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11 abr. 2019

RELATOS VIII: LA CAZA.



Aquel último día confirmamos la pérdida de su rastro, de hecho habíamos prolongado más la tarde para buscar otras pistas alternativas, por la radio del Land Rover sonaba "Dame veneno" de Los Chungitos. El cansancio ya había empezado a hacer mella en todos nosotros, recuerdo que me sentía como exprimido, arrastrado contra mi voluntad por la correa de un matadero, el de mi padre, ya abandonado. Los latidos de mi corazón vivían entonces entre los rescoldos del último Desfile de la Victoria, puede que mis neuronas, a punto de fundirse definitivamente, avanzaran a tientas por el zaguán de un próximo cortocircuito. Experimentaba además sensaciones contrapuestas, el cielo parecía vaciarse de colores mientras que, en ese punto del camino en el que hicimos alto, observaba fascinado como el viento dirigía solemnemente su improvisada orquesta entre los carrizos. Algunas mañanas, antes, cuando levantábamos el campamento, en esas primeras jornadas en las que nuestra empresa todavía conservaba el impulso del café recién hecho y los torreznos fritos, me inundaba la premonición de que todo terminaría mal y, si eso no llegara a suceder, si por el capricho de algún otro narrador tuviéramos otro texto distinto, cada paso que me acercara a él, a la pieza, lo vivía como el de una liberación frustrada.

Pero ya habían transcurrido unos cuantos días desde su fuga, nos encontrábamos ahora en una finca alejada de la ciudad, el campo estaba por allí arrugado y demasiado feo, solo nuestro perro "Pitu", un pointer de canela desteñida, parecía gozar correteando de un lado a otro. Hacía mucho calor, más de 35 grados a pleno sol. Rufino era el jefe del grupo, un tipo terso y duro, experto jugador de póker, su mirada muchas veces alcanzaba a adivinar las cartas del contrario, intuía la geografía con la que a continuación nos íbamos a encontrar. Su mejor amigo, Rafael, auténtico predicador de la cinegética como negocio, excombatiente laureado, línea directa con el poder económico y político de Madrid, mascaba constantemente su farias medio apagado. Yo me había empeñado en mantener una extraña relación con Tomás, un chico joven de excelente puntería, nacido en el mismo pueblo que mis padres, eso decían, porque yo no lo llegué a conocer entonces. Alguien le había puesto al cargo de un taller de reparación de motocicletas.

Anselmo bien podría ser un convicto fugado de la prisión provincial, cumplía condena por el asesinato de una menor, él siempre alegó en su descargo que ella se le puso a tiro. Una poderosa voz interior le impulsó a rechazar la tentación, por eso la mató, aunque en el juicio se cuidó mucho de expresarlo de ese modo. Rondaría los 40 años de edad, era de complexión menuda, no llegaría a los 160 centímetros de altura, se escondía con facilidad en cualquier accidente que el campo le ofreciera. Va armado por supuesto. Fingió que huía a gran velocidad de la prisión pero, en realidad, no llegó a suceder así. Fue en sus dos primeras jornadas de escapada cuando más se alejó, en la tercera esperó a sus seguidores, notó desde la cercanía su cansancio y decidió actuar antes del amanecer del día siguiente.

Aparejamos el vivac guarecidos bajo unas hoces de sombra indigna, encendimos fuego, cenamos y hablamos poco y, como cada noche, nos preparamos el terreno para intentar dormir. A Tomás le tocó la primera guardia, yo cambié la mía, la segunda, por la última de Rufino, a los ojos de todos saltaba que era el que más descanso necesitaba. Rafael haría el tercer turno de guardia. Desde un roquedo no muy lejano Anselmo observa agazapado, sus pequeños ojos de ratón de campo toman nota de los movimientos de sus perseguidores. Los conoce bien, no hace falta que fije con detalle sus rasgos físicos, por el tono de sus voces, por los silencios, adivina las alianzas, decide actuar antes de que el fuego se consuma totalmente. Antes de que llegara a graznar ha degollado a un desprevenido búho real, le ha sacado limpiamente de las órbitas sus ojos sin movimiento. Ha dado cuenta a continuación de Tomás, evitaremos detalles de la agonía del más ingenuo de ellos, se acerca al fuego, lleva colocados los ojos del búho como un antifaz. Echa mentalmente a suertes su próxima víctima, quizás porque intuya que en el azar pueda encontrar su salvación.

Anselmo ignora que le estoy viendo en la profundidad de mi sueño, me martillan el pensamiento las palabras del Eclesiastés: "La hija mantiene desvelado a su padre, pues el cuidado de ella le quita el sueño por el temor de que sea manchada su virginidad". Abro sin saberlo por última vez los ojos y contemplo a Anselmo pronto para atacarme, su atroz mirada disfrazada no logra paralizarme, "por qué la mataste?, era mi vida, mi único consuelo", él susurra que ella se le ofreció sin pudor alguno, creyó que era el demonio que le tentaba, y por ello la apuñaló con saña de jesuita. Alcancé sin esfuerzo su punzón y me lo clavé varias veces en el pecho, no quería vivir más, no sin mi hija. Él me dejó hacer, tan solo se limitó a tapar con sus manos mi boca para así evitar cualquier gorjeo inesperado.


Rufino también estaba inquieto, "es un pez difícil de pescar éste Rafael, si me lo gano tengo ya una ganga asegurada, algo fijo durante un buen tiempo, podría reabrir el desguace de coches, me costará algo convencerle, eso sí". Rafael es el que mejor se entrega al sueño, apenas piensa en nada más que en reflejarse en su propio espejo de burdeles y morfina, pero existían señales de advertencia, "Pitu" se movía inquieto, puede que en realidad todos ellos desearan la llegada del gran depredador de la noche, terminar de una vez por todas con esta absurda aventura. A Anselmo apenas le queda tiempo para realizar su próximo movimiento, se acerca sigilosamente a Rufino y le introduce el punzón en la sien izquierda, provoca que vomite la cena, se altera, más contrariado por el pegajoso unto que por el hecho de su propia muerte. Su demonio interno ha escapado por fin de la jaula, no quedará ya para él ningún otro abrazo nuevo en la madrugada, en su mirada se posa un aire dulce, casi transparente.

Los ojos del búho real, disecado en su único haz de luz, invocaban a los dioses inciertos. Anselmo se aproxima resuelto hacia la figura recostada de Rafael, mientras"Pitu" sale disparado tras un conejo.







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