16 oct 2020
DESAFÍO
DEAD MOON "DEFIANCE"
Sucedió por sorpresa, se cree que durante el astuto equinocio de la niebla. De una de las siluetas entreabiertas (la correspondiente a los grados de medida Fahrenheit), Karl Heinz Stockhausen entonó en "Gruppen" su controvertido canto en honor de los altos hornos abandonados por Lutero, en la otra (la más aguda, según los datos facilitados por el dron en servicio), Lee Morgan y Jackie McLean aparecían interpretando en deslumbrante dueto el "These Are Soulful Days", sus instrumentos de viento remontaban una colina alpina para introducirse luego en los prados boyales de Quincy Jones. Así consta en el script de Stanley Kubrick. Parecía como si la atmósfera no cejara en producir una catarata de ideas. Pero dejemos de lado las opiniones favorables de la crítica y mantengámos la compostura; hablemos tan solo de un arroyo nocturno que reflejaba sin muchas ganas el carril helado de la luna. Las gruesas líneas de Robert Motherwell optaban al Grammy del Salón de 2020, un evento que intentaba emular al veneciano de la princesa de Polignac (Winnaretta Singer de soltera). La dirección transversal del poema pretendía funcionar como un eje sinfín, pero las mismas siluetas, absortas como estaban en su intento de epatar a la clase burguesa, se negaron a participar en el juego. Vestidas con túnicas y turbantes (a lo Gautier para no extendernos demasiado) aparecieron en la puerta del salón seguidas por un herrumbroso mastín castellano, su fiereza se escurría sin remedio mientras roía un hueso de baquelita, el griterío ensordecedor de los asistentes al espectáculo presagiaba proezas de todo tipo.
Justamente en ese minuto 3:46, coincidiendo con la trágica muerte de Manolo Montoliú al citar el toro en la suerte de banderillas, György Kurtág mostraba (en su "Grabstein Für Stephan") el pánico del hombre ante el mismo hombre que tras una alambrada observa a un niño jugando en el parque ("Keep The Park Clean"). Su mirada aparece vidriada, fruto del desorden homeopático, las deudas arañan sus bolsillos de arpillera, recuerda entre sollozos, hay perfumes tan frescos como carnes de niños, me sabrá mejor el flujo de su sudor nuevo, de almendras, mientras me mire y no comprenda porqué su madre está lejos, no está cerca, ven little boy, tengo un caramelo de limón, ¿o prefieres el helado de Charlie´s?. Mantengo al baño maría la pálida imagen de los rostros de Fred Cole y su mujer Toody, la de Andrew Loomis, los miembros de Dead Moon. Aleatoriamente los canes heráldicos de la NYPD conocen la crudeza del crimen, aúllan varias madres como testigos imprevistos, le introdujo en la parte trasera de un Toyota blanco, tenía los cristales tintados, no pudimos ver mucho más oficial. Mientras, dos manzanas más al norte, White Noise en "The Visitation" anuncian los precios rebajados en los surtidores de la tierra, "she´s waiting alone in the dark", la madre desconsolada, una nueva mártir Catherine Tekakwitha aparece en escena, ¿quién eres tú?, ¿has existido realmente? ("Beautiful Losers", Leonard Cohen).
Gracias al aliento del jaguar galés el globo de Gustave Moreau asciende lentamente en el cielo del París del fin de siecle.
Aunque no puedo precisar con total exactitud el momento en que ocurrió supe de Dead Moon hará tres o cuatro años, seguramente no llovía. Recuerdo, eso si, que fue a raíz de una entrevista que un bloguero amigo realizó a Fernando Pardo, guitarra y líder principal de la banda madrileña Sex Museum. Comentaba entonces Fernando cómo esa oscura formación de Portland (Oregón) era una de sus influencias más señaladas, una especie de flujo subterráneo del que bebían solo los muy iniciados. Los gruesos trazos negros de Robert Motherwell, las caras podridas en el lienzo del odio, los retratos de Antonio Saura se asoman al balcón de la locura mientras pasa la procesión del Corpus Christi. El diseño de las letras de Dead Moon en la portada de su "Defiance" (Mississippi Rcds, RE 2011) muestra unas líneas contrapuestas por estrías blancas fosilizadas, entrelineadas sobre el absoluto color negro, surgen lácteos bosques nocturnos. Intentaré que la imagen identificativa de la banda americana (una luna en pleno proceso canibalístico) exceda cualquier comentario feliz, por ejemplo, la semejanza con una llave inglesa, presunta arma causante de la muerte de little boy.
Enfréntense ahora al coro del espasmo, el que acompaña a la orquesta, aquella que pretende no quedar atrapada en el cortacircuito provocado por el TEDIO. Observen atentamente cómo sus miembros se empeñan en evitar el desasosiego anunciado por las próximas jornadas del Black Friday. El coro se presenta ahora ante la bohemia concurrencia del Chat Noir parisino. El maestresala prueba los venenos permitidos (vino aguado, hachís, absenta), a continuación da noticia sobre los últimos partes médicos, menciona cómo causó gran sorpresa la de aquel paciente inglés que se empeñaba en reconstruir el final de "La Naranja Mecánica", ya les advertí, el último gesto de Malcolm McDowell anticipaba el fatídico final de un Brexit sin acuerdo. Dead Moon nacen fruto de la incurable enfermedad de los mamíferos, todos hemos de morir, mejor entonces convertirse en crustáceos, quedar eternamente empotrados en el hermoso acantilado gallego (o ser apaches en las películas de John Ford), protegidos con ese caparazón tan teatral, tan de ópera wagneriana. Aunque DM hablen en sus canciones de muerte por sobredosis ("Walking On My Grave"), aquí hoy la gente sigue muriendo por falta de ella, así que ¿a quien diablos le interesa ahora hablar de los últimos días de Torcuato Tasso, recluido en el monasterio de San Onofre, mientras abjuraba de las antiguas y queridas musas?
El Equipo de Homicidios Infantiles de la NYPD, dirigido por Brenton Woods McPie, fue el elegido para investigar el caso de little boy. BWMcP, más conocido como Piggally por sus ayudantes, es un cincuentón oriundo de la ciudad de Portland (Oregón) y a principios de la década de los 90 dirigía un magazine local (el "Blood Sucker Chronicle") y daba allí cuenta del ambiente underground de la ciudad más poblada del estado. El Noroeste USA es el territorio número uno de los asesinatos en serie, se dan allí más casos de muertes violentas de ese tipo no resueltos que en cualquier otro rincón de la Unión, la familia Manson solía escoger los alrededores de Portland como uno de sus lugares preferidos para pasar las vacaciones. Además, al llover constantemente, la gente suele salir poco de sus casas y el ambiente, en consecuencia, está plagado de ocultismo, de agobiantes escenas interiores que propician el trauma. La escena musical de Portland en los últimos años 80 y primeros 90, cuando el grunge comienza su andadura, ya se encuentra vacunada del ninguneo al que la sometieron en décadas pasadas las bandas y artistas que no subían más allá de San Francisco, la atmósfera de aislamiento de la que antes hablábamos ha generado un explosivo DIY que propícia la aparición de múltiples escenarios, de bandas dispuestas a incendiarlos, algunas de ellas notables: Wipers (la personalidad de Greg Sage como su líder y alma mater siempre me ha parecido equiparable a la de Fred Cole en Dead Moon), Poison Idea, Mono Men, Miracle Workers, Napalm Beach, Quasi y Dharma Bums (estas dos últimas, por no extendernos demasiado, en su vertiente indie y low-fi). El Northwestern Punk de los oriundos Paul Revere & The Raiders, The Kingsmen, The Rats (antecedentes de DM), el garaje en su versión más avinagrada, el punk inglés, incluso algún ramalazo lírico de la cultura coffehouses de la beat generation de San Francisco, se hacen un decisivo hueco en la ciudad. (Existen un par de cortos, "Hype!" y "Unknown Passage", que recomiendo al lector más interesado)
Piggally tiene un plan alternativo para resolver el caso de little boy. En una nave abandonada ha dispuesto, junto a unos grandes altavoces (tamaño "Rust Never Sleeps"), todo lo necesario para conseguir que el sonido sea lo más atronador posible. Los sospechosos se someterán a una prueba específica, escuchar tendidos en el frío suelo del local este tercer disco de Dead Moon, "Defiance". Inicialmente grabado en el sello Tombstone (propiedad de la entonces ya pareja formada por Fed y Toody Cole) en 1989, su aparición en la entonces naciente escena grunge pasó desapercibida. El estilo de la banda, más cercano al garaje con base hard-blues y afilado punk, no casaba tanto con el noise marca cercana Seattle. La imagen de la banda de Portland, más parecida a la de unos hippies pasados de rosca, además de su sonido, en ese momento más enraizado en un supuesto rock clásico y contundente, dejaba un tanto descolocados a los asistentes a sus conciertos (más acostumbrados al noise extremo, pelea en las primeras filas y stage-diving). Dead Moon eran diferentes, unos tipos habitualmente vestidos de negro, una vela sujeta a la boca de una botella de Jack Daniels presidía sus actuaciones. Fred Cole, el guitarrista y líder de la banda, ya un cuarentón en esa época, transmitía su gran experiencia y conocimiento musical. Miembro fundador de numerosos grupos previos en las décadas anteriores, The Weeds, The Lollipop Shoppe, Zipper, King Bee, The Rats, Western Front, The Range Rats, su trayectoria musical había tocado ya todos los palos, white soul, bubblegum, pop, psicodelia, punk, hard-country, hasta que, llegados al momento de la creación de Dead Moon (1987) se alinean definitivamente en la onda hard-rock-garage. Para mayor abundancia, el matrimonio Fred & Toody regentaban un par de tiendas, la Captain Whizeagle´s Store y el Tombstone Music, lugares de reunión donde las bandas y aficionados de la zona podían encontrar los últimos modelos de guitarras, repuestos y cambiar impresiones. Cuenta la leyenda que para grabar sus discos utilizaban el mismo torno del que se sirvieron The Kingsmen para dar a luz su legendario "Louie, Louie" en 1963.
La cara A comienza con una versión del blues clásico de Kokomo Arnold, "Milk Cow Blues" que para nada suena a blues, los punzantes rasgeos de guitarra y bajo nos transportan al high-energy más bestia de Detroit, absolutamente imposible empezar mejor. "Not The Only One" y "Crystal Is Falling" ya participan del entorno garaje, los riffs de guitarra se asemejan más a los de los Groovies y Barracudas. " En "Revenge", si bien algunas partes de las guitarras tienen un toque más arty, se vuelve al high-energy. Cierra la primera cara "Dagger Moon", puro sonido del mejor Cave de The Birthday Party. Abren la cara B con "Walking On My Grave", otra joya del más caústico hard-garaje, el tempo de la canción es un puro bulldozer melódico. "Johnny´s Got A Gun" suena a lección aprendida, Clash, Buzzocks, Damned están presentes, su mensaje combativo se ensoñorea de la canción, corta, urgente, noqueadora, la voz de Toody le aporta un afilado encanto. "I´m Out Nine", una balada, medio tiempo, tan solo una línea entrecortada de guitarra y la voz de Fred rebajan la intensidad. "Kicked Out-Kicked In" retoman la clave garaje, el riff del puente estratosférico, un breve sonido de martillo pilón le otorga un deslumbrante tono exaltado. El cierre de "Unknown Passage" es una delicia de melancolía psicodélica, el tema más corto, pareciera como si la banda quisiera despedirse sin querer hacerlo, abrumados por la evidente excelencia de su interpretación.
Mientras los sospechosos se exponen muy a su pesar a los estrambóticos experimentos de Piggally, este se dedica a organizar una sesión de magnetismo. A la llamada acuden varias conocidas sibilas, videntes y quirománticas del lugar. Todas ellas acuerdan dividir el cónclave. En la primera parte convocarán a la ya conocida princesa de Polignac, musa y maestra en su Salón artístico del fin de siecle parisino. En la segunda será la hija de Stephan Mallarmé, organizador en la misma época de los célebres cenáculos conocidos como "Mardis de Mallarmé", la que lleve la batuta. El magnetismo, procedente de aquellas fuerzas y analogías entroncadas en la misma naturaleza, representará la polaridad entre las fuerzas contrapuestas de los sospechosos, argulle la de Polignac. Los procesos químicos de cristalización, reveladores del modo de crecimiento de los diferentes tipos de seres, nos darán la respuesta, concluye convencidísima Stephanie Françoise Genevieve de Mallarmé. Los imputados sometidos a tal boutade son dos ciudadanos americanos. Un oriundo del estado de Idaho, blanco, panzudo y sudoroso, el otro, un puertoriqueño seco y enjuto, no parece darse cuenta del lío en el que anda metido. Ante la falta de acuerdo de las damas, él mismo Piggally resuelve realizar la pregunta concluyente: "Dígame usted...¿a quien votará en las próximas elecciones?".
9 oct 2020
27 sept 2020
BIRD
CHARLIE PARKER "AT STORYVILLE"
Con o sin razón decidí escribir sobre Bird el pasado 29 de Agosto, se cumplía en esa fecha el centenario de su nacimiento. Más que el hito conmemorativo me impulsó a ello el ambiente jazzístico generado durante la prolongada duración de "The Regulator" (The Dream Syndicate ,"The Universe Inside", Anti, 2020), un tema de más de 20 minutos (algo inusual en la obra de la banda californiana) en el que el saxo de Marcus Tenney sobrevolaba una flora alucinada. Sentía como si alguien me empujara hacia una ruta desviada del camino, ¡hey!, allá en la esquina te espera el caliente poso hundido en la taza de té. Todo era perfecto porque ni siquiera estaba sucediendo. Misterios. Cruzar la frontera bordeando las cicatrices del altar, las modelos del mes de Agosto aun permanecían colgadas en el calendario del garaje. Saqué los discos de la balda, desempolvé los libros, mientras miraba al vacío buscando el influjo de la amoxicilina encontré un poema repleto
de agujeros, hablaba de huir del rostro, apegadizo a mi oído más capaz (el izquierdo), pretendiendo así que entendiera mejor su mensaje. Escucha detenidamente las baquetas de Matt Chamberlain golpeando el tambor en "Crossing The Rubicon" (Bob Dylan, "Rough And Rowdy Ways", Columbia, 2020), me dijo, observa cómo levantan el vuelo los pájaros allá lejos, en las posadas del aire.
La tarea de contemplarse reflejado en las paredes todas las mañanas, la tarea de abrirse hueco entre la gelatina desordenada a la que llaman mundo, cada mañana enfrentarse con el hombre fingido, con la satisfacción del funcionario que se conforma con la perfección de los detalles inútiles, la misma mujer al lado, la insoportable nimiedad al abrocharse los botones de la camisa, las llamadas a deshora de las compañías telefónicas, utilizar las tenazas para apretar una tuerca que ya está cansada de girar sobre el mismo eje, correr una vez más las cortinas para evitar la abrumadora presencia de la luz, invocar la sal cegadora que alumbró la última república del ahogado.
Kerouac comentaba lo mucho que le satisfacía el modo en el que la gente hispana en la costa oeste pronunciaba la palabra "L.A."; hablaba entonces, cuando se dirigía desde Bakersfield (la concentración de una fuerte inmigración de braceros hizo de esa población una de las cunas del country-outlaw) hacia Los Ángeles de cómo "una pena infinita atenazó mi corazón , lo hace cada vez que veo a una mujer a la que amo instantáneamente y que viaja en dirección opuesta". Diez años antes Parker y Dizzy Gillespie mostraron en esa ciudad de cangrejos dorados su revolucionaria concepción del jazz, pero ahora nos encontramos en la capital mejicana donde el escritor se ha refugiado para componer su "Mexico City Blues". Influenciado por Bird, al que considera profeta de la libertad budista expresada musicalmente, Kerouac se vale del intercambio entre líneas corales como estructura narrativa, la cadencia atormentada del blues inspira unos haikus poderosamente introvertidos, "Me levanté y me vestí / y salí fuera y yací / después morí y fui enterrado / en un ataúd en la tierra / Todo es aun perfecto / porque está vacío". Música, poesía y movimiento.
La grabación de este directo "Charlie Parker At Storyville" (Blue Note Rcds, 1988) se realiza en dos momentos muy concretos, el primero en Marzo de 1953, el segundo seis meses después. En Marzo Bird acude desde Nueva York a Boston en solitario y le acompañan en el escenario Bernie Griggs (contrabajo), Roy Haynes (veterano en otras grabaciones de Parker, a la batería) y el prometedor pianista tejano Red Garland (a tan solo dos años de convertirse en prestigioso miembro del Miles Davis Quintet). En Septiembre trae consigo al batería Kenny Clarke y se rodea de músicos de la escena local, Jimmy Woode al bajo, Herb Pomeroy a la trompeta y Sir Charles Thompson al piano. Ambos directos forman parte de una programación radiofónica emitida en las noches de los sábados por la cadena WHDH, la voz de su alma mater, John McLellan, realiza las elegantes presentaciones de rigor.
Bajo a la ciudad, aquella que (parodiando a Quevedo) "está el lugar en tal condición que a él hemos de ir por fuerza y salir por voluntad" mientras voy escuchando los primeros temas correspondientes a la grabación de Marzo, "Moose The Mooche", "I´ll Walk Alone", "Ornithology" y "Out Of Nowhere". Siguiendo las recomendaciones de algunos críticos entendidos intento no fijarme tanto en las encrespadas notas del saxo de Bird y concentrarme más en el puro ritmo de las composiciones. Debo reconocer que apenas lo consigo. En "Moose The Mooche" (parece que era este el alias de su proveedor en los años de Los Ángeles junto a Dizzy) y "Ornithology" es prácticamente imposible no quedar de primeras subyugado por esa elevación tan brillante, las notas alcanzan cotas impredecibles de tan altas, planean a una endiablada velocidad. El inicio de "I´ll Walk Alone" busca la quietud rítmica para, al poco rato, desbocarse de nuevo, la digitalización de Bird deja instantáneamente atrás las hazañas de las falanges hoplitas. Algo semejante ocurre en "Out Of Nowhere", la base rítmica comienza con cierto sosiego para dar enseguida entrada a los sortilegios de Parker, el excelente piano de Garland aquieta de nuevo la composición facilitando, esta vez con algo más de éxito, el encuentro con el ritmo buscado.
Releo a Julio Cortázar en "La vuelta al piano de Thelonius Monk" ("La vuelta al día en ochenta mundos", Tomo II, Siglo XXI de España Editores, 1972) y subrayo aquel párrafo en el que comenta cómo Monk (otro de los campeones del bebop) se sentaba al piano en el Victoria Hall de Ginebra mientras toda la sala se sienta con él, y habla del oso rodeado de tres sombras como espigas, sus dedos van resbalando por el piano al igual que sucede ahora con los goznes de esa memoria de donde intento desempolvar las primeras influencias literarias que me descubrían el jazz, una música que consideraba entonces semejante a aquellas alas de poesía aun por escribir, ese poema lleno de agujeros que tenía que ir llenando con el paso del tiempo. "El jazz, esa música de mierda hecha para estudiantes" (Lennon dixit), se convirtió entonces en una permanente noche de estrellas, algo a lo que fácilmente podía recurrir un adolescente que comenzaba su andadura como monigote de la diosa fortuna. La obra de Pilar Peyrats Lasuén, "Jazzuela, Julio Cortázar y el jazz", un libreto con CD editado por la misma autora en 1999, resume la libertad creativa del escritor argentino a la hora de dar a conocer sus sentimientos sobre el jazz.
Si en la sesión de Marzo es el piano de Red Garland el que destaca, en la grabación de Septiembre el quinteto de acompañamiento alcanza bastante más protagonismo. La base rítmica de de Kenny Clarke y Jimmy Woode parece como si otorgara más esqueleto a los temas; además, tanto la trompeta de Herb Pomeroy (la gran estrella de esta segunda grabación) como el piano de Sir Charles Thompson, enriquecen las melodías sin recargarlas en exceso. En las dos composiciones propias de Parker, "Now´s The Time" y "Cool Blues" y en el resto del tracklist, "Don´t Blame Me", "Dancing On The Ceiling", "Cool Blues" y "Groovin´High" (esta última compuesta por Dizzy Gillespie), la atmósfera es más sosegada, Charlie adopta una postura más cómoda, dejando que sus acompañantes destaquen en sus intervenciones. Quizás es en la parte final del "Cool Blues", cuando Bird cierra el puente, y en la primera y última parte de "Groovin´High", en los instantes en los que marca la pauta a seguir por sus acompañantes y concluye su intervención, cuando encontramos al artista más dispuesto a estampar su sello de inigualable calidad y genio interpretativo.
La contribución de Charlie Parker en el nacimiento oficial del bebop en 1945 fue fundamental, el jazz pasó de centrarse en las grandes bandas para pasar el testigo a los intérpretes individuales; intento aun recuperarme de la impresión causada cuando leí en un artículo sobre una poetisa una frase que disertaba sobre la "ucronía eglógica del paisaje" (sic); rememoro a San Juan de la Cruz en su "En el vuelo quedé falto / Más el amor fue tan alto / Que le di a la caza alcance" cada vez que admiro la velocidad dc sus improvisaciones; suena ahora el "Lament 1 ´Birds Lament´", homenaje que el artista hobo Moondog hizo a Bird ("The Viking Of The Sixth Avenue", Honest Jones Rcds, 2004), una pieza que se eleva en mil pedazos según transcurre en sus apenas dos minutos; Bird le otorgó al blues otra lírica, creando para ello innumerables nuevas melodías; esta entrada iba a comenzar con un plano en picado de Bird encaramado en los tejados del Reno Club de Kansas City escuchando a la banda de Count Basie con Lester Young como figura invitada; también contribuyó a crear un idioma propio para los músicos y artistas afroamericanos; el camarero blanco, retratado detrás de la barra en la portada del "We Insist!, Max Roach´s Freedom Now Suit", sabe bien de lo que hablo; la aguja cae sobre el "Birdland" del "Heavy Weather" (Weather Report, CBS,Rcds, 1977), blanco y negro resultante del feliz matrimonio entre el jazz moderno y lo que en los años 50 se definía como música pop, (esclarecedor texto de Phil Schaap en "Charlie Parker With Strings: Alternate Takes", RE Mercury Rcds, 2019).
A Adriana.
17 sept 2020
10 sept 2020
EL ROCK Y LAS CIUDADES XIV: NASHVILLE, 2ª PARTE.
JUSTIN TOWNES EARLE. "THE SAINT OF LOST CAUSES"
Estaba hecho un auténtico adefesio, así que decidí aprovechar la tarde y pasar a limpio algunas notas arrinconadas en mi teléfono móvil, mientras lo hago suena "Time Is Never On Our Side" de Steve Earle & The Dukes ("Ghosts of West Virginia", New*West Rcds, 2020). Queda suspendida en el ambiente una sensación de tierras baldías, de tiempo perdido, waste lands, wasted times, una suerte del "April is the Cruelest Month..." de T. E. Eliot revisitado, pero no, no funciona del todo así, declaro llanamente que buscaba a tientas la botella de verdejo de Ramón Bilbao. "The mornin´ that the world began / God reached out and closed His hand / And when it opened up again / A moment vanished in the wind". Amanecí poco después de que pasara el camión de la basura, era aun noche cerrada cuando abrí el libro por la página 176, hablaba allí de las enormes pérdidas al naipe del rey Felipe III. La decisión de regresar a Nashville se presentó inesperadamente frente al espejo del cuarto de baño, ¿ocurrió antes de quedarme colgado frente a un tubo de pasta dentrífica?. La fotografía del inset del "No More Heroes" de The Stranglers (United Artists, 1979) muestra a la banda sobre un escenario de cloroformo mentolado, Hugh Cornwell y Jean-Jacques Burnell señalan con el compás de sus piernas abiertas el extraño significado de la masonería inglesa, la base rítmica (tan celebrada en este grupo) galopa en "I Feel Like A Wog", así es como observo el mundo hoy: "I feel like a wog / Got all the dirt shitty jobs".
Viajo a Nashville desde Chicago por 41 dólares, "hey Joe, a dead ringer!", los aun pocos transeúntes me contemplan bostezar desde las ventanas del Greyhound. Voy con la intención de organizar un Second Line en homenaje a JTE. Si, ahora lo puedo decir sin rubor, aun me emociona recordar aquellas galopadas de mi hija Marta por las suaves colinas de Hampstead Heath, volaba como la cometa de cien colores que todavía resguardo entre los pliegues rojizos de la vena disecada. Mientras me recreo en ese pensamiento, la Interestatal 65-S extendía su leve manto sobre un cuerpo dispuesto a dormitar las 9 horas del trayecto.
Hablaba antes de las notas medio olvidadas en mi teléfono móvil, un confuso maremagnum de ideas dispersas que igual mencionan frases sueltas de lecturas recientes, datos estadísticos de los playoffs de la NBA o bosquejos sobre futuras entradas en el blog. Cualquier comentario podría valer, desde los apuntes tomados sobre un libro de fotografías de Dennis Hopper ("Photographs, 1961-1967", Taschen 2018) hasta las hojas cuidadosamente dobladas del número de septiembre de Mojo, una nueva vuelta de tuerca sobre un Bowie ya eterno. El disco del mes en esa publicación inglesa lo dedican a Fontaines D.C., un combo al que estoy seguro me unen innumerables pintas de Guinness; en su última obra "A Hero´s Death" (Partisan Rcds, 2020), Carlos O´Connell, uno de sus miembros, se presenta voluntario, lo hace como el músico que pretendió unir Madrid (donde nació) con el Dublín del escritor irlandés Brendan Behan, un hobo que trabajaba disciplinadamente desde las 7 de la mañana hasta las 12 en punto, hora en que abrían los pubs de la ciudad.
Estaba diciembre de 2007 casi vencido cuando celebré los 50 años de la publicación del "On The Road" (Penguin Books, 1973) de Jack Kerouac; conduje por la N-IV camino de Cádiz, sin apenas dinero, son aquellas últimas luces de un motel de carretera en Manzanares las que aun brillan esta noche, mientras bordeábamos Indianápolis, en el cuarto de baño del motel aun se reconocía el fuerte olor de lejía, las huellas de mosquitos aplastados contra las paredes de la habitación aun mantenían sus cicatrices. Confieso que se trataba entonces de una huida con billete de ida y vuelta. Aquel viaje fue totalmente opuesto al de hoy, me muevo por una América en la que el supuesto mensaje anti-patriótico del "Monster" de Steppenwolf (Stateside Rcds, 1969): "the police force is watching the people / and the people just can´t understand", sigue teniendo vigencia.
Mientras la banda de John Kay se diluye entre un magma de teclados y latidos del añorado be-bop, a mitad de camino entre Louisville y Nashville, el Greyhound entra en la Rest Area de Munfordville; pago con tarjeta en el Woody´s Lounge para comer unos tacos de pollo al curry, las casas y edificios de los alrededores muestran profusión de banderas americanas. Peer Gynt afirmaba que cantar es entrar en nosotros mismos, así que el ro-ro-ro de los auriculares sigue hablando por mí. Entran en escena The Gun Club ("Miami", Sympathy for the Record Industry, 1982) y el pasillo del autobús se queda repentinamente estrecho. A golpe de run through the jungle, Jeffrey Lee Pierce aúlla emulando a un Elvis Presley remezclado en la hormigonera de los Million Dollar Quartet. Alguien parecido a Johnny Cash lanza al aire una cáscara de plátano, intento esquivarlo con cuidado, evitando el doloroso click de la nuca girando hacia la izquierda. Ya entramos en Nashville, me apeo en el 706 de Church Street, justo enfrente del conocido Highway 65 Records, un pitbull blanco me mira amenazador desde el zaguán del local.
Nashville apenas ha cambiado desde nuestro último viaje en marzo de 2018, cuando homenajeábamos a The Byrds y su "Sweet Heart of The Rodeo". Visitamos entonces los Columbia Studios, el Ryman Auditorium y el Country Music Hall of Fame, así que decido no acercarme de nuevo por esos lugares. Pido habitación en el mismo hotel de entonces, el Indigo Nashville de Union St., desde mi habitación en el piso 13 saludo a la vieja serpiente verdosa del Cumberland River. Decido volver a Church St. para dirigirme al meollo musical de la ciudad, el famoso Music Row. Atraído por el nombre entro en un local cercano, el Barcelona Wine Bar, pido unos champiñones a la plancha y unas patatas bravas, las copas de vino están por las nubes de modo que me conformo con una sangría bien fría. Por 25 dólares diría que he comido bastante bien, felicito a la camarera que me atendió, una estudiante nicaragüense con ojos de gata a la que intento impresionar con mi acento claramente castellano. Bajo después caminando por la 17th Avenue South y bordeo la Belmont Mansion para llegar al 3100 del Belmont Blvd., en tal lugar, en los famosos Sound Emporium Studios, grabó JTE en abril de 2019 su última obra, este "The Saint Of Lost Causes".
Si el "Harlem River Blues" es un disco que tiene a Nueva York como escenario principal, es la ciudad natal de JTE la que representa el protagonismo urbano en esta ocasión. Pero es un protagonismo compartido, Nashville se refleja en los textos del "The Saint Of Lost Causes" para extenderse hacia otras latitudes, Los Ángeles, Memphis, Flint City, Alameda, Cincinnati, Morgantown, Nueva York, Nueva Orleans, Wilmington. Los paisajes de la América metropolitana y rural, las autopistas, las vías férreas, los ríos navegables, las áreas de servicio, los caminos polvorientos se ofrecen a la visión del espectador enmarcados en una naturaleza exterior, a veces rica y variada, inmensas planicies, bellas tormentas en dirección suroeste, otras envenenada por la contaminación ambiental y la crudeza humana del entorno observado por el propio autor. Y entre toda esta escenografía cambiante, la música de "The Saint Of Lost Causes" propicia su escucha desde dentro, como si un poderoso pálpito arrullara al oyente, meciéndole en una visión cosmogónica de ojos rasgados. Es en ese ambiente donde la lírica, algunas veces pareciera autobiográfica, muestra al oyente los fantasmas del autor, sus frustadas relaciones familiares, sus adicciones, la innata soledad del ser humano, la codicia de la clase política, la maldad implícita de los hombres de negocios, la injusticia. El mismo título del disco, en definitiva, no deja de ser una apuesta por la redención, un envite que quedó definitivamente malogrado el pasado 20 de agosto.
No hablaré de "The Saint Of Lost Causes" sin mencionar antes a Chris Isaak (una clara referencia de estilo en buena parte del disco), el inicio de este primer tema homónimo cautivará a los seguidores del autor de "Silvertone" (Warner Bros. Rcds, 1985); en "Ain´t Got No Money" predomina un crudo stomper de barrelhouse amenizado por una armónica que ensancha su cadencia. "Mornings In Memphis" sigue por el sendero de Chris Isaak, bien entendido que la voz de JTE es claramente inferior en alcance melódico. Cierra la primera cara "Don´t Drink The Water", un corrido bluesero de impecable ejecución rítmica. Abre la segunda cara "Frightened By The Sound", la herencia isaakiana permanece aquí de nuevo, aderezada con un toque a lo Orbison, para dar entrada a uno de los momentos álgidos del disco, "Flint City Shake It", un blues saltarín amenizado por un endiablado estallido rockabilly, los coros consiguen que la estructura llamada-respuesta alcance magníficas cotas melódicas. "Over Alameda" marca el ecuador de la obra. El pedal-steel adquiere si cabe mayor protagonismo, los teclados refuerzan su tonalidad melancólica.
"Pacific Northwestern Blues" es otro de los momentos estelares, un swing definitivo, escuela Commander Cody, trota entre carriles de espuma hawaiana. En "Appalachian Nightmare" JTE renueva el country-folk de Woody Guthrie y Merle Haggard, el desarrollo de la canción se acomoda perfectamente con la secuencia cinematográfica de un texto claramente outlaw. En "Say Baby" (otro de los ochomiles de este disco) el blues primario de Son House brilla con luz propia, la armónica recoge el legado del "King Biscuit Time" de Sonny Boy Willianson, oro en polvo del mejor paisaje de Arkansas. Mr. Isaak vuelve a la palestra en "Ahi Esta Mi Nina" (sin acentos ni tilde que valga) y en el tema que cierra el disco, "Talking To Myself". En ambos el artista de Nashville se desliza por una pendiente de spoken-word (en realidad su voz, a veces demasiado plana, circunda esta atmósfera durante buena parte de la obra), orillada por luminosos efectos de pedal-steel, el americana-sound vuelve a reconvertirse en futuro de celeste bóveda.
Del anteriormente comentado "Harlem River Blues" repiten Adam Bednarik (producción y bajo eléctrico) y Paul Niehaus a la guitarra y pedal-steel. Joe V. McMahan, un guitarrista de Louisiana educado en la escuela de Dr. John, Professor Longhair y B.B. King (es además productor del último trabajo de una leyenda del Nashville-Dylan-Sound, Charlie McCoy, miembro destacado también de Area Code 615), participa llevando la batuta guitarrera durante toda la grabación. Le siguen Cory Younts, armonicista y teclados (procedente, al igual que Paul Niehaus, de los siempre recomendables Old Crow Medicine Show) y Jon Radford, a la batería y percusión (escuela Kenny Buttrey, Hal Blaine, Jim Gordon, Charlie Watts). Jon es un oriundo del estado de Tennessee, reconocido por su estilo conciso, en esta grabación sus baquetas revolotean en los platos como las avispas alrededor de las flores de lavanda. Con él he quedado en el Tootsie´s Orchid Lounge del Lower Broadway, una zona donde predominan los mejores garitos de música en directo de Nashville. Esta noche actuará con su grupo Steelism, una formación instrumental que representa lo más atrevido de la escena actual en la ciudad (la multipropuesta artística de Brian Eno, las composiciones de Ennio Morricone, la fuerza de Booker T & The MGs y The Ventures). La banda cuenta además con John Estes, antiguo bajista de unos Deer Tick de los que, poco a poco, me voy convirtiendo en ferviente seguidor.
28 ago 2020
NUNCA SUCEDE NADA
JUSTIN TOWNES EARLE "HARLEM RIVER BLUES"
Déjenme que les confiese un secreto, soy de las personas que desea que no ocurra nada trascendente durante lo más entrañable del verano, repelo ser testigo de cualquier noticia que merezca un solo titular de prensa, (entre nosotros) tampoco me interesa que suceda algo que sacuda el letargo de la víbora. Abro la puerta y el cartero no llama dos veces, riego las plantas y ellas siguen comportándose de la misma manera, antipáticas, sedientas, me ducho a diario y el cuerpo me acosa como cada mañana, reclamando su estúpida dosis de vanidad. Las persianas continúan sonando a carraca digital (apenas han cumplido cuatro años), son mis pasos arrastrados los que se sientan en las sillas volátiles de la cocina, noto en mi boca a menudo un sabor de frutos de pizarra, las manchas en las manos persisten en extenderse como un archipiélago de Hölderlin, etcétera. Como verán, nada de lo que les pueda comentar es digno de filosófico debacle, aun menos de ardua controversia ecuménica, ni siquiera el corrillo concentrado en el (ya no tan) concurrido césped de la piscina trastocaría la insulsa alabanza de la rutina. Pero insisto, a mí me gusta que nunca suceda nada, tengo esa manía, hostia, la de intentar que la jornada transcurra sin apenas sobresaltos, a la espera que cualquier acontecimiento, por chico que sea, se atreva a mandar todo a la mierda.
Lo hizo hace unos pocos días la noticia de la muerte de Justin Townes Earle, un artista al que sigo desde hace una década, hijo de un ciclópeo, apadrinado por la larga sombra de otro gigante de la desolación tejana; admirado, además de por su prometedora (y ahora lamentablemente truncada) carrera musical, por tener el insospechado detalle de palmarla en un día cualquiera de mi entrañable verano.
Mientras repaso el cuaderno de notas (realmente aprovecho para atusarme ahora los pelos de cerda de mi barba) observo las cubiertas de los dos únicos álbumes que dispongo de Justin Townes Earle, "Harlem River Blues" (Bloodshot Rcds, 2010) y "The Saint Of Lost Causes" (New*West Rcds, 2020). La imagen del primero siempre me impresionó; él (su figura anticipa un tanto el vómito final de Hank Williams), empapado en sudor a punto de larvas, los tatuajes de su cuerpo se revelan entre la tela de su camisa blanca; ella, pretendiendo esconderse tras la columna del hombro derecho de Justin (allí donde parece ser que luce tatuados la hoz y el martillo), ambos escurridos en un paisaje pegajoso de nubes bajas. El río Harlem a sus espaldas, un lineal de orilla baja entrecortada por el esqueleto de un puente de hierro completa el decorado. Todo rezuma humedad en "Harlem River Blues". Del "The Saint Of Lost Causes" hablaremos próximamente.
La grabación del "Harlem River Blues" se realiza en el House of David, mítico estudio localizado en el distrito Music Row de Nashville, epicentro de la industria de la música country americana. Allí, en uno de sus viejos edificios de la 16th Avenue South, se alojó durante una larga temporada el legendario David Briggs, mano derecha de Neil Young durante muchos años. De la mano de Skylar Wilson como productor y Adam Bednarik como ingeniero de sonido, Justin convoca a un buen elenco de distinguidos músicos, intérpretes acostumbrados a exprimir los mejores frutos del country, del blues, del soul, del gospel y del rock de raíces. Jason Isbell, ex-Drive-by-Truckers (por abreviar...), Ketch Secor, miembro de la prestigiosa Old Crow Medicine Show, Bryn Davies, bajista itinerante, regular en las bandas de Guy Clark, Steve Earle, Jim Lauderdale, actualmente girando con Jack White, Joshua Hedley, gran luminaria del sonido fiddle, Paul Niehaus, steel-guitar con Lambchop, Calexico y Yo La Tengo o Caitlin Rose, una de las voces femeninas más sugestivas y dotadas del Nashville contemporáneo, haciendo coros.
Desde el mismo inicio del nuevo siglo la ciudad de Nashville comienza una etapa que la lleva, apenas un lustro después, al puesto en el que hoy se encuentra, esto es, la incuestionable sede de la capital musical de los Estados Unidos. Muy pocos años antes, concretamente en 1999, Justin Townes se habia mudado a Chicago para intentar así educarse en su escuela de blues y del ambiente de la música callejera de la ciudad. Afortunadamente no todo lo que allí consigue es acrecentar sus adicciones, trabajar a destajo como pintor de brocha gorda y escribir un puñado de canciones (algunas de ellas aparecerían en su primera obra, el EP "Yuma" publicado en 2007); también se ve capaz de, además de actuar esporádicamente en varios garitos locales, moverse entre bambalinas y vincularse con los sellos independientes de la ciudad, aquellos que como Bloodshot Records le publicarán sus posteriores obras, "The Good Life" (2008), "Midnight At The Movies" (2009) y este "Harlem River Blues" en 2010.
En ese mismo año Justin ya lleva una temporada residiendo en Nueva York, aparentemente limpio desde 2004, aunque recaerá después de un accidentado final de gira en Indianapolis. Brooklyn se convierte en su nuevo hogar, en el año 2013 contrae matrimonio con Jenn Marie Maynard, a su hija la llaman Etta St. James, renovado ligamen con la aristocracia femenina del blues (hay que continuar con las viejas y buenas tradiciones). En una entrevista de la época, el artista confiesa que si su segundo nombre Townes fue imposición de un padre (...ya saben, Steve Earle), que tenía a Townes Van Zandt como una de sus mayores fuentes de inspiración, el de Justin fue consecuencia del capricho inesperado de una madre que adoraba al Justin Hayward de The Moody Blues.
La atmósfera rural country y blues impregna todo el metraje del "Harlem River Blues" y, teniendo en cuenta el escenario de un Nueva York mega-urbano ("Empire City") que amalgama, además, una parte no menor de la lírica del disco, esta dicotomía no deja de suponer una arriesgada apuesta por parte del artista. Sorprende gratamente que de la fortísima dinámica de una ciudad apabullante, excesiva, casi siempre inabarcable, surja un sonido que remite al oyente a los paisajes de Los Apalaches, "...it´s one more night in Brooklyn, / it´ll never match the beauty of a Tennessee spring", ("One More Night In Brooklyn"). Justin Townes Earle no deja entonces de utilizar todos los elementos a su alcance para conseguir este objetivo, transportar al oyente urbanita al mismo cruce de caminos en el que se conjuga la auténtica música de raíces americana. Desde el inequívoco galope sureño del título homónimo, hasta el trote rockabilly de "Move Over Mama" y "Slippin´And Slidin´", la influencia de las viejas composiciones de cuerda de Lead Belly y el espíritu itinerante de intérpretes legendarios como Woody Guthrie y Cisco Houston se manifiestan en los brillantes fingerpicking de "Workin´For The MTA" y "Wanderin´".
Ese ambiente de inmersión estilística, donde los distintos palos del americana no dejan de mezclarse (para de ese modo modernizarse), se sucede en el resto de los temas de este "Harlem River Blues". El blues melódico de "Christchurch Woman", aquí enriquecido por unos vientos que le otorgan un dulce sabor de soul de Memphis, retorno al steel-guitar y al fiddle sound en "Learning To Cry", los acordes de cuerda más parecen emitir lamentos; en "Ain´t Waiting", otro blues pleno de rockabilly, las líneas de bajo de Bryn Davies profundizan en el tempo de la canción, le otorgan un añejo sabor de claqué percusivo, el clásico stompin´sound de los barrelhouse sureños. "Roger´s Park" posee el hechizo del mejor Bruce Springsteen (el de la primera etapa), la guitarra de Jason Isbell se traslada a la mecedora del porche, el teclado de Skylar Wilson propicia que el tema consiga un apropiado carácter épico, un moderno himno a la desolación urbana, "This town´s dead tonight / I got no place to be / Moon is hung just right". El álbum, como todo trabajo que pretenda poseer cierto alcance, un significado que vaya más allá del mero entretenimiento, cierra el círculo con un reprise del tema principal, "Harlem River Blues". Si en la primera toma de la cara A, el ambiente de cierta celebración religiosa queda levemente matizado por los breves coros gospel de los puentes, en este segundo reprise esta atmósfera mortuoria (el tema habla de un plan de suicidio como solución final) queda reforzada por su contundente protagonismo. Como homenaje póstumo a Justin Townes Earle suena ahora la versión del "Will The Circle Be Unbroken" interpretada por la Nitty Gritty Dirt Band.
"Harlem River Blues" es un álbum que destaca además por una lírica profundamente romántica, un compendio de melancolía urbana y nostalgia rural (tan consustanciales a un género que considera el tiempo pasado como una de sus señas de identidad), que expone abiertas las numerosas e hirientes experiencias del protagonista, la profundidad de unas derrotas aun no completamente asimiladas, la búsqueda de una salida que permita vislumbrar el merecido reposo de un autor aun perseguido por sus fantasmas. "Lord, I´m goin´uptown to the Harlem River to drown / Dirty water gonna cover me over / And I´m not gonna make a sound". Según transcurre la audición del álbum el oyente tiene la sensación de que Justin Townes Earle encontró, por fin, ese ansiado descanso en su ciudad, en Nashville, un 20 de Agosto cualquiera cuando, en el mismo núcleo entrañable del verano, precisamente nunca sucede nada.
19 ago 2020
11 ago 2020
HALL OF FAME XII: NICK LOWE
NICK LOWE "THE IMPOSSIBLE BIRD"
Confieso que intenté evitarlo pero ese recuerdo se fue convirtiendo poco a poco en una obsesión, parecía como si nada fuera lo suficientemente importante, como si ninguna otra cosa tuviera bastante entidad para centrar mi atención. El caso es que aquella imagen se adueñó de mi de tal manera que barrió instantáneamente cualquier otra alternativa. Me encontraba en la terraza de un restaurante con mi madre, desde mitad del mes de mayo no la veía, mi hermana me había acercado hasta Madrid para vernos los tres, comer juntos y pasar después la tarde en su casa. Casi finalizando la comida entró en el recinto del local un hombre joven, ni su presencia ni su vestimenta chocaban con el ambiente de un barrio burgués y acomodado, se acercó a nuestra mesa y, antes de mostrarnos un surtido de calcetines nuevos con sus etiquetas, nos pidió disculpas por el atrevimiento de interrumpir nuestra conversación. Le miré con toda la mansedumbre capaz del "Sad Eyed Lady of the Lowlands" pero él ya adivinaba nuestra respuesta, en su semblante creí descifrar una innegable sensación de desesperanza, aquí no hay nada que hacer, esta negativa será multiplicada cada vez que me acerque al resto de las mesas ocupadas. Acto seguido salió de la terraza, comenzó a caminar sin rumbo por una calle levemente en ascenso. El Rey de Oros llevaba ya un par de días huido y el vecino más cercano ha izado una reluciente bandera nacional en su terraza por valor de un euro.
Debo decir que a veces las obsesiones, cuando vienen acompañadas de ese poso de belleza crepuscular que Dwight Twilley sabe impregnar a sus canciones ("Twilley", Arista 1979), pueden alcanzar pastos de confortable esplendor en la hierba. Necesitaba una reacción fulgurante después de reclamar a varios proveedores las entregas de compras hechas meses atrás, así que aparqué mi ira momentánea y decidí hacer justamente lo contrario, acogerme a la terapia de la lectura ininterrumpida. Al rato me concentré en la elección del siguiente protagonista de la sección HALL OF FAME, Steve Cropper, pero el vendedor de turno me confirmó no disponer del disco que andaba buscando, lo he debido vender y no lo he dado de baja en el catálogo, pero ya está pagado, inicio la queja, si lo prefieres te devuelvo el importe o lo cambias por otro del mismo valor. Para evitar más problemas elijo esta segunda opción y lo sustituyo por uno de Fats Domino (más un single de The Bluebells). Desechado forzosamente el guitarrista oficial del sello Stax decido otorgar este privilegio a otro músico; los americanos llevan ventaja, así que habrá que escoger entre algún autor inglés. Dave Edmunds es mi primera opción, estaría bien desempolvar su "Rockpile" (Regal Zonophone, 1971), pero al final resuelvo la cuestión en favor de Nick Lowe, la reciente mención en el blog de su concierto en Madrid con The Cowboy Outfit seguía estando muy presente en mi cabeza.
Aun siendo seguidor de Nick Lowe desde sus inicios discográficos en 1978, quiero decir como tal, con nombre y apellidos, ("Jesus Of Cool", Radar Rcds), ignoraba por entonces sus muy interesantes antecedentes de finales de la década anterior, desde su participación en formaciones como Kippington Lodge y Brinsley Schwarz hasta, ya iniciados los años 70, la de bajista del Rockpile original de Dave Edmunds. La noticia inicial de esas referencias colaterales, en esta ocasión en la labor de productor, creo haberla descubierto leyendo los créditos del primer trabajo de Elvis Costello ("My Aim Is True", Stiff Records, 1977). La lectura de innumerables revistas musicales sirvieron poco después para conocer un buen puñado de anécdotas, como el estrafalario viaje de la banda Brinsley Schwarz a Nueva York con motivo de su caótica presentación en el Fillmore East (anunciados como teloneros de Van Morrison y Quicksilver Messenger Service), o la generosidad del Lee Brilleaux de Dr. Feelgood para financiar de su bolsillo la creación del sello Stiff, conjuntamente con la grabación del primer single a su nombre de un Nick Lowe que ya destacaba, por entonces, como compositor y productor oficial del mítico sello inglés. En definitiva, la historia de la transición del pub-rock a la new wave, incluyendo el punk de Damned (él fue el productor del tema "New Rose", considerada la primera grabación de este estilo musical), pasa por las manos y la inspiración del londinense. Su curriculum, confirmo, no debería dejar indiferente a nadie medianamente interesado en este negocio.
Llegué hasta este "The Impossible Bird" a través de la caja que Proper Records editó en 2009 con el título de "The Brentford Trilogy". Acompañaban a este trabajo, inicialmente publicado en 1994 por Upstart Records, otras dos obras, "Dig My Mood" de 1997 (mismo sello) y "The Convincer" de 2001, también con Proper, compañía discográfica que, a partir del nuevo milenio, se repartirá junto a Yep Records las más recientes obras del músico inglés. Desde su gran éxito "Labour of Lust" (Radar Rcds, 1979), tan solo su recopilación "Nicks Knack" y "Pinker And Prouder Than Previous" (ambos en Demon Rcds, 1986 y 1988) estaban acumulando polvo en mis estanterías. Una lástima, porque parece ser que dejé pasar el inicio de lo que iba a significar un inesperado empuje en la carrera del artista británico, un salto cualitativo que marcaría la nueva dirección que Nick Lowe había ido fraguando desde años atrás.
Mírate al espejo Nick, vas a cumplir 41 años y las cosas no te van precisamente bien. Tu último disco "Party Of One" (Reprise Rcds, 1990) ha sido un fracaso de ventas, tanto que el propio sello ha decidido romper el contrato. Tu matrimonio con Carlene Carter está llegando a su final, de nada ha servido mudarnos desde Shepherd Bush hasta Brentford, un barrio más tranquilo pero con suficientes pubs como para seguir jugando al ratón y al gato. Lo sé, de hecho este "Party Of One" (con el valor añadido de Dave Edmunds a la producción), debería haber funcionado mejor, esa era mi idea, salir de una vez del viejo estereotipo de chico-para-todo, antiguo compositor-productor de éxito, juerguista y borrachuzo indómito (lo reconozco), y centrarme en crear un estilo más auténtico. Algo así como retomar de nuevo las semillas americanas (country, soul, rythm & blues) para labrar mi propio surco. Es una apuesta a largo plazo, quiero llegar a los 60 no de cualquier manera (ese viejo dinosaurio rememorando las viejas canciones del catálogo), sino como lo están haciendo gente como Bob Dylan, Paul Simon o Neil Young. Dos años después, el inesperado éxito de "(What´s So Funny´Bout) Peace, Love And Understanding", interpretado por Curtis Stiggers en la banda sonora del film "El Guardaespaldas", te ha proporcionado los royalties necesarios para dejar a un lado los ya acuciantes problemas económicos. El posterior encuentro en tu casa de Brentford (una remodelada mansión victoriana del año 1805) con tu viejo camarada Bobby Irwin (su prolongada estancia en Texas, participando en numerosas grabaciones con músicos de la escena de San Antonio), aporta las ideas necesarias para poner los cimientos. El siguiente disco a grabar, este "The Impossible Bird", será el momento adecuado para dar vida al proyecto.
Del triplete "The Brentford Trilogy" (todas son obras ganadoras) es "The Impossible Bird" el álbum que tiene mayor regusto country. Entendámonos, no alcanza la intensidad estilística del "Almost Blue" (FBeat Rcds, 1981) de Elvis Costello (exclusivamente referenciado como paradigma de lo que supondría la aportación de un artista inglés-new-wave al genuino estilo americano), se trata aquí de otra apuesta. En realidad "tan solo" hay un par de temas que suenan auténticamente americanos, "Trail Of Tears" y "I´ll Be There", el primero posee el inequívoco trote del genuino Memphis mestizo (Isaac Hayes más Jimmy Webb), el segundo el ritmo característico del Texas de Rodney Crowell. El resto, sin abandonar esas raíces, navega entre distintas influencias. La más clara, y la que otorga al disco su mayor encanto, es la que aporta la propia experiencia musical de Lowe. Si en varias de ellas, "Soulful Winds", "True Love Travels On A Gravel Road" (la versión de referencia es la de Elvis Presley), "Where´s My Everything", "Drive-Thru Man" y "14 Days", suena el antecedente rythm & blues de Brinsley Schwarz, en otras como "12-Step Program (To Quit You Babe)" y "I Live On A Battlefield" es el rock melódico del Rockpile de Dave Edmunds el que lleva la batuta.
Mención a parte para las baladas en este "The Impossible Bird". "The Beast In Me" requiere, no hay otra, su equiparación con la versión que Johnny Cash hizo en su "American Recordings" del mismo año. Ambas desnudas de instrumentación, apenas una guitarra acústica y un teclado, la voz de Johnny más profunda, con mayor carga emotiva, la de Nick ligeramente más suelta, más cristalina. Creo que aquí Lowe piensa en Cash cuando canta, mientras ambos se confabulan para dejar atrás sus demonios personales. "Shelley My Love" posee ese tono de himno épico, la voz de Nick está iluminada por el eco de una lírica de melancólica belleza. En "Lover Don´t Go" y "Withered On The Vine" viene a ocurrir prácticamente lo mismo. Instrumentación apagada, la voz de Nick protagonista, su emotiva entonación recoge el testigo de los grandes baladistas del soul americano, Sam Cooke, Al Green, Ray Charles.
Otro apunte digno de mención es la colaboración de Neil Brockbank (antiguo bajista de The Hitmen, una banda de corta vida y cierto impacto) en las labores conjuntas de producción. Siguiendo las pautas de las tradicionales grabaciones de los intérpretes de jazz, las tomas se recogen en exclusivo directo, los micrófonos quedan colocados junto a los instrumentos, nada de overdubs ni filtros posteriores en el estudio. Los locales donde tiene lugar este experimento son distintos centros de actividades situados en la misma comunidad de Brentford, ocasionales salas de reuniones de boy-scouts y salones de juego, cines clausurados, viviendas anexas al mítico pub The Turk´s Head (superviviente al Blitz de la Luftwaffe), todos ellos pretenden remarcar, además del inmarcesible carácter británico de los protagonistas (en muchas de las canciones Nick da preferencia al acento puramente inglés), su apuesta por la cercanía de un espacio que posibilite la mejor colaboración entre los músicos. Ellos, Bobby Irwin (aquí aparece como Robert Treheme) a la batería, Bill Kirchen, guitarra, Paul "Bassman" Riley, bajo, el gran Geraint Watkins (¡que gran sustituto de Paul Carrack!), teclados y guitarras, y Gary Grainger, fuzz en "I Live On A Battlefield" están considerados, desde entonces, como una de las mejores bandas de acompañamiento de Nick.
El envite funcionó Nick, mírate ahora con tus 71 años, en forma, esbelto, sobrio, elegante, (ignoro si la dentadura es la original), tu matrimonio con Peta Waddington dura ya dos felices décadas, dejaste el tabaco cuando nació tu hijo. Desde este "The Impossible Bird" estás mucho más centrado, el éxito ocupa para ti el lugar que tú mismo has decidido otorgarle (refrendado además por tus numerosos e incondicionales seguidores), el del artista que corrigió a tiempo su rumbo, que supo retomar su brillante historia para impulsarse hacia una etapa más auténtica, más comprometida con el altísimo nivel (para bien y para mal) en el que siempre te has movido. Tus nuevas grabaciones con Los Straitjackets, una formación instrumental americana que reivindica el rock´n´roll como puro espectáculo, te ha colocado en otra esfera, más placentera, más lúdica si cabe, aquella en la que el jubilado decide no jubilarse, tan solo cambiar su tiempo pasado por tiempo presente, real, productivo. Enhorabuena Nick y, de verdad, muy agradecidos por lo que nos toca.
30 jul 2020
ABECEDARIO MUSICAL: LETRA B
THE BLUEBELLS. "SISTERS"
Hacia finales de Marzo de 1985 The Bluebells se estrenan en Madrid actuando en la sala Astoria del Paseo de Extremadura. Debido a la alta demanda de entradas los promotores se ven obligados a ampliar en una fecha más los conciertos previstos de la banda escocesa. Nuestro invitado es uno de los numerosos asistentes de la última convocatoria y se coloca con antelación en la primera fila de la azotea, buscando así la mejor vista posible sobre la platea principal del local. Lamentablemente manifiesta no tener un recuerdo especial del evento, ni siquiera el asomo de una melodía, tampoco le queda el regusto urinario de la cerveza bebida. Nada parecido a las imégenes de un Nick Lowe and The Cowboy Outfits que actuaron en el mismo escenario unos meses antes, aun retumban en sus oídos los aplausos y los vítores cuando Nick presenta a los miembros de la banda. Paul Carrack (Ace), teclados, Martin Belmont (Ducks Deluxe), guitarra solista, Bobby Irwin (ocasional músico de sesión con Van Morrison), batería y el propio Nick al bajo y guitarra rítmica. Si algo recuerda bien son los acontecimientos posteriores al segundo concierto, cuando a la salida de la Sala Astoria se produjo el encuentro inesperado del que me han encargado dar seguidamente cuenta. The Bluebells arrastran desde entonces una suerte de memoria felizmente adulterada, una experiencia narrada al margen del propio acontecimiento del que los escoceses fueron parte fundamental.
Era pasada ya la medianoche y evoco con agrado la manera en que nuestro invitado caminaba, tan satisfecho de poder gobernar un cuerpo joven, aun sin defectos. Desde el Paseo de Extremadura el pavimento se desenrollaba como una alfombra, caía suavemente en dirección al Puente de Segovia. Fue allí, poco antes de llegar al primer vértice de la piedra roqueña, cuando se encontró con la pareja menos utópica de la noche. Desconozco si llegó a sentir una sensación parecida a la que yo tengo ahora cuando he observado a una mujer mayor cruzando la calle; me invadió entonces ese agradable olor de bondad envuelto en un pañuelo de encaje (los surcos de perfume se deslizaban entre las puntillas de su vestido violeta), desde sus hombros brillaba la intimidad de la madre de familia numerosa, de viuda honesta, su soledad parecía amplificada por décadas de espejos. Cerca ya de cuarenta años y los personajes siguen empeñados en situarse en ángulo recto con respecto al suelo, la dimensión visual de la vida apenas ha cambiado, tan solo en los momentos de simulación los planos parecen torcerse, propiciando de esa manera algún efecto más sugerente, más atractivo.
The Bluebells forma parte de la generación indie - new wave escocesa de la primera mitad de la década de los 80. Sus coetáneos en estilo fueron bandas como Aztec Camera u Orange Juice, aquellas formaciones que, siguiendo la estela de The Byrds, utilizaban el jangle-guitar sound de las Rickenbackers de 12 cuerdas como una variante aun más electrizada del power pop. Si a esta estructura básica le añadimos una querencia natural por la tonalidad bluegrass en muchos de sus arreglos, tendremos unas credenciales suficientemente claras para saber en qué atmósfera musical se movía la banda de Glasgow. Sus miembros, Robert "Bobby Bluebell" Hodgens (guitarra rítmica y principal compositor), los hermanos McCluskey, Dave (batería) y Ken (voz y armónica), Neil Baldwin (bajo) y Craig Gannon (guitarra solista) graban este "Sisters" (London Recordings) en diferentes estudios de Inverness y Londres en ese mismo año anticipado por George Orwell.
El domicilio de la pareja menos utópica de la noche estaba situado en la Plaza de Cascorro número 3, piso 3º letra C. Se accedía desde la calle por un viejo y enorme cuarterón de madera y, si acaso ascensor, seguramente estaría formado por unas puertas de gruesa malla negra alrededor de los rellanos, cabina de imitación de caoba crujiente, taburete extendido de terciopelo desgastado y espejo de lágrimas somnolientas. La casa consistía en un gran salón abierto a las demás estancias, hall de entrada con ánforas iluminadas, comedor rústico, pequeña sala de estar con mesa camilla, brasero antiguo de cobre macizo, cocina retranqueada más cuatro balcones repletos de hortensias y jacintos. Dos columnas de relieve industrial pintadas de blanco dividían la sala, al fondo un piano de pared y en el lado opuesto un murallón de ladrillo visto con grandes posters enmarcados en cristal apoyados desde el suelo. Instalado en un cómodo sofá de tapicería gris el invitado me comenta cómo el tiempo empezó a girar en espiral, los anfitriones ofrecen sus mejores combinados, surtidos de snacks (por el que andaban enfurruñados una pareja de gatos siameses) y postura marroquí. A intervalos suena The Doors y su "Riders On The Storm" o un bolero interpretado por uno de ellos al piano. Aunque las palabras eran lentas se hablaba mucho de pintura (eran buenos aficionados y avispados coleccionistas), de viejos recuerdos de la pandilla en los veranos de Santander, de viajes recientes. Como presente le ofrecen, además, dos primorosos magazines en exclusiva mundial. Me indica añada que el ambiente de la velada nocturna era plenamente metasensual (cualesquiera que sea este su significado).
"Sisters" es un disco logrado, cabal, a pesar de ser fiel hijo de su época ochentera, el paso del tiempo en absoluto lo traiciona. La cara A es más pop, la B un poco más roquera. Entre las de la primera cara destacan todos los temas en general, desde los mayores hits "Young At Heart" (compuesta por Bobby Bluebell junto a su novia Siobhan Fahey, entonces en Banararama, y el violinista Bobby Valentino) y "I´m Falling", canciones de inspiradora gracia e indudable potencia melódica, hasta "Everybody´s Somebody´s Fool", "Will She Always Be Waiting" y "Cath", los riffs se suceden naturales, sin artificios, los coros añaden chispa juvenil, los arreglos de viento y cuerdas adulta profundidad. La banda suena perfectamente conjuntada, la voz de Ken McCluskey resulta convincente, modulada al espíritu de cada tema, el galope de la instrumentación crea un efecto de celebración compartida.
En la cara B las aristas adquieren mayor presencia. "Red Guitars", "Syracuse University" y "Learn To Love" son temas donde se ejemplariza el mejor jangle-pop con regusto de puentes roqueros, sigue primando allí la melodía, como en sus hermanas de la cara A, pero hay mayor espacio para las guitarras ácidas. "South Athlantic Way" y "Patriot´s Game" entran en la liga de las baladas, la primera posee mucha mayor galopada rítmica, la segunda (arreglo lírico obra del escritor dublinés Dominic Behan sobre una composición tradicional irlandesa, "The Merry Month Of May") adquiere más contenido épico, mayor emoción interpretativa. Ambas canciones otorgan a este "Sisters" un trasfondo de cierta reivindicación política (guerra de las Malvinas, controversia sobre las actividades del IRA, crítica a los nacionalismos violentos...) y se ensamblan en un todo lírico que, a pesar del indudable tono festivo del álbum, no deja de otorgarle su esquina levemente oscura.
La carrera de The Bluebells apenas dura dos años más desde la publicación de "Sisters" en Julio de 1984. Vendrían después una serie de reunificaciones que, auspiciadas principalmente por el empleo de su exitoso "Young At Heart" en un anuncio publicitario de la marca Volkswagen, les pondría de nuevo en el candelero a principios de la siguiente década. Nada que ver con la frescura y empuje de su primera época. Competían entonces en la (tan típica) apreciación de "gran esperanza blanca" de la prensa especializada británica, y lo hacían con toda la razón a su favor. Sus principales composiciones, recogidas todas ellas en su primer EP ("The Bluebells", Sire, 1983) y en este "Sisters" (de hecho, este trabajo puede considerarse como un álbum de singles), atestiguan su paso por los más variados escalones de las listas de éxito; sus actuaciones a lo largo de toda la geografía inglesa y europea certificaban el favor y la preferencia de un publico entregado. Aquel Marzo de 1985, en su actuación de Madrid, se encontraban en plena forma, en la cresta de la última ola new-wave; su pop-rock se enriquecía con ese toque especial de malta escocesa que Lloyd Cole and The Commotions elevaron al rango de atemporal obra de arte ese mismo año ("Rattlesnakes", Polydor, 1984)
Aun manteniendo ese marco típico del collage que tantas bandas británicas han utilizado, el diseño de la portada se aleja (afortunadamente) de la iconografía pseudo-patriótica de bandas como The Who Y The Jam. Aparecen mezcladas imágenes del paisanaje escocés (incluidas fotografías de los miembros de la banda) con alegorías y símbolos de variado tipo, desde personajes como Picasso, Stalin, Eddie Cochran armado con su Gretsch 6120 (el solista Craig Gannon muestra el mismo modelo de guitarra en muchos de los vídeos revisados de actuaciones del grupo), más los ídolos futbolistas Bobby Charlton y Billy McNeill, hasta figuras de moteros americanos, motivos religiosos y homónimos productos de limpieza de mobiliario doméstico. Todo ello inmerso en un gran globo multicolor que parece querer representar las distintas influencias anejas a la banda.
A menos que se me haya olvidado algún detalle (cosa demasiado corriente en un hombre de mi edad) creo recordar que nuestro invitado volvió a ver a la pareja menos utópica de la noche algunos años después. Curiosamente fue cuando coincidimos en los funerales de varios miembros de la familia de uno de ellos, el de su hermano menor (yo le vi con vida poco antes, sin saber que era la última vez que lo hacía, en un concierto de Kaka de Luxe y Paraíso en el Teatro Martín), y en el de su padre. Por aquella época se habían trasladado a la calle Mesonero Romanos, casi esquina con la del Carmen, el piso, más moderno y confortable, aunque mantenía la parafernalia propia de dos bohemios ilustrados, no tenía ni de lejos el encanto del antiguo. El invitado me confesó que en ese triste y último encuentro tuvo la impresión de haber sido llevado hasta allí como un mero espectador, nada que ver con el papel de brillantes personajes jugando la partida de su primera reunión fortuita. Le comento que tal vez fuera así mejor, observar la vida desde el burladero, siempre cobijados, como simples testigos mudos, sin riesgo de equivocarse, subsistiendo sin atreverse a dar demasiados pasos adelante. No sin un leve atisbo de melancolía, me confirma que desde entonces no ha vuelto a saber nada de ellos. Tampoco lo he hecho yo.
20 jul 2020
VIDA PRIVADA
Espero al vuelo de la bella mariposa de tres colores para conciliar el sueño. Suena "The Live Adventures of Mike Bloomfield and Al Kooper" ( Edsel Rcds, RE 1988) y el guitarrista de Chicago permanece internado en un hospital de San Francisco después de sufrir un colapso en la tarde del 27 de septiembre de 1968. Como un autómata, sigo las líneas blancas de los pasillos para encontrarme con el equipo médico, con las enfermeras encargadas de las curas; desde las pantallas colocadas en las paredes de las salas de espera reverberan los códigos de los pacientes citados a consulta. Llega mi turno, me doy una palmada de ánimo en la nalga izquierda. Mike Bloomfield, aquejado de insomnio crónico, lleva cuatro largas noches sin dormir. Con el peso de la adicción jugando en su contra, cinco años después, pega la espantada a mitad de la primera semana de grabación del "Triumvirate" (Edsel Rcds, RE 1987) junto a Dr. John y John Hammond; me voy a ver a Flip Wilson, dijo a sus compañeros (aparentemente harto del insoportable ambiente de lucha de egos), ¿quien demonios es ese tipo?
Originalmente publicada en 1932, la novela "Vida privada" de Josep María de Sagarra relata la decadencia de la aristocracia barcelonesa. Rica en escenografía de interiores, se exhibe (sin tapujos) la podredumbre moral de la alta sociedad urbana. No caben aquí bufones ni tampoco tipos esperpénticos (aunque las embadurnadas cortesanas catalanas del dictador Primo de Rivera también tengan su sitial), los personajes desfilan por una platea repleta de chantaje, dolor y crimen, los supremos cínicos se mueven como peces en esta ciénaga repleta de imperfección. Esta edición (ad maiorem gloriam del propio autor), se completa con los interesantes comentarios de Félix de Azúa, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Del ambiente sórdido de la gran urbe catalana pasamos a la escena rural gallega de Emilia Pardo Bazán en "La madre Naturaleza" (Cátedra, 2019). Si en la obra de Segarra prima el Zola original, en su naturalismo determinista, doña Emilia se acoge a la versión espiritualista y cristiana. La Naturaleza, gran protagonista de la novela, justifica el destino inapelable del amor adolescente, haciéndole triunfar frente a un mundo de adultos, donde priman las tradiciones, los intereses económicos y las convenciones sociales. La novela, siguiendo el canon del género, culmina su trama de forma abierta, el alejamiento final de los jóvenes personajes supone el sospechado epílogo ante la futura relación matrimonial, obviamente sacramentada. Sin rebajar para nada la calidad de esta obra, me gustó más la Pardo Bazán en "Los pazos de Ulloa", su inmediato antecedente.
Paseo por el nuevo jardín tras pernoctar sobre un tálamo de acero. Fotografío su exuberancia a primera hora de la mañana, cuando la brisa aun permanece virgen entre sus senderos. Los colores son los del verano del antebrazo, su tiempo no ha llegado aun al cenit acelerado del canto del grillo. El contraste entre el edificio y la fronda que lo rodea se asemeja al del albero desleído entre las hojas del puerro. Bajo al pueblo para recordar sus esquinas de granito, las avenidas arboladas y las curvas arqueadas del agua de sus fuentes. Los transeúntes se desplazan en silencio, ocupan el espacio arrastrados por el destino del carrito de la compra. De vuelta al porche, la casa permanece sumida en la quietud de sus vigas maestras, la órbita de los árboles que la rodean se asemeja a una gigantesca claraboya transparente. En esos momentos no hay más banda sonora que la del recuerdo; mientras fijo la mirada en los altos setos que separan el jardín de la carretera suena "Europe" de Blondie ("Autoamerican", Chrysalis Rcds, 1980), también lo hace el "Variations on a Theme by Erik Satie (1st and 2nd Movements") de Blood, Sweat & Tears (disco homónimo, Columbia Rcds, 1969).
De Cormac McCarthy tengo pendiente su primera novela "The Orchard Keeper". Recuerdo que mi hermano me comentó que leyendo a McCarthy le parecía estar escuchando a Creedence Clearwater Revival. Empecé su lectura y al poco la dejé inconclusa, su inglés me pareció demasiado americanizado, un punto más allá de la mera resonancia de las palabras, una suerte de habla de germanía a la que por entonces no estaba dispuesto a enfrentarme. Leyendo estos días atrás "Meridiano de Sangre" (Debolsillo, 2007) he conseguido una cierta reconciliación con la obra del autor de Rhode Island. Me ha arrebatado la descripción de su geografía, las fronteras del desierto de Sonora entre Arizona, Nuevo México y Texas. También lo ha hecho la exposición de su trama y la fuerza de los personajes; la atmósfera de la novela se detalla con una crudeza casi insoportable, la tensión se mantiene hasta un final que no dudo en calificar de colosal. Raymond Carr y su "España, 1808-1975" (Ariel Historia, 1984) es de obligada lectura para todo aquel interesado en conocer los orígenes y causas de nuestro presente. Me han parecido mucho más interesantes los capítulos dedicados al siglo XIX (incluyendo los prolegómenos de la época de la Ilustración del siglo anterior), hasta el momento de la debacle de 1898. El resto del libro transcurre amenamente, la precisión sintáctica de la prosa del hispanista inglés mantiene el interés de su lectura, evitando en todo momento que la multiplicidad de datos históricos, referencias y notas aclaratorias, se conviertan en asunto farragoso para el lector.
Al término del segundo día acabé por acostumbrarme al tálamo de acero. El hábito de la mañana siguiente continuó su curso. Lo hace más atractivo el plan de una comida fuera de casa, así que ese mismo instante se prolonga feliz ante un seductor evento gastronómico. Ese ahora imaginado comienza a propagarse gracias a sus primeras ondulaciones, ensancha su contenido sin darse cuenta del itinerario al que se dirige. La espiral se destensa y apenas traspasa la superficie completa de la piscina. Los zancudos surfean entre la rompiente de la pequeña marea, intento comprender sin éxito la parsimonia de su deslizamiento. Una avispa ha caído al agua y lucha por subsistir más allá de las cuatro semanas de vida, las abejas se posan en las flores de la lavanda, atraídas por el penetrante olor que ayuda a las parturientas. En este decorado el fondo musical queda lamentablemente indefinido, no surge de la memoria ninguna melodía; salvo el sonido de los vehículos circundantes, el motor de una avioneta lejana o la percusión sorda del aire caliente, transcurre un silencio estruendoso.
Enfrentarse por primera vez a todo un clásico como Juan Valera supone un reto, también una incógnita para el lector primerizo. Un autor tan celebrado, tan encumbrado por la crítica y la historiografía literaria, puede que cause, de entrada, un exceso de respeto. Ese superavit de reconocimiento ajeno creo que molesta al novelista cordobés, le hace parecer demasiado ostensible y, por lo tanto, sin aparente necesidad de nuestra atención y probable afecto. La lectura de su obra más reconocida, "Pepita Jiménez", me ha producido, debo reconocerlo, un gratísimo placer. La estructura de la novela, voz epistolar en la primera parte ("Cartas de mi sobrino"), palabra de un protagonista aparentemente indefinido en la segunda ("Paralipómenos"), y conclusión del círculo con mezcla de las dos anteriores ("Epílogo. Cartas de mi hermano") en la tercera y última parte, mantiene intacta la atención de la mariposa sobre la adelfa. Personajes, narrador, sacerdote, viuda, se expresan cultamente (Azorín se quejaba de la ausencia de auténtica habla popular en los diálogos de no pocos autores del XIX), y a mí personalmente esa forma narrativa me gusta cuando me enfrento a la novela de época. El carácter costumbrista de la Andalucía rural de entonces queda especialmente bien reflejado. Valera, escritor naturalista pese a él mismo (como lo definía su amigo Menéndez Pelayo), conoce de primerísima mano el ambiente en el que se mueve y, lo que es más importante, transmite al lector el gusto por la multiplicidad de colores e impresiones de los pequeños pueblos campesinos. Verdadero paliativo compensatorio ante la crudeza de tantos otros novelistas especialistas en el relato del paisaje urbano, dicho sea de paso.
Concluir con Francisco de Quevedo, personaje irrepetible y fascinante (Jorge Luis Borges le considera como el mejor poeta español de todos los tiempos), viene a ser la guinda del pastel en esta última hornada de lecturas comentadas. Para no empalagar, seré por tanto breve. Prefiero de esta antología sus poesías metafísicas, líricas y satíricas, antes que las amatorias (sin desmerecer de estas últimas). En cualquier caso, la riqueza del lenguaje de Quevedo es portentosa, a tan alto nivel llega su deslumbrante talento que es capaz de crear numerosas palabras antes desconocidas o, en la pirueta del trapecista sin red, desarrollar su convencional significado hasta límites anteriormente ignorados. Magnífica la edición de Fernando Gómez Redondo en esta "Antología Poética Comentada". Tanto los apuntes del extenso prólogo, como las sucesivas notas de pie de página, ayudan al lector a profundizar en el verdadero y controvertido carácter del escritor madrileño, ahondar en la convulsa época que le tocó vivir, sirviéndole, además, como necesaria orientación para conocer los distintos y prolijos estilos y corrientes literarias en los que Francisco de Quevedo vino a desarrollar su obra.
Al maestro Juan Marsé.
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