HOME                     LINKS                       CONTACT                      

29 ago. 2019

CAMPO SECO




CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL                      "BAYOU COUNTRY"
Me hablaba de cómo sus primeros recuerdos de infancia acontecieron en la extensa dehesa boyal, no muy lejos de la raya fronteriza, mientras jugaban a las cuatro esquinas con primos y hermanos, leyendo libros de la editorial Austral sobre energía nuclear. Las rutas ciclistas alrededor del perímetro de una enorme venta charra debieron su inspiración a las lecturas de Karl May, también le sirvieron para recrear una ficción sobre el presidente de un gabinete extranjero. Sus siglas, continuó, coincidían con las de los fabricantes de alambres. Él era el chófer que conducía el coche oficial entre sus callejuelas circundantes; olía entonces a almacén de grano, a cocina en pepitoria, a muladar (a veces a matadero), a cobertizo donde las sillas de montar confraternizaban con los hierros taurinos, los estribos aherrojados con doble sarmiento de cobre. Lo recuerda ahora, tantear con una larga vara a una vaca brava desde la cima del ruedo, ella defendiéndose del acecho, la cría a su lado, a punto de perder el equilibrio y morir posiblemente corneado en el albero. Cuando montaba en bicicleta por Las Navas del Marqués este pasado fin de semana recordaba sus palabras, buscaba ahí la inspiración para hablar del segundo Lp de Creedence Clearwater Revival, "Bayou Country" (America Rcds, 1969).

Intenté tararear alguna canción mientras pedaleaba achicharrado por el calor y la primera que me vino a la cabeza fue el "Penthouse Pauper". Los riffs de John Fogerty, prolongados mientras canta y toca su Rickenbacker 325, eran el culmen del enrollamiento mental roquero, un complejo de imanes desmañados, las cataratas de las primeras emociones alteradas precipitándose al vacío. La Naturaleza que observo mientras sigo pedaleando es más bien la de la contra portada del "Green River" (Fantasy Rcds, RE1983), los miembros de la banda aparecen apoyados en una verja corrida de madera, ese color del camino, pedregoso y brillante, el fondo rural de la arboleda interior de California, parecía que transmitiera el olor de boñiga, la humedad desconsolada por la falta de lluvia a la que me sigo enfrentando kilómetro a kilómetro. Había más agua entonces, continuaba recordando, habían ganado la guerra para eso, aunque a veces fuera necesaria la novena, la rogativa que no impidió, sin embargo, que tuvieran que contratar a un zahorí de Santander para buscar un nuevo manantial, crear un pozo estable y construir otra piscina. No se puede hablar del "Bayou Country" sin hacerlo también del "Cosmo´s Factory". ¿Cómo enfrentarse a esa situación?. Buena pregunta para vivaquear durante toda la semana.

La portada de este último álbum es imbatible, Doug Clifford en la bicicleta, al fondo tanto los dos Fogerty (la primera camisa de cuadros de John), como Stu Cook pierden cierta exposición. Una portada con señales algo enigmáticas, "3rd Generation", "Lean, Clean and Bluesy" y "Creedence Clearwater Revival. Beware Of Dog". La de "Bayou Country", para el afortunado que posea la primera edición de America Records (los siguientes trabajos se comercializaron sin tanto glamour por el sello matriz Fantasy), es más de tramperos del noroeste, el polvo impide que la luz reviente contra sus caras. Seguramente el "Cosmo´s Factory" será el disco que más haya escuchado, sin embargo "Bayou Country" me llena más porque transmite mejor el ciclo de las cuatro estaciones, sabe más a Karl May, rememora mejor a  Winnetou, se aleja a años luz de la tontuna del "Pocahontas" de Neil Young.


"Bayou Country" no lo tuvo fácil en su casa, quedó a punto de sucumbir ante la moda del "Hair" (Polydor Rcds, 1968) de entonces. No fue el primer Lp de la colección, ese mérito lo tuvo el ya perdido de The Spectrum, banda inglesa acogida a la moda de los minipulls de lana y colores pop. "Little Red Boat By The River" era su canción estrella, puro Támesis de los 60 entre sus surcos, aunque su "Samantha´s  Mine"  fue mejor canción. Sobrevivió "Bayou Country" y cambió al poco tiempo de domicilio, fruto de un trueque con el "Abbey Road" de los Beatles. Fueron devueltos los discos, cada cual se quedó contento con la experiencia, yo continué, el otro no. Cuando me recuperé de la ausencia de Creedence supe que mi querencia futura sería la de la música americana. La recopilación "LLena Tu Cabeza De Rock" del siguiente año 1970 (CBS Rcds) afianzó esa sensación. Creo que eramos entonces una minoría los que escuchaban a la banda (me gustaba cómo se explicaba), su éxito era evidente, el "Proud Mary" sonaba en la radio, pero entre la primera hornada de aficionados eramos pocos los que conocíamos realmente a la banda, teníamos sus discos, singles incluidos. En nuestro caso (elevó el dedo índice para afianzar su monólogo), compartíamos además la atmósfera de la tierra, el cielo abierto y el color de las dehesas de alcornoques. La tipografía de las letras con caracteres vaqueros, del viejo oeste, los fanzines de la editorial mexicana Novaro, relatando las aventuras de Hopalong Cassidy y Roy Rogers, todo ello quedaba de alguna manera reflejado entre las comisuras del disco.

Hablar de la historia de la banda de El Cerrito, una población localizada entre los ojos de cíclope de la bahía de San Francisco, supone un nuevo ejercicio memorístico al que me agarro mientras recorro los caminos pelados de Las Navas del Marqués. Formado por tres compañeros de la Portola High School, John Fogerty, Stu Cook y Doug Clifford, se hacen acompañar en sus primeras incursiones musicales por la voz del hermano mayor de John, Tom Fogerty. Su primera denominación es la de The Blue Velvets, interpretan entonces instrumentales y standars de las emisoras de radio de los últimos años 50. Cambian su nombre por The Golliwogs y firman su primer contrato con el sello Fantasy en 1964. Saul Zaentz, un tiburón del negocio (conocido posteriormente como productor de la célebre película "Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco" de Milos Forman en 1975), les convence para grabar su primer disco homónimo en 1967, una vez que se ha hecho con el control del sello. Les anima también para cambiar su nombre, de ahí nace la nueva denominación de la banda, Creedence Clearwater Revival, tan curiosa y original como las de sus vecinos Grateful Dead o Jefferson Airplane. Su primer single, "Suzy Q", una magnífica versión del original de Dale Hawkins donde ya se adelanta el sonido de la guitarra de John, alcanza el número 40 de las listas. Destacan además "I Put A Spell On You", lograda interpretación del clásico de Screamin´ Jay Hawkins y "Porterville", un tema del propio John, compuesto cuando queda liberado definitivamente del reclutamiento de una guerra de Vietnam que ya huele a pleno apogeo de napalm.

Muchos años después me enteré que la Creedence (como siempre habíamos llamado a la banda), participó en el mítico concierto de Woodstock en el verano de 1969, de hecho fue la primera formación contratada por los organizadores. John Fogerty, descontento con el sonido obtenido, decide vetar su participación en la película homónima dirigida por Michael Wadleigh. Esos pensamientos me distraen momentáneamente del padecimiento que sigo soportando. El escenario del paisaje se sucede en una represión entre montañas, pequeñas colinas y escarpadas pendientes. Multitud de hileras de pinos aparecen en formación, exudan también por las altas temperaturas mientras ofrecen al ciclista el espejismo de una lengua de resina que pueda saciar una sed ya atormentada. Los riscos de granito anteceden fuentes secas, se observa una abundancia de arroyos sin ningún reguero de agua, campas abiertas se abren a un sol de yunque en el que tan solo el color de los excrementos se afianza con el de una paleta pajiza, de un amarillo extenuado. En esos extremos intento concentrar la atención en el capítulo de las conocidas desavenencias entre los miembros del grupo, las mutuas acusaciones de tiranía contra John Fogerty, la defensa de este al quejarse amargamente por la falta de compromiso (por no decir de talento) de sus compañeros con la banda.

¡Qué comienzo el de "Bayou Country"!, tres diamantes en bruto completan una cara A antológica. "Born On The Bayou", cualquiera diría que estamos en presencia de una banda californiana, el más lego se sorprendería ante un estilo que se alejaba totalmente de la psicodelia de entonces, de la experimentación del trip-acid. Su música suena a pantanos de Nueva Orleans, a cabañas en cuya balaustrada de madera se expone la piel de un caimán recién desollado. Es puro Sur, es la búsqueda del hoodoo del 4 de Julio, el lenguaje, el deje de la voz de John contiene el agridulce sabor de la destilería clandestina. Nadie se imaginaba entonces una música así, tan preñada de tierra y lodo. "Bootleg", tan pegadiza en su introito, bebe del mismo manantial oscuro, parece una oración. El protagonista de la ruta celebra frases como esta: "See how good the water tastes / When yo can´t have any at all". En "Graveyard Train" se impone un blues tan antiguo que suena a tan-tan de la selva, la base rítmica empala al oyente, su palpitación le arranca gruesas gotas de sudor. La prolongada armónica de John durante el puente se eleva dando así alas a una visión de muertos vivientes, cuerpos destrozados, alineados en la cuneta de la autopista. Tuvimos que esperar a Jim Morrison dos años más tarde con sus "Raiders On The Storm" para alcanzar cotas tan altas.

Cae la aguja sobre los gastados surcos de "Good Golly Miss Molly" y parece como si el sonido arenoso rememorara los mejores momentos de la fiesta. "When you´re rocking and a-rolling, can´t hear your momma call", imposible desatender la telúrica llamada del baile, este tema tiene la fuerza del robado cartucho de dinamita, el riff de guitarra expande sus esquirlas en una lluvia de pólvora mojada, interminable en su demoledora belleza. En "Penthouse Pauper" el blues vuelve a su raíz rural, a la del cobertizo de madera, el protagonista escupe las últimas hebras de tabaco mientras canturrea "And If I were a guitar player / Lord, I´d have to play the blues", la guitarra de John se desliza como una serpiente de cascabel entre la maleza baja, narcotizada por la música que escucha. "Proud Mary" vuelve a poner la balanza en su justo lugar, entre Memphis y Nueva Orleans, la eterna siesta del Misisipí corre entre sus surcos. El hit más conocido y radiado de la banda antecede al gran tema del disco, "Keep On Chooglin´", vuelve la celebración de Miss Molly, esta vez en una insuperable secuencia blues. El sonido es tan potente que parece salirse de su propio cauce, se tambalea entre calderos de cobre, eleva sus tentáculos de salamandra hacia otra dimensión de palabras. Una poderosa base de doce compases de 4x4, aumentada por la constante dilatación de la base rítmica (es este sin duda el tema donde Stu y Doug se encuentran más inspirados), los riffs de guitarra se extienden prodigiosos, la armónica se lamenta en un asombro de puente, la banda galopa al trote de un boogie cazalludo, la voz de John se convierte en la del predicador que siempre quisimos escuchar. No hay en el mundo nada mejor que Creedence Clearwater Revival.


Así ocurrió. Me lo comentó mientras en un alto del camino presenciaba una vacada, cobijada a la sombra de un extenso pinar, los rayos del sol entraban en su recinto sagrado como golpes de guadaña, las moscas revoloteaban sin tregua entre sus ojos gelatinosos. Allí nacieron las últimas disquisiciones sobre la banda de El Cerrito. Hablaba de una formación única, irrepetible, de cortísima vida pero de inmensa repercusión. Sus influencias eran claras, los justos ecos de la british invasion, la panzuda abundancia de Chuck Berry, Roy Orbison y Elvis Presley, el blues de Leadbelly, la guinda del sonido de Motown y Stax, de hecho John siempre quiso tocar la guitarra como el Steve Cropper de Booker T & The M.G.´s (tan solo el eco de la reverberación del estudio de grabación). Nada que ver con el sonido de la bahía de San Francisco, con la sobreproducción de la Capitol Records Tower de Los Ángeles o la magia de Laurel Canyon. Su música gustaba por igual a los soldados establecidos en Vietnam y a las jóvenes amas de casa de Berkeley, en Georgia y Louisiana contaban con una inmensa base de seguidores. La costa este, toda Europa estaba a sus pies, los Beatles morderían el polvo ese mismo año 1969. Lástima de las luchas de egos. El terremoto que su música provocó continúa teniendo maravillosas secuelas.


A Crosby, compañero de tantas rutas.

20 ago. 2019

LA FIGURA DE CARTÓN


"En Julio, señores, siendo cobrador en un tranvía, cuesta sonreír", así comenzaba Ignacio Aldecoa uno de sus primeros relatos, ("El aprendiz de cobrador", "Cuentos Completos I", Alianza Editorial, 1973), y el caso es que me propuse utilizar ese inicio con todo el descaro, a pelo y sin permiso, muchos años después de ser escrito, en un Agosto tórrido en el que la literatura sigue afortunadamente apaciguando la inquietante sensación de vivir en un continente vecino y equivocado. Porque si señores, en buena parte de esta piel reseca de toro, la sensación que nos ofrece lo más crudo del verano es la de la imagen de las piscinas salinas y cegadoras, la bosta de vaca africana ya acartonada, llena su ensaimada de moscas de alas verdes y violetas, un incansable espejismo de atmósfera turbulenta emergiendo desde el suelo para posarse después en la epidermis. Pareciera que no hay entonces mejor remedio que cobijarse a la sombra de un libro, las persianas a media caña de luz, las aspas de un ventilador haciendo el mismo ruido en blanco y negro (marca gabinete Sam Spade), para abrirlo así por primera vez, desplegando sus páginas con el pulgar del deseo del próximo otoño, buscando en su espejo blanco una tregua quizás.

Debo confesar que la primera idea que me vino a la cabeza cuando recibí el libro de Gonzalo, "La figura de cartón" (Libros.com, 2019), fue la de estar presente más ante un disco que un libro. Además, leyendo en el índice los nombres de Iggy Pop, Lou Reed y Bob Dylan (además de un capítulo dedicado a "la guitarra eléctrica"), quedó aparentemente confirmada la impresión que ya tenía asumida del autor (le conozco desde hace tiempo), la de un fino cronista musicólogo, perito de los entresijos de la música contemporánea, guía de la vanguardia clásica desde Bartok hasta Stockhausen, buceador en las playas del rock de Detroit, catedrático de los abismos modales del jazz. "No", me dije al poco, "no sería justo limitar al autor a su mera (aunque importantísima) labor como cronista de la tormenta perfecta del siglo XX, hay algo más en él, la del escritor que publica ilusionado su tercera obra, la del artista que, emulando al más certero D.H.Lawrence, busca con ahínco las palabras que no se odien entre sí, que no adulteren su significado más genuino"; Su obra reciente, a la que ahora me acerco con el reflujo del observador abierto en canal, posee la suficiente envergadura para ascender el peldaño de la mera crónica temporal, alcanzando así cotas más altas, de oxígeno más puro, mejor alineada con la escalada de sudor gordo del outsider que se esfuerza por crear un corpus literario propio.

Aun así, me empeño, "La figura de cartón" tiene un aire de trilogía discográfica, un deje de disco conceptual, como si el autor hubiera estado encerrado en su estudio casero pergeñando, dando forma, pariendo un libro de vaciamiento personal. Canciones largas a lo Dylan, aquí llamadas relatos. "De Juventud, dolor y violencia", tres espacios delimitados que abarcan su adolescencia, su primera madurez y un tiempo final en el que el autor produce y da a conocer su labor más seria, la de un hombre ya entregado a la ficción de la escritura.

En esta primera parte ,"Juventud", ya nos muestra Gonzalo la bandera del tiempo secular que le tocó vivir, el descubrimiento de las arenas movedizas y el afianzamiento de la música como tierra firme. Lo prueban esos momentos en los que "la música había hecho que la desolación del principio tornara indiferencia". Nos anticipan además un escenario, recurrente durante toda la obra, en el que el primer desencanto juvenil se torna en una suerte de nihilismo. La expresión narrativa, aquí en esta primera parte del libro, es más primitiva.


He salido de nuevo a pasear después de comer, flotando sobre un escenario de pasmo continuo, fotografiando la atmósfera de una tarde de nubes calientes (después de muchos días de asueto), intentando averiguar en el texto de Gonzalo el momento justo en que se produjo la quiebra, cómo dejó de ser un adolescente, chulo, rebelde, para dar paso a la madurez.

Un leve error sucede cuando el lector termina la lectura de "Dolor", la segunda parte del libro, y es que su "Harto" piensa que encajaría mejor en la primera cara de "Juventud", el avance del individualismo quizás sirviera mejor aparcarlo como colofón en el parking del desencanto juvenil. Aquí encuentro, no obstante, muchos de los mejores textos, los principales, "El regreso de Teresa", "El tiempo de las máquinas", y "Autoedición". "Asumo" es una pequeña joya literaria en la que una protagonista sin nombre define el mal ambiente laboral en su primer día de trabajo. "El regreso de Teresa" es uno de los ejercicios narrativos más elaborados. Contiene la secuencia de un thriller, las opciones escenográficas que plantea el autor (por qué no decirlo..., me recuerdan al recuperado Vargas Llosa de la última hornada) posibilitan aceptarla como el relato de un sueño donde la irrealidad juega un papel primordial, ¿o no?... La duda mantiene alerta al lector. El autor utiliza ese eje (la propia trayectoria mental del protagonista) como acción principal para culminar el relato reiterando el escenario fantasmal del sueño. "El tiempo de las máquinas" me recuerda la película "Surcos" de Nieves Conde (1951). "El problema era la vida...", comenta alguno de los protagonistas, enfrentando sus nombres e historias de pueblo antiguo (Eustaquio y Paulina) ante la ciudad vista como la nueva oportunidad ante la caída de los precios de los insumos. En "Autoedición" el protagonista reflexiona sobre el fracaso ante el intento de editar su obra tal y como desea. El autor deja a la opinión del propio lector la elección sobre los textos propios y otros alternativos que le ofrece la editorial. Perseveraré en la experiencia de lector curtido para manifestar mi preferencia por las propuestas ofrecidas por el autor, las alternativas del corrector de turno me resultan claramente asépticas, sin alma.

También concurren en "Violencia", la última parte de la trilogía, algunos de los mejores momentos de estos relatos. Frente a los poderosos guiones de "Febrero de 1977" y "La figura de cartón", la sencillez narrativa de "Antidisturbios", desde fuera una reflexión de la sinergia poder-policía-pueblo, desde dentro un monólogo del propio agente antidisturbios, justamente equilibrado en el resultado final. En "Febrero de 1977" y "La figura de cartón" se utilizan elementos externos, la casa abandonada, la llamada telefónica, el sobre conteniendo la carta, para resaltar la idea de un destino caprichoso. Aquí se encuentran los más conseguidos momentos literarios del libro de Gonzalo, la del último miembro de una saga familiar que descubre la impostura del padre, la del retorno de un soldado que se ve desplazado por la realidad virtual. Sobrevuelan Borges y Kafka, los caminos del bosque y la niebla se bifurcan y el personaje principal queda relegado por el monstruo más cariñoso de Frankenstein. Gonzalo teje y desteje las palabras, los verbos, el significado final de no pocas frases, como Pénelope en la espera de Odiseo, destruye lo hilado para volver a comenzar. El libro funciona como un ciclo, una membrana, una célula que se rehace cada mañana. He recuperado los discos de Reed y Dylan, también algunas antiguas cintas de la olvidada colección de casetes, y no por casualidad los mantengo como banda sonora mientras espero gozar de una hiportemia semejante a la de playa de Donostia.