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7 ago. 2018

RELATOS VI: ELOGIO DE LA RATA GRIS.




Basta una hora en la sombra de las hasta ahora 569.400 vividas para encontrar el verdadero significado de las ciénagas, tan solo una hora. Los paisajes interiores tienden a asemejarse, tozudos unos tras otros, en su interminable cadena de oscuridad. Existe una equivocada creencia en virtud de la cual mientras la salud no contenga sombras negras, ni tan siquiera grises, todo va bien, pero debo decir que no es así, no es cierto, porque casi todo lo importante ocurre en un baile de salón, donde los pocos rayos de luz que se cuelan entre las ramas de las palmeras sintéticas, dejaron hace tiempo de vibrar. Las salamandras robaron el aire ya entonces exhausto del local, antes lleno de humo, de noche, las paredes y las lámparas cayeron, el motor del barco no dio más de sí, se gripó, nos quedamos varados en los bajos de un estuario azul cobalto. Sucedió algo así como si de las manos cuarteadas de un leproso desaparecieran las cicatrices. Una atmósfera apenas visible dejó su rastro de cristales rotos en otros horizontes más lejanos. Aparecieron en un callejón medallas conmemorativas, solamente comprensibles para los funcionarios de aduanas jubilados, se publicaron en la prensa del día artículos homenajeando a las cobayas, antiguas huéspedes de los laboratorios clausurados. También para ellas quedó un sabor amargo de desinfección gaseosa, de guerra perdida.

Andaba esa misma tarde ocupado, leyendo manuales de ingeniería, sin ningún interés, solo por el hecho de pasar el rato, cuando cayó una breve tormenta seca. Abrí la ventana para poder oler esas ráfagas de ceniza mojada que me recordaban (ahora, tantos años después) a las viñetas en blanco y negro de Jacques Tardi. No me di entonces cuenta de la trampa y decidí, cuando la lluvia hubo cesado y el cielo quedó metálicamente plano, coger la cámara fotográfica y acercarme hacia los suburbios de la ciudad. Una vez allí, y antes de comenzar a disparar -les evitaré la crónica de un desplazamiento en donde, como era de esperar, no ocurrió nada excitante-, necesité un tiempo para empaparme de la sordidez del lugar. Vuelve de nuevo a caer esa agua sucia que parece acompañar desde siempre los decorados más desfavorecidos, creando pequeños charcos debajo de los coches abandonados, llenándolos de grasa coagulada. Desde los tejados de una casucha una pareja de lagartos corrieron a refugiarse del aguacero. En un cercado próximo se oyó un repentino cacareo de gallinas, manso al principio, como silbantes gorjeos de desesperanza, poco después. Del suelo mojado se levantó un tufo de coliflor podrida, una hilera de mosquitos me ataca en formación de columnas cerradas, comienzo a dar manotazos al aire, desordenadamente, como es mi costumbre.

Después de la tormenta, el cielo se va abriendo paulatinamente en manchones de color violeta, las pocas nubes que quedan convocadas lo hacen sin saber aun qué papel jugar, parecen desplazadas en un escenario que vaticina próximas catástrofes nucleares. El horizonte, entrecortado por ruinas de paredes desvencijadas, de escombros, de árboles quemados, conforma a ras del suelo la imagen de una ciudad desbastada. Sobre sus perfiles se dibujan lineales de tinta china, corrida. Luces de neón en cortocircuito -y destellos brillantes de envoltorios de plástico caducados-, resplandecen al alcance de cientos de insectos que revolotean sin ningún concierto.

Fue entonces, mientras estaba buscando en el bolsillo de mi pantalón la última onza de chocolate con almendras, cuando apareció ella. Supe que se trataba de una enorme rata gris porque -lo aprendí cuando trabajaba limpiando las letrinas del parque zoológico-, ninguna alimaña se mueve en semejante escenario como ella, con el sigilo propio de una depredadora hambrienta. Estaba acuclillada en el suelo, esforzándose en desmenuzar alguna presa reciente que, en principio, no acerté a describir. De su garganta salía un murmullo parecido al motor de un avioncito lejano. Sin dudarlo un instante, me acerqué y extendí hacia ella mi brazo izquierdo, ofreciéndole la onza de chocolate. Sorprendida, reculó rápidamente hacia un cercano zaguán hundido, levantó sus patas delanteras (antes me miró con una cara que temblaba como la gelatina) y realizó con el morro un completo giro circular. Yo temblaba también, no me importa confesarlo, cuando cogí la cámara y me dispuse a disparar. Creo que el fogonazo del flash me asustó más que a ella, tuve en ese momento una sensación parecida a la de haber apretado el botón rojo del holocausto final.

Recuerdo haber despertado dos o tres días después en la cama de un hospital de 15 pisos de altura, en el mismo centro de la ciudad. Los médicos que me atendieron de diversas quemaduras en los ojos, manos y antebrazos me comentaron que había pasado algo más de 48 horas inconsciente, aletargado en una especie de estado de parálisis que, según me dijeron, favoreció la cura de mis heridas. Se sorprendieron enormemente al comprobar que no hizo falta el aplicarme anestesia ya que toleraba, sin ninguna queja, la extracción de decenas de pequeñas esquirlas (formadas por un compuesto desconocido, aunque semejante a la baquelita) que se habían incrustado en las zonas afectadas de mi cuerpo. En mis delirios, las enfermeras que me atendían -por su fuerte olor a cerveza deduje que debían ser sajonas-, confirmaron que yo no hacía más que preguntar por una supuesta cámara fotográfica que, evidentemente, no apareció cuando la ambulancia me recogió en el lugar de los hechos. También hablaba de una luz inmensamente blanca que ocupaba todo el escenario, cegándome completamente. A las 72 horas me dieron el alta en el hospital. Salí esa misma mañana, muy temprano, por mi propio pie. No me esperaba nadie afuera, así que paré un taxi y le pedí me llevara al cine más cercano, allí donde pusieran la primera sesión doble del día.






30 jul. 2018

PEQUEÑAS VACACIONES II

Que viene a tratar de cómo cualquier excusa es válida para seguir asosegando el ánimo y dejar que la pereza campe por sus reales (maguer alguna industria estese ya fraguando para dar fin a tan plácida costumbre)

1.- CAMINO A LE MANS



2.- EN ITUREN



3.- PAISAJE DE RIAZA



4 jul. 2018

PEQUEÑAS VACACIONES




Que viene a tratar del corto plazo en el que el presente cagatintas estará ausente del su escritorio, inmerso en el desorden propio de dos rutas que tendrán lugar desde el día 5 hasta el vigésimo de los presentes, a saber, Le Mans Classic 2018, al volante de un modelo MG TD de 1955 y, subsiguientes y más aledañas, en las muy nobles villas de Ituren y Riaza, esta última en dignidad de abuelo. Lo que se comunica al tropel de seguidores al objeto de no extrañarse por la falta de industria en el mismo. Seguirán algunas fotografías, publicadas según capricho y humor del autor, en próximas comparecencias.








23 jun. 2018

HA SIDO NIÑA





VINEGAR JOE                         "SIX STAR GENERAL"
Goim nachez...¡Bonito espectáculo para tu pobre madre Marjorie Violet!, Elaine, Elkie no, ¡Elaine!, de ti tuvo que salir, albina contraria de ojos de hurón, de piel morena, de cascada de cabellera negra de miel y de ojos de luz de Gibraltar, de labios de almohadillas y de cuerpo de divas de Robert Crumb, de tus movimientos en el escenario, de antes, de las múltiples sesiones contra el espejo del pasillo de la casa de Broughton, de Fulham Road en Londres después, de ti tuvo que salir el caliente calor de aliento fatigado, el sudor de pitas saladas, el brillo de caderas que asentaban el mundo, de piernas de bronces de girasoles, de cintura de mimbres, de músculos de suspensión hidrogenésica, de gritos de partos, de mujeres antiguas de orillas sin mar, de tu voz salieron coces de yegüa en celo, ¿quién se atreve y habla ahora de ti, Elaine?, ¿quién te nombra?

Les reúno a todos ustedes para contarles que después de nueve largos meses, a finales de aquel Febrero plagado de lluvias, cohetes V2 y olor de carne quemada, nació mi hija Elaine. "¡Ha sido niña!", Doris salió corriendo por el pasillo hacia el salón contiguo donde yo me encontraba presa de una indescriptible emoción. "¡Ha sido niña, Charlie, ha sido niña, una niña preciosa, ven a verla, corre, date prisa, hombre!". Recuerdo que mi hermana Doris era por entonces una ferviente apóstol de la preeminencia femenina sobre el género masculino. El que parecía inmediato final de la Segunda Guerra Mundial (todavía quedaban los últimos y más crueles meses de la contienda) había fortalecido su creencia en la necesidad de una creciente aportación de hembras a la población de las Islas, el futuro del país, tan castigado durante el conflicto, podría de esta manera tener más visos de eficaz y feliz recuperación. "¡Mira, mírala!..., ¿no es preciosa?". Pero he de confesar que yo no tenía en aquel momento ojos más que para mi mujer Marjorie Violet, mi querida Vi, su primer parto y..., ¡niña!, ¡ha sido niña!, ella que tanto suspiraba por darme un varón, un verdadero heredero de Abraham, para nada otra judía más de carne, émula de esos nuevos bastardos de la Sinagoga de Satanás de los que nuestro barrio de Broughton estaba lleno.

Mi primera hija (dos años más tarde llegaría Sandy), nacida como Elaine Bookbinder en Febrero de 1945, formó parte de la cuarta generación de una numerosa saga de inmigrantes ruso-polacos que llegaron a la industriosa ciudad de Manchester a mitad del siglo XIX, todos ellos menestrales, encuadernadores, tipógrafos, practicantes de los antiguos ritos hebraicos, algunos rabinos. Ocho días después del nacimiento celebramos en casa un kidush en honor del bebé, previa la lectura de la Torá, se recitó un emocionante Mi Sheberaj donde se pronunció por primera vez su nombre, Elaine, mi Dios me ha respondido para que esta nueva hija crezca para ser una mujer judía sabia y comprensiva, llena de bondad y grandeza. Mi hermana Doris, con su pequeña Maggie nacida unas semanas antes acurrucada entre sus brazos, parecía estar en trance, recitaba el Mi sheberaj avotenu Abraham, Yitzjak ve Yacob hu yevarej et Elaine ben Kalmon Charles, las últimas tres sílabas correspondientes a mi nombre salían desde su garganta en un extraño gorjeo de cigüeña atragantada, cerraba los ojos, elevaba la barbilla hacia el techo de la habitación, de su abundante cabellera negra emanaba una leve humarada de azufre.

Quisiera convencerme de lo contrario, ahora que llevo tantos años en el hoyo y miro la vida serenamente como un Rolex parado, pero pareciera como si el espíritu corrosivo de mi hermana Doris se hubiera apoderado de ella, de esa extraña Elkie Brooks, alias artístico de mi Elaine Bookbinder, de mi hija, la auténtica, de aquella en quien a falta de hijo varón yo llegué a considerar como continuadora de nuestra hermosa tradición. No fueron tiempos fáciles para nosotros, los judíos ingleses de la postguerra, ni el público conocimiento del drama del Holocausto, ni la creación del estado de Israel, fueron acontecimientos que cambiaran la percepción de la mayoría de los isleños hacia nuestro pueblo. Pensamos emigrar a Irlanda, total, un saltito hacia la costa de enfrente, el mismo idioma oficial, un paisaje urbano el de Dublin, algo parecido, ventajas aparentes. Recuerdo que abrí EL LIBRO PROHIBIDO por la página 40 y volví a leer, una vez más: "Irlanda se dice, tiene a honra ser el único país que nunca persiguió a los judíos. ¿Sabe usted eso? No. ¿Y sabe por qué? Puso mala cara severamente al aire brillante. ¿Por qué, señor? preguntó Stephen empezando a sonreír. Porque nunca los dejó entrar, dijo Mr. Deasy solemnemente". No quise esos chistes soeces para mi familia, sencillamente me opuse.

Ahora que ya nada importa, y el mundo del exterior se me antoja como una marejada interminable de ocasiones perdidas, debo reconocer que me fue relativamente fácil resignarme a mí suerte de padre sin suficiente autoridad doméstica. Sin embargo -entonces no me daba cuenta de que también era una lucha inútil-, no me rendí como observador feroz, inquisidor inmisericorde de la vida y conducta de mi hija Elaine, aun a sabiendas de que ello supondría una confrontación contínua con ella. Creo recordar que todo comenzó una tarde de verano, allá por el 55 ó 56. Nosotros vivíamos entonces en Prestwich, un poco más al norte de Salford. El río Irwell seguía transportando aromas de tartaletas bañadas con crema de limón Dickinson´s (since 1897), y esa misma tarde Doris nos invitó a su casa para escuchar en su nuevo pick-up unos singles que había comprado en el VHSmith de Market Street. Sonaban, me acuerdo como si fuera ayer mismo, el "Recontre a Paris" de Don Rendell y Bobby Jasper y algún tema del "A Jazz Concert" del trompetista Humphrey Lyttelton. Doris me hablaba entonces de algo para mí totalmente desconocido, cool jazz y hard bop, del dixie´n blues, mientras yo observaba como Elaine se movía a un ritmo impropio de una chica de su edad, bailaba buscando algo raro por el aire, una cosa suave, de un lado a otro, oscura, igual que Doris entonando aquel día el Mi Sheberaj. Vi, mi querida esposa Vi, sonreía lánguidamente, dando pie así a mi sospecha de que su conversión al judaismo, después de abjurar de su religión católica para casarse conmigo, no le había quitado todos esos pajaritos de su cabeza.

Tú pretendías a los 14 años (¿o fue cuando cumpliste los quince?..., creo que fue entonces cuando rechazamos tajantemente la idea de Doris de celebrar el ritual de Telpochcalli, ella siempre tan dispuesta a la extravagancia de otros ritos religiosos), quien lo dijera, convertirte en una incipiente estrella del pop. Ganaste el concurso del Manchester´s Theatre Palace en el año 60 y comenzaste una gira nacional, vestidos de cintura marcada y volados, peinados pin-up, no tuviste necesidad de pestañas postizas, zapatos de tacón de aguja Jayne Mansfield, todo entonces era muy americano. Tu inmediata y estrecha relación con Humph Lyttelton te abrió caminos insinuantes como vocalista de jazz, hizo que ganaras confianza después de unos años de zozobra en los escenarios del cabaret y de las variedades musicales, consolidó tu voluntad en llegar a ser una nueva figura en un mundo cada vez más dirigido hacia la intrascendencia del ocio juvenil. En 1964 grabaste para Decca tu primer single, "Something´s Got a Hold On Me / Hello Stranger", nada del otro mundo, sin querer herirte, así te lo dije, y tú, tan arrogante, sabiendo que cada vez te alejabas más de nuestras enseñanzas, yo me preguntaba, ¿cuando venga de nuevo el Mashiaj aprenderás por fin a diferenciar entre el bien material y el espiritual, el único al que te debes como Elaine ben Kalmon Charles Bookbinder?

Anoté en mi pamietnik el mes de Junio de 1970 como probable fecha en que Pete Gage entró en tu vida como un searah, un huracán de consecuencias entonces impredecibles. Él te convenció para entrar en su banda Dada y grabar ese mismo año su primer álbum oficial, un amasijo de fusión jazz y rock, influenciado, me llegaste a comentar, por vuestro mutuo amor por los artistas americanos del sello Stax. Tuve la sensación de perderte aun más, aunque nunca para siempre Elkie, mi yaldhah, mi pequeña. Fui testigo en la distancia de vuestras primeras giras por América, ni una sola visita a los horim de Nueva York, no teníais tiempo, me decías en aquellas cada vez más infrecuentes conferencias telefónicas. Por una nota de prensa me llegó la noticia del acuerdo entre los sellos ATCO e Island para reducir el número de integrantes de la banda y darles otra orientación musical, de allí nació, según creí entender, tu siguiente proyecto, Vinegar Joe, un grupo más encauzado hacia el blues negro. La llegada de un tal Robert Palmer, como nuevo vocalista de la formación, yo confieso que empezaba entonces a sentir cierta envidia porque alguien te quitara protagonismo, fue beneficioso para asentar la personalidad del grupo, según dijeron los periódicos de la época. El año 1972 grabasteis vuestros dos primeros discos, homónimo el primero, "Rock´n Roll Gypsies", el segundo, con una portada indecorosa, tu cuerpo abierto, a punto de un alumbramiento desconocido, impuro, detrás tu marido, ya entonces el mismo Pete Gage, guiándote con su mástil, un fondo de luces rojas, antesala del jata´ah jata´ah jata´t, ofrenda para la sanación del pecado. 


Desde mi tumba escucho ahora sonidos de rastrillos y las oraciones del tsivah niftar, un nuevo hermano creyente se aloja en el cementerio judío de Urmston en Manchester, los últimos vándalos no han respetado, estos mismos días atrás, otras treinta lápidas vecinas a la mía, todas salvajemente destrozadas, justo en este mismo momento cuando me avergüenzo, una vez más, de tus invocaciones, Elkie, en los textos de vuestro tercer álbum, el "Six Star General" de 1973. El "Proud To Be (A Honky Woman)", el "Lady Of The Rain", el "Black Smoke From The Calumet", todas ellas testimonios, así me lo hiciste saber, de imágenes que favorecían la comunión mística con el oyente joven, inclinado a nuevas experiencias sensoriales. Para tu alivio, contra mi insistencia en un camino equivocado, el tuyo, me hablabas de otros mensajes, más de acuerdo con una visión de la vida menos conflictiva, en "Giving Yourself Away", más espiritual en "Fine Thing", alineados algunos pensamientos con una conducta pretendidamente cívica en "Food For Thought", otros textos más en consonancia con la forma justa de proceder en "Stay True To Yourself".

No es que ahora quiera eludir mis responsabilidades como padre, Elkie, pero hay fragmentos en "Food For Thought", en "Talkin´bout My Baby" y, sobre todo en "Dream My Own Dreams", donde adivino mi fracaso, el triunfo también de Doris, su perniciosa y contínua influencia, roa hashpa´´ah, mi hermana incólume, sin heridas, que me sobrevivió como los caparazones de langosta hervida con patatas McCain, tu comida favorita cuando nos visitabas, cada vez más esporádicamente, aquí en tu hogar de Prestwich. En "Let Me Down Easy" ya presagiaba el fracaso de tu matrimonio con Pete Gage, una súplica en esas líneas: "si me vas a dejar, hazlo lo más fácil posible...", me anticipaba el final de vuestra relación, ya Elkie, por siempre, ignoro si llegaste a saber que tu madre imploraba muchas noches por que fueras la mujer de un Robert Palmer, apuesto, caballero, educado, con el que sabíamos que congeniabas como una verdadera amiga, futuro astro del firmamento pop, si tanto ansiabas ese final, ahí tuviste la llave a ese paraíso artificial que siempre perseguiste. Y todo ello envuelto en ese halo que los críticos llamaron raunchy blues, los instrumentos, las guitarras y los teclados, la percusión, creaban un ambiente que, recuerdo tus palabras exactas, daba aun más fuerza a tu voz y a tu presencia, Dios me perdone, una fuerza desatada de la naturaleza más atávica, menos ejemplar para una generación ya por entonces irrespetuosa con el esfuerzo de sus mayores.


A principios de 1978, con Vinegar Joe ya disuelto y reciente tu nuevo matrimonio con vuestro ingeniero de sonido Trevor Jordan, debo confesar que empecé a respirar con algo más de tranquilidad, me invadió el inesperado bienestar de los que sin saberlo van a morir pronto. Empezaste una nueva carrera solista que te impulsó hacia, decían, merecidas cotas de popularidad, mantuviste tu estilo vocal, tu ímpetu escénico se vio más contenido, menos provocativo, pero todavía intacto. Se acabaron las giras interminables por el circuito universitario, la dieta de autopistas, te centraste mucho más en apariciones selectivas, en grabaciones discográficas más ordenadas, dirigidas a un público más mayoritario, menos proclive a deambular por las cuevas del llamado movimiento underground. Mi vida, lamentablemente, no tendría mucho más recorrido desde entonces. Todavía siento el penetrante olor de caucho podrido en el eje trasero de aquel camión de Sainbury´s, en Basingstoke. Había viajado desde Manchester para asistir al Taanit Ester de los años bisiestos en casa de los Harris, nuestros mejores amigos entonces. Ocurrió como aquel lejano día de Febrero de 1945, una jornada plagada de lluvia, cohetes V2 y olor a carne quemada.





10 jun. 2018

RELATOS V: COMIENZA LA TEMPORADA DE BAÑOS




Lo despertó el trajín del camión de la basura que, con previo frenazo en seco, anticipó un choque de ataúdes metálicos basculantes. Tres Dedos Rotos separó con sus rodillas hidráulicas la manta que lo cobijaba, sentó sus posaderas aglutinadoras en el borde de la cama y acto seguido se levantó. Subió suavemente las persianas pensando con indiferencia en una nueva jornada de cielos encapotados para observar, con la evidente alegría de quien por fin lo consigue, un día pleno junto a la canalla espulgadora del sol. Las ventanas son el teatro y el cine en los pequeños pueblos de provincia, se dijo, una urraca defendía en el jardín recién segado su territorio frente al mismo de siempre gato gris grisísimo. Otro “de hoy no pasa…”, TDR carraspea y traga la primera saliva de ceniza de la mañana mientras dibuja con la palma de la mano la curva de la barriga, ya casi indecente, “de hoy no pasa, las zapatillas deportivas, una camiseta y un pantalón corto cómodos, y a andar un poco, una hora u hora y media como mucho, una duchita y después a desayunar, algo de fruta y un yogur”. Conforme. Escucha sus propios pasos por la tarima del pasillo y, antes de entrar en el cuarto de baño, el ruido rebotante de una de las planchas abombada por la humedad le da los buenos días (no ocurre lo mismo cuando realiza la primera micción de madrugada, y es que la oscuridad le asusta y mira hacia atrás por si alguien le sigue). Se sienta en el retrete mientras tararea el “I´m Waiting For The Man”. Un pedo, dos pedos, el segundo más cabreado con un mundo que se circunscribe a estas horas a la nauseabunda situación política del país, "no tenemos remedio", mientras termina la meada, se sube el calzón e imita a Bruce Willis (acompañado de esa actriz portuguesa, "nunca me acuerdo de su nombre, de Madeiros, o algo así") dándole un buen toque masajeante al saco escrotal. Todo en su sitio.

Ya en la cocina, ¿se decide a abrir la nevera?, no, “antes tengo que recoger el coñazo este del lavaplatos, siempre me toca a mí, y después irá mi mujer", porque ha de saberse que TDR tiene compañera crisálida, "eso, irá diciendo por ahí, a sus amigas, que me pego la vida padre, que no hago nada, lo imprescindible (¿quienes sino ellas miden la imprescindibilidad de los actos domésticos?...) y además, siempre que hace algo, encima quejándose, nada hija, garrote, que están muy mal acostumbrados, a ver, ¿dime tú cuando tenemos nosotras vacaciones?…, si es que  se pasa el día con sus cosas, leyendo, con su música, a su bola". En ello, en tan extremado ejercicio, le gusta el sonido de compulsión cerámica ya horadada en algunas de sus orillas, “There She Goes Again”, "there she goes, there she goes, pumpumpumpum, pumpumpum, pumpumpum", cuando va distribuyendo los distintos platos en las estanterías, suenan también a protesta si los dejas caer a saco en vez de colocarlos amorosamente, "tienen su vida las cosas, su corazoncito a veces cabrón", y qué decir de esas altas copas de vino sublimes en su altura (“a mí, que me den una buena ensalada ilustrada y un Rioja”) cuando engatilla el dedo índice contra su levísimo borde de cristal y escucha ese sonido a catedrales derruidas, "maravilloso". Bueno, “¿qué vas a desayunar por fin? Dulce divinidad de la mañana ¿no me recomendarías un buen trago de ginebra para comenzar así colocado la jornada?”. Las cariátides, impasibles ante la propuesta de TDR, no contestan porque ya se sabe que las musas de la conspiración semítica-alcohólica son a menudo más proclives a dejar con dos palmos de narices al bebedor que (por prescripción médica de una galena de la que está como los poetas udríes platónicamente enamorado) carece de bebidas espirituosas en su casa.

Desde ese momento, y hasta las doce una hora menos en Canarias en que se mete en la ducha, TDR se ha preparado el nido acurrucante del lector matutino, antes ha estado escuchado las noticias en la radio, abjurando de la cantidad de anuncios publicitarios infames, palabreros de mareo y jingles para parvularios. No hay mujer a la redonda, se ha ido a gimnasia y a comprar al mercadillo, “tengo que ir algún día por ahí, para observar tipos y escuchar las conversaciones de la gente”, otra actividad que quedará en el baúl de los planes inconclusos, lo apuntará de todas formas en su cuadernito de un euro con cincuenta comprado en un colmado chino, “venga, hazlo, moléstate un poco, hay que andar siempre con las antenas del bolígrafo a mano para tomar notas”. Relee acto seguido las que ha apuntado en los últimos días, un sumatorio correspondiente a los resultados de las inversiones en planes de pensiones (ya llevan unas jornadas de pérdidas, seguro que suben, como todo el yin y el yan de la economía mundial, “el idiota este de Trump”…), una ruta literaria por el Madrid del “Tiempo de silencio”. Unos extraños dibujos arabescos casi de anillos circulares, porque su pulso es cada vez más caótico, marcan “una idea a desarrollar” y significan apuntes sacados de libros, borradores ininteligibles, planes de comidas con compañeros del colegio e itinerarios de futuros raids fotográficos.

Ya en el cuarto de baño el ladrillo blanco metro de Londres lo acoge entre alguna de sus estaciones (probablemente la de Earls Court, porque por allí pasó muchas veces). En la ducha otra repetición de gestos corporales, por estricto mandamiento restregatorio, cabeza, axilas, pecho, órganos genitales, nalgas, culo, piernas, pies, cuello, espaldar (hasta donde buenamente alcancen sus brazos). Repetición de la que hablaba, lo recuerda ahora, pensamientos-imprevistos-que-cruzan-caprichosos-su-mente-a-la-velocidad-del-pulso-lumínico-más-rápido, Alejo Carpentier en su (“creo que es ese, pero tampoco estoy muy seguro”) librito “El Acoso”, nos pasamos la vida cambiándonos de traje, esa simpleza tan de profundis, subrayada la frase en ese mismo libro que prestó a su vecino de calle, universitario entonces como él, al que vio por última vez en un concierto de Los Sirex en Rockola, una de sus hermanas gemelas, maravillosa orondez de rebullentes carnes, le miraba fijamente mientras jugaban de pareja al mus en la mesa camilla de su casa, y él aguantando su mirada de ágata ojos de gato asistiendo, quizá por primera vez de forma consciente, a la dulcísima marrullería femenina.

Estrictos protocolos, pues en ese jaez se transforman los actos que siguen al ejercicio duchil (han muerto unas 440 millones de sus células desde el último lavatorio de ayer), y que se enumeran en este riguroso orden. Secado, limpieza de la cabina, peinado, perfumado y cuidado corporal (incluye crema protectora hidratante), vestimenta de traje de baño ("a la mierda el mañanero paseo previo") camiseta de verano, calzado de zapatillas de esparto (este año se lleva el color pistacho, muy elegante). Hay, existe, se da y queda apabullante constancia (día a día) de esa benigna sensación cuando se mira al espejo después de la colada anatómica, y compara su imagen con ese momento anterior a la acción del aseo personal, mejor que sea perentorio (porque también puede ser peligroso), en el que el actuante se contempla como un ser aberrante, apenas puede soportar el peso anímico de su cuerpo, y así piensa mejor en abandonarse descuidando su aspecto externo, porque no deja de ser la pulida máscara de cada jornada, antípoda de una vida interior mezquina, vulgar y ahorrativa, el más fiel reflejo de su propia realidad.

La estancia del acurrucado lector es medianamente grande, o sea, que ni el espacio del que ahora habla (Pico della Clavicola) inclinaría a pensar en los horizontes infinitos de La Ponderosa de la familia Cartwright ni, tampoco, la dimensión de la estancia nos emplazaría en un lugar angosto, confinante y de eco vozmediano. Dos sofás lo cruzan en diagonal (como en la lejana Avenida), desde una entrada con arco de medio punto hasta un ventanal estratégicamente situado para que pueda cubrirse todo el recorrido del huso horario solar. De la decoración paredil de la habitación a PDC le gustaría hablar de lo que le gustaría que estuviera pero no está, evitar mencionar lo que está pero le gustaría que no estuviera. Una plumilla de un pavo real disfrazado de arlequín, la figura sentada de un oficiante de espartería (hecho ya liñuelo), dibujos del ayuntamiento de Brujas, copias numeradas  de grabados goyescos (aportadas por la mujer crisálida a la sociedad de gananciales), el Tiépolo con un paspartú añil desteñido, estampas campestres inglesas by His Grace´s Most Obedient Servants Thomas Earne & William-Byrne, London, 1784. Cuanta mejor industria si en la hacienda hubiera un enorme panel con el mapa del metro de Madrid (Madrid le debe tirar mucho), al fondo, en la pared frontera a la entrada principal, un papel decorado con motivos de robots infantiles y encima del arco, siguiendo su curvatura de pladur, unos sarmientos iluminados con bombillitas de colores navideños.

En esa visión fantasmagórica nos encontrábamos cuando, acurrucado en su asiento nidal (un minima pulvinus, hábilmente situado entre los riñones y el respaldo del sofá cubre su retaguardia), TDR nos saluda mientras sus dedos pasean entre las letras, página tras página. Con las piernas cruzadas, cuya colocación cambia una vez y otra, va creando una innecesaria carga sobre la pelvis para formar, sin él ser consciente de ello ("hay que ver qué poca educación postural recibimos en esta vida") un espacio apenas visible entre la cabeza de la rótula de la rodilla y el acetábulo. Pero inmerso en una lectura que es tantas veces ilustrativa como interrumpida por pájaros y pájaras pasajeras, él no percibe más que una sensación de trabajo no remunerado, una actividad extraescolar que le mantendrá felizmente ocupado.


"It´s one o´clock and time for lunch"..., las ya poquísimas banderas que acompañarán a TDR en su camino hasta el recinto alambricado de la piscina estarán ya bastante desteñidas. El agua (mucha, por San Blas sacaron al Santo), la luz del sol, el aire bueno de los últimos meses (que siempre extrae de los colores sus tonalidades más insospechadas) las han pasado factura de restaurante de cuatro estrellas. A la postre, el amarillo antes fuerte gualda limón es ahora barro y el rojo delirio mancha de vino peleón. “He llegado pronto, (se dirá, porque en este momento aun está por ocurrir lo que todavía no ha sucedido), escogeré aquella sombrilla, a sentarse tranquilito, un par de chapuzones y observar al personal”. Ante la ausencia de imágenes reales, su primer papel en la representación es la de hacer como que abre una publicación musical, en la portada puede que aparezcan The Ronettes con sus espléndidos peinados beehive, y en la primera página, en la editorial, podría leer algo parecido a: “Los asistentes reciben nociones básicas pero fundamentales de ciudadanía y conciencia social, y acaban bailando con clásicos del soul y del funk. ¿La sorpresa?"..., pues que inesperadamente han llegado unas nubes y se restriegan entre ellas sin ninguna pudicia. Comienza a llover, levemente al principio, torrencialmente después. “Cag´en mi puta vida. ¡Pues si que empezamos bien la temporada de baños!” 





31 may. 2018

ELOGIO DE LA TEMPESTAD





TEMPEST                           "TEMPEST"
Sacar de su funda el álbum de Tempest supone un ejercicio de inusitado optimismo, observar la galleta con el célebre dibujo del sello Island, un retrotraerse a tiempos donde todo era nuevo, pasar la bayeta antiestática por el vinilo, una reverencia a los vuelos de la imaginación. Dejar caer la aguja por los primeros surcos del vinilo, percibir la levísima arenilla acumulada según van entrando los acordes iniciales, carraspear, cerrar los ojos o mantenerlos fijos en un paisaje de ladrillos, árboles y cielo, coincide con la sensación de plena y hermosa materialidad. El objeto es el verdadero protagonista, la posesión un regalo, compartir estos aparentemente humildes actos, un abrazo entre amigos. Hablamos de la antigua usanza, se trata de contar historias entre los viajeros al calor de la lumbre en un hogar.

Necesito escuchar ahora "My Funny Valentine" de Rachelle Ferrell para lanzarme a la piscina. Finalizado el año 1973, el mismo de la publicación de este primer álbum homónimo de Tempest, la industria discográfica estadounidense había superado por primera vez en ingresos brutos a la tradicionalmente potentísima industria cinematográfica norteamericana. Pareciera como si tres años después de la desaparición de The Beatles, como banda, la enorme influencia británica que había sacudido el mundo del pop se trasladara a los Estados Unidos. Esta nueva pujanza americana no estuvo basada tanto en la continuidad de un estilo propio al de los Fab Four, peculiaridad que permaneció inalterable en las Islas, sino en algo que comenzó a vislumbrarse como nueva orientación de la industria fonográfica, el revivalismo. El "rock revival" de artistas clásicos como Chuck Berry ("The London Chuck Berry Sessions"), Jerry Lee Lewis ("The Sessions Recorded in London with Great Guest Artists"), Little Richard ("Right Now!") o Elvis Presley ("Raised On Rock/For Ol´Times Sake"), cubrieron una buena parte de los tradicionales canales de venta.

Añadamos a este fenómeno revitalizador, expuesto mayoritariamente en los medios generalistas de la época, la entrada en el mercado de subgéneros que por aquellos años se presentaban al consumidor como "child power", The Jackson Five o The Osmonds, el "gay power" de Alice Cooper (por increíble que fuera, así fue conocido en un principio), o la todavía permanencia de musicales como "Hair", "Jesus Christ Superstar" o "Godspell", estas nuevas tendencias del marketing musical no hicieron mella en los criterios de compra de un personaje parecido al que les habla, ya asiduo visitante de tiendas de discos, además de consolidado lector de medios especializados ("Disco Express", por ejemplo). Protagonista afortunadamente nutrido por entonces en la mejor escuela del rock con base blues británico, Led Zeppelin,  Atomic Rooster, Ten Years After o Vinegar Joe, encontrarle en las estanterías al uso con un disco de Tempest (no creo recordar ahora que los antecedentes de Jon Hiseman y Colosseum le llegaran a servir como referencia) debió suponerle un auténtico hallazgo. La originalidad de la cubierta, con su apertura en modo de paquete de correos, el fulgurante dibujo circular de lo que parece una esmeralda acuosa, harían el resto.

Tempest es un producto típico de la época, un conglomerado de individualidades que vienen a conformar lo que entonces empezaba a considerarse como la imagen del "supergrupo", un vértice piramidal, la parte emergente de un iceberg, de mayor o menor calado, cuya base estaba compuesta por elementos que aseguraban su fortaleza. Ciñéndonos a la escena británica, bandas como Cream, Blind Faith, EL&P, Yes o Bad Company, por citar solo unas pocas, son ejemplos de una tendencia que, bien valiéndose del relieve igualitario de sus miembros, bien del liderazgo unilateral de uno de ellos, revitalizan el panorama musical hasta extremos entonces por dilucidar. No será raro que, a partir de esa primera mitad de la década de los 70, los aficionados empiecen a cambiar impresiones sobre la procedencia de los integrantes de una banda, más aun si sus componentes han destacado en una formación anterior. Las expectativas que tal fenómeno creó, supuso un evidente plus de emoción ante los primeros trabajos que tales grupos sacaron al mercado; se daba por supuesto un éxito anticipado, de crítica primero y de ventas después, aunque los resultados, según el apoyo de los medios especializados, en no pocos casos distaron de las esperanzas suscitadas.

Extraigo de la estantería el "Colosseum Live" (Island Records/Bronze, 1971) y observo a Jon Hiseman saltando sobre un corredor de ladrillo visto, tan blanco, tan inglés como alguno de los inolvidables decorados interiores del "Blow Up". Todavía no se ha dejado la barba y su perfil parece el de un carnicero del sur de Londres. Colosseum es su formación más conocida, su banda de referencia, aunque él mismo declare años más tarde que su mejor proyecto fue el de Tempest, un grupo, según él, plenamente desarrollado cuando se convierta en trío en 1974. Al sonido de su batería, muy cercano a la leyenda desde época temprana, pensaba añadir el de un guitarrista, con dotes también de vocalista, y el de un bajo. Para este último puesto tiene clara su opción, Mark Clarke, compañero en Colosseum. Se encuentra sin embargo con problemas para encontrar un cantante ya que Allan Holdsworth, el guitarrista seleccionado (no dejó escapar Jon Hiseman la oportunidad de contratar a un instrumentista del que todos empezaban a hablar maravillas) no encajaba como voz solista, por lo que no le queda más remedio que ampliar la formación a un cuarto miembro que domine esa faceta, entra entonces en escena Paul Williams.

Además de Jon Hiseman, es Allan Holdsworth el otro gran instrumentista de Tempest. Guitarrista de refinada educación clásica, su primera intención fue la de dedicarse al saxo, intentando emular a un John Coltrane al que siempre reconoció como su máxima influencia musical. He pasado un buen rato escuchando con atención el "Satellite" del "Coltrane´s Sound" (Atlantic, 1964), la principal vía de liberación musical que reconoce Allan deber al genial saxofonista americano, sus riffs de guitarra en el "Hector´s House" de Ian Carr ("Belladona", Vertigo, 1972), también los de "The Donkey" de ´Igginbottom ("´Igginbottom´s Wrench", Deram, 1969), la más conocida formación de Holdsworth antes de su entrada en Tempest, y he de reconocer que su estilo es realmente inigualable. El posterior reconocimiento como uno de los mejores guitarristas de fusión jazz-prog tiene sus antecedentes en esas grabaciones. El método que sigue, desarrollado de forma extensiva en su posterior carrera como virtuoso instrumentista, parte de la ruptura de acordes convencionales para crear escalas que posibiliten notas de un nuevo cromatismo, sus líneas melódicas consiguen un efecto liberador, la conexión obtenida es etérea, el resultado nunca antes experimentado por un oyente de la época.

Retomando de nuevo el "Colosseum Live", y ampliando el escenario a la participación que Mark Clarke realizó como bajista tanto en la primera formación de Colosseum como en su época de Uriah Heep y Ken Hensley ("The Wizard" del "Demons and Wizards" e "Eager to Please", ambos Bronze 1972 y 1975), nos encontramos con un instrumentista que se mueve sin dificultad tanto en los potentes tiempos medios, abundantes en el álbum de Tempest, como en las sedosas baladas, su habilidad radica en acomodarse perfectamente al movimiento melódico que cada tema pudiera precisar. Otro tanto ocurre con el vocalista, Paul Williams, y a tal efecto selecciono el "Lie Back And Enjoy It" de Juicy Lucy (Vertigo, 1970). Su voz, en cualquiera de los temas de este álbum, es potente, vibrante, su registro barítono ha sido además protagonista en numerosas grabaciones de la primera hornada de la Zoot Money´s Roll Band, de los Bluesbrakers de John Mayall, del Paul Williams Set (junto a Allan Price de The Animals), del Ainsley Dunbar´s Blue Whale. Dos músicos, Clarke y Williams, que completan la paleta buscada por un Jon Hiseman que quería hacer de su proyecto Tempest la piedra angular de un género, el hard-rock-progresivo que, desde hacía poco tiempo, ya había tomado carta de naturaleza en los escenarios ingleses del momento.

La cara A se abre con "Gorgon", la lírica se mantendrá a lo largo del resto de las canciones del álbum. Los mitos artúricos y de los argonautas, la piedra antigua, el paisaje húmedo y tenebroso, el papel de la mujer como anunciadora de los misterios. Un arpegio acústico modula la entrada, un gong final baja el telón, entre medias los riffs de Holdsworth y la batería, elegantemente percusiva, de Hiseman otorgan al tema una solemnidad incuestionable. En "Foyers Of Fun" las sucesivas capas de la percusión recuerdan al mejor Ginger Baker de Cream, los riffs de Holdsworth son más roqueros, en una onda new wave punk muy al comienzo del tema, la voz de Williams más profunda, el puente brillante. "Dark House", la suavidad de los versos se entremezcla con un hard-rock aplastante, el wah-wah de Holdsworth toma protagonismo, los coros finales de la voz de Williams elevan la coreografía final. Cierra esa cara "Brothers", una canción de acordes más complejos (seguramente debido a la influencia de Holdsworth), la percusión de Hiseman marca sin complejos la dirección rítmica, el riff final de Allan se apoya en el pedal del bajo para dotarlo de mayor profundidad.

La cara B comienza con "Up And On", la temática general es desoladora, princesas destronadas, seres imprecisos que deambulan en épocas confusas, amantes desterrados, vientos helados, vagas promesas de un futuro mejor. El riff inicial de Holdsworth remite al mencionado "Hector´s House" del "Belladona", el primer y el segundo puente prodigiosos, los acordes se abren en una explosión de pólvora comestible, el reprise intermedio, pleno de poderosos riffs y percusión, devuelven al oyente a su laberinto perdido. Sigue la balada de "Grey And Black", los teclados y la voz de Clarke, acompañados en los coros por Paul y Allan, representan un pequeño drama, el luto de la mañana, el retroceso de la marea. En "Strangeher" la banda recupera la contundencia, un hard-rock-boogie lleno de progresiones blues. Los riffs de guitarra gimen al principio, jadean con furia en el puente final, eclosión. El violín inicial de Holdsworth en "Upon Tomorrow", una textura de trémolo sobre una armonía creciente, alcanza las cimas más elevadas de este "Tempest". En apenas dos minutos se escucha mucho más de lo que suena, la celebración de la tostada con mermelada, pesadillas de arcoiris, el crescendo de la melodía eleva los brazos del oyente hasta un techo de crema. La percusión de Hiseman planea con su aguijón cargado, los riffs comedidos hasta el puente; entonces un silencio, eléctrico, ensordecedor, los acordes de Holdsworth escalan con la seguridad de un orfebre, el final existe solo porque termina el disco.

La vida de la banda duraría un año escaso más. A mediados de 1973 Paul Williams y Allan Holdsworth salen y entra Olie Halsall a la guitarra y voz. Quedaría todavía tiempo para algún que otro concierto; el más celebrado, el Golders Green Hippodrome al norte de Londres, Junio de ese año, en el que coincidirían, por invitación expresa de Hiseman, Halsall y Holdsworth. De la tan cortísima asociación de ambos, el estilo de Ollie más desordenado, más liberado en la onda hendrixiana, la técnica más jazzística, más vanguardista de Allan, hablaría este último maravillas. La participación protagonista del ex-miembro de Patto en el último disco oficial de Tempest, "Living In Fear" (Bronze, 1974), atestiguaría una vía tan brillante como la experimentada con la primera formación. La crítica de entonces elogia, sin más, la calidad de ambos álbumes. Las ventas, al igual que las del primer Colosseum, fueron escasas. Me inclino a pensar que el paso del tiempo pone a las bandas olvidadas en su justo y merecido lugar.




17 may. 2018

EL ROCK Y LAS CIUDADES VI: HOUSTON




TOWNES VAN ZANDT           "LIVE AT THE OLD QUARTER, HOUSTON, TEXAS"
John Townes Van Zandt es junto a Sam Lightnin´Hopkins el segundo gran eslabón de la escena musical de Houston, una ciudad que evidencia, a partir de la tercera década del siglo pasado, uno de los más importantes crecimientos de población sureña en Estados Unidos. Si Hopkins refleja la raíz más auténtica del blues rural al oeste del Misisipí, Townes Van Zandt recoge tanto su legado temático como la técnica instrumental para, añadiéndole su primera cepa de cantante en la onda folk, conseguir uno de los más originales y fecundos mestizajes culturales entre dos razas condenadas a entenderse. No será esta la única simbiosis que se daría entre los artistas tejanos, su querencia por la vida nómada, de garito a motel, de carretera secundaria a autopista estatal, de cabaña abandonada a estaciones de ferrocarril, sus paisajes son ampliamente compartidos. Una única y fundamental diferencia, mientras Hopkins vive en el blues su propia experiencia vital, Townes Van Zandt tiene que inventársela, debe crearse una realidad paralela, sabe que no le queda otra que hacer creíble el mensaje de perdedor que todo intérprete del blues auténtico evoca.

Hemos llegado a Houston desde Nashville haciendo antes una parada obligatoria en Smyrna, una población de algo más de 40.000 habitantes al sudeste de la capital del country americano, allí murió Townes Van Zandt el primer día de enero de 1997. No queda nada de la destartalada cabaña de madera que le sirvió de vivienda durante los últimos años de vida, apenas un recuerdo emocionado del que solo unos pocos aficionados hablan hoy. Vuelta a Nashville para desde la circunvalación del Franklin Turnpike tomar la interestatal 840 y conducir hasta Tupelo por la 43. A unas 160 millas, ya traspasado el estado de Misisipí, nos desviamos a la izquierda hacia Muscle Shoals para visitar los FAME Studios. The Rolling Stones grabaron allí la mítica "You Better Move On" de Arthur Alexander, el primer gran compositor de la marca de Rick Hall, también aquí hicieron parada y fonda los ingleses en su viaje desde Nueva York hasta Altamont en California. Me hago en un deli cercano con media pinta de Old Redskin y, después de abrir la botella, coloco a propósito su boca bajo las narices de mi adormilado compañero de viaje. Son las 11 de la mañana y su reacción es instantánea, la agarra y se atiza un prolongado trago, después eructa largo y felizmente. El ambiente de la cabina en nuestro Ford Edsel Corsair del 58 se llena del "Brown Sugar".

La vida diseñada para John Townes Van Zandt es la propia de un miembro destacado de la original aristocracia tejana, aquella clase enriquecida con el negocio mayorista ganadero, con el minero y petrolífero posteriormente. El poder económico y social de los Van Zandt (no menor del de los Townes de su rama materna) planta sus reales, generación tras generación, en la ciudad de Fort Worth, localidad que les considera como una de las familias fundadoras y donde nace el mismo John en marzo de 1944. La obligada movilidad profesional del padre, abogado corporativo de numerosas empresas, les fuerza a instalarse temporalmente en Boulder, Colorado, a la sombra de las últimas estribaciones centrales de las Montañas Rocosas, paisaje que cautiva a un muy joven John y que será protagonista en alguna de sus mejores canciones. Los excelentes resultados académicos en la exclusiva Shattuck School de la lejana Minnesota le facilitan la entrada en la misma Universidad de Colorado. Todo parecía encajar para que John Townes Van Zandt continuara la prestigiosa senda que sus mayores tenían para él planificada. Seis años antes de su incorporación a la Universidad, el 9 de septiembre de 1956, John contempla atónito, junto a otros 60 millones de espectadores, la actuación de Elvis Presley en el Ed Sullivan Show.

Llegamos a Tupelo hacia las 2 de la tarde y nos dirigimos al Elvis Presley Birthplace & Museum en el 306 de la calle homónima. Es hora punta para un buen puñado de visitantes y turistas que se retratan en la entrada de la coqueta y pequeña vivienda de madera blanca. Desenvolvemos nuestros sandwiches de mantequilla de cacahuete y pepinillos mientras en la radio del coche suenan el "Love Me Tender" y el "Hound Dog", temas que abrieron y cerraron la actuación del Rey en el programa de Sullivan. Mi compañero de viaje, animado por la presencia de un grupo de chicas asiáticas que se agrupan alrededor de nuestro Ford Edsel, se apea del coche y comienza un estrambótico movimiento de caderas, sus cerca de 100 kilogramos de peso se bambolean en una marejada de grasa y sudor hepático. Un enorme policía de servicio, con su insignia del Chickasaw Nation, se acerca a nosotros y nos invita a alejarnos del lugar con una sonrisa tan grande como su prominente barriga. Salimos de Tupelo por la 22 de vuelta hacia Memphis y en la primera estación de servicio nos proveemos de varios packs de cerveza Pearl (la favorita de Lightnin´Hopkins), bocadillos de carne de zarigüeya y crema templada de pipilongo. Próximo itinerario por la US-82 W hacia Lubbock, vía Texakarna y Wichita Falls, ya en el estado de Texas. Un gigantesco y destartalado cartel a pie de carretera nos reconforta: "SMILE, GOD LOVES YOU".

La estancia de Townes Van Zandt en la Universidad de Colorado en Boulder se prolonga hasta primeros de 1964. Repentinamente, sus padres alarmados por una voraz afición por el alcohol e incipientes períodos depresivos, le obligan a volver a Texas donde le someten a duras terapias de ingestión forzada de insulina. En 1965 ya le vemos matriculado en la Universidad de Houston para hacer frente a una todavía prometedora carrera como abogado, Senador si las cosas no se tuercen. Townes, ya entonces introducido en la temática de los textos de las canciones de Hank Williams, de Lefty Frizzell y Roy Acuff, amplia su paleta de influencias a Bob Dylan y los grandes maestros del blues. Sam Lghtnin´Hopkins, primera y gran referencia como instrumentista en el manejo de la guitarra, Bukka White, Muddy Waters y Blind Willie McTell. Como muchos de ellos, opta por la vía de observar las cosas y los acontecimientos, desde los más triviales hasta los más significativos, en vez de limitarse a escuchar lo que otros ya habían contado. Su idea del autor de canciones, del artista como verdadero compositor, algo en lo que ya estaba trabajando desde los tiempos pasados en Boulder, se acrecienta debido a su carácter extremadamente introvertido, abierto a todas las emociones propias o ajenas. La decisión de crearse esa realidad paralela ya está además tomada. Townes debe vivir la vida del intérprete del blues para que sus canciones sean medianamente creíbles.

En el mismo año 1965, Townes es ya un músico asiduo en las pequeñas salas de Houston. Sus actuaciones se suceden en The Jester, donde coincide por primera vez con Lightnin´Hopkins, Guy Clark y Jerry Jeff Walker (el autor del inmortal "Mr.Bojangles"), grandes amigos, todos ellos, a partir de entonces; también en el Sand Mountain Coffeehouse, donde la prohibición por sus dueños de servir alcohol (además de cualquier crítica al KKK y a la guerra de Vietnam) no le causan excesivo apego al local. Entre 1968 y 1973 graba para el pequeño sello Poppy/Tomato Records, propiedad del que será desde entonces su productor y mánager Kevin Eggers, sus discos más representativos. "For The Shake Of The Song" (1968), "Our Mother The Mountain" y "Townes Van Zandt" (ambos en 1969), "Delta Momma Blues" (1971), "High, Low And In Between" y "The Late Great Townes Van Zandt" (en 1972). En ellos se encuentran todas sus grandes canciones, desde la primera composición del "Waiting´Round To Die" de un recién casado con apenas 20 años de edad, hasta su "If I Needed You" que cerraba la primera edición del "The Late Great Townes Van Zandt", un tema que, como algunos otros suyos, llegó a lo más alto de las listas del Billboard Hot Country Singles, en este caso de la mano de Emmylou Harris y Don Williams en septiembre de 1981.

Cruzamos en diagonal todo el estado de Arkansas desde Memphis, haciendo una breve parada en Little Rock, a mitad de un camino en el que pretendemos nos guíe la inspiración de Levon Helm, el más famoso redneck oriundo del lugar, para solo encontrar interminables tramos de obras en sus autopistas 40 y 30, hasta llegar a Texarkana, en el mismo límite con Texas. Pasamos la noche en el Motel 6, una moderna construcción de cartón piedra que pretende reivindicar los legendarios moteles de carretera. A medida que nos vamos introduciendo por la US-82 W hasta Lubbock va desapareciendo el paisaje sureño de Faulkner y se nos muestra el más crudo horizonte del Kerouac de la Ruta 66, situada unas 200 millas más al norte entre Oklahoma City y Alburquerque. El color y el olor de las magnolias da paso a los de la barbacoa de leña seca, interminables carreteras en línea recta atraviesan el horizonte norte del estado. Freightliners, Kenworths, Macks y Peterbilts se suceden interminables, unos tras otros, sus fogonazos de acero nos recuerdan el "Wichite Lineman" de Tony Joe White. Llegamos a Lubbock a tiempo para rememorar el mágico encuentro entre Joe Ely y Townes Van Zandt en el otoño de 1969. El primero se encontraba haciendo autoestop en dirección a Houston cuando Joe Ely para su coche y le recoge, su macuto contiene varios ejemplares de su entonces reciente "Our Mother The Mountain", apenas alguna muda de ropa. En el transcurso del viaje Townes regala a Joe un ejemplar del disco. Aquella noche, ya en Houston, Joe Ely y Jimmie Dale Gilmore, miembro de los Flatlanders, escuchan fascinados una y otra vez las canciones de Townes Van Zandt. Pareciera como si el fantasma del más auténtico Hank Williams entrara en escena.

Cuando llegamos al Hyatt Regency ya son cerca de las 12 de la noche, el portero se queda absorto observando nuestro Ford Edsel Corvair, mientras baja las maletas nos comenta que la producción de ese modelo estuvo a punto de causar la quiebra de Ford. Una propina de 10$ inflama aun más sus ojos de serpiente. Nuestra habitación rodea gran parte de la fachada alta del hotel, desde allí vemos a la izquierda el extenso Buffalo Bayou Park, la zona verde mejor rehabilitada de la ciudad. A la derecha, en dirección al primer gran arco del Oaks River, entre las calles Austin y Congress, se encontraba el Old Quarter, club donde Townes Van Zandt grabó en vivo su legendario "Live At The Old Quarter, Houston, Texas" en julio de 1973. Coronando ambas orillas de la curva del río, los impresionantes edificios iluminados del Tribunal y la Cárcel del condado. Más al sur, sobrepasando el primer anillo de autopistas que aísla el centro originario de Houston, el Third Ward, el "Sin Alley" de los garitos donde actuaba Sam Lightnin´Hopkins en los años 40 y 50 del pasado siglo. Pedimos a recepción unos sandwiches de banh mi para acompañarlos con un par de botellitas de tequila Pistolero´s, la nevera de la habitación está bien provista de alcohol. En el iPod suena completo el "Townes" de Steve Earle. En esos momentos uno tiene la sensación de que todo parece funcionar a la perfección.

Más que leer el explícito texto de Earl Willis que acompaña el doble "Live At The Old Quarter" conviene guardar silencio, mejor acercarse a las palabras exactas que custodian el verdadero espíritu de aquel concierto en vivo. La ubicación del club, la presentación que de Townes Van Zandt realiza Rex Bell, uno de sus dueños, la audiencia apretada, sus comentarios de fondo, el imaginado trasiego de cervezas, la expectación. Se trata de una actuación desnuda, cruda y limpia, a pesar del supuesto calor ambiental apenas se nota lo tórrido de una atmósfera llena de humo. La introducción, canción a canción del artista, su primer chiste, las risas, las toses y carraspeos, el murmullo (apenas perceptible), de los asistentes acodados en la barra del local. Se trata de una celebración, una ceremonia liberadora, los espectadores presencian un ritual en el que se exponen vivencias de pérdidas, de soledad, de dolor. La típica dialéctica tejana de Townes, cortando el final de las palabras, prolongando el sonido grave de las sílabas, tiende a sonar más angustiada, más blues. Sus "gracias" al final de cada canción nos llegan como entristecidas la mayoría de la veces. Un Townes completamente sobrio esa última noche pide sin hacerlo un buen trago de vodka.

Difícil destacar de los 27 títulos del disco cualquiera porque todos ellos forman un mismo corpus de emociones. Las palabras aparecen en los textos para expresar su significado exacto, lejos de quedar ordenadas como meros soportes de las líneas melódicas de las canciones, algo de lo que el mismo Townes se lamentaba como moda en el mainstream del Nashville de la época. Siquiera mencionar el conocido "Pancho & Lefty" ("Viviendo en la carretera mi amigo / Te mantendrá libre y limpio", toda una declaración de principios que llegaría a número 1 en las listas de country 10 años después, en la versión de Merle Haggard y Willie Nelson), el retrato del jugador en "Mr. Mudd & Mr. Gold", el conmovedor "Two Girls", la divertida recitación del "Fraternity Blues", el "If I Needed You" de la cara A. Toda la cara B, mucho más blues, más Lightnin´Hopkins, "Brand New Companion", "White Freight Liner Blues", "To Live Is To Fly" y su maravilloso párrafo: "Donde has estado es bueno y se ha ido / Todo lo que conservas es el haber estado allí / Vivir es volar / Bajo y alto", la poesía del "Rex´s Blues". El sopor adormilado de la cara C con sus "Loretta" ("Mi guitarra canta, Loretta se encuentra bien / Larga y perezosa, rubia y libre") y "Kathleen", el "Cocaine Blues" que da comienzo a la última cara, trasunto de un artista presuntamente liberado por sus múltiples adicciones, la alegre versión del "Who Do You Love" de Bo Diddley, el desgarrador "Waiting ´Round To Die", el mejor Dylan en "Tecumseh Valley". Cierran "Lungs" y "Only Him Or Me", se quedan esas dos canciones con el triste desconsuelo de los últimos aplausos apagados de la noche.

Hemos sacado entradas para asistir esta noche al concierto de Kinky Friedman en el Old Quarter Acoustic Cafe de Galveston, nueva ubicación del legendario local, así que decidimos salir de Houston por la mañana temprano con no demasiadas horas de sueño. Apenas 50 millas de trayecto por la 45 hasta llegar al Island State Park. En el trayecto vamos hablando de alquilar unas lanchas de kayak como mejor remedio para remitir la resaca. Cruzamos por el impresionante Galveston Causeway mientras unos enormes pelícanos vuelan encima de nosotros con sus alas extendidas. La luz es cegadora y el reflejo salino del agua pareciera suspendido en el aire. El Ford Edsel Corvair descansa en un parking de la Bernardo de Gálvez Avenue, así que tenemos tiempo para dar un paseo y reservar una mesa muy cerca, en el Cajun Greek de la calle 61, a un paso del muelle pesquero. La playa no es especialmente bonita, la arena es de color ceniciento y la osamenta de los malecones lejanos marca unas líneas negras con destellos amarillentos. En el horizonte las nubes caen semejantes a un pliego dorado.




3 may. 2018

HALL OF FAME VIII: SAM LIGHTNIN´HOPKINS



SAM LIGHTNIN´HOPKINS          "WALKIN´THIS ROAD BY MYSELF"
Me gusta el blues aunque debo reconocer no ser precisamente un experto en este género musical, me gusta la palabra blues, igual que me ocurre con la palabra flamenco, y por esa misma razón también siento por ese arte cierta predilección. Muchas veces la belleza de las expresiones puras empujan al receptor a aceptarlas de buena gana, pareciera como si unos hilos suaves y recónditos impulsaran al destinatario hacia la estancia en una zona de nubes bajas, de luz de media tarde. Quiero imaginar que el blues, igual que el flamenco, son términos limpios, sin apenas contaminación, salvo la que se pueda encontrar en el crujido oxidado del molino del negocio, y aun así las voces de ambos géneros musicales se admiten más fácilmente porque hablan al oyente, como pocas, de la experiencia de sus intérpretes. Me gustan también las imágenes rurales del blues, más que las urbanas. El color de las plantaciones, de los aserraderos, el polvo de los caminos, los raíles de las estaciones ferroviarias.

Mis primeras experiencias con el blues se remontan a un tiempo ya muy lejano, y no fueron artistas negros los que me dieron a conocer ese género, fueron músicos y bandas inglesas los que me introdujeron previamente en el blues. Me vienen ahora a la cabeza las versiones del "Spoonful" de Ten Years After o del "Born Under A Bad Sign" de Cream, el "Dust My Blues" de John Mayall and The Bluesbrakers, el "Boom Boom" de The Animals. La labor de esos intérpretes fue fundamental para hacerme conocer el blues, sus raíces, y afianzar posteriormente la búsqueda de los músicos originales, sus primitivas interpretaciones, la historia latente de sus composiciones en el tiempo en el que se produjeron. La lectura de revistas musicales de la época (el Disco Express de Jordi Sierra i Fabra, el Vibraciones de Ángel Casas, ¡ah, aquella Barcelona!...), la "Historia del Blues" de Paul Oliver (Alfaguara/Nostromo, 1976), la escucha de los programas radiofónicos de Popular FM, con husos horarios exclusivos para la mejor música de raíces negra, hicieron el resto.

Sam Lightnin´Hopkins es fruto de esa búsqueda, de ese interés por conocer de primera mano el trabajo de los intérpretes básicos del blues. Fue el artista tejano uno de los que más gratamente me sorprendieron, debo decirlo, junto a Screamin´Jay Hawkins, éste último más por su divertido histrionismo y cercanía al expresionismo rock, el primero por su pureza racial, por ser trovador genuino de aquellos colores de algodón, madera, metales y aire sureño en suspensión.

El primer acercamiento a Po´Hopkins (como gustaba que le llamaran) fue la magnífica recopilación que el sello Arhoolie hizo de sus grabaciones en Houston entre 1952 y 1953 ("Houston´s King of the Blues. Historic Recordings 1952-1953". Blues Classics 30). Una de las imágenes más icónicas del guitarrista aparece en la portada. Antoinette Charles reposa sus manos alrededor de sus hombros, el artista se nos muestra sentado empuñando su guitarra conectada a un amplificador, la cabeza, ligeramente ladeada hacia la derecha, sostiene sus brillantes lentes. Un cigarrillo se asoma por la comisura de los labios; en la mesa, en el anaquel trasero y junto a una de las patas de la silla, cinco botellas de cerveza tejana Pearl yacen vacías junto a un paquete de Lucky Strike. En la contraportada, Connie Kroll marca el ritmo en un básico kit de batería mientras sostiene entre sus dientes una toalla blanca, un juke-box se encuentra apoyado contra la pared, varios vecinos coinciden en la instantánea tomada por Chris Strachwitz, uno de los impulsores internacionales del guitarrista. Aunque creo que la imagen es de un artista ya reconocido a cierto nivel nacional, y por tanto no exactamente coetánea con los años correspondientes a esta grabación, debo reconocer que la fotografía tuvo un efecto hipnótico en mi aceptación inmediata de la figura de Sam Lightnin´Hopkins.

El guitarrista tejano nace en 1912 en Centerville, un conglomerado de granjas dispersas donde las plantaciones de algodón y los aserraderos de madera ofrecen a la población negra su modo más habitual de subsistencia. A los ocho años construye su primer instrumento sobre la base de una vieja caja de cigarros y unos alambres convenientemente limados. Sus hermanos mayores Joel y John Henry le instruyen en sus primeros acordes, tres años más tarde asiste a un concierto benéfico en Buffalo, a 18 millas al norte de Centerville, donde actúa Blind Lemon Jefferson. Su participación, improvisada y sin previa invitación, llama poderosamente la atención del también legendario guitarrista tejano, convenciéndole para contar con él en futuras giras y conciertos por las cercanas localidades estatales. Un Sam apenas adolescente ha elegido ya su camino, la falta de control parental, su padre es asesinado en una riña de juego clandestino, abre para él las puertas de lo que nunca quiso ser, un jornalero del campo a tiempo completo, aunque para subsistir en esas primeras andanzas no tuviera más remedio que doblar el espinazo de vez en cuando.

Ahí es donde nace el mito del "walkin´this road by myself" de Po´Hopkins, un epígrafe que le acompañará toda su vida artística. Inicialmente son las calles de Centerville y Crockett, puntos equiláteros de un gran triángulo que funciona como galvanizador de buena parte de la emigración sureña negra (aquella que no opta por trasladarse a las ciudades industriales del norte), donde nuestro guitarrista se gana la vida. Sigue el itinerario de los camiones repletos de jornaleros del delta del Misisipí que, huyendo de la Gran Depresión, se desplazan hasta Houston. Espera pacientemente los ferrocarriles que llegan hasta las ciudades costeras de Galveston y Port Arthur, donde la industria petrolera reclama nueva mano de obra barata y sin demasiada cualificación profesional. En los aledaños de las oficinas de contratación rasga su guitarra, improvisa sus textos, danza al ritmo de los bailes rurales, el "Texas Tommy", el "Sukey Jump", el "salto de la culebra", algunos de los asistentes marcan el ritmo con sus manos y pies, alrededor de un círculo que va creciendo paulatinamente, porque ven en Po´ Hopkins la conexión con sus raíces rurales, la única diversión que les da la bienvenida en un nuevo y desconocido destino laboral.

A finales de la década de los 30 Po´ya está instalado en Houston. En muchas de sus "actuaciones" en el barrio de Third Ward, cerca de los clubes nocturnos de baile de Dowling Street, le acompañará Alger "Texas" Alexander, pariente lejano que también compartió con nuestro guitarrista previas andanzas callejeras en la Camp Street de Crockett. Su voz, potente y arañada (ya por entonces recogida en algunas antiguas grabaciones de los sellos Okeh y Vocalion), es el contrapunto ideal para la guitarra de Hopkins. Su estilo acoge (para salvaguardarlas), las más puras esencias  del llamado down-home country blues, una mezcla de country & western, cajun, creole, zydeco, vals y polka. Su peculiar modelo de fingerpicking contrastaba arpegios desde las cuerdas altas, las "singles notes", con un pesado ritmo de bajo acompañado, muchas veces, con el "tapping" en el cajón de la guitarra. Sus composiciones propias son las de un auténtico storyteller, no pocas veces improvisadas al amparo de los acontecimientos más prosaicos. Los textos hablan de su "walkin´this road by myself", sus experiencias vitales, su alejamiento de la vida convencional, su libertad de trovador encuentra múltiples ejemplos para compartir con la audiencia. Muchos de sus escenarios naturales le localizan en los mismos pasillos de los autobuses que recorren la ciudad, actuando para los pasajeros, pasando el sombrero para recibir las monedas y, al llegar a sus esquinas favoritas, apearse para seguir la función en los beer-joints más cercanos.

A mediados de la década de los 40 Lola Anne Cullum, joven investigadora de las raíces sureñas del blues, le convence para trasladarse a Los Ángeles y así realizar sus primeras grabaciones en el sello Aladdin. El elegido para acompañarle en aquellas sesiones fue Wilson "Thunder" Smith, otro tejano de Wharton que viene a representar, además de la guitarra acústica, la otra gran escuela instrumental del estado de la Estrella Solitaria, el piano. La grabación de innumerables singles, publicados por el sello angelino a partir de 1947, le abren la puerta de Gold Star, otro sello esta vez de casa, en Houston. Temas, tan populares actualmente, como "Feel So Bad/"Rocky Mountain Blues", "Jail House Blues"/"T Model Blues" contemplan ya a nuestro artista cotizando en las listas, pero no será hasta 1950, con su "Sotgun Blues"/"Rollin´Blues" (cuando las tres cuartas partes de la producción discográfica en EEUU se reproduce exclusivamente en los juke-box), el momento en el que este último acetato del sello Aladdin alcance el puesto número 5 de la Billboard R&B Chart. 

En la década de los 50 parece que nuestro artista sufre un repentino bajón de popularidad, aunque sigan publicándose numerosas grabaciones en sellos como Mercury, RPM, Sittin´In With, Decca, Jax o Herald (obvio comentarles los precios actualmente pagados por las copias originales...). Po´subsiste, además de apostando fuerte a los dados y desligándose definitivamente del mantenimiento económico de su familia legítima, pagando a las casas discográficas con su misma moneda, esto es, revendiendo las diferentes tomas de canciones grabadas anteriormente a distintos sellos interesados, también cobrando por anticipado cualquier actuación que hiciera en los clubes de Houston, el Ebony, el Shady´s Playhouse y, sobre todo, el afamado El Dorado Ballroom. Tiene que llegar el final de la década para que Sam Charters, un revivalista de la escena folk americana, reedescubra a nuestro protagonista y grabe sus temas de entonces en su sello Folkways. Este resurgimiento del guitarrista tejano le sirve de lanzadera para actuar en 1960 en el Carnegie Hall neoyorquino junto a Joan Baez y Pete Seeger, también para participar, junto a Sonny Boy Williamson y Howlin´Wolf en el segundo American Folk & Blues Festival celebrado cuatro años más tarde en la ciudad alemana de Hamburgo.

En el entreacto de esos cuatro años tiene lugar en los estudios A.C.A. de Houston la grabación de este "Walkin´This Road By Myself" (Fantasy, 1962). Acompañan a nuestro protagonista Spider Kilpatrick a la batería, Billy Bizor a la armónica y el malogrado Buster Pickens al piano. Los 10 temas incluidos en el álbum ("Walkin´This Road By Myself", "Black Gal", "How Many More Years I Got To Let You Dog Me Around", "Baby Don´t You Tear My Clothes", "Worried Life Blues", "Happy Blues For John Glenn", "Good Morning Little School Girl", "The Devil Jumped The Black Man", "Coffee Blues" y "Black Cadillac") continúan y refuerzan el estilo instrumental de Po´, también su vertiente de rapsoda de la comunidad negra tejana. Los textos de los temas, cuya lírica cambia sustancialmente en versiones de artistas como Muddy Waters o el mismo Chuck Berry (lo hace igualmente en diferentes tomas grabadas por el guitarrista en discos posteriores), muestran un trasfondo de lucha por la supervivencia, rasgaduras sentimentales, pugna por seguir la elección de una vida en libertad, instantáneos homenajes a héroes del momento, algunos de ellos con un doble sentido claramente sexual ("Baby Don´t You Tear My Clothes" y "Black Cadillac"), otros con referencias a la ilusión de una infancia ya pasada ("Good Morning Little School Girl", "Happy Blues For John Glenn").

Sam Lightnin´Hopkins, como muchos otros artistas en su propia tierra, no ha tenido el reconocimiento que la ciudad de Houston debe al músico más importante de su historia, tan solo una estatua, erigida por suscripción popular en 2002 en la vecina ciudad de Crockett, recuerda su legado. La influencia que numerosos guitarristas de blues y rock han recibido del guitarrista tejano (el mismo Jimi Hendrix lo reconoce como su ascendiente de mayor relieve) es inmensa. Su blues campero, polvoriento, corredizo y pleno de influencias crossroads, muestra la mejor imagen de un artista irrepetible, un tipo que hizo de su libertad de elección el camino a seguir.

18 abr. 2018

14 DE ABRIL EN CARABANCHEL

Enciendo la llama mientras escucho "Here I Am" de The Third Man. León Felipe hablaba del viento y de la luz como principales motores-transmisores. Yo muestro su consecuencia, los gestos de las manos, las sonrisas, el juego de los niños.








13 abr. 2018

RAREZAS XV: EFEMÉRIDES.




ARZACHEL                       "ARZACHEL"
Observo  el enigmático dibujo de la portada de Arzachel mientras intento comprender una vez más su significado. Lo que parece un contorno de ave galliforme, sus poderosas patas sosteniendo unas piernas y muslos en los que principia una piel escamada, la cola de su espinazo recogida en el sueño de un marsupial, se eleva hasta unas cercenadas alas de dragón galés. El pescuezo sostiene una cabeza humana de nariz hebrea, la boca entreabierta, el labio inferior adelantado en forma de percha de la que cuelga una larga perilla de chivo expiatorio, en su interior una representación del rostro lunar extiende unos rayos semejantes al despertar de larvas genésicas. A su alrededor, una placenta deforme muestra bebés marcianos, máscaras de animales con exagerados colmillos, perfiles de corazones acartonados, pasteles de queso, letras y números cabalísticos. En la parte superior izquierda un personaje, con aire semejante al de un William Burroughs sin su típico sombrero modelo Bogart, comparte espacio con la cruz principal de la brújula magnética. El color fucsia de la portada otorga al dibujo una tonalidad de mala digestión estomacal, mientras, las letras del título del disco, ARZACHEL, se organizan de acuerdo al movimiento ondulante del agua en una pecera.

La idea más aceptada del nombre de Arzachel dicen provenir de un cráter de impacto lunar, situado en las tierras altas de la parte sur-central visible de la Luna, al oriente del mar Nubio. Otros investigadores lo asocian, más acertadamente quizás, con Abu Ishaq Ibrahim Ibn Yahya Al-Zarqayi, un astrónomo cordobés autor de las "Tablas Toledanas", compendio científico del siglo XI que fue usado para predecir los movimientos del Sol, de la Luna y de otros planetas con relación a las estrellas. He buscado en la lectura pormenorizada de los textos del disco alguna relación con los cráteres lunares y las tablas astronómicas medievales descritos y creo haber dado con algunas claves interpretativas, desde luego siempre aleatorias porque dependerán, en cualquier caso, del estado mental del oyente. Lo que si debo anunciar es que a fecha de hoy, si existiera alguna conclusión definitiva sobre la imagen de la portada de Arzachel, apostaría por que fuera la del dios Azathoth, "primer motor del caos, la antítesis de la creación, el necio sultán de los demonios...", protagonista en alguno de los relatos aparecidos en "Los Mitos de Cthulhu".

El sonido de "Arzachel" es oscuro, pero no tanto, es asumible. Recomiendo seguir gozándolo en la distancia de sus ecos, prolongarlo en el silencio posterior que acontece tras abandonar su escucha. Su significado adquiere mayor relevancia cuando no se está presente, su misterio permanece mientras el oyente se ha alejado temporalmente de él, su resonancia se cuela entre las entrehoras de una nada que bulle peligrosamente. También es el suyo un sonido de alumbramiento, de desconcierto, porque muestra al interesado que hay vida detrás de las cosas sin aparente importancia. Hay un poema de Walt Withman que habla de las manchas y rajaduras de las ventanas, de seres altos y suficientes que están detrás de ellas y nos hacen señas. Es en esos extremos donde radica su inesperada belleza.

Los intérpretes de "Arzachel" son sacerdotes de un culto perdido, un ritual antiguo hecho música que se asocia con una tradición originada en la novela gótica inglesa del s.XVIII y que tiene en autores como H.P. Lovecraft y sus seguidores su contrapunto americano. Sus nombres: Simeon Sasparella (guitarra solista y voces), Sam Lee-Uff (teclados), Njerogi Gatagaka (bajo y voces) y Basil Dowling (batería), alias respectivamente de Steve Hillage, Dave Stewart, Mont Campbell y Clive Brooks, miembros a la sazón de Uriel, banda que en el momento de su creación en diciembre de 1967 se movía en la onda de Jimi Hendrix, Cream y The Nice. No es hasta que abandonan su estancia como grupo residente en un hotel de la Isla de Wight, apareciendo posteriormente con regularidad por el Londres del Middle Earth en el verano de 1968, cuando se pueda precisar su conversión a la nueva religión de la psicodelia espacial y los juegos de luces estroboscópicas. Pink Floyd es la banda a seguir en ese momento, el ácido lisérgico se ha apoderado de las mentes más lúcidas de la primera generación post-cartillas-de-racionamiento, atrás han quedado los últimos mods y las pastillas azules.

Merece la pena, aunque solo sea de puntillas, entrar en la carrera de unos músicos que, con apenas veinte años de edad, graban "Arzachel". Los más conocidos, Steve Hillage y Dave Stewart, se encargan de la guitarra solista y los teclados en Uriel, acompañados por Mont Campbell al bajo y Clive Brooks a la batería. La salida temporal de Hillage, que prefiere centrarse en sus estudios universitarios de matemáticas, muestra entonces al trío restante que cambia su nombre por el de Egg, una banda ya de cierta referencia en el conocido sonido progresivo de Canterbury. Campbell y Brooks forman parte poco después de grupos como Gilgamesh y Groundhogs, escorados hacia la jazz-fussion los primeros, mucho más inclinados al hard-rock progresivo los segundos. Antes de la desaparición de Egg en mayo de 1972, Hillage y Stewart convergen en las dos primeras formaciones de Khan entre abril del 71 y octubre del 72, banda que sigue inmersa en el sonido Canterbury y que, con la inclusión de Nick Greenwood al bajo, consigue un repique más fiero, en la onda de The Crazy World of Arthur Brown. Stewart culminaría su progresión en Hatfield and The North, una formación de extraordinario paralelismo musical con el primer Soft Machine, mientras que Hillage centraría sus esfuerzos colaborando con Kevin Ayers en su "Bananamour" de 1973 antes de entrar en la formación de Gong al año siguiente.

Es "Arzachel" una obra que en el momento de su grabación, junio de 1969, muestra entonces los últimos estertores de la psicodelia inglesa de influencia floydiana y calado Canterbury, anticipando al mismo tiempo, y ahí reside uno de sus grandes valores, el hard-rock, también progresivo pero con fuertes raíces blues, que bandas como Atomic Rooster, Groundhogs, High Tide o Savoy Brown, entre otras muchas, desarrollarían coetáneamente. En el momento de la grabación, a la que ya han invitado a Steve Hillage, dando así por terminado su retiro universitario, el trío de Egg se ve obligado por razones contractuales a cambiar su nombre, también el de sus protagonistas, utilizando los alias anteriormente mencionados. Aparece entonces la denominación de Arzachel y el título homónimo del mismo Lp, una designación de marca exclusiva que, como los objetos de extraordinaria rareza, no tendría continuidad posible.

Comienza la cara A con "Garden of Earthly Delights" y el Hammond de Stewart nos introduce en lo que será una constante del disco, un tono muy Matthew Fisher de Procol Harum, las ondas de los teclados alcanzan cimas eclesiásticas, mientras que la guitarra de Hillage emociona tanto como pudo estarlo David Gilmour al contemplar el cuadro homónimo de el Bosco. Las voces de Campbell y del mismo Hillage, más poderosa la del primero, narran textos más en concordancia con las beatíficas visiones de Lewis Carroll. Es el siguiente tema, "Azathoth", un paternoster de clara invocación diabólica, la base rítmica de Campbell y Brooks estructura un escenario lúgubre, de la voz de Hillage surge un oratorio en modo de cámara oscura. En "Queen St. Gang", primer tema instrumental, el órgano adquiere aun más relevancia, sus líneas melódicas son hondas, el punteo grave del bajo y una batería que roza el minimalismo contundente, otorgan al tema un sabor añejo, de madera quemada. Cierra la primera cara "Leg", inicial aproximación al nexo de unión entre la psicodelia de Canterbury y el hard-prog de base bluesera. Aquí la guitarra de Hillage adquiere mayor protagonismo, sus fraseos pertenecen claramente a la escuela John Mayall & The Bluesbreakers, mientras el teclado de Stewart otorga al oyente, sobre todo al final de la composición, un aviso del universo por el que se va a mover "Arzachel" en la cara B.


"Clean Innocent Fun" (10:31) anuda instrumentalmente el cordón hard-prog con el de la psicodelia floydiana. En los textos se habla de muros hirientes a punto de llorar, de las caras de cristal de yeguas frígidas, del rezume púrpura de las grietas, de faros cuyos rayos de luz se cruzan con negros despojos, todo ello enmarcado por el sonido de un órgano que parece bombear sangre a punto de coagulación. En el transcurso de los puentes el resto de los instrumentos van intercalando fraseos de blues ácido y psicodelia de ecos expansivos. "Metempsychosis", segunda pieza instrumental con casi 17 minutos de duración, es el perfecto contrapunto al "Interstellar Overdrive" de Pink Floyd, menos melodramático si cabe, sin que deje de ser por ello igual de exuberante. Es aquí donde el observador encontrará las referencias a los cráteres lunares anteriormente mencionados. El tema es un claro ejemplo del mejor space-rock posible, escuela inglesa (precursora de la alemana). Brillante ascensión. Silencio, coincidiendo con los momentos inmediatamente posteriores al alunizaje. La mente parece recogerse en sus propios pensamientos, su letargo se asoma a abismos de mármol, lo que observa puede que le cause un terror cósmico, parecido al "Phaedra" de Tangerine Dream. Las líneas de bajo y batería advierten de la explosión final, corredores de lava resurgen en la cara oculta de la luna. Voy a escuchar de nuevo el "Pawn Hearts" de Van Der Graaf Generator.

Debo concluir diciendo que las anteriormente mencionadas referencias astronómicas en éste "Archazel" se pueden encontrar, no podía ser de otra manera, en la profusión de imágenes celestes que se manifiestan preferentemente en sus dos últimos temas del álbum. El lector curioso también las hallará en el mismo origen árabe del autor de las "Tablas Toledanas" y del propietario del sello Evolution que publicó el álbum, Mohamed Zackariya. Pareciera como si se hubiera producido una suerte de coincidencia interplanetaria que concluyera en la misma denominación del disco, un homenaje postrero quizás. El astrónomo cordobés, precursor de Copérnico, entendía la tierra como un elemento estacionario en el centro del Universo; el londinense, sin duda más modesto desde su atalaya de Old Compton Street, ni le dio ni le quitó la razón, simplemente propició la aparición de una obra que se convirtió, sin que apenas nadie lo llegara a comprender entonces, en uno de los eslabones perdidos entre la ya desfallecida psicodelia de la época y el naciente y pujante rock progresivo inglés.