HOME                     LINKS                       CONTACT                      

6 may 2020

ARTES PLÁSTICAS



MEGA CITY FOUR                              "WHO CARES WINS"
La estoy viendo ahora, al bajar por las escaleras (y ya dentro del recinto de la galería de arte, girando hacia la derecha), sentada en una mesa tipo secretariado, la librería del despacho repleta de libros, carteles enrollados y catálogos de pintores de la casa. La pequeña estancia se encuentra iluminada por el brazo caprichoso de una lámpara, la adorna una pantalla vainilla de papel de acordeón, el ambiente posee un eco mortecino, transpira cierto recogimiento de confesionario. Las paredes de la nave principal, situada a pie de calle, están tapizadas por una fina tela de color verde perla, el piso enmoquetado se encuentra ya algo desgastado, en la mitad de la pieza se alinean simétricamente un par de divanes corridos con respaldo medianero, sus muñidos cojines (de un rojo cardenal que hace tiempo olvidó la sangre de los mártires) sirve de consuelo y meditación a los culos de los visitantes.

Ella ronda los ventipocos años y cualquiera aseguraría que se encuentra en la flor de la vida. Aunque no de gran altura, bien proporcionada de talla y talle, luce miembros homogéneos y manos ágiles. Contemplo su cara redondeada, de pómulos aquietados por una belleza que asalta la visión del forastero atento, su pelo negro adquiere ribetes azulados cuando algún rayo de sombra la coge desprevenida. La boca gustosa y con anhelos de humedad, cuando sonríe muestra una dentadura perlada y uniforme, sobre el labio superior se vislumbran los restos de un gracioso vello facial nacarado. Habla con el tono de voz de las mujeres del centro del país, sin apenas acento, con un sonido que bien pudiera imitar al del remo salpicando el agua en el estanque o al de las teclas blancas sonando en un piano perfectamente afinado. Camina erguida, con pasos cortos pero seguros, imponiendo su palmito, balanceando sus brazos mientras sopesa lo que debe hacer a continuación.

Aunque puedan existir antecedentes de pinceladas de Rembrandt y Gauguin en sus entonces jóvenes pupilas, él confiesa que se aficionó a la pintura gracias a ella, de hecho antes de quedar le gustaba visitar otras tantas exposiciones localizadas alrededor de donde estaba ubicada su galería, así entraba en calor, decía él. Le gustaba llegar un poco antes del cierre del mediodía para ver las pinturas y colecciones de esa temporada, la gran mayoría de artistas catalanes del siglo XX. Traía consigo algunos catálogos que había cogido en sus anteriores visitas y se los enseñaba mientras compartían comida en cualquier cafetería cercana. Ella le hablaba de Grau Sala, de Simó Busom, Joaquín Mir, Miquel Vilá, Ramón Casas, Isidre Nonell, de la familia propietaria, descendientes del poeta Joan Maragall, de la calle Petritxol número 5, en Barcelona, donde se encontraba la galería matriz (la más antigua de España, decía ella), cruzando por La Rambla a la altura del mercado de La Boquería, en el mismo corazón de la Ciutat Vella. Algunos años más tarde él pasaría por allí, asomándose tímidamente creía verla en la figura de otra mujer, también sentada en una mesa tipo secretariado, sus miradas coincidían un instante y en su gesto de sorpresa adivinaba su pensamiento, de qué me suena a mí este hombre.

Resuelvo proyectar ahora (con el rigor de lo verídico) lo que ha sucedido cuarenta y cinco años atrás. El era un soñador, lo guardaba todo, hasta las cosas más insignificantes le valían si su intención fuese recuperar una memoria que con el paso del tiempo iría perdiendo. Lo veo ahora, abriendo la vieja maleta de cuero con cierres metálicos, las cantoneras deshilachadas, en las manos sostiene una carpeta de cartón azul donde contempla las pinturas que realizó inspirándose en los cantos de "La Ilíada" de Homero, otras tantas sugeridas por algunos sueños dispersos, además de los borradores escritos para una tela que con gran éxito expuso en el trastero de su casa. Encuentra también los dibujos a cera realizados durante el servicio militar (una época muy prolífica, de allí también surgieron los primeros diarios y cuadernos de notas). La pintura se convirtió entonces en algo fascinante, el nacimiento a un nuevo mundo repleto de espacios libres, de formas y colores, él se convertía en el repentino amo de los paréntesis, podía completar los intervalos o dejarlos en suspensión; la fotografía apareció poco después, con su primer sueldo compró una cámara Yashica FX-2, salió a la calle con el arrojo de Bernard Plossu. Se dirige ahora a la estantería y abre el álbum más antiguo, aparecen aquellas fotos reveladas con el equipo que ella le regaló unas navidades, algunas han adquirido ya una pátina de daguerrotipo de siglos pasados.

Mega City Four fue una banda indie de finales de los 80, coincidió su resplandor cuando la ciudad aun se agitaba entre óleos y pasarelas de todo tipo de artistas (si, también hubo impostores), las guitarras sobrealimentadas de los de Farnborough participaron en la fiesta colectiva. Las galerías de arte eran entonces jardines florecientes, sus estancias siempre repletas de atrevimientos inesperados, de esculturas rotas, de lienzos de jazmín y sopas de cáñamo. Veo a los dos protagonistas pocos años después, ella en la cama, adormilada bajo la luz de la lámpara de la mesilla de noche, él bailando descalzo sobre las baldosas del salón (repasó antes poesías antiguas, prisionero del miedo frío de la taquicardia). Suena "Who Cares Wins" (Decoy Records, 1990) y ha estado contemplando previamente los catálogos de las exposiciones que el ayuntamiento organizaba entonces bajo el epígrafe de "Muestra de Arte Joven". Reconoce que se dejaba llevar por ese tipo de influjos, a la forma pura de los colores añadía una vibración corporal que desembocaba en el descontrol agradable de la vida. En esos momentos la música de Mega City Four expandía todo su poder simbólico, ocupaba un significado preciso bajo el arco voltaico del acueducto.

"Who Cares?" abre la cara A y el torrente eléctrico de las guitarras de Wiz y Danny Brown se apodera de la galería. La batería de Chris Jones ataca las posiciones del enemigo común parlamentario, el bajo de Gerry Bryant apenas se percibe, predomina el estruendo embellecido, prevalecerá esa dirección durante todo el disco. En "Static Interference" Gerry ya entra con más fuerza, sus líneas de bajo apoyan con soltura el pálpito del tema, las voces de Wiz y Danny acompañan y mejoran los riffs de las guitarras. "Rose Coloured" refuerza ese baile pogo de las primeras filas del concierto, los coros y la firme empuñadura de la percusión elevan la fuerza rítmica. En "Grudge" sigue el torbellino, no hay tregua posible, el famoso muro de sonido P.S. revienta a golpes de taladradoras. "Me Not You" queda en la memoria gracias al prodigioso redoble percusivo de Chris, en "Messenger" la fuerza de la melodía se asienta entre las estrías de los coros, los cortes rítmicos le otorgan un carácter de after-hours entre sábanas descosidas. Cierra "Violet", sigue la presión sobre el oyente, su masa muscular queda reforzada por el bajo de Gerry, entre tanto ejercicio de baile atolondrado todavía queda hueco para puntear unas cuerdas imaginarias.

Nadie arroja agua desde el escenario, el lugar que ocupan los exhaustos asistentes al concierto permanece al rojo vivo, hirviendo, de eso se trata. "Rail", el primer corte de la cara B, los mismos volantazos a un lado y otro del asfalto, seguimos volando hacia el próximo tramo cronometrado. "Mistook" le sigue, ya se dejan ver algunos cuerpos sustentados por cientos de manos abiertas, la vitalidad de la peña encorajina aun más a los miembros de la banda. "Open", ....you all bloody bastards, want more?, aquí tenéis medicina de la buena, una auténtica explosión de puro hardcore melódico británico. "Revolution" acerca aun más al oyente a la memoria de la juerga entre lechuzos, amigos de tantas noches de coches de choque y banderines de colores. "No Such Place As Home", estos tíos no pueden ir en serio, en ninguna mente cabe la idea de largarse a casa con la que están armando. "Storms To Come", ¡no puede ser!..., parece que se toman un respiro, el tema adquiere un tono inicial sosegado (como si viéramos a Cat Stevens orando en la Mezquita) y, salvo los puentes rabiosos (reforzados por una magnífica guitarra que suena como un violonchelo oxidado), pareciera que van reduciendo la velocidad de los motores. "Balance", no hay mejor título para resumir lo que esta obra significa. En un fiel de la balanza, el puro regocijo del mejor y más potente indie inglés de la época, en el otro una fiesta, brazos arriba, es este nuestro territorio y no lo vamos a soltar tan fácilmente motherfuckers.

El viernes 30 de octubre de 1992 Mega City Four actúan en la sala Revolver de Madrid (allí esta él, no en ese concierto, en otro de Mudhoney pocas fechas antes) y en la misma fecha Pablo Carrero publica un artículo en la sección "Música" del diario ABC alabando al grupo. Glosaba su estilo, lleno de canciones inmediatas, rebosantes de espíritu nuevaolero, potentes guitarras y melodías sencillas y urgentes. La influencia -puntualiza- de grupos como Undertones o Buzzcocks era felizmente evidente. Porque Mega City Four fue una grandísima banda en directo él ha querido revitalizar su memoria echando un vistazo a su concierto en Finsbury Park, también en ese año de las Olimpiadas. El añorado Wiz se mueve en el escenario como Jackson Pollock lo hacía en su action painting, sus piernas en constante movimiento, cimbreándose como un junco, las gotas de sudor van cayendo sobre el lienzo y salpican de colores la madera gastada del suelo. Cuando mueve las rastas de su pelo emerge un vapor de grafiti húmedo, su imagen traslada la trágica belleza de los muertos jóvenes. Observa la pintura de la cubierta del disco, por primera vez descubre la exacta semejanza de su su título, "Who Cares Wins" (apenas visible en el lateral derecho), con el del libro de Harland Miller, polifacético artista inglés contemporáneo, influenciado por escritores como Poe y Hemingway, por pintores como Mark Rothko y Ed Ruscha. 


22 abr 2020

RÍO GRANDE




THE BEATLES                       "THE BEATLES"
Suena "I´m Coming Home" de Frank Trumbauer and His Orchestra (Bix Beiderbecke a la corneta), una grabación del sello Heywood realizada en 1927 y no esperen ahora encontrar volutas de humo ni parejas sentadas escuchando el saxo tenor de Lester Young en "Four O´Clock Drag". Tampoco se oye el tintineo de los vasos, ni las risas y conversaciones del público asistente entre las distintas piezas, el ambiente se ha trasladado hasta la zona del guardarropa, el dueño del local intenta desperezarse. Sube la persiana y observa la calle, un par de transeúntes persiguen a la carrera un tranvía, una mujer levanta la funda de la máquina de escribir en su oficina, de algunos balcones caen enredaderas de ropa recién tendida, Louis Armstrong culmina su "Yellow Dog Blues",... " y entonces se fue huyendo. / Se fue donde el tren del Sur se cruza con el perro amarillo".

Afortunadamente los días de confinamiento se suceden bajo esa luz tamizada que tanto gustaba a Baroja, los colores se tornan así más delicados, esperando la salida del sol para resplandecer en su brillo de pintor. La lluvia se sucede en sus diversas variantes, a veces tibia como un velo de encaje, otras granulada de rocío de cretona, alguna vez en chorretones de rabia. Los árboles, las plantas y los arbustos han adquirido ya buena parte de su esplendor, las flores lucen sus modelos de primavera, el aire es fresco y tenue, vuela empujado por el soplo de la mano de una niña. En estas circunstancias, si había algo que echaba de menos eran los paseos por el campo, alcanzar una suerte de comunión con la Naturaleza (así en sus mayúsculas de Diosa Blanca), rastrear con la mirada las pinceladas verdes de los prados, la leonada melena de las crestas, el azul vidrioso de los arroyos. Respirar a pleno pulmón las bajas turbulencias de los insectos, mirar el cielo y contemplar los nidos grisáceos de las nubes.

Soy hombre ordenado, planifico mi actividad con detalle (más aún en estos días de cautiverio), de modo que sigo repasando la colección de discos. Llegué hace unos días a The Beatles, coincidió además con un magnífico reportaje sobre la banda que emitió La 2. Todo ha cambiado lógicamente, la habitación se ha sumido en una repentina y merecida genuflexión. Elijo el "White Album" (Apple Rcds, 1968) como obra de referencia, mi conocido apego por los discos dobles, esos ríos mansos y bravos donde cabe todo flujo de emociones, me empuja a esa cortesía. Álbum a álbum, resumo al sorprenderme con la cantidad de canciones que han quedado en un segundo plano, casi desapercibidas al compararlas con los numerosísimos hits de la banda. Otras me indignan, el incluir el "Yellow Submarine" en una obra tan revolucionaria como "Revolver" (Parlophone, 1966) me parece un insulto, la tontería de "Ob-La-Di, Ob-La-Da" es un borrón en el disco blanco. Hay varias, "Penny Lane", "Magical Mystery Tour", "Sgt Pepper´s Lonely Hearts Club Band", "Goodnight", todas (sin excepción) del "Abbey Road" (Apple, 1969), "The Long and Winding Road", "Hey Jude", que tienen la suerte de dormir conmigo todas las noches.

Se amontonan los libros leídos, demandan tratamiento post-operatorio, incluir los pasajes subrayados en sus correspondientes carpetas de notas; gano algunos puntos (...un momento, está sonando "It´s Alright" de Lil´Ed and The Blues Imperials, una primicia publicada en el "The 25th Alligator Records Anniversary Collection" Alligator Records, 1996 y el ambiente de la habitación vuelve al Chicago de las últimas semanas), decía que ganaba algunos puntos despertando mi cinematografía ya tan dormida, películas como "Network" de Sydney Lumet, "Maridos y Mujeres" de Woody Allen o "Carrie" de Brian de Palma (delicioso ese ambiente kistch setentero de los norteamericanos) me vuelven a emocionar, mientras caigo en la entretenida y sangrienta bobada de "Robocop" de Paul Verhoeven. Nada de series, no me privo de aquellas horas de lectura nocturna en las que uno recapacita sobre el provecho del día. Grupos de whatsapp imprescindibles, familia y amigos cercanos, fuera los demás. En la aguja "Sitting On Top Of The World" de Eddie Show and The Wolf Gang, la versión de Cream en su "Wheels Of Fire" (Polydor, 1968) llega a su altura. Termino la nueva distribución de algunos libros en la biblioteca, juego al dominó con mi mujer, la gano con holgura, ella se desquita ampliamente al parchís.


El reencuentro con "El Nuevo Mundo" de Terrence Malick revitaliza en el espectador el sentido poético de la realidad; la contemplación de los hermosos paisajes del cielo, la tierra fértil, los árboles enhiestos como lanzas y, sobre todo, el agua en su continuo flujo, me inspiran para enfrentarme a una obra como la del disco blanco. Un río tan grande como inesperado contiene distintos cursos superiores, sube o desciende por las laderas de las montañas, se adapta a relieves insospechados. Temas como "Back in the U.S.S.R.",  "Why don´t we do it in the road", "Birthday", "Everybody´s Got Something to Hide Except Me and My Monkey" o "Helter Skelter" (aquí el cauce del río se precipita hacia unas cataratas repletas de hippies ciegos) conforman su nacimiento. Este curso superior coincide además con los sonidos más roqueros (generalmente los compuestos por Lennon), sonidos que erosionan el resto de la obra arrastrando sedimentos de cobalto, colores ácidos y herrumbre. Los riffs de guitarra más crudos se encuentran depositados aquí, la lírica más corrosiva se abre paso entre las fauces de grandes reptiles al acecho.

Los cursos medios e inferiores ocupan gran parte del álbum. El caudal recibe el aporte de una serie de poderosos afluentes; algunos de ellos mantienen todavía el río bravo, "The Continuing Story of Bungalow Bill", "Yer Blues", "Revolution 1", otros le confieren mayor profundidad, "Glass Onion", "Happines is a Warm Gun", "Martha My Dear", "Rocky Raccoon", "Mother Nature´s Son", "Sexy Sadie", "Savoy Truffle", todos ellos extienden sus orillas hasta alcanzar los límites de la jungla urbana. La topografía del curso inferior aparece en las mejores guías turísticas, zonas planas repletas de meandros, "Wild Honey Pie", "Don´t Pass Me By" (Ringo a la voz, siempre un regalo), "I Will", "Honey Pie" (el vodevil inglés felizmente rehabilitado), lagos de paz y de ondas zancudas, "Dear Prudence", "Blackbird", "Julia", "Long, Long, Long", "Cry Baby Cry", "Good Night" (mi madre me miraba con esos ojos al acostarme). Aún hay espacio para cinco temas más, en la orilla un niño juega con un barquito de papel, "Ob-La-Di, Ob-La-Da", aparece una piara de simpáticos cerditos abrevando en "Piggies", y ya en el delta, justo antes de alcanzar el estuario, reina sobre una isla la mejor canción, "When My Guitar Gently Weeps", el inicio del piano de Paul (esa voz dando la entrada al resto de la banda), marca uno de los cúlmenes de la obra artística de The Beatles. ("Revolution 9" la incluyo entre las dudas de un merecido paréntesis). Después de esta maravillosa travesía, imposible creer en un título como "I´m so Tired" (a su favor, el crítico comentario contra la controvertida figura de Sir Walter Raleigh)

Desmond utiliza las escobillas de la batería para limpiarse los restos de ceniza de la cara, enciende un cigarrillo y lo succiona con la ansiedad propia de un próximo condenado a muerte, baja la persiana. Por sus quicios penetran haces de espaguetis, telas de araña en suspensión y el rumor de los frenos de un camión de mudanza. Arrastra las zapatillas hasta el cuarto de baño, se mira al espejo y observa una pareja de buitres leonados desplazándose en dirección norte-noreste. Abre el grifo de la ducha y el chorro de agua gira lentamente, sus aspas rotativas se esparcen en modo paraguas, antes rechazó la mezquina idea de masturbarse. Como en todas las películas desplaza la cabeza hacia atrás mientras pasa sus manos por el pelo mojado, voltea su cuello siguiendo la dirección de una hora menos en Canarias. Suena "Welcome To Your World" de Emperors New Clothes, banda inglesa pionera del mejor street dub.

El Lieutenant Governor del Estado de Texas (no viene al caso su desgraciado nombre) ha declarado que la gente mayor debería estar dispuesta a morir en esta pandemia para salvar la economía de los EEUU (1), pero esta mañana el sol ofrece síntomas de recuperación. Gilles Deleuze se pregunta cómo tener beneficios secundarios de la enfermedad, es muy sencillo (responde), basta con servirse de ella para ser un poco más libres. La enfermedad agudiza las sensaciones del enfermo, le otorga una visión de la vida, la vida en toda su potencia (2). La estabilidad del cuerpo sano es una ilusión temporal que ayuda a olvidarnos de la dolorosa idea del cuerpo como entidad inestable, en perpetuo cambio y destinado a su desvanecimiento (3). No habrá pandemia, por fuerte o mortífera que sea en su amplitud y efectos, que convenza al hombre corriente, aquél que se deja dominar por los otros, los que organizan lo real, que la enfermedad, la insana quietud que produce, nos acerca (como ninguna otra cosa lo hace) al múltiple escenario de lo efímero.



(1) USA Today, 24 de Marzo.
(2) "Abecedario", entrevista con Claire Parnet.
(3) David García Casado ("Desde la herida. Potencias del cuerpo enfermo". Campo de relámpagos. 19 de Abril)

8 abr 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XII: CHICAGO, 3ª PARTE



MAGIC SAM BLUES BAND                          "WEST SIDE SOUL"
Los casos de COVID-19 en el Estado de Illinois alcanzaban la cifra de 12.262 a las 4 horas de la tarde de aquel martes, la mayoría de afectados se producía en la misma conurbación central de la ciudad de Chicago y en los condados circundantes de Cook y Lake. También el mayor número de fallecidos, aproximadamente un 75% del total, tenía lugar en las mismas áreas descritas. Las cadenas de TV y las emisoras de radio locales comunicaban en tiempo real estas estadísticas a una población que, inicialmente incrédula, se refugiaba en sus casas siguiendo las prescripciones de las autoridades locales. Las redes sociales hablaban de un incremento repentino de la población china en la ciudad, de hecho el crecimiento en los vuelos que recibía el aeropuerto internacional de O´Hare en los últimos días se debía al retorno de miles de americanos de origen asiático que regresaban a su hogar. Por la cadena FOX se propagaba la idea de un plan perfectamente diseñado por las autoridades de Pekín para infectar masivamente a la población estadounidense. Las órdenes de las primeras autoridades federales prohibiendo los vuelos desde China no eran más que una pantalla. Otras fuentes (generalmente bien informadas) relataban cómo testigos presenciales habían asistido en vivo a una ola de suicidios colectivos, gente lanzándose al vacío desde los rascacielos de Nueva York, algo parecido a la crisis del 29.

Me encontraba confinado en mi habitación de La Quinta en Lake Shore Drive,  40 metros cuadrados frente a una amplia vista al Lago Michigan. El cielo gris, encapotado de pesadumbre, se confunde con la inmensa planicie de agua, también empañada por un manto sin apenas reflejos. Mantenía la TV encendida con el único propósito de escuchar un sonido, que me llegara el eco de una voz al que no prestaba atención. La habitación se mantiene limpia, las camas hechas, el baño arreglado, la mininevera repleta, la cocina americana preparada. Cada 5 ó 6 horas me llamaban desde recepción para preguntarme si necesitaba algo, cualquier cosa, desde comida y bebida hasta prensa y revistas, sugerencias de ejercicios físicos y juegos virtuales. Intentaba hacerme cargo de la situación pero no es fácil, tenía la sensación de viajar hacia el pasado, al tiempo de la peste negra o de la fiebre española, estar sobreviviendo a un mal sin nombre ni motivo. Y lo peor era la soledad, esa sensación de pasos perdidos, miradas sin ver, asomándome al teatro de las ventanas donde el paisaje se limitaba a un vacío dificílmente soportable.

Recordé entonces las últimas palabras de Rufus Mellon cuando me llevó de vuelta al hotel después de visitar la tumba de Junior Wells: "Vendrán todos...". Busco la nota que me entregó a continuación, allí estaba, entre las páginas de una novela de Ann Radcliffe, un dibujo representando una cruz griega acompañado por las tres primeras letras del abecedario seguidas de un breve texto: "Personajes, Prisionero y Sombras". La letra A se encontraba colocada en la parte inferior de la cruz, la B en el punto medio y la C arriba. Detrás de la primera letra otra mano había dibujado un haz de fuego y postrera a la última aparecían paralelamente varios rasgos ondulados. Si se trataba de algún tipo de hechizo no había manera de confirmarlo, así que decidí acudir al mismo Rufus y llamarle por teléfono. Me contesta una voz oblicua al otro lado de la línea, ¿quién llama?, preguntó antes del hola, me presenté, le comento a continuación que Rufus estaba a mi servicio como chófer turístico esos días atrás, se produjo entonces un silencio pesado, me extraña el sonido generado cuando colgó, como si se tratara de un golpe dado a un aparato antiguo, de esos que aparecen en las cabinas telefónicas en las películas de Woody Allen.

El autor busca entre sus notas aquellos escenarios que pudieran servirle para concretar su obra. Acude a varias páginas subrayadas de "El Ruedo Ibérico" de Valle-Inclán. En una de ellas el editor comenta cómo Valle estuvo recitando versos enteros de "El Diablo Mundo" de Espronceda en una noche de bohemia frente al Palacio Real de Madrid; en otra, el mismo autor gallego, adicto a la marihuana, establece su tesis del sueño como extravagancia, ensalzando el juego de vocablos para, de ese modo, realizar transformismos absurdos. La primera escena podría trasladarse al conocido como Old Town de la ciudad de Chicago. Fue esta de antiguo la parte más bohemia de la ciudad, una suerte de Greenwich Village o Haight Ashbury angelino, alrededor del Geja´s Cafe, del Big John´s o del club Plugged Nickel (allí actuó muchas veces Miles Davis con sus distintas formaciones) se presienten las figuras de Mike Bloomfield y Paul Butterfield. Entre todos entonan la letra de uno de los singles de éxito de Magic Sam ("All Of Your Love"): "...Whoo, your love pretty baby / I have in store for you / Whoo, your kisses pretty baby / That I´m holding all night / You know I love you baby / I hope you love me too", sonaban además adjuntos coros sensuales, jugaban a rechazar el galopante climaterio de los hombres ya muy maduros.

Repasé las primeras páginas del "Macbeth" para así tomar inspiración del hechizo de las tres brujas. Tomo de la cocina un mortero, con su mano de madera trituré media cucharada de ají en polvo, nuez moscada y semillas de anís, le añado medio vaso de J&B y unas cuantas gotas de fentanilo. Al poco estaba extendiendo unas toallas de baño en forma de cruz sobre la alfombra de la habitación, cierro a canto las cortinas mientras coloco la lámpara de una de las mesas en el suelo, lo suficientemente cercano al escenario para que pudiera proyectar su foco de luz contra la pared. Me senté después en medio de la cruz, en el lugar reservado para el Prisionero, el piso estaba mullido, apenas sentía una breve palpitación de anfibios recorriendo mi espalda. Entonces aparece ella, la falsa baronesa rusa que había dirigido sesiones de magnetismo en la Cámara de la Reina Victoria. Los Personajes se colocaron detrás mío mientras yo permanecía inerte, con los ojos cerrados, tratando de adivinar el significado de sus movimientos, la voz campanuda de la baronesa Percolatti di Amatista los presentó a continuación. Abro los ojos y contemplo sus sombras bailando en la pared desnuda.

Los párrafos que ahora siguen son fruto de la investigación que el autor hizo sobre Magic Sam y su banda. Nacido en Mississippi, emigra con su familia a Chicago en 1950, se establecen en el área del West Side más cercana al lago, entre las calles Calumet y East 27th, un barrio donde la mayoría negra está sujeta a la pobreza, la exclusión social y la violencia policial. Magic Sam, alias artístico de Samuel Maghett, lleva la savia del blues del Delta en sus venas, y es allí en la gran ciudad del norte donde da sus primeros pasos como artísta, inicialmente como guitarrista de incipiente talento, más tarde como cantante y compositor. Su principal padrino en aquellos momentos, un jugador profesional llamado Shakey Jake, merodea la escena de los clubes del West Side y le consigue un ensayo después de una actuación de Muddy Waters en el 708 Club de la East 47th Street. Han pasado ya siete años y Magic Sam realiza su primera grabación en el sello Cobra. Al comienzo de la siguiente década su nombre ya tiene cierto eco entre los clubes del West y Near North Sides, en ellos se compadrea con Howlin´ Wolf y Otis Rush. Corren los años en los que el soul de Memphis y el gospel de Detroit encandilan a las nuevas audiencias, los 12 acordes del blues tradicional se extienden hasta los 16 y tanto la guitarra de Magic Sam, ya un prodigio de fingerpicking en sus cortas notas de gran intensidad, como su voz, desde antiguo entrenada y mejorada gracias a su participación en The Morning View Special (una de las muchas formaciones familiares de gospel), se encuentran preparadas para acceder a un olimpo largamente esperado.

Este "West Side Soul" de la Magic Sam´s Blues Band fue grabado, como tantas otras joyas del blues eléctrico de Chicago, en 1967 en el Sound Studio y fue editado el mismo año por el sello Delmark. El insigne Stu Black (poco después desaparecerá sin dejar rastro), sigue contratado como Ingeniero de sonido y a la producción se coloca el capo Bob Koester. Detallémoslo, la cara A comienza con "That´s All I Need", es puro sonido soul, ideal la melodía para conducir por las autopistas del Northern Belt, "I Need You So Bad" posee ya un inexpugnable toque chicagüense, blues eléctrico acompasado del mejor trote rítmico posible, en "I Feel So Good (I Wanna Boogie)", una versión del clásico de John Lee Hooker, la guitarra de Magic revolotea como una avispa punzona, su voz se estira siguiendo las polvorientas huellas del Coyote y de Correcaminos, en "All Of Your Love", primera composición propia,  Magic Sam vuelve al camino de los doce acordes, la segunda guitarra de Mighty Joe Young y el piano de Stockholm Slim apuntalan un sonido contenido en su propia brillantez, "I Don´t Want No Woman" cierra la primera cara, Magic regresa aquí a los dieciséis acordes, sus riffs, acompañados de una voz cada vez más brillante, otorgan al tema un ambiente de festival, de hits compartidos, de celebración hirviente.

¿Es Steve Ray Vaughn el intérprete del tradicional "Sweet Home Chicago"?, su aclamada versión junto a Eric Clapton y Buddy Guy no suena mejor que la de este álbum, la de Magic Sam conserva el prurito de la más auténtica academia del West Side Sound, en "I Found A New Love" el muelle revierte, el tempo se asoma al blues tradicional pero los riffs ya han asimilado el estímulo de las acerías industriales, un mix magnífico, algo parecido ocurre en "Every Night And Every Day", aunque aquí la tonalidad se encuentra más pausada, más cercana a los ensayos eléctricos de Jimmy Rogers y Muddy Waters de la Chess Records, en el instrumental  "Lookin´ Good", segunda composición propia de Magic Sam, reconozco al J.J. Cale de Oklahoma, hasta allí llega su influencia, el "dust bowl" sigue su patrón  y sopla ahora hacia California, allí le esperan Canned Heat con los brazos abiertos, en "My Love Will Never Die", un original de Willie Dixon, asoma en la voz de Magic Sam el maravilloso escarnio de Screamin´Jay Hawkins, la base rítmica de Mack Thompson y Odie Payne refuerza el hechizo de los garitos viciados, en "Mama, Mama -Talk To Your Duaghter", la flecha del arco alcanza al mismo Chuck Berry, la Epiphone Riviera granate de Magic Sam compite con la Gibson Cherry Red del astro de Sant Louis, ambas escalan cimas cuya cuerda otros más tarde seguirán.


¿Qué hacer a partir de ahora...?, me hacía esa pregunta mientras me despierto empapado entre los tibios grumos de la placenta anaranjada, pretendía cuanto antes salir de ese tejido esponjoso que me tuvo retenido durante el tiempo completo que duró la ceremonia. ¿A dónde dirigirse entonces...?, si..., siento cómo mis miembros antes aletargados rompían caperuzones de larvas al irse extendiendo lentamente. La pantalla de la TV anunciaba nuevas recetas de cocina, "Easy Mashed Potatoes", "Rack of Lamb with Nopales", todo un surtido de entretenimiento gastronómico para mantener ocupados a los ciudadanos recluidos en sus casas. Me sacudo el pringue como un perro el agua no deseada, alcancé la botella de whisky y le pego un buen trago. Mientras me acercaba titubeante a los ventanales con la intención de descorrer las cortinas suena el telefonillo de recepción. Lamento molestarle señor, el caso es que tenemos quejas de sus vecinos de planta, parece ser que desde su habitación sale un olor muy desagradable, fétido, ¿le importaría que el servicio de habitaciones suba ahora a comprobarlo?


25 mar 2020

CUARENTENA



NEIL YOUNG & CRAZY HORSE                            "RUST NEVER SLEEPS"
Prosigo con la escucha alfabética de la colección, concluyo la letra A con The Attack, Atomic Rooster, Au Pairs, Average White Band, Aviador Dro, comienzo la B con B 52´s, Bachman-Turner Overdrive (¡qué bien suena esta banda!), Bad Company, Bad Religion, The Band, Band of Horses. !Qué extraordinarios los canadienses!, cada uno de sus discos esconde verdaderas joyas, acumulan tantos momentos de incalculable belleza que repentinamente pienso en intercalar en cada párrafo alguna de sus canciones..., "Out of this world, out of this mind / Out of this love for you / Out of this world, out of the blue / Out of this love for you...", Robbie Robertson canta como nunca lo hizo, dicen que su voz suena mejor cuando está desconectada del micrófono, Garth Hudson hace milagros con el órgano y los sintetizadores ("Out of the blue", "The Last Waltz", Warner Bros Rcds, 1978). Decido que sea Neil Young el protagonista de esta nueva entrada, su "Rust Never Sleeps" (Reprise Rcds, 1979) no será mi disco favorito en su discografía pero contiene algo de lo que más adelante hablaré. Mi sobrino Isidro me recomienda desde Mallorca una nueva banda, Other Lives, suenan solemnes viejas puertas en cabañas de madera.

Quisiera largarme a Taiwan, acabo de leer el artículo de Byung-Chul Han en el suplemento "Ideas" de El País (domingo, 22 de Marzo) y me ha convencido. El reloj marca las 2 menos veinte de la tarde y desde mi cuarto ya se advierte el aroma a comida especiada, la casa es nada grande, sin tiros largos, predominan los colores blancos y los tonos claros, lo que viene a acentuar la sensación de mayor espacio, de más fingida libertad. Digo que me voy a Taiwan porque es posible que allí me expliquen lo que aquí está ocurriendo. No tengo idea (ni siquiera una aproximación) de lo que nos viene encima, los días de confinamiento que llevamos se me antojan como el preludio de un necesario cataclismo, porque es claro que esconden una gran incógnita, un próximo futuro en el que muchas cosas serán cuestionadas. Byung-Chul Han nos presenta la dicotomía entre Oriente-Occidente como la de la cultura de la sumisión enfrentada a la del individualismo, la de la primacía digital del algorritmo y el big-data (aunque suene extraño) frente a la de la estricta soberanía territorial. Al final, el virus vence a los occidentales porque ataca y anula su egolatría, salva antes a los orientales porque su conducta colectiva acepta de mejor grado la vigilancia del Gran Hermano (versión George Orwell, otro iluminado).

Veo innumerables ventanas, la gente está adentro de sus casas pero apenas se adivinan sus perfiles, algunas sombras se deslizan entre los visillos, una mujer riega las plantas del balcón, otra (¡voto a tal!..., ambas superan con creces la cincuentena de sus naturales encantos), habla por teléfono desde su terraza. Siento los galopes de los niños desde el piso de arriba, son pequeños golpes de estado trasladados a un país ajeno (el mío), retumban con un tam-tam que se me antoja de color azulado. Me asomo al exterior y contemplo  las calles vacías, algún que otro transeúnte pasea sus canes, el eco de los escasísimos vehículos que circulan se transforma en un zumbido de viento metalizado. Afortunadamente cae algo de lluvia, el cielo se cubre de nubes, se despeja después, cambian los colores de la escena, desde un gris mojado a un verde dorado por el sol. Cuando salgo al jardín siento el aire aun fresco, camino como si lo hiciera por primera vez, sorprendido por el cariz de mis propios pasos, sintiendo el desplazamiento en su misma esencia, sin principio, sin meta. Presiento que en una situación como esta de confinamiento hay que darle al tiempo más valor de presente, de acciones concretas que lo enriquezcan aun más. Medito, prometo procurarme mayor silencio.

Los libros se agolpan en la mesa supletoria, intento por primera vez compaginar la lectura de varios de ellos, ensayos de sociología política con novelas de autores clásicos como Galdós, Valle-Inclán o Alejandro Sawa. Los primeros afianzan mis convicciones, los segundos entretienen y abren nuevas expectativas de estilo narrativo. Al cabo de muchas horas de lectura me encuentro entumecido, me incorporo del sofá y lanzo un grito de colibrí selvático, sacudo los miembros igual que hago con la ropa antes de colgarla en el tendedero. Apenas veo la televisión, la radio funciona algo más tarde. Me refugio en alguna que otra película y en varias series (así, a voleo) que me atrapan, representan una vez más la historia contada según los vencedores (malos los islamistas, terroristas, malísimos los hispanos, narcotraficantes). Repaso los correos electrónicos y los grupos de whatsapp, borro o contesto, archivo. Acudo al blog para actualizarlo, repaso innumerables carpetas fotográficas y añoro el ayer. Limpio la casa, desempolvo la colección de miniaturas, pongo al día las cuentas, el patrimonio va desbocado, a la baja. Ordeno papeles antiguos, pienso en llamar a algún que otro amigo para saber cómo le va pero aun no me decido a dar el paso.

Acabo de repasar las notas sobre Neil Young y lo primero que me viene a la cabeza es la película del mismo nombre que vi hace muchos años. Me sorprendió la imagen del mismo Neil, ropa blanca, el pelo ni corto ni largo, desaparece repentinamente la figura del viejo hippie, las camisas de cuadros y los vaqueros con remiendos de amebas estampados. La tremenda energía de los temas incluidos en el álbum se asemejaba a la envergadura del equipo desplegado sobre el escenario, los micrófonos altos como antenas vigilantes, la gigantesca armónica que sostiene en su mano izquierda, el primer plano acrecentando la imagen de los platos de la batería, las cajas-contenedores del equipo de la banda, todo aparece desmesurado. Del resto de las notas intento sonsacar algún apunte, algo que no fuera entonces tan resaltado en su ya archisabida biografía, el accidente en la central nuclear de Harrisburg en Pensilvania refuerza su postura en favor de la protección de un clima ya seriamente amenazado, la posterior polémica con John Lennon sobre el célebre texto de "My My, Hey Hey (Out of the Blue)"...,"It´s better to burn out / Than to fade away", un artista que muy poco antes de morir tiroteado abogaba por la vida sana, ajena a la violencia y a la autodestrucción, me llama poderosamente la atención.

En un primer momento prefiero hablar del disco desde la distancia del recuerdo, relatar sus canciones sin el orden propio en el que aparecen en los créditos, intercalar los temas que más me gustan con los que menos me emocionan; me rebelo contra mi decisión y vuelvo entonces a escucharlo, atentamente, quiero tenerlo fresco, sentirlo en el apogeo del confinamiento. Toda la cara A es una oda acústica, en ella se contienen los mejores versos de Young, también el más prístino sonido de su guitarra Martin, la armónica además acompaña y ensalza la atmósfera melancólica. Existen estrofas de sorprendente precisión histórica: "Hey hey, my my / Rock and roll can never die / There´s more to the picture / Than meets the eye", ("My My, Hey Hey (Out of the Blue)", imágenes de gran potencia visual: "Where the vulture glides descending on / An asphalt highway bending / Thru libraries and museums, galaxies and stars", ("Thrasher"), alusiones indígenas convenientemente actualizadas, desde el "I´m gonna ride my llama from Peru to Texarkana", ("Ride My Llama", por esa última población pasamos en nuestro viaje desde Nashville al Houston de Townes Van Zandt), hasta el "Marlon Brando, Pocahontas and me" de "Pocahontas". En "Sail Away" más que fijarme en la lírica rememoro a Nicolette Larson, la voz que armoniza los versos de los puentes con Neil, la figura femenina de largísima cabellera ondulante en la contraportada del "Comes A Time" (Reprise Rcds, 1978), pocos años más tarde moría ahogada Natalie Wood.

La cara B se me figura como un enorme Caterpillar bajando a cámara lenta por una zigzagueante cuesta, sus descomunales ruedas de caucho se encuentran unidas entre los ejes por un sistema de poleas oxidadas, cuando raramente funcionan los frenos lo hacen coincidiendo con los coros más melódicos. Nunca antes el sonido puramente rock de Neil Young había llegado tan alto, había sido tan maravillosamente estruendoso. Nos encontramos en los mejores momentos de su larga carrera musical, en temas como "Powderfinger" se relata la lírica más cinematográfica del disco (algunos la han comparado con algunas imágenes del "Apocalypse Now" de Coppola), los estribillos de "Welfare Mothers"..., "...make better lovers", un mantra colosal junto a la ruptura melódica en el final de cada párrafo..., "DEE VORR CEE!", y los de "Sedan Delivery"..., "Gotta get away.../...No one knows.../...Hard to find...", suponen el auténtico renacimiento del rock como religión, en la versión final del "Hey Hey, My My (Into the Black)", toda la peña se ha lanzado ya  a la pista de baile, sus puños en alto, los riffs de la Gibson "Old Black" expanden la buena nueva, en el 79 el Rey se ha ido, no quedan ni Beatles ni Rolling Stones, asoman la cabeza Johnny Rotten y Devo, Neil Young supone el eslabón más fiable en el presente, también en el próximo futuro.

Hoy, duodécimo día de cuarentena, sobrevivo a fuerza de cafés bien cargados, el día transcurre entre algoritmos y solitarios algodones solares, el aire apenas se abanica, se diría que también está confinado, "Rust Never Sleeps" alterna la diástole de su órgano acústico con el sístole de su contracción eléctrica, aspira oxígeno puro en su cara A y lo reparte al resto del cuerpo en su cara B, funciona también en modo circuito, las últimas noticias de la pandemia hablan de un gran crecimiento de afectados, pero me da la impresión de que sigue ocurriendo lejos, dañando a una parte de la población televisada, radiada, un acontecimiento virtual, si Neil Young es el principal protagonista de la parte acústica, esas canciones nos recuerdan al viejo trampero asomado al balcón de las cataratas, en la parte eléctrica comparte estrellato con Crazy Horse, ninguna otra banda puede sonar mejor, las estadísticas, los números y las curvas que aparecen en las pantallas se extienden también al ámbito económico, algunos observadores concluyen que la globalización está enferma, hablan de la revancha de la Naturaleza contra sus hijos devoradores, insaciables, "Rust Never Sleeps" ofrece al oyente las dos caras de la misma moneda, ahora devaluada, la brillante melancolía del poema y la aridez distorsionada de los mejores riffs imaginables, y Dios vio todo lo que había hecho y era bueno en gran manera...



A Isidro, en Mallorca.



11 mar 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XII: CHICAGO, 2ª PARTE



JUNIOR WELL´S CHICAGO BLUES BAND WITH BUDDY GUY.  "HOODOO MAN BLUES"
Las notas de la segunda parte del relato sobre Chicago continuaban archivadas en su carpeta correspondiente, se sacudían la entrañas como los perros el agua, algunas noches (en algunos sueños), reclamaban al autor la salida de una situación de así no vamos a ninguna parte, llegaron a conchavarse con el mismísimo Hoodoo Man, aprovéchate del texto de la canción, le dijeron,..."I´m gonna tell you one time / Ain´t gonna tell you no more / If I have to tell you again / I´m gonna let you go..." y advierte seriamente al propietario que no toleraremos que pisoteen por más tiempo nuestros derechos de imprenta. La sugerencia se tradujo en una patología de embotamiento, no puedo precisar la hora exacta pero me contaron cómo al abrir la puerta de la mininevera en la habitación 512 de La Quinta de Lake Shore Drive su brazo derecho se quedó paralizado, algo tan fácil como colocar un tarro de yogur griego en la estantería devino labor imposible, millares de terminales nerviosas se encontraron inesperadamente sin el final programado, al parecer el cerebro dejó de cursar órdenes, ni siquiera su mirada pudo liberarse de esa argamasa amarillenta de la tarde. El miedo causó efecto inmediato.

La segunda jornada en Chicago tenía al eje de la State Street como principal punto de apoyo, antes de llegar allí, a la verdadera columna vertebral de la ciudad, haríamos un alto en el Theresa´s Lounge para después desplazarnos bastante arriba, ya en el Uptown, y visitar las sedes de los sellos Delmark y Alligator, y ya de vuelta haríamos un alto en el Buddy Guy´s Legends para asistir al concierto de Dave Specter. Mi idea era concluir de madrugada visitando el Oak Woods Cemetery, no demasiado alejado del hotel, donde reposan los restos de Junior Wells, para rendirle así homenaje. A Rufus Mellon (recuerden, el chófer negro y albino contratado), le había pedido en la víspera me avituallara de todo lo necesario para pasar gran parte del día en el coche, un Toyota Camry del 19 color burgundy mystic mettalic, el tiempo seguía siendo malo, un par de hamburguesas de pavo con cebolla caramelizada, tiras de queso de Vermont con salsa de Chipotle, un cuenco con palitos de canela y un pack de seis botellas Blue Moon Belgian White. También le pedí estuviera al tanto para obtener alguna información confidencial.

Realmente me encontraba sorprendido por los inesperados cambios de clima en la ciudad. Mientras más cercano me encontrara en la línea costera del inmenso lago Michigan la atmósfera parecía recargarse con mayor electricidad, el reflejo de la cadena de playas y pequeños embarcaderos que subían hasta el skyline de los distritos de Loop y Near South - North Sides chocaban contra un cielo a punto de descargar una improbable tormenta colosal, la situación variaba conforme me acercaba sin traspasarla a la divisoria de la Interestales 90 y 94, hacia el oeste, allí el paisaje era más mesetario, un altiplano cubierto por centenares de calles, cables aéreos y semáforos colgantes. La extensión de los edificios en esa zona, de no demasiada altura y delimitados por cuadras de muy parecida longitud, se veía continuamente recortada por sus respectivas esquinas, una amalgama de diques de contención derruidos en las que el viento arrasaba con todo lo que encontrara a su paso. El color del paisaje era allí más parduzco, más de ceniza mojada, atrapada entre fósiles de caucho y cascotes de cerámica.

En una de esas calles, en la 4801 del South Indiana Avenue se encontraba el Theresa´s Lounge, uno de los clubes históricos de Chicago, residencia habitual de un Junior Wells que ya desde mitad de la década de los 50 se había ganado cierto espacio en la ciudad. Allí cada lunes, a partir de las 10 de la noche, daban comienzo las Blue Monday sessions y a lo largo de la semana Junior junto a su banda local (compuesta en numerosas ocasiones por su compañero Buddy Guy a la guitarra, los originales The Blues Brothers)), revelaba a la audiencia el mejor blues electrificado de Chicago. Por su escenario coincidieron también los grandes intérpretes que emigraron desde el Delta del Misisipí a partir de los años 40, Muddy Waters, Little Walter, Otis Rush, Otis Spann, Jimmy Rogers u Howlin´Wolf, allí actuaban con sus bandas cuando culminaban sus pases en los distintos clubes del South Side. Su única propietaria hasta 1983 (año en que tuvo que cerrar el local debido a la abusiva renta pedida por el propietario del edificio), Theresa Needham, está considerada como la Madre Calcuta del blues de la ciudad, su papel en el desarrollo de la escena urbana del blues de Chicago le valió en 2001 la incorporación en el prestigioso Blues Foundation Hall of Fame. Una vez allí, enfrente del local ya abandonado, cruzamos el paso de cebra que da acceso al parking de la contigua East 48th Street. Alineamos nuestro coche junto a un viejo Jeep Comanche del 85 que permanecía solitario junto a la salida a la Interestatal 94, Rufus bajó su ventanilla y recogió del otro conductor una nota manuscrita, salimos después disparados hacia la zona de State Street.

Hablábamos antes de State Street como la columna vertebral de la ciudad, su diseño longitudinal le sirve como punto de unión entre los distritos más al norte cercanos a Lincoln Park (desde allí se observa el mejor skyline de Chicago) hasta los suburbios más sureños. Nos dirigíamos hacia la 421 East 44th Street circulando por la Dan Ryan Expressway, eje paralelo a State Street que además engloba las ya mencionadas Interestatales 90 y 94. Allí se encuentra el que fuera domicilio del gran "Satchmo" Armstrong, en los alrededores se pueden también visitar las residencias de los hermanos Marx y de Nat King Cole pero el tiempo se nos echaba encima así que manejamos apenas tres millas para alcanzar el Masonic Hall en la calle 42. En ese mismo lugar, al salir de un concierto benéfico en marzo de 1929, fue tiroteado el gran Clarence "Pinetop" Smith, su "Pinetop´s Boogie-Woogie" está considerado como el origen de ese estilo musical. Giramos después hacia el East Oakwood Boulevard para subir paralelos al lago hasta el 200 East Roosevelt Road. Nos detuvimos frente al "Blues Trail: Mississippi to Chicago", una placa que recuerda la gran migración de los oriundos del estado sureño hasta Chicago además del nacimiento del estilo musical por el que esta ciudad será universalmente reconocida. La mañana seguía siendo fría y ya había había dado buena cuenta de la mitad del avituallamiento.

La siguiente etapa era la sede del sello Delmark en la 4121 North Rockwell Street, ubicación también del renovado Jazz Record Mart, según dicen la mayor tienda de jazz y blues del mundo.Vuelta a tomar entonces la Interestatal 90 hasta la desviación 46B dirección Irving Park. El sello Delmark es la marca discográfica independiente actualmente más antigua de los EEUU, su creador Bob Koester, a sus ya largos 87 años, está considerado como uno de los más decisivos protagonistas de la historia contemporánea del blues. Tanto para los que ya dispongan de este "Hoodoo Man Blues" (Delmark Rcds, 1965) como para los neófitos, resulta un inmenso placer leer el texto que Bob firma en el reverso del Lp. Allí se da cumplida cuenta de la historia del sello, de los inicios y características del estilo chicagüense, de la propia vivencia de Junior Wells una vez emigrado desde su Memphis natal, resaltando divertidas anécdotas relativas a la "compra" de su primera armónica y a su relación con Muddy Waters. Concluimos la obligada visita a los sellos discográficos haciendo parada en la sede de Alligator Records, apenas 5 millas más al norte, dejando a nuestra izquierda el Rosehill Cemetery. Me presenté a la encargada de la tienda como autor de un blog musical y la mostré la última entrada dedicada a Hound Dog Taylor, hablamos de Bruce Iglauer y en cuanto deduje de su conversación un inesperado pique entre el creador del sello y la figura de Bob Koester corté por lo sano. Me hice con el "Kings of Blues", un DVD recopilatorio que incorporaba, además de las luminarias del estilo, a artistas como Chuck Berry, Bo Diddley y Mike Bloomfield.

La cara A comienza con el "Snatch It Back And Hold It" y Junior Wells avisa, el presente es el soul y el funk porque los chicos jóvenes están más apegados a James Brown y a Sly Stone que a los viejos bluesmen del Delta. En "Ships On The Ocean" parece como si se echara para atrás, un tema más tradicional, el eco se asemeja más a la tierra de Jim Crow, el lamento por la segregación racial, el olor de las granjas y del barro de los diques de contención. "Good Morning School Girl" tiene el trote jugetón del woogie-boogie característico de Pinetop Smith, el texto ofrece una variante más picante que la interpretada por Sonny Boy Williamson II. En la versión de "Hound Dog" de Big Mama Thorton, Junior Wells abre el paquete funky en su interpretación, mientras que en "In The Wee Wee Hours" la orquestación nos sumerge en una elegantísima atmósfera bayou, la cadencia rítmica es sugestiva, casi de ritual voodoo, de aquí aprendió mucho Screamin´Jay Hawkins. En la tradicional "Hey Lawdy Mama" la adaptación de Junior Wells se convirtió en la clásica del tema y me viene ahora a la cabeza la sensacional versión que hicieron Cream en su "Live Cream" (Polydor Rcds, 1970).

La cara B se inicia con el título homónimo del álbum, "Hoodoo Man Blues". La producción prioriza aquí la distorsión de la guitarra de Buddy Guy sobre la armónica de Junior sin que esta queda apartada, el tono de su voz alcanza en este tema su pulso más travieso. "Early In The Morning", otra pieza tradicional, es puro blues urbano, tanto las escalas de la sección rítmica como la armónica de Junior, sin descontar el punteo de Guy, ya las hemos escuchado no pocas veces en múltiples versiones de bandas inglesas de primeros de los setenta, solo que es esta grabación la que antecede a todas ellas. En "We´re Ready", pieza instrumental, aparece el eco de las bandas de acompañamiento de James Brown, algo que buscaba también Hendrix en sus últimos días, el simple gozo de dejar correr los instrumentos. Mientras "You Don´t Love Me, Baby" es rythm & blues de la escuela Willie Cobbs y Bo Diddley, la instrumental "Chitlin Con Carne" tiene un toque jazzero, de hecho fue un tema compuesto inicialmente por el guitarrista Kenny Burrell. Cierra el Lp "Yonder Wall",  composición tradicional (inicialmente asignada a James "Beale Street" Clark, puro Memphis sound), la versión que aquí siguen Wells y Guy es la más conocida de Elmore James.

De la Chicago Blues Band que acompañaba a Junior Wells en esta grabación de Septiembre de 1965, Jack Myers al bajo y Billy Warren a la batería (obra producida por el propio Bob Koester, asociado con el mejor ingeniero de sonido de la Sound Studios de entonces, Stu Black), Buddy Guy se convierte en el auténtico heredero y transmisor de su espíritu. Un duende que recorre indeleble entre los surcos de un álbum que puede considerarse como el primero que captura realmente el sonido moderno del blues de Chicago, libre de las limitaciones asociadas a los ingenios del juke-box y las promociones de las emisoras de radio. Habla con estas palabras el propio Bob Koester en la contraportada del Lp.

Conocí a Dave Specter a través del seguimiento periódico que vengo haciendo a Jorma Kaukonen, guitarrista de Jefferson Airplane y Hot Tuna, ambos llevaban un tiempo colaborando en algunas grabaciones conjuntas. Llegamos a la sede del Buddy Guy´s Legends en el 700 South Wabash Avenue con tiempo suficiente, pasamos antes por una farmacia cercana y le ordené a Rufus que se tomara unas horas libres antes de recogerme al finalizar el concierto. Me encuentro en una de las zonas más concurridas de Chicago, a tiro de piedra del turístico distrito de Loop y del Chicago Riverwalk. Cruzo hasta el cercano Grant Park, busco un banco algo retirado y leo la nota. Extraigo de la bolsa del CVS Pharmacy una pastilla de Oxycontin y la ingiero junto a la última botella de Blue Moon White Belgian. El efecto es fulminante, me encuentro transportado como una pelota Spalding en un concurso de mates de la NBA, una mano amiga me acompaña a mi asiento enfrente del escenario, el local está lleno a rebosar y la expectación crece conforme se va acercando la hora del concierto. Dave Specter abre el set-list con su "How Long Can One Man Go?", furiosa diatriba contra el actual inquilino de la Casa Blanca, a partir de ese momento el alma de Chicago se muestra en toda su belleza.

Cuando llegamos al Oak Woods Cemetery, en la misma frontera municipal de Chicago que limita desde la calle 115 hasta  el condado de Cook, la noche tiene como el cementerio las cancelas cerradas. Allí se encuentra la tumba de de Junior Wells, no muy lejos, en las necrópolis de Burr Oak y Restvale, se hallan las de Willie Dixon, Otis Spann, Dinah Washington, Muddy Waters o el mismo Hound Dog Taylor. Se diría que el ambiente es el propicio para que los grandes músicos ya desaparecidos salieran de sus tumbas y comenzaran una sesión del más genuino blues urbano. Alguien convoca de nuevo al Hoodoo Man, ..."I´m gonna tell you one time / Ain´t gonna tell you no more / If I have to tell you again / I´m gonna let you go...", las notas del segundo relato han quedado definitivamente impresas. Rufus Mellon me da cuenta entonces de sus últimas pesquisas.









25 feb 2020

MUNDO CIVILIZADO



Salgo a mi abuelo materno, eso afirman los que conocen mi voraz apetito lector y, como complemento a esa actividad solitaria, he de añadir que la lectura de publicaciones relacionadas con la música ha supuesto desde tiempo inmemorial una de mis más dulces debilidades. Ya desde la época adolescente hasta el presente han sido innumerables los títulos de revistas nacionales y extranjeras que han caído en mis manos, muchas de ellas aun las colecciono; hojearlas de vez en cuando me hace echar la vista atrás y "...fiuuu, what a long and winding road...", dejo que me atraviese una sensación de felicidad pequeña que se extiende como un muelle para quedar después dichosamente encogida entre las baldas de la biblioteca. 

Sonaba "Can´t Lose What You Never Had" de los Allman Brothers Band en el plato y el título de esa canción no me pareció casual. Tenía mis motivos, acababa de perder el número 2 del magazine musical TimeMazine cuando desembarcaba de un vuelo doméstico en el otoño de 2007, en aquel momento me sentí fatal, para qué negarlo. Al llegar a casa telefoneé a la sección de objetos perdidos del aeropuerto, buenas noches, he dejado olvidada una revista en el vuelo número tal, mi asiento era el X, facilité el nombre de la revista, mi DNI y todos los datos que me pidieron. Escuche, debemos esperar al parte que las limpiadoras del vuelo nos faciliten mañana por la mañana, llame entonces a partir de las 9 horas e indique el número de incidencia que le damos a continuación.  He de confesar que los resultados de mi pesquisa fueron infructuosos y que lloré como Hernán Cortés lo hizo en su Noche Triste, peor aun, llegué a moquear como un niño sin su peluche favorito, ¿quién demonios puede querer apropiarse de un fanzine musical que habla de música psicodélica, a quien le puede interesar este tipo de publicación, aparentemente dirigida a un público minoritario?


Entra ahora "Passion Dance" de McCoy Tyner y un ambiente de expectación máxima llena el recinto, el piano favorito de Trane es capaz  de sanar los espacios abiertos por el recuerdo de la herida.  Llegó a mi casa el volumen número 11 de TimeMazine poco antes de que finalizara el año pasado y mientras leía y escuchaba el CD y el single que acompañaban al ejemplar me prometí dedicarle algunas líneas en el blog. Acabo de recibirlo Michalis (el autor y editor principal es griego), enhorabuena, sensacional el trabajo, una auténtica obra de arte, gracias, esos son los comentarios que realmente ayudan. Durante los siguientes días me sumergí en una euforia que apunto estuvo de hacerme adquirir el resto de los números de la colección, espera criatura, no caigas tan fácilmente en la tentación, este mes ya llevamos escalado un buen pico de gastos, degusta lo que tienes y ya veremos más adelante. La idea de publicar algo en el blog quedó aparcada algunas semanas hasta que (ocurre en esos momentos, cuando no se piensa en nada importante y se manosea maquinalmente la berruga de la clavícula izquierda), decido meterme con los deberes y escribir un panegírico sobre una publicación musical que considero como única en el mundo civilizado.

TimeMazine es una obra de amor hacia un género musical, la psicodelia, que siempre ha gozado de cierta vigencia, en su época originaria como motor de las experiencias auspiciadas por el uso de drogas psicotrópicas, en sus momentos posteriores como revisión del camino ya andado, readaptación en otros períodos ulteriores hacia unas escenas musicales que demandaban más luz y colorido. Luz que brilla por sí misma y color que intensifica la sensación placentera del que hojea la revista, sus páginas están repletas de guiños al diseño de la época, los fondos están decorados con la más exaltada imaginería pop, se suceden los efectos espaciales de la distorsión, aparece la iconografía adecuada, setas, pavos reales, teteras voladoras, go-go girls, alas de mariposas desplegadas, pompas de jabón, globos de gelatina, rayos de sol, imágenes de ciencia-ficción, un cúmulo de sensaciones visuales que atrapan de inmediato al observador curioso. Esa gozosa ornamentación se apoya además con profusión de memorabilia de interés, portadas de discos y singles, anuncios de conciertos, novedades discográficas y recortes de publicaciones de época, fotografías de los músicos protagonistas, en la página central se expande además el catálogo completo de la colección TimeMazine, las cubiertas de sus 11 números conforman un caleidoscopio de efecto fulminante.

El primer folio muestra el índice que ocupa este número 11 de TimeMazine. Entrevistas con músicos de formaciones para mí hasta ahora desconocidas, Expedition To Earth, The Beat of The Earth, The Tea Company, Maypole, otras con artistas de bandas ya favoritas, The Blues Project y Amon Düül (especialmente interesante la percepción espacio-temporal de su miembro original Klaus Lemur Esser). Presentación de grupos nuevos, Dire Wolves Just Exactly Perfect Sisters Band (EEUU), De Lorians (Japón), Al Doum and The Faryds (Italia, magnífico su tema "Unity Is Brotherhood", puro Ray Manzarek), Atomic Simao (Ucrania), Dury Dava (Grecia), todos ellos participantes además en el primoroso CD que acompaña la publicación.

Lo más suculento, caso de que el lector no haya quedado satisfecho con el primer plato, viene  a continuación. 68 títulos, emulando las dos últimas cifras de aquel año legendario, ordenados alfabéticamente y sacados de otros tantos 68 Lps que hicieron historia dentro del género. Desde "24 Hours" de Ant Trip Ceremony hasta el "White Light White Heat" de Velvet Underground, un auténtico delicatessen de información escrita y de imágenes que me recuerda a las mejores ediciones del Flashback de Richard Morton-Jack. El ágape continúa con extenso artículo sobre "La influencia de los posters en los conciertos psicodélicos y en el diseño de las portadas de los álbumes de rock". Allí aparecen los 5 Grandes Ilustradores, Wilson, Kelley, Mouse, Moscoso y Griffin, mostrando sus obras más célebres, además de otros tantos artistas menos conocidos. La sección de discos (con fotos en color de los más de cincuenta que aparecen comentados por el mismo autor Michalis) es prolija sin dejar de ser amena. La publicación culmina su andadura con una entrevista a Spiros Rouchotas, alma mater del grupo griego Crystal Thoughts y del sello Giraffe Pressing. El relato de sus andanzas con el escritor austriaco Hans Pokora (absolutamente recomendables sus "5001 Record Collectors Dreams"), Ron Tree de Hawkwind y el alocado líder de The Seeds Sky Saxon no tiene desperdicio.

El postre no puede ser más apetecible. El CD del que ya hemos hablado contiene 14 temas de distintas formaciones, algunas ya incluidas en el temario de la revista, otras no. Entre estas últimas, los alemanes Vibravoid, auténticos favoritos de esta casa, representantes del mejor acid-psych contemporáneo, The Love Explosion (su "Anarchy!" se acerca imperturbable al Can más enrollado), Silver Cloud Express, The Aguilar Blumenfeld Project, The Expedition, The Quirk (con una extensa suite de algo más de 23 minutos que me hace recordar a las mejores jams de  Grateful Dead) y The Pancakes. En el single, dos temas del amigo Spiros Rouchotas, ambos pertenecientes a grabaciones de su formación Crystal Thoughts. La presentación de ambos ingenios no puede ser más adecuada, la imaginería de la que antes hablábamos aparece aquí acertadamente condensada, en las portadas una explosión de colores para mayor gozo del buen aficionado, en la galleta del single los motivos contienen su punto divertido, recipiente de ácido nítrico y píldora vaticana.

Concluyo, la labor de Michalis es algo más que encomiable, muestra al interesado su pasión por los múltiples aspectos que convergen en el género psicodélico, instruye y sumerge al lector en todo un mundo de fascinantes sensaciones orgánicas. Al oído, vista y tacto (estos dos último desaparecidos gracias a las nuevas tecnologías), se añade el aroma del cannabis sativa y el gusto, que es el mío y comparto con todos ustedes. No dejen de visitar la página web y el blog de este artista griego: timemachine-productions.gr  / timelordmichalis.blogspot.com y regálense una buena parcela de solaz ante tanto coronavirus de pacotilla.





14 feb 2020

EL ROCK Y LAS CIUDADES XI: CHICAGO, 1ª PARTE



HOUND DOG TAYLOR AND THE HOUSEROCKERS.
La chica de la tele anunciaba mal tiempo en los próximos días, temperaturas por debajo de los 18º grados y nevada intensa en la misma mañana en la que tenía pensado llegar a Chicago. Mi plan inicial era salir desde Florence, Alabama, hacia Huntsville, dirección Nashville, para desde allí tomar la Interestatal 65N, atravesar todo el estado de Kentucky y dormir en Indianapolis, ya en Indiana. Una vez allí me proponía visitar el Museo de su famoso circuito y hacerme con la placa conmemorativa del 50 aniversario de la victoria de Mario Andretti en las Indy 500 de 1969. Recuerdo bien esa foto en la que su mánager Andy Granatelli besaba efusivamente al piloto italo-americano después de su histórica carrera; conocí a Mario en un hotel de Madrid durante una presentación organizada por la petrolera Texaco para publicitar su apoyo a varios equipos de la IndyCar Series y de la Formula 1; aquellos eran buenos tiempos, fui el primero de la audiencia en alzar la mano para preguntarle sobre cual era su circuito favorito y contestó sin dudar que el de Spa-Francochamps en Bélgica. Llevaba conmigo también un buen surtido de revistas de coches clásicos y deportivos, las de tipo Hemmings Motor News y Muscle Machines, así que mi viaje tenía además un componente automovilístico que lo hacía aun más atractivo.

Aunque durante el vuelo de Nashville a Chicago tuve tiempo para repasar las numerosas notas y apuntes preparados en Florence no dejaba de rumiar mi mala suerte. Mi compañera en el asiento de la ventana (el cielo blanquecino no hacía más que acrecentar mi desolación) me preguntaba con su voz de generaciones perdidas, ¿algo va mal?, sabe, yo tenía que estar ahora besando el adoquín del circuito del Indianapolis Motor Speedway, bueno, eso queda un poco lejos de O´Hare ¿no le parece?, si, lo se. Lo siguiente que recuerdo fue ver en la palma de su mano izquierda una pastilla naranja, ¿qué es eso?, Oxycontin, pruébelo, le hará sentirse mejor, la engullí con la misma dejadez del que no tiene nada mejor que hacer, gracias, ¿cual era su nombre?, no se lo dije aun, puede llamarme Bertha, ¿y el suyo...?, antes de contestar contemplé sorprendido cómo las letras negras de mi cuaderno de notas salían en desbandada y subían aceleradamente en dirección a mi garganta.
 

Tenía alojamiento reservado hasta el siguiente domingo en La Quinta, un motel con pretensiones lujosas ubicado en el 4900 del Lake Shore Drive. La inmensidad del lago Michigan me pareció inicialmente un tanto opresiva (cuando cerraba los ojos duplicaba su negrura), así que decidí correr los visillos de los ventanales de mi habitación. El manto de nieve se extendía alrededor de la ciudad pero no era demasiado profundo, tan solo unas 4 pulgadas, lo escuché por la radio del taxi que me llevaba desde el aeropuerto, antes del mediodía ya lo habremos convertido en carbón, comentaba jocoso el conductor, un tipo de raza incierta que puso muy mala cara cuando solo le di un par de dólares de propina. Salí a la calle poco después sin abrir mi equipaje, busqué un local cercano, el Lake Shore Cafe en el mismo Hyde Park Lakefront, aquí todo resulta tan perfecto, tan cuidado, que más bien pareces encontrarte en campo enemigo, por las autoritarias pisadas de la camarera deduje que ganaría su confianza ordenando un Seafood Buffet completo. Extendí en la mesa los mapas de la ciudad mientras sorbía un jugo de granadina, los colores verdes marcaban la ruta de la primera jornada, la dedicada a Houng Dog Taylor and The HouseRockers.

El eje de la actividad consistía entonces en visitar las ubicaciones de los antiguos clubes, los sellos discográficos, las calles y los lugares más representativos en lo que quedara de la trayectoria musical de Theodore Roosevelt "Hound Dog" Taylor, para terminar, ya casi vencida la primera etapa, en algún club donde pudiera asistir a un concierto en vivo. Ignoraba la causa pero tenía la sensación de que salvo en zonas muy concretas, allí donde el turismo se ha hecho el amo de la ciudad, Chicago era un ente extraño, una especie de engendro que animaba al paseante a perderse entre sus esquinas solitarias, lo más alejado posible de las calles comerciales y de las innumerables cámaras de seguridad. Alquilé los servicios de Tours Civitatis, una empresa que puso a mi disposición a un tal Rufus Mellon, chófer negro y albino, con pelo rojizo y largas uñas descarnadas. La primera parada, la más cercana al hotel, fue en el The New Checkerboard Club, en la calle 52 esquina con la Harper Avenue. Trasunto del club original The Checkerboard de la calle 43, allí tiene su placa el "Honorary Muddy Waters Drive". Me tienes que enseñar el otro Chicago, Rufus, el que ya no existe, ¿el de Al Capone, señor?, no, el del sudor del delta del Mississippi y el de la convención demócrata de 1968, tarareé las primeras estrofas del "Chicago" de Graham Nash para ponerle en antecedentes.

Seguía nevando y, aunque la previsión metereológica anunciaba temperaturas mínimas no tan bajas como las del primer día en Chi-Town, empecé a plantearme la posibilidad de alterar la ruta según fuese transcurriendo la jornada. Vamos a subir a la 54 esquina con la South Shields Avenue Rufus, allí se encontraba el famoso Florence´s, uno de los numerosos clubes del South Side donde Bruce Iglauer vio actuar por primera vez a Hound Dog Taylor con sus HouseRockets, Brewer Phillips (segunda guitarra) y Ted Harvey (batería). Tras aquella actuación de finales de 1970 surgió también la idea de Iglauer de proponer a su jefe Bob Koester, capo entonces de Delmark Records, de grabar a Hound Dog y sus chicos y, ante la negativa del segundo, Bruce decide hacerlo él mismo y crear su propio sello Alligator Records. Vamos a seguir ascendiendo por el South Side hasta la calle 39 esquina con la South Indiana Avenue, hogar de Hound Dog Taylor y de su familia durante toda su estancia en Chicago. Hace tan mal tiempo que solo nos detenemos un par de minutos para tomar algunas fotos desde el interior del coche, los limpiaparabrisas chirrían como viejos cuervos. Ya en Douglas, Rufus se desvía hacia la playa de la calle 31, allí contemplamos uno de los más fascinantes skylines de la ciudad. Salimos a estirar las piernas y ofrezco a Rufus un sorbo de mi petaca que no acepta. El paisaje se asemeja a la panza de una gran burra con sus inmensas ubres grises bamboleándose en el horizonte.

Mi relación personal con Rufus Mellon comenzaba a fundirse con el clima dominante, detente en la 34 esquina a State Street, voy a ver si queda algún rescoldo de los Mecca Flats, aquel intrincado bloque de viviendas donde solían residir los mejores pianistas de boogie-woogie de la época. Nos acercábamos al eje de State y Maxwell Street, uno de los principales focos urbanos de la segunda Gran Emigración (1940-1970) desde los estados del Sur hacia Chicago, allí nació de hecho el blues electrificado, en los portales de su concurrido mercado coincidieron Muddy Waters, Little Walter, Hound Dog Taylor, Willie Dixon. Muy cerca, en la South Gilles Avenue murió tiroteado Sonny Boy Williamson en Junio de 1948, unos diez años antes Hound Dog Taylor había grabado algunos temas con el espigado armonicista en su célebre programa radiofónico "KFFA King Biscuit Time" de West Helena, Arkansas. A dos cuadras más al norte, en el 2120 de South Michigan Avenue dudé en mostrar a Rufus la contraportada del "12 x 5" de The Rolling Stones, su tema homónimo sería un claro reconocimiento a la influencia del blues de Chicago en la música de la banda inglesa. Nos encontramos en la sede del mítico sello Chess, desde allí nos acercamos al nuevo local del Pepper´s Lounge, desde la acera del recinto observo las fotos de Elmore James, Howlin´ Wolf, James Cotton y Hound Dog Taylor en sus actuaciones en la sede del antiguo club de la calle 43. La última parada tiene lugar en el West 807 de Maxwell Street, ahora si me decido a enseñar a Rufus el vídeo de John Lee Hooker interpretando el célebre "Boom, Boom", en ese mismo escenario de la película "The Blues Brothers", de la comisura de sus labios recuerdo que salía una espuma rojiza a punto de congelarse.

De vez en cuando conviene bajar a las catacumbas Rufus, confío en que me entiendas, descender a los garitos del south side de Chi-Town y asistir a un party-house, dejar a un lado nuestra agua de colonia favorita y mezclarnos en el ambiente de los barrel-houses que emigraron del delta. ¿Es esa la atmósfera que se respira en esta primera obra homónima de Hound Dog Taylor y sus HouseRockets?, yo te lo explico. En parte si, Hound Dog no puede ocultar su procedencia rural (Natchez, Mississippi, 1915), pero la moderniza enriqueciéndola con el sonido propio del Chicago electrificado de los 50, de Elmore James y Robert Nighthawk, sus maestros. ¿Y qué hay de Muddy Waters, B.B. King, Freddie King, Little Walter, Buddy Guy...?, (Rufus no me lo ha preguntado, soy yo el que mantengo el diálogo interior...), esos artistas no me interesan hoy Rufus, recuerden que le hablé de enseñarme la historia menos conocida de la ciudad.

Esa dualidad geográfica se refleja perfectamente en el álbum, primera obra publicada por el sello Alligator, mezcla del blues del sur y el rock del mid-western norteño. En los temas compuestos por el propio Hound Dog, "She´s Gone", "It´s Allright", "I Just Can´t Make It" y "Give Me Back My Wig", domina el slide-guitar al galope del boogie-woogie, de su guitarra (una Kingston Kawai Teisco que ya la quisiera para sí Jack White) sale un ritmo impetuoso que empuja al baile. La vieja Telecaster de Phillips y el primitivo kit de la batería de Harvey suenan a puro y rudo rockin´-nite show. En las versiones de los temas de Elmore James, "Held My Baby Last Night", "Wild About You Baby" y "It Hurts Me Too", más lentas, el bottleneck-sound contiene más aromas del quejido rural del sur. En las piezas instrumentales, "Walking The Ceiling", "Taylor´s Rock", "Phillip´s Theme", "44 Blues", "55th Street Bogie" (presumo que esta última la compuso en el mismo Expressway Lounge de la calle 55), el trote boogie sigue dominando el sonido. Un bonus track, conteniendo una brillante versión del "Look On Yonder´s Wall" de Memphis Jimmy, cierra el álbum. Grabado en diciembre de 1970 en los Sound Studios con Stu Black como ingeniero de sonido (un gran profesional que participó en numerosas sesiones con The Ides of March o The Flock, bandas también oriundas de Chicago), el sonido conseguido es el del genuino garaje-blues, así hablaba de ellos Robert Christgau (uno de los más reconocidos popes de esta cosa), que tampoco se cortó un pelo al calificar a Hound Dog and The HouseRockers como los "Ramones del blues".


La jornada de hoy culmina en el club Kingston Mines, en el 2548 de North Halsted Street, ya en pleno North Side, cerca del zoológico de Lincoln Park, allí donde los turistas blancos van mayoritariamente a escuchar blues en directo. Actúa esta noche Joanna Connor con su Blues Band, una auténtica peso pesado de la guitarra distorsionada. Sus temas recogen el espíritu south side de los primeros guetos de los emigrados del delta, sonido electrificado en las tiendas de ropa judías y en las kitchenettes privadas de Maxwell Street. Su música guarda también el olor a orines de callejones de madera, la algarabía del foot-stomping de la multitud circundante, el ritmo rudo de las primeras bandas de blues y rock´n´roll negras de las que Hound Dog Taylor y los HouseRockers fueron estandarte. De vuelta al hotel nos acercamos al Theresa´s Lounge en el 4801 South Indiana Avenue. El local, un bajo adyacente al edificio de apartamentos del Indiana Manor, está actualmente abandonado. Su estado supone un claro insulto a la memoria de Theresa Needham, una de las mujeres pioneras en el primer y más genuino circuito de clubes en el South Side de Chicago, pero de ello hablaremos en la segunda parte.