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31 dic. 2018

Y FELIZ LIBRO NUEVO



JUANJO MESTRE                   "1050 DISCOS CARDINALES"
Comienzo a escribir entre líneas a las 18:45 de una tarde de domingo, víspera de un fin de año marcado por el desplome generalizado en las cotizaciones bursátiles. Jerry García anuncia a la audiencia del Capitol Theatre de Passaic (Nueva Jersey) la rotura de uno de los auxiliares del kit de la batería, justo después de terminar el cover del "Samson And Delilah". Sigue "Terrapin Station", la extensa live-jam que los seguidores de los Dead amamos especialmente. Apenas he comido. Las tapas de un aperitivo y, vuelta a casa, un rioja y prolongada lectura del periódico. Salgo después a la calle. La temperatura más bien parece la de los partes de tregua en la batalla de Guadalcanal. Un variado conglomerado de parejas, matrimonios jóvenes (empujando cochecitos como atontados), personas mayores cogidas de la mano, jubilados sin rumbo fijo, latinos con gorra navideña de los Nets, pasean. Me siento en la taberna de siempre, en la terraza, a la luz de un eco que es más bien psíquico. Pido a Fran un ron con un par de hielos y una corteza de limón. Comienzo la lectura de un número atrasado de Babelia sobre Manuel Vázquez Montalbán. Una pandilla de treintañeros aparece intempestivamente ocupando el resto de espacio disponible. Ellas dan las gracias a Fran cuando les sirve, ellos elevan la voz para seguir contando chorradas. Siento pisoteada mi intimidad y me levanto. Pago la consumición. Ella me mira apoyada en la barra.

Antes, en una mañana delimitada, acabé de leer "1050 Discos Cardinales" de Juanjo Mestre. Colgué las sábanas de la cama. El "Doledrum" de The La´s seguía martilleando felizmente mi cerebro. Imaginé un escenario en que me quedaba encerrado en el tendedero. Anduve desde entonces buscando la cubierta de un disco en que aparezca esa imagen. Desarrollar una historia parecida a la de "La Cabina" de Antonio Mercero. Me asomo a la ventana de mi habitación. Recuerdo cuantas veces mi hija se chotea ante mis discursos privados, "¿De qué hablas contigo mismo papá?, cuéntame, ¿de qué va la cosa.? Bueno, resulta que en la hilera de enfrente cabrían siete coches bien aparcados en batería y nunca se da esa circunstancia, cada cual aparca como le da la gana". Debo parecerle un tipo de orden. Me gusta el peso específico del libro de Juanjo Mestre, pesa bien, no se escapa por la tangente, se acopla perfectamente al hueco de mi mano herida. Además, su obra se ha ganado el derecho a estar situada muy a mano, cercana a aquellos lugares escogidos en los que siempre hay luz, tabaco y bebida.

Conocí a Juanjo gracias a su blog de música ESPACIO WOODY/JAGGER, allá por 2012. ¿Llovía en Valencia cuando caminaba de noche por una de sus calles y entré en un cine?. "¡Oiga!, no he venido aquí a escucharle a usted roncar!", me enfrenté resueltamente a un tipo sentado a mi izquierda. Si que llovía a cántaros en aquella secuencia en la que la banda sonora de la película "Death Or Alive"  interpretaba el "Don´t Bang The Drum" de The Waterboys. Reconozco que sentí algo muy especial. Escuchaba el "This Is The Sea" (Island Rcds. 1985), desde unos años antes y ya desde la primera audición me pareció una obra sísmica, situada en otra dimensión, incluso más allá. Muchos años después Juanjo comentaba la entrada que hice sobre el disco: "...no creo que vibre la ciudad (Valencia) tanto como con la banda de Mike Scott". Desde entonces mi relación con él es la de un conciudadano de bien, compinche fiel y feliz, y se basa fundamentalmente en nuestra común querencia por un disco descomunal, un estremecimiento compartido.

Lo primero que me sorprende de "1050 Discos Cardinales" es su compactación. El libro crece con naturalidad, desde los Prólogos e Introducción iniciales de presentación hasta las últimas páginas del Epílogo y numeración del ejemplar. Es un crecimiento el suyo propiciado por el empleo de adecuada materia orgánica y selectivo proceso de sedimentación, es decir, están los abonos muy al principio, los fermentos encuadrados en los artistas de "Los 50´s" y, ya al final, los protagonistas de la última añada, la del actual 2018. Allí, en los límites perfectamente delimitados por el autor, el lector observa el crecimiento del naranjo, sus explosivo arranque en la década de los 60, su asentamiento vertical en los 70, sus algunos titubeos en la siguiente década (donde, no obstante, aparecen algunos de sus mejores frutos), su fuerte ramificación en los 90, para, ya en este mismo siglo que nos ocupa, asistir a una eclosión frutal que, el patrono de los naranjales no lo quiera, amenaza con romper el cesto de los recolectores. Todo se encuentra alineado y en orden. El diseño de la plantación es el correcto, el tránsito por los rodales adecuado. La poda en su momento. Del riego, elemento fundamental, se encargan el mismo autor y Waterboy Mike Scott, encumbrados profesionales de la cosa. Cristina Benavente diseña el parterre y la floresta. 

En el jardín de la urbanización han colocado unos cuantos árboles sintéticos que simulan una ornamentación navideña. Cuando cae la noche brillan sus pequeñas luces blancas. Un ganchillo tejido por diminutas lunas compite con la Diosa Madre. El cableado negro se asemeja a una procesión de babosas. El gato gris grisísimo y los canes merodean a su alrededor sin atreverse a olisquear los enchufes. Son cuadrúpedos y por eso son sabios. En un ambiente más auténtico, menos impostado, conocí personalmente a Juanjo Mestre. Creo recordar que fue en la IV Convención de los Kinks celebrada en el Café Comercial de Madrid, allá por la primavera de 2016. Asistimos después al club El Intruso para ver un concierto, posiblemente de Malcolm Scarpa. Finalizamos la jornada en otro garito donde pinchaba uno de los nuestros. Allí, junto a Juanjo, nos reunimos muchos globeros llegados desde Valencia, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Albacete, Bilbao. Desde entonces todos amigos, hermanados por un imparable caudal de corriente trifásica. Allí vi su cara de naranja peluda por primera vez. Me gustó su pasión, su grado de implicación con la música, el aura mediterránea de su acento.

La segunda sorpresa de este "1050 Discos Cardinales" hace referencia al principal adverbio empleado, el del mismo título. Repaso los distintos significados de cardinal en el Covarrubias y elijo el más conveniente, el 3º: "Y para concluir, las cuatro virtudes morales: Justicia, Fortaleza, Temperancia y Prudencia, llamamos cardinales, porque en ellas, como en quicios principales, se mueven todas las demás. De consideración tan alta hemos de dar una baja tan grande, que no pueda ser más". Ahí, en esa última frase, reside el secreto. No cabe más porque en ese listado de los 1050 están todos los que Juanjo ha elegido como favoritos. Están también los que no se encuentran (o se hallan entre líneas, en las numerosas menciones y referencias que de ellos se hace), pero el autor ha preferido sortearlos con el fin de manejar una base de datos que no acabara convirtiéndose en un álbum de cromos demasiado pesado. Se lo agradecemos, porque si hubiera hecho lo contrario dejarían de ser cardinales para pasar a la consideración de abuso. Todo en su justa medida, como debe ser.

Concluyo. Nos hacen mucha falta autores que publiquen libros sobre nuestra música, que expongan sus trabajos en los estantes de las librerías. Creo que es necesario, además, que provengan de la cantera cada vez más mermada de los blogs musicales, que salgan a la luz, rompiendo si fuera posible, la exclusividad que otros autores ya consagrados ejercen en los medios generalistas del sector. Y así debería ser porque en esa plataforma es donde se se suelen cobijar los autores más comprometidos, más entusiastas. Juanjo Mestre es uno de ellos. Con la publicación de este su "1050 Discos Cardinales" ha dado ya un paso de gigante en su papel de cronista oficial de un acontecimiento cultural sin parangón en los últimos 70 años, el de la música rock.

21 dic. 2018

FELIZ NAVIDAD




THE LA´S                               "THE LA´S"
¿Comedia o tragedia?..., me preguntaba cual era la manera más adecuada para resumir una serie de alteraciones que me estaban ocurriendo durante las últimas semanas. El caso es que ya venía anticipando un extraño estrés, algo raro porque, en mi condición de semoviente de alfalfa y prado, nunca antes había padecido algo semejante. Sin motivo aparente una alargada sombra de ansiedad ocupaba la mayor parte de mis días, algo me empujaba a vivir en un estado de ira continuada, de persistente mal humor. Dentro de mi cerebro se encontraban dos contrincantes echando un pulso que yo no sabía como resolver. Una sensación de alambres me arañaba y no encontraba la forma de saltar la valla. ¿O se trataba quizás de un augurio fisiológico?. Sabía que la falta de ejercicio físico produce algunas veces mudanzas de carácter de cierta importancia (no por casualidad las boñigas olían a azufre). Pero lo que realmente más me preocupaba era que cualquier cosa que me sucedía, sin un orden alfabético aparente, me cabreaba profundamente. Si recogiendo la colada un calcetín caía al suelo, echaba pestes, si algún anuncio publicitario se cruzaba sin permiso en mi camino, aborrecía en endecasílabos, si esperaba más de la cuenta en la cola del autobús, execraba ante todo conductor municipal puesto a tiro.

Las cosas se torcieron aun más cuando el ordenador decidió dejar de funcionar. De acuerdo..., debo reconocer que ya es viejo, a punto de superar la edad media de supervivencia canina, pero eso de dejar tirado a su dueño, el que le da de comer (el mayor vínculo en cualquier existencia) así, sin previo aviso y por sus santos píxeles, no se le hace a un amigo. Les evitaré los pormenores del arreglo, también los referentes a la factura de tres cifras que tuve que pagar en efectivo. Un agujero negro más en un mes, Diciembre, del que, hasta este año, siempre había recibido buenas sensaciones. Les ayudo por si no lo deducen, aquello del mucho frío en días soleados, un espejismo aquí en la meseta central del culo del profeta. 

La crudeza de los acontecimientos no quedaría compensada sin mencionar unos antecedentes que, vistos ahora desde la distancia, me sirven de alivio. -¿Fueron acaso un fiel reflejo de la dualidad del universo?-. A finales de Noviembre asistí a un concierto de Supersuckers con mi amigo Gonzalo y otros colegas de  la República de Carabanchel. La sala Gruta 77 es uno de esos garitos donde se debe sudar la camiseta, bailar con los vecinos en la pista de coches de choque y alzar el puño de una revolución que nunca será televisada. Unos días después cené con una pareja de grandes amigos con los que me reencontré después de décadas. Hicimos planes para ir al sur de cristales azulados en Marzo o Abril. Estuve en El Sol viendo a Matthew Sweet y, en la misma semana, en El Ocho y Medio, asistí al concierto de Guadalupe Plata (tuve pase para ver a los músicos en el backstage, les hablé de mis antepasados de Guarromán, me firmaron además su último disco). Como si se tratara del pitillo del condenado a muerte, leí con avidez a Unamuno y Lawrence Durrell, soñé con cosas rarísimas, lodazales dentro de un BMW, cambié una lámpara en un pasillo de Vallekas, saboreé excelentes quesos elaborados por mi sobrino Nacho, me alegré infinito por mi hija cuando me confesó que llevaba un mes entero sin fumar.

¡Ah, pero ese dedo infame!, ese..., que se sepa, el meñique de la mano derecha, propició la peor jugarreta de la última semana. Ya tenía prácticamente finalizada mi entrada. Hablaba sobre un grupo favorito de Liverpool, The La´s. La inspiración original me encontró entonces en la cocina pelando cuatro huevos duros, - la olla contenía más de legumbre que de vaca y carnero-, recuerdo perfectamente el inicio. Aparecía el protagonista, Lee Mavers, principal compositor de la banda, deambulando por el Rastro. Empezaba a llover, él se cobijaba en un puesto del que yo era propietario. Iniciamos una conversación salpicada de cambios narrativos (siguiendo el estilo de Durrell), el pulso cerebral del que antes hablaba pretendía trasladarse al texto. Mi querencia sobre un disco, su primero homónimo (Go! Discs Rcds, 1990), chocaba contra la opinión de un Lee Mavers en estado catatónico, un cerebro poseído por el tam-tam de los primeros esclavos negros. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que ese puto dedo meñique golpeó -¿conscientemente?- una letra del teclado y todo despareció, todo, el borrador entero de dos semanas y media de intenso trabajo. 

Aquí o allá, la ubicación de la siguiente frase de Paul Valéry podría tener cabida en cualquiera de los espacios temporales del texto: "La merde, la merde toujours recommencée". ¡No lo podía creer!, ¡todo al carajo!, vuelta a empezar de nuevo. La inmensa ira ante lo injusto. El muro de Jericó cayó como una construcción de naipes. Pocos minutos después llegó el cartero con una requisitoria de la Agencia Tributaria donde me comunicaban que la declaración de la renta estaba sujeta a inspección. Días antes había perdido la pista a una colección de discos de Focus que había adquirido pujando en una casa de subastas holandesa. Mi mujer me confirmó que seríamos 13 personas para la comida de Navidad en nuestro salón, apenas 30 metros cuadrados disponibles. Salí a la calle sin rumbo fijo. Dios hizo el saludo nazi y la mañana era gris. Me negué a saludar a la vecina cuando me crucé con ella. Dejé la basura en cualquier esquina de la escalera. Antes puse un nacimiento marciano.

Resulta una obviedad afirmar que el disco homónimo de The La´s es una maravilla, una de las cumbres de la música inglesa de los primeros años 90. Prefiero escucharlo desde la memoria, acaso soñarlo, y confiar en que lo que surja a partir de ahora le haga justicia. Confieso que según me introducía en su adentro más me sorprendía. La propia opinión de Lee Mavers, su alma mater (principal compositor y guitarra rítmica de la banda), contradice la visión unánime de una crítica y aficionados que lo valoran con altísimo rango. Lee Mavers se refiere a su obra como auténtica basura, un invento de los numerosos productores que ultrajan su sonido, convierten grandes canciones en un pop à la mode de entonces. Nada que ver con el sonido que pretendía. Habla de unas guitarras acústicas que apenas se escuchan, las guitarras eléctricas parecen estar desenchufadas. La misma portada del disco, continua en sus críticas, no dice nada, nada transmite de la historia de la banda, compleja y llena de altibajos. The La´s buscaban el sonido primigenio de The Beatles, el de The Cavern, antes de mudarse a Londres para producir en cadena música para niñas ricas y aburridas.

Intento recordar los comentarios que escribí sobre las canciones antes del desastre nuclear. En "Son Of A Gun" hablé de una magnífica presentación en apenas dos minutos, de capas de guitarras limpias, atrevidas, de una voz de Lee que funcionará como patente de corso (Inglaterra, nación de piratas, León Felipe dixit) durante toda la grabación. De "I Can´t Sleep" creo recordar algo referente al trote de la canción, las guitarras no tensan las bridas, la dejan suelta procurando un feliz viaje. "Timeless Melody" tiene una manufactura casi manchesteriana. Una de las joyas del disco, es atemporal (recuerdo ese adjetivo, muy a tono con el título del tema), procura una emoción que va creciendo según se desarrolla su melodía. De "Liberty Ship", tiene un tempo más sosegado, más de ensayo entre amigos. Terminé el párrafo (siempre el séptimo, dedicado a la cara A) hablando de "Doledrum" e intenté igualar su cadencia a la de la canción anterior. Terminé admitiendo que me parecía una composición más conseguida, más de banco de parque que de campiña.

En "There She Goes" no hice entonces ninguna mención a la heroína, problema con el que entonces tenía que lidiar Lee Mavers. Su lírica parece dar a entender su influencia, aunque algunos de sus allegados y otros críticos rechazaron en entrevistas posteriores esta visión. Recuerdo que dediqué a esta canción, como ahora hago, un párrafo en exclusiva, lo merecía. Es de una grandeza abrumadora, se basta así misma (me acuerdo perfectamente de esa frase... y de la que seguía), "navega empujada por un viento emocionante". Confieso que estuve comparándola con la versión de "The Kitchen Tapes", unas cintas grabadas como demos antes de la edición del Lp, y debo confesar mi asombro. Dos versiones distintas, la oficial del álbum, con Steve Lillywhite como productor, la otra grabada en Devon, en la casa de los padres del entonces capo de Go! Discs Records, Andy McDonalds. La primera eléctrica, la segunda acústica, las dos parecen complementarse, una representa lo que fue, la otra lo que pudo ser, esta última versión es la favorita de Lee Mavers.

A partir de este párrafo se produjo el crack del 29, ya saben, la historia del dedo meñique. Todo lo que se transcribe a continuación es fruto de la sorprendente pérdida del paraíso terrenal. Dudo entre dejar que la aguja recorra todos los surcos de la cara B o ir canción a canción; hablar de lo general o limitarme a lo particular. De hecho, los dos primeros temas, "Feelin´" y "Way Out" tienen un sabor Beatles incuestionable, del añejo, del de antes de las condecoraciones del Imperio Británico. Cuando suenan "I.O.U" y "Freedom Song" decido colocarme contra las puertas del armario, mido la distancia hasta el plato del equipo, dos metros y medio, espero sensaciones. Son ambos los típicos temas de más o menos. Más lentos, menos arrollladores, más rítmicos, menos elaborados, más agudos, menos graves. Ambos le dan también al disco un toque más o menos festivo, menos de "Penny Lane", más del "Have A Cuppa Tee" del dos décadas anterior "Muswell Hillbillies". "Failure" es el tesoro escondido del disco. Anticipa un muro ramoniano, una agresividad Dead Boys, una chulería Wreckless Eric. Excelente ejercicio de puro rock´n´roll. Cierra el disco "Looking Glass", una extensa balada acústica enriquecida por los arreglos orquestales de Mark Wallis y Donald Hodgson. Permítanme que en este momento reivindique el tanto de George Best ante el Benfica de Eusebio en la final de la Champions de 1968.



A Crosby, por un año más de hermandad.




28 nov. 2018

ELOGIO DEL CLUB FRIARS




COCKNEY REBEL                    "THE PSYCHOMODO"
La ciudad de Aylesbury es justamente reconocida como una de las más bellas de la campiña central inglesa. Su indudable atractivo se acrecienta por el brazo fluvial que, aprovechando el esqueleto del Grand Union Canal, la une hacia el oeste con Marsworth, los extensos valles que bajan desde las Colinas de Chiltern la inundan de un color y luz especial. El paisaje, medido al raso de sus parques, canales y desde el coqueto cementerio de la Iglesia de St. Mary, se encuentra a menudo tamizado por una atmósfera delicada, de entrepaño, la calma se rompe cuando los cambios de temperatura anuncian su llegada. Pareciera entonces como si en Aylesbury se hubiera detenido el tiempo del sueño, la historia de la ciudad y su entorno girasen alrededor de las antiguas leyendas de John Barleycorn. ¿Cómo es posible que en un paisaje tan ensoñador confluya también uno de los epicentros más roqueros de las Islas Británicas?

El club Friars de Aylesbury cumplirá su cincuenta aniversario el próximo año. Sin duda uno de los grandes santuarios de la música rock en vivo del Reino Unido, abrió por primera vez sus puertas en Junio de 1969 con un cartel compuesto por el cantante y compositor de folk-blues Mike Cooper y por la Mandrake Paddle Steamer, una banda curiosamente ya catalogada entonces como post-psicodélica. Acudieron al local unas doscientas personas y Dave Stopps (uno de los gerentes y alma mater del club), reconoció haber perdido 35 libras esterlinas, una pequeña fortuna por aquella época. Desde esa fecha, todos los lunes por la tarde, el club Friars presentó ante su habitualmente nutrida audiencia a un buen número de los grupos punteros ingleses, Black Sabbath, Mott The Hoople, King Crimson, Genesis, Gong, Fruupp. Pero el cénit de las actuaciones en directo tiene lugar el 29 de enero de 1971 cuando David Bowie, a tan solo cuatro meses de publicar su "Hunky Dory" (RCA Rcds, 1971), presenta en Friars su nuevo papel como el Ziggy Stardust acompañado por The Spiders From Mars. Representantes de todos los medios musicales de Londres, además de algunos periodistas norteamericanos llegados ex profeso la víspera, asisten, junto al público asiduo que abarrota el club, a un concierto que cambiará, para bien y para siempre, la historia de la música rock.


Stephen Malcolm Ronald Nice, nombre completo del siguiente protagonista, Steve Harley, nace en Londres, en el área de New Cross en 1951. Su primera infancia está marcada por la enfermedad del polio, afección que se prolonga hasta bien entrada su adolescencia. El retraimiento consiguiente sirve a un muy joven Steve para aficionarse a la literatura y a la música, Eliot, Lawrence, Woolf, Hemingway, Steinbeck y Dylan le acompañan durante todos esos años. Como instrumentista se inicia con la guitarra española y el violín. Entre 1968 y 1971, ya recuperado después de varias operaciones quirúrgicas, Steve se dedica a trabajar en la prensa como articulista hasta que en 1972 decide dar el salto definitivo y centrarse en su verdadera pasión, la música. En ese verano le vemos actuando como músico callejero en Portobello Road, en el metro, también en algunos clubes del circuito folk londinense. Sus compañeros de cartel suelen ser John Martyn, un Ralph McTell cuyo inolvidable "Streets Of London" ya ha adquirido cierta fama, Martin Carthy o Julie Felix. Forma parte de Odin, una banda también en la onda folk, en la que comparte guitarra rítmica con dos de los que serán compañeros y miembros de su futuro grupo Cockney Rebel, el violinista Jean-Paul Crocker (recien salido de una breve colaboración con Trees), y el batería Stuart Elliott, acompañante del astro pop Adam Faith en sus recientes giras y, como muchos otros músicos por entonces, miembro de varias bandas de rock sin mayor incidencia comercial.

Ya a mediados de 1972 Steve ha logrado conformar una banda a su antojo, seguidora inicialmente de un criterio musical que debe al glam su imaginario preferido, el ambiente ideal que le servirá de escenario durante una buena parte de su carrera. La lírica de sus textos, fruto de las influencias que como lector vivaz adquirió durante su enfermedad, incorpora a su propuesta un tono de esotérica brillantez; además, el premeditado rechazo de la guitarra eléctrica, como instrumento base del sonido de la banda, la hace partícipe de una atmósfera especial. Para ello se sirve del mencionado Jean-Paul Crocker al violín eléctrico y, sobre todo, de un Milton Reame-James que, incorporado en Julio de 1973, hace maravillas con su piano Fender-Rhodes. El empleo medido y brillante de estos instrumentos, junto a  la magnífica voz de Steve, muchas veces afectada, como si estuviera representando el papel de un cantante de cabaret, consiguen que su apuesta sea considerada por la crítica no exactamente original pero si felizmente continuadora de los pasos dados por David Bowie unos años antes. Su paralelismo estilístico con el astro de Brixton, quizás menos educado literariamente, pero con mucho mayor genio compositivo y más amplia exposición mediática, compartido (amistad incluida) con un Marc Bolan que ya por entonces presumía, sin el menor atisbo de humildad, de ser el número uno de la escena ("Electric Warrior" y "The Slide" ya se han publicado), constituyen uno de los triunviratos de la mejor música pop inglesa en los comienzos de la década de los 70.

Es a finales de 1972 cuando Mickie Most levanta la liebre viéndoles en concierto en el Speakeasy de Margaret Street, mítico club donde se suelen dar cita los más famosos músicos, mánagers, representantes de sellos y promotores, además de algunos personajes extremos de la noche londinense (Laurie O´Leary, su principal representante entonces, trabajó unos años antes como empleado en el Esmeralda´s Barn Club de los gemelos Kray). El presupuesto de Most para ficharles no puede competir con la oferta de EMI y, a principios de 1973, Cockney Rebel firma un contrato por tres álbumes con el más prestigioso sello inglés. "The Human Menagerie", grabado entre Junio y Julio de 1973, es el primero de ellos. Producido por Neil Harrison, un dramaturgo especialmente elegido por el propio Harley (lo encontraremos algunos años después en el musical "Beatlemania" y formando parte del The Beatles Bootleg, un cameo al que tan aficionados son los ingleses de cierta edad), incorpora, como bajista oficial del grupo, a un tristemente malogrado Paul Jeffreys (fallecido en el atentado del vuelo 103 de la PAN AM, en Lockerbie 15 años más tarde). También a Geoff Emerick, ya entonces consagrado como uno de los mejores ingenieros de sonido de la industria, además de un joven y brillante Andrew Powell en los arreglos orquestales. El single "Sebastian", que antecede en el mercado al álbum, consigue el éxito en Bélgica y Holanda pero no así en el Reino Unido. A pesar del buen recibimiento de la crítica, este su primer Lp correrá la misma suerte.

Su segundo álbum con EMI, "The Psychomodo", grabado en varios estudios londinenses durante la primavera de 1974 y publicado en Junio de ese mismo año, es felizmente más rico en texturas. La producción conjunta de Steve Harley y un Alan Parsons, ya reputado ingeniero de sonido, colaborador en algunas anteriores grabaciones históricas de The Beatles y a punto de comenzar su exitosa carrera con el The Alan Parsons Project, le otorga al disco un matalotaje especial. Al glam se le añade un tinte de pop progresivo que, analizado en su conjunto, otorga a ese primer estilo, condenado inicialmente más al esplendor del continente que al propio contenido, una mayor caladura, mayor profundidad también. El sonido adquiere un protagonismo más envolvente, late entre los surcos del disco una variable de moderna música de cámara. Antes de sacarlo al mercado, y por imposición de unos ejecutivos de la EMI que aun dudan de la viabilidad comercial del producto final, se publica el single "Judy Teen", una brillante composición de Harley pergeñada en su época folk. "Super troubadour / She can show you more than her lace"..., la imagen fugaz de la groupie del momento queda fielmente reflejada, entre sus líneas se descubre el vacío de las after-hours. El single alcanza un éxito inmediato. Comienza lo que los medios de entonces llamaron la Rebelmania.

Mick Rock, el llamado "fotógrafo de los 70", es el encargado del diseño artístico del álbum "The Psychomodo". Sobre un fondo negro, y con las imágenes de los miembros de la banda en sepia, Steve Harley se muestra tal y como pretende, un actor dispuesto a tomar por asalto el escenario. Las manos abiertas a ambos lados de una cara maquillada, los labios pintados, sombra de ojos, una lágrima cuelga de la mejilla. A su alrededor, los rostros del resto de los miembros del grupo inciden en la representación coral del álbum. He de reconocer que pocas veces he asistido a una subida del telón tan bien interpretada como en la de la apertura del "Sweet Dreams". Los teclados tejen los bordados, el violín adorna con pasamanería, la base ritmica funciona de rodillo, la voz de Steve, clara y transparente, dirige la función. En "Psychomodo" el hilo sigue el curso del peine, la narración referencia unos protagonistas, Quasimodo y Desdemona, que juegan con imágenes extremas, el ritmo es galopante. "Mr. Soft" ofrece al oyente un tam-tam de palacios derruidos, el puente final da paso a "Singular Band", la siguiente pieza, la percusión sigue marcando el tempo, la voz de Steve estira las últimas sílabas ante el confesionario, el primer puente es una conseguida coda jazzística en la que los teclados se mueven entre hadas. "Ritz" cierra la cara A, la melodía gira en círculo, la voz de Steve es indulgente, atempera un fondo espeso que cuadra muy bien con un tono general que parece dantesco.

"Cavaliers" inicia la cara B y continúa con el tono grandioso del anterior tema. En una suerte de nana sinfónica Penélope espera la llegada de los "Caballeros", se le acumulan las imágenes en su estancia, sus símbolos se empujan unos a otros, miseria, ceguera, alas rotas, sombras, bandejas de plata, gardenias blancas, soledad, labios de morgue, caderas, melancolía, todo gira en lamento. "Bed In The Corner" es el tema más glam del álbum. Los arreglos de cuerda le otorgan esa distinción burlesca, de vodevil. La rica orquestación permite contrapuntos en los que la banda irrumpe a saco, dando pie, brillantemente, a la entrada del siguiente tema, "Sling It!," en el que los instrumentos, ya cerca de los máximos sensores de sonido roxyniano, continúan una cabalgada intensa, potente, adornada por un final de cuerda extremo. Al final, en "Tumbling Down", llega el sosiego, la melodía más acusadamente pop, no exenta por ello de la feliz aparatosidad que impregna buena parte del disco, corre por un canal de agua cristalina. El verso de cierre: "Oh dear, look what they´ve done to the blues, blues, blues..." contiene en su repetición uno de los más bellos mantras que este prosista escuchó cuando se publicó el álbum. He de confesar que a fecha de hoy me sigue emocionando.

Cortesía de aylesburyfriars
Volvemos al Friars de Aylesbury. La tarde tiende ya con pinzas mojadas la colada de sus habitantes. Ha llovido a mares la víspera del 25 de Mayo de 1974 cuando Cockney Rebel acude, por tercera vez consecutiva ese mismo año, al club de Market Square. La banda, ya favorita en la localidad, también en las poblaciones vecinas de Luton y Dunstable, ha vendido todas las entradas y presenta, como primicia, algunos de los temas de su próximo disco, "The Psychomodo". A la formación original le quedan los días contados, apenas un par de meses antes de su primera ruptura. Solo el batería Stuart Elliott permanecerá al lado de un Steve Harley que, ya desde el primer momento, ejercía su indiscutible autoridad en la banda. Ante esta postura del líder, Jeffreys, Reame-James y Crocker no tienen nada clara su continuidad y deciden marcharse. Be-Bop De-Luxe, curiosamente la banda que les sirve de teloneros en aquel concierto, les recibirá como nuevos miembros de su formación. A finales de Julio, cuando termina la gira de presentación del disco, la separación ya es un hecho. Los singles "Psychomodo" y "Mr. Soft", publicados meses antes, son éxito en las listas y preludian el del propio Lp. Salvo algunos periodistas que acusan a Steve de fatuo y demasiado presuntuoso, el resto de los medios está a sus pies. La mencionada Rebelmania había comenzado a surtir los efectos deseados. Con la desaparición de esta primera formación original de Cockney Rebel, el glam, en una de sus versiones más atractivas, pierde uno de los eslabones de su cadena.








9 nov. 2018

EL ROCK Y LAS CIUDADES VIII: NUEVA ORLEANS




FATS DOMINO                      "ROCK AND ROLLIN´WITH FATS DOMINO"
Salimos de Houston a las 6 en punto de la mañana. El día anterior revisamos todos los niveles y repostamos al completo el depósito del viejo Ford Edsel Corvair. Me gusta comenzar un largo viaje a primera hora, además, siempre que puedo, procuro hacerlo en ayunas. Manías. Trump debe seguir durmiendo, no ha pasado aun ningún tuit. La temperatura era ya entonces alta y el parte metereológico anunciaba tormenta eléctrica hasta la frontera con Lousiana. Tomamos la US-90 E bordeando Baytown por el norte para continuar por los condados de Harris y Liberty, antes de llegar a Beaumont. Me siento cómodo conduciendo por esos extensos paisajes llanos y húmedos del Este de Texas. La carretera se asemeja a una larga serpiente de acero, el reflejo de la lluvia contra el asfalto vibraba con colores dorados. Ya en Beaumont tomamos la desviación al aeropuerto, dirección Port Arthur, nuestra intención era visitar la exposición permanente de Janis Joplin en el Museum of The Gulf Coast. Según entramos en la zona portuaria de la ciudad un inconfundible olor petroquímico invade la atmósfera. El parking de la calle 4 está completo y el restaurante más cercano se encuentra bastante alejado del Museo. Empiezo a percibir la misma animadversión que la estrella tejana sentía por esta ciudad. Compramos la entrada, 8 dólares por cabeza, y nos entretenemos un buen rato en la sala dedicada a Janis. Tengo tanta hambre que me comería mi propio puño sazonado con alguna salsa criolla, así que a la salida de Port Arthur decidimos entrar en Louisiana por la 87, cruzar los Lower Neches hasta Bridge City por la frontera natural del Río Sabine y buscar en la carretera un sitio para almorzar algo.

Al llegar a Orange paramos en una gasolinera, solo para ir al servicio y hojear la prensa del día. Antes de salir con dirección a Crescent City ya tengo mi plan decidido. Pasamos por la ciudad de Lake Charles y en la intersección con la Interestatal 10, poco antes de cruzar el Calcasieu Bridge, resuelvo abandonar a mi compañero de viaje. Mientras se baja en el primer arcén del lago Westlake para tomar unas fotografías, acelero y salgo disparado sin despedirme. Ha dejado de llover, sale el sol y el viento comienza a soplar con fuerza. Mientras el Ford Edsel Corvair va cogiendo velocidad abro todas las ventanas y el viejo acero cromado del 57 despega hacia un cielo ya completamente despejado. Vuelo por encima de la autopista, cada vez más alto, lo suficiente para contemplar El Árbol de la Vida. El tronco del Mississippi se yergue fornido hacia el norte, hacia Memphis, Sant Louis, Davenport y Minneapolis. A su derecha, el Tennessee y el Ohio, a su izquierda, el Arkansas y el Missouri, llegan hasta los confines de la Costa Atlántica y la frontera canadiense. El mapa fluvial del continente americano se asemeja al atlas mental de sus neuronas, el inmenso país palpita en toda su extensión de grandes y pequeñas venas abiertas. Quiero confiar en que Bola de Sebo, mi desahuciado colega, recuerde el lugar de nuestra próxima cita. El 1208 de Caffin Avenue, el domicilio reconstruido por Fats Domino después del desastre del huracán Katrina.

Avisto un par de cazas de combate F 15C Eagles mientras planeo hacia Lafayette por la I-10. Decido entonces arrimarme a uno de ellos y aprovecho su rebufo para aproximarme hasta el suburbio de Bayou Cane. Aterrizo sin problemas en el parking de un centro comercial, compro unos sandwiches de pepino y una lata helada de High Life en un deli del Dillard´s y me dirijo a continuación hasta la Estatal 90. Mi intención es entrar en Nueva Orleans por el sur. Estoy a un poco más de una hora de la ciudad, conecto la radio del coche y busco la emisora WWOZ en la 90.7 de la FM, suena el "Still Unruly On The Plantation" de Marty Most. Ignoro la razón, pero al llegar a Paradis desciendo por la 306 hasta los pantanos de Bayou Gauche. Me guío por las señales que indican la dirección de varios pozos de gas y cabañas de pescadores abandonados. Los canales están repletos de enormes cipreses, algunos con sus copas calvas de vegetación, otros aparecen clavados en el agua como lanzas ancestrales. Alrededor de sus troncos se sucede un rito de ondas que no acabo de entender. Inexplicablemente empiezo a sentirme aturdido, el aire caliente se llena de la incómoda parálisis de los extraviados. Observo como una pareja de nutrias luchan en la orilla por la mejor porción de una raíz humeante. Aparco el coche temiendo no llegar al concierto de Project Pan en el Howlin´Wolf. Cuando despierto ya estamos en los suburbios de Nueva Orleans, hemos cruzado la coraza de lúpulo del Mississippi, a la altura de Marrero, suena el "The Wee Wee Hours" de Professor Longhair. Me sorprendo al ver a Bola de Sebo conduciendo. Gira hacia mí su pequeña cabeza de garbanzo y sonríe maliciosamente.

Antoine Fats Domino nace en Febrero de 1928 en el Lower Ninth Ward de Nueva Orleans. Es el octavo y último hijo de una familia de origen creole francés. Fats es el único miembro de los Domino que viene al mundo en la misma ciudad, sus antepasados, incluidos todos los hermanos mayores, son oriundos de Vacherie, una amplia zona de plantaciones situada al oeste de la ciudad (entre sus humedales tiene lugar la grabación de los capítulos de la serie "True Detective"). El sustrato del Lower Ninth Ward es básicamente pantanoso. En 1910 se inician las obras del Industrial Canal, un eje central que une el vientre del Mississippi con el gigantesco ojo del Lago Portchartrain, su construcción atrae a muchos trabajadores afroamericanos de las antiguas plantaciones establecidas alrededor del Lago Borgne. El primer domicilio paterno se encontraba en la Jourdan Avenue, la divisoria principal entre el canal y la parte oriental de la urbe. Cruzando por el entonces único puente de Claiborne se llegaba a la ciudad. Bywater, Marigny y French Quarter por la orilla del río. Caminando por Saint Claude, no muy lejos, hacia el norte, era fácil entretenerse entre los pasillos de los cementerios de Saint Vincent De Paul y Saint Roch. Coincidían allí vetustos panteones con extensas hileras de nichos. En muchas de sus construcciones una exuberante vegetación de líquenes otorgaba al lugar una misteriosa imagen de lágrimas escurridas.

Fats se introduce en la música de Nueva Orleans gracias a su cuñado Harrison Verrett, guitarrista en la banda de jazz de Papa Celestine. Él es quien le da las primeras lecciones al piano. Con apenas 20 años ya pertenece a la formación de Billy Diamond, se curte en clubs como el Robin Hood y el Hideaway de Desire Street, mientras trabaja a tiempo parcial transportando barras de hielo y fabricando somieres. En 1949, en el mismo Hideaway, Dave Bartholomew, líder de su propia banda, productor y compositor, junto al dj Duke "Poppa Stoppa" Thiele, asisten a uno de sus conciertos. Les acompaña Lew Chudd, propietario del sello californiano Imperial al que han convencido para trasladarse ex-profeso desde Los Ángeles. El estilo ya entonces característico de Fats, una mezcla de boogie-woogie, blues y jazz, extraía del piano una corriente que fluía entre los efectos graves del thumping y los agudos del ritmo dixie, quedó expresamente patente cuando interpretó el "Swanee River Boogie Woogie" de Albert Ammons. Una de sus influencias, junto a Amos Milburn, Big Joe Turner y Louis Jordan. Lew Chudd le contrata al instante. Acuerdan sus honorarios sobre la base de las ventas producidas y los royalties generados por cada canción (algo nada común por aquella época).

Hemos pasado la noche en el New Orleans Guest Hotel de la Ursulines Avenue. Estamos a tan solo dos manzanas del French Quarter. A nuestra derecha queda el cercano parque Louis Armstrong. El lunes 12 actúan ZZ Top en el Saenger Theatre de Canal Street y hacia allí nos dirigimos para comprar nuestras entradas. Mientras caminamos por North Rampart Street, en el límite norte del más famoso barrio de Nueva Orleans, se apodera de mí una extraña sensación de desubicación. Una estrecha medianera divide una calle donde la profusión de pequeños comercios, con sus respectivos parkings, otorga al transeúnte la impresión de explorar un archipiélago. Al otro lado los edificios cobran otro sentido, estaciones de servicio, iglesias, amplios centros hoteleros, tiendas de ultramarinos. Según se mire hacia las ordenadas farolas de la medianera, uno duda entre encontrarse ante una hilera de mástiles o de pararrayos. La poca altura de los inmuebles confiere mayor protagonismo a un cielo ya cubierto de nubes. El tranvía color mostaza de la Streetcar Line número 49 sube y baja constantemente por la calle. Su sonido se asemeja al gorgojeo de un pelícano. Miro extrañado a mi alrededor. Bola de Sebo y yo somos los dos únicos transeúntes en North Rampart Street a las 10 y media de una mañana que se ha tornado lluviosa.

El sello Imperial encaja perfectamente en un artista como Fats Domino. El inmediato éxito de sus composiciones junto a Dave Bartholomew dispensan a la marca de Lew Chudd, inicialmente especializada en música de grupos mejicanos y artistas folk del área de Los Ángeles, un impulso y fama sin precedentes. Desde su primea grabación en diciembre de 1949, en los J&M Studios de Cosimo Matassa en la misma Rampart Street, el archiconocido "The Fat Man"/"Detroit City Blues", hasta septiembre de 1962, en que cancela su contrato para firmar con ABC-Paramount, el pianista graba más de 60 singles, colocando 40 canciones entre los Top Ten de las listas de R&B, otras 11 en el Top Ten de las Pop Charts. Ventas millonarias de este "The Fat Man", "Goin´Home", "You Said You Love Me", "All By Myself", "Poor Me", "Bo Weevil", "I´m Walking", "Tired Of Crying", "Blueberry Hill" y, sobre todo, el "Ain´t It A Shame", cuya versión de Pat Boone alcanzó el número 1 de las listas, convierten a Fats Domino, junto a Elvis Presley, en el auténtico campeón de la nueva música popular durante toda la década de los años 50. En noviembre de 1956 la revista Ebony, desde 1945 la más importante publicación para el mercado del ocio afroamericano, le considera el auténtico "Rey del Rock´n´Roll". Por entonces gira 340 días al año, cobra 2.500 $ por concierto y su fortuna personal, después de ajustar cuentas con los miembros de su banda, alcanza ya el medio millón de dólares.

Ese mismo año de 1956 Imperial publica su segundo Lp, "Rock And Rollin´ With Fats Domino", una reedición, con distinto título y número de catálogo, de su primera obra, realmente una recopilación de sus grandes singles (editada en Europa como "Carry On Rockin´"), que llega al puesto 17 del Billboard Pop Charts. Además de muchos de los títulos anteriormente mencionados, se encuentran aquí otros temas de éxito como "Going To The River", "Please Don´t Leave Me", "Rose Mary" o "Don´t Blame It On Me". La enorme repercusión del artista atrae masívamente a sus conciertos al primer público blanco sureño. El encuentro de estos con la audiencia joven de color, sumado a los típicos piques al sacar a bailar a sus chicas (incrementado por la ingesta de alcohol, muy pronto prohibido) produce las primeras confrontaciones raciales en Fayetteville, Carolina del Norte. Nada que ver con las sesiones multitudinarias organizadas por Alan Freed en Detroit, Cleveland, Nueva York o Washington D.C. en las que Fats participa junto a otras estrellas. El público asistente se comporta en el norte de forma más civilizada. 1956 es su año mágico. Ayuda a su ya enorme fama la participación en dos de las más logradas películas con banda sonora de rock´n´roll, "Shake, Rattle And Rock!" de Edward L. Cahn y "The Girl Can´t Help It" de Frank Tashlin (en esta última, dicho sea de paso, una inmensa Julie London se merienda viva a la diva Jayne Mansfield).

La sección de viento del "Rock And Rollin´With Fats Domino" está formada por auténticos campeones del r&b. Dave Bartholomew, Lee Allen, Herb Hardesty, Clarence Hall y Alvin "Red" Tyler. La base rítmica la componen Earl Palmer (batería) y Frank Fields (bajo). Ernest McLean se encarga de la guitarra. Alguien dijo que Fats canta como habla, un tipo alegre, siempre con una sonrisa a punto de baño maría. El deje y´all típico dixie le sale de dentro, con toda naturalidad. Sus fraseos contienen, en algunos de los temas del disco, finísimos wah-wahs, medidas modulaciones guturales que se acoplan perfectamente con el famoso backbeat de su piano. Voy rememorando sus nombres mientras nos cruzamos con una ingente cantidad de turistas a lo largo de Bourbon Street. En Iberville Street nos topamos de lleno con una numerosa tropa de strippers, reivindican la dignidad de su trabajo. Preferiría pensar que he pasado buena parte de la tarde con Peter Fonda y Dennis Hopper en el Saint Louis Cemetery o que, ya entrada la noche, John Lurie o Tom Waits me invitan a un szerac en The Spotted Cat de Frenchmen Street, pero no sucede así. Hacemos un alto en el Coop´s Place de Decatour Street para comer algunas de las especialidades típicas de la ciudad. Ordeno un Chicken & Crawfish Gumbo mientras creo con ello homenajear algunas de las portadas de Dr. John y Professor Longhair. Por delante nos quedan otros tres días en Nueva Orleans. 


A Lucía.


25 oct. 2018

OTOÑO



Resulta sugestivo cargar sobre alguien el peso de lo que aun no ha sucedido pero puede suceder, encontrar un único protagonista al que transferir el capricho de la probable coincidencia. Esa fue la idea que originariamente circulaba por mi cabeza cuando me planteé salir del letargo de las mariposas. La tarde se aburría entre nubes bajas y decidí entonces enchufar el aparato de TV. Elegí ver un documental, "Janis. Little Girl Blue" (2015) de Amy Berg. Relataba la vida de la que fue por muchos considerada la Reina del Blues (blanco), Janis Joplin. Unos días más tarde, no sabría precisar de qué semana, buscando información sobre el "Infidels" de Bob Dylan (CBS Rcds, 1983), me topé con la presencia de Howard Alk, curiosamente también director de otra película sobre la cantante tejana, "Janis", en 1974. Supe al poco que también había filmado dos celuloides sobre los sucesos de Chicago en la Convención del Partido Demócrata de 1968, "American Revolution 2" (1969) y "The Murder of Fred Hampton" (1971), una cruda narración sobre el activismo político y posterior asesinato por la policía del máximo responsable del Illinois Chapter del Black Panther Party. La siguiente secuencia me encontró sentado en la barra de un antiguo restaurante de comida casera, ahora reconvertido en un local de emprendedores culturales, ojeando el volúmen 1, Año Uno, del fanzine "Buscando Oro En La Cloaca", órgano oficial de la plataforma marginal "Oscura Plata". Decidí comprarlo mientras saboreaba los últimos sorbos de mi Tanqueray. En poco menos de media hora comenzaba el concierto de Alejandro Escovedo en el Tempo Club.

Los acontecimientos venían impuestos, se sucedían de acuerdo con las señales fosforescentes de evacuación y salvamento. Vi después algunos carteles sobre la pauta a seguir en situaciones de emergencia pegados en los vagones del metro. Justo enfrente mío un punki con raquitismo en sus brazos miraba a su novia, ella sonreía con flores en sus labios y se besaban. Las flechas de salida me indicaban el camino a seguir. Intentar ligar las imágenes de la muerte de Hampton, fotografías mostrando un colchón profusamente manchado de sangre, las sonrisas cómplices de los policías blancos transportando su cuerpo hacia la ambulancia, con un collage de Lole (la de Lole y Manuel, aparecía en la primera página del fanzine...) armada con una carabina, una toma en blanco y negro en la que se mostraba bellísima, como el recuerdo de una memorable remontada en un campeonato de mus. Antes de pagar mi consumición comenté con el camarero que parecía ya no quedar espacio para publicaciones alternativas, aquellos fanzines que proliferaron hace 20, 30 años, cuando aun se marcaba el 003 para pedir la hora. Me dio la razón, pero yo entonces pretendía que la rabia apareciera de nuevo, así que al llegar a casa me entretuve buscando los fanzines musicales que aun conservaba de aquella época. Deduje que el conocimiento del mundo subterráneo continuaba limitándose al boca a boca.

Escribo este texto después de haber deambulado sin gloria por unos días recientes de poca lluvia. Alguien dijo que los mediterráneos funcionamos por impulsos, nos falta eso, la lluvia y, por tanto, tiempo para la reflexión. Durante cuatro días tomé notas en mi cuaderno, quise reseñar todos los datos interesantes de los fanzines ojeados; ahora las miro y las líneas del rotulador azul se transparentan de una página a otra, se parecen a interminables hileras de hormigas que pretenden llevarme hacia un lugar que todavía desconozco. En el entreacto de este trabajo preliminar disfruté de interminables horas de lectura, los libros ya cumplieron la treintena y sus hojas mostraban el color pajizo de los minutos sin número, abandonados a su suerte, sentí cómo me lo agradecían cuando los recuperaba. Quizá les interese saber que he ensoñado paisajes de Brooklands, Aintree, Donington, Silverstone, Ginebra, El Cairo, El Nilo, Aviñón. Suena el "Magnificat" de Sir John Tavener.

Subterfuge, Noise Club, Malsonando y La Herencia de los Munsters. En la primera mitad de la década de los 90 tuve la ocasión de hacerme con unos cuantos números de los fanzines musicales mencionados. Corrían entonces otros tiempos, no se si mejores que los actuales, eran distintos, más jóvenes. Barcelona y Sevilla estaban en el ojo del huracán deportivo y cultural, se celebraba el Quinto Centenario del Descubrimiento y recuerdo acudir asiduamente a la Casa de México en Madrid para asistir a sus distintos actos y conferencias. Desde la lectura de Bernal Díaz del Castillo todo lo de América me interesaba, tanto que empecé a tomar notas para novelar la última y frustrada derrota marítima de Don Diego Hurtado de Mendoza en los Mares del Sur. Conservo todavía los apuntes que tomé sobre los indios yaquis en una de las salas del Museo Nacional de Antropología en la ciudad de México. Cuando me disponía a salir observé como otro visitante intentaba una estrategia de acercamiento. Me cerró el paso en un pasillo repleto de altos ventanales, la luz entraba sin misericordia. "¿Es usted español, verdad...?". Era joven, de no muy alta estatura, su cara mostraba media barba y a través de la montura de sus gafas pude advertir una mirada poco amistosa. Cuando dejé el Museo y salí hacia Chapultepec-Polanco comenzó a llover y el aire olía a mangos.

Ya podrán imaginarse el continente y contenido al que nos enfrentamos cuando observamos este tipo de publicaciones. Antes de hacerlo circunstancias desconocidas me obligan a comentarles lo maravilloso que resulta rememorar la primera parte de las "Noches en los jardines de España" de Falla mientras se camina, después del almuerzo, por una acera llena de las primeras hojas del otoño. Imagino, en ese preciso instante, un viento cinematográfico rodeando el escenario. Las ramas de los árboles gimen pidiendo un decorado al estilo del "The Stranger" de Welles. Lo ideal sería que el cielo se oscureciera, que las nubes no pasarán la prueba del algodón, sin embargo todo se vuelca en luz, aunque tamizada por la hora en la que los continuados sorbos de té ya han producido sus efectos sedantes. Pero..., ¡ya me disculparán...!, tan solo pretendía comentarles algo relacionado con los fanzines musicales. El caso es que la decreciente intensidad de la tarde me tiene narcotizado. Rememoro ahora esos refrescantes abrazos con la almohada, en aquellos momentos en los que nada es más fácil que llegar a la conclusión de lo femenino, y mi mujer seguía en casa... 

Confirmo, después del acto, cómo el tarámbano sigue deshaciéndose entre los surcos recién segados del césped. Su luz varía entre el verde amatista y el negro de la toga de los abogados. Se trata, en definitiva, de un círculo concéntrico en el que el feísmo, la imagen gore, lo repugnante, deben tener carta de naturaleza. Véanse los casos... En Subterfuge, número 7, página 2, justo al lado del sumario, se lee lo siguiente: "Secuestró, amordazó, apuñaló, violó y arrojó a la niña aún con vida desde un 4º piso". En La Herencia de los Munster, último artículo de su también postrero número 11, los radios mutantes parecen extenderse hasta sus últimas consecuencias: "En toda mi vida, sesenta años, nunca he conocido un día de paz. La gente mata en todo momento". El mismo Alejandro Jodorowski continúa más adelante: "Encuentro la belleza en la monstruosidad". En la portada del Subterfuge se anuncia: "Only Trash", "No Art!", "100% Shit"; en la página 48 (justo en la mitad del fanzine, cuando las grapas luchan por salir de su tumba oxidada), una tira de Ladrón (desde hace mucho dibujante colaborador de Ruta 66) nos presenta a Jack: "Jack anda suelto, siete prostitutas, siete cuchilladas, Jack anda suelto, la próxima eres tú!!". ¡Sangre y R´n´R!.

Subterfuge es sin duda el fanzine más triple XXX en su presentación y el que, inteligentemente, también ofrece más y mejor contenido para el lector interesado. Si bien la música es el género artístico que ocupa mayor espacio en sus páginas, el cine, la literatura, el relato corto, la referencia a cómics y fanzines, la publicidad sobre bares, tiendas de discos y distribuidoras, lo convierten en el soporte más adecuado con la idea de lo que un fanzine es y debe representar. La Herencia de los Munsters está más centrado en el tema musical. Abarca tanto información sobre bandas, muchas de ellas relacionadas con el mismo sello que dio a luz el propio editor, Iñigo Munster, acompañadas por excelentes entrevistas. Los artículos manuscritos, acertadamente editados en su original y personalísima grafía, de Josetxo Ezponda (Los Bichos) sobre Richard Hell y Steven Shears (Ultravox!) y las tiras cómicas dibujadas por Mauro Entrialgo (además de las propias cabeceras mostrando el contenido del fanzine) hacen de La Herencia de los Munsters la publicación más artística, más atractiva. 

Noise Club y Malsonando se mueven en otra dimensión, más cuidada, menos teñida de semen y coágulos. La primera, obra incólume de Javier S. Piñango (Cerdos, i. r. real, Por Caridad y Triquinoise Producciones) y José Boix, está dirigida, en su más amplia acepción, a la música experimental. Estilos como el No-wave, los sonidos industriales y la psicodelia más extrema tienen su mejor plataforma en este fanzine en el que colaboran, entre otros, Javier Corcobado (Demonios Tus Ojos, Mar Otra Vez, Corcobado y Los Chatarreros de Sangre y Cielo), Javier Colís (también en Demonios Tus Ojos, Javier Colís y Las Malas Lenguas, Vamos A Morir) y Rafa Cervera (periodista de amplia y reconocida trayectoria profesional). Músicos y bandas como Jim Foetus, Butthole Surfers, Esplendor Geométrico, Accidents Polipoetics, Mark Cunningham, Kramer o Rowland Howard tienen en Noise Club su cámara de resonancia. El cine (Jess Franco) y la literatura (Bukowski, Boris Vian) caben entre sus bien maquetadas páginas. Hay espacio para la crítica editorial: "¡El fin de la independencia!", azufrada crítica contra los medios generalistas de la época (El País, Diario 16), también para las novedades discográficas y la revista de prensa (fanzines, Rock De Lux, Ruta 66, Ajoblanco, El Viejo Topo).

En Malsonando la calidad literaria del texto intenta imponerse al impulso momentáneamente eléctrico. Lo consigue, tanto en los artículos sobre las bandas como en las numerosas e interesantes entrevistas que los acompañan. También la maquetación y las fotografías del fanzine están más logradas, mejor planteadas. Magnífica la instantánea de las Riot Grrrls en la contraportada del número 2. Luis Llorente (Acuarela Records), el verdadero artífice del fanzine, callejea entre la influencia de bandas "indies" de la época, tanto extranjeras, Pavement, Faith No More, Red House Painters, Hugo Largo, Sebadoh, Jon Spencer, como nacionales, Parkinson DC, Los Planetas, Penélope Trip, El Inquilino Comunista, Silvania o Patrullero Mancuso. Gracias a sus artículos conocí a grupos como Hood, Butterfly Child, The Hair & Skin Trading Company, Tsunami o Cranes. Informes sobre los nuevos grupos sevillanos de entonces o la escena musical en Gijón, se suceden junto a los comentarios de discos y obligados recortes publicitarios de sellos y distribuidoras (Caroline España, Elefant y Radiation Records, también del propio sello Acuarela de Luis Llorente).

Debo manifestar aquí mi intención de seguir buscando nuevas ocasiones en los que el azar se convierta en inesperado protagonista. No hace muchos días que una mujer mayor entabló inesperadamente conversación conmigo en la línea 4 del metro. Su mirada era bellísima, de una dulzura de cuna mecida y emoción del "Good Night" de los Beatles. Reconozco que cuando me despedí de ella deseé haber prolongado aun más ese momento de magia conmovedora, irrepetible. Tiendo a confirmar cómo la aparición de la coincidencia se presenta mejor en el subterráneo de la imaginación, allí donde también ocurre el letargo de los lepidópteros, dos caminos que felizmente se bifurcan.





11 oct. 2018

ELOGIO DE LA TABERNA




ACE                                  "TIME FOR ANOTHER"
Si el fenómeno de la imitación entre la gente menuda suele tener lugar en los patios de los colegios, en los parques públicos, también en los pasillos domésticos repletos de pegotes de pastilina y restos de pizza, la imitación que buscan los adultos tiene en los bares, las tabernas, o en algunos pubs (caso menos recurrente en nuestro país), sus lugares de manifestación más apropiada. Mientras los pequeños reflejan lo mejor y lo peor de los roles de sus mayores, policías y ladrones, vuelos planeadores de goleadores de ocasión y arrullos de princesas trenzando barbies, nosotros, los ya sin remedio, nos conformamos con imitar lo que pudimos ser y no fuimos. En todos esos escenarios, el juego y la farsa toman carta de naturaleza. Los niños se entretienen figurándose personas mayores, los mayores se recrean rememorando su juventud pasada y para ellos, para nosotros, lugares como los bares, las tabernas o, en algunos casos, los pubs, suponen el proscenio perfecto, el ambiente idóneo para la representación.

Ni en los bares, tabernas o pubs hay plantadas encinas. No podrá entonces el cliente gozar, como lo hacían los griegos antiguos, del sonido del mar cuando un viento bueno sacude sus ramas. Si tiene suerte y tiran bien la cerveza, se encuentra además acompañado por un reducido grupo de amigos y hay música en directo (ampliamos aquí el elogio del título hasta las pequeñas salas de conciertos), el adulto finge ser feliz. El pub rock, género musical que es en definitiva el protagonista tangencial de este texto, ofreció a sus seguidores la atmósfera ideal para ejercer la barra gimnástica, con sudor y bailes incluidos. La pista que antecede al escenario es la viva expresión de la fiesta improvisada, tanto más impía conforme se incrementa la ingesta de cebada fermentada, las miradas se hacen más atrevidas, las sonrisas no suelen tener muchos grados de impostura. Mejor si el grupo viste ropa de calle, algo pinturera, eso si, no sea que parezcan funcionarios abstemios, los encargados del local ya se encargan de facilitarles botellas de un tercio y toallas limpias. Después de la actuación los músicos se acercan a la barra para firmar sus discos, hacerse fotos y charlar con los clientes. Es entonces necesario un dj experto en alargar la presencia en el local de los asistentes al concierto, la música que suene en los altavoces debe prolongar la sensación de carnaval fuera de temporada.

En este entorno se movían hace algo más de cuarenta años bandas como Ace, y si el observador atento se fija en las fotografías de la portada y del reverso de este su segundo Lp, "Time For Another" (Anchor Rcds, 1976), percibirá una simulación, una más, del paso del tiempo. El suelo de madera tan desgastado, las paredes descoloridas, el tablero de los dardos, la fotografía del militar de graduación, el teléfono público, la quesera, los dispensadores de cerveza y el rondón de la barra están repletos de telarañas. Los numerosísimos pubs de Londres de los años 60, nos ubicamos en la capital británica del desaparecido Great London Council laborista, han estado prácticamente ayunos de conciertos en directo desde que las salas más conocidas, los grandes teatros y los estadios y centros deportivos acapararon los eventos de los grupos más importantes desde la aparición del Swinging London.

Los pubs vuelven a tomar entonces plena relevancia en la escena musical de los primeros años 70. El primer concierto, reconocido por los entendidos como el inicio del género, lo ofrece la banda americana de country-rock Eggs Over Easy en mayo de 1971 en el Tally Ho´ Pub de Kentish Town. Entre los asistentes se encuentra Will Birch que, impresionado por las posibilidades que se abren a nuevas bandas y otras ya veteranas (postergadas por la moda entonces imperante del sobre-producido prog-rock y el glam de lentejuelas), decide lanzarse a la piscina y formar los Kursaal Flyers. Otro de los espectadores al que reconocemos en el concierto es a Nick Lowe, miembro de unos ya escarmentados Brinsley Schwarz que, después del fracaso de su presentación en el Fillmore neoyorquino, regresan al abrigo más seguro de las audiencias del Marquee y del 100 Club. La gran mayoría de los establecimientos que siguen la estela del Tally Ho´ se encuentran entre Hampstead Heath y Regent´s Park, en el norte aun civilizado de Londres, coincidencia en las ubicaciones que no por casualidad fuerza a algunos entendidos a adjetivar el pub-rock más como un género geográfico que musical. El famoso The Hope and Anchor de Islington (todavía en activo), The Cock, The Brecknock, The Lord Nelson, The Nashville (Chet Atkins fue su primer propietario), The Greyhound en West Kensington (otra frontera, junto a Earl´s Court, territorio poblado por la numerosa colonia aussie de la época), The Red Lion (homónimo en Madrid, para el que le interese, el más antiguo pub inglés abierto en la capital y funcionando desde 1966), son referencias obligadas de la escena pub londinense.

Ace, nombre abreviado del original Ace Flash and The Dynamos, ve la luz en Sheffield en 1972. Sus dos primeros fundadores son guitarristas, Alan "Bam" King, del que ya hemos hablado en alguna entrada anterior ("VENTANAS DE GUILLOTINA, Junio 2017), miembro de The Action, Mighty Baby y Warm Dust, y Phil Harris. Alan King recluta en marzo de 1973 a Paul Carrack, teclados y voz y Terry "Tex" Comer, bajista, ambos compañeros en la última formación mencionada. A las baquetas se van sucediendo varios instrumentistas, desde el original Steve Whiterington hasta Fran Byrne, el que nos interesa en este "Time For Another", procedente de Bees Make Honey. Tanto King como Carrack son los verdaderos motores de la banda. El primero, más conocido entonces, como miembro de The Action, grupo seminal para los mod punters ingleses de la primera mitad de los 60, el segundo, ya curtido en el Continente (actuando desde los 17 años en clubs y bases militares aliadas de la entonces Alemania Occidental), verá elevado su status y consiguiente fama como músico, compositor y vocalista, hasta niveles de auténtica estrella. Ambos, que en su etapa anterior con Mighty Baby y Warm Dust cultivaban un estilo prog-rock con tintes blues, variarán con Ace hacia un r&b melódico, con guiños funk en su primer trabajo ("Five-A-Side", Anchor Rcds, 1974), más boogie y country-rock en "Time For Another". Estilos que, junto al rock revitalizado de los últimos 50, caben perfectamente en un género tan ecléctico como el del pub-rock, enemigo obstinado de todo lo que suene a prog sinfónico, glam y heavy-metal de la primera hornada.

Si el "Five-A-Side" sirve al grupo para darse a conocer internacionalmente, sin duda gracias a su canción más conocida, "How Long", número 3 en el Billboard Hot 100 de EEUU y Canadá, 20 en el Singles Chart del Reino Unido (el álbum ascendería hasta un brillante número 11 en las listas americanas), con el siguiente "Time For Another", Ace pretende seguir la secuela de este su único hit. No lo consiguen. El soft-rock producto de sus surcos, una lograda mezcla de animoso y pausado rythm & blues y baladas moduladas a lo Steely Dan, no logran convencer al principal mercado al que va dirigido, el americano. De hecho, antes de grabar este su segundo Lp, en la segunda mitad de 1975, Ace se mudan a Los Ángeles convencidos de que ese puede ser su hábitat musical natural. Paso en falso. Tampoco en el Reino Unido triunfan. Cuando vuelven a casa a finales de 1976, el grupo de referencia en la escena londinense es Dr. Feelgood, su "Stupidity" (United Artists Rcds, 1975) es el paradigma de lo que la audiencia prefiere, rock crudo en vivo, guitarras con fuzz cortante, combatividad en el escenario, música que refleje la imagen de la calle, olor de cerveza y orines. La música y la imagen que transmiten Ace, más blanda, queda en fuera de juego, aunque eso no signifique que pierdan su base de seguidores y dejen de actuar con asiduidad por el circuito de pubs.

Todos los temas del "Time For Another" de Ace (distribuidas sus obras en España por Discos Mediterráneo, una marca creada por Gonzalo de la Puerta, emprendedor musical, renombrado productor e ingeniero de sonido de Movieplay en los primeros años 70, y cuyo logotipo aparecerá en el reverso de los discos de los sellos ABC y Anchor que comprábamos por la época, justo es subrayarlo) son destacables, me gustan, me traen buenos recuerdos, bambolean mi mente hacia un estado de apacible bienestar. En la cara A, desde su primer corte, "I Think It´s Gonna Last", la seductora voz de Paul Carrack, compositor único de la canción, corretea por praderas de boogie, la instrumentación de "I´m A Man" es más beat, más percusiva, las guitarras arañan suavemente al oyente, en "Tongue Tied", el ambiente de melancolía se convierte en una preciosa balada, los riffs de guitarra de King & Harris son un prodigio de emoción, "Does It Hurt You", otra balada que mereció ser editada como single, sigue la estela del temblor, ayuda además en este corte la steel guitar del Rusty Young de Poco, en "Message To You", tema que cierra la primera cara, la percusión de Byrne marca la pauta, el tono general adelanta impactos que hasta The Rumour tardé en recuperar, los riffs de guitarra suenan naturales, nadie fuerza la puerta, se abre sola.

La cara B se abre con "No Future In Your Eyes", otra balada más, otro paso de baile lentísimo, las voces solistas de Carrack y los coros en el puente extienden la melodía hasta parques olvidados, las guitarras repiquetean como gotas de lluvia, en "This Is What You Find" sigue el tiempo pausado, el mayor juego de los teclados le otorga mayor profundidad, casi al final el tono cambia, se hace más punzante, más intenso. "You Can´t Loose" recupera el boogie, el galope de la base rítmica se hace con el mando, las líneas de las guitarras encuentran apoyos más fuzz, las voces están perfectamente alineadas con la melodía, en "Sail On My Brother", la segunda composición en solitario de Carrack, su voz no alcanza, sin embargo, la altura de otras interpretaciones, quizás el tema, algo más cansino, más difuminado, fuera más propicio para un registro coral. En el tema que cierra la cara B y el disco, "Ain´t Gonna Stand For This No More" (junto a "I´m A Man", composición de la totalidad de la banda), parece que J.J. Cale se asomara brevemente tras el cortinaje del escenario. En los riffs trotones de la guitarra se adivina su influencia, el ritmo de un nuevo boogie levanta el polvo de una carretera secundaria, es el final de un viaje que nos ha enseñado más paisajes interiores, menos aglomeración turística.

John Anthony fue el productor de este "Time For Another" (una apuesta fallida considerando el éxito de su primer "Five-A-Piece"), sin duda uno de los profesionales más prestigiosos de la época ("The Aerosol Grey Machine" de Van Der Graaf Generator, "Trespass" y "Nursery Crime" de Genesis, "For Your Pleasure" de Roxy Music...). No tengo ninguna constancia de que éste segundo álbum de Ace entrara en alguna lista, grande fue su intrascendencia en el mercado de entonces. La vida efectiva de Ace culmina un año después con la publicación de su tercer y último Lp, "No Strings" (Anchor Rcds, 1977). Su final viene a coincidir con el término del pub-rock como género musical, también con la eclosión de la escena punk, circunstancia que, como mal menor, se sirve del mismo circuito de pubs para dar a conocer su propuesta iconoclasta. El hilo argumental de Ace tiene en la figura de Paul Carrack su continuidad más visible, su posterior carrera en bandas como los Cowboy Outfit de Nick Lowe, Roxy Music, Squeeze o Mike & The Mechanics, son fiel testimonio de la caprichosa égida en el mundo de la música rock.







20 sept. 2018

HALL OF FAME IX: JONI MITCHELL




JONI MITCHELL                       "HEJIRA"
El Sol se derrite Joni y se asemeja a una crema de afeitar caducada, sus rayos son los últimos en un festín de panteras y de filas de admiradores a tu alrededor, cuando sales del Roxy o del Troubadur de Los Ángeles. El bajo de Jaco Pastorius en "Hejira" construye su casa en la playa, es un electroimán de plasma y salud, y ese sol Joni es el de Creta, el de la California de Topanga, el de las iglesias de madera sin nombre. Acaba el verano y vendrán otros colores diáfanos, ilustrados parapléjicos de Lovecraft en Providence, en Otoño, en la tierra de los inmortales. Llegarán después otros árboles, otras tierras, otras piedras pequeñas, otros campos limpios. Concursos infantiles en el último día de piscina, con la carga de tu hija entonces desconocida, con tu libertad innegociable como artista, como genuina intérprete del Canadá más sensible, de Cohen, Young, Mitchell, Robbie Robertson y Kerouac, esa benigna corriente de aire desinfectante frente a la frontera con los EEUU. Volverás Joni una y otra vez en "Hejira", interminable, porque es un disco con nombre de despedida árabe, es la imagen de una carretera repleta de recuerdos, de ida y vuelta, enmarcada por la nieve de los árboles, las novias y los bailarines. Así que nunca bajes la guardia de tu brazo derecho, mantén el fuego constante del cigarrillo entre los dedos, tu boina francesa ladeada, que tu pelo siga flotando entre broches plateados, que tu boca siga siendo el perfecto botón de una lejana calavera asiática.

"Hejira" es un álbum granizado, es el horizonte blanco bien triturado, puesto allí a la espera de que alguien se asome y se lo beba; es una bendición de centellas, de nubes grises y humedad sin lluvia, de caracoles de nácar y lavanda de risas y humo. Tengo la fortuna entre mis manos y me acerco a la próxima estación de servicio para comprar una cajetilla de tabaco mientras escucho a Joni Mitchell en "Hejira". Madre Silencio, nunca extiendas tus alas oscuras, porque es esta una oración debida, una plegaria que a ti ofrenden los creyentes en la resurrección de las colmenas; prolonga tu vuelo de abeja reina y tuyo será por siempre el consuelo en las estériles tardes de domingo. Éste es el blues blanco de "Hejira", el lago helado de Mendota en Madison, Wisconsin, completo de poemas de refrigerador, de coros que se sumergen hasta el fondo del iceberg, de jazz albino ascendiendo hasta barrer el polvo de las estrellas.

Hasta hace poco no leí que "Hejira" era considerado como una de las cumbres del rock de carretera, el trayecto elegido por la canadiense desde Los Ángeles dirección a Maine, vía Ontario, y vuelta a casa desde Florida por el Sur y Suroeste del país, haciendo una pequeña escala en Colorado, para entrar por el enorme ojo del valle de San Joaquín, hasta su villa de estilo español en Bel Air. Pensaba hasta entonces en Joni como una dama errante, fosilizada en la portada de un disco que tardé demasiado tiempo en adquirir, asociada a la imagen tópica de una mujer inaccesible. Escuchar es verbo cojo en "Hejira", es del todo injusto, su sonido me atrapa desde el primer rasgueo de guitarras, la solista de Larry Carlton, la rítmica de Joni; su voz, etérea, suave, brillante, otro instrumento más; el bajo de Jaco Pastorius, de acorde libre, sin freno posible, otra maravillosa música dentro de "Hejira". Y, al final, cada canción parece que existiera independientemente, pero no ocurre así, cada una es de cada otra, se entrelazan todas ellas por la idea del tránsito y su significado interno, de la autopista de líneas blancas hasta las huellas de aviones que surcan espontáneamente el cielo. Debo decir que dos días después amenaza tormenta, el pavimento está repleto de algodón sucio, y me decido por organizar un viaje hacia el Atlántico, como tú lo hiciste Joni, para así meditar con la frecuencia del ruido del motor. En una de las fotografías de Norman Seeff te muestras como una aciaga ave negra patinando sobre el hielo. ¿Es esa acaso la representación del despegue de Ícaro...?

Las canciones de "Hejira" (Asylum Rcds, 1976) vuelan como mariposas enlazadas en el aire. "Coyote"..."you just picked up a hitcher / A prisoner of the white lines on the freeway"..., compuesta cuando Joni acompañaba a Dylan en su Rolling Thunder Review de finales de 1975, parece referirse al breve encuentro que la cantante mantuvo con el escritor Sam Shepard, contratado para escribir un guión para una posible película sobre la gira. El texto contiene imágenes de fuerza brutal, granjas ardiendo, juegos con halcones; dibujos de lánguida observación, las piernas de una camarera que se aleja de la mesa después de servir el desayuno, un lento y sensual baile en un local de carretera, los comentarios entre líneas de Joni muestran el lado más fatuo del personaje, también las heridas que pretenden curarse. En "Amelia", la alusión  a la aviadora Amelia Earhart, desaparecida en 1937 en el Pacífico cuando culminaba el primer vuelo alrededor de la Tierra, es evidente. Así (tanto en los primeros como en los últimos versos del texto) las imágenes reales, también las soñadas, de aviones surcando el cielo, hacen patente la intención y necesidad de Joni de volar tan alto como le sea posible. Es en ese instante cuando relaciona la figura de Ícaro, cayendo al mar con sus alas ardiendo, con la experiencia personal, la pérdida de otra relación amorosa, y entonces se produce su reflexión más trascendente, ..."Maybe I´ve never really loved / I guess that is the truth", la pretendida justificación de una máscara de hielo ante un corazón todavía palpitante por el recuerdo.

"Furry Sings The Blues" introduce por primera vez a John Guerin a la batería, su novio en aquella época, también a un Neil Young a la armónica que, por entonces, representaba el papel de socorrista casual ante las continuas rupturas sentimentales de Joni. La evocación del Memphis de las primeras décadas del pasado siglo, salvaje, pleno de las originarias pústulas del blues, se contrapone en el momento de su visita a un Beale Street en vías de rehabilitación urbana. Joni admite que no es ese precisamente su estilo musical predilecto, aunque reconoce en el ambiente callejero de la ciudad, en los personajes que va mencionando a lo largo de sus versos, la admiración por una historia ya legendaria. El marco de acción en "A Strange Boy" nos traslada a Maine, fin de la primera etapa del viaje. A Joni le acompañan dos jóvenes amigos, un antiguo novio australiano y un asistente de vuelo con el que mantiene un brevísimo romance. La actitud infantil de éste último enerva a Joni, pero no lo suficiente como para encontrar un poso de madurez en su respuesta..."Grow up I cried / And as the smoke was clearing, he said / Give me one good reason why!". Un chico extraño que protagoniza, sin que la narrativa memorialista y evocadora de las canciones del disco siquiera lo pida, el único momento en el que el cuerpo caliente de Joni se entrega a otra persona. La punzada de un amor muerto solo puede curarse con la punzada de otro amor vivo.

Podemos considerar el mismo tema de "Hejira" como el inicio del retorno desde la costa este hasta Los Ángeles, se ha cumplido la primera parte del viaje y Joni baja, ya en solitario, desde Nueva York a Florida. Desde allí ha decidido conducir atravesando la extensa línea sureña del Bible Belt hasta bien entrado el Golfo de México, en el estado de Texas, para subir después hasta Colorado. Físicamente viaja de incógnito, bajo nombres falsos, lleva puesta una peluca pelirroja y permanentes gafas de sol; su licencia de conducir ha caducado hace meses, teme algún problema con la policía por lo que evita las autopistas más concurridas; maneja casi siempre de noche y detrás de los camiones para que con sus luces le avisen de la inesperada presencia de cualquier patrulla; se aloja en moteles de segunda clase donde ordena sus notas de viaje y va componiendo sus canciones. Es un trayecto parecido, el monólogo interior recuperado, al que Paradise & Cassidy hicieron en 1949, aunque esta vez Joni lo haga conduciendo su Mercedes blanco y con la chequera del American Express bien surtida.

En "Hejira", al igual que en "Coyote", es Jaco Pastorius el que realmente lleva el volante, su bajo y la guitarra rítmica de Joni buscan instrumentalmente la lucha amorosa..., "Still sometimes the slightest touch of a stranger / Can set up trembling in my bones", y no la rehuyen. Sobre el papel, ella ha decidido volver a ser una mujer autosuficiente, orbitar alrededor del sol sin estar atada a nadie, siente el confort de la melancolía, acepta la fiebre del propio viaje como curación. En "Song For Sharon", la base rítmica de The L.A. Express (el bajista Max Bennett hablaba en este tema de la guitarra de Joni "como una orquesta en su totalidad"), marca la pauta para una historia que sucede en Nueva York. Los ferries de la línea entre Staten Island y los muelles de Manhattan, la gitana de Bleecker Street, la pista de patinaje de Wollman Rink, en Central Park, esos, y otros escenarios menos conocidos, alimentan la memoria de la canadiense, enardecen también su libido..., "But all I really want to do, right now / Is...find another lover!". Hay una aterradora declaración, hacia la mitad del tema, en la que Joni apunta al comportamiento violento de Jackson Browne, su amante después de la ruptura con Graham Nash, como posible causa del suicidio de su entonces mujer, la modelo Phyllis Major..., "A woman I knew just drowned herself / The well was deep and muddy / She was just shaking off futility / Or punishing somebody".

El vuelo libre del bajo de Pastorius pretende aliviar lo nocivo del tema más cáustico del disco, "Black Crow". Uno tras otro se van sucediendo los medios de transporte, hidroaviones, avionetas, táxis y trenes, hasta llegar a un final de saciedad. La imagen más explícita de la prolongada experiencia es la de un cuervo negro que se abalanza sobre el pavimento para llevarse al pico algo brillante, y en ese espejo se mira Joni..., "Diving down to pick up on every shiny thing / Just like that black crow flying / In a blue sky". "Blue Motel Room" es una caliente infusión de sentimiento blues, el momento de llegar a casa se acerca y Joni se plantea si su amante la estará esperando. Compuesta en un motel de Savannah (Georgia) bajo una lluvia torrencial, las palmeras del porche se iluminan como una mancha de celofán negro. De la última infidelidad de John Guerin se ha beneficiado, durante seis largas semanas, Wayne Perkins (guitarra solista en varios temas del estoniano "Black And Blue"). La última canción, "Refuge In The Road", sin duda uno de los temas preferidos por la propia cantante canadiense en su larga carrera como compositora,  nos sitúa a la protagonista visitando a Chögyam Trungpa, (dejémoslo en...) maestro de meditación budista, en su residencia de Colorado. Durante los tres días que dura la estancia, Joni busca consejo para liberarse del lado más oscuro de su experiencia, de su frustación como mujer aparentemente sin raíces en el amor y en la idea de madre de familia (también de la creciente adicción a la cocaína que la persigue desde la época del Rolling Thunder Review). "Heart and humor and humility" / He said "Will lighten up your heavy load". El viaje ha cumplido, una vez más, su misión, ser refugio del que huye. Joni llega por fín a casa.

No pretendo forzarles más la vista delante del ordenador, de la tableta, tampoco si me leen desde el teléfono móvil. No les hablaré, para terminar, de los resultados comerciales ni de la repercusión posterior del "Hejira", publicado en Noviembre de 1976. Recuerdo cómo ese mismo año experimenté, por primera vez, la fuerza aérea del verano como imagen poética; unos meses después (en Marzo de 1977) hacía mis pinitos en un diario (que todavía conservo), escribiendo cosas como "si se puede ser un vagabundo mi camino ya ha comenzado", dibujaba poemas con textos de Jacques Prévert y rostros de mujer en los que, señalando con una flecha sus cabellos, hablaba de que "allí empezaba Arabia" (sin saber que mi relación con "Hejira" era entonces coetánea). Desde el cielo caprichoso de un cuartel adivinaba formas imposibles en las nubes y les daba nombres, los satoris de aquellos momentos anticiparon los haikus posteriores. Se conmemoraba el Bicentenario de los EEUU, con Jimmy Carter como nuevo Presidente, la Junta Argentina tomó el poder en la Casa Rosada, Lezama Lima y Mao fallecieron en Agosto y Septiembre respectivamente y, un mes antes, se celebraron los Juegos Olímpicos de Montreal. El 22 de Mayo de ese 1976, Oscar "Ringo" Bonavena, el más destacado peso pesado argentino desde Luis Ángel Firpo, fue asesinado de un disparo de fusil a la entrada de un burdel en Reno, Nevada.