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28 feb. 2018

YO Y EL DOLOR




GOG Y LAS HIENAS TELEPÁTICAS                 "TRIAD"
Esta mañana el doctor me ha dado el alta, 14 meses después del episodio, según se lee al comienzo del parte hospitalario. "En estos momentos los dedos están sin inflamaciónMínimo actitud en ojal de botón, levísima y con muy correcta función de flexores y extensores, falta 1mm para contacto pulpejos  III y IV en palma". Dieciséis meses en los que he de confesar que el dolor de las sesiones de rehabilitación se hizo en muchas ocasiones casi insoportable, sus ondulaciones llegaban hasta mi cerebro semejantes al ris-ras de una sierra mecánica hambrienta de homicidios, un oleaje desolador, angustioso, iba y venía con meticulosa saña, un frío punzón que atravesaba lentamente la quilla de mi cuerpo y hacía en muchas ocasiones que levitara de pura desesperación. Decidí entonces hacer al dolor un hueco en mi experiencia mamífera, le presenté como amigo ya íntimo, porque al poco me dijo que tarde o temprano volvería a visitarme, así que recién le he alquilado un pequeño rincón en la zona de más paso de mi propia casa. Allí sigue, de momento, con cara de circunstancias, en figura de cobra aletargada.

La música de Gog y Las Hienas Telepáticas me produce sensaciones parecidas a las expuestas, evocaciones de penar y de sacrificio, de grande agonía y muerte pequeña, también de gozo por la nueva buena de la redención. ¿Dijo alguien acaso aquello del dolor cómo arma de liberación?, si así no fuera, yo lo reivindico aquí y ahora. El rock de Gog es una suerte de gori-gori rock, canto lúgubre bien recubierto de melamina, una resina adhesiva que impide que sus canciones caminen por deleitosos huertos, al pairo del aire bueno de la mañana, donde siempre hay un benéfico plan burgués por llevar a cabo. El color de su nuevo trabajo "Triad" (Gog Artifacts 05, 2017) es de tono negruzco, y si acaso cupiera alguna otra gama sería la de la uralita oxidada, un gris perlado por urinarios improvisados, meadas a destiempo, de madrugada muy entrada en estado de cerebro plano. No es fácil llegar a representar musicalmente esa situación de desecho mental, buscar la creatividad dentro de un aburrimiento extremo, hay que experimentar la inconsciencia del tiempo fatalmente perdido para alcanzar sus cimas más inesperadas, y para hacerlo con el arte propio de Gog es necesario, además de haberse hocicado en sus oscuridades, haber fumado sus cenizas para crear desde los arabescos del humo nuevas murallas de piedra. Ciertamente, no todos los grupos son capaces de hacerlo.

Releo en estos momentos el texto que publiqué cuando descubrí a Gog y Las Hienas Telepáticas, en aquel Junio de 2016 su "Choke/Drown" me evocaba posibles terapias de inspiración anarquista contra el insomnio, además de reivindicación de algunos poetas mayores (Dámaso Alonso y Gabriel Celaya). A día de hoy, en una estación invernal de trenes más viejos, la banda se me figura felizmente consolidada de forma muy semejante, como un rico manantial de alusiones literarias, también geográficas. Entre estas últimas me veo hace muchos años conduciendo desde San Sadurniño hasta As Pontes después de una jornada de trabajo, mientras voy zigzagueando por carreteras secundarias en la radio suena el "(Ballad of the) Hip Death Goddess" de Ultimate Spinach. Galicia tiene eso. Luis Boullosa, como Cowboy Iscariot, bajista del grupo, y uno de sus principales compositores junto a Joao Avalanche, comentaba en una entrevista que Galicia es una tierra romantizada en exceso. El tema de Ultimate Spinach, un desolador canto a la diosa madre del tálamo, alcanzaba en aquel paisaje gallego de helechos y bosques de eucaliptos un significado más puro, más auténtico, un sentimiento de morriña más profundo. De forma parecida ocurre si invoco, como lo hace Boullosa en esa misma entrevista, a Álvaro Cunqueiro, uno de los escritores a los que hay que acudir cuando uno quiere encontrarse con el auténtico humus gallego, repleto de mares perdidos, de piedras vivas, de animales fabulosos. Gog es una banda que para su bien -o para su mal- es profundamente gallega.

Puede que caiga en el descrédito de los que me consideren demasiado repetitivo pero, muy a su pesar, hablaré de otras referencias literarias que con mayor fuerza revierten a mi memoria cuando profundizo en la escucha de este "Triad". Es esta la de los mineros del "Germinal" de Emile Zola. Comentaba anteriormente el color negro del álbum, su tonalidad de uralita oxidada, y ahora añado que el polvillo venenoso del carbón recién extraído, aun en suspensión, también serviría como telón de fondo determinante del ambiente del "Triad". Ya desde los primeros capítulos de la novela del escritor francés, los protagonistas quedan emplazados en un paisaje de hondísima inmersión subterránea, sus labores se suceden a través de una maraña de galerías a cual más lúgubre y amenazadora, la salvaje oscuridad, la sensación de claustrofobia extenuante, la humedad extrema, la amenaza innegable de explosión o de derrumbamiento, todas esas imágenes están perfectamente enmarcadas dentro de la representación, y hay aquí una simbiosis efectiva entre el oficio de los mineros y las láminas físicas que nos muestran los músicos. Las guitarras de Joao Avalanche suenan entonces a apertura de pozos, a taladro de rocas, el bajo de Cowboy Iscariot apuntala los túneles con soportes de madera resistente, la batería de Noli "Big Papi" González alcanza con sus baquetas la veta deseada, y Eddy "Thunder" Ponce, con un saxo estratégicamente situado entre pico y pala, crea espacios de necesaria ventilación.

Las secuelas físicas y mentales también aparecen extensamente en los textos de las canciones de este "Triad". La huida y el refugio en "Needles", los lugares por los que pocos se atreverían a transitar en "Prowler", el ángel mercader de peligro y humo en "Angel", en "Crackpipe" se encomia el provecho de la herramienta más juguetona y menos sofisticada, "Sunbathing" presenta a un protagonista hundido en su propia miseria, mientras que en "Sepeliopolis" ese mismo personaje no encuentra escapatoria posible, "Jerusalem" es el escenario urbano (muy a propósito el nombre de la ciudad) donde el sistema se muestra en toda su brutalidad, hasta llegar al epílogo de "Scream" en el que en una breve línea:  "y entonces caes, caes profundamente dentro de la mina", se descubre al oyente el decorado final de la representación, los mineros y los músicos contemplan sin sorpresa la definitiva pérdida, la culminación para mal del juego. Dos temas de más, la versión del "When I Came First To Town" de Nick Cave y el "Lago De Ceniceros" (favorito por su conseguido tono épico-castellano) arquean la balanza hacia terrenos menos caníbales. Por si no te hubieras enterado (¡chaval!), en el último párrafo explicativo del disco, Gog apuntala una serie de ideas que confluyen todas en una común imagen de desolación, de ausencia total de salvación, de liberación final; en todo caso, la redención vendrá dada por la rabia y el aburrimiento, hay una belleza explícita en la derrota, y los transmisores de esa cruel realidad (ya anticipada muchos años atrás por los popes del romanticismo), "the purest northwest shitholes", llegarán a tu ciudad para mostrarte la buena nueva.

Ese feliz advenimiento tuvo lugar en la sala Wurlitzer Ballroom el pasado 18 de enero y algunos nos dejamos caer por el local para asistir al concierto de presentación de este "Triad" en Madrid. En el escenario Joao Avalanche a la guitarra, Cowboy Iscariot al bajo y Noli "Big Papy" González a las baquetas. Macky Chuca (me fascina como mueve las manos en el escenario esta mujer-actriz), conocida poetisa en su reciente proyecto Erráticas y voz en las últimas grabaciones de Broke Lord, interviene en algunos de los temas en directo del "Triad". Iván, miembro de Medio Grumo, una banda en la que participan también varios de los carroñeros, ocupó la guitarra rítmica en la segunda parte del concierto. El ambiente es un tanto frío al principio y propicia el introito de Cowboy Iscariot alentando al personal a que se acerque hacia el altar de las Hienas, conocidas alimañas que no gustan todavía de comer carne viva. Salvo el "Needles" y el "Scream" se suceden todas y cada una de las canciones del nuevo disco, acompañadas de varios de los temas del trabajo anterior "Choke/Drown". No es capricho que conforme se acrecienta el trasiego de cervezas la peña se vuelque más hacia el escenario, suceso que alcanza su cénit cuando la banda entona el "Mierda De Cara" (sospecho que este tema forma parte del catálogo de Medio Grumo), el contorsionismo pogo de los más cercanos asistentes otorga entonces al concierto una representación reivindicativa, una suerte de coreografía de nuevos niños cabreados con el mundo.

El sonido en directo de Gog, potenciado en una sala como la Wurlitzer en la que los comentarios de los asistentes al concierto apenas se oyen, se mueve dentro de los parámetros del hardcore melódico de (por ejemplo, sin que sea excluyente de otras bandas...) Gallon Drunk y los Hüsker Dü más civilizados. Pero Gog y sus Hienas Telepáticas suenan a ellos mismos, su propuesta no deja de tener el mejor poso de la resaca eléctrica post-ochentera, para entendernos, las de unos noventa que pretenden volver a la fiesta después de unos años de cuelgue shoegazing. Sortilegio de aceleraciones y medios tiempos en los que el movimiento rítmico del cuello del oyente lanza su cabellera hacia marcas de récord olímpico, y allí es precisamente donde Gog y sus Hienas destacan. Una marejada-muelle, cuyo comienzo en tropel en el "Triad", "Needles", "Prowler", "Angel" y "Crackpipe", arrojan al espectador contra los acantilados para, en un posterior ejercicio de rescate marítimo, "Sunbathing", "Sepeliopolis" y "Scream", recoger sus pedazos ensangrentados. "Jerusalem" quedaría como un arrecife abandonado en medio de la playa, su perfil, siluetas de templos religiosos en ruinas.

Restaría en Gog la percepción de la banda que, seguramente sin pretenderlo, sirviera de vehículo para la reivindicación de la acción directa, aquel concepto revolucionario -ya desgraciadamente obsoleto- que fue sustancia y meollo de nuestra mejor historia libertaria. En un momento -como no podía ser menos- en el que tantos males afligen a la patria, propuestas como las de Gog son necesarias porque ahondan en el camino hacia la renovación del paisaje y del abismo. Perdidas ya las colonias, vivo aun el fantasma de la última guerra civil, recién pasada ya la vileza de la cuarentena de la Transición, sea servido nuestro último consuelo en los brazos del más profundo sueño interior y, como quien sí quiere la cosa, hablémonos después de los efectos de nuestra narcolepsia, demos también publicidad a nuestras mejores pesadillas. El cataclismo cósmico que muestra la cubierta del "Triad", siempre la imagen de una mujer, sus cabellos en erupción de repollo nuclear, sus ojeras de raíces y espinas, sus ojos drogados, sean el más fidedigno espejo de nuestra realidad actual.










13 feb. 2018

RELATOS IV: EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO



Era un sonido que va de más a menos, parecido al deslizamiento de las escobillas sobre el parche de la batería, y aun medio dormido podía escuchar el zig-zag de las ramas del gigantesco sauce blanco golpeando suavemente los cristales. Tenía la sensación de que según se alejaba ese agradable chasquido flexible también desaparecería de mi mente el recuerdo de aquel día de perros pasado con el hombre del traje negro. Me contaron que todo comenzó en la misma habitación donde ahora me encontraba, una amplia estancia completamente diáfana que tenía como frontera natural la escollera del puerto. La disposición de los grandes ventanales, curvados según giraba el perímetro norte del jardín, le daban a la casa el aspecto de un observatorio elevado a no demasiada altura del suelo. Su arreglo me evocaba un abanico totalmente desplegado, más compacto en los dos extremos de la habitación, los más alejados del punto cenital de luz, con mayor claridad allí donde las grandes cristaleras coincidían con el mayor volumen de la fachada. Ella pasó sin hacer notar su presencia y el hombre del traje negro le comentó algo en un tono de voz apenas perceptible. El gigantesco sauce ocupaba, como ahora lo hace, la parte central del terreno ajardinado y su sombra se alargaba a través de toda la habitación.

Advierto cómo el hombre del traje negro se dirigía hacia donde yo me encontraba instalado. ¿Conoces a ese que ha hablado con tu hermana? ¿Quién? Ese hombre que viene hacia acá, hacia nosotros, yo permanecía de pie y giré la cabeza pero no demasiado, como si fingiera buscar sin encontrar a nadie. Detrás tuyo, idiota, repitió molesto. En el extremo opuesto de la mesa que ocupábamos ya se había sentado el hombre del traje negro, los dedos de su mano derecha estaban inmersos en un plato lleno de aceitunas, jugaba con ellas pero sin llevárselas aun a la boca. Me giré hacia él y le pregunté qué es lo que la había dicho. ¿A quién? A ella, a mi hermana. El hombre del traje negro esbozó una sonrisa indolente, como si adivinara mi disgusto. ¿Acaso me está recriminando algo? Su cara me recordó repentinamente a la del Johnny Cash de "American Recordings", un enorme garbanzo con redecilla eléctrica y esa mirada vidriosa proyectaba algo desconcertante, quizás una futura amenaza. No, no le estoy recriminando nada, solo le digo que no vuelva a hablar con ella mientras elevaba mi índice como signo de advertencia.

Otros dos hombres se acercaban mientras tanto desde la escollera manejando una pequeña embarcación fuera-borda. Cuando entraron en la casa observé que iban elegantemente vestidos y uno de ellos portaba un maletín. Resultó una verdadera sorpresa que alguien me los presentara más tarde como ejecutivos expatriados de mi misma empresa, la Caleña Exportadora. En cuanto ella volvió a aparecer la hice una señal con la mano para que se acercara. ¿De qué conoces a ese hombre?. ¡Hola!, se acercó a mí y me besó con ese calor que ellas tienen guardado en su secretaire para su único hermano. ¿A quién, a quién dices?, a ese hombre del traje negro que se acercó a ti hace un momento, bueno, y miró a su alrededor, aquí hay muchos hombres que llevan un traje negro, ¿a cual de ellos te refieres en concreto? Ese en concreto me pareció fingido e innecesario, estaba seguro que ella sabía a quien aludía. ¿Me puedes decir qué fue lo que te dijo? Antes de retenerla un momento más ya se había alejado y la veía sonriendo entre los grupos de lo que parecía ser una fiesta improvisada.

A partir de ese instante la narración de lo ocurrido es aun más vaga, ¿qué significa esa caja de metacrilato transparente conteniendo un sobre que han dejado a mi lado los expatriados de la Caleña Exportadora?, ¿cual fue el verdadero alcance de lo que me comentaron sobre el hombre del traje negro? Si, ese tipo, dijo uno de ellos señalándole con un movimiento de barbilla, es un impostor, se hace pasar por un acaudalado hombre de negocios, exportación de pescado o algo semejante, y mientras tanto mi hermana flotaba entre los invitados congregados en torno a ella, aleteando como una mariposa aturdida entre blusas de gasas. ¿Es hora ya de despertarse?, preguntaron las rendijas entreabiertas de la ventana, contesto que sí y me levanté para escribir las primeras notas sobre el hombre del traje negro, un informe que debía presentar a la Dirección de la compañía antes del fin de semana. Mientras lo hacía me asalta un repentino monólogo interior, hay que extender la duración de las cosas, hay que tirar de ellas, hay que forzarlas porque son perezosas por naturaleza. ¿Quién me hablaba así?, el locutor de la radio tan solo comentaba el estado de la circulación a esa hora temprana de la mañana.

Noté una gotera en el techo de la habitación de las sombras del sauce blanco y observo cómo por una de sus esquinas chorreaba un hilo de agua azulada. Los sonidos, semejantes a notas de piano, salpicaban el suelo, tecla a tecla, y el movimiento de las ramas reflejadas en los ventanales creaba un efecto semejante a los canales de algunos cuadros de Mark Rothko. Las cristaleras parecían transformarse en un acordeón ondulante, abriéndose y plegándose desde un resorte que no estaba al alcance de mi mano. Prefiero que la visión continúe así, me dije, anfitrión inesperado de una fiesta que se encuentra en su mejor momento; el color de ceniceros repletos de colillas aun mantiene el carmín de sus labios, los invitados todavía reconocen sus primeros vasos, permanece incluso un agradable olor salado proveniente del mar y algunas mujeres han empezado a quitarse las medias. ¿De quién es esa risa escondida en el ángulo más alejado? Me acerco y contemplo al hombre del traje negro girar sobre sí mismo como un derviche turco mientras mira absorto una enorme bola de espejos. Los rayos de luz se expanden en múltiples puntos y al percutir contra los objetos de la habitación van creando un diagrama de pequeñas hogueras. Hola, detiene su danza un instante, ¡vaya! nos volvemos a encontrar, parece como si usted y yo tuviéramos una deuda pendiente, ¿no cree?

¿Cuanto le debo?, el chófer manipula el taxímetro, son cuatro cincuenta, tome, está bien así, siempre me aseguro de cerrar bien las puertas, sin necesidad de dar un golpe estruendoso, pero con suficiente firmeza. Pase señor, le esperaban hace rato. Siento el retraso, una gotera, ¿sabe? El almacén huele a aros de cebollas recién fritas. Inesperadamente el hombre del traje negro se acerca a mi y extiende uno de mis brazos y utilizando un gran cuchillo empieza a rebanarme el dedo índice de la mano derecha, los trozos caen al suelo en orden parecido al lineal de un bombardero B-52. ¿Le duele?, no recuerdo haberle contestado, me limité a admirar lo rápido y limpio de la operación, se asemejaba a la de un experto maestro carnicero; lo que sentía era una percepción del corte pero sin llegar a padecer ningún daño, tampoco observaba la reducción de la longitud del dedo, curiosamente seguía estando entero. Conozco al mejor ortopedista de la ciudad, puede que aun se encuentre despierto, podemos ir a visitarle si lo desea, le puede tomar ya las medidas. Estuve de acuerdo. Cogimos el mismo taxi que me condujo hasta la nave donde nos encontrábamos, reconocí el olor de curry del chófer, ¿al muelle 4, como siempre señor?, si, y no coja la radial, no me gusta nada ese camino tan largo, vaya bordeando por el parque, hasta que lleguemos al puerto.

Esa fue la única ocasión en la que me vi más próximo al hombre del traje negro, no sé porqué me fijé en sus manos, estaban recubiertas desde las muñecas por un caparazón calcificado de color rosado y padecían de un ligero tic nervioso, un extraño temblor rítmico que hacía que sus dedos se elevaran compulsivamente, apenas unos centímetros, como antenas que transmitieran y esperaran algún tipo de señal externa. Él notó mi asombro pero no pareció importarle, ¿le apetece a usted fumar?, Hristoff, ofrézcale al caballero un cigarrillo, intenté levantar la mano derecha para afianzar mi negativa pero sentí un enorme peso que impedía cualquier movimiento de mi cuerpo. Inesperadamente el cielo se convertía en una gran pantalla de arenas movedizas, advertí también unos reflejos intensos y extraños en los contornos del cristal delantero del taxi, como si en sus bordes metálicos se estuviera produciendo algún tipo de fusión desconocida, además la temperatura interior se elevó por encima de lo soportable. Miré bruscamente hacia mi ventana, no, no podrá usted abrirla, es inútil, quiero que sepa que desde este momento se encuentra usted totalmente paralizado, solo su mente funciona, pero muy parcialmente, apenas será capaz de formular algún pensamiento deslavazado, desde ese instante reinó un silencio penoso, cargado de las cosas que no se dicen. El taxi paró ante un control instalado en la entrada del puerto. ¿Ha estado usted alguna vez en la ciudad de Ecbátana?, preguntó el guarda de seguridad.

Es posible que los más crédulos se atrevan a decir que el guión de la extraña aventura que estaba viviendo debería cuadrar ahora mejor con la aparición de un escenario enigmático, por ejemplo, una embarcación amarrada al muelle más alejado del puerto, donde no hubiera testigos ni señales de tráfico marítimo, tan solo las ruinas de un almacén abandonado y acaso un par de grúas, aquellas que mantendrían el esqueleto oxidado de los camarotes y los tensores colgantes, extendidos como brazos exangües. Mientras el hombre del traje negro embarcaba yo notaría sus lentos movimientos, un torpe balanceo que empujaba un cuerpo que antes había observado más ligero, cuando me habló por primera vez en la fiesta de mi hermana, y que allí, sentada en una de las aletas de la popa, se encontraría ella, manteniendo aun su vestido de gasa blanca adherido a una piel de nácar brillante, su cara casi invisible, la mirada pálida y perdida frente al muro de la escollera. Pero he de decirles que no ocurrió así. Hristoff apagó las luces y aceleró repentinamente, el taxi se lanzó a gran velocidad hacia las oscuras aguas del puerto y cuando se produjo la violenta colisión contra el agua lo primero que experimenté fue una agradable sensación de eructo de champán, las burbujas subían impetuosas por mi fosa nasal y empecé a sentir un paulatino y reconfortante latigazo que recuperaba a la vida mis antes paralizados miembros.

Dormí como un tronco en aquella inmensa cama de agua, la terapia que me produjo ese sueño tan profundo y prolongado fue lo suficientemente reconfortante para sentirme a la mañana siguiente en un estado exultante. No quedaban recuerdos cercanos de malestar, ni siquiera sucesos de desvelos nocturnos o de pesadillas en mi mente, tampoco memoria alguna de la supuesta fiesta del día anterior, la habitación de las sombras del sauce blanco se encontraba limpia, sin atisbo alguno de platos con restos de la cena, ni vasos aun malolientes de alcohol o ceniceros abarrotados de colillas, todo se encontraba en un orden que me pareció más meticuloso de lo habitual, huele a acetona, me gusta, a quitaesmalte. La gotera había desaparecido del techo, las ramas del sauce seguían golpeando los cristales con la misma puntualidad de los días anteriores, olisqueaba incluso un tenue sabor a café recién hecho, ¡buenos díassss, grandullón!, ¿qué tal te encuentras?, te he preparado un café y un zumo de pomelo, como a ti te gusta, tesoro. Sabía que le agradaba y por ello sonreí a mi hermana. Me incorporé en la cama para así apoyar la espalda contra uno de los almohadones y contemplarla mejor, giro mecánicamente la cabeza y allí, en la parte baja de la mesilla de noche, seguía la misma caja de metacrilato transparente con el sobre en su interior. ¿Acaso no lo había visto antes en algún otro momento?. Abro la caja de metacrilato transparente y extraigo el sobre.


Ella ha dejado el desayuno colocado en una mesa cerca de la cristalera y me llama para que me acerque, llevo en mi mano el sobre y palpo un objeto algo abultado en su interior, !ábrelo!, me extraña que me lo ordene con tanta firmeza, antes de hacerlo me distraigo con el vuelo de un avión, miré hacia arriba, su preciosa línea de algodón cruza por un cielo de estelas fulgurantes. El hombre del traje negro responde en su interior a un mensaje que acaba de recibir en su teléfono móvil, los gallos siguen cantando al amanecer. Bajo la mirada y abro el sobre, mis manos tienen un cálido temblor de nalgas. Extraigo lo que me parece una taba pero mejor examinado es el cóxis pulido de algún animal pequeño; un súbito resplandor me ciega y para protegerme desvío mi cara hacia el interior de la habitación de las sombras del sauce blanco. Inesperadamente el viento atiza con fuerza sus brazos sobre los ventanales y escucho sobrecogido un fuerte impacto detrás de mi cabeza. Observo cómo una de las ramas que ha roto el cristal se anuda alrededor de mi cuello, una lengua de hierro candente me asfixia, solamente mis ojos desorbitados miran a mi hermana suplicando un auxilio que sé imposible. Lo último que contemplo antes de caer es un gato pelirrojo que cruza la valla hacia un jardín que se ha oscurecido incomprensiblemente. Me dijeron que en esa mañana había un sol de septiembre sobre las charcas.