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3 jul. 2019

RELATOS IX: MARIPOSAS ENAMORADAS



La luz intermitente del semáforo continuaba golpeando la misma fachada de ladrillo caliente, un tranvía llamado deseo circulaba por un carril de única dirección, pero esa visión surgió ya de vuelta a casa, recién terminado el paseo fotográfico. Ocurrió poco antes, instalado frente al ordenador, a punto de quedarme descalzo y tantear con mis dedos las puntas de la crema de afeitar caídas en el suelo, cuando casualmente observé a la pareja de mariposas revoloteando en el jardín. El tórrido ambiente del inicio del verano no parecía influir en ellas, tampoco parecía existir mayor esfuerzo en sus desordenados lineales eléctricos, imaginaba a un camarero preparando un cóctel en el reducido espacio de un dedal de cristal.


El escenario del paseo coincidió con la nunca antes intentada aventura de descubrir el color a través de la abrasadora temperatura del inicio del verano. A veces la luz era sombra, la sombra luz, tampoco pretendía encontrar una senda a seguir. Me llamaron poderosamente la atención las trompetas trepadoras naranjas, los violetas de las lavandas, el blanco de las adelfas, el calor vibraba altísimo entre los colores, distorsionándolos a la vez que los hacía aun más transparentes. Seguí el rumbo caminando por varias calles ya conocidas, recordaba a cada paso otras fotografías anteriores, otras sensaciones parecidas, buscaba también los colores rosáceos de mi desaparecido árbol de Júpiter.


No quise resistirme a la tentación, los erráticos vuelos de los lepidópteros contra el fondo verde del jardín atrajeron la atención de mi abdomen calamita. Hacía tiempo que no salía a pasear después de comer, probablemente empezaba a echarlo en falta, y en contra de los consejos de mi mujer me dispuse a retomarlos un día de mucho calor. Propuse a mis seguidores ir en busca de un color blanco, no tenía elegido ni el objeto ni el matiz especial del tono. La primera foto que tomé fue la de un fondo de pared blanca interpuesto con la boca de un oscuro respiradero negro. Las impresiones acumuladas a lo largo del paseo se transformaban radicalmente en la mente de un fotógrafo que quería ser vencido. La sensación de enfrentarme ante tantos y distintos colores me produjo una grata desorientación, ni de lejos podía imaginar la aparición de esa paleta plena de distintas gamas. Para hacer aun más inverosímil la jornada (ya casi finalizando el recorrido) me topé con una familia de setas, preparaban la merienda a la sombra de un enorme pino, el césped aun húmedo por el efecto de los vasos comunicantes conservaba el ambiente idóneo para las comadres de Pierre-Auguste Renoir.


Pero la luz se tornaba a veces demasiado agresiva, incapaz de liberarse de su obsesiva fuerza cenital, de modo que intenté someterla al abrigo de unas sombras que hicieron bien en rechazar mis pretensiones de hacer faena. Con ese espíritu, sin ninguna suerte, las fotografías se sucedían de forma instantánea, las imágenes no pedían permiso, se imponían sin contemplaciones gracias a una fuerza desconocida que las desnudaba. Tan solo me imponía encuadrar adecuadamente la toma, esperar a que el pulso de mis manos se controlara y disparar a continuación. En una única fotografía conseguí acertar con la luz, se corría entre las ramas de un enorme abeto, arrimado al parterre de una rotonda, sus rayos humeaban dentro de una marmita de cobre nuevo. Doy fe aquí que ese fue el momento en que me encontré más inspirado, esa influencia instantánea me condujo en volandas hasta otra imagen posterior que bien podría haber sucedido en la esquina de cualquier campus universitario americano, una pared de ladrillo sostenía una ventana acompañada por una planta trepadora, al fondo los árboles cubrían un cielo que no había sido invitado al espectáculo.


Porque conocen de sobra que yo andaba a la búsqueda del color blanco ideal, aquel que invocaba el vuelo de las mariposas enamoradas. Definitivamente la brisa sofocante del verano dejó en mi camiseta deformes goterones de sudor. Decidí entonces alejarme de un sol cuya luz seguía inexorable espulgando a la canalla (también desteñía variadas banderas sin escudo). Me cobijé bajo el paraguas de un arce japonés (de pesado color monetario), una sombra suficientemente amplia para aguardar la llegada de la última toma. Quedé además a cubierto de cualquier mirada indiscreta (por ejemplo, la de una pareja de la policía municipal que circulaba en su vehículo por la calle de enfrente). Disparé, pasaron al ralentí los uniformados, un perro de aguas se acercó al tronco para olisquearlo, evacuó y siguió su camino. Algo alejada, su dueña elevaba al cielo unos brazos de mazorca que pretendían recomponer un moño color carmesí.


Allí acabó el paseo fotográfico. Crucé por un paso de cebra que me condujo hasta una acera aun repleta de vecinos adormilados, desde una ventana abierta un hombre mayor regaba unos tiestos con flores. Ya en casa, me aposté frente a la pantalla del ordenador para ver las fotos y corregir la iluminación de varias de ellas. Según las iba observando tuve la sensación de no ser yo el que las iba mostrando, un personaje anónimo acometía esa labor. Miré hacia el reflejo de la ventana y vi un hombre vestido con esclavina y una gorra de los Nets en la cabeza. Aplaudía emocionado mientras exhibía una cuidada dentadura postiza. La probable moraleja del relato debería hablar de ese último color blanco como el ideal que anduve buscando.





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