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23 jun. 2018

HA SIDO NIÑA





VINEGAR JOE                         "SIX STAR GENERAL"
Goim nachez...¡Bonito espectáculo para tu pobre madre Marjorie Violet!, Elaine, Elkie no, ¡Elaine!, de ti tuvo que salir, albina contraria de ojos de hurón, de piel morena, de cascada de cabellera negra de miel y de ojos de luz de Gibraltar, de labios de almohadillas y de cuerpo de divas de Robert Crumb, de tus movimientos en el escenario, de antes, de las múltiples sesiones contra el espejo del pasillo de la casa de Broughton, de Fulham Road en Londres después, de ti tuvo que salir el caliente calor de aliento fatigado, el sudor de pitas saladas, el brillo de caderas que asentaban el mundo, de piernas de bronces de girasoles, de cintura de mimbres, de músculos de suspensión hidrogenésica, de gritos de partos, de mujeres antiguas de orillas sin mar, de tu voz salieron coces de yegüa en celo, ¿quién se atreve y habla ahora de ti, Elaine?, ¿quién te nombra?

Les reúno a todos ustedes para contarles que después de nueve largos meses, a finales de aquel Febrero plagado de lluvias, cohetes V2 y olor de carne quemada, nació mi hija Elaine. "¡Ha sido niña!", Doris salió corriendo por el pasillo hacia el salón contiguo donde yo me encontraba presa de una indescriptible emoción. "¡Ha sido niña, Charlie, ha sido niña, una niña preciosa, ven a verla, corre, date prisa, hombre!". Recuerdo que mi hermana Doris era por entonces una ferviente apóstol de la preeminencia femenina sobre el género masculino. El que parecía inmediato final de la Segunda Guerra Mundial (todavía quedaban los últimos y más crueles meses de la contienda) había fortalecido su creencia en la necesidad de una creciente aportación de hembras a la población de las Islas, el futuro del país, tan castigado durante el conflicto, podría de esta manera tener más visos de eficaz y feliz recuperación. "¡Mira, mírala!..., ¿no es preciosa?". Pero he de confesar que yo no tenía en aquel momento ojos más que para mi mujer Marjorie Violet, mi querida Vi, su primer parto y..., ¡niña!, ¡ha sido niña!, ella que tanto suspiraba por darme un varón, un verdadero heredero de Abraham, para nada otra judía más de carne, émula de esos nuevos bastardos de la Sinagoga de Satanás de los que nuestro barrio de Broughton estaba lleno.

Mi primera hija (dos años más tarde llegaría Sandy), nacida como Elaine Bookbinder en Febrero de 1945, formó parte de la cuarta generación de una numerosa saga de inmigrantes ruso-polacos que llegaron a la industriosa ciudad de Manchester a mitad del siglo XIX, todos ellos menestrales, encuadernadores, tipógrafos, practicantes de los antiguos ritos hebraicos, algunos rabinos. Ocho días después del nacimiento celebramos en casa un kidush en honor del bebé, previa la lectura de la Torá, se recitó un emocionante Mi Sheberaj donde se pronunció por primera vez su nombre, Elaine, mi Dios me ha respondido para que esta nueva hija crezca para ser una mujer judía sabia y comprensiva, llena de bondad y grandeza. Mi hermana Doris, con su pequeña Maggie nacida unas semanas antes acurrucada entre sus brazos, parecía estar en trance, recitaba el Mi sheberaj avotenu Abraham, Yitzjak ve Yacob hu yevarej et Elaine ben Kalmon Charles, las últimas tres sílabas correspondientes a mi nombre salían desde su garganta en un extraño gorjeo de cigüeña atragantada, cerraba los ojos, elevaba la barbilla hacia el techo de la habitación, de su abundante cabellera negra emanaba una leve humarada de azufre.

Quisiera convencerme de lo contrario, ahora que llevo tantos años en el hoyo y miro la vida serenamente como un Rolex parado, pero pareciera como si el espíritu corrosivo de mi hermana Doris se hubiera apoderado de ella, de esa extraña Elkie Brooks, alias artístico de mi Elaine Bookbinder, de mi hija, la auténtica, de aquella en quien a falta de hijo varón yo llegué a considerar como continuadora de nuestra hermosa tradición. No fueron tiempos fáciles para nosotros, los judíos ingleses de la postguerra, ni el público conocimiento del drama del Holocausto, ni la creación del estado de Israel, fueron acontecimientos que cambiaran la percepción de la mayoría de los isleños hacia nuestro pueblo. Pensamos emigrar a Irlanda, total, un saltito hacia la costa de enfrente, el mismo idioma oficial, un paisaje urbano el de Dublin, algo parecido, ventajas aparentes. Recuerdo que abrí EL LIBRO PROHIBIDO por la página 40 y volví a leer, una vez más: "Irlanda se dice, tiene a honra ser el único país que nunca persiguió a los judíos. ¿Sabe usted eso? No. ¿Y sabe por qué? Puso mala cara severamente al aire brillante. ¿Por qué, señor? preguntó Stephen empezando a sonreír. Porque nunca los dejó entrar, dijo Mr. Deasy solemnemente". No quise esos chistes soeces para mi familia, sencillamente me opuse.

Ahora que ya nada importa, y el mundo del exterior se me antoja como una marejada interminable de ocasiones perdidas, debo reconocer que me fue relativamente fácil resignarme a mí suerte de padre sin suficiente autoridad doméstica. Sin embargo -entonces no me daba cuenta de que también era una lucha inútil-, no me rendí como observador feroz, inquisidor inmisericorde de la vida y conducta de mi hija Elaine, aun a sabiendas de que ello supondría una confrontación contínua con ella. Creo recordar que todo comenzó una tarde de verano, allá por el 55 ó 56. Nosotros vivíamos entonces en Prestwich, un poco más al norte de Salford. El río Irwell seguía transportando aromas de tartaletas bañadas con crema de limón Dickinson´s (since 1897), y esa misma tarde Doris nos invitó a su casa para escuchar en su nuevo pick-up unos singles que había comprado en el VHSmith de Market Street. Sonaban, me acuerdo como si fuera ayer mismo, el "Recontre a Paris" de Don Rendell y Bobby Jasper y algún tema del "A Jazz Concert" del trompetista Humphrey Lyttelton. Doris me hablaba entonces de algo para mí totalmente desconocido, cool jazz y hard bop, del dixie´n blues, mientras yo observaba como Elaine se movía a un ritmo impropio de una chica de su edad, bailaba buscando algo raro por el aire, una cosa suave, de un lado a otro, oscura, igual que Doris entonando aquel día el Mi Sheberaj. Vi, mi querida esposa Vi, sonreía lánguidamente, dando pie así a mi sospecha de que su conversión al judaismo, después de abjurar de su religión católica para casarse conmigo, no le había quitado todos esos pajaritos de su cabeza.

Tú pretendías a los 14 años (¿o fue cuando cumpliste los quince?..., creo que fue entonces cuando rechazamos tajantemente la idea de Doris de celebrar el ritual de Telpochcalli, ella siempre tan dispuesta a la extravagancia de otros ritos religiosos), quien lo dijera, convertirte en una incipiente estrella del pop. Ganaste el concurso del Manchester´s Theatre Palace en el año 60 y comenzaste una gira nacional, vestidos de cintura marcada y volados, peinados pin-up, no tuviste necesidad de pestañas postizas, zapatos de tacón de aguja Jayne Mansfield, todo entonces era muy americano. Tu inmediata y estrecha relación con Humph Lyttelton te abrió caminos insinuantes como vocalista de jazz, hizo que ganaras confianza después de unos años de zozobra en los escenarios del cabaret y de las variedades musicales, consolidó tu voluntad en llegar a ser una nueva figura en un mundo cada vez más dirigido hacia la intrascendencia del ocio juvenil. En 1964 grabaste para Decca tu primer single, "Something´s Got a Hold On Me / Hello Stranger", nada del otro mundo, sin querer herirte, así te lo dije, y tú, tan arrogante, sabiendo que cada vez te alejabas más de nuestras enseñanzas, yo me preguntaba, ¿cuando venga de nuevo el Mashiaj aprenderás por fin a diferenciar entre el bien material y el espiritual, el único al que te debes como Elaine ben Kalmon Charles Bookbinder?

Anoté en mi pamietnik el mes de Junio de 1970 como probable fecha en que Pete Gage entró en tu vida como un searah, un huracán de consecuencias entonces impredecibles. Él te convenció para entrar en su banda Dada y grabar ese mismo año su primer álbum oficial, un amasijo de fusión jazz y rock, influenciado, me llegaste a comentar, por vuestro mutuo amor por los artistas americanos del sello Stax. Tuve la sensación de perderte aun más, aunque nunca para siempre Elkie, mi yaldhah, mi pequeña. Fui testigo en la distancia de vuestras primeras giras por América, ni una sola visita a los horim de Nueva York, no teníais tiempo, me decías en aquellas cada vez más infrecuentes conferencias telefónicas. Por una nota de prensa me llegó la noticia del acuerdo entre los sellos ATCO e Island para reducir el número de integrantes de la banda y darles otra orientación musical, de allí nació, según creí entender, tu siguiente proyecto, Vinegar Joe, un grupo más encauzado hacia el blues negro. La llegada de un tal Robert Palmer, como nuevo vocalista de la formación, yo confieso que empezaba entonces a sentir cierta envidia porque alguien te quitara protagonismo, fue beneficioso para asentar la personalidad del grupo, según dijeron los periódicos de la época. El año 1972 grabasteis vuestros dos primeros discos, homónimo el primero, "Rock´n Roll Gypsies", el segundo, con una portada indecorosa, tu cuerpo abierto, a punto de un alumbramiento desconocido, impuro, detrás tu marido, ya entonces el mismo Pete Gage, guiándote con su mástil, un fondo de luces rojas, antesala del jata´ah jata´ah jata´t, ofrenda para la sanación del pecado. 


Desde mi tumba escucho ahora sonidos de rastrillos y las oraciones del tsivah niftar, un nuevo hermano creyente se aloja en el cementerio judío de Urmston en Manchester, los últimos vándalos no han respetado, estos mismos días atrás, otras treinta lápidas vecinas a la mía, todas salvajemente destrozadas, justo en este mismo momento cuando me avergüenzo, una vez más, de tus invocaciones, Elkie, en los textos de vuestro tercer álbum, el "Six Star General" de 1973. El "Proud To Be (A Honky Woman)", el "Lady Of The Rain", el "Black Smoke From The Calumet", todas ellas testimonios, así me lo hiciste saber, de imágenes que favorecían la comunión mística con el oyente joven, inclinado a nuevas experiencias sensoriales. Para tu alivio, contra mi insistencia en un camino equivocado, el tuyo, me hablabas de otros mensajes, más de acuerdo con una visión de la vida menos conflictiva, en "Giving Yourself Away", más espiritual en "Fine Thing", alineados algunos pensamientos con una conducta pretendidamente cívica en "Food For Thought", otros textos más en consonancia con la forma justa de proceder en "Stay True To Yourself".

No es que ahora quiera eludir mis responsabilidades como padre, Elkie, pero hay fragmentos en "Food For Thought", en "Talkin´bout My Baby" y, sobre todo en "Dream My Own Dreams", donde adivino mi fracaso, el triunfo también de Doris, su perniciosa y contínua influencia, roa hashpa´´ah, mi hermana incólume, sin heridas, que me sobrevivió como los caparazones de langosta hervida con patatas McCain, tu comida favorita cuando nos visitabas, cada vez más esporádicamente, aquí en tu hogar de Prestwich. En "Let Me Down Easy" ya presagiaba el fracaso de tu matrimonio con Pete Gage, una súplica en esas líneas: "si me vas a dejar, hazlo lo más fácil posible...", me anticipaba el final de vuestra relación, ya Elkie, por siempre, ignoro si llegaste a saber que tu madre imploraba muchas noches por que fueras la mujer de un Robert Palmer, apuesto, caballero, educado, con el que sabíamos que congeniabas como una verdadera amiga, futuro astro del firmamento pop, si tanto ansiabas ese final, ahí tuviste la llave a ese paraíso artificial que siempre perseguiste. Y todo ello envuelto en ese halo que los críticos llamaron raunchy blues, los instrumentos, las guitarras y los teclados, la percusión, creaban un ambiente que, recuerdo tus palabras exactas, daba aun más fuerza a tu voz y a tu presencia, Dios me perdone, una fuerza desatada de la naturaleza más atávica, menos ejemplar para una generación ya por entonces irrespetuosa con el esfuerzo de sus mayores.


A principios de 1978, con Vinegar Joe ya disuelto y reciente tu nuevo matrimonio con vuestro ingeniero de sonido Trevor Jordan, debo confesar que empecé a respirar con algo más de tranquilidad, me invadió el inesperado bienestar de los que sin saberlo van a morir pronto. Empezaste una nueva carrera solista que te impulsó hacia, decían, merecidas cotas de popularidad, mantuviste tu estilo vocal, tu ímpetu escénico se vio más contenido, menos provocativo, pero todavía intacto. Se acabaron las giras interminables por el circuito universitario, la dieta de autopistas, te centraste mucho más en apariciones selectivas, en grabaciones discográficas más ordenadas, dirigidas a un público más mayoritario, menos proclive a deambular por las cuevas del llamado movimiento underground. Mi vida, lamentablemente, no tendría mucho más recorrido desde entonces. Todavía siento el penetrante olor de caucho podrido en el eje trasero de aquel camión de Sainbury´s, en Basingstoke. Había viajado desde Manchester para asistir al Taanit Ester de los años bisiestos en casa de los Harris, nuestros mejores amigos entonces. Ocurrió como aquel lejano día de Febrero de 1945, una jornada plagada de lluvia, cohetes V2 y olor a carne quemada.





10 jun. 2018

RELATOS V: COMIENZA LA TEMPORADA DE BAÑOS




Lo despertó el trajín del camión de la basura que, con previo frenazo en seco, anticipó un choque de ataúdes metálicos basculantes. Tres Dedos Rotos separó con sus rodillas hidráulicas la manta que lo cobijaba, sentó sus posaderas aglutinadoras en el borde de la cama y acto seguido se levantó. Subió suavemente las persianas pensando con indiferencia en una nueva jornada de cielos encapotados para observar, con la evidente alegría de quien por fin lo consigue, un día pleno junto a la canalla espulgadora del sol. Las ventanas son el teatro y el cine en los pequeños pueblos de provincia, se dijo, una urraca defendía en el jardín recién segado su territorio frente al mismo de siempre gato gris grisísimo. Otro “de hoy no pasa…”, TDR carraspea y traga la primera saliva de ceniza de la mañana mientras dibuja con la palma de la mano la curva de la barriga, ya casi indecente, “de hoy no pasa, las zapatillas deportivas, una camiseta y un pantalón corto cómodos, y a andar un poco, una hora u hora y media como mucho, una duchita y después a desayunar, algo de fruta y un yogur”. Conforme. Escucha sus propios pasos por la tarima del pasillo y, antes de entrar en el cuarto de baño, el ruido rebotante de una de las planchas abombada por la humedad le da los buenos días (no ocurre lo mismo cuando realiza la primera micción de madrugada, y es que la oscuridad le asusta y mira hacia atrás por si alguien le sigue). Se sienta en el retrete mientras tararea el “I´m Waiting For The Man”. Un pedo, dos pedos, el segundo más cabreado con un mundo que se circunscribe a estas horas a la nauseabunda situación política del país, "no tenemos remedio", mientras termina la meada, se sube el calzón e imita a Bruce Willis (acompañado de esa actriz portuguesa, "nunca me acuerdo de su nombre, de Madeiros, o algo así") dándole un buen toque masajeante al saco escrotal. Todo en su sitio.

Ya en la cocina, ¿se decide a abrir la nevera?, no, “antes tengo que recoger el coñazo este del lavaplatos, siempre me toca a mí, y después irá mi mujer", porque ha de saberse que TDR tiene compañera crisálida, "eso, irá diciendo por ahí, a sus amigas, que me pego la vida padre, que no hago nada, lo imprescindible (¿quienes sino ellas miden la imprescindibilidad de los actos domésticos?...) y además, siempre que hace algo, encima quejándose, nada hija, garrote, que están muy mal acostumbrados, a ver, ¿dime tú cuando tenemos nosotras vacaciones?…, si es que  se pasa el día con sus cosas, leyendo, con su música, a su bola". En ello, en tan extremado ejercicio, le gusta el sonido de compulsión cerámica ya horadada en algunas de sus orillas, “There She Goes Again”, "there she goes, there she goes, pumpumpumpum, pumpumpum, pumpumpum", cuando va distribuyendo los distintos platos en las estanterías, suenan también a protesta si los dejas caer a saco en vez de colocarlos amorosamente, "tienen su vida las cosas, su corazoncito a veces cabrón", y qué decir de esas altas copas de vino sublimes en su altura (“a mí, que me den una buena ensalada ilustrada y un Rioja”) cuando engatilla el dedo índice contra su levísimo borde de cristal y escucha ese sonido a catedrales derruidas, "maravilloso". Bueno, “¿qué vas a desayunar por fin? Dulce divinidad de la mañana ¿no me recomendarías un buen trago de ginebra para comenzar así colocado la jornada?”. Las cariátides, impasibles ante la propuesta de TDR, no contestan porque ya se sabe que las musas de la conspiración semítica-alcohólica son a menudo más proclives a dejar con dos palmos de narices al bebedor que (por prescripción médica de una galena de la que está como los poetas udríes platónicamente enamorado) carece de bebidas espirituosas en su casa.

Desde ese momento, y hasta las doce una hora menos en Canarias en que se mete en la ducha, TDR se ha preparado el nido acurrucante del lector matutino, antes ha estado escuchado las noticias en la radio, abjurando de la cantidad de anuncios publicitarios infames, palabreros de mareo y jingles para parvularios. No hay mujer a la redonda, se ha ido a gimnasia y a comprar al mercadillo, “tengo que ir algún día por ahí, para observar tipos y escuchar las conversaciones de la gente”, otra actividad que quedará en el baúl de los planes inconclusos, lo apuntará de todas formas en su cuadernito de un euro con cincuenta comprado en un colmado chino, “venga, hazlo, moléstate un poco, hay que andar siempre con las antenas del bolígrafo a mano para tomar notas”. Relee acto seguido las que ha apuntado en los últimos días, un sumatorio correspondiente a los resultados de las inversiones en planes de pensiones (ya llevan unas jornadas de pérdidas, seguro que suben, como todo el yin y el yan de la economía mundial, “el idiota este de Trump”…), una ruta literaria por el Madrid del “Tiempo de silencio”. Unos extraños dibujos arabescos casi de anillos circulares, porque su pulso es cada vez más caótico, marcan “una idea a desarrollar” y significan apuntes sacados de libros, borradores ininteligibles, planes de comidas con compañeros del colegio e itinerarios de futuros raids fotográficos.

Ya en el cuarto de baño el ladrillo blanco metro de Londres lo acoge entre alguna de sus estaciones (probablemente la de Earls Court, porque por allí pasó muchas veces). En la ducha otra repetición de gestos corporales, por estricto mandamiento restregatorio, cabeza, axilas, pecho, órganos genitales, nalgas, culo, piernas, pies, cuello, espaldar (hasta donde buenamente alcancen sus brazos). Repetición de la que hablaba, lo recuerda ahora, pensamientos-imprevistos-que-cruzan-caprichosos-su-mente-a-la-velocidad-del-pulso-lumínico-más-rápido, Alejo Carpentier en su (“creo que es ese, pero tampoco estoy muy seguro”) librito “El Acoso”, nos pasamos la vida cambiándonos de traje, esa simpleza tan de profundis, subrayada la frase en ese mismo libro que prestó a su vecino de calle, universitario entonces como él, al que vio por última vez en un concierto de Los Sirex en Rockola, una de sus hermanas gemelas, maravillosa orondez de rebullentes carnes, le miraba fijamente mientras jugaban de pareja al mus en la mesa camilla de su casa, y él aguantando su mirada de ágata ojos de gato asistiendo, quizá por primera vez de forma consciente, a la dulcísima marrullería femenina.

Estrictos protocolos, pues en ese jaez se transforman los actos que siguen al ejercicio duchil (han muerto unas 440 millones de sus células desde el último lavatorio de ayer), y que se enumeran en este riguroso orden. Secado, limpieza de la cabina, peinado, perfumado y cuidado corporal (incluye crema protectora hidratante), vestimenta de traje de baño ("a la mierda el mañanero paseo previo") camiseta de verano, calzado de zapatillas de esparto (este año se lleva el color pistacho, muy elegante). Hay, existe, se da y queda apabullante constancia (día a día) de esa benigna sensación cuando se mira al espejo después de la colada anatómica, y compara su imagen con ese momento anterior a la acción del aseo personal, mejor que sea perentorio (porque también puede ser peligroso), en el que el actuante se contempla como un ser aberrante, apenas puede soportar el peso anímico de su cuerpo, y así piensa mejor en abandonarse descuidando su aspecto externo, porque no deja de ser la pulida máscara de cada jornada, antípoda de una vida interior mezquina, vulgar y ahorrativa, el más fiel reflejo de su propia realidad.

La estancia del acurrucado lector es medianamente grande, o sea, que ni el espacio del que ahora habla (Pico della Clavicola) inclinaría a pensar en los horizontes infinitos de La Ponderosa de la familia Cartwright ni, tampoco, la dimensión de la estancia nos emplazaría en un lugar angosto, confinante y de eco vozmediano. Dos sofás lo cruzan en diagonal (como en la lejana Avenida), desde una entrada con arco de medio punto hasta un ventanal estratégicamente situado para que pueda cubrirse todo el recorrido del huso horario solar. De la decoración paredil de la habitación a PDC le gustaría hablar de lo que le gustaría que estuviera pero no está, evitar mencionar lo que está pero le gustaría que no estuviera. Una plumilla de un pavo real disfrazado de arlequín, la figura sentada de un oficiante de espartería (hecho ya liñuelo), dibujos del ayuntamiento de Brujas, copias numeradas  de grabados goyescos (aportadas por la mujer crisálida a la sociedad de gananciales), el Tiépolo con un paspartú añil desteñido, estampas campestres inglesas by His Grace´s Most Obedient Servants Thomas Earne & William-Byrne, London, 1784. Cuanta mejor industria si en la hacienda hubiera un enorme panel con el mapa del metro de Madrid (Madrid le debe tirar mucho), al fondo, en la pared frontera a la entrada principal, un papel decorado con motivos de robots infantiles y encima del arco, siguiendo su curvatura de pladur, unos sarmientos iluminados con bombillitas de colores navideños.

En esa visión fantasmagórica nos encontrábamos cuando, acurrucado en su asiento nidal (un minima pulvinus, hábilmente situado entre los riñones y el respaldo del sofá cubre su retaguardia), TDR nos saluda mientras sus dedos pasean entre las letras, página tras página. Con las piernas cruzadas, cuya colocación cambia una vez y otra, va creando una innecesaria carga sobre la pelvis para formar, sin él ser consciente de ello ("hay que ver qué poca educación postural recibimos en esta vida") un espacio apenas visible entre la cabeza de la rótula de la rodilla y el acetábulo. Pero inmerso en una lectura que es tantas veces ilustrativa como interrumpida por pájaros y pájaras pasajeras, él no percibe más que una sensación de trabajo no remunerado, una actividad extraescolar que le mantendrá felizmente ocupado.


"It´s one o´clock and time for lunch"..., las ya poquísimas banderas que acompañarán a TDR en su camino hasta el recinto alambricado de la piscina estarán ya bastante desteñidas. El agua (mucha, por San Blas sacaron al Santo), la luz del sol, el aire bueno de los últimos meses (que siempre extrae de los colores sus tonalidades más insospechadas) las han pasado factura de restaurante de cuatro estrellas. A la postre, el amarillo antes fuerte gualda limón es ahora barro y el rojo delirio mancha de vino peleón. “He llegado pronto, (se dirá, porque en este momento aun está por ocurrir lo que todavía no ha sucedido), escogeré aquella sombrilla, a sentarse tranquilito, un par de chapuzones y observar al personal”. Ante la ausencia de imágenes reales, su primer papel en la representación es la de hacer como que abre una publicación musical, en la portada puede que aparezcan The Ronettes con sus espléndidos peinados beehive, y en la primera página, en la editorial, podría leer algo parecido a: “Los asistentes reciben nociones básicas pero fundamentales de ciudadanía y conciencia social, y acaban bailando con clásicos del soul y del funk. ¿La sorpresa?"..., pues que inesperadamente han llegado unas nubes y se restriegan entre ellas sin ninguna pudicia. Comienza a llover, levemente al principio, torrencialmente después. “Cag´en mi puta vida. ¡Pues si que empezamos bien la temporada de baños!”