incluso a pinchar su reciente single "You Ain´t Going Nowhere". Como posterior venganza contra la borde conducta de Emery, McGuinn y Parsons compondrán su célebre "Drug Store Drivin´ Man", aparecido en su siguiente álbum "Dr. Byrds & Mr. Hyde" (Columbia, 1969). Desde entonces, no volvieron The Byrds a acercarse por la capital del estado de Tennessee.

De vuelta a Los Ángeles, la idea inicial es publicar un doble álbum de 22 temas en total. Varias de las canciones grabadas en los estudios Columbia de Nashville formarían el primer paquete del disco, entre ellas, versiones de Woody Guthrie, "Pretty Boy Foyd", de Dylan, "You Ain´t Going Nowhere" y "Nothing Was Delivered", dos composiciones tradicionales, "I´m a Pilgrim" y "Pretty Polly", una de Tim Hardin, "Reputation", y dos del propio Parsons, "Hickory Wind" y "Lazy Days". La segunda parte quedaría compuesta por una serie de temas que abarcarían desde los estilos bluegrass-hillbilly-appalachian hasta lo que McGuinn llamaba "pura música electrónica" (ya hemos hablado de eso antes). En definitiva, Parsons y McGuinn se repartían sus propias parcelas de poder, sin dejar de lado el segundo, por lo tanto, su anteriormente mencionada idea globalizadora. Columbia, aplicando un estricto criterio comercial, desecha esta doble opción y opta por un álbum convencional, dos caras con un total de 11 temas. Se mantienen las versiones de Dylan y Guthrie, cayendo la versión de Hardin y el tradicional "Pretty Polly". Pierde Parsons el "Lazy Days" (un divertido tema muy en la onda de Chuck Berry) pero recupera su "One Hundred Years From Now" (ganancia indudable para el disco) y se incorporan hasta un total de... ¡cinco!... nuevas versiones. "The Christian Life" de los hermanos Louvin, "You Don´t Miss Your Water", una deliciosa balada soul de William Bell, "You´re Still On My Mind" de Luke McDaniel, "Blue Canadian Rockies" de Cindy Walker (interpretada, todo hay que decirlo, sin mucho brío por Hillman) y "Life In Prison" de Merle Haggard y J. Sanders. Inicialmente, se edita un single de apoyo, conteniendo el "You Ain´t Going Nowhere" y "Artificial Energy" (un tema que ya había aparecido en el "Notorius"), y a verlas venir. Resumiendo, Parsons gana fuerza como compositor y voz principal en 6 de los 11 temas, repartiéndose el dueto McGuinn-Hillman las voces principales en las 5 restantes. La pugna por el control de la banda está servida.

Los dos estilos musicales, el clásico y el nuevo The Byrds, se mezclan a la perfección en el "Sweetheart Of The Rodeo". Hay una anticipación mágica en el "You Ain´t Going Nowhere" inaugural, su eco continuará inspirando el resto de las canciones. Se mantiene la "vieja" vibración byrdsiana pero sin necesidad de utilizar el sonido de la guitarra de 12 cuerdas de McGuinn. Va a primar lo que será la base instrumental en los arreglos posteriores, el empleo destacado de la guitarra acústica y de la pedal steel, la entrada del banjo y la mandolina para reforzar el esqueleto campestre (fortaleciendo, de paso, la aportación de Hillman), el uso del piano para prolongar el aliento de las canciones. Kevin Kelley (primo de Hillman y anterior batería de Rising Sons) toca las baquetas con calculada austeridad. La elección de músicos de acompañamiento, además de la guitarra de un Clarence  J. White que muy pronto será marca y sonido oficial de la banda, incluye a varios elementos que ya acompañaron a Gram en su "Safe At Home". Earl P. Ball al piano, Jon Corneal como batería de apoyo y Jaydee Maness a la segunda pedal steel,  porque la primera es para el indiscutible Lloyd Green, el más reputado músico de estudio de Nashville entonces, el único que acompañó a la banda al subirse al escenario en el Ryman Auditorium aquel 15 de Marzo. John Hartford, el campeón del fiddle y del banjo, hombre muy ligado a Glen Campbell en ese año 1968 y Roy M. Huskey, un portentoso bajista, músico de sesión de Chet Atkins y Johnny Cash, mas consagrado posteriormente por su participación con The Nash Ramblers junto a Emmylou Harris ("At The Ryman", Reprise 1992), completan el elenco.


Pero..., detengámonos un momento, ¿no es aquel joven sentado en el hall principal del Hotel Indigo, el viajero, el supuesto narrador de este recorrido por el Nashville de hace 50 años? Eso parece, conque,... ¡ánimo!, acerquémonos lo suficiente para observarle mejor. Si, se encuentra terminando la lectura del libro de F. J. McPie (la mayor cantidad de hojas en su mano izquierda así lo demuestra). Démosle de nuevo el protagonismo. Bueno, lo de siempre, dos egos enfrentados, estoy esperando a que este holgazán termine de pagar su cuenta en el hotel para irnos juntos al Country Music Hall of Fame. La verdad, aunque me atrae la idea de admirar los trajes Nudie que Gram y Chris llevaban puestos con los Burritos ("The Gilded Palace Of Sin", A&M Records, 1969), el hecho de que Parsons no esté todavía "inducido" como miembro en el más selecto club de músicos de toda la historia country me llena de indignación. Lo que sí haré será escribir una nota recriminatoria en el Libro de Visitas y largarme acto seguido. ¡Ah! si, lo de los egos, Gram cabreado por haber sido sustituida su voz, sin su aprobación, en tres de las canciones del "Sweetheart", culpando a un Roger McGuinn, con la connivencia del productor Gary Usher, celoso por haber perdido gran protagonismo en la obra; éste último hablando de problemas legales entre los sellos de Hazlewood (LHI) y Columbia, Hillman nadando entre dos aguas. La publicación del álbum a inicios del verano, sus escasas ventas, la inmediata gira por Inglaterra, Gram se enrolla con Keith Richards, ahíto éste de profundizar en el conocimiento del country americano, mientras se niega a continuar la gira por Sudáfrica, aduciendo lo del apartheid como excusa. Su salida de The Byrds y la posterior formación de los Flying Burrito Brothers, a la que arrastra a un Hillman mucho más cómodo con ese nuevo estilo.

Mientras mi acompañante goza de su visita en el Country Music Hall of Fame (le he ordenado que no vuelva sin el "The Byrds Box Set" del 90, allí aparecen todas las voces originales de Parsons en las sesiones de los estudios Columbia), me he acercado al Opry Mills, un enorme centro comercial situado en la misma Opryland Drive, afortunadamente medio vacío de turistas. Nunca me han gustado esos nuevos altares al consumo masivo, así que opto por caminar hasta los cercanos muelles del Cumberland y tomar una cerveza en el GenJackson Showboat. El coqueto barco de madera, pintado de blanco y azul, sigue atracado y no hará su primera excursión fluvial hasta dentro de un par de horas, así que extiendo en una mesa cercana mi arrugado mapa de los EEUU, saco de la mochila la escuadra y el cartabón, e intento hacerme una idea de la dirección a seguir. Frente a mí, el río se contornea semejante a un dulce seno materno, pleno el cielo de nubes negras que amenazan lluvia en cualquier momento. Quizás saliendo hacia el este..., me atrae la idea de dejar la I-40 y subir por la estatal 70 hasta Old Hickory, contemplar allí los grandes meandros del Cumberland y decidir entonces nuestro próximo destino. A mi espalda, aparcado en el Opry Mills Drive, nuestro Ford Edsel Corvair del 58 sigue a la espera, sucio e impaciente.





Nota: Esta entrada está dedicada a Gonzalo Aróstegui Lasarte, campeón de la Cosmic American Music, celebrando su décimo aniversario como autor del blog Ragged Glory.












28 feb. 2018

YO Y EL DOLOR




GOG Y LAS HIENAS TELEPÁTICAS                 "TRIAD"
Esta mañana el doctor me ha dado el alta, 14 meses después del episodio, según se lee al comienzo del parte hospitalario. "En estos momentos los dedos están sin inflamaciónMínimo actitud en ojal de botón, levísima y con muy correcta función de flexores y extensores, falta 1mm para contacto pulpejos  III y IV en palma". Dieciséis meses en los que he de confesar que el dolor de las sesiones de rehabilitación se hizo en muchas ocasiones casi insoportable, sus ondulaciones llegaban hasta mi cerebro semejantes al ris-ras de una sierra mecánica hambrienta de homicidios, un oleaje desolador, angustioso, iba y venía con meticulosa saña, un frío punzón que atravesaba lentamente la quilla de mi cuerpo y hacía en muchas ocasiones que levitara de pura desesperación. Decidí entonces hacer al dolor un hueco en mi experiencia mamífera, le presenté como amigo ya íntimo, porque al poco me dijo que tarde o temprano volvería a visitarme, así que recién le he alquilado un pequeño rincón en la zona de más paso de mi propia casa. Allí sigue, de momento, con cara de circunstancias, en figura de cobra aletargada.

La música de Gog y Las Hienas Telepáticas me produce sensaciones parecidas a las expuestas, evocaciones de penar y de sacrificio, de grande agonía y muerte pequeña, también de gozo por la nueva buena de la redención. ¿Dijo alguien acaso aquello del dolor cómo arma de liberación?, si así no fuera, yo lo reivindico aquí y ahora. El rock de Gog es una suerte de gori-gori rock, canto lúgubre bien recubierto de melamina, una resina adhesiva que impide que sus canciones caminen por deleitosos huertos, al pairo del aire bueno de la mañana, donde siempre hay un benéfico plan burgués por llevar a cabo. El color de su nuevo trabajo "Triad" (Gog Artifacts 05, 2017) es de tono negruzco, y si acaso cupiera alguna otra gama sería la de la uralita oxidada, un gris perlado por urinarios improvisados, meadas a destiempo, de madrugada muy entrada en estado de cerebro plano. No es fácil llegar a representar musicalmente esa situación de desecho mental, buscar la creatividad dentro de un aburrimiento extremo, hay que experimentar la inconsciencia del tiempo fatalmente perdido para alcanzar sus cimas más inesperadas, y para hacerlo con el arte propio de Gog es necesario, además de haberse hocicado en sus oscuridades, haber fumado sus cenizas para crear desde los arabescos del humo nuevas murallas de piedra. Ciertamente, no todos los grupos son capaces de hacerlo.

Releo en estos momentos el texto que publiqué cuando descubrí a Gog y Las Hienas Telepáticas, en aquel Junio de 2016 su "Choke/Drown" me evocaba posibles terapias de inspiración anarquista contra el insomnio, además de reivindicación de algunos poetas mayores (Dámaso Alonso y Gabriel Celaya). A día de hoy, en una estación invernal de trenes más viejos, la banda se me figura felizmente consolidada de forma muy semejante, como un rico manantial de alusiones literarias, también geográficas. Entre estas últimas me veo hace muchos años conduciendo desde San Sadurniño hasta As Pontes después de una jornada de trabajo, mientras voy zigzagueando por carreteras secundarias en la radio suena el "(Ballad of the) Hip Death Goddess" de Ultimate Spinach. Galicia tiene eso. Luis Boullosa, como Cowboy Iscariot, bajista del grupo, y uno de sus principales compositores junto a Joao Avalanche, comentaba en una entrevista que Galicia es una tierra romantizada en exceso. El tema de Ultimate Spinach, un desolador canto a la diosa madre del tálamo, alcanzaba en aquel paisaje gallego de helechos y bosques de eucaliptos un significado más puro, más auténtico, un sentimiento de morriña más profundo. De forma parecida ocurre si invoco, como lo hace Boullosa en esa misma entrevista, a Álvaro Cunqueiro, uno de los escritores a los que hay que acudir cuando uno quiere encontrarse con el auténtico humus gallego, repleto de mares perdidos, de piedras vivas, de animales fabulosos. Gog es una banda que para su bien -o para su mal- es profundamente gallega.

Puede que caiga en el descrédito de los que me consideren demasiado repetitivo pero, muy a su pesar, hablaré de otras referencias literarias que con mayor fuerza revierten a mi memoria cuando profundizo en la escucha de este "Triad". Es esta la de los mineros del "Germinal" de Emile Zola. Comentaba anteriormente el color negro del álbum, su tonalidad de uralita oxidada, y ahora añado que el polvillo venenoso del carbón recién extraído, aun en suspensión, también serviría como telón de fondo determinante del ambiente del "Triad". Ya desde los primeros capítulos de la novela del escritor francés, los protagonistas quedan emplazados en un paisaje de hondísima inmersión subterránea, sus labores se suceden a través de una maraña de galerías a cual más lúgubre y amenazadora, la salvaje oscuridad, la sensación de claustrofobia extenuante, la humedad extrema, la amenaza innegable de explosión o de derrumbamiento, todas esas imágenes están perfectamente enmarcadas dentro de la representación, y hay aquí una simbiosis efectiva entre el oficio de los mineros y las láminas físicas que nos muestran los músicos. Las guitarras de Joao Avalanche suenan entonces a apertura de pozos, a taladro de rocas, el bajo de Cowboy Iscariot apuntala los túneles con soportes de madera resistente, la batería de Noli "Big Papi" González alcanza con sus baquetas la veta deseada, y Eddy "Thunder" Ponce, con un saxo estratégicamente situado entre pico y pala, crea espacios de necesaria ventilación.

Las secuelas físicas y mentales también aparecen extensamente en los textos de las canciones de este "Triad". La huida y el refugio en "Needles", los lugares por los que pocos se atreverían a transitar en "Prowler", el ángel mercader de peligro y humo en "Angel", en "Crackpipe" se encomia el provecho de la herramienta más juguetona y menos sofisticada, "Sunbathing" presenta a un protagonista hundido en su propia miseria, mientras que en "Sepeliopolis" ese mismo personaje no encuentra escapatoria posible, "Jerusalem" es el escenario urbano (muy a propósito el nombre de la ciudad) donde el sistema se muestra en toda su brutalidad, hasta llegar al epílogo de "Scream" en el que en una breve línea:  "y entonces caes, caes profundamente dentro de la mina", se descubre al oyente el decorado final de la representación, los mineros y los músicos contemplan sin sorpresa la definitiva pérdida, la culminación para mal del juego. Dos temas de más, la versión del "When I Came First To Town" de Nick Cave y el "Lago De Ceniceros" (favorito por su conseguido tono épico-castellano) arquean la balanza hacia terrenos menos caníbales. Por si no te hubieras enterado (¡chaval!), en el último párrafo explicativo del disco, Gog apuntala una serie de ideas que confluyen todas en una común imagen de desolación, de ausencia total de salvación, de liberación final; en todo caso, la redención vendrá dada por la rabia y el aburrimiento, hay una belleza explícita en la derrota, y los transmisores de esa cruel realidad (ya anticipada muchos años atrás por los popes del romanticismo), "the purest northwest shitholes", llegarán a tu ciudad para mostrarte la buena nueva.

Ese feliz advenimiento tuvo lugar en la sala Wurlitzer Ballroom el pasado 18 de enero y algunos nos dejamos caer por el local para asistir al concierto de presentación de este "Triad" en Madrid. En el escenario Joao Avalanche a la guitarra, Cowboy Iscariot al bajo y Noli "Big Papy" González a las baquetas. Macky Chuca (me fascina como mueve las manos en el escenario esta mujer-actriz), conocida poetisa en su reciente proyecto Erráticas y voz en las últimas grabaciones de Broke Lord, interviene en algunos de los temas en directo del "Triad". Iván, miembro de Medio Grumo, una banda en la que participan también varios de los carroñeros, ocupó la guitarra rítmica en la segunda parte del concierto. El ambiente es un tanto frío al principio y propicia el introito de Cowboy Iscariot alentando al personal a que se acerque hacia el altar de las Hienas, conocidas alimañas que no gustan todavía de comer carne viva. Salvo el "Needles" y el "Scream" se suceden todas y cada una de las canciones del nuevo disco, acompañadas de varios de los temas del trabajo anterior "Choke/Drown". No es capricho que conforme se acrecienta el trasiego de cervezas la peña se vuelque más hacia el escenario, suceso que alcanza su cénit cuando la banda entona el "Mierda De Cara" (sospecho que este tema forma parte del catálogo de Medio Grumo), el contorsionismo pogo de los más cercanos asistentes otorga entonces al concierto una representación reivindicativa, una suerte de coreografía de nuevos niños cabreados con el mundo.

El sonido en directo de Gog, potenciado en una sala como la Wurlitzer en la que los comentarios de los asistentes al concierto apenas se oyen, se mueve dentro de los parámetros del hardcore melódico de (por ejemplo, sin que sea excluyente de otras bandas...) Gallon Drunk y los Hüsker Dü más civilizados. Pero Gog y sus Hienas Telepáticas suenan a ellos mismos, su propuesta no deja de tener el mejor poso de la resaca eléctrica post-ochentera, para entendernos, las de unos noventa que pretenden volver a la fiesta después de unos años de cuelgue shoegazing. Sortilegio de aceleraciones y medios tiempos en los que el movimiento rítmico del cuello del oyente lanza su cabellera hacia marcas de récord olímpico, y allí es precisamente donde Gog y sus Hienas destacan. Una marejada-muelle, cuyo comienzo en tropel en el "Triad", "Needles", "Prowler", "Angel" y "Crackpipe", arrojan al espectador contra los acantilados para, en un posterior ejercicio de rescate marítimo, "Sunbathing", "Sepeliopolis" y "Scream", recoger sus pedazos ensangrentados. "Jerusalem" quedaría como un arrecife abandonado en medio de la playa, su perfil, siluetas de templos religiosos en ruinas.

Restaría en Gog la percepción de la banda que, seguramente sin pretenderlo, sirviera de vehículo para la reivindicación de la acción directa, aquel concepto revolucionario -ya desgraciadamente obsoleto- que fue sustancia y meollo de nuestra mejor historia libertaria. En un momento -como no podía ser menos- en el que tantos males afligen a la patria, propuestas como las de Gog son necesarias porque ahondan en el camino hacia la renovación del paisaje y del abismo. Perdidas ya las colonias, vivo aun el fantasma de la última guerra civil, recién pasada ya la vileza de la cuarentena de la Transición, sea servido nuestro último consuelo en los brazos del más profundo sueño interior y, como quien sí quiere la cosa, hablémonos después de los efectos de nuestra narcolepsia, demos también publicidad a nuestras mejores pesadillas. El cataclismo cósmico que muestra la cubierta del "Triad", siempre la imagen de una mujer, sus cabellos en erupción de repollo nuclear, sus ojeras de raíces y espinas, sus ojos drogados, sean el más fidedigno espejo de nuestra realidad actual.










13 feb. 2018

RELATOS IV: EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO



Era un sonido que va de más a menos, parecido al deslizamiento de las escobillas sobre el parche de la batería, y aun medio dormido podía escuchar el zig-zag de las ramas del gigantesco sauce blanco golpeando suavemente los cristales. Tenía la sensación de que según se alejaba ese agradable chasquido flexible también desaparecería de mi mente el recuerdo de aquel día de perros pasado con el hombre del traje negro. Me contaron que todo comenzó en la misma habitación donde ahora me encontraba, una amplia estancia completamente diáfana que tenía como frontera natural la escollera del puerto. La disposición de los grandes ventanales, curvados según giraba el perímetro norte del jardín, le daban a la casa el aspecto de un observatorio elevado a no demasiada altura del suelo. Su arreglo me evocaba un abanico totalmente desplegado, más compacto en los dos extremos de la habitación, los más alejados del punto cenital de luz, con mayor claridad allí donde las grandes cristaleras coincidían con el mayor volumen de la fachada. Ella pasó sin hacer notar su presencia y el hombre del traje negro le comentó algo en un tono de voz apenas perceptible. El gigantesco sauce ocupaba, como ahora lo hace, la parte central del terreno ajardinado y su sombra se alargaba a través de toda la habitación.

Advierto cómo el hombre del traje negro se dirigía hacia donde yo me encontraba instalado. ¿Conoces a ese que ha hablado con tu hermana? ¿Quién? Ese hombre que viene hacia acá, hacia nosotros, yo permanecía de pie y giré la cabeza pero no demasiado, como si fingiera buscar sin encontrar a nadie. Detrás tuyo, idiota, repitió molesto. En el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos ya se había sentado el hombre del traje negro, los dedos de su mano derecha estaban inmersos en un plato lleno de aceitunas, jugaba con ellas pero sin llevárselas aun a la boca. Me giré hacia él y le pregunté qué es lo que la había dicho. ¿A quién? A ella, a mi hermana. El hombre del traje negro esbozó una sonrisa indolente, como si adivinara mi disgusto. ¿Acaso me está recriminando algo? Su cara me recordó repentinamente a la del Johnny Cash de "American Recordings", un enorme garbanzo con redecilla eléctrica y esa mirada vidriosa proyectaba algo desconcertante, quizás una futura amenaza. No, no le estoy recriminando nada, solo le digo que no vuelva a hablar con ella mientras elevaba mi índice como signo de advertencia.

Otros dos hombres se acercaban mientras tanto desde la escollera manejando una pequeña embarcación fuera-borda. Cuando entraron en la casa observé que iban elegantemente vestidos y uno de ellos portaba un maletín. Resultó una verdadera sorpresa que alguien me los presentara más tarde como ejecutivos expatriados de mi misma empresa, la Caleña Exportadora. En cuanto ella volvió a aparecer la hice una señal con la mano para que se acercara. ¿De qué conoces a ese hombre?. ¡Hola!, se acercó a mí y me besó con ese calor que ellas tienen guardado en su secretaire para su único hermano. ¿A quién, a quién dices?, a ese hombre del traje negro que se acercó a ti hace un momento, bueno, y miró a su alrededor, aquí hay muchos hombres que llevan un traje negro, ¿a cual de ellos te refieres en concreto? Ese en concreto me pareció fingido e innecesario, estaba seguro que ella sabía a quien aludía. ¿Me puedes decir qué fue lo que te dijo? Antes de retenerla un momento más ya se había alejado y la veía sonriendo entre los grupos de lo que parecía ser una fiesta improvisada.

A partir de ese instante la narración de lo ocurrido es aun más vaga, ¿qué significa esa caja de metacrilato transparente conteniendo un sobre que han dejado a mi lado los expatriados de la Caleña Exportadora?, ¿cual fue el verdadero alcance de lo que me comentaron sobre el hombre del traje negro? Si, ese tipo, dijo uno de ellos señalándole con un movimiento de barbilla, es un impostor, se hace pasar por un acaudalado hombre de negocios, exportación de pescado o algo semejante, y mientras tanto mi hermana flotaba entre los invitados congregados en torno a ella, aleteando como una mariposa aturdida entre blusas de gasas. ¿Es hora ya de despertarse?, preguntaron las rendijas entreabiertas de la ventana, contesto que sí y me levanté para escribir las primeras notas sobre el hombre del traje negro, un informe que debía presentar a la Dirección de la compañía antes del fin de semana. Mientras lo hacía me asalta un repentino monólogo interior, hay que extender la duración de las cosas, hay que tirar de ellas, hay que forzarlas porque son perezosas por naturaleza. ¿Quién me hablaba así?, el locutor de la radio tan solo comentaba el estado de la circulación a esa hora temprana de la mañana.

Noté una gotera en el techo de la habitación de las sombras del sauce blanco y observo cómo por una de sus esquinas chorreaba un hilo de agua azulada. Los sonidos, semejantes a notas de piano, salpicaban el suelo, tecla a tecla, y el movimiento de las ramas reflejadas en los ventanales creaba un efecto semejante a los canales de algunos cuadros de Mark Rothko. Las cristaleras parecían transformarse en un acordeón ondulante, abriéndose y plegándose desde un resorte que no estaba al alcance de mi mano. Prefiero que la visión continúe así, me dije, anfitrión inesperado de una fiesta que se encuentra en su mejor momento; el color de ceniceros repletos de colillas aun mantiene el carmín de sus labios, los invitados todavía reconocen sus primeros vasos, permanece incluso un agradable olor salado proveniente del mar y algunas mujeres han empezado a quitarse las medias. ¿De quién es esa risa escondida en el ángulo más alejado? Me acerco y contemplo al hombre del traje negro girar sobre sí mismo como un derviche turco mientras mira absorto una enorme bola de espejos. Los rayos de luz se expanden en múltiples puntos y al percutir contra los objetos de la habitación van creando un diagrama de pequeñas hogueras. Hola, detiene su danza un instante, ¡vaya! nos volvemos a encontrar, parece como si usted y yo tuviéramos una deuda pendiente, ¿no cree?

¿Cuanto le debo?, el chófer manipula el taxímetro, son cuatro cincuenta, tome, está bien así, siempre me aseguro de cerrar bien las puertas, sin necesidad de dar un golpe estruendoso, pero con suficiente firmeza. Pase señor, le esperaban hace rato. Siento el retraso, una gotera, ¿sabe? El almacén huele a aros de cebollas recién fritas. Inesperadamente el hombre del traje negro se acerca a mi y extiende uno de mis brazos y utilizando un gran cuchillo empieza a rebanarme el dedo índice de la mano derecha, los trozos caen al suelo en orden parecido al lineal de un bombardero B-52. ¿Le duele?, no recuerdo haberle contestado, me limité a admirar lo rápido y limpio de la operación, se asemejaba a la de un experto maestro carnicero; lo que sentía era una percepción del corte pero sin llegar a padecer ningún daño, tampoco observaba la reducción de la longitud del dedo, curiosamente seguía estando entero. Conozco al mejor ortopedista de la ciudad, puede que aun se encuentre despierto, podemos ir a visitarle si lo desea, le puede tomar ya las medidas. Estuve de acuerdo. Cogimos el mismo taxi que me condujo hasta la nave donde nos encontrábamos, reconocí el olor de curry del chófer, ¿al muelle 4, como siempre señor?, si, y no coja la radial, no me gusta nada ese camino tan largo, vaya bordeando por el parque, hasta que lleguemos al puerto.

Esa fue la única ocasión en la que me vi más próximo al hombre del traje negro, no sé porqué me fijé en sus manos, estaban recubiertas desde las muñecas por un caparazón calcificado de color rosado y padecían de un ligero tic nervioso, un extraño temblor rítmico que hacía que sus dedos se elevaran compulsivamente, apenas unos centímetros, como antenas que transmitieran y esperaran algún tipo de señal externa. Él notó mi asombro pero no pareció importarle, ¿le apetece a usted fumar?, Hristoff, ofrézcale al caballero un cigarrillo, intenté levantar la mano derecha para afianzar mi negativa pero sentí un enorme peso que impedía cualquier movimiento de mi cuerpo. Inesperadamente el cielo se convertía en una gran pantalla de arenas movedizas, advertí también unos reflejos intensos y extraños en los contornos del cristal delantero del taxi, como si en sus bordes metálicos se estuviera produciendo algún tipo de fusión desconocida, además la temperatura interior se elevó por encima de lo soportable. Miré bruscamente hacia mi ventana, no, no podrá usted abrirla, es inútil, quiero que sepa que desde este momento se encuentra usted totalmente paralizado, solo su mente funciona, pero muy parcialmente, apenas será capaz de formular algún pensamiento deslavazado, desde ese instante reinó un silencio penoso, cargado de las cosas que no se dicen. El taxi paró ante un control instalado en la entrada del puerto. ¿Ha estado usted alguna vez en la ciudad de Ecbátana?, preguntó el guarda de seguridad.

Es posible que los más crédulos se atrevan a decir que el guión de la extraña aventura que estaba viviendo debería cuadrar ahora mejor con la aparición de un escenario enigmático, por ejemplo, una embarcación amarrada al muelle más alejado del puerto, donde no hubiera testigos ni señales de tráfico marítimo, tan solo las ruinas de un almacén abandonado y acaso un par de grúas, aquellas que mantendrían el esqueleto oxidado de los camarotes y los tensores colgantes, extendidos como brazos exangües. Mientras el hombre del traje negro embarcaba yo notaría sus lentos movimientos, un torpe balanceo que empujaba un cuerpo que antes había observado más ligero, cuando me habló por primera vez en la fiesta de mi hermana, y que allí, sentada en una de las aletas de la popa, se encontraría ella, manteniendo aun su vestido de gasa blanca adherido a una piel de nácar brillante, su cara casi invisible, la mirada pálida y perdida frente al muro de la escollera. Pero he de decirles que no ocurrió así. Hristoff apagó las luces y aceleró repentinamente, el taxi se lanzó a gran velocidad hacia las oscuras aguas del puerto y cuando se produjo la violenta colisión contra el agua lo primero que experimenté fue una agradable sensación de eructo de champán, las burbujas subían impetuosas por mi fosa nasal y empecé a sentir un paulatino y reconfortante latigazo que recuperaba a la vida mis antes paralizados miembros.

Dormí como un tronco en aquella inmensa cama de agua, la terapia que me produjo ese sueño tan profundo y prolongado fue lo suficientemente reconfortante para sentirme a la mañana siguiente en un estado exultante. No quedaban recuerdos cercanos de malestar, ni siquiera sucesos de desvelos nocturnos o de pesadillas en mi mente, tampoco memoria alguna de la supuesta fiesta del día anterior, la habitación de las sombras del sauce blanco se encontraba limpia, sin atisbo alguno de platos con restos de la cena, ni vasos aun malolientes de alcohol o ceniceros abarrotados de colillas, todo se encontraba en un orden que me pareció más meticuloso de lo habitual, huele a acetona, me gusta, a quitaesmalte. La gotera había desaparecido del techo, las ramas del sauce seguían golpeando los cristales con la misma puntualidad de los días anteriores, olisqueaba incluso un tenue sabor a café recién hecho, ¡buenos díassss, grandullón!, ¿qué tal te encuentras?, te he preparado un café y un zumo de pomelo, como a ti te gusta, tesoro. Sabía que le agradaba y por ello sonreí a mi hermana. Me incorporé en la cama para así apoyar la espalda contra uno de los almohadones y contemplarla mejor, giro mecánicamente la cabeza y allí, en la parte baja de la mesilla de noche, seguía la misma caja de metacrilato transparente con el sobre en su interior. ¿Acaso no lo había visto antes en algún otro momento?. Abro la caja de metacrilato transparente y extraigo el sobre.


Ella ha dejado el desayuno colocado en una mesa cerca de la cristalera y me llama para que me acerque, llevo en mi mano el sobre y palpo un objeto algo abultado en su interior, !ábrelo!, me extraña que me lo ordene con tanta firmeza, antes de hacerlo me distraigo con el vuelo de un avión, miré hacia arriba, su preciosa línea de algodón cruza por un cielo de estelas fulgurantes. El hombre del traje negro responde en su interior a un mensaje que acaba de recibir en su teléfono móvil, los gallos siguen cantando al amanecer. Bajo la mirada y abro el sobre, mis manos tienen un cálido temblor de nalgas. Extraigo lo que me parece una taba pero mejor examinado es el cóxis pulido de algún animal pequeño; un súbito resplandor me ciega y para protegerme desvío mi cara hacia el interior de la habitación de las sombras del sauce blanco. Inesperadamente el viento atiza con fuerza sus brazos sobre los ventanales y escucho sobrecogido un fuerte impacto detrás de mi cabeza. Observo cómo una de las ramas que ha roto el cristal se anuda alrededor de mi cuello, una lengua de hierro candente me asfixia, solamente mis ojos desorbitados miran a mi hermana suplicando un auxilio que sé imposible. Lo último que contemplo antes de caer es un gato pelirrojo que cruza la valla hacia un jardín que se ha oscurecido incomprensiblemente. Me dijeron que en esa mañana había un sol de septiembre sobre las charcas.





30 ene. 2018

PLEAMAR





FABIANI                            "EL NUEVO LANZALLAMAS"
Conocí a Fabiani una tarde de niebla blanca que amenazaba con nevada, fue en la falda noroeste de la sierra de Madrid y antes de hacerlo había tenido alguna referencia suya a través de Hubert, un buen amigo que abandonó el cortejo del rey José I cuando dejó definitivamente la Corte española. Debo decir que Hubert es un personaje único, él dice que es francés aunque yo no he conocido en mi vida tipo más vaquero y más serrano, siempre tan generoso a la hora de compartir sus extensísimos conocimientos musicales. Total que Hubert me regala unos meses antes de conocer a Fabiani la última publicación del artista, "El nuevo lanzallamas" (PromoSapiens, 2017) mientras me recomienda vivamente su escucha. El evento tuvo lugar en el Castilla de la Plaza de los Cuatro Caños de Collado Villalba, un café-bar que representa mucho más que punto de encuentro para las siempre sedientas almas de la zona. Simboliza, quizás sin saberlo ni dueño ni asiduos parroquianos, uno de los más auténticos garitos de intercambio de información musical subterránea de la provincia de Madrid. Una vez allí dentro el tiempo se descuelga de las manillas, la prisa es un concepto ignorado, si acompaña la climatología se sale un momentito a la calle a tomar un buchito de aire, lo justo para volver al habitat natural del local, el ruido de los bares que no son de música pero en los que casi exclusivamente se habla de ella.

Bueno, pues allí fue, en ese sorprendente paisaje pueblerino donde conocí a Fabiani y mientras hablaba con él quise recordar a qué sonaba su música, cuestión a todas luces insensata porque Fabiani entró en fase de bajamar a las dos o tres escuchas de su "El nuevo lanzallamas", lo debo reconocer. Vestigios de un pop bien trabajado, unas melodías más de amigos alrededor del fuego de una chimenea que de una fiesta "rave" en cualquier polígono de la periferia, después de unas breves, y ya casi olvidadas audiciones, el bagaje se hacía tan liviano que la memoria se negaba a dar más señales de vida inteligente. Una pena, porque es en esos momentos, cuando uno quiere quedar bien con el artista y sus pensamientos se diluyen como el sonido de unas escobillas sobre el parche de la batería, zig, zag, se acabó, hablemos de otra gente.

Para aliviar mi descuido Fabiani amablemente me habló de su proyecto DWOMO, también de LE GRAND MIÉRCOLES, una suerte de pasarela donde tiene cabida su obra como hombre de música,  como artista multidisciplinar. Ingente y hermosa actividad en la que me introduje, indagando en la variada y profusa información disponible en las Mallas del Pescador, con el objeto de conocer más de cerca el alcance de su creación. Fue allí, en el presente indicativo de los verbos regulares, donde Fabiani entró en fase de pleamar, el nivel del agua alcanzó su plenitud, coincidiendo, eso si lo recuerdo bien, con el mayor trasiego de botellines de Mahou. Tanto me gustó lo que encontré que a los pocos días compartí en las redes sociales el enlace de DWOMO, me puse también en contacto con su sello discográfico www.halloffame.es  y a los pocos días tenía en mi casa la última publicación de Fabiani como DWOMO, la fascinante TRILOGÍA FANTASMA.

La secuencia que les relato a continuación es cabalmente cierta, ignoro si el haber padecido últimamente sueños un tanto extraños tuvo algo que ver con la fatalidad ocurrida. Recibí la TRILOGÍA FANTASMA, un coqueto cuaderno conteniendo tres de la últimas grabaciones de DWOMO ("Electroshock Taronger", 2013, "Por el aire", 2014 y "El eslabón perdido", 2015), además de un MANUAL DE ANTIETIQUETAS ILUSTRADAS, una serie de divertidos y sorprendentes dibujos obra del artista gráfico Carlos Maiques. Un golpe fortuito de mi mano dio en el suelo con el conjunto del libreto, con tan mala suerte que el "Electroshock Taronger" (subtitulado como "DWOMO canta a Valencia") desapareció de mi vista. "¡Pardiez, cómo es esto posible!", me pregunté incrédulo. Pues sí, después de pasar un buen rato eliminando probabilidades, deduje que el celofán que cubría el CD se había deslizado por el suelo para terminar científicamente introducido debajo de un armario cercano. Sin posibilidad alguna de recuperación, a menos de desmontar las puertas del mueble, opté por aceptar un destino que entonces me pareció demasiado cruel. Conclusión, el "Electroshock Taronger", la revisión de canciones de artistas valencianos que DWOMO grabó como homenaje a una ciudad muy querida por mí, duerme el eterno sueño junto al polvo oscuro, las perdidas monedas de veinte céntimos y algún que otro clip oxidado. Buena compañía.

Introducirme entonces en la audición de los dos CDs restantes me hizo recuperar de nuevo "El nuevo lanzallamas" y decidí volver a escucharlo, una y otra vez, junto al "El eslabón perdido", una recopilación de caras B e inéditos que recoge grabaciones de la primera época del grupo (2001-2005, autoeditadas o publicadas por el sello DRO), y que representan para mí lo más brillante del paquete, ya manco de por vida, como el de Lepanto. Decirles que estas dos obras me sirven más y mejor que la Tarjeta de Transporte Público sería quedarme corto, me trasladan sin mover un solo dedo por paisajes que, además, vienen ya definidos por la propia banda. Porque DWOMO son un dúo, el formado por Jorge Lorán Martín-Fabiani y Antonio J. Iglesias, con ideología propia, unas Tablas de la Ley perfectamente desarrolladas en los textos que les sirven de Sagradas Escrituras, las ANTIETIQUETAS, una suerte de Manual Ilustrado para el Perfecto Boy Scout del siglo XXI.

Puede que "El nuevo lanzallamas" entre dentro de la antietiqueta "MINI HARD FOLK" y, si así fuera, las descripciones incluidas en la página informativa nos hablarían de "folk nervioso", "pop vecinal", "chançon for stay awake", "galactic pop", "eclectic surf", "melodías resistencialistas" o "juego precoital". Si "El eslabón perdido" lo hiciera dentro de la llamada "RETROFUTURISTA", lo describiríamos como "space folk", "himno de avance", "afterpunk de entretiempo", "astro performance", "robótica menor" o "ciber defensa". Elijan ustedes la antietiqueta que elijan, esos trece calificativos, entre otros muchos más, propuestos por el dúo de artistas se cerrarían en uno solo, el llamado "COSMIC COCKTAIL", una especie de resumen de "amarás a Dios sobre todas las cosas" (de hecho dentro de la obra de DWOMO hay una grabación conocida como "Disco Dios", PIAS, 2009, que digo yo que algo tendrá que ver el paisano...) y que podría acercarse, con mucha certeza etimológica, a lo que la banda en definitiva pretende, mostrar al oyente, un combinado metálico-gominoso-ortopédico donde quepan todos los estilos y géneros que les hayan podido servir de influencia.

En muy pocas ocasiones me ha ocurrido necesitar hablar de dos discos simultáneamente, como es el caso. "El nuevo lanzallamas" y "El eslabón perdido" se suceden en los platos sin descanso posible; no quiero, no me da la gana dejar de escucharlos y departir con quien me quiera atender, es tal su poder de seducción, en su conjunto de raíz cuadrada, canción a canción, en aisladas señales que buscan a un cómplice, alguien que tenga una sola razón para acercarse a la música de Fabiani-DWOMO. No tengo hoy ninguna obligación de adorar la geografía de las cenizas, mi razón es una reflexión que tiene más que ver con la necesidad de conservar la flora vaginal, de contemplar aros de cerezas en las bocas de los niños, de ver diminutos globos aerostáticos en peceras de 40x40. La ondulación de los temas brinca caprichosamente desde "No le intentes detener" hasta "Charles, el guardabosques", despega en "Monkey Man" para aterrizar en "Samba triste", se despeña en "Plantas carnívoras" para estallar en "Destino Memphis", y así hasta 31 temas en total. No importan tanto los títulos, la gran mayoría de ellos inspirados en una acertada sucesión de visiones interiores, importa un sonido que haga del oyente un muñeco de peluche, arrullado en los brazos de una matrona romana, sin querer despertarse. Mucha culpa de este cúmulo de sensaciones la tiene el tercer miembro de DWOMO (y también colaborador del Fabiani en solitario), Fernando Polaino. Su labor de producción en ambos discos es un prodigio de ingenuidad eléctrica, sus arreglos son portentosos; además de revelar un profundo conocimiento de lo que se trae entre manos, ocupa los espacios sin saturarlos, deja vías abiertas para que la ensoñación del oyente vuele por territorios llenos de algoritmos, de álgebra antigua.

No voy a desertar este año de mis obligaciones. Una de ellas es hacer de la obra de Fabiani-DWOMO cabecera de mis mejores momentos, los de pan de trigo y lecturas al sol. Otra va a ser pedir a Jorge Lorán Martín-Fabiani que siga, que no pare de hacer música. Ignoro cuales son sus planes presentes, qué le tendrá deparado el futuro a DWOMO, un proyecto que emula la grandeza de la catedral milanesa, el genio latino contaminado por tantos años de oleajes. Le suplico que no deje de hacerme tan feliz. A Carlos Maiques que de alguna manera avise cuando tenga pensado hacer alguna exposición de sus obras en Madrid. ¡Ah!, y a Hubert le exijo que no se retire de la puerta del Castilla, aunque yo llegue tarde y sin avisar, como es mi inveterada costumbre.