HOME                     LINKS                       CONTACT                      

25 nov. 2015

HALL OF FAME VOL I: JEFF DAHL



JEFF DAHL GROUP                 "SCRATCH UP SOME ACTION"
Confieso que siempre me ha caído bien este tipo, Jeff Dahl. Desde que me compré su primera grabación en 1990, su ahora mentado "Scratch Up Some Action", en la mítica tienda Record Runner de Madrid,  le he tenido un respeto y una admiración especial. Situación que se incrementó no solo por el hecho de que este disco, inicialmente grabado en el sello Dog Meat (con licencia previa del famoso entonces Triple XXX Records), estuviera aquí en España fabricado y distribuido por Imposible Records, el sello de los entonces dueños de la tienda mencionada (y ya desaparecida), también porque aquellos personajes (Pepe y Ricardo) jugaron un papel muy importante como guías en lo que entonces significaba mi educación musical. De la new-wave al garage y el hardcore americano. De la anterior y brillante linealidad compositiva de Nick Lowe, Elvis Costello o Graham Parker a la agresividad post-glam-punk de The Dead Boys o de The New York Dolls; del pop de diamante de Prefab Sprout a la explosión del NRA (Nuevo Rock Americano, según Ruta 66) de REM o Green On Red; del inicial eco espectacular de Jesus & Mary Chain y Spacemen 3 al desmadre retumbante de Pussy Galore, Black Flag y Hüsker Dü. Gracias hermanos.


Jeff Dahl fue parte entonces de ese proceso de cambio de orientación que, afortunadamente, no supuso ninguna ruptura con todo lo escuchado y asimilado con anterioridad. (De hecho, nunca he renegado de mis veleidades con el mejor rock sinfónico ni tampoco de mis querencias temporales con los "nuevos románticos" ingleses de la década anterior). Así es que tengo que agradecer profundamente al amigo Jeff Dahl el que contribuyera de manera significativa a abrir mi panorama musical de entonces hacia nuevas experiencias, de las cuales es éste "Scracth Up Some Action" una muestra de las derivas no tan extremas que entonces tanteaba (Dwarves), ni de estar al mismo tiempo tan alejado de otras nuevas propuestas que por aquella época también ensayaba (Giant Sand o Sonic Youth).

Jeff Dahl fue, en una expresión no demasiado apartada de la realidad del término, "carne de cañón", esto es, hijo de una familia militar que le obliga en buena parte de su infancia y adolescencia a vivir fuera del territorio principal de los Estados Unidos (de hecho, Jeff fue soldado profesional durante tres años). Nacido en la ciudad alemana de Stuttgart (conocida sede de la muy celebrada marca automovilística Porsche) en 1955, su familia se traslada (siguiendo los distintos destinos de su padre) a Hawaii en 1960. Poco más que alguna emisora dispersa de radio local y el feroz seguimiento y lectura de varias revistas musicales vienen a suponer, entonces, la base de lo que sería la carrera profesional del protagonista de hoy. La adquisición del "Easy Action" de Alice Cooper en 1970 fue, además de para nuestro protagonista, un aldabonazo para sus conservadores progenitores, aunque en este último caso de índole negativa, acostumbrados ellos como mucho a contemporizar con el más meloso Frank Sinatra de la época. La falta de una escena local de salas de conciertos, motivada por lo costoso que suponía a las bandas de la metrópoli actuar en la lejana isla, nos presenta entonces a un Jeff Dahl bastante escaso de contactos personales con sus héroes musicales aunque, eso sí, en un estado de permanente ebullición de ideas y proyectos para su inmediato futuro.

Ideas que se plasman de una forma definitiva cuando nuestro héroe asimila en toda su extensión y grandeza sus principales influencias, el "Funhouse" de The Stooges y los tres primeros discos de los MC5 de los primeros años 70, trabajos que vienen a moldear su gusto musical posterior. Su traslado a la ciudad de Los Ángeles en 1979, entonces (igual que ahora) un auténtico hervidero de los estilos musicales más en boga, le da pie para plantearse ya de una forma determinante el comienzo de su propia carrera musical. Si poco antes de su llegada a la capital angelina graba su primer single, "Rock N Roll Critic" para el sello Doodley Squat, es en esa gran urbe donde entra en estrecho contacto con los músicos, sellos y sus amplísimos circuitos locales.

La ciudad de Los Ángeles, que a finales de la década de lo 70 está cambiando su envoltura glitter-rock hacia una escena más orientada hacia la asimilación más pura del UK punk, ofrece a nuestro joven Jeff la posibilidad de asistir a los conciertos de aquellas bandas que, tanto desde la misma gran ciudad y sus conurbaciones limítrofes, hasta de las provenientes de San Francisco y su extensa área de influencia, van a marcar de una manera decisiva su alineamiento con el estilo más genuinamente californiano de los primeros 80, el hardcore. Grupos pioneros de la primera ola proto-punk angelina de 1976, como  The Quick, Berlin Brats, The Fly Boys o Zolar X, dan paso a los nuevos The Weirdos, The Dickies, The Germs, Black Flag, The Nuns, Dead Kennedys o Circle Jerks, por nombrar solo a unos poquísimos de ellos.

Jeff, aupado además por esa filosofía DIY tan propia del punk, decide enfrentarse como instrumentista inicialmente a la batería para ir "progresando" (en cuanto se encuentra cómodo con los acordes básicos en A y en E) hacia la guitarra eléctrica. Hasta el punto de que, en muy poco tiempo,  ya se atreve a componer nuevos temas (su "Suicide City" fue publicado como single por el prestigioso sello Bomp de Greg Shaw)  y a formar parte en la grabación del segundo Lp de The Angry Samoans, "Back To Samoa" (favorito de esta casa). Pasos posteriores (durante gran parte de la década de los 80) ven a nuestro héroe formando parte de bandas como Vox Pop (aquí en una onda más metal- blues-psych tipo Blue Cheer y Chocolate Watch Band), Powertrip (mezclando los riffs de Stooges con el metal de Mötorhead), Poison Idea (en un EP homenajeando al gran Stiv Bator) o Motherfucker 666 (con gente de The Pagans y de The Lazy Cowgirls). Pero es ya a finales de los 80, en 1987 concretamente, cuando graba su primer Lp como The Jeff Dahl Group, el "Vomit Wet Kiss" publicado por el sello Sympathy For The Record Industry, uno de los muchos que proliferaron durante la ebullición de la escena hardcore californiana.

No es de ese su primer Lp del que hablamos ahora (poca justicia le haría al no haberlo escuchado hasta la fecha), sino de su segundo "Scratch Up Some Action", obra que me acerca a él por primera vez y de la que, según he intentado explicar en párrafos anteriores, quedo inmediatamente cautivado. El disco es un auténtico compendio del hardcore hasta cierto punto más civilizado (comparado con las propuestas de bestias como Black Flag, por ejemplo) sin dejar por ello de atesorar en sus surcos la rabia y la furia rítmica inherentes del estilo. Temas propios de auténtica pasión roquera como "I´m In Love With The GTO´S", "Feels Alright", "Cancer Rising", "Fun City USA", "Go To Him", "Radioactive Baby" y "I Kill Me". Baladas más acústicas como "Whiskey Down The Rain" o la compuesta a capella con el inolvidable ex-The Dead Boys Cheetah Chrome, "And So It Goes", más tres versiones de auténtico lujo epidérmico, el "White Light/White Heat" de Lou Reed, el "1970" de Stooges y el "Two Headed Dog" de R. Erickson.

Si el hardcore se distingue instrumentalmente por el protagonismo de unas lineas de guitarras rápidas y casi monocordes (en esta grabación especialmente señaladas cuando Jeff ejecuta los ritmos de guitarra cerrados), el bajo doblando sus acordes, baterías agresivas y voces muchas veces gritonas, este "Scratch Up Some Action" debería ser considerado como un manual del perfecto usuario y oyente. Es en las voces del propio Jeff donde el disco se separa en parte de ese canon estilístico al hacerlas mucho más inteligibles, mejor moduladas, más accesibles, sin perder por ello en sus textos la agresividad intrínseca al género del que hablamos. La participación de una banda brillante y consolidada, como si llevaran muchos años trabajando juntos, entonces con Bruce Duff al bajo (que coproduce el disco con Jeff), la gran Amy Wichmann a la rítmica y Del Hopkins a la batería, se enriquece, no podía ser menos, con la participación en la guitarra acústica de Cheetah Chrome en la balada "And So It Goes" y de Rikk Agnew (nada que ver con el homónimo vicepresidente de Richard Nixon) a la guitarra rítmica en "White Light/White Heat".

Para los interesados en conocer la historia de este singular músico y compositor Jeff Dahl (ocupando ya desde hace tiempo su sitial en el "javierfuzzy record´s Hall Of Fame"), invitarles a seguir su trayectoria vía red o, mejor aún, adquiriendo su extensa obra. Personaje singular, además de por su discografía,  al haber creado también su propio sello Ultra Under una vez exiliado en Arizona (huyendo de los vicios consabidos de LA). Igualmente fundador y editor en los 90 de su propio fanzine "Sonic Iguana" (desaparecido a raíz de su posterior colaboración con el magazine "Carbon 14") y por haber colaborado con numerosos grupos americanos, europeos y japoneses. Sus vivencias personales (busquen en la red...) con luminarias como Johnny Thunders, Stiv Bator o Cheetah Chrome (la créme de la créme entre los salvajes, con permiso de Keef) aportarán al aficionado interesado una cantidad ingente de información de primera mano sobre una de las épocas doradas del rock´n´roll. Para los que aun deseen profundizar más, recomendarles las grabaciones fílmicas de Penelope Spheeris, "The Decline Of Western Civilization", fiel reflejo documentado del fascinante ambiente musical que se encontraría Jeff Dahl a su llegada a California.






15 nov. 2015

SIEMPRE PARÍS





Cabreo. Ignoro si existe tal palabra en francés y si existiera se quedaría seguramente demasiado limitada ante los últimos acontecimientos. Merde!! Esa sí, pienso que sería la expresión más idónea con lo que siento en estos momentos. Merde!! Putain!! Voy a ver un concierto de una banda americana en una sala y me encuentro con la muerte a la salida. Así de sencillo, con la puta muerte no buscada en un evento que quisiera que significara justamente lo contrario. Celebración, fiesta. Brazos en alto, felices contorneos de caderas, brillantes clavículas apalachianas, sudor en sudor de perlas. Todo lo que muchos hemos compartido en innumerables eventos, miradas cómplices que suturan la soledad de tantos otros que estaban con nosotros sin estarlo y que, en ese mismo momento, se han librado de la fotografía de las vísceras destrozadas, empapadas en la viscosidad de la sangre contra el frío asfalto de noviembre, en París, nuestra ciudad de "La educación sentimental" de Flaubert y de la "Rayuela" de Cortazar.

Pareciera como si a partir de ahora en cada concentración de sonidos en vivo, en cada riff de guitarras y solos de teclados, en ese pulso final en el que el bajo de Bill Wyman nos aúna en un mágico corral de cabestros educados, y bajamos algo más que la cabeza al unísono de ese orgasmo vital, adorando lo profano hacia una misa de miles de soles, la mágica celebración hubiera repentinamente terminado. Un fogonazo de azufre y de infierno de ambulancias exclusivamente deseadas para los veteranos del Tercer Reich hubiera masacrado los aplausos unánimes de la audiencia. La cámara lenta del "mirror ball" escupe estalactitas de odio ajeno, no el nuestro. Nada, ni siquiera el impacto mostaza del desierto de Lawrence de Arabia, nos sirve de cortina.

Ni siquiera tuvieron el consuelo de que al arrastrar los cuerpos destrozados hacia una esquina escondida pudieran sobrevivir esos torsos entumecidos, tan nuestros. Hacerlo es claudicar a un milagro del todo imposible. Y seguramente aun les quedaba el eco de la última canción, cualquiera que fuera la que escuchaban antes de que les  privaran de su pequeña felicidad, la vida de las manos de hombres y mujeres que se quieren, el último beso sin saberlo, el gusto del café de la mañana que en París sabe mejor que en cualquier otro lugar.

Siempre París, quiero vivir contigo hasta el final, muy cerca de la luz de tus magdalenas. Que las aceras urbanas de Truffaut me transporten hasta aquellas orillas de un Sena que aun pudiera recoger el eco de las ninfas de Renoir. Que la muerte de tus hijas sea mermelada de Erik Satie,  que los puentes caigan sobre el agua y revivan en los colores multicopistas de Pissarro. Que el cielo sea del color de la sangre de los hugonotes y del pensamiento campestre de Montaigne, y que los garitos del jazz de la "rive gauche"  nos sigan enseñando que no todo está perdido, que aun nos queda la esperanza de la guillotina.

Quiero besarte Paris como besa un pan las carreteras dulces de Francia. Que el tenue contacto de los labios contra tu boca comunal sea la despedida de los árboles y que tus calles ensangrentadas queden limpias al menos por los parabrisas de un DS 19, siquiera borrando la tristeza tan bella del final de la Revolución. Que la bandera tricolor salpique de lágrimas nuestro dolor de hoy, que nos acojas en tu seno de escarlata republicana. Una oración elevada hacia las torres húmedas de Sant Sulpice, aquellas que imploran permanentemente el último rocío. Lavatorio de la masacre que aun perdura en las estribaciones del sueño amarillo del ogro.

El Paris dálmata de Cruella de Ville ha muerto hoy.




10 nov. 2015

EL EXILIO INTERIOR




NIÑO DE ELCHE                                 "VOCES DEL EXTREMO"
...¿Cómo era?..., ¡ah!,... ahora caigo, es verdad, quería pensar (mientras estornudo violentamente) en aquella representación del jardín mojado por las últimas lluvias y que se tornaba en la imagen imposible de un exilio interior. Esa imagen que comienza con el final de la estación estival y entra, como un torrente de colores (también de olores), dentro del sistema neuronal más primitivo. De esa manera esa imagen idealizaba el cambio del césped tan húmedo en una alfombra arrocera, un diminuto Viet-Nam con sus perfiles de selvas imaginarias y el eco de un napalm casi ya olvidado. El tenue fulgor del sol de las 4 y media de la tarde convertía el horizonte de las montañas en una línea de diapositivas amarillas (casi violetas). Es otoño (salvo en el exilio interior). El Comandante Marcos hace tiempo que no es noticia. Las milpas de Yucatán han sido sustituidas por campos de golf y la ancestral sabiduría austral ha quedado adulterada por la violencia policial que denuncia Quentin Tarantino.


El exilio interior tiene mucho que ver con los asientos de los aviones. Siempre se encuentra atenazado en las zonas preferentes de las aeronaves, allí donde no existe poesía. Distinto sucede en la clase turística, apretadas las rodillas contra el respaldo del pasajero contrario. Codos y brazos que marcan una frontera fraternal de pagadores de impuestos. Allí es donde el hombre habla con la piel que roza la piel vecina. Y es en ese entorno de baquelita y forrados sintéticos donde se mueve el antídoto del exilio interior, aquella vida del personaje anónimo que intenta comprender lo que ve y lo que siente. El hombre que no quiere disimular su aburrimiento leyendo el periódico (ya más que sobado por innumerables dedos) y, en el mejor de los casos, hecha una cabezadita que eleva su mente más alto aun que el propio vuelo. El hombre que al final de su corto sueño desciende por las rompientes del alcohol acumulado y desea algún roce fugitivo.  Entonces, en esa magnífica nada tan repleta de momentos vivos, muere el exilio interior.


El Niño de Elche es la nana contra el exilio interior. Esa bufanda arrebujada que clama contra la injusticia de las lentejas frías. Ese rescoldo casi apagado que pervive en la lumbre de los pastores penibéticos, ya acabadas las últimas migas en el aprisco tan lejano. La voz que nunca derrama olvido frente al viento negro de los lobos. El Niño de Elche es la belleza del polígono industrial, aun mejor, la sublimación del cartonaje psicodélico, el espejo de los cubos de basura apilados en la esquina del puticlub. La carretera interminable del viajante de comercio. El dial de la radio que escupe infames proclamas políticas y comerciales. El escombro y el contenedor, los residuos del descampado apilados en basura incontrolada, imposible su ascenso para sherpas románticos. Contra todo ese entramado de desilusión y multitud de servilletas sucias de kleenex , y de arrugadas hojas de ofertas de supermercados, existe el Niño de Elche.

Y es ahora cuando ha llovido tanta ceniza, y parece que perviven por mucho tiempo los charcos sucios en las aceras, cuando la poesía y la música se convierten en espejos denunciadores de la gran crisis española. Y contra esa mugre impuesta por decreto-ley surge "Voces del Extremo", el último trabajo del poeta músico flamenco Francisco Contreras Molina (aka Niño de Elche). Un disco colectivo en el que participan poetas, músicos experimentales (con especial referencia fraterna al gran grupo sevillano Pony Bravo, cuyo miembro Daniel Alonso es coproductor de la obra), compositores, artistas muchos que hicieron del experimentalismo y de la contracultura una razón de supervivencia contra la costra de la razón de Estado.

"Este es un disco para los que asumen que nuestra tarea es politizar la vida pero no para movilizarnos en el reducto de la política sino para inventar formas y dispositivos que nos ayuden a habitarla plenamente con decencia y honradez..., encuentro gozoso de todo lo alternativo, subterráneo, marginal, disidente, incómodo y radical que unos pocos insumisos al mercado, a las instituciones y a la cultura espectáculo fueron capaces de construir para poder vivir y respirar dentro de un tiempo hostil frente al que decidieron quebrar las reglas sociales, rebelarse contra las normas establecidas, las convenciones y toda la racionalidad que cercan la vida en torno al conservadurismo y lo inmutable" Este texto de Antonio Orihuela (insertado en una de las carpetas del disco) contiene una buena parte del ideario del proyecto globalizador en el que el Niño de Elche viene trabajando desde hace ya tiempo.


Amparado por ese entorno de rebeldía social y denuncia política, el Niño de Elche se apoya en este "Voces del Extremo" en una mezcla de estructuras vocales y melódicas que, debo confesarlo, nunca antes había experimentado este oyente. La voz propia de un cantaor flamenco en su más pura delicadeza de colores y timbres perfumados, muchas veces asentada en repeticiones silábicas que otorgan un giro mágico a la estrofa cantada, otras dispensando a las propias consonantes del poema una entonación propia e independiente, resaltando así en su unicidad una profunda carga de emotividad rítmica. La estructura melódica, enmarcada dentro de ese guión de experimentalismo antes mencionado, corre por campos donde se mezclan estilos como el kraut de Faust, el minimalismo neoyorquino de Philipp Glass o de Laurie Anderson, la guaria costaricense renovada al gusto menos occidental y ecléctico. Sus colaboradores en la grabación, Raúl Cantizano (guitarra eléctrica y española), Darío del Moral (batería y bajo), Daniel Alonso (teclados), Fernando Junquera (guitarra) y Javier Mora (bajo) crean un ambiente a la vez de leve sacudida cadenciosa y arritmia explosiva. Gran trabajo de todos ellos como grupo de acompañamiento del Niño de Elche.

Es de justicia reseñar que este maravilloso trabajo "Voces del Extremo" es, ante todo,  un auténtico libro de poemas musicado. Sus diez temas recogen textos de poetas como Begoña Abad ("Estrategias de Distracción"), Antonio Orihuela ("Miénteme"), José Luis Checa ("Que os Follen"), Inma Luna ("Nadie"), Francisco Fenoy Rodríguez ("El Comunista"), Enrique Falcón ("Canción del Levantado/Notificaciones"), Bernardo Santos ("Mercados"), Jorge Riechmann ("Han sido Treinta Años"), Conrado Santamaría ("Canción del Corro Palestino") y Antidio Cabal ("Informe para Costa Rica"). Algunos de estos poetas, conocidos en los círculos como "poetas de la conciencia",  aparecen en la Antología titulada "En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis" (Bartleby Editores, 2014). Obra absolutamente necesitada de mucha mayor difusión en cuanto que, como una ola acometedora , puede y debe chocar y limpiar el chapapote incrustado en esta nuestra mezquina democracia.

"Voces del Extremo", primer acercamiento a la obra y al proyecto de el Niño de Elche. Ese exilio interior del que al principio hablaba y que necesita salir a la superficie de la tierra, para que lo vea el que lo posee y vea también como otros lo ven y algunos muchos lo repudian. Exilio interior tantas veces lleno de vergüenza, de rabia tantas veces disimulada, de impotencia admitida ante la injusticia legalizada, un día si y otro. "Voces del Extremo" es antídoto contra el abandono y la sumisión del "no poder hacer nada", veneno contra la cultura exclusiva de las grandes bodas monárquicas. Asistí al concierto presentación de "Voces del Extremo" recientemente (Sala El Sol, Madrid 8 de octubre pasado) y salí del evento seguramente más buena persona, más indignado también. Otra vez convencido que la lucha contra el exilio interior es el único orgullo de hombres que nos queda.