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13 feb. 2018

RELATOS IV: EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO



Era un sonido que va de más a menos, parecido al deslizamiento de las escobillas sobre el parche de la batería, y aun medio dormido podía escuchar el zig-zag de las ramas del gigantesco sauce blanco golpeando suavemente los cristales. Tenía la sensación de que según se alejaba ese agradable chasquido flexible también desaparecería de mi mente el recuerdo de aquel día de perros pasado con el hombre del traje negro. Me contaron que todo comenzó en la misma habitación donde ahora me encontraba, una amplia estancia completamente diáfana que tenía como frontera natural la escollera del puerto. La disposición de los grandes ventanales, curvados según giraba el perímetro norte del jardín, le daban a la casa el aspecto de un observatorio elevado a no demasiada altura del suelo. Su arreglo me evocaba un abanico totalmente desplegado, más compacto en los dos extremos de la habitación, los más alejados del punto cenital de luz, con mayor claridad allí donde las grandes cristaleras coincidían con el mayor volumen de la fachada. Ella pasó sin hacer notar su presencia y el hombre del traje negro le comentó algo en un tono de voz apenas perceptible. El gigantesco sauce ocupaba, como ahora lo hace, la parte central del terreno ajardinado y su sombra se alargaba a través de toda la habitación.

Advierto cómo el hombre del traje negro se dirigía hacia donde yo me encontraba instalado. ¿Conoces a ese que ha hablado con tu hermana? ¿Quién? Ese hombre que viene hacia acá, hacia nosotros, yo permanecía de pie y giré la cabeza pero no demasiado, como si fingiera buscar sin encontrar a nadie. Detrás tuyo, idiota, repitió molesto. En el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos ya se había sentado el hombre del traje negro, los dedos de su mano derecha estaban inmersos en un plato lleno de aceitunas, jugaba con ellas pero sin llevárselas aun a la boca. Me giré hacia él y le pregunté qué es lo que la había dicho. ¿A quién? A ella, a mi hermana. El hombre del traje negro esbozó una sonrisa indolente, como si adivinara mi disgusto. ¿Acaso me está recriminando algo? Su cara me recordó repentinamente a la del Johnny Cash de "American Recordings", un enorme garbanzo con redecilla eléctrica y esa mirada vidriosa proyectaba algo desconcertante, quizás una futura amenaza. No, no le estoy recriminando nada, solo le digo que no vuelva a hablar con ella mientras elevaba mi índice como signo de advertencia.

Otros dos hombres se acercaban mientras tanto desde la escollera manejando una pequeña embarcación fuera-borda. Cuando entraron en la casa observé que iban elegantemente vestidos y uno de ellos portaba un maletín. Resultó una verdadera sorpresa que alguien me los presentara más tarde como ejecutivos expatriados de mi misma empresa, la Caleña Exportadora. En cuanto ella volvió a aparecer la hice una señal con la mano para que se acercara. ¿De qué conoces a ese hombre?. ¡Hola!, se acercó a mí y me besó con ese calor que ellas tienen guardado en su secretaire para su único hermano. ¿A quién, a quién dices?, a ese hombre del traje negro que se acercó a ti hace un momento, bueno, y miró a su alrededor, aquí hay muchos hombres que llevan un traje negro, ¿a cual de ellos te refieres en concreto? Ese en concreto me pareció fingido e innecesario, estaba seguro que ella sabía a quien aludía. ¿Me puedes decir qué fue lo que te dijo? Antes de retenerla un momento más ya se había alejado y la veía sonriendo entre los grupos de lo que parecía ser una fiesta improvisada.

A partir de ese instante la narración de lo ocurrido es aun más vaga, ¿qué significa esa caja de metacrilato transparente conteniendo un sobre que han dejado a mi lado los expatriados de la Caleña Exportadora?, ¿cual fue el verdadero alcance de lo que me comentaron sobre el hombre del traje negro? Si, ese tipo, dijo uno de ellos señalándole con un movimiento de barbilla, es un impostor, se hace pasar por un acaudalado hombre de negocios, exportación de pescado o algo semejante, y mientras tanto mi hermana flotaba entre los invitados congregados en torno a ella, aleteando como una mariposa aturdida entre blusas de gasas. ¿Es hora ya de despertarse?, preguntaron las rendijas entreabiertas de la ventana, contesto que sí y me levanté para escribir las primeras notas sobre el hombre del traje negro, un informe que debía presentar a la Dirección de la compañía antes del fin de semana. Mientras lo hacía me asalta un repentino monólogo interior, hay que extender la duración de las cosas, hay que tirar de ellas, hay que forzarlas porque son perezosas por naturaleza. ¿Quién me hablaba así?, el locutor de la radio tan solo comentaba el estado de la circulación a esa hora temprana de la mañana.

Noté una gotera en el techo de la habitación de las sombras del sauce blanco y observo cómo por una de sus esquinas chorreaba un hilo de agua azulada. Los sonidos, semejantes a notas de piano, salpicaban el suelo, tecla a tecla, y el movimiento de las ramas reflejadas en los ventanales creaba un efecto semejante a los canales de algunos cuadros de Mark Rothko. Las cristaleras parecían transformarse en un acordeón ondulante, abriéndose y plegándose desde un resorte que no estaba al alcance de mi mano. Prefiero que la visión continúe así, me dije, anfitrión inesperado de una fiesta que se encuentra en su mejor momento; el color de ceniceros repletos de colillas aun mantiene el carmín de sus labios, los invitados todavía reconocen sus primeros vasos, permanece incluso un agradable olor salado proveniente del mar y algunas mujeres han empezado a quitarse las medias. ¿De quién es esa risa escondida en el ángulo más alejado? Me acerco y contemplo al hombre del traje negro girar sobre sí mismo como un derviche turco mientras mira absorto una enorme bola de espejos. Los rayos de luz se expanden en múltiples puntos y al percutir contra los objetos de la habitación van creando un diagrama de pequeñas hogueras. Hola, detiene su danza un instante, ¡vaya! nos volvemos a encontrar, parece como si usted y yo tuviéramos una deuda pendiente, ¿no cree?

¿Cuanto le debo?, el chófer manipula el taxímetro, son cuatro cincuenta, tome, está bien así, siempre me aseguro de cerrar bien las puertas, sin necesidad de dar un golpe estruendoso, pero con suficiente firmeza. Pase señor, le esperaban hace rato. Siento el retraso, una gotera, ¿sabe? El almacén huele a aros de cebollas recién fritas. Inesperadamente el hombre del traje negro se acerca a mi y extiende uno de mis brazos y utilizando un gran cuchillo empieza a rebanarme el dedo índice de la mano derecha, los trozos caen al suelo en orden parecido al lineal de un bombardero B-52. ¿Le duele?, no recuerdo haberle contestado, me limité a admirar lo rápido y limpio de la operación, se asemejaba a la de un experto maestro carnicero; lo que sentía era una percepción del corte pero sin llegar a padecer ningún daño, tampoco observaba la reducción de la longitud del dedo, curiosamente seguía estando entero. Conozco al mejor ortopedista de la ciudad, puede que aun se encuentre despierto, podemos ir a visitarle si lo desea, le puede tomar ya las medidas. Estuve de acuerdo. Cogimos el mismo taxi que me condujo hasta la nave donde nos encontrábamos, reconocí el olor de curry del chófer, ¿al muelle 4, como siempre señor?, si, y no coja la radial, no me gusta nada ese camino tan largo, vaya bordeando por el parque, hasta que lleguemos al puerto.

Esa fue la única ocasión en la que me vi más próximo al hombre del traje negro, no sé porqué me fijé en sus manos, estaban recubiertas desde las muñecas por un caparazón calcificado de color rosado y padecían de un ligero tic nervioso, un extraño temblor rítmico que hacía que sus dedos se elevaran compulsivamente, apenas unos centímetros, como antenas que transmitieran y esperaran algún tipo de señal externa. Él notó mi asombro pero no pareció importarle, ¿le apetece a usted fumar?, Hristoff, ofrézcale al caballero un cigarrillo, intenté levantar la mano derecha para afianzar mi negativa pero sentí un enorme peso que impedía cualquier movimiento de mi cuerpo. Inesperadamente el cielo se convertía en una gran pantalla de arenas movedizas, advertí también unos reflejos intensos y extraños en los contornos del cristal delantero del taxi, como si en sus bordes metálicos se estuviera produciendo algún tipo de fusión desconocida, además la temperatura interior se elevó por encima de lo soportable. Miré bruscamente hacia mi ventana, no, no podrá usted abrirla, es inútil, quiero que sepa que desde este momento se encuentra usted totalmente paralizado, solo su mente funciona, pero muy parcialmente, apenas será capaz de formular algún pensamiento deslavazado, desde ese instante reinó un silencio penoso, cargado de las cosas que no se dicen. El taxi paró ante un control instalado en la entrada del puerto. ¿Ha estado usted alguna vez en la ciudad de Ecbátana?, preguntó el guarda de seguridad.

Es posible que los más crédulos se atrevan a decir que el guión de la extraña aventura que estaba viviendo debería cuadrar ahora mejor con la aparición de un escenario enigmático, por ejemplo, una embarcación amarrada al muelle más alejado del puerto, donde no hubiera testigos ni señales de tráfico marítimo, tan solo las ruinas de un almacén abandonado y acaso un par de grúas, aquellas que mantendrían el esqueleto oxidado de los camarotes y los tensores colgantes, extendidos como brazos exangües. Mientras el hombre del traje negro embarcaba yo notaría sus lentos movimientos, un torpe balanceo que empujaba un cuerpo que antes había observado más ligero, cuando me habló por primera vez en la fiesta de mi hermana, y que allí, sentada en una de las aletas de la popa, se encontraría ella, manteniendo aun su vestido de gasa blanca adherido a una piel de nácar brillante, su cara casi invisible, la mirada pálida y perdida frente al muro de la escollera. Pero he de decirles que no ocurrió así. Hristoff apagó las luces y aceleró repentinamente, el taxi se lanzó a gran velocidad hacia las oscuras aguas del puerto y cuando se produjo la violenta colisión contra el agua lo primero que experimenté fue una agradable sensación de eructo de champán, las burbujas subían impetuosas por mi fosa nasal y empecé a sentir un paulatino y reconfortante latigazo que recuperaba a la vida mis antes paralizados miembros.

Dormí como un tronco en aquella inmensa cama de agua, la terapia que me produjo ese sueño tan profundo y prolongado fue lo suficientemente reconfortante para sentirme a la mañana siguiente en un estado exultante. No quedaban recuerdos cercanos de malestar, ni siquiera sucesos de desvelos nocturnos o de pesadillas en mi mente, tampoco memoria alguna de la supuesta fiesta del día anterior, la habitación de las sombras del sauce blanco se encontraba limpia, sin atisbo alguno de platos con restos de la cena, ni vasos aun malolientes de alcohol o ceniceros abarrotados de colillas, todo se encontraba en un orden que me pareció más meticuloso de lo habitual, huele a acetona, me gusta, a quitaesmalte. La gotera había desaparecido del techo, las ramas del sauce seguían golpeando los cristales con la misma puntualidad de los días anteriores, olisqueaba incluso un tenue sabor a café recién hecho, ¡buenos díassss, grandullón!, ¿qué tal te encuentras?, te he preparado un café y un zumo de pomelo, como a ti te gusta, tesoro. Sabía que le agradaba y por ello sonreí a mi hermana. Me incorporé en la cama para así apoyar la espalda contra uno de los almohadones y contemplarla mejor, giro mecánicamente la cabeza y allí, en la parte baja de la mesilla de noche, seguía la misma caja de metacrilato transparente con el sobre en su interior. ¿Acaso no lo había visto antes en algún otro momento?. Abro la caja de metacrilato transparente y extraigo el sobre.


Ella ha dejado el desayuno colocado en una mesa cerca de la cristalera y me llama para que me acerque, llevo en mi mano el sobre y palpo un objeto algo abultado en su interior, !ábrelo!, me extraña que me lo ordene con tanta firmeza, antes de hacerlo me distraigo con el vuelo de un avión, miré hacia arriba, su preciosa línea de algodón cruza por un cielo de estelas fulgurantes. El hombre del traje negro responde en su interior a un mensaje que acaba de recibir en su teléfono móvil, los gallos siguen cantando al amanecer. Bajo la mirada y abro el sobre, mis manos tienen un cálido temblor de nalgas. Extraigo lo que me parece una taba pero mejor examinado es el cóxis pulido de algún animal pequeño; un súbito resplandor me ciega y para protegerme desvío mi cara hacia el interior de la habitación de las sombras del sauce blanco. Inesperadamente el viento atiza con fuerza sus brazos sobre los ventanales y escucho sobrecogido un fuerte impacto detrás de mi cabeza. Observo cómo una de las ramas que ha roto el cristal se anuda alrededor de mi cuello, una lengua de hierro candente me asfixia, solamente mis ojos desorbitados miran a mi hermana suplicando un auxilio que sé imposible. Lo último que contemplo antes de caer es un gato pelirrojo que cruza la valla hacia un jardín que se ha oscurecido incomprensiblemente. Me dijeron que en esa mañana había un sol de septiembre sobre las charcas.





1 comentario:

  1. Sí, pensaba que esta historia iba sobre Johnny Cash, pero solamente podría llegar a ser una mínima evocación sobre una historia mucho más compleja, sureal, con uan gran cantidad de imágenes imposibles y al mismo tiempo tremendamente plásticas. Por ejemplo, esa colisión con el agua que hace recordar un eructo de champán, los giros del hombre de negro al estilo derviche y frente a la bola de espejos...

    El surrealismo, como muchas formas de la psicodelia, son materiales inagotables. Pero hay que tener imaginación para encontrarlos.

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